05 diciembre 2012

Zarpazos de estrellas



El desierto verde

Eduardo Moga

Editorial Regional de Extremadura, 2012

ISBN: 978-84-9852-314-0

45 páginas

7 €



José Martínez Ros

Eduardo Moga merece ser considerado, sin duda, un auténtico hombre de letras: traductor, editor, crítico y, ante todo, poeta. Uno de los poetas más originales con los que cuenta, actualmente, nuestra literatura. Respecto a asombrosa la poesía de Eduardo Moga cabe afirmar que es, a la vez, radicalmente realista y matérica (en sus poemas hay sexo y niños, aburrimiento e ironía, rutina y paisajes, fluidos corporales y solitarias barras de bar, todo eso que llamamos vida) y metafísica, aunque el objeto de su indagaciones no es (como en Whitman o Álvaro Campos, el heterónimo de Pessoa) ninguna entidad platónica, sino el mundo, el presente que nos rodea, con todo lo que contiene.

Su último libro, El desierto verde está formado, superficialmente, por una serie de poemas, casi todos en prosa que describen la estancia del autor en una localidad rural extremeña. He indicado “superficialmente” porque el auténtico protagonista del libro es la mirada del poeta o, para expresarlo con más exactitud, la captación de una serie de paisajes o situaciones por una escritura sensorial y sensual, exacta y múltiple. Una escritura despojada de tópicos, carente de resabios románticos, casi nihilista y que, sin embargo, sorprende por su apasionamiento. En El desierto verde una vieja casa de piedra, un bar decrépito desde que se observa el tedioso exterior, unos caballos que bajan una calle o un sendero boscoso se convierten en espejos del yo del poeta que se define a través de su contacto con un mundo que percibe con una poderosa intensidad.

Todo esto no sería posible sin la enorme variedad de recursos y el extensísimo vocabulario del autor. La poesía de Eduardo Moga es una de aquellas que nos convence que no hay nada que no pueda decirse, que no pueda expresarse; el lenguaje se transforma en la columna vertebral del universo; la voz del poeta alcanza los límites finales de lo innominado y, quizás los rebasa. Es una poesía que me despierta una genuina envidia: uno tiene la impresión de que, en cualquiera de estos poemas, Moga ha elegido la palabra más adecuada, la construcción verbal más certera, la única metáfora posible. Quizás esto último pueda sonar como un elogio hueco. No lo es, y para que los lectores de Estado Crítico, se hagan una idea del nivel de la escritura de este delgado librito y, por extensión, de la fuerza lírica que alberga, me permito copiar un pequeño fragmento:

“La hierba ha enmudecido; los pájaros renuncian al cuerpo; las nubes se esconden en rincones inaccesibles del cielo; los actos humanos, como la luz, acceden al interior coagulado de la evaporación. La combustión es un fluido, que zumba, sujeto a los zarpazos de las estrellas, y se escapa, en busca de lugares seminales donde sombras escarlatas incuben hechos, donde nazcan, entre los canchales, sospechas de amor. El calor agarrota la conciencia; luego desciende por el cuerpo, hasta cegarlo. Los pies huyen, como golondrinas, como la certidumbre de que las cosas perduran, y de que sólo se extinguen en la hoguera que ellas mismas alimentan. El tiempo concluye a cada instante. Las horas carecen de mundo…”.