28 diciembre 2012

En mi familia no se dijo nunca "te quiero"

¿Eres mi madre?

Alison Bechdel
 
Reservoir Books, 2012

ISBN: 978-84-397-2605-0
 
304 páginas

19,90 €
 
Traducción de Rocío de la Maya
 



Rafael Suárez Plácido

Lo que más sorprende y atrapa es la sinceridad. Ya al principio del libro, la protagonista de la historia, que se supone que está en pleno proceso de escritura del propio libro, se dice desesperada: “No se puede vivir y escribir al mismo tiempo.” Y ahí se resume una buena parte de las dificultades del proceso de creación, y no sólo de creación sino de vida, del autor contemporáneo. “No se puede vivir y escribir al mismo tiempo”, porque uno ha de ser vivir con la losa de haber opinado o fijado una opinión o, simplemente, contado su versión de los hechos de una historia, y más si se trata de su historia. He tomado de José Luis Piquero, uno de los pocos poetas contemporáneos que conozco, el verso que he usado para titular esta reseña. También aclarar que he utilizado el adjetivo “contemporáneo” al usar la terminología de Agamben, que a su vez toma de Nietzsche, que dice que “sólo lo intempestivo es actual” (o contemporáneo). Efectivamente, para cualquier creador contemporáneo, la presencia en el mundo que va a reflejar en sus obras es más un problema a solucionar, que una facilidad. El caso es que la mayoría de los autores que publican sus libros actualmente no son, en ese sentido al menos, contemporáneos y se sitúan al margen de la historia. Ser un autor contemporáneo exige un precio muy alto. No todos los autores o artistas están dispuestos a asumirlo. Alison Bechdel sí que lo hace. Ya lo hizo en su aclamado libro anterior, Fun Home: una familia tragicómica (Reservoir Books, 2008) y vuelve a hacerlo de nuevo, aun más si cabe, con este ¿Eres mi madre?, que se acaba de publicar en esta misma casa editorial.

La apuesta editorial era arriesgada. El subgénero gay-lésbico aún no ha tenido demasiados éxitos en el cómic en nuestro país. No hay un personaje “normal” en nuestro universo cultural, que sea gay o, muchísimo menos, lesbiana. Obviando el nombre pionero de Robert Crumb y las “poco atractivas” aportaciones de algunos autores pornográficos, no hay demasiadas referencias en nuestro 'mainstream' cultural (series, películas, cómic, música, novelas cuyos protagonistas o autores sean gays o lesbianas que militen como tales: artistas o personajes con esa tendencia sí los hay, claro), lo que en Estados Unidos es muy diferente. Pero es que lo más interesante de estas dos obras que nos han llegado hasta el momento de Alison Bechdel es que la inclinación sexual de sus personajes no es más que un elemento anecdótico, un rasgo más de unas biografías poco ortodoxas que, a veces, toma cierto protagonismo, aunque nunca es lo esencial. Lo cierto es que Fun Home lleva ya publicadas varias ediciones en nuestro país y ha obtenido un considerable éxito crítico que ha transcendido del universo del cómic, para entrar en ese otro mundo a veces tan impermeable que es el literario. Y también es cierto que la expectación que ha generado este ¿Eres mi madre?, no se conocía, excepto quizás en las obras de Art Spiegelman.

La novela gráfica está viviendo un periodo de casi esplendor en nuestro país. Los nombres pioneros quizás sean Will Eisner, Osamu Tezuka, Guido Crepax, y Art Spiegelman. A partir de ahí cada año aparecen autores nuevos (Craig Thompson, Daniel Clowes, Frederick Peeters, David Lapham, Jiro Taniguchi, Joe Sacco) cuyos libros logran una cierta repercusión. Alison Bechdel viene a unirse a este grupo con estos dos libros. Si Fun Home, era el retrato de una familia y, especialmente, de la figura del peculiar padre de la autora, aquí el foco va centrándose en la relación entre ella misma y su madre. Algunos de los recursos que destacaban en el primer libro (dibujos muy cuidados a dos tintas, con máxima atención a los detalles, textos interpolados de autores clásicos que leían el padre y la niña, constante presencia de la voz en 'off' en primera persona de la narradora, alternancia pasado-presente en la historia, exposición explícita de todos los detalles necesarios y más rasgos que conseguían que el lector se sintiera como un habitante más de esa clase media, con gusto artístico y cultural, de una Norte América casi actual) se repiten en este segundo, con una importante presencia onírica, cada capítulo se inicia con un sueño, en homenaje a esa importante disciplina del Psicoanálisis que es la interpretación de los sueños.
 
Todo es más fácil o mejor, más gratificante, para el lector que coincida en su gusto o lecturas con los autores que se citan en este libro: Virginia Woolf, la que más, sin duda una pista a seguir a la hora de tratar de entender la estructura del libro, por su narrativa y sus diarios. Todo el libro se estructura en torno a la bipolarización que se da entre la propia autora y su madre, que prácticamente no coinciden en nada, más que en el cariño -amor sería más exacto- que se tienen. La hija es lectora de Virginia Wolf y la madre de Silvia Plath, por ejemplo. La hija es lesbiana; la madre se ha casado –con hombres- varias veces. La hija dibuja una tira cómica con protagonistas lesbianas; la madre es, además de madre, profesora, reseñista de libros y actriz. La hija lleva una vida sexual promiscua, aunque casi siempre tiene pareja y esa promiscuidad no está permitida ni por ella misma ni por su pareja; la madre es siempre fiel a su pareja del momento. La hija lleva más de veinte años tratándose con psicoanalistas; la madre hace cada día el crucigrama del New York Times de papel, y así podríamos seguir la interminable lista de matices que las separan. Pero me quedo con que esas psicoanalistas que trataban a la hija han sido algunas de las pocas personas que la han entendido de veras en su vida (es imposible no adorar a Jocelyn, la figura de la madre que nunca ha tenido). Y esta necesidad creada le ha llevado a estudiar con interés a algunos de los principales autores de este tipo de pensamiento, para llegar a comprenderse así mejor a sí misma y a su madre: y, claro, junto a Freud, aparece el nombre a través del cual discurre toda la obra: Donald Winnicott.
 
Winnicott es un psiconalista inglés, el creador de la teoría de los objetos transicionales. Fue un personaje bastante excéntrico que también tuvo cierta relación con el grupo de Woolf, aunque estos no se llegaran a conocer personalmente. Estas casualidades o pequeñas e inexplicables coincidencias son muy del gusto de la autora para explicar por qué trae un personaje a escena. No lo hace, como pudiera parecer, por falta de cohesión o necesidad de estructurar el libro. No sería necesario. Más bien tiene que ver con una cierta teoría de los vasos comunicantes, según la cual todo lo que se nos viene a la cabeza o lo que nos ocurre tiene una explicación y algún motivo. Cuando no lo encontramos es porque, simplemente, no lo hemos buscado lo suficiente. Las obras de Alison Bechdel tienen una estructura aparentemente caótica pero, realmente, muy cerrada que atrapa al lector. Hay muchos modos de llegar a cualquiera de sus libros, pero lo que es más difícil es salir de ese universo misterioso que nos atrapa: el de las relaciones con nuestro entorno más próximo. Dice Bechdel que este libro le ha costado más que el primero. Lo dice porque la otra figura retratada es su madre, la persona más importante de su vida, que aún está viva y a la que admira, aunque no recuerda que en su familia se dijera nunca “te quiero”. También la presión de haber alcanzado con Fun Home tanto éxito le mantuvo paralizada durante un tiempo. Deseaba hacer otra obra que mantuviese la altura de la primera. Acérquense a cualquiera de las dos. Es, como toda la buena literatura, una manera impagable de conocer más a los que nos rodean, de conocernos más a nosotros mismos.