13 febrero 2013

Un tapiz con tapires


Guarani purahéi / Cantos guaraníes

VV. AA.

Impronta, 2012

ISBN: 978-84-940205-6-8

72 páginas

10 €

Edición de Cristian David López y José Luis García Martín



Antonio Rivero Taravillo

Quien visite las cataratas del Iguazú, entre la Argentina y el Brasil, se encontrará con unos simpáticos animales que le disputarán la comida o que desfilarán en sosegada hilera ante él como un tren antediluviano de mercancías con su cargamento de exotismo. Son los coatíes. También verá una selva espesa a la que se encaminan tras la pitanza. Tal vez se tope con otros mamíferos como los osos hormigueros o los tapires en medio de la fronda. Y allí, en una alta rama, un tucán huidizo; un tucán de verdad, de pluma y vuelo, no en una ilustración como las que los bebedores de cierta cerveza de Dublín estamos acostumbrados a disfrutar en la mercadotecnia añeja de la marca.

A menos de catorce kilómetros de distancia (de las cataratas, quiero decir; no del río Liffey, al que todos los caminos me conducen siempre) se halla la frontera del Paraguay, el país del que proceden los cantos de este libro y la lengua que los teje y que bautiza con más líquido (incluso vapor) del que se acostumbra a aquel impresionante conjunto de saltos de agua. “Agua grande” es precisamente lo que significa Iguazú en guaraní. Es el mundo que conoció en la cercana provincia argentina de Misiones Horacio Quiroga, muchos de cuyos cuentos huellan el territorio de los antiguos compositores de estos cantos, autores anónimos para los que nunca fue importante el sentido de propiedad sobre las palabras y cuyos nombres, en cualquier caso, habrá engullido el follaje hace ya mucho tiempo.

La lengua indígena, de transmisión oral, tuvo un primer cultivo como lengua escrita durante la época de las misiones jesuíticas, momento en que se normalizó el idioma y pasaron a la tradición elementos procedentes de la cosmovisión cristiana, como los demonios (que los hay en diferentes culturas) pero sobre todos los ángeles, que nacen del raigón judeocristiano y revolotean por algunos de los poemas antologados en este tapiz de versos. Hoy, el guaraní es lengua cooficial del Paraguay, y es hablado por casi toda la población del país

La belleza de estos poemas no se debe solo a la fauna que conjuran (jaguares, colibríes, los ya mencionados tapires) sino sobre todo a la poesía que encierran, con la presencia de los sueños, el amor y el desarraigo. Sin ser extensa la muestra, son varios los ejemplos que se pueden citar de cada una de estos temas. En “Canto del jaguar” hallamos lo inquietante onírico: “En la noche, de un salto, / entro en el corazón / de los que duermen / y no despiertan nunca.” En el poema “El verano” leemos que en el paraíso siempre se goza de esta estación para a continuación matizar: “Pero también allá / hay ángeles traidores / que abren la puerta a las alimañas /  del invierno / como tú, mi niña, cuando sonríes a otro / en medio del verano.” En “Más humanos”, finalmente, se presentan diferentes animales con actitudes propias de nuestra especie, y la voz del poeta cierra la composición con estos versos: “Con lápices de colores / yo lo voy dibujando todo / para que mi niño / en este cuarto oscuro, / en estas calles sucias / sin árboles ni cielo / sepa que allá en su país / hay hermosos animales / más humanos que el hombre.”

En alguna ocasión, la voz es femenina, como en tantas tradiciones populares. Así sucede con “La fiel servidora”. Pero predominan los guerreros, los cazadores, como el poeta venatorio que se lamenta en “Cuando tú me querías”. Tras dibujar un 'locus' o 'tempus amoenus' en que volvía con grandes piezas y era celebrado por los niños y había fiesta en la aldea y se danzaba, dice: “Ahora cazo sapos / y murciélagos negros / y hago encantamientos / y acaricio serpientes / y vivo en la oscuridad.” Y añade en la estrofa con que concluye: “Cuando tú me querías, / yo era el rey del mundo. / Ahora que no me quieres, / soy el señor de los infiernos.”

El joven Cristian David López (Lambaré, Paraguay, 1987) es poeta en las dos lenguas representadas en esta edición bilingüe y el reconocido José Luis García Martín lo es en español, así como traductor de varios idiomas entre los que no se hallaba hasta ahora el guaraní. El primero habrá proporcionado el conocimiento de primera mano de los originales, y el segundo el acabado, la calidad rítmica, marca de la casa que ya viene  demostrando desde hace lustros en versiones de poetas orientales o de diversa y plurilingüe estirpe. Lo que firman juntos aquí son eso, versiones, “recreación personal de poemas tradicionales” como dicen ellos; y lo cierto es que se leen tan bien que parecen desde siempre escritas no en la lengua que siguen utilizando seis millones de personas en territorios que no conocen el mar, sino en esta otra, transatlántica, que ya alcanza los quinientos (con los que se solapan los hablantes de aquella). Pequeño y grácil, este libro que liba en el néctar de una colorida flor, sabe a poco y se lee casi vertiginosamente. Me pregunto si es libro o colibrí.