19 febrero 2013

Siempre con ganas de más


El sentido de un final

Julian Barnes

Anagrama, 2012. Colección "Panorama de Narrativas"

ISBN: 978-84-339-7852-3

192 páginas

16,90 €

Traducción de Jaime Zulaika

Premio Man  Booker 2011


Rafael Suárez Plácido

Al final todo cambia. Cuando conocemos todos los detalles de una historia —y me pregunto si llegamos a conocerlos alguna vez—, lo que antes nos parecía inequívocamente que era de una manera, pasa a ser de otra. Probablemente, incluso se trate de todo lo opuesto. ¿Hay alguna defensa ante esa continua posibilidad de errar? No estoy demasiado seguro, pero hablaría del criterio, de una suerte de improvisación, cierta intuición con las personas y las situaciones, o de la experiencia, o de algún modo de inteligencia.

La última novela publicada en España de Julian Barnes (Leicester, 1946) parece interrogarnos sobre este asunto. Y lo hace de la mejor manera posible. Nos cuenta una historia deliberadamente sesgada (no hay mejor manera de manipular una historia que en una novela, ¿qué es el periodismo actual sino una mala novela?) en la que va introduciendo pequeñas variables que nos llevan de aquí para allá. Llegamos a sentir cierta compasión por la vida del narrador, Tony Webster: un ser completamente anodino que en algún momento de su vida llegó a tener sueños de cierta grandeza, la esperanza de que iba a vivir una vida plena de aventuras, cuando era un joven adolescente que había leído a Orwell y a Huxley, y formaba parte de un grupito de cuatro amigos con delirios de cierta grandeza, o cuando se alejó de su confortable casa-nicho en la Inglaterra de los setenta y viajó a Estados Unidos y allí su vida pudo cambiar y ser vida.

Cuando Tony Webster comienza a contarnos su historia, tampoco es que nos engañe. De hecho, él mismo nos advierte que se trata de “algunos recuerdos aproximativos que tiempo ha deformado y transformado en certeza. Aunque ya no tengo la seguridad de que algunos sucesos fueran reales, al menos recuerdo con claridad las impresiones que dejaron. Es lo más lejos que llego.” Y todo es válido, porque de lo que se trata es de hacer vivir al lector las sensaciones que vivió el narrador en cada momento. De hacerle dudar cuando él dudó o creer que había llegado al final del enigma cuando él lo hizo. Aunque él ya conocía todo lo que había pasado y el porqué de las cosas, desde la primera línea de la novela, nos toma de la mano y parece que nos invita a un viaje por su tiempo y nos dice algo así como: “Acompáñeme. Esto es lo que yo he vivido en cada momento: tal cual.” De todas formas, lo que más me ha interesado no es la trama principal de la novela: la relación entre el narrador, Tony, y Verónica, y la posterior de esta con su mejor amigo, Adrian. Esa es la excusa, el viaje que nos lleva por las páginas de El sentido de un final, buscando comprender ese final. Pero lo que realmente nos interesa es eso mismo, el viaje. Y a la manera de Cavafis, el autor nos lleva por lo que fue la vida de Tony Webster, por unos paisajes humanos y urbanos muy próximos a los que debió vivir el propio Julian Barnes. Una época —los años 60, los primeros 70—, en la que era posible que cuatro jóvenes escolares adolescentes se caracterizaran por sus lecturas, muy diferentes de las que leerían los jóvenes lectores actualmente: “Si Alex había leído a Russell y a Wittgenstein, Adrian había leído a Camus y a Nietzsche. Yo había leído a George Orwell y Aldous Huxley; Colin, a Baudelaire y a Dostoievski.”

Estos jóvenes veían pasar el tiempo esperando que llegara un tiempo en el que realmente les pasaran cosas excitantes, y no dándose cuenta de que aquel era el tiempo en el que estas cosas podrían pasar. En algún momento, sin embargo, tendrían que cortarles las alas, y ese momento fueron los años posteriores de juventud: sus veinte años, en los que su único interés, y lo único que les estaba vedado, era el sexo.

Este momento de la historia de Inglaterra es el mismo que nos cuenta Ian McEwan en su Chesil Beach. Dos novelas diferentes con un mismo protagonista subliminal: el sexo o, para ser más exactos, su permanente ausencia fuera del matrimonio. Inglaterra, aunque no sólo Inglaterra, era un país lastrado por este problema que en Estados Unidos estaba ya bastante superado. De hecho, los dos protagonistas, el de Chesil Beach y el de esta novela, tienen viajes por Norte América que les aportan un poco de aire fresco y les abren al mundo, aunque sólo sea para regresar de nuevo a él.

El hecho es que Tony Webster se casa, tiene una hija, se separa y mantiene una relación más o menos afectuosa con su ex, sin saber muy bien por qué hace todo esto. Podría decirse que sin querer o que por no salirse demasiado de una norma que ha venido siguiendo toda su vida: su deseo de llevar una vida anodina. Es que, en realidad, Julian Barnes, ya desde su primer gran éxito, El loro de Flaubert, que no recuerdo demasiado, aunque sí recuerdo la grata, gratísima sensación que me dejó, no hacía demasiado hincapié en los detalles de la trama, sino más bien en una serie de reflexiones que parece que son lo que realmente desea contarnos. Así ocurre también en El sentido de un final: uno sabe que ha sido zarandeado de un lado a otro de la cubierta del barco, y al final todo ha salido como queríamos demostrar. Es posible que siempre ocurra así cuando se trata de los libros de Julian Barnes: siempre consigue lo que se propone. Aunque eso no quite que lamentemos quedarnos siempre con ganas de más. Así estamos ya: esperando por la próxima novela.

2 comentarios:

Mike Libros dijo...

Una magnífica novela. Lleváis razón en que en ella Barnes nos zarandea a su antojo, haciendo que cambie cada cierto rato nuestra percepción moral respecto al protagonista. Las sorpresas que guarda la novela tienen un impacto brutal, por su sutileza y su implicación en las vidas de los personajes. Me encantó.

Mariluz dijo...

Este muchacho Plácido es interesante. Tuve un novio de Castellón que decía lo mismo de Barnes. El hombre puso mucho empeño en que me leyera El Loro de Flaubert, pero no entendí nada. De hecho, me lo leyó él completo un verano durante una semana que pasamos en la playa de San Juan en Alicante, mientras se ahogaba en su propia risa. Creo que era un poco pedante. Mañana me tiraré a comprarlo. Espero que sea más livianito que el otro. Por cierto, ahora recuerdo que también me leí Hablando del asunto. Ese me cabreó directamente porque me recordaba a La Celestina: no era una novela sino una conversación a tres bandas entre gente de naturaleza infiel. Un rollo macabeo. Bueno, Plácido, para ti (menos que para Coradino) hay un tetrabrick de horchata en mi nevera, campeón.

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