24 junio 2013

El artículo 33


La guerra perdida

Jordi Soler

Mondadori, 2012

ISBN: 978-84-672-5230-9

544 páginas

21,90 €




Antonio Rivero Taravillo

Comienza como la tragedia de los que perdieron la Guerra Civil, pero esta gran prosa enseguida pasa a ser otra cosa: la creación de un nuevo mundo en el exilio y, orillando lo fácil del lamento, un canto a la inventiva y al humor, a la humanidad con sus defectos y tics, donde los seres son de carne y hueso y aún de mutilaciones. Jordi Soler narra en estas tres novelas aquí agrupadas (Los rojos de ultramar, La última hora del último día y La fiesta del oso) la historia de su familia, que comienza una andadura en México como tantos españoles de entonces (estos, catalanes), pero no ya en la capital del país, sino en una plantación de café (La Portuguesa) de una pequeña localidad (Galatea) del Estado de Veracruz, en cuya costa desembarcaron los conquistadores en el siglo XVI.

En la primera de las novelas Soler reelabora unas memorias de su abuelo Arcadi, no destinadas a su publicación, y sirviéndose además del expediente de unas cintas magnetofónicas con más recuerdos de este, y de la propia experiencia siguiendo en Francia la huella del mismo y tantos otros concentrados en el campo de Argelès-sur-Mer y de los esfuerzos mexicanos por enviar a muchos de aquellos infortunados a México, levanta la cartografía del exilio, en la que aparece inclusive la muerte y entierro de Azaña (lo pongo aquí en negrita porque además de político fue autor). Maneja muy bien los tiempos Soler, y los va barajando con soltura y brío narrativo en su relato. Y lo hace con humor a menudo, con un estilo que no quiere ser preciosista sino preciso, pero que resulta cautivante. En esa especie de Macondo poblado de insectos a los que se espanta con el humo de los puros nocturnos, y donde hay hasta un inverosímil elefante, se trama un atentado contra Franco que hará que Arcadi pierda un brazo suyo y gane tres artificiales, uno de ellos con garfio, que hay que limpiar diariamente con cuidado para que no cobijen alimañas en su hueco.

En la segunda de las novelas, donde no falta el fútbol, naturalmente vinculado al Barça, se nos dice que ese grupo de desterrados, ya de tercera generación, se siente como en una especie de 'no man’s land', una afición que no era de un lugar ni de otro. “España no podía ser nuestro equipo porque era el país del que nos habían echado y además lo gobernaba el dictador, el verdugo de nuestra familia, y México tampoco porque cada dos por tres se nos hacía sentir que no éramos de ahí, que éramos los invasores y los herederos de Hernán Cortés y de su tribu de rufianes que habían llegado a México a rebautizar esa tierra con el nombre de la Nueva España, y acto seguido se habían entregado a la violación desenfrenada de las pobres mujeres mexicanas, cuyas criaturas irían conformando una recua de hijos de la chingada.” Esos españoles que tenían que transigir con la corrupción y la mordida del alcalde de turno para no ser expulsados de México como extranjeros que eran, amenazados de continuo con el artículo 33 de la Constitución que aún prescribe que los que carezcan de la nacionalidad mexicana podrán ser expulsados  a discreción (como le sucedió a Bosch Fontserè, un amigo de juventud, catalán también, de Octavio Paz).

La fiesta del oso retoma finalmente un personaje ya conocido de Los rojos de ultramar, hermano del abuelo del narrador. Este Oriol también perdió un miembro (en este caso, pasando los Pirineos en su huida de España), y se hace protagonista de una 'quête' por parte de Soler que vira, con ese gigante hallado y esa metamorfosis desvelada en la última página, hacia lo extraordinario.

En las tres entregas hallamos la memoria y, sobre esta, la voluntad de rearmarla, la indagación, la pesquisa. La tupida selva de Veracruz que rodea los cafetales tal vez sea la responsable de que en esta prosa no hay quien meta un machete: no se encuentra un punto y final casi por ninguna parte. Esto debe de ser por la maleza o por la influencia de Joyce (tan querido del autor), lo mismo que un uso atípico de las comas, que a veces desbaratan democráticamente (¿reminiscencias de la República?) la jerarquía de los signos de puntuación, que incluye otros grados, como el teniente coronel y el coronel; digo, el punto y coma y el punto. 

Ni en náuhatl ni en catalán, estas novelas están escritas en la lengua que une a veracruzanos y barceloneses: el español. Jordi Soler lo escribe, cinco siglos después, con el mismo donaire que el autor, fuera Bernal Díaz del Castillo o el propio Cortés (como ahora se propone), de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.