22 julio 2010

A quemarropa

El fabuloso mundo de nada

Javier Mije

Acantilado, 2010

ISBN 978-84-92649-52-5

104 páginas

13 euros



Daniel Ruiz García


Los que tuvimos el gusto de leer en su día su primer libro de relatos, El camino de la oruga (Acantilado, 2003), esperábamos desde hace algún tiempo una segunda entrega que ha tardado siete años en materializarse. El fabuloso mundo de nada no sólo no defrauda las expectativas que Javier Mije generó con su primera obra, sino que las supera con creces, gracias a una colección de relatos que profundiza, matiza y abre nuevos caminos que sólo estaban insinuados en su libro de debut.

El fabuloso mundo de nada es, hay que decirlo de entrada, una colección de relatos demoledores. Son historias que hablan de infelicidad, de desencanto, de desamor, de egoísmo. Es el tono pesimista lo que da unidad y homogeneidad a todo el libro, que, muy lejos de la colección de retales, se lee como una sola pieza que funciona de forma compacta, con una única dirección, y a veces con conversaciones y guiños entre los mismos relatos, como habitantes de un mismo barrio que se entrecruzan miradas y palabras.

Decía que es el tono pesimista lo que da unidad a la colección, pero no sólo. También el estilo, un estilo impecable, donde cada frase está muy cuidada, y donde persiste una latente obsesión por renunciar a lo fácil. Los relatos de Javier Mije, todos ellos de vocación sentimental, todos ellos impregnados de un fuerte subjetivismo (si es que algo así puede baremarse), transitan por meandros alejados siempre del tópico y del cliché, de la frase hecha y de la conducta esperable. Es evidente una preocupación por mostrar historias cotidianas desde un prisma distinto, con una observación del carácter de los personajes que en algunos casos puede llegar incluso a resultar impertinente. Escribir sobre sentimientos sin incurrir en el lugar común es una hazaña nada fácil que Mije supera con nota, mostrando unas dotes fuera de lo común para manejarse por el terreno de lo sensible sin que en ningún caso llegue a parecer ñoño o sensiblero.

Me atrevería a decir que El fabuloso mundo de nada se cimienta sobre dos ejes temáticos: uno, el que muestra historias cotidianas que parecen contadas en voz baja, y que en la mayoría de los casos aluden al desamor, a la ruptura sentimental, incluso al aburrimiento (espero no aguarles el libro si digo que ninguno de los relatos acaba en happy end); y dos, el que se centra en lo monstruoso, a partir de distintas visiones e historias entresacadas del “fabuloso mundo del circo” (de ahí el título del libro), siempre con el prisma puesto entre bambalinas, en su revés sórdido e inquietante de caravanas, deformidades y jaulas sucias. Hay un equilibrio entre ambos ejes, que finalmente parecen confluir en la pirotecnia del último relato de la colección, donde en cierta forma, gracias a una última imagen de rotunda plasticidad, lo sentimental y lo monstruoso acaban dándose la mano.

Por otro lado, El fabuloso mundo de nada es uno de esos libros con los que Freud se hubiera frotado las manos. Cabe hacer una lectura de los relatos desde una perspectiva psicológica e incluso sociológica. Porque en todos los relatos late cierta lucha del hombre contra la felicidad, sobre todo contra la felicidad sentimental. El miedo del hombre soltero occidental del siglo XXI al compromiso, la incapacidad para asumir una vida en pareja, el pavor a despertar cada día junto a una misma mujer, a la que ni siquiera se llega a conocer de verdad. Especialmente gráficos a este respecto resultan cuentos como el que abre la colección, "Las Tres y diez", u otros como "Asiento de ventanilla" o "Análisis".

Cuando leemos un libro de relatos tendemos siempre a señalar un predilecto, alguno que nos parezca especialmente intenso o vibrante. Aquí ese ejercicio, al menos a mí, me resulta imposible. Hay demasiados buenos relatos, y además está el hecho de que todos los relatos están, en cierta forma, entrecruzados, interconectados. Los cuentos sobre el circo, que tienen un inconfundible aroma a barraca de Tod Browning, hablan incluso entre ellos, se reflejan especularmente a través de personajes comunes (el cicatero Larsen, empresario del circo, homenaje explícito a Onetti) e incluso historias compartidas (el enano de "Último vuelo" está también en "Un Disparo mortal", y presumimos que el personaje infantil de este último cuento es también el protagonista del que cierra el libro).

Por su forma de broche final, por su soberbio título, por la rareza de lo que cuenta y su capacidad de transmitir ese tono pesimista e inquietante que recorre todo el libro, quizá, por señalar uno, me quedaría con el último: "Aullidos reprimidos por decoro". Por sí solo serviría para reflejar la visión del mundo del autor. Hacia el final del relato, Héctor, el personaje principal, llega a la contundente, desoladora conclusión siguiente: “El dolor es nuestra marca, el dolor es la identidad”.

Lean este libro. Un libro hermoso, pero de una hermosura dolorosa. No busquen complacencia: son doce tiros, doce balazos secos, duros, hirientes. Ténganlo en cuenta, si se llevan el libro a la playa: el olor a pólvora tarda en marcharse.

5 comentarios:

Carolink dijo...

Si tú recomiendas y dices todo esto sobre el libro, no tengo más remedio que leerlo. Qué ganas.

Luis Manuel Ruiz dijo...

Bravo.

Alejandro Luque dijo...

Mucho Mije!

Cristina dijo...

Acabo de terminar el libro y os puedo asegurar que no me ha dejado indiferente. No suelo leer relatos cortos habitualmente y soy una lectora aficionada, pero me ha encantado, se mantiene la intensidad del relato desde el comienzo hasta el final y el estilo es impecable. Es cierto que el libro no destila felicidad, pero ¿dónde ha quedado la literatura que da que pensar?, todo no puede ser entretenimiento...
Las gracias al autor.

Carolina Castañeda Vázquez dijo...

A mi también me ha gustado, merece realmente la pena.