08 octubre 2012

El dragón dentro de casa


 
El síndrome de albatros 

Gonzalo Suárez 

Seix Barral, 2011. Colección "Biblioteca Breve"

ISBN: 978-84-322-0934-5 

239 páginas 

18 €
 
 
 
Jesús Cotta

Este es un libro extraño, sorprendente, imprevisible, de expresión creativa y audaz, dinámico, interior, onírico. Pero, como en la virtud está el defecto, es también a ratos difícil de seguir (que no es lo mismo que aburrido), hiperbólico (que no es lo mismo que inverosímil) y con saltos argumentales a veces poco consistentes, aunque uno se los perdona porque en el libro lo poético e intuitivo predomina sobre lo real y lo analítico. 

Es una buena obra literaria, aunque a mí no me ha acabado de atrapar, por lo cual es muy posible que los posibles defectos que le achaque se deban más a mi incapacidad como lector.

La novela comienza con un fragmento de una obra de teatro obscena escrita al parecer por el difunto marido de una viuda, la cual contrata al protagonista para que averigüe si existe o no el personaje femenino central de la obra. Como un Edipo que es a la vez detective y culpable, el protagonista se va descubriendo a sí mismo a medida que descubre los oscuros hechos que envuelven a ese personaje teatral. 

En principio, todo ocurre fuera a través de la acción, pero, a medida que uno lee, tiene la sensación de que todo pasa dentro a través del pensamiento. Todas las mujeres, Elvira, Ludivina, Linda, Felina, etc. parecen la misma en distintas fases de la vida o en diferentes películas. 

El libro bebe de esa tendencia literaria, frecuente en la literatura española, que consiste, no sé expresarlo de otro modo, en ser un poco cruel con los personajes o, al menos, en presentarnos no lo mejor de ellos, sino sus debilidades, sus vicios y sus defectos y en conseguir que, a pesar de eso, nos resulten simpáticos. Desde Quevedo, pasando por Galdós y Clarín, hasta Cela, Torrente Ballester, Luis Landero, etc., los protagonistas no son héroes que el autor trate con respeto y simpatía, sino pícaros o seres sufrientes, sin demasiada grandeza moral. 

La novela a veces resalta el detalle feo o sórdido. Reconozco que es una actitud literaria que no me resulta simpática, porque en la vida, además de lo sórdido, está lo hermoso y esto no es menos realista ni menos serio que aquello. ¿Para qué aumentar, pues, con la literatura lo sórdido, si ya tenemos bastante? Aunque le reconozco el ingenio, me parece horrible que el protagonista se llame Zóster porque tiene un herpes. La insistencia del libro en ciertos detalles biológicos y obscenos, por muy bien traídos literariamente que estén, llega a cansar. No me acaba de convencer eso de sonreír “de soslayo por el más amarillo de sus colmillos”. Pero también es cierto que, gracias a eso, resaltan en la novela más por contraste los gestos nobles, las personas inocentes, los sentimientos elevados, el musgo poético que a veces almohadilla su prosa. En este libro están esas cuatro cosas y palpitan en el corazón del protagonista, herido por la pérdida de un hijo y del amor. 

El autor es un maestro del lenguaje, de la técnica literaria y del mensaje con enjundia y la sorpresa. Un traje es “de día nublado” y “Cuando de repente llega” la vejez, “todas las superficiales razones por las que nos apetecía vivir se convierten en profundas reflexiones por las no nos apetece morir”. En cuanto al motivo que aduce el Ausente, un personaje que fue boxeador y actor porno, para justificar el asesinato, es escalofriante y contundente. Y el cuento del dragón es magnífico, plástico, cinematográfico, sorprendente, una idea estupenda para un corto terrible de Pixar, y ¡acaba  bien! 

Se trata, pues, de una obra para amantes de la buena literatura, con una trama a veces difícil de seguir o de creer, pero con palabras grabadas a fuego que pueden deleitar o envenenar y que, desde luego, no dejan indiferente al lector.