09 mayo 2012

Álbum de fotos

Siete

Alberto Chimal

Salto de Página, 2012

ISBN: 978-84-15065-21-0

295 páginas

19,50 €

Edición y prólogo de Antonio Jiménez Morato




Sara Mesa

La primera sensación al comenzar a leer este libro puede ser de desconcierto. Me refiero a la sensación de un lector que no conozca anteriormente la obra de Alberto Chimal (Toluca, México, 1970). Pero ojo, activar el desconcierto no es una mala manera de empezar a leer. Supone enfrentarse a las expectativas, sacudir lo esperado. Y no solo por descubrir que son muchos más de siete los relatos que se ofrecen en este libro, ni por comprobar que un narrador mexicano no tiene necesariamente que ocuparse en su obra del narcotráfico o la violencia urbana. El choque, en realidad, se debe a algo mucho más estimulante: el autor se escurre, huye de etiquetaciones, se nos escapa continuamente, casi diría que se ríe de nosotros. Y sin embargo, ahí va quedando su poso, haciendo suelo a medida que uno avanza en la lectura. Al principio pensé: “ah, es un autor que maneja muchos registros y muchos temas y muchas maneras distintas de contar; le va un relato largo, pero también un microrrelato; le va experimentar, pero también recrear la tradición”. Sí, uno puede sentirse perdido en el comienzo. Pero más adelante añadí: “y sin embargo está claro que hay una identidad en todo esto, hay un mismo nudo de donde parte todo, hay una voz fortísima, unitaria”. Y por último, al terminar, una revelación: “qué tremendo este Chimal, cómo me engañó y hasta dónde me ha llevado”.

¿Hasta dónde? Hasta ganarme como lectora. Hasta leer más de él en el futuro. Es bueno, sí, y brillante, y también turbador. Abigarrado y torrencial a ratos, comedido y discreto en otros, este libro de relatos -una amplia antología que cuenta con algunos inéditos- funciona como un álbum de fotos: si se miran todas las imágenes -todas las piezas- tendremos ante nosotros el rostro caleidoscópico del autor. Y esta comparación proviene del mismo libro: uno de sus relatos se titula justamente así, “Álbum”, y en él, en apenas dos páginas, se relata una auténtica tragedia únicamente mediante la sucesión de sintagmas nominales que impactan en la mente del lector al modo de instantáneas fotográficas. 

Así funciona la narrativa de Chimal: con potencia. Tiene poder, tiene eficacia, engancha. Dice Jiménez Morato en el prólogo de este libro que Chimal pertenece a la estirpe de los narradores de historias, de los que se dejan llevar por el puro deleite de narrar. Sí, pero además se deja llevar también por el deleite de experimentar. En sus relatos se mezclan tiempos, voces, materiales, hay un juego constante con los elementos narrativos. Por ejemplo, en “El señor de los perros” distintos personajes se turnan para hablar, en “La pasión según la sombra” se alterna la historia con el recuerdo de la historia, en “Shanté” se fusiona el pasado con el futuro, lo vivido con lo deseado y se plantea un tema recurrente: el problema de la identidad, también presente en “Variación sobre un tema de Coleridge” o en “Las balanzas”. 

Lógicamente, en una selección tan nutrida de relatos, el lector encontrará algunos más logrados que otros. A mí no terminan de convencerme los de tono fabulístico-moral, del tipo “La verdad”, “Los justos”, “Las flores”, que por lo que se explica en el prólogo son los más antiguos de la producción aquí reunida. Tampoco entiendo por qué se abre el volumen con un relato más bien mediocre o, desde luego, que a mí me parece muy lejos de la altura de los que aparecen después. Y hay algunos momentos en los que Chimal se deja llevar por las piruetas del ingenio, porque sabe manejar bien el efecto sorpresa. Pero esto no enturbia en absoluto la fuerza de muchos -la mayoría- de sus relatos. 

Mis preferidos son los más ambiguos, aquellos en los que Chimal maneja sus recursos con desenfado y provocación. Hay varios en los que la imaginería religiosa se deforma hasta el esperpento: en el fabuloso “La llegada del reino” se relata el segundo advenimiento con un Jesucristo caracterizado de 'celebrity', vestido de Armani y rodeado de estrellas de Hollywood; en “La pasión según la Sombra” los actores de una representación popular de Pascua declaman sin querer –y sin ni siquiera conocerlos- fragmentos teatrales de distintas épocas, desde los Entremeses de Cervantes hasta el Kaspar de Peter Handke, pasando por Calderón, Molière, Racine, Schiller o Beckett. El amante del teatro disfrutará muchísimo con este relato, en el que, en el momento de expirar, Jesucristo es invadido por la voz de Don Juan (“De mis pasos en la tierra responda el cielo”), del mismo modo que el amante del cine disfrutará con “Corredores”, un relato de corte onírico con un Leonardo DiCaprio entrado en carnes como protagonista. 

Las referencias culturales -en el sentido amplio de cultura- son constantes, pero esto no convierte la narrativa de Chimal en cultista o impenetrable. Apenas hay alardes, porque en casi todos los casos las referencias quedan supeditadas al sentido de la historia. Y sí, a pesar de la pluralidad del conjunto, hay líneas comunes, como la exploración en la crueldad, que aparece en “Manuel y Lorenzo” (un relato que avanza con el diálogo de dos amigos sin escrúpulos), en “Acerca del alma” (basado en la historia de Joseph Fritz, el conocido monstruo de Amstetten), o en “El club de los seis” (donde la violencia como experimento llega hasta el extremo). También hay violencia soterrada en “La mujer que camina para atrás”, un perfecto relato de terror, y una visión irónica de la sociedad del espectáculo esparcida por aquí y allá con total naturalidad. Muy recomendables también para los fans de la brevedad son los brillantes microrrelatos agrupados en series (“Siete de sirenas”, “Veinte de robots”, “Catálogo de sectas”), en los que Chimal no solo demuestra habilidad, sino también un dominio indudable del género: más allá del chispazo inicial, permanece el sentido. 

En realidad, este podría ser el resumen de todo el libro: más allá de la reverberación del 'flash' fotográfico -ese álbum de instantáneas heterogéneas que constituye esta antología de relatos- permanece el sentido de las historias: gana la narración y, por tanto, ganamos todos. Hay humor y hay absurdo, realismo y onirismo, brutalidad y sutileza. Todo eso, junto o por separado, en un afán al principio confuso pero finalmente logrado- de mostrar todas las caras posibles de Chimal. Y, por lo leído, es una cara que nos interesa.