03 mayo 2012

Dudo, luego existo


Dudo Errante
Russell Hoban
Cátedra, 2011. Colección "Letras populares"
ISBN: 978-84-376-2894-3
368 páginas
15 €
Edición y traducción de David Cruz y María Luisa Pascual


Fran G. Matute
Siempre me han fascinado las distopías. Y más cuando hacen referencia a un futuro no muy lejano o ciertamente plausible. No es que sea masoquista, pero la verdad es que me gusta comprobar las miles de formas en las que el ser humano la puede cagar. La literatura es muy rica en esta temática. Quizás los grandes hallazgos de este subgénero dentro de la ciencia-ficción sean Nosotros (1921) de Evgueni Zamiátin, Un mundo feliz (1931) de Aldous Huxley y 1984 (1949) de George Orwell, aunque yo tiendo a simpatizar más -por un prurito estético, más que nada- con La hora final (1957) de Nevil Shute o, por qué no, con El planeta de los simios (1963) de Pierre Boulle. O llegado el caso, incluso me quedaría con Un hombre y su perro (1969) de Harlan Ellison. Pero, desde luego, la distopía que propone Russell Hoban en Dudo Errante (1980) me parece la más original y reflexiva de cuantas he leído hasta la fecha.
La novela está ambientada en una suerte de Inglaterra medieval, con sus aldeas y sus bosques, sus tradiciones y leyendas, y habitada por mentes débiles y temerosas a lo desconocido que es todo lo que les rodea. Unos pocos afortunados dentro de la tribu son los designados para interpretar el correr de los tiempos mediante predicciones o simplemente presentimientos. Una casta de oradores que marcan el camino de los pobladores hacia lo desconocido, en busca de la recuperación de un pasado que saben que existió pero que no comprenden del todo.
La premisa de Dudo Errante nace alrededor del año 4000, tras una especie de guerra nuclear. No estamos en una línea temporal paralela ni en otro planeta, pero la citada impresión de estar en el medievo sajón va cogiendo fuerza a medida que se nos dan a conocer los nombre propios que los lugareños dan a la zona en la que viven. Poco a poco vamos descubriendo que estamos en Kent y que tras el holocausto, el ser humano ha vuelto a sus orígenes más primarios, esto es, el fuego, la agricultura, la ganadería y los metales. Pero he aquí el primer elemento extraño y distópico que ofrece con acierto Hoban. El pasado de esos pobladores, que nos llega a través de los restos arqueológicos que encuentran de sus predecesores, son de una tecnología desconocida para ellos. Maquinaria de guerra enterrada en los alrededores de su aldea. Artefactos que en su día surcaron el cielo. El hombre del pasado era infinitamente más avanzado que ellos. ¿Cómo pudo darse esa involución? El hombre en la época de Dudo Errante quiere conocer ese brillante pasado y alcanzarlo.
Así que Hoban nos ofrece un futuro que se lee como un pasado. Un perpetuo ‘flashforward’ (ahora que están tan de moda en la ficción televisiva), un eterno retorno a los orígenes. Un bucle existencial en el que el ser humano se autodestruye y comienza de cero cada equis eones. Y esa búsqueda perpetua por alcanzar la tecnología es lo que mueve a Dudo Errante, un avispado joven que tras una serie de trágicas consecuencias el día de su cumpleaños es elegido por su pueblo para guiarlo a través de los vestigios modernos de ese pasado incomprensible.
Pero Dudo Errante no quiere formar parte de la casta. Quiere vivir. Romper con lo establecido. Después de todo, ¿quién ha dicho que las cosas tengan que ser así? ¿Acaso tiene él algún poder para interpretar la realidad? ¿Realmente es diferente, un elegido? Y en esa eterna duda reside el don que tiene el personaje. Puede que sea esta una premisa algo manida, pero la travesía pro medioambientalista que propone Hoban es ciertamente brillante.
Basada libremente en la leyenda de San Eustaquio, tal y como está representada en los frescos de la Catedral de Canterbury, la odisea de Dudo Errante incorpora elementos discordantes como el de los titiriteros, caracteres encargados de ir de aldea en aldea explicando a los lugareños a través de marionetas el pasado e interpretando las señales que estos dejaron enterradas, en claro paralelismo con la labor del mester de juglaría, retomando así con fuerza la tradición de la literatura medieval anglosajona pero adaptada a la ciencia-ficción.
Para contextualizar este futuro incierto e improbable (o quizás hoy día, no tan improbable), Hoban incluye en la ecuación un elemento filológico tremendamente efectista. Tras el armagedón se pierde también el conocimiento gramatical del lenguaje. El inglés, oral y escrito, se transforma en un amasijo fonético y sobre esta premisa está redactada la novela. Hasta el punto de que aquellos términos que hacen referencia a conceptos tecnológicos tienden a reducirse a una mera onomatopeya de su función. Es evidente que la traducción de esta obra de ficción supone un reto. Pero también resulta patente que la deformación lingüística que desarrolla Hoban pierde gran parte de su sentido en la traducción, por muy meritoria (y premiada) que esta sea. Así, con todo, la lectura de Dudo Errante empieza por ser un tortuoso ejercicio intelectual para terminar convirtiéndose en un ‘tweet’ de trescientas páginas. Quiero pensar que una persona más joven que este crítico, más hecha a las nuevas tecnologías, no tendrá ningún reparo ni dolor de cabeza por leer traducido este fascinante texto.
Con un fuerte mensaje naturista, con una imaginación desbordante en la reinterpretación futura de nuestro presente y escrita bajo reglas lingüísticas propias como elemento más innovador, no me cabe la menor duda (valga la redundancia) de que Dudo Errante es una de las obras magnas de la ciencia-ficción. No queda más que celebrar la labor de la editorial Cátedra por iniciar esta serie de “letras populares” y esperar que continúe con esta labor impagable de divulgación académica, pues la presente edición de Dudo Errante no solo incluye la novela sino abundante material de estudio imprescindible para contextualizar el significado de esta obra tan original. Una joya como texto y como edición.