25 septiembre 2012

Blanco sustento

El viento comenzó a mecer la hierba

Emily Dickinson

Nórdica, 2012. Edición bilingüe 

ISBN: 978-84-92683-86-4

109 páginas

16’50 €

Traducción de Enrique Goicolea
 
Selección y presentación de Juan Marqués
 
Ilustraciones de Kike de la Rubia

 
Coradino Vega 

Para Dani y Espe

Por más que haya casos parecidos, no deja de sorprender cómo se ha ido agrandando la figura de Emily Dickinson (Amherst, Massachusets, 1830-1886). Recluida por propia voluntad en la casa paterna a los treinta años, escribió con sigilo más de mil cartas y tantos otros poemas (de los que sólo se publicaron en vida cinco, sin su consentimiento o bajo pseudónimo), renegó de toda fama, se enfundó un vestido blanco y únicamente aspiró a que sus paisanos se sintieran orgullosos de ella. Sin embargo, la conciencia poética de esta mujer frágil, hipersensible, tímida y dotada como nadie para ver y decir lo que de sublime y horrible hay en lo cotidiano, fue rotunda: las cartas en las que deja a su preceptor, que no entendió nunca la fuerza de sus poemas, a la altura de un pepino son un buen ejemplo. Porque ese tozudo apartamiento, esa autodenegación con la que esperaba «ganar espíritu de paciencia», no es otra cosa que el correlato de su manera de entender el «dulce tormento» que para ella era la vida y su poesía: si eligió esa voluntaria clausura fue para transformar la aflicción en beneficio, la pobreza en riqueza y la privación en el poder liberador de quien lo pensó todo por sí misma.
 
Muchos de sus poemas oscilan entre la exaltación y el reiterado encuentro con el abismo. De apariencia sencilla, son piezas hondas, enigmáticas, a veces sombrías, de una luminosa belleza. El equívoco y la ambivalencia parecen ser su recurso central. Porque Emily Dickinson no era una esteta: si acude a la metáfora es por necesidad, porque ésa era la mejor forma de cristalizar su visión, su verdad —siempre provisional y precaria—, de ahí que le importara poco retorcer la sintaxis o incurrir en rimas extrañas para el buen gusto de la época. Más cerca del romanticismo oscuro e inquietante de Coleridge o Poe que de la benevolencia ante la naturaleza de Wordsworth o el entusiasmo abarcador de Whitman, Dickinson pertenece a esa nómina de raros americanos que tuvieron el talento de ser artísticamente iconoclastas sin separar los pies del suelo: de Melville a Thomas Wolfe, de Thoreau a William Carlos Williams, de Charles Ives a Edward Hopper. Excéntrica en su propósito de ser poema («Mi Tarea es la Circunferencia»), puede que nadie haya ofrecido tanta esperanza y tanto consuelo de la autoexploración de la angustia y el miedo, del dolor, de la desesperación que ella tildó de «blanco sustento», de esa medianoche que irrumpe de pronto en la claridad del mediodía. Frente al optimismo político de Whitman o el trascendentalismo de su admirado Emerson, a Emily Dickinson le importaban los pequeños detalles a los que extendía los hechos de su interior: «La guerra se me hace un lugar oblicuo», escribió en medio de la contienda. A su manera, fue también una poeta profundamente religiosa, casi mística (en el primer poema de este libro nos dice que el éxtasis se aprende por la agonía), que denostó irónicamente el cerrado calvinismo de su entorno casi tanto como las ideas de familia y Estado. Para ella, el hogar era la casa del corazón. Dios, ese ser supremo que no responde, jamás revelado. La fe, sinónimo de duda. Y el misterio, algo que sólo puede resolver la muerte mientras nos dedicamos a alimentar el interrogante. Su audacia proviene de la desolación; y sus disonancias, de su resistencia al sentido; pues Dickinson supo de lo imposible de decir, de significar e incluso de soportar sin autoengaño. En su poesía, los espacios familiares conducen al lugar terrible pero hermoso de la excepción, revelando su siniestra e incomprensible proximidad. A Dickinson no le daba miedo la muerte —incluso parecía sentir cierta mórbida atracción por su descomposición física—, pero sufrió la inmortalidad como memoria de los suyos, como realización de su pasión por una vida que, como escribió en otra carta, siempre «es muy grande».
 
Esta clarividente selección que ha hecho Juan Marqués constituye una inmejorable introducción al universo Dickinson. Con tino integrador y gusto exquisito, ha escogido un puñado de poemas que focalizan la vertiente más maravillosa (algo minusvalorada por la mayoría de sus precedentes antólogos en castellano) de la autora de Nueva Inglaterra: la síntesis que surge de la oposición entre sufrimiento y exaltación del mundo. En ellos, Dickinson se decanta por el Día, reafirma su enorme amor por la vida entendida como ciclo y renovación, celebra la abundancia de la naturaleza y el solaz de la escritura, ventila telarañas y nos muestra la calma que sigue a la tormenta que inicia el viento cuando comienza a mecer la hierba. Las ilustraciones de Kike de la Rubia captan con elegancia y perceptiva sensibilidad —nubles incluidas— el paisaje mental de la «reina reclusa». Por su parte, la traducción de Enrique Goicolea se atreve a prescindir de los característicos guiones y las enfáticas mayúsculas con un oído musical y una discreción que simplifican de forma admirable lo que de dificultoso puede tener la ortografía dickinsoniana. Si a ello unimos la cuidada labor editorial, el resultado es una joya de una delicadeza que da gusto tener entre las manos. Porque la verdad es que no se pueden hacer mejor las cosas.