03 agosto 2009

ETA en ruinas

Polvo de ETA
Joseba Zulaika

Editorial Alberdania-Astiro
colección Alga
ISBN: 978-84-96643-56-7

192 páginas.

15 euros.

Jabo H. Pizarroso

El título de este libro parte de una canción de Mikel Laboa, Polvo de estrellas, que se escuchó durante el funeral de Jokin Gorostidi en Deba y en el que una mujer, su mujer, Itziar Aizpurua, desparramó las cenizas de su marido muerto, poco después de que ETA declarara su última y mentirosa tregua. Para Joseba Zulaika, doctor en antropología cultural y miembro del Centre for Basque Studies de Reno, ciudad donde reside casi todo el año, este momento era el final de un ciclo y fue el plot inicial que le animó a escribir Polvo de ETA. Ya se había metido entre las fauces de la fiera vasca y del terrorismo con Itziar. Violencia vasca. Metáfora y Sacramento, un libro publicado por la editorial Nerea en los años noventa y que a día de hoy no es muy fácil de localizar. Animo a realizar el intento. Polvo de Eta, originalmente escrito en eusquera (Etaren hautsa), y publicada la edición euskaldun también en esta misma editorial, Alberdania, y traducido ahora por Gerardo Markuleta, es un libro que diagnostica la muerte sostenida de ETA y revela los ciclos a los que este grupo ha sometido al Pais Vasco y al resto de España durante casi cuarenta años. La tesis es aparentemente sencilla. Si Eta comienza con la profecia libertaria y la muerte hericoráfica de Etxebarrieta, el primer lider de ETA en el año 67, lo de Etxebarrieta y libertario es discutible, y solidifica una generación de cambio, de lucha contra el fascismo y de apertura en la idiosincrasia rural, y ritualizadora y creyente de los vascos nacionalistas que perdieron la guerra civil y en la que nunca lucharon del todo convencidos, según Zulaika, ETA muere en el mismo momento del funeral de Gorostidi. Pero esta tesis, incluye otra que surge con más fuerza dentro del libro. Este libro se escribió aparentemente, porque la sospecha surge conforme se avanza en su lectura, una vez que ETA declaró el alto el fuego permanente en Marzo de 2006. Se escribió con la creencia en esas palabras. Algo que estaba en boca de todos. Hasta Mayor Oreja llegó a decir que Eta puede hacer mucho daño y cometer mucho crimen pero una cosa que no hace es mentir. Todo el mundo creyó en esa tregua total y permanente, incluso el autor de este libro. Por eso lo escribió de una forma. Hasta la página 143 está escrito bajo la prfemisa del alto el fuego. Pero en Diciembre de 2006 ETA acabó con la vida de dos ecuatorianos que dormían la paz del miedo del inmigrante en los garages de la T4. Eso requería otro libro, y en este caso, un apéndice que analicara la nueva situación. Zulaika incorpora un epílogo escrito a partir de este momento, a partir del descubrimiento de que la tregua no era permanente y de que ETA había mentido de nuevo con una tregua. Eso hace que la tesis de final de ETA cambie y la datación de este momento se mueva en el tiempo bastantes años hacia atrás. Todos sabemos que no es lo mismo escribir de ETA sin atentados que hacerlo cuando ETA mata. Los mecanismos internos sobre todo activados por el miedo, por la amenaza latente y hecha real, operan de una forma estruendosa en las cabezas de la gente y sobre todo en las de los escritores. vascos Se requiere siempre distancia y tendón frío para hablar y sacar consecuencias de lo hablado. Pues bien, la tesis nueva, la tesis que viene provocada por el atentado de la T4 sitúa el final del ciclo de ETA en el asesinato de Yoyes, año 1987, tras las conversaciones de Argel entre el gobierno español y la banda armada. A un lado los años en los que ETA era una organización armada, al otro los años en los que ETA se convierte en un grupo terrosista. Akaitz, el niño de tres años hijo de Yoyes, cuando volvió a casa tras el asesinato de su madre en el mercado de Rentería atisbó a decir, “Han llegado los cowboys con sus pistolas y han matado a la madre”. Polvo de ETA, el libro, hasta este punto era un ensayo curioso, un tanto revelador, con esas analogías biblifílicas en torno al sacrificio de Abraham e Isaac y a los resortes freudianos del este asunto, el tema de la patria y el gran otro sabiniano, pero todavía escaso de proyección porque la tesis principal no estaba del todo cogida. Con el epílogo centrado en Yoyes, el dinamismo del libro se revaloriza y las consecuencias filosóficas son palpables y se hacen necesarias una vez que se ultima su lectura. Yoyes representó cosas que eran impensables en el nacionalismo vasco. Yoyes era mujer, era madre ya cuando dejó ETA y acabó siendo mártir. Según Zulaika ETA acaba cuando asesina a Yoyes. El poder regenerador de los años cincuenta que deriva en el asesinato como herramienta política, sesentas y setentas, acaba en el terrorismo sin papeles de los años ochenta. Yoyes se da cuenta y ya en el 81 se separa de la organización en la que ha militado. Poco después de que el Batallón Vasco Español asesinara a Argala, poco después de que Pertur desaparezca junto a sus dos últimso testigos Pakito y Apala, poco después de que se aprobaran los estatutos de autonomía, y poco después de que los bereziak, grupo especial de Eta político militar, entrara en ETA y marcara un rumbo únicamente militarista a la banda que llega hasta hoy pasando por el coche bomba, hipercor, Vic, Miguel Ángel Blanco, y jode escribirlo, los dos jóvenes guardias civiles que asesinaron el otro día en Mallorca. Pero la paradoja eterna que modula este ensayo es que cuanto más se prodiga ETA en esta estrategia de asesinatos puntuales, desplegados en el tiempo, incomprensiblesy feroces, más acabada está. La certeza de su acabamiento está en esa trayectoria de muertes a goteo. Eta se encuentra en ruinas. Este ensayo lo corrobora. La realidad parece decir otra cosa. Aunque desde todos los flancos antropológicos y sociológicos las ruinas se vislumbran. Los que inmolaban a los demás en aras del dios sabiniano, luego lo han hecho en aras del dios de la patria, un dios utópico, comodón y que siempre está ahí, dispuesto a merendarse los sesos de nuevos jóvenes que escuchen una txalaparta en medio de dos montes y oigan la voz interior delirante esa que les exige poner una bomba lapa para perpetuar la paz de sus caseríos. Pero lo que no revela este libro y desconocemos todos es hasta cuando las ruinas etarras seguirán siendo ascuas vivas todavía, y por qué seguirán siéndolo. La resolución de esas dudas sería la cuajada de otro libro.