28 septiembre 2010

Fatalidad y coraje

Cavalleria rusticana y otros cuentos sicilianos

Giovanni Verga

Traspiés, 2010

ISBN: 978-84-936774-5-9

14 euros

124 páginas.

Traducción de José Abad





Alejandro Luque
Cursiva

¿Ha vuelto Giovanni Verga? Lo pregunto porque, con un goteo lento pero perseverante, en los últimos tiempos han ido reeditándose en España varios títulos del autor siciliano. Gadir rescató el año pasado una novela primeriza, Eros; Antes, el sello El violín de Carol había reunido algunas de sus mejores brevedades en Nedda y otros cuentos; Periférica hizo lo propio con La vida en el campo; y ahora Traspiés insiste con Cavalleria rusticana y otros cuentos sicilianos. Por si fuera poco, en la última Mostra de Venecia se presentó una nueva versión, a cargo de Pasquale Scimeca, de su gran novela Los Malavoglia, que ya fue adaptada al cine por Visconti en La terra trema.

Si se lo hubieran dicho al propio Verga, no se lo cree. Que en pleno siglo XXI sus ficciones con olor a brea portuaria y pastos campesinos vuelvan a ser motivo de atención no deja de ser motivo de asombro. Claro que un escritor como éste siempre se lee con gusto: la suya es una prosa limpia, esencial, producto de una mirada atenta al detalle, pero sin ningún interés por el alarde. Verga, padre de la escuela verista, es un puro contador de historias. Y, seguro de que sus historias poseen intensidad por sí mismas, dirige su estilo hacia la eficacia. El verismo es la exaltación de la naturalidad, y un escritor, como diría él mismo, debe tener “el coraje supremo de eclipsarse y desaparecer” dentro de una obra que “es como debe ser”.

¿Es suficiente con eso? Tal vez haya que profundizar un poco más en sus temas. La materia central con la que trabaja Giovanni Verga es esa terrible, implacable, sicilianísima fatalidad. Aun con sus circunstancias específicas, todos los personajes son juguetes del destino, títeres en manos de una divinidad arbitraria. Nada puede la razón contra esas pulsiones avasalladoras, que aquí usurpan el nombre del amor y allí el del honor. Peppa va al encuentro del bandido Grama empujada por una atracción irrefrenable, similar a la que lleva a la Loba a buscar el filo del hacha; Ollaza, marido tolerante con las infidelidades de su esposa, acabará matando de improviso a uno de esos amantes; todo el oro del mundo no impide que Mazzarò envejezca, y Malpelo el Pelirrojo baja sin rechistar a la mina en una misión suicida, aunque sabe que nadie irá a rescatarlo. “No dijo nada”, leemos al final. “En fin, ¿de qué habría servido?”

Rito y superstición se hacen presentes a lo largo y ancho de estos relatos. Lola va a confesar porque ha soñado con uvas negras; Turiddu muerde la oreja del carretero con quien va a batirse en duelo, como señal de compromiso; Nanni sabe que “no sale de casa ninguna mujer buena, entre el véspero y la novena”; el diablo tienta a los hombres con la luna, atrayéndolos hacia la perdición. Y para todo aquello que no se alcance a explicar, cabe remitirlo a la voluntad de Dios.

El mundo de Verga discurre así entre el oscurantismo y las puras leyes de la Naturaleza, relegando al hombre a la condición de poco menos que peón de ajedrez: la misma a la cual le condena el “arcaico capitalismo agrario y feudal” de Sicilia, por decirlo en palabras de ese agudo lector que es Vincenzo Consolo. Este hecho ha propiciado alguna vez lecturas de carácter más o menos social, en las que los tristes finales de Verga serían la consecuencia natural de la incapacidad del individuo para rebelarse y ser el único dueño de su porvenir.

Puede que ante los perdedores, los vencidos de Verga, comprenda el lector actual la vigente necesidad de esa revolución personal y colectiva. Pero también hay en esos personajes una pulsión que acaso podamos echar de menos en nuestro tiempo: la capacidad para asumir los reveses que la suerte nos depara, no con bovina mansedumbre, sino con esa resignación llena de coraje que también en la Magna Grecia, en la isla de Giovanni Verga, se conoce como estoicismo.

2 comentarios:

Anonimous dijo...

A lo mejor, ante la floreciente retaila de noveles y consagrados escritores de cuento es necesario volver a los antiguos, al que escribio primero, para descubrir que no todo ha sido dicho, trite conclusión que saca uno cuando fatiga los anaqueles en busca de supuestos originales. Por lo demás, estupenda la reseña.

Alejandro Luque dijo...

Verga se preguntaba: "La ciencia del corazón humano, que será el fruto del nuevo arte, ¿desarrollará tanto y de manera general todos los recursos de la imaginación que en el futuro las únicas novelas que se escriban tratarán de hechos insólitos?". Tal vez pretender que vuelva el verismo sea arriesgarse demasiado a que lo tachen a uno de reaccionario, pero no estaría mal encontrar de vez en cuando a alguien capaz de escribir algo como 'Malpelo El Rojo'... Gracias por el comentario, saludos.