30 abril 2012

Una guerra de verdad de las de antes


La guerra de los botones

Louis Pergaud

Alianza, 2011


ISBN: 9
78-84-2065-468-3

304 páginas

9,90 €

Traducción de Juan Antonio Pérez Millán





 Ilya U. Topper

Una sola vez lamenté no haber ido nunca al colegio: cuando, a los 15 años o así, me dieron La guerra de los botones y lo fui leyendo sentado bajo cualquier sombra de árbol. Porque este libro, me dije entonces, hay que leerlo de otra manera: a escondidas bajo el pupitre y con miedo a que te pillen. Ese miedo a los adultos, a la autoridad –ya la encarne el profesor, ya la encarnen los padres– que imbuye a los críos de la novela hay que sentirlo si uno quiere realmente identificarse con ellos, si uno quiere ser parte de la novela. Que es lo que uno quiere a los quince años (y más tarde también si uno no es tan desafortunado como para desaprender la pasión de la lectura).

Porque la guerra del título, aquella guerra que los críos de Longeverne, un pueblo imaginario de la Francia oriental, libran contra los de Velrans, la aldea vecina, sólo es la mitad de la historia. O quizás sea el mcguffin: el lector seguirá, con tensión y atención, la suerte de los chavales en su combate  librado con piedras, palos y muchas, muchas palabrotas, vibrará con sus victorias, llorará sus derrotas. Desde luego, los de Velrans son los malos, y dado que vemos todo a través de la perspectiva de los longeverneses, no serán simpáticos sino unos cabrones y cobardes, como debe ser el enemigo. Aunque desde luego intuimos, desde nuestra trinchera compartida, que en el fondo son iguales que los nuestros: por qué iba a ser Velrans distinta a Longeverne.

No hace falta que les cuente el argumento: los clásicos se conocen, y La guerra de los botones es un clásico donde lo haya. Tan clásico que ya ha inspirado cinco películas. La última, La nouvelle guerre des boutons, cuyo fotograma adorna la portada de esta edición de Alianza, no es en realidad un filme basado el libro sino que meramente se inspira en él para crear una historia distinta, con elementos nuevos en un contexto de la Segunda Guerra Mundial, es decir una generación más tarde. Bueno, y si ustedes no conocen aún el argumento, no les voy a estropear el gusto de averiguar por su cuenta qué exactamente pintan los botones en esta guerra (prohibido meterse en internet: los libros se leen o se dejan de leer, pero eso de averiguar el final antes de comprárselo es muy feo). 

Ahora que el libro está reeditado en castellano, no tienen excusa. Yo lo leí sin diccionario: no porque entendiera todas las palabras en francés, sino porque ninguna de las palabras que buscaba venía en el diccionario. Pergaud no se cortaba y los diálogos son reales. Tal y como hablan los críos. Agradecemos al traductor que ha sabido mantener este fundamental detalle en castellano, sin miedo, tal como Pergaud no tuvo miedo a los salones literarios.

Desde luego, por muy heróicos que quedan los nuestros en la guerra, y por mucho que nos emocionan las escenas de zafarrancho de combate, no se nos escapará el tono antimilitarista del libro, que reside precisamente en tomarse en serio la historia de la guerra de estos críos. Tan en serio como la que harían Estados o Imperios. Porque ambas se basan en el mismo fundamento, pero sólo los críos de Longeverne lo saben y se lo cuentan cuando se juntan en su escondite del bosque, provistos de –supremo delicatessen– una lata de sardinas para celebrar un verano lleno de victorias: porque siempre hemos sido enemigos. Se cuentan, porque lo saben, lo que los políticos ocultan cuidadosamente bajo la palabra patriotismo: que la guerra se hace porque se ha hecho siempre, sin razón ni motivo, ni falta que hace. Desde hace cien años, desde que los habitantes de Longeverne y los de Velrans fueron un día a la misma ermita para pedirle a la Virgen unos sol, los otros lluvia, y la cosa acabó como el rosario de la aurora.

 Pero esta guerra, la que se hace con los botones, sólo es la mitad de la historia, dije. La verdadera es la otra: la que libran estos críos contra la autoridad. Contra los padres, en primer lugar. En este pueblo, como en todos los pueblos del mundo civilizado antes de que se fue inventando una cosa llamada pedagogía (digo civilizado porque según los antropólogos, los bárbaros de las selvas amazónicas  educan a sus hijos con amor), la relación entre padres e hijos es una guerra continua hasta la sangre. Sí, han leído bien: hasta la sangre. Una guerra en la que los padres tienen todas las armas de su lado: la fuerza física y el derecho a usar la vara o el cinturón. Y los críos sólo tienen su inteligencia para buscar excusas, hurtar monedas, robar un trago de vino, agenciarse un botón. Lo que nunca he entendido es cómo, si los críos son capaces de engañar la violencia bruta de sus padres mediante la inteligencia, se vuelven violentos y brutos cuando les toca ser padres. Porque no sólo se hereda la enemistad con los de Velrans; también se hereda la guerra con los padres: son el verdadero enemigo.

 Y esto no es una metáfora, dicho sea de paso. Esto no es más que la cruda realidad que vio y vivió Louis Pergaud en los pueblos donde era profesor, en Francia oriental, pero basta con leer cualquier otro libro de Europa central, desde Zola a Stendhal, no sé por qué sólo se me ocurren franceses, para saber que esto era así en todo el continente hasta el siglo XX. Ahora nos asomamos a países vecinos como Marruecos, nos escandaliza que en los colegios coránicos se les pegue rutinariamente a los alumnos (los propios marroquíes se escandalizan), nos asusta ver lo brutas que pueden ser las bandas de chavales en una barriada de Tánger (o incluso en un barrio de Ceuta) y hablamos de culturas violentas, nos quejamos de los críos gitanos tengan costumbre de robar... y bueno, lean Louis Pergaud.

 Ah, y no sólo hablamos de la violencia: esa Francia rural de 1912 es un mundo exclusivamente masculino, un mundo en que las mujeres no cuentan nada en la casa, en el que no hay niñas en clase, y en el que es una excepción que la muchachada de 45 guerreros pueda contar con una chica, hermana de uno de los protas.

Ya ven, no todo tiempo pasado fue mejor. Seguramente eran más emocionantes las guerras de antes, las de verdad, con palos y piedras, más que jugar ahora a matar marcianitos. Pero las cosas tienen sus riesgos. Louis Pergaud murió tres años después de publicar el libro. Atrapado en una alambrada, bajo el fuego cruzado de dos pueblos vecinos y enemigos por herencia. Era la Primera Guerra Mundial. No le dispararon botones.