21 mayo 2013

De paseo por la euforia y sus pecados



Todo lo que era sólido

Antonio Muñoz Molina

Seix Barral, 2013. Colección "Biblioteca Breve"

ISBN: 978-84-322-1544-5

253 páginas

18’50 €




Juan Carlos Sierra

El último libro de Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido, nos invita a un ejercicio de memoria reciente a través del repaso de la prensa de la España de anteayer, la que vivía en la opulencia de una burbuja económico-inmobiliaria. El autor propone una reconstrucción de los pecados capitales de aquel país tras el estudio meticuloso de las noticias aparecidas en el diario El País, para el que colabora y ha colaborado desde hace años.

Como método de trabajo para ahondar en la intrahistoria de una determinada época o para recabar la documentación necesaria a la hora de escribir una novela parece este un procedimiento altamente valioso y válido, puesto que en la prensa se supone que se refleja la realidad de forma más o menos objetiva. No obstante, se trata de una estrategia de investigación que tiene sus peligros, algunos de los cuales pueden invalidar, al menos parcialmente, el conjunto del trabajo o las conclusiones a las que se pueden llegar. Me explico.

A nadie se le escapa que la mayoría de las cabeceras que se publican en España -y El País no es una excepción- se deben desgraciadamente a unos preceptos ideológicos y, sobre todo, a unos intereses económicos -ingresos por publicidad, sea institucional o privada, grandes grupos editoriales y mayores grupos financieros, fondos de inversión y de capital riesgo,…- que hacen muy difícil el ejercicio de la profesión de periodista en las condiciones que se le suponen a una sociedad democrática y libre como la nuestra; o dicho de otro modo, la independencia del periodista se ve amenazada por intereses espurios que nada tienen que ver con la ética periodística. Para comprobarlo, no hay más que pasarse por las páginas del libro de Pascual Serrano Traficantes de información.

Por otro lado, existe una máxima en el mundo del periodismo que dice así: 'no news is good news'; es decir, el hecho de que aterricen y despeguen con normalidad los vuelos de un aeropuerto no interesa a nadie, no es noticia, aunque eso sea lo más frecuente, porque la prensa solo va a sacar en grandes titulares el tren de aterrizaje que no funciona correctamente y la consecuente salida de pista -por no ponernos muy dramáticos-.

Todo esto, como es natural, no significa que los hechos que denuncia Muñoz Molina en su libro no ocurrieran tal como los cuenta y que sus efectos y consecuencias no sean ciertas, porque las estamos sufriendo, pero deja de lado una parte de la realidad tan valiosa como la que aparece en estas páginas -si no más, por mayoritaria-.

En este sentido y en el momento en que se halla el país actualmente, cobra especial importancia el tratamiento que en el libro se ofrece de la política. La tesis que sostiene Muñoz Molina en Todo lo que era sólido respecto a la clase política española es más o menos la siguiente: algunos de los males que aquejan a nuestra sociedad hoy en día se deben a la mediocridad moral, intelectual y gestora de la mayoría de los representantes políticos que este país ha sufrido a lo largo de sus años de democracia, especialmente en los últimos tiempos de bonanza económica; y esto se aprecia de forma muy particular en la gestión de las instituciones más cercanas al ciudadano como los ayuntamientos, salpicados aquí y allá por el despilfarro, la fanfarronería o, directamente, la corrupción. Ejemplos de todo ello son fáciles de hallar a menos que uno haga un poco de memoria o lea el periódico del que se nutrió Muñoz Molina para elaborar este trabajo, u otros de la misma época y de diferentes tendencias. Pero no olvidemos que el trabajo honesto y bien hecho no suele salir en los periódicos, porque el tren de aterrizaje funciona como está previsto y además es lo que suele pasar.

El peligro de esta argumentación se encuentra en que insistiendo ciegamente en ella podemos caer en la tentación o la trampa del desprestigio de la política, que no busca otra cosa que hacerle el juego a aquellos que desde el neoliberalismo más salvaje intentan desmotar o adelgazar hasta la anorexia al Estado, a la cosa pública, única herramienta conocida hasta ahora -con sus imperfecciones- capaz de controlar el descontrol y la voracidad depredadora de los mercados, ese ente fantasmagórico que nadie nos ha presentado pero que deteriora hasta la crueldad nuestra vida cotidiana. 

Por lo demás, Todo lo que era sólido es una suerte de ensayo divulgativo escrito con precisión, en una prosa fluida y ágil -marca de la casa-, de lectura agradecida que, salvo la excepción hecha en los párrafos anteriores, encuentra con cierta facilidad el asentimiento del lector. Este hecho a veces crea la sensación de inutilidad, porque quizá no hacía falta escribir un libro de 253 páginas para hablar de lo que ya sabía cualquiera que se haya mantenido alerta al estado de la nación durante los años de la burbuja. No obstante, la necesidad del Todo lo que era sólido no se encuentra tanto en la descripción de los hechos como en las soluciones que insinúa al hilo de este necesario ejercicio de memoria y humildad. 

5 comentarios:

Marieta dijo...

Gran reseña, estoy de acuerdo contigo!

Offuscatio dijo...

Un análisis medido y pertinente de la más reciente publicación de Muñoz Molina, y que además puede extenderse a otros tantos libros "de investigación" cuyos datos no provienen de la aplicación y triangulación de metodologías. Buena reseña. Un saludo,

Jesus Zamora Bonilla dijo...

Tenía este libro pendiente para mis compras en la Feria, pero con vuestra opinión (que viene a refrendar lo que me imaginaba) se me quitan un poco las ganas.
Saludos

Juan Carlos Sierra dijo...

Jesús, esto no deja de ser una opinión que no tiene que desanimarte de echarle un ojo al libro si en principio te interesaba. Hay cosas interesantes en él, como el hecho de resaltar la ceguera de la sociedad que vivía en la opulencia a pesar de los datos que entonces auguraban un presente como el que vivimos.
Gracias a los demás por vuestras palabras.

Jesus Zamora Bonilla dijo...

Lo miraré, seguro