07 mayo 2013

Violencia es nombre de mujer



Matate, amor

Ariana Harwicz

Lengua de Trapo, 2012

ISBN: 978-84-8381-126-9

152 páginas

17 €





Carolina León

¿Cómo es que yo, una mujer débil y enfermiza que sueña con un cuchillo en la mano, era la madre y la esposa de esos dos individuos?”. Hay una senda abierta desde hace varias décadas, por narradoras de todos los ámbitos, por generar una narrativa desde lo femenino que no es necesariamente femenina. Contestando a la estereotipación, es la senda de Adrianne Rich, Hélene Cixous o Monique Wittig, y entre las más cercanas en tiempo-espacio, Natalia Carrero. Machete en mano, han ido desbrozando de maleza patriarcal la representación del mundo. Con más o menos autoconsciencia, se propusieron contar sociedad, familia o maternidad agenciándose de la voz. La usurpación activa de objetos narrativos tradicionalmente masculinos ha sido una de sus derivas, y uno de esos es la violencia. 

Al leer el debut en novela de la argentina Ariana Harwicz uno siente que entra en un espacio privado complejo, sucio y podrido, y no faltan los momentos en que vienen a la mente las novelas de pulsiones básicas a lo Faulkner. Podríamos pasarlo por alto, pero está ahí sin embargo gritando a pulmón lleno: esta no es una novela más en la que una mujer siente deseos de destrozar lo que la rodea, el mundo de protección familiar, la unidad de clase media que la encierra y la desactiva, porque está escrita con y desde una voz de mujer que se planta con un encabronamiento pocas veces explicitado. 

Y eso irrita, probablemente, a casi todo tipo de lector. Es difícil de tragar que una mujer, madre a la sazón de un bebé de meses, se exprese: “pienso en ese animal monstruoso, en ese parásito que es un hijo, en eso de llevar tu corazón con el otro, para siempre”. 

En Matate, amor, la narradora es una joven madre que vive con marido e hijo en una casa de campo, y empieza desde la primera página reivindicando para sí lo que nadie quiere ver en manos de una madre: un cuchillo. Llámalo guadaña, faca, machete, una pulsión de muerte que en la ficción de Harwicz es una reivindicación de la vida. De otra vida distinta a la de la convención social que dice que una mujer madre está carente de deseo o no tiene más preocupación que la del bienestar de su familia.

Hay una serie de palabras condenadas en esta ficción: "familia" es una de ellas. “Todo lo que se pudre forma una familia”. O, más adelante: “Hay que parecer entusiasmada y vivir”, en una de las escasas escenas en las que la narradora participa en reuniones en las que debe comportarse "en sociedad". Lejos de ser un lugar sano, la vida en una familia del heteropatriarcado es un espacio constreñido de represión y furia, lo vamos descubriendo a descorrer velos con la narradora de esta historia.

A la vez, en esta mujer que ha abandonado su vida anterior, contada en breves pinceladas, literaria, para ser madre y esposa, lo que hay es una reivindicación del "deseo", otro concepto blindado. Un ciervo, los pastos, el bosque, el lugar de la naturaleza que, como en el Anticristo de Lars von Trier, representan la esencia salvaje que permanece en cada uno y una de nosotras y ella transcribe de manera brutal y llena de filos, en un lenguaje escasamente explorado. Sí, la mujer desea y, en el angosto espacio del trío en que debe sentirse bien y al que debe servir, esa mujer rasga hacia fuera.

Es por ello que uno de los hallazgos del debut de Ariana Harwicz es, a mi entender, el relato destilado de las narración, según el cual la vida en la sociedad tal cual está construida es una patraña poco parecida a la vida. La constatación de que la muerte es algo natural y más que cotidiano: “Algo que detesté siempre de la vida campestre y que hoy saboreo es que uno se pasa el día asesinando”; y la reivindicación de una forma de sentir que está vetada -y se entiende poco menos que antisocial- a ciertos sujetos.

Una de las cosas grandes de Matate, Amor es su lenguaje áspero, sórdido, tan habitual en escritores al estilo Vonnegut, y tan poco frecuente en las escritoras. Y una de las cosas que me desencantan de este libro es el que el relato se encasquilla en donde llegan la mayoría de ficciones que traten estos temas: este mundo no está organizado para que las mujeres busquen la satisfacción de sus deseos, sino para que satisfagan los deseos de los demás. Así, la protagonista es desactivada en su potencia tanto por el “otro” -un vecino con el que tiene un 'affaire' de 'western' mental-, como por su marido, como por el sistema que la lleva a una “casa de reposo” para recuperarse: un sanatorio mental. Al cabo, doctores, expertos y demás peones del patriarcado ponen en su lugar a la mujer. La venenosa clarividencia de esta personaje la conduce entre las paredes de un sanatorio. Es así como podría haberla terminado casi cualquier narrador del siglo XX, del mismo Faulkner en adelante. 

No sé si nos merecemos que, a estas alturas del siglo, nos escribamos sobre las realidades que no se quieren nombrar y terminemos desactivándolas como se ha hecho toda la vida: enloqueciéndolas. Afortunadamente, ése no es el final, así que dejo abierta esta reseña, e invito a entrar en este libro desasosegante, rabioso y necesario. Entre medias, lo que ha acontecido es muy grande, y es la existencia de una ficción más en nuestro idioma que explicita lugares oscuros que a pocos acomoda ver, pero que están ahí. 

En este fin de época donde ni la razón ni los sentimientos componen un paradigma sostenedor, es probablemente un buen filo hablarnos desde el deseo, la carne, el cuerpo y la muerte, en busca de un lenguaje que exprese todo lo que dentro tenemos de oscuro y tenebroso. A partir de este tipo de ficciones, es posible reivindicar  un derecho a la violencia, que no es más que respuesta a la que sufrimos en lo cotidiano. A Harwicz aquí le ha salido bien.