28 mayo 2013

Escribir no es necesario

Lago de Como

Srdjan Valjarević

Sloper, 2013

ISBN: 978-84-940204-7-6

184 páginas

14 €

Traducción de Visnja Jovanovic y José Miguel Vilar-Bou



Alejandro Luque

La literatura balcánica vuelve a estar presente con fuerza en los escaparates de las librerías. En los últimos meses hemos visto salir a la luz novedades de clásicos vivos, como Predrag Matvejević, de otros que ya no están, como Aleksandar Tišma o Danilo Kiš, de jóvenes valores como Ivica Đikić, de revelaciones que todavía no habían asomado a nuestro idioma, como Velibor Čolić o Ismet Prcic… Si el tiempo y las fuerzas nos alcanzan, iremos reseñándolas todas, y puede que lleguemos incluso a escribir correctamente los nombres de sus autores sin necesidad de comprobarlos tres veces. Pero para empezar nos ocuparemos de la ópera prima del desconocido –esperen un momento… ajá– Srdjan Valjarević.

Comentar un libro de una editorial de la que lo ignoro todo, Sloper, y de un autor del que no dispongo de ninguna referencia, es una sensación de libertad poco frecuente. Empiezo, como está mandado, por el título: Lago de Como. Los títulos que tienen nombres de lugares, y de lugares de resonancias más o menos sugestivas, me hacen de entrada levantar una ceja. Tiendo a pensar, malévolo que es uno, que o bien quieren aprovecharse del prestigio de los lugares –siempre recuerdo el morro que echó Aristarain titulando una película suya Roma, donde Roma era una señora– o son tan perezosos que titulan con lo más a mano, es decir, el nombre del protagonista o el del escenario.

Lago de Como. Con fotografía de portada del Lago de Como, ese magnífico rincón de la Lombardía, tan lleno de ecos manzoninianos. Pasemos deprisa, pues, al contenido. Valjarević escribe con frases cortas y secas, casi telegráficas, con ese estilo que tanto irrita a José María Conget cuando habla de una generación de escritores que desconoce el subjuntivo. Yo creo que el autor belgradense sabe usar el subjuntivo, pero lo cierto es que hace notables esfuerzos por disimularlo.

En seguida sabemos del personaje casi todo lo que tenemos que saber: que es un joven escritor serbio, amigo de los alcoholes, que ha recibido una beca Rockefeller como quien no quiere la cosa, como por accidente, pero no parece nada dispuesto a aprovecharla para escribir ninguna obra maestra. Lo vemos llegar a la residencia en la que se alojará, relacionarse con otros personajes más o menos pintorescos, y tenemos la sensación de que hemos asistido a esa escena muchas veces, en otros libros, en infinidad de películas. Y sin embargo, seguimos leyendo, porque Valjarević ha sabido despertar nuestra curiosidad con muy pocos mimbres, y porque esperamos que la historia cobre algún giro inesperado.

Sin embargo, en Lago de Como prácticamente no sucede nada. El narrador visita el pueblo (el señorial Bellagio) para comprar tabaco o calcetines, tiene algún romance, manifiesta su gusto por el fútbol, bebe cuando puede, y muy poco más. A lo largo de treinta capítulos, correspondientes a otros tantos días, seguimos a este escritor por su registro notarial de la nada cotidiana, tratando en vano de asomarnos a algún abismo, alguna herida, algún vértigo, algo que matice la calma chica por la que discurre el relato. No dudo que los editores que han llevado a esta obra a seis o siete idiomas, o los jurados que han hecho recaer sobre ella importantes premios, hayan columbrado destellos de ese tipo. Yo no.

Ni siquiera el socorrido recurso de la guerra –el autor tenía unos 25 años en el conflicto de los Balcanes– parece darle juego. “Sentado en mi cuarto, bebía cerveza y escuchaba las perturbadoras noticias de Serbia, ese pequeño país de donde soy y donde vivo, ese pequeño país donde vivir se ha puesto tan jodido. Eso venían a decir las voces en el transistor, eso pensaba yo. Cambié de emisora”. No, Valjarević no quiere sacudirnos por las solapas.

No obstante, mentiría si no dijera que no he encontrado mérito alguno en las páginas de Lago de Como: hay en ellas un enorme afán por no posar de escritor en ningún momento, por demostrar que escribir no es necesario –aunque lo demuestre escribiendo–, mientras que vivir, observar, escuchar a los demás, reflexionar, sí lo es. En un momento dado, el protagonista enumera a sus escritores favoritos: “Robert Walser, Thomas Bernhard, Walter Benjamin, Robert Musil, Milos Crjanski”. Acaso se olvida de Carver, en cuyo nombre se cometen (¡ay!) tantos crímenes.

[Publicado en M'SUR]