27 mayo 2013

Ruinas


Los inquilinos

Bernard Malamud

El Aleph, 2012

ISBN: 978-84-15325-18-5

192 páginas

20,50 €

Traducción de José Miguel Velloso



José Martínez Ros

Un escritor judío treintañero obsesionado con terminar su -interminable- tercera novela, una novela sobre el amor en la que lleva trabajando más de un lustro, vive en un edificio en ruinas, semiabandonado, en una Nueva York atemporal (y apocalíptica) que puede ser la de hace unas décadas o la del presente. El dueño del edificio ha tratado una y mil veces de convencerlo para que se marche ofreciéndole dinero, contándole toda clase de peregrinas historias acerca de sus dificultades: hasta que el último residente no se vaya no podrá derribarlo y reconstruirlo. Pero el escritor, convencido de que es el lugar donde tiene que acabar su libro, se resiste.

Un día su soledad se esfuma. Otro escritor “ocupa” uno de los muchos apartamentos vacíos, un escritor negro que también escribe una novela, en este caso impregnada de política, de las ideas del nacionalismo negro, de la reivindicación de su raza y, todo hay que decirlo, de bastante antisemitismo. Aunque al principio hay una cierta desconfianza entre ellos, con el tiempo se hacen amigos. El narrador judío es mucho más experto y “profesional”: se interesa por las dudas literarias del autor negro, le deja libros, lee su manuscrito, lo ayuda en lo que puede. El escritor negro lo anima a salir un poco más, a “disfrutar de la vida”.

Es fascinante cómo Bernard Malamud refleja perfectamente el comportamiento, la forma de ser de la mayoría de los narradores (cuando no casi todos los artistas merecen de verdad ese calificativo): sus temores, sus vacilaciones, sus problemas para integrarse en la sociedad, sus habituales manías y obsesiones antisociales, su propensión a la soledad, así como su innegable dificultad para hallar una pareja capaz de entender su modo de vida. Sin embargo, la amante del escritor negro, una -blanca, algo neurótica- aspirante a actriz, pronto se interpondrá entre ellos, resquebrajará la amistad de esos dos individuos separados por múltiples motivos, pero unidos por la dedicación a la escritura que sobreviven como pueden en ese edificio que se cae a pedazos… 

Los inquilinos es, en su superficie, una novela social y política, y una pesimista reflexión acerca del presente (y quizás el futuro) de su país. Pero esa es sólo la superficie. Bajo ella, late una desconcertante fábula que habría gozado, sin duda, de la aprobación de Jorge Luis Borges o Julio Cortázar sobre el arte y la identidad. De un modo sutil, pero increíblemente persuasivo, Malamud nos sugiere que esos dos protagonistas son dos caras de la misma moneda, y que su lucha por llevar adelante su obra, así como su fatal destino, es el mismo (idea que también hubiera encantado a Shelley, quien afirmaba en su Defensa de la poesía que todos los poemas, a lo largo del tiempo, eran, en el fondo, obra de un mismo autor inmaterial).

En tres palabras: una obra maestra.