28 marzo 2013

El poder del verbo



La transmigración de los cuerpos

Yuri Herrera

Periférica, 2013

ISBN: 978-84-92865-69-7

134 páginas

16 €




Sara Mesa

No había leído nada de Yuri Herrera hasta ahora, a pesar de que me lo habían recomendado encarecidamente amigos de cuyo criterio me fío. Intuía que sí, que me iba a gustar, pero he de decir que las expectativas se han superado con creces. Leí primero este, La transmigración de los cuerpos, y después, fascinada, sus dos anteriores, Trabajos del reino y Señales que precederán al fin del mundo, todos ellos editados en Periférica. Puf, increíble. Me tiene noqueada la escritura de este tipo. Decir que es bueno es decir muy poco. Decir que es sensacional puede sonar exagerado -y más en mí, que tiendo al entusiasmo cuando algo me gusta-, pero creo no estar pasándome en este caso: Yuri Herrera tiene una fuerza narrativa y un dominio del lenguaje inusuales. Sus libros son para quitarse el cráneo, y sin embargo, a pesar de su grandeza, son libros que podemos sentir como nuestros, que nos miran de frente, que no nos imponen, sino que entran en nosotros con la sencillez de lo verdaderamente valioso, sin subterfugios ni trampas, para quedarse.

En La transmigración de los cuerpos nos encontramos con una ciudad asolada por una epidemia en la que El Alfaqueque, un personaje dotado del poder del verbo ("y de la verga", dirá él de sí mismo más adelante), acomete una misión, una más, de mediador entre turbios conflictos familiares. El poder de la atmósfera -irracional, pesadillesca-, la creación del ambiente de una ciudad en estado de alerta, el dibujo de un paisaje de decadencia moral, el simbolismo de los personajes y su caracterización brevísima y certera, son elementos que sobrecogen desde el primer momento, y que nos conquistarían hubiese o no detrás una buena historia. Pero es que aquí, además, hay una buena historia, una historia con una dimensión mítica, clásica en estado puro, de regreso a las raíces básicas del relato. Al igual que en Señales... el protagonista emprende una misión, vence obstáculos, tiene oponentes y ayudantes, y hay una lectura moral -que no moralista- de los hechos. El Alfaqueque, situado al borde del relato, es al mismo tiempo el afortunado que consigue seducir a la, en apariencia, inaccesible Tres Veces Rubia. La trama así se desdobla en dos hilos: el exterior –esa ciudad llena de charcos sanguinolentos, inseguridad y caos- y el interior –las sombras de los cuartos, el bloque de vecinos, la imperiosa necesidad de los cuerpos-. Impresiona comprobar cómo en poco más de cien páginas -ese formato de la novela corta tan difícil de acometer- nada sobra, nada falta. Belleza y dureza se dan la mano: la historia es sórdida, es cruel, hay violencia y hay desesperanza, pero los personajes se mueven por pulsiones arraigadas, humanas, de extremada pureza. Las escenas sexuales entre El Alfaqueque y La Tres Veces Rubia son de una sugestión turbadora, raramente perfectas, poseen la hondura y el arrebato necesarios que solo en extrañas circunstancias nos regala la vida pero que aquí podemos sentir gracias al poder alquímico de la palabra.

Entre las muchas virtudes de la escritura de Yuri Herrera una de las más destacables es su talento –que se percibe natural, nada forzado- para aunar dureza y delicadeza en la narración, muy en la onda faulkneriana. El lenguaje posee una cualidad poética sorprendente, en el sentido más filológico de desplazamiento del lenguaje habitual. Y esto lo consigue, además, sin perder ni un momento el sentido de la oralidad. No es un lenguaje en absoluto enrevesado, y sin embargo está dotado de una plasticidad y una riqueza de matices que consigue dar peso a cada una de las frases, cada una de las palabras. Nada que ver con el preciosismo, tan odioso, sino al revés: un respeto reverencial a la palabra, a la esencia de cada palabra, que se explora, se retuerce, se exprime en todas sus capacidades sonoras, morfológicas, semánticas. Frases cortas, contudentes, con giros inesperados. Diálogos llenos de veracidad, de fuerza expresiva, de neologismos bellísimos. Ritmos endiabladamente cautivadores. De verdad, leer a Yuri Herrera -y leerlo despacio, demorándose, paladeándolo- es un gustazo. "El verbo es ergonómico", dice El Alfaqueque, "sólo hay que saber calzarlo con cada persona". Y cómo lo calza Herrera. El poder del verbo -presente en sus tres novelas, pero más explícitamente en sus dos últimas- se destaca desde el planteamiento mismo de las historias. El poder del verbo, incapaz de alterar el destino -terribles equívocos y casualidades nefastas en la historia de estas dos familias que intercambian cadáveres-, incapaz quizá de darle sentido a las bromas macabras de la vida, pero capaz, eso sí, de dar dignidad -y qué dignidad- a los seres humanos que pueblan los mundos desolados a los que nos transporta el autor, y de elevar los personajes humildes y cotidianos a la categoría de dioses y de héroes.

Hablar de libros malos suele ser fácil: basta con desgranar los argumentos que nos causaron rechazo. Hablar de libros buenos tampoco es del todo difícil: es suficiente con enumerar los rasgos que nos atrajeron, aquello que nos enganchó. Hablar de libros como este, en cambio, es extremadamente complejo: hay en ellos un valor que siempre escapa al razonamiento. ¿Qué es, en el caso de la narrativa de Yuri Herrera? ¿El simbolismo de sus historias? ¿El perfecto dominio del formato corto, tan intenso? ¿El ritmo medido, la textura perfecta? ¿La mezcla de belleza y crueldad, de lo culto y lo popular? ¿El lenguaje? ¿La experiencia, la sabiduría que se atisban detrás? ¿Todo ello junto? Sí, quizá todo ello junto y algo más. Ese "algo" más que sacia, sobrecoge y hace pedir más y más y más. Ese "algo" que arranca el entusiasmo, la admiración y la sonrisa. Ese "algo" indefinible que nos lleva a cerrar el libro y agradecer profundamente que su autor haya nacido con el talento necesario para escribirlo. ¿Aún no les convenzo? Seguro que El Alfaqueque lo lograría con dos palabras…

27 marzo 2013

Los sótanos de la ciudad


Fugitiva ciudad

Manuel Rico

Hiperión, 2012

ISBN: 978-84-9002-003-6

94 páginas

10 €

Premio Internacional "Miguel Hernández-Comunidad Valenciana" 2012



Rafael Suárez Plácido 

Cuando hablamos de conocer una ciudad, nos estamos refiriendo a su casco antiguo o, a lo sumo a un barrio concreto, reconocido o reconocible por algo. Pocas veces caemos en la cuenta de que las ciudades que vemos no son sino la parte visible de un iceberg, que oculta mucho más de lo que nos ofrece. En la portada de este libro, hay un dibujo de una línea de horizonte, o del cielo, de cualquier ciudad moderna actual y de un espacio por abajo, que podría simbolizar todo aquello que no se ve fácilmente, ni con una visita. A veces, la forma de reconocerlo es haber pasado un tiempo allí, otras veces, haber leído una obra que tenga sus raíces en esa misma ciudad y el momento de confirmar eso que se ha leído, ese sí, ha de ser una visita –al menos una visita- a la ciudad. El autor del dibujo es José Manuel Rico, una de las dos personas a quienes está dedicado este poemario de Manuel Rico. ¿Quién es Manuel Rico? Es muchas cosas (poeta, narrador, editor, crítico…) pero para mí, además de todo ello, es el editor de la Poesía Completa de Manuel Vázquez Montalbán, uno de mis poetas y prosistas favoritos de la literatura española de la segunda mitad del siglo pasado, que también fue muchas cosas y que, quizás por ello, vio como su poesía -sin duda, parte esencial de su obra- quedaba en un discretísimo segundo plano, quizás también como la parte oculta, mucho mayor que la visible, del iceberg de la portada. También Vázquez Montalbán escribió un poemario titulado Ciudad y con unos versos suyos inicia Manuel Rico la primera parte de este poemario. Son cuatro versos, pero en los dos primeros adivino buena parte del significado de este libro: “pero sólo serás libre al llegar a Memoria / la ciudad donde habita tu único destino”. Memoria y ciudad. Memoria y Fugitiva ciudad: Memoria también fugitiva. No se trata de una ciudad con sus calles más céntricas ni monumentos más conocidos, aunque en muchos de estos poemas se reflejen las calles del Madrid natal, especialmente en la primera parte, o de la Barcelona donde se conocieron otras experiencias posteriores. La ciudad fugitiva es una serie de ciudades en las que se han recordado libros o versos o autores que han ido creando la figura del lector que es la base de todas las figuras posteriores. Pero vayamos por partes.

El gran tema del libro es la Memoria. El autor desea transmitir a la generación que sigue a la suya, la generación de sus hijos, su Memoria personal, una especie de Crónica sentimental. Para ello va a utilizar la Poesía. Y considera, acertadamente en mi opinión, que para entender todo lo vivido cabalmente hay que remontarse al 39. La idea del fugitivo, el viajero que huye o que trata de huir del viento frío que le persigue a todas partes, porque incluso forma parte de él mismo, está asociado a Walter Benjamin, que aparece en el primer poema, “Casi un preludio”, en el que ya encontramos al Manuel Rico que se alinea con los perdedores, con los que siempre salieron derrotados al exilio o incluso a la muerte: “… El viento / de la orfandad de Benjamin y el viento del exilio, / de nocturnos de hollín en la Francia del sur/ del año 39”. La “Francia del sur del año 39” fue -no lo olvidemos- la España del norte que recién salía de esa guerra fraticida y que iba a marcar para muchos el inicio de esa generaciones de españoles perdedores en todas las batallas. Fue la misma España que acabó con el sueño de la libertad de Benjamin, que falleció en condiciones nunca suficientemente aclaradas en un pueblito del Pirineo, cuyo nombre quedará unido para siempre al final de la vida y de la libertad, convirtiéndose en un símbolo que íbamos a llevar tatuado en la piel y que aún llevaremos, mientras habitemos los pasajes de la memoria, quién sabe cuánto tiempo.

El libro está dividido en cinco partes que están ordenadas cronológicamente. De ellas, la primera, “De los barrios inciertos” y la tercera “Más allá de las patrias”, tienen en común que sus poemas llevan título y parece que forman parte de un proyecto de obra común, el de esa “fugitiva ciudad” del título, más en la primera parte que en la tercera. Pensemos que es Madrid o Barcelona, pero también Roma, Berlín, Viena o Frankfurt. Esa ciudad-iceberg que navega a la deriva por aguas casi siempre heladas al destino que ya todos conocemos. Son poemas que están impregnados de lo social y que siempre hacen referencia a un hecho o a una historia marcada por la derrota. No se trata sólo de la cara más conocida de esas ciudades, al contrario, nos movemos por polígonos industriales, barrios periféricos, bares del miedo, trenes de cercanías o hipermercados.

“De los barrios inciertos” trata de sus padres, de la infancia y de los primeros años de formación que llegaron con las inolvidables primeras lecturas, poesía y ensayo, Sharon Olds, T. S. Eliot, A. Gramsci y C. Pavese. En la segunda parte, “Días en ti con música de fondo” asistimos a un libro nuevo, en el que el protagonista es el descubrimiento del amor y el escenario, Barcelona. Son versos de amor y de batalla, que presagian esa otra batalla que trata de conseguir la dignidad para los suyos, para sí mismo. Y de eso trata la tercera parte del libro, “Más allá de las patrias”, donde se consolidan esos primeros esbozos de juventud, donde el poeta maduro reconoce con sus propios ojos el mundo, más poesía, más luchas desiguales, a más perdedores y consolida su formación como escritor, llegando hasta los años inmediatamente anteriores a los que vivimos, de los que se trata en la quinta parte, una serie de sonetos a la manera del Blas de Otero de Ángel fieramente humano, sobre el presente sin la carga de espiritualidad que nos ofrecía también el gran poeta vasco.

El poema “Nebulosa”, que inicia la primera de esas partes, ya nos va aclarando cuáles van a ser los rasgos más destacados del libro: formalmente, el uso del encabalgamiento, a veces, abrupto; la adjetivación sonora y, muy especialmente, las enumeraciones (sustantivos, adjetivos, oraciones subordinadas, verbos). Muchos de los poemas son enumeraciones, a veces caóticas, pero normalmente ordenadas 'in crescendo' a partir de las que va tomando forma la historia, porque siempre hay una historia detrás. No es difícil reconocer las lecturas asimiladas del omnipresente Vázquez Montalbán, gran poeta español de la Ciudad y la Memoria, y también con esa adjetivación tan rica, que también encontramos en la otra gran influencia, Jaime Gil de Biedma, a quien cita al empezar la cuarta parte del libro: “Formentor, medio siglo. 1959-2009”, un homenaje a lo que supuso una puesta al día en la poesía española, la primera que se produjo desde la generación del 27, en esa generación del 50 que tomó la bandera de la poesía social. Del mismo modo, van asomando otras influencias a las que va citando, la mayoría de ellos poetas. Y los cita porque la literatura forma parte de la vida de Manuel Rico. Muchas veces la literatura es la vida y el poeta quiere dejar constancia de ello. Ya hemos citado a Walter Benjamin, que para muchos es poeta antes que pensador. Pero también cita a Handke, a Vicente Gaos, a Antonio Machado; y a algunos amigos como Gelman, Diego Jesús Jiménez y Dulce Chacón. Casi todos ellos han sido, algunos son aún, de esa raza de los que nunca ganaron nada más que lo que fueron capaces de escribir, a veces, con su propia sangre. de los que sólo ganaron un lugar en nuestra memoria. Es posible que esa línea más social de la poesía española del siglo XX: Antonio Machado, Blas de Otero, Gil de Biedma y Vázquez Montalbán tenga su continuidad en poetas como Manuel Rico que en esta Fugitiva ciudad plantea con éxito el proyecto de poesía total, poesía de la Memoria.

26 marzo 2013

También la verdad se inventa



La generación del 98 en sus anécdotas

José Esteban

Renacimiento, 2012. Colección "Los Cuatro Vientos"

ISBN: 978-84-8472-700-2

208 páginas

16 €


Alejandro Luque

El maestro Bernáldez, que no sabemos si era mejor amigo que lector, que ya es decir, recomendaba siempre, fervorosamente, leer a su compadre Pepe Esteban. Autor de algunos de los libros más curiosos de cuantos se han publicado en las últimas décadas, a este profesor de Sigüenza le debemos por ejemplo un interesantísimo estudio del insulto español, un excelente ensayo sobre Mateo Morral o una impagable antología del epigrama en nuestro país. Ahora sorprende con este simpático retrato coral de la generación del 98, sin duda una de las más pródigas en anécdotas jocosas y pintorescas, todas éstas recopiladas de fuentes muy diversas y organizadas de tal modo que pueden leerse de corrido o saltando a capricho de una a otra.

Por lo general, la anécdota ha sido inexplicablemente rechazada por los estudiosos académicos. Su naturaleza apócrifa la ha alejado del rigor de los historiadores y filólogos, que a menudo han pasado por alto su alto valor simbólico, su interés “por lo que no ha ocurrido”, como dice García Sabell en la cita incluida en el prólogo. Cuando alguna vez me he enfrentado a la duda de incluir o no anécdotas en un texto biográfico, por ejemplo, mi decisión ha sido exponer primero los hechos contrastados, y reservar el anecdotario para el final, como una especie de apéndice, pero también a la manera de una recompensa para el sufrido lector. Subrayamos, pues: éste libro no puede ni debe sustituir en ningún caso la lectura de Luces de Bohemia, Campos de Castilla o El árbol de la ciencia, pero sí puede ser un espléndido postre para tales festines.

Sea como fuere, quien se asome a esta edición de José Esteban –impecable salvo algunas inoportunas erratas y el molesto énfasis en el ceceo de Valle, que no añade demasiada gracia– se regocijará descubriendo que Blaise Cendrars le envidiaba a Pío Baroja la sencillez de su nombre, en el que veía un talismán para el éxito; que Gómez de la Serna defendía la idea de que los españoles nos dividimos en dos grandes bandos, “uno, don Ramón María del Valle-Inclán y el otro, todos los demás”; que el propio Valle envió su brazo a Barbey D’Aureville para poder estrechar su mano, ya que le resultaba imposible viajar a París; y que una vez envió una carta a la dirección “Calle del viejo idiota, 16”, logrando que el cartero supiera que se refería a Echegaray; que Unamuno se sentía más sabio que Sócrates, porque además de saber que no sabía nada, “sé que tampoco saben nada los demás”; que Alejandro Sawa, el bohemio sevillano, agarró una vez por el pescuezo a Rubén Darío, pero le soltó argumentando que “Eres mío, te mataría. Pero has escrito la 'Marcha triunfal'…”.

Sabremos también que Antonio Machado rehusaba grabar su voz en discos, y que Manuel suspendió su ingreso a la Universidad en literatura, por no saber nada de López de Ayala y Sánchez Bravo;  que el padre de Ortega y Gasset le prestó a Azorín una pistola antes de partir a hacer un reportaje sobre La Mancha de Cervantes, aduciendo que “no sabemos lo que puede pasar”; que Maeztu criticó El Quijote como dañino para España; o que Dorio de Gádex obtuvo de Zamacois un café y media tortilla en concepto de adelanto editorial por un libro titulado Por el camino de las tonterías, preguntándole el editor si era autobiográfico… Y no podía faltar la celebérrima anécdota entre Unamuno y Villaespesa sobre los nenúfares, “esas flores que usted tanto cita en sus poemas”.

Todo esto y mucho más descubrirá el lector entre risas seguras, pero nadie quedará a salvo de cierta tristeza antes de cerrar el libro. Porque la obra de Esteban, más allá de los chascarrillos, la maledicencia y hasta el chiste puro y duro, es también un reflejo de aquella España maravillosa y deprimente a la vez, donde algunos de nuestros mejores talentos vivían al filo de la mendicidad, la envidia era una epidemia aún hoy por erradicar y las disputas literarias se dirimían con frecuencia a hostia limpia. Es la España que vio cómo su primer Nobel era para el dramaturgo Echegaray, mientras que Valle-Inclán conocía la miseria y Antonio Machado caminaba, sin sospecharlo, hacia su terrible final. Es, también, la España formidable que da especímenes con nombres únicos y legendarios como los de Enrique Cornuty, Ciro Bayo, Corpus Barga, Sindulfo de la Fuente, Mario Roso de Luna o Camilo Bargiela, la que vivió en colmados y cafés donde a poco que uno se descuidara le salía un  hijo legítimo, y en los espectáculos de variedades donde un maharajá podía encapricharse de la cupletista Anita Delgado

Afirma Azorín en estas mismas páginas que la anécdota no dice nada, que lo importante en la vida es lo normal, “el minuto que es igual a otros millones de minutos”. Pero eso lo decía una voz temerosa del efecto deformador de la anécdota, al igual que mi querido Fernando Quiñones, surtidor inagotable de estas ocurrencias, nos rogaba dosificarlas “porque me descomponéis la figura”. Algo nos indica, en cambio, que estas historias nada restan a la verdadera obra de los escritores grandes y pequeños. Es más, tenemos la impresión de que la Literatura se fortalece y se enriquece cuando, entre bromas y veras, alguien vuelve a decir aquello de “¿Sabes la de Fulanito cuando…?

25 marzo 2013

En las pupilas de la Virgen




Las miradas del Amor

Ramón Simón

Guadalturia, 2013

ISBN: 978-84-940821-5-3

100 páginas

20 €




Jesús Cotta


Es la primera vez que reseño un libro de este tipo, porque no entiendo de Semana Santa. Pero, para un libro como este, no hay que entender de cofradías ni de procesiones, sino tan solo estar abierto a la belleza, que brilla aquí y allá, donde a ella le da la gana.

Eso sí, me gusta que existan las procesiones de Semana Santa, no solo porque es un tesoro de sabiduría, religiosidad y arte acumulado durante siglos y transmitido de padres a hijos, sino porque he descubierto, desde que vivo en Sevilla y soy profesor, que, gracias a ella, se acaban interesando por el arte sacro, las bandas de música, la historia y la religión muchos jóvenes de esos que ves por la calle y te apartas de acera y que, si no fuera por la Semana Santa, habrían sido engullidos por la vulgaridad creciente y asfixiante de este país.

Reconozco que a mí me aburre y me da cierta alergia el preciosismo autocomplaciente de muchos capillitas capaces de ponerse a hablar durante horas de un palio o de si tal pregonero gesticuló bien o mal durante el pregón. Pero es que nada de eso hay en el libro de Ramón Simón.

Ramón Simón, además de poeta de la palabra, lo es también de la imagen. Se atreve tanto con las cosas como con las personas, que son más difíciles que las cosas. Un fotógrafo es poeta si rescata las cosas de la fragilidad, de la vulgaridad, de la normalidad, de la oscuridad y nos las presenta como posesoras de una belleza que es más real y visible incluso que ellas. En su pupila las cosas recuperan su belleza escondida, la sacan a la luz, y quedan así transfiguradas, que no es lo mismo que transformadas.

El libro de Las miradas del Amor es una transfiguración de instantes e imágenes de la Semana Santa de Sevilla contemplada con amor y por amor, sin autocomplacencia, sin capillismo, sin ranciedades, sin tópicos, sino con delicadeza, radicalidad, asombro y refinamiento, atenta al detalle que se escapa, a la humanidad íntima de los protagonistas anónimos, al perfil oculto de unos cristos y vírgenes únicos en el mundo.

El libro lo abre el prólogo estupendo del poeta Enrique Barrero; luego, junto con cada fotografía, un poema o un texto de poetas y escritores, algunos conocidos y otros poco conocidos, pero todos a la altura de lo mucho que pretenden decir. Y, como colofón, la partitura de una marcha procesional compuesta 'ex professo' por Óscar Paredes Grau, titulada como el libro y que tuve el honor de oír cuando el libro se presentó. El libro es, pues, también una antología poética en torno a un mismo asunto y del que hablan en versos de oro poetas como Fernando Ortiz, Aquilino Duque, Antonio Murciano, Jacobo Cortines, Juan Lamillar, Víctor Jiménez, María Sanz, Enrique Baltanás, Jesús Tortajada, Jesús Beades, el propio Ramón Simón y un largo etcétera, así como breves textos en prosa de otros autores como García Barbeito, Rivero Taravillo y muchos otros, entre los que se encuentran componentes de la tertulia de los Mercuriales.

El libro, tanto la letra como la imagen y la música, rezuma devoción, arte, ternura, delicadeza. La Semana Santa no parece el objetivo, sino el punto de partida para alcanzar todo eso. La belleza, la Belleza, se puede alcanzar desde muchos sitios. Uno es la Semana Santa de Sevilla. Amor y Belleza son otros nombres de Dios que Ramón Simón ha sabido encontrar en ella.

Pido disculpas sinceras, lector, porque yo he colaborado con unos tres renglones en ese libro. Hay que restarlos a lo que pudiera tener yo de buen reseñista, pero no me resisto a vocear aquí esta obra de imagen, palabra y música no solo porque lo merece, sino porque el autor ha tenido la generosidad de ceder los beneficios de derechos de autor al proyecto Esperanza y Vida, de la Fundación Virgen de la O, que ayuda psicológica, económica y laboralmente a mujeres embarazadas y marginadas para que puedan tener a su bebé y criarlo felizmente a pesar de la enorme presión social y familiar que considera que el nacimiento es un problema y no una alegría.

Por todo ello, gracias, Ramón.

22 marzo 2013

Negro sobre blanco


Trapos sucios

Ishmael Reed

La Oficina, 2012. Colección "BAAM"

ISBN: 978-84-940078-2-8

304 páginas

19,50 €

Traducción de Javier Lucini



Fran G. Matute

Vamos a comenzar con una afirmación controvertida: en Estados Unidos no quedan intelectuales. O, al menos, los pocos que puedan seguir llamándose así no comulgan ya con la tradición histórica intelectual. Sí, ya sé que algunos estaréis pensando en Noam Chomsky o Hilary Putnam o incluso Francis Fukuyama. Grandes pensadores, sin duda. Figuras de relevancia mundial dentro de su campo académico. Pero, insistimos, no creo que la gran aportación intelectual de los Estados Unidos haya venido del mundo de las ideas abstractas sino, más bien, de una modalidad de lo anterior que atiende al nombre de “pragmatismo”. Y en esto, los ‘yankees’ nos ganan a todos por goleada. Eso hay que reconocerlo.

Ishmael Reed bien podría haber sido uno de los pocos intelectuales afroamericanos que existen hoy día. Pero tras leer estos Trapos sucios (1993) nos vamos a conformar con considerarlo -más allá de como a un excelente novelista postmoderno, que es lo que esencialmente es- como uno de los grandes pragmatistas de color. Porque la realidad es que sus reflexiones no son tan profundas como parecen ni sus conclusiones tan elevadas. Y sin embargo uno percibe que detrás de sus palabras hay horas de estudio y razonamiento por lo que no son opiniones vertidas, ni mucho menos, a la ligera. ¿De qué habla Reed en esta colección de ensayos? De todos los temas que le interesan: política, literatura, música, deporte… pero siempre desde una perspectiva monocorde: el racismo.

El título de este volumen produce una imagen tremendamente elocuente de lo que hace Reed en sus artículos de opinión: aquí se airean los “trapos sucios” de mucha gente. Sobre todo, aquello que las clases altas blancas norteamericanas no quieren escuchar y pretenden ocultar bajo esa conspiración mediática que, según Reed, existe en los Estados Unidos y cuyo único objetivo es mantener arrodillada a la raza negra: “(…) aunque las cadenas de televisión emiten todo el día imágenes de camellos negros de poca monta, rara vez retransmiten historias de blanqueo de dinero, presumiblemente porque los bancos son algunos de los principales accionistas de las cadenas” (página 220).

Al margen de la evidente manipulación mediática que puedan sufrir las minorías raciales, no ya en EE.UU. sino en todo el mundo, lo que más nos preocupa del discurso de Ishmael Reed es el excesivo hincapié que hace, para justificar las carencias de dichas minorías, en la existencia de una fuerza externa opresora que se dedica a pisarles el cuello cada vez que un avance social o cultural se consigue. De tal forma que la tesis de Reed tiende a reducirse, si la caricaturizáramos, a una reflexión del tipo: por cada cosa mala que hace un negro, hay diez blancos haciendo cosas peores; cuando un negro hace una cosa mala sale en las noticias, pero si la hace un blanco no se entera nadie; los negros fracasan porque los blancos no les dan recursos… y así sucesivamente. Me van a perdonar que ironice con todo lo anterior, pero me hubiese gustado saber lo que opina Ishmael Reed de la escena de la “Operación Escudo Humano: escóndanse detrás del moreno” que salía en la película South Park (Trey Parker, 1999), pues imagino que sería para él como presenciar un momento epifánico.

El punto más extremo de lo anterior es el artículo dedicado a Mike Tyson y esa defensa indirecta (y patética) que hace Reed del boxeador, cuando fue acusado por violación en 1992. Un delito que, en palabras de Reed, no es que parezca justificable (aunque venga a despacharse este hecho con un simple “si esto es así, entonces el boxeador necesita ayuda”) pero que queda reducido a una nueva manipulación mediática de los poderes fácticos, celosos de no tener ya esa “gran esperanza blanca” en el mundo del boxeo. No siempre es así de radical Reed en sus puntos de vista y también reparte entre los suyos, a muchos de los cuales no perdona que hayan alcanzado el éxito académico para terminar disfrazados de empollones de la Ivy League, olvidando por el camino del aprendizaje sus señas de identidad y mimetizándose con las modas del hombre blanco. 

En cualquier caso, nos llevamos la impresión de que es la extensión de muchos de estos artículos de opinión lo que no permite a Reed, en ocasiones, concretar o desarrollar sus conclusiones. Y esto es así porque no puede ser casualidad que los ensayos que más nos hayan llamado la atención dentro de este volumen sean, precisamente, los de mayor extensión, como “Poesía americana: ¿existe un centro?” o ese exquisito ejercicio de Nuevo Periodismo que es “El cuarto Ali”. También puede parecer casualidad -pero no lo creemos- que estos dos ensayos sean los más viejos de la colección, escritos a finales de los setenta (mientras que el resto es, en gran parte, de principios de la década de los noventa), lo que también nos puede indicar que las ganas de explayarse de Ishmael Reed se han ido diluyendo con el paso del tiempo.

Mucho más sosegado e interesante nos ha parecido el Reed culto que, siempre sin perder de vista la reivindicación racial, nos regala una serie de semblanzas de hombres y mujeres de su tiempo, del mundo de la cultura, el deporte o incluso de los negocios, personajes admirados por el autor. Figuras importantes como Chester Himes, Langston Hughes, Ambrose Bierce (este no es negro, como ya sabrán ustedes, pero ya se encarga Reed de recordarnos que su abuela tenía cierta mezcla) o los Panteras Negras, son algunos de los retratos que se incluyen en la segunda parte de estos Trapos sucios. Pero el más interesante de todos nos ha parecido, sin duda, el de Jess Mowry, escritor que desconocíamos por completo y cuya obra, defendida en boca de Reed, nos ha llamado poderosísimamente la atención. Y también hemos constatado, tristemente, que no hay traducciones al castellano disponibles de este autor por lo que aprovechamos la recensión para enviar un mensaje al traductor, nuestro premiado Javier Lucini, y lo conminamos a que le meta mano a la obra de Mowry a la mayor brevedad posible. Garantizamos desde aquí, al menos, un lector. Del mismo modo que  estamos en disposición de confirmar cómo la calidad del trabajo de este traductor está cada día ganando más enteros pues ya me dirán si no es impagable que, para contextualizar un ‘slang’, te remitan, vía nota a pié de página, a una escena de la película Aterriza como puedas (Jim Abrahams, 1980), en un juego postmoderno que, creemos, haría las delicias de alguien como Ishmael Reed (siempre y cuando no se rían de ningún afroamericano en esa escena, claro).

Tras la lectura de Trapos sucios, primera referencia ensayística de Ishmael Reed traducida al castellano, nos hemos podido acercar un poquito mejor a este autor de culto poco reconocido en España. Parte importante de su obra de ficción se publicó en su día en nuestro país a principios de los noventa, si bien no parece que hoy la recuerde casi nadie. Sirva por tanto este nuevo intento por dar vida a la figura literaria de un grande de verdad, una 'rara avis' que construyó su prosa poética del mismo modo que los músicos abrazaron el 'jazz' modal. Un espíritu libre con un punto de vista único, obsesivo y guerrillero. No es necesario estar de acuerdo con el viejo Reed. Pero sí es necesario saber que existe y que ya es hora de que rescatemos del olvido a un escritor que el día que un conocido me habló de él por primera vez me lo vendió como el "Pynchon negro". Ahora me río porque, tras leer Trapos sucios, tengo la total seguridad de que a Reed esa definición no le hubiera hecho ni puta gracia.

21 marzo 2013

Porque no todo se arregla con tiritas


La lentitud como método

Carl Honoré

RBA, 2013

ISBN: 978-84-9006-532-7

336 páginas

18 €

Traducción de Julia Alquézar



Jesús Cotta

Hay dos maneras de resolver los problemas, porque hay básicamente dos tipos de problemas. La solución rápida para los problemas fáciles y la solución lenta para los problemas difíciles.

Me hago un corte en el dedo con un papel (una "papirodactilotomía": perdonad el palabro, pero es que tenía ganas de colocarlo en algún sitio) y me pongo una tirita y ya está. Ese es el primer caso.

Trabajo en una empresa que hace agua por todos sitios y cuyos empleados se acusan unos a otros, agobiados por un jefe cardíaco que va gritando por los pasillos. Ahí hay que aplicar la solución lenta. Ahí no sirven tiritas ni parches ni fórmulas mágicas, sino que hay que sentarse durante muchísimo tiempo, muchísimos días y dedicándole al  asunto muchas neuronas, implicar a mucha gente de mucho tipo, unir puntos que creíamos inconexos, atender a los pequeños detalles que marcan la diferencia entre el fiasco y el éxito, ver las cosas a largo plazo, echar mano del caudal de nuestra intuición, tener la humildad de pedir perdón y rectificar, mirar el asunto desde muchos puntos de vista, pedir consejo a diestro y siniestro, buscar la raíz del problema, averiguar cuál es realmente el objetivo que queremos alcanzar y determinar por tanto qué actos de hoy pueden encaminarnos a conseguir ese objetivo mañana.

Esa es la solución lenta, que no sigue una pauta ni un método concreto, sino que consiste en todo eso: tomarse en serio y con tiempo y con bemoles el asunto. Igual que sería absurdo ponerse a reflexionar largo y tendido acerca de la tirita que me voy a poner tras la papirodactilotomía, también es absurdo poner tiritas y parches a problemas gordos y complejos por si suena la flauta.

Y, sin embargo, eso es lo que en muchísimos casos hacemos y no solo en el ámbito privado (desavenencias amorosas, educación de los hijos, la lucha personal contra las adicciones...), sino también en el ámbito público, laboral y político: leyes encaminadas a contentar al electorado más que a resolver a fondo un problema de fondo, instituir comisiones para dar la sensación de que se está haciendo algo, impartir desde los ministerios recetas facilonas, consignas ideológicas o reglamentos apresurados para asuntos tan complejos como la educación de los adolescentes, la regulación del tráfico, la contaminación, la violencia callejera, etc.

¿Y por qué nos empeñamos en dar soluciones rápidas a problemas complejos? Carl Honoré lo explica muy bien en este estupendo libro. No solo hay razones biológicas que nos llevan a buscar satisfacción inmediata, sino que también hay razones culturales.

Una de ellas es que vivimos en una época apresurada. Este apresuramiento se debe, entre otras cosas, a la presión de la sociedad industrial, de los relojes y los horarios y la productividad y todas esas cosas estresantes que marcan nuestra vida. Yo mismo, para escribir esta reseña, he luchado contra el reloj, he leído por la calle ¡y sin pisar ni un solo coprolito canino!, he escrito a salto de mata en huecos de tiempo. 

Otra razón del apresuramiento es esa nueva moral extendida por la publicidad y por cierta posmodernidad e inoculada en nuestra manera de vivir: vivir deprisa y de modo disperso, quererlo todo ahora, no soportar la frustración, el dejarse llevar, el ser espontáneo, el “no te controles”, el “mejor pedir perdón que pedir permiso”, el “haz lo que te pida el cuerpo”... Leer oblicuamente la pantalla del ordenata, la afición por el haiku y el microcuento, por las pastillas milagrosas, el horror al silencio... son otros ejemplos de nuestra vida apresurada. Incluso cierta agencia nórdica de poner cuernos entre casados, de cuyo nombre no logro acordarme, nos instaba con sus lemas publicitarios a no desperdiciar la ocasión, porque la vida son dos días, hala, date prisa, pon el cuerno ya y todo eso. Qué estrés.

Así las cosas, no es raro que nos pasemos en nuestra vida privada bregando con un problema personal sin lograr salir de él y poniendo solo parches que solo agravan el problema, y que en la vida pública tengamos que soportar problemas que nos afectan a todos y que nadie sabe cómo resolver. Sin embargo, Carl Honoré piensa que nunca hemos estado en mejores condiciones para aplicar la solución lenta, porque vivimos en un mundo donde la información fluye fácil, inmediata, casi gratuita, mucha, variada y todo eso es ideal para la solución lenta, que necesita de mucha información, de muchos puntos de vista, de muchos ejemplos prácticos. Así que se pone manos a la obra y, tras el éxito mundial de Elogio de la lentitud, nos ofrece este magnífico libro para escribir el cual ha recorrido medio mundo, ha hablado con media humanidad y ha sometido su tesis a mil abogados del diablo hasta convencerse de que es válida, verdadera y buena.

Este libro vale la pena leerlo por varias razones:

a) Porque no es ni de autoayuda (gracias a Dios) ni lo contrario, sino un libro de pensamiento o, más bien, el libro de un pensador que ha hecho lo que hacen los buenos pensadores: reflexionar sobre un asunto todo lo que puede y lo mejor que puede no para ahorrarnos el trabajo de pensar, sino para que nosotros pensemos a partir de ahí y lleguemos más lejos que él.

b) Porque no es un libro triunfalista. Los ejemplos que nos pone para cantarnos la excelencia de la solución lenta no están idealizados ni maquillados, sino bien descritos y sin ocultar las sombras. Él sabe que la realidad es dialéctica: para que existan imponentes leones, estos tienen que comer gráciles gacelas y, por tanto, lo que se gana por un lado se pierde por otro, pero, aun así, hay que apostar. Qué le vamos a hacer. 

c) Porque tampoco es buenista. El buenismo es una plaga moderna y tontorrona que consiste en afirmar que somos todos muy buenos, que con un poquito de buena voluntad va a haber buen rollo, que tampoco es para tanto, etc. Al contrario, el libro deja claro que muchas veces los problemas no tienen solución, que la mejor solución es a veces resolverlo solo parcialmente o convivir con el problema lo mejor que se puede y que, aun cuando el problema se resuelva con la solución lenta a largo plazo, ese camino no está exento de peligros y de errores, porque el mundo es complejo y porque cada uno de nosotros, igual que por dentro es un buen tipo, es también un cabroncete que se puede dedicar a poner zancadillas o a destruir los castillos de arena del otro porque es muy díver. El mayor problema en realidad eres tú, o sea, yo, y este es un problema sin solución.. Abajo las utopías y viva el realismo.

d) Porque es todo un canto a lo mejor de la democracia, que es el sistema que mejor se adapta a lo imprevisible, compleja y rica que es la vida. Lo mejor de la democracia consiste en entregar el poder real a la gente, en dar importancia a su opinión y sus problemas, en darle la oportunidad y el poder para resolverlos por su cuenta, porque los hombres somos valiosos y merecemos, pues, no solo respeto y libertad, sino también poder. Demuestra con mil argumentos meridianos cómo los problemas se resuelven mejor si el poder trata a las personas como personas y no como a votantes o expedientes que solo pueden ser ayudadas si cumplen unos requisitos sacados de los prejuicios de unos funcionarios más o menos informados y bien intencionados.

e) Porque, en vez de ser el libro de un iluminado que nos da una fórmula mágica, es el libro de un moderado que encuentra algo útil y valioso en campos, ideas, tácticas de lo más variopintas. Así, por ejemplo, a la vez que explica lo eficiente que es contar con la opinión de la gente como ocurrió en el 'crowdsourcingislandés que reformó la democracia y asombró al mundo, recalca la necesidad que hay muchas veces de una coordinación dirigida desde arriba o gracias a un líder carismático que arrastre a la gente por el camino de la solución lenta a pesar de que los beneficios no sean inmediatos.

f) Porque los ejemplos que cita de soluciones lentas exitosas no se limitan al mundo anglosajón y europeo, como vemos en tantos libros, sino a todo el mundo: Singapur, Costa Rica, Bolivia, Corea, España, etc. Existe otro mundo donde las cosas se hacen bien a pesar de todo.

g) Porque nos ilustra el discurrir acertado de la solución lenta a largo plazo mediante ejemplos de los más  complejos y variados: los mediadores escolares, el reflotamiento de una empresa de alta tecnología, el protocolo de los aviadores de guerra, las normas de una cárcel de nuevo diseño, las relaciones de pareja, los pequeños propietarios del cultivo del café, los videojuegos en Corea, la donación de órganos, y un interesante etcétera.

h) Porque el autor es un tipo simpático que no se limita a analizar los problemas que tienen otros, sino que pone ejemplos sacados de su propia vida y no para dejarse precisamente en buen lugar. Uno se siente inclinado a atender al mensaje de quien es tan falible como uno.

i) Porque, sin ser un libro filosófico y teórico, subyace en él una filosofía amable, un optimismo antropológico que no olvida nuestras sombras, pero que canta el poder de nuestras luces para alumbrar nuestro camino, y porque recupera virtudes clásicas que hoy no son las reinas de la fiesta, pero que siempre han sido las estrellas de la noche oscura del alma: humildad, paciencia, fortaleza, justicia, un poco de austeridad, pero todas regadas con la alegría de estar vivo y de ser hombre.

j) Porque, a la hora de plantear posibles soluciones, no incurre en el error de tantos consistente en tratar al hombre como una razón con patas y no como lo que es en realidad: un batiburrillo de pensamientos, conscientes e inconscientes, de impulsos, emociones, sentimientos, en fin, una mezcla muy bonita de cabeza, pecho y de lo que hay más abajo.

k) Y porque no es un libro ideológico, sino lógico, apto para todos los públicos, independientemente de la mano con que vote.

Al leer este libro, yo pensaba que el autor me iba a invitar a vivir con el ritmo de las pirámides de Egipto, ¡a mí que soy un manojo de nervios! y he descubierto que me invita sencillamente a no apresurarme, pero sin renunciar al manojo, porque cada uno cuenta con un potencial y con ese ha de salir adelante.

Todos sabemos que hay problemas que requieren soluciones lentas, pero luego no nos aplicamos el cuento a nuestra vida, porque tenemos prisa y porque no nos gusta sentarnos a pensar largo y tendido sobre un problema que nos amarga la vida. La mejor manera, sin embargo, de no amargársela más o tanto es sentarse a pensar sobre él.

Yo, por ejemplo, me he dado cuenta de que solo aplico la solución lenta a mi faceta como escritor: hablo con la gente, leo muchos libros sobre el proyecto que quiero realizar, tomo muchas notas desordenadas y evolutivas sobre las ideas que se me ocurren para el proyecto, escribo y tacho. Pero solo la aplico a eso y no a otras cosas que son más importantes que la literatura.

Así que, para empezar, he empezado a aplicar la solución lenta a ciertos problemas privados que quienes me quieren conocen bien y a ciertos problemas laborales que mis colegas y yo sufrimos. Uno de los que se puede contar es mi adicción al tabaco. Me he dado cuenta de que mi verdadero objetivo no es dejar el tabaco, sino llevar a mis nietos a hombros sin que se me salga el corazón por la boca. Para ese objetivo, el tabaco es un inconveniente. A ese objetivo de mañana tengo que encaminar mis actos de hoy. Así que voy a empezar hoy mismo. No me pondré una fecha para dejar de fumar, porque ya he comprobado que eso es una solución rápida: mientras llega la fecha, me harto de fumar y, cuando llega la fecha, soy más adicto y fracaso y vuelvo a fumar más todavía hasta la siguiente fecha. Voy a cambiar el planteamiento. Tengo todo el tiempo del mundo.

Ya te contaré, Carl. Pero, por el momento, 'gratias tibi ago ex corde'.

20 marzo 2013

La escuela de la calle




Diario de un músico callejero

José Miguel Vilar-Bou

Espuela de Plata, 2013

ISBN: 978-84-15177-75-3

228 páginas

16 €



Alejandro Luque

La experiencia de este reseñista como músico ambulante se limita a dos lejanos días de agosto en una calle de Cracovia. Deambulaba al azar por dicha ciudad, cuando me detuve a oír a unos chavales polacos que maltrataban una partitura de Vicente Amigo. Al reconocerme como español me preguntaron si tocaba algún instrumento. Como no tenía nada mejor que hacer, accedí a ocupar el cajón flamenco. A pesar de ser un 'amateur', leí en sus rostros la felicidad que les hubiera dado fichar a Tino DiGeraldo o a Rubem Dantas. Dos días después, al despedirnos, quisieron darme mi parte de la ganancia: no sólo la rehusé, sino que invité a todos a una ronda de cervezas. Era yo quien estaba agradecido por aprender cosas que, desde entonces, me impiden ver la figura del artista callejero bajo la misma óptica que antes. Había conocido el valor de la moneda que cae, el de la sonrisa fugaz, el de la escurridiza atención del público, y también, cómo no, la bofetada de la indiferencia.

Aquel recuerdo me ha llevado a las páginas de este Diario de un músico callejero, donde un periodista narra su peripecia como 'artista di strada' en Milán y otras ciudades italianas. Vilar-Bou, empleado de Amnistía Internacional en la carísima capital de la moda, tiene problemas para llegar a fin de mes y piensa que tal vez tocar su guitarra en la calle le reporte algunos ingresos extra. Pero, desde sus primeras tentativas, parece evidente que lo que el joven persigue es una ganancia de otra índole, una búsqueda de sensaciones genuinas e intensas. Tocar en la calle, en efecto, tiene menos que ver con la mendicidad de lo que se piensa. Casi nos atreveríamos a decir que tampoco tiene tanto que ver con la música. Es otra cosa. Parece más bien un juego de encuentros y desencuentros, donde el objetivo es que la parte estática –el artista– y la parte dinámica –el transeúnte– alcancen un momento, que puede ser casi un relámpago, de comunión, simbólicamente materializado en una propina.

Vilar-Bou va explicando esas sensaciones, sazonando su relato con anécdotas simpáticas y dando de paso consejos a todos aquellos que quieran iniciarse en esta práctica, lo que convierte el diario en una suerte de guía práctica: ¿Es mejor usar como cepillo la funda de la guitarra, o pasar el sombrero? ¿Debemos poner billetes como cebo? ¿Qué lugares son los más propicios para instalarse? ¿Qué tipo de repertorio es el más efectivo? ¿Cómo reaccionar ante situaciones adversas, ya sea la visita de la policía o de espectadores indeseables? Y aunque el autor no lo señale expresamente, de la lectura de estas páginas se desprende otra conclusión clara: tocar en la calle no sirve para hacer turismo. No en el sentido general del término. En cualquier caso, se aprende mucho más de la condición humana que de las ciudades que se visitan.

Tampoco puede decirse que Diario de un músico callejero sea una obra redonda: a pesar del tono ligero dominante, se echa de menos un poco más de voluntad de estilo, y también de ambición periodística. El apéndice de esta edición, compuesto por entrevistas a cuatro músicos callejeros –dos estadounidenses y dos chilenos– se antoja el anticipo de una futura obra mayor. No obstante, al existir tan poca literatura sobre el tema en nuestro idioma las notas de Vilar-Bou tienen un valor añadido, y su mirada refleja bastante bien los avatares del oficio. Además, si la economía española sigue cayendo a este ritmo, va a haber muchos jóvenes, y no tan jóvenes, dispuestos a echarse la guitarra al hombro y lanzarse a los caminos: no estarán de más unos consejos para empezar.   

19 marzo 2013

Nada humano nos es ajeno


Las cataratas

Eliot Weinberger

Duomo, 2012. Colección "Perímetro"

ISBN: 978-84-15355-25-0

216 páginas

16,80 €

Traducción de Aurelio Major




Rafael Suárez Plácido

Empezar a leer a Eliot Weinberger es una gozada para los sentidos y para la curiosidad: es un premio para quien lo merezca. Para los sentidos, porque su prosa adquiere aparentemente sin esfuerzo el don, la agilidad y el ritmo de la mejor poesía. Para la curiosidad porque su conocimiento del mundo (antropología, filosofía, filología, etnología, sinología, teología y algunas más "gías" que se nos irán ocurriendo) parece abarcar todas las materias humanas: nada humano le es ajeno, ni presente ni pasado, ni reciente ni remoto. Ni humano ni casi divino. La imagen de las cataratas simboliza con brillantez lo que quiero decir: en el primer ensayo -en realidad, en casi todos los ensayos, el único que me deja absolutamente igual es “Los farunferes”- Weinberger superpone fragmentos que van rebosando el uno del anterior y así sucesivamente. De manera que siempre hay flecos por los que continuar avanzando. Y es así aunque el autor nunca parece sentirse desbordado. Al contrario: parece que va administrando el flujo de las corrientes que nos hace ir de William Jones (el descubridor del pre-idioma “indoeuropeo”, para muchos hasta el final de la segunda guerra mundial: “ario”) y de su intento de conciliar sus descubrimientos con el Génesis, a Alexander Hamilton, que da clases de sánscrito a los hermanos Von Schlegel, y de estos a Franz Bopp y de él a Max Müller, “incansable propagandista de la raza aria”. Lo tremendo es que el objeto de estudio de todos estos intelectuales, de finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX, no era otro que el sánscrito y su papel dentro del árbol genealógico de las primeras lenguas conocidas. El valor simbólico de las cataratas está ahí latente, pero al final del ensayo comprendemos que Weinberger nos quiere trasladar a una de las grandes debacles de finales del siglo XX, quizás la menos estudiada al ser una de esas “guerras” olvidadas, pero deberíamos recordar las palabras de Peter Handke, al respecto de algunas de estas guerras africanas: “¿guerras olvidadas por quién? No desde luego por ti, ni por mí, ni por los millones de víctimas mortales que dejaron.” Al final son sólo un par de páginas las dedicadas a la masacre de los tutsis en Ruanda pero nosotros, los que empezamos a leer ese ensayo, ya no somos los mismos.

Cuando miro entre las novedades de una librería, a veces me tropiezo con libros que llaman mi atención aunque no conozca al autor. Entonces, los cojo, los miro atentamente, incluso los huelo (ya lo he escrito: una gozada para los sentidos) y paso a leer algo de lo que está escrito en la contraportada y las solapas. Notas de algunos de mis escritores de referencia: Javier Marías, Vila-Matas, Felix de Azúa o Rafael Argullol. Últimamente leo y releo con pasión Visión desde el fondo del mar, de este último, publicado por El Acantilado, en 2010. Quizás sea el mejor libro español que se ha publicado en el siglo XXI. Es difícil imaginar un elenco tan interesante para un libro que desconozco. Duomo es la editorial que ha publicado en España de los libros de David Mitchell. Hace un par de años disfruté su novela Mil grullas muchísimo, una historia de amor ambientada en el Japón pre-Meiji entre un joven holandés y una estudiante de Medicina japonesa. No sé si con estos avales convencería a alguien más, pero el hecho es que lo compré. Y aquí estoy, tratando de hacerme con otros libros que el autor ha ido editando en distintas editoriales españolas y esperando a encontrarme a mi amigo Iñaki para contarle que he conocido a un experto en culturas orientales, hindú y china especialmente, aunque intuyo que me dirá que ya tiene sus libros en inglés, pero por intentarlo no se pierde nada y el orgullo de que otros conozcan y valoren a un escritor así gracias a tu invitación a la lectura, es muy gratificante.

Las cataratas es un conjunto de once ensayos seleccionados de entre la amplia bibliografía del autor por Aurelio Major, que también los ha traducido. El primero de ellos, “Las cataratas” nos coloca ya en situación. Valdría por sí solo para justificar la lectura y recomendación del libro. Está incluido en Rastros kármicos, editado por Emecé en 2002 y donde nos encontramos otra maravilla que es el ensayo del mismo nombre: “Rastros kármicos”, donde se trata del efecto evocador de algunos objetos u olores (sensaciones) que el autor relaciona con los vasanas hindúes o con el 'déjà vu' actual. Aun así, para los que llegamos a este libro a partir de la literatura -y más concretamente de la poesía- el ensayo de referencia podría ser “La invención de China”, en el que tomando como referencia la figura de Ezra Pound se va analizando la percepción que de China y su cultura -y por ende, de Oriente- ha ido teniendo Occidente a lo largo de los siglos, especialmente en los dos últimos siglos y, más concretamente aún, en  Pound, de quien T. S. Eliot dijo que era el “inventor de la poesía china de nuestra tiempo”, lo que para Eliot Weinberger era decir poco y añadió que podríamos sustituir el gentilicio “china” por cualquier otro (“el inventor de la poesía de nuestro tiempo”).

Lo que ya pueden ir sospechando es que el motivo central de cada uno de los ensayos es interesante por sí mismo, pero también porque es una excusa para ir desplegando la inteligencia y la erudición del autor por partes iguales, en el caudal laberíntico de su prosa. Los hispanohablantes podemos pensar en Borges, en la obra ensayística de Borges, que acoge esa visión del género como un híbrido entre ficción y no ficción, o entre poesía y prosa. No obstante, Weinberger ha sido uno de los principales traductores de Borges al inglés. Tendríamos que recordar esa frase de Pound que dice que la poesía tiene que estar tan bien escrita como la prosa. En principio, mi interés por la Antropología no se concreta en demasiadas lecturas especializadas, ni va más allá de una curiosidad necesaria para vivir por casi todo lo que es humano, y se concreta en dos o tres nombres esenciales, pero eso no impide que los ensayos: “La tribu cámara”, sobre cine documental y antropología, y “Fotografía y antropología” (es un pleonasmo, ya lo sé: la fotografía es en sí misma antropología), me supongan al mismo tiempo dos oportunidades de conocimiento y disfrute. De ambos a la vez, como casi todos los ensayos incluidos en Las cataratas, de Eliot Weinberger, una antología de un autor que hay que tener muy en cuenta: tendríamos que leerlo completo. Bueno, yo ya lo estoy haciendo.

18 marzo 2013

Impudor y elegancia


Mi hermana y yo

J. R. Ackerley

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-19-7

287 páginas

23 €

Traducción y prólogo de Andrés Barba

Edición, notas y epílogo de Francis King


Sara Mesa

Sucede a veces que la vida es el mejor material narrativo. La vida personal, íntima, intransferible, a menudo insustancial, pero que bajo la lupa del talento cobra una dimensión inesperada. Así ocurre con la obra de J. R. Ackerley (1896-1967), editor, crítico literario y cronista de su tiempo y de su propia existencia. Como suele decirse, vida y obra se confunden, se mezclan, son una única realidad indisoluble en su escritura. Ackerley, siempre volcado en las memorias y en los diarios, lo explica con claridad en Mi padre y yo, esa gran biografía, autobiografía o relato impúdico de una relación paterno-filial: no hay tiempo para más. Demasiado centrado en sus enredos vitales (particularmente en la búsqueda de muchachos guapos), nunca tuvo la concentración necesaria para inventar ficciones, de modo que el ansia de escribir se plasmó siempre en la observación de sí mismo y de los que le rodeaban. Ackerley y su familia: una historia que de pronto despierta nuestro interés gracias a la aguda mirada de este singular escritor. Y su concepción de familia, hay que decirlo, incluye también a su perra. Títulos como Mi perra Tulip o Mi padre y yo, publicados por Anagrama, son rarezas deliciosas escritas desde la transgresión de los convencionalismos literarios, en tanto que también se narran hechos fuera de lo convencional.

Ahora Sexto Piso edita Mi hermana y yo, libro póstumo que en sentido estricto no fue concebido como tal por su autor, sino que obedece a una selección realizada por el albacea Francis King de los diarios de Ackerley de aquellos fragmentos -y son muchos-, fechados entre agosto de 1948 y julio de 1957, en los que se recogen los pormenores de la particular relación con su hermana Nancy. Posiblemente el momento en que mejor se revela la naturaleza de esta relación es cuando Ackerley compara a su hermana con la tenia, peligrosa, absorbente, imposible de sacarse del cuerpo: “¿Qué oportunidad puede tener uno de librarse de una criatura así? (...) Es una criatura tenaz, resiste a todos los intentos que puedan hacerse para librarse de ella; incluso cuando uno consigue librarse de todo el cuerpo del insecto, la cabeza permanece ahí y, poco a poco, toda la criatura vuelve a crecer a partir de ese punto, centímetro a centímetro.” Se trata de una relación amor-odio constante, basada en el desprecio, el sentimiento de culpa, la obsesión y el vampirismo. Nancy no sale bien parada (“No existe trabajo, o al menos que yo sepa, que una mujer tan maleducada, interesada, vanidosa, egoísta, hipocondríaca, perezosa, irresponsable, inútil, ignorante y falta de talento como ella sea capaz de mantener ni una sola semana”), sin embargo hay momentos de ternura y de auténtica preocupación por su salud física y su estado mental. Lo cierto es que nadie sale demasiado bien parado en los diarios de Ackerley (salvo la perra Queenie, hacia la que tenía una devoción rayana en el patetismo), ni siquiera el mismo Ackerley, que se nos presenta a sí mismo como un ser egoísta, veleidoso, engreído, frustrado y misógino -como diría un amigo mío, en tanto que misántropo-. Hay muchos detalles íntimos en el libro, que no solo afectan a él y a su hermana, sino a otros personajes que salen y entran en el escenario: la tía Bunny, por ejemplo, y también sus amigos E. M. Forster y Siegfried Sassoon, pero hay que recordar que Ackerley tuvo un curioso concepto de la intimidad. Si ya en Mi padre y yo desvelaba el secreto familiar de su padre y ofrecía con precisión y sin recato detalles de su propia homosexualidad, aquí -apareciendo también estos asuntos- el foco se coloca en la hermana, sus celos obsesivos, la convivencia imposible con la tía Bunny y los paseos matutinos con Queenie en los neblinosos parques de Londres, sin excluir todo tipo de pormenores privados y escatológicos. El talento de Ackerley reside en su capacidad de ofrecernos todo esto sin perder en ningún momento un ápice de elegancia ni renunciar a ese finísimo humor que atraviesa el libro de parte a parte -incluso al narrar el intento de suicidio de Nancy-, quizá porque no hay una intención de provocar o sorprender, sino más bien la necesidad de contar la propia vida con sencillez y sin alardes.

La lectura de Mi hermana y yo es una experiencia adictiva -tras ella corrí a por más libros de Ackerley-, sorprendente, a ratos divertida y también, diría, extravagante. No existen muchos libros así, en los que un escritor se despreocupe con tal naturalidad de las consecuencias de bucear en la privacidad propia y de su familia, sin deseo de ajustar cuentas o de justificarse. Ackerley, con su visión ácida y sarcástica de las relaciones sociales y familiares, se lanza a describir su vida hasta las últimas consecuencias, y este relato -monótono, cotidiano, a veces insignificante- posee también la grandeza de la sinceridad. Según explica Francis King en el revelador epílogo -en el que por cierto se ofrece una visión de Nancy sustancialmente diferente- Ackerley “estaba dominado por el irresistible impulso de hacer público todo lo que se refería tanto a su persona como a su familia. Aquella hambre suya de decir la verdad era tan intensa que ni siquiera la posibilidad de ser acusado de calumniador le detuvo”. Dice también Andrés Barba, que traduce y prologa, “sobra decir el pudor que he sentido a veces al traducir algunas de estas páginas (...). Por momentos era como estar tocando, literalmente, la superficie informe y cálida de unos sentimientos que estaban forjándose en ese instante preciso...”. Creo que estas dos citas reflejan con bastante fidelidad la peculiaridad y el valor literario de este libro. Los interesados en las relaciones familiares enfermizas lo disfrutarán sin duda, porque además demuestra, con absoluta perspicacia, que a veces la familia funciona como una reproducción a pequeña escala de toda la complejidad humana.

15 marzo 2013

Nuestros colegas, los griegos


La desgracia de ser griego

Nikos Dimou

Anagrama, 2012. Colección "Argumentos"

ISBN: 978-84-339-6345-1

104 páginas

11,90 €

Traducción de Vicente Fernández González



Jesús Cotta

Hay pueblos como el español, el griego o el portugués que viven su manera nacional de ser, sea esta lo que sea, de modo problemático. Las tres naciones tienen varias cosas en común: un pasado glorioso, dictaduras y arriba unos vecinos más prósperos y que no le dan tantas vueltas a su manera de ser o que al menos no la consideran un problema. Grecia comparte, además, con España una guerra civil el siglo pasado.

Grecia es, en Europa, un país peculiar, porque no pertenece a ningún grupo grande: ni a los germánicos ni a los escandinavos ni a los eslavos ni a los latinos y, aunque lo griego es, junto con Roma, el cristianismo y el legado de los pueblos bárbaros, uno de los fundadores de nuestra Europa, los griegos no se sienten plenamente europeos, pero tampoco pueden considerarse de otro sitio, porque su sitio, Constantinopla, está en otras manos y ahora lo llaman Estambul ("¿Hasta cuándo seguirás cayendo, Constantinopla?") , aunque no he visto en Grecia ni un solo mapa donde a la antigua capital del Imperio Romano de Oriente se la llame Estambul. Igual que Polonia, que, como decía Juan Pablo II, era latina entre los eslavos y eslava entre los latinos, Grecia es europea entre los orientales y oriental entre los europeos.

Pues bien, en la estupenda traducción de Vicente Fernández González, nos expone Nicos Dimou en forma de estampas, aforismos y breves reflexiones encadenadas por la lógica por qué es una desgracia ser griego y cómo esa desgracia es una de las razones de su fuerza y una de las maneras de salir adelante.

Según él, el griego solo se crece en la amenaza o en la desgracia. Su inercia es estar descontento con el mundo y, solo cuando este lo trata mal, se encuentra, pues, en su salsa.

El autor repasa todo lo griego: pasado, idiosincrasia, familia, religión, sexo, política, su relación con el extranjero y con el medio, etc. Retrata el complejo de inferioridad que muchos griegos sienten ante la grandeza de un pasado que los abruma y que no se atreven a cuestionar ni relativizar y ante el hecho de que ellos, por la ocupación otomana, no participaron de las grandes corrientes culturales europeas.

Una de las soluciones que el autor aporta es que los griegos acepten ser quienes son realmente y no quienes dicen otros que son o quienes quisieran ser. Y, desde luego, tienen razones para estar orgullosos: le dijeron que no al todopoderoso Hitler (cosa que Europa no ha agradecido lo bastante), son herederos directos de la mayor literatura y de un mundo cultural del que todos somos deudores, han sobrevivido como pueblo y como cultura a pesar del olvido de Occidente y de la invasión turca, y tienen una floreciente literatura y música que ya quisieran para sí países europeos más prósperos económicamente.

A lo largo del libro he tenido a veces la sensación de que el autor radiografiaba a los españoles. Con los griegos compartimos esa dificultad para alabar el mérito ajeno, sobre todo si es el de un compatriota en el extranjero, el poner en entredicho la virilidad del otro, el “piensa mal y acertarás”, el poco respeto que les merecen las instituciones y los que están contra ellas, ese deseo de europeizar el propio país, de minusvalorar sus raíces cristianas, de querer ser otra cosa. La lucha que es España, según Luis Rosales, entre hidalgos y pícaros, es en Grecia, según Nicos Dimou, entre la gallardía y la miseria.

En fin, un libro escrito al final de la dictadura y con dardos brillantes y punzantes y desde el amor a su país al que quiere proteger de lo falso, del victimismo, de la incapacidad, porque el autor, como todos los griegos que he conocido (y he conocido muchos) ama mucho a su país cuanto más lo critica. En eso también se parecen a los españoles, solo que aquí el amor natural a esta sana identidad cultural que es la patria se disimula tontamente porque no está bien visto.

Bienvenido sea este libro en estos días en que Grecia solo sale en las noticias como la enferma de Europa. Grecia es mucho más que eso: una gran nación que ha sobrevivido a todo y que saldrá adelante por el empuje y la creatividad de su gente más que por la acción de los políticos europeos y griegos. Aquello que la afea también la hace hermosa, porque en el defecto está muchas veces la raíz de la virtud.