21 abril 2010

Buscando una salida

La ciudad de las delicias

Sergio DeCopete y García

Visor Libros, 2010.

ISBN: 978-84-9895-741-9

71 páginas.

10 euros.
XXII Premio Fundación Loewe Joven Creación.





Juan Carlos Sierra

La carta de presentación en el mundillo literario del poeta mallorquín Sergio DeCopete y García se llama La ciudad de las delicias, que ha merecido uno de los más prestigiosos galardones poéticos del panorama lírico español, el Premio Fundación Loewe Joven Creación en su vigésima segunda edición. Toda una responsabilidad para el joven DeCopete, sobre todo si piensa dedicarse al “juego de hacer versos”, como decía Jaime Gil de Biedma. Y como reza en el poema de título homónimo, DeCopete y García debería tener presente que más allá del ruido de la prensa, de los críticos, de los congresos y revistas especializadas,… la poesía no es farándula, sino algo muy serio y que tiene sus peligros, algo “que acaba pareciéndose/ al vicio solitario”.
Hecha esta advertencia, toca escuchar a otro de los nombres propios de la poesía última –o penúltima- en español, al madrileño Luis Antonio de Villena. Se podría afirmar que de Villena, miembro por cierto del jurado del Premio Loewe, apadrina a un buen discípulo, introduce y acomoda en la escena poética española a un joven autor con el que comparte un tono poético que podríamos definir como ‘clasicismo homoerótico’. A este hecho hay que añadir la influencia directa del propio de Villena en el novel DeCopete puesto que, por ejemplo, en la última sección de La ciudad de las delicias resuena constantemente el verso final de un poema –‘Que la mala vida es maravillosa’- publicado por de Villena a finales de los 80:”…que jóvenes mueren quienes los dioses aman”.
No parece lógico empezar por el final de La ciudad de las delicias, aunque todo depende de la perspectiva. No obstante, respetemos el devenir del tiempo, el paso de los años que propone el libro de DeCopete.
Durante ‘Días de 2007’, primera parte de La ciudad de las delicias, asistimos al despertar a la vida en sus rincones menos convencionales, más lujuriosos –y, por lo tanto, más reveladores- de un joven que va descubriendo las delicias de la ciudad que lo acoge como estudiante, Barcelona, y de paso va adentrándose como nunca en sí mismo, en el autoconocimiento. En la segunda parte del poemario, ‘Días de 2008’, la efervescencia de las noches y el sexo van perdiendo fuelle porque “…Las manzanas mordidas/ dejan el gusto amargo de una falsa promesa…” (Felipe Benítez Reyes dixit en su poema ‘Confidencias’ del libro Los vanos mundos). Entonces es la hora de descubrir serenamente el velo a algunas verdades: uno, el amor es algo muy serio que requiere esfuerzo –‘El muro de los tequieros’-; dos, el tiempo hará su trabajo en los deslumbrantes y bellos cuerpos juveniles –‘Atleta’-; o, tres, “En el silencio y la austeridad se construyen los grandeshombres” –‘Lecciones griegas: las sirenas’-.
Poco a poco avanzan los años, los poemas, y llegamos a la tercera sección del libro –Días de 2009- que posee una relevancia y una proyección que traspasa los límites de la propia obra. En ellos se apunta a un futuro poeta que quizá se encuentra latente en este poemario, a un poeta que, una vez agotados los cartuchos de la legítima emulación de los maestros y medio resueltas las contradicciones de la edad a lo largo de las dos primeras secciones de La ciudad de las delicias, busca un camino no hollado por otros poetas, la tan anhelada voz propia, una personal e intransferible personalidad poética. Asistimos a la derrota y al funeral literal y literario de unos personajes poéticos y de una voz que se despiden de los años de formación de la adolescencia, del viejo-joven Sergio DeCopete, para adentrarse en la serenidad, en lo profundo, en el pretendido camino hacia la belleza y la sabiduría verdaderas.
En esa búsqueda puede suceder, como le ha ocurrido a otros muy jóvenes poetas españoles en el momento de su primera publicación –véase, por ejemplo, Carlos Pardo con El invernadero-, que DeCopete reniegue de éstos sus primeros poemas porque el camino aún por explorar le conduzca a sonrojarse de sus inicios como poeta. No obstante, como en el libro primerizo de Carlos Pardo, en La ciudad de las delicias hay hallazgos y maneras que pueden perdurar a lo largo de la obra futura de DeCopete, que prometen, si el autor mallorquín no se deja embaucar por los cantos de sirenas del clásico griego, un poeta altamente recomendable.