16 abril 2010

Magisterio churrero

El símbolo perdido

Dan Brown

Planeta, 2009

ISBN: 978-84-08925-4

590 páginas

21,90 €

Traducción de. Claudia Conde, Mª José Díez y Aleix Montoto

Daniel Ruiz García

“Los escritores de thriller envidiosos se desesperarán, los que dudaban y creían que no sería posible un nuevo éxito descubrirán que estaban equivocados, y los lectores lo disfrutarán. Dan Brown lo ha vuelto a conseguir”

Publishers Weekly


Los tiempos que corren demandan un tipo de literatura como la que hace Dan Brown. Una literatura altamente ecológica, respetable con el ecosistema y que apuesta por las energías (lectoras) renovables. Una literatura hipocalórica, que no engorda ni se pega al riñón, y que es perfectamente reciclable. Aguanta en la muela el tiempo que dura el caramelo. Sin azúcar, por supuesto. Pura literatura para el siglo XXI, el siglo de lo etéreo, de la cultura light, de la disolución de los formatos físicos, de lo intangible-superfluo. La literatura para la nueva era de la Economía de la Sostenibilidad.


El nuevo libro de Dan Brown, El Símbolo Perdido, contiene en sí mismo, y de forma bastante visible, todos los ingredientes que hacen posible esta receta prodigiosa. Una receta que en principio parece sencilla. Paso a detallar el modo de preparación:


1.- Adquiérase una pose de escritor serio. Que la obra lo merezca después o no, eso ya es otra cosa. Lo importante es la pose. Nada de corbatas y de chaquetas, ni, en el extremo opuesto, de camisetas por fuera, como si el escritor fuera un dependiente de una tienda de Apple. Si hay canas, eso ayuda. Lo ideal es la composición intelectual de cuello vuelto, con jersey de color negro si es posible. Mejor no mirar a la cámara en las fotos. O si se hace, cruzarse de brazos, o meter las manos en los bolsillos. Ocultar, sugerir, huir de la evidencia. La mirada penetrante es decisiva. La pose debe ir acompañada, por supuesto, de titulares que denoten inteligencia, profundidad. Hay que pulir las respuestas a la prensa, siempre perspicaces, agudas. Por ejemplo: “No hay peor enemigo de la religión que la apatía. Aunque los jóvenes tienen un sustituto: la tecnología”. (El Mundo, 30/10/09); o: Siempre bromeo que a mis personajes no les importa nada cuántos libros haya sido capaz de vender. Son tan difíciles de controlar como siempre” (ABC, 29/10/09).


2.- Genérese intriga desde la propia portada del libro. Nada de sobriedad en el diseño de las portadas. Cuanto más chirriante y pinturera, mejor. Por supuesto, con su poco de referencia explícita. Tal es el caso: a lo lejos, perfil del Capitolio. De cerca, un sello antediluviano. Ah, sí, se me olvidaba: símbolos, por supuesto. Grabados indescriptibles, caracteres de lenguajes perdidos, cuanto más antiguos mejor. Nunca viene mal un ojo incrustado en una pirámide, aunque esto no es estrictamente necesario.


3.- Constrúyase toda la estructura mediante planteamientos cinematográficos. No hay capítulos, hay escenas. Con varias escenas se construye una secuencia. Todas las escenas, por supuesto, muy dinámicas, muy vibrantes, que deben tender a cerrarse casi con la palabra en la boca, con acción, con la promesa de no se detengan, enseguida más. Escenas pensadas para ser dirigidas por Ron Howard, o por James Cameron, o por Robert Zemeckis, todo en esa línea palomitera y de mascletá. El planteamiento visual debe prevalecer por encima de todo. No se cuenta, se describe lo que se ve. La lectura debe llevarnos a pensar en imágenes, como hacen los autistas. Y el estilo de escritura ha de parecerse muchas veces a un guión cinematográfico antes que a una novela. Todas las descripciones de ambiente, de paisajes, de interiores, etcétera, se deberán realizar a través de párrafos que funcionen como acotaciones. Sólo que no deben llevar los típicos encabezados de SECUENCIA 3. EXTERIOR NOCHE. Esto sí lo llevará el guión de la película, una vez que la hagan, pero de momento en el libro no debe aparecer.


4.- Rebájese cualquier tipo de aspiración estilística o estética en relación con el lenguaje. Cuanto más simple y directo, mejor. Rehúya de las metáforas que no se desenvuelvan en el terreno del lugar común. Busque imágenes que cualquiera pueda asociar y reconocer por encima de su nivel cultural. Que no haya una sola palabra que el lector deba buscar en el diccionario. El lector de su libro estará casi siempre, no lo olvide, en la piscina, o en la playa, o en el metro. No tendrá diccionarios a mano, y le irritará que Vd. se ponga erudito. El narrador siempre ha de ser omnisciente, pero un omnisciente tramposete, así, juguetón. Si el personaje piensa algo, no se sonroje, Vd. délo a conocer, transcríbalo de forma entrecomillada, tal cual, en plan estilo directo. O si esto no le convence, póngalo a hablar, aunque el personaje esté solo y nadie le escuche y no tenga sentido pues que exprese lo que piensa. Eso ya se hacía en el teatro clásico, y por tanto no hay fallo: es un recurso con pedigrí.


5.- Sazónese bien de Teoría de la Conspiración. Ahí tiene Vd. que ser generoso. Nada de timidez, dispense la especia a granel. Para que nos entendamos, la cosa siempre está en decir, por el camino que toque (cristianismo, Club Bildelberg, ahora masonería), que hay una realidad oculta donde se mueven a sus anchas una serie de Poderosos que son los que verdaderamente Gobiernan el Mundo. Que el poder real se ejerce desde la sombra. Que nada de lo que existe es verdad, porque la verdadera realidad nos está vedada a la mayoría de los mortales. Para construir la trama conspiratoria, no tenga reparo, incurra en la barbaridad más disparatada que se le ocurra. Mezcle a egipcios con especialistas en software, junte a chamanes con masones, y déle a todo una apariencia de veracidad. Una vez que entren al trapo, no lo olvide, los lectores aguantarán todo lo que a Vd. se le ocurra fabular.


6.- Fabríquense personajes que sean, como el lenguaje, lo más planos posibles. Los malos tienen que ser muy malos, y los buenos muy buenos. El malo, por supuesto, de modalidad sibilina, enigmática, que induzca un poquito a la confusión. Para que sea malo malo tiene que reírse de forma terrorífica, y debe ser muy astuto en todo lo que hace. El personaje, esto es impepinable, que nunca se desvíe de su arquetipo. Que sea como un muñeco al que vemos venir en todo momento. Si hay giros, que los marque la trama, pero si hay una hacker extravagante cuya vida sentimental es un desastre capaz de resolver cualquier enigma informático, que siempre y en todo momento ejerza como una hacker extravagante cuya vida sentimental es un desastre capaz de resolver cualquier enigma informático. En materia de personajes, el camino siempre recto, nada de curvas mareantes.


7.- Una pizca de tensión sexual. Aquí sí hay que andar con cierta contención. Como mucho, un pellizco. Lo justo para que la novela retenga algo de sabor, lo necesario para convencer por igual al adolescente y a la abuela. Sicalipsis, la precisa. Tiene que haber un personaje femenino atractivo, pero nada de dobles fondos ni de recovecos de personalidad complicados. Una oriental está bien. Una oriental que, como es el caso, ejerza claramente su poder porque sea, qué se yo, directora del Servicio Nacional de Inteligencia. Así abrimos la puerta a la dominación sexual pero sin decirlo, sólo sugiriéndolo, como el que no quiere la cosa. Cuidadito con enseñar un pelo, cuidadito con los capítulos (perdón, las escenas) de encamamiento. Téngalo claro, es de las cosas que restan lectores.


8.- Déjese un pastizal de caballo en publicidad y promociones. Esto es absolutamente necesario. Haga una planificación de medios demoledora, que impida cualquier réplica. Que no sólo embadurne de publicidad los periódicos, sino que también se dirija a los nuevos medios. Internet, of course. Blogs, redes sociales, marketing viral. Vallas, mupys, cualquier superficie promocionable. La disidencia crítica debe reducirse a espacios como éste, dirigido a esos contados frikis que todavía leen libros que no se venden en Carrefour y en los duty-frees. La noticia de la salida del libro debe concebirse como un acontecimiento literario. Y la promesa de la película debe anunciarse prácticamente desde la propia puesta en venta de la publicación. El remate, la guinda, la pone el propio lector, cuando él solito llegue a su determinante juicio crítico final: “Qué quieres que te diga, el libro es mejor que la película”.


Seguir todos estos pasos es sencillo, la fórmula no tiene ningún secreto. Sin embargo, por más vueltas que le doy, hay algo que sigue sin cuadrarme: por qué el señor Brown es el único capaz de aguantar meses y meses en el primer puesto de los libros más vendidos en medio mundo. Cómo es que no hay nadie capaz de hacerle sombra. Al final va a resultar que hacer churros no es tan sencillo.

5 comentarios:

Javier Mije dijo...

Está usted sembrao, admirado Dani. No creo que el libro mejore la reseña.

Ilya U. Topper dijo...

Me adhiero a la admiración. Leí la reseña en un breve respiro laboral y, como en las buenas novelas, no pude parar hasta llegar al final. Hay que agradecer a Dan Brown que inspire reseñas de esta calibre

Fran G. Matute dijo...

Jajaja... me encanta! Tenía curiosidad por ver quién se iba a encargar de hacer la reseña de Dan Brown pero no podía ser otro que tú, querido Daniel.

A veces he tenido la curiosidad de leer algo así en plan best seller para poder valorar, como buen freaky, qué se supone que sienten sus millones de lectores... Lo hice con "Los pilares de la tierra" y me pareció tan bueno como "Cumbres borrascosas" (sólo falta determinar si me gustó el libro de la Bronte o no... jejeje)...

Eso sí. Lo que más odio es cuando la gente dice "sí, leo best sellers pero al menos leo algo, ¿no?"... ay, ay, ay...

al dijo...

La fórmula es impecable. Sólo le falta el catalizador.

Jesús Cotta Lobato dijo...

Algún día deberíamos estudiar qué no es literatura leyendo las reseñas que, como esa, han desmontado a las supuestas literaturas. Enhorabuena.