23 abril 2010

Por favor, bájenme un piano a la 3ª cubierta

El aprendiz de emigrante

Robert Louis Stevenson

Parentesis, 2009

124 páginas

ISBN: 9788499190402
12 €
Traducción y prólogo de Eduardo Jordá



Manolo Haro

Me reconozco como un ferviente admirador de Stevenson. Viajé a Edimburgo con un volumen de sus artículos (A la luz de una linterna, Cuatro, 2002) por el puro placer de intentar recobrar la escurridiza esencia de las cosas que él vio y que ya no existían. En autobús me acerqué a St. Andrews porque una frase de uno de sus escritos no podía ser desoída: “St. Andrews era un lugar poco adecuado para estudiar; el resonar del viento del Este y el estallido de las olas permanecen en sus aulas somnolientas y confunden las palabras del profesor, hasta que maestro y lección se pierden por igual en el olvido y sólo las gaviotas golpean las ventanas y las corrientes de aire marino susurran en las páginas, ya al aire libre”. Eso encontré, el olvido trenzándose caprichosamente por los únicos vestigios reconocibles de que Robert Louis era escocés. En ese mismo St. Andrews una apergaminada viejecita nos regaló, por sólo seis libras, la flor de Coleridge, el único rastro tangible de que los buscadores de tesoros no siempre se vuelven a casa con las manos vacías: un ejemplar de Poems by Robert Louis Stevenson en la preciosa edición de Everyman´s Library. Pero el autor, como casi siempre constatamos los mitómanos que nos lanzamos al encuentro de los paisajes de los escritores que amamos, está más vivo en sus libros que en las postales y los museos dedicados a su gloria.

Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850-Samoa, 1894) fue un hombre de acción. A pesar de su delicada salud, nunca se reclinó en la cama más de la cuenta. Tras su frustrado paso por la universidad, primero como estudiante de ingeniería náutica y luego como abogado, viajó junto a su hermano a Francia con la intención de dedicarse a la pintura. Hace noche en el Hotel Chevillon, en Grez, población a la que llega con la pretensión de contrastar opiniones y colores con la colonia de artistas bohemios que allí estaban establecidos. Es invierno. Un grupo de gitanas sentadas junto a la chimenea se acompañan de dos mujeres, una jovencita y otra adulta. La mayor se llamaba Fanny Osbourne y la pequeña, su hija, Belle. Su vuelta a San Francisco es inminente. El escritor y Fanny, en proceso de divorcio, se enamoran. Ahí empieza todo.

Es más que probable que si las flechas de Cupido no hubieran salido de su carcaj en dirección a estos dos corazones la producción literaria de Stevenson, al menos en sus comienzos, no habría recorrido los mismos caminos por los que se lanzó. Concretamente, El aprendiz de emigrante comienza a gestarse a partir de la travesía que el novelista realiza a bordo del Devonia. Su cometido esencial era ir al encuentro de Fanny, pero el escritor se topó con la posibilidad de vivir un viaje más íntimo y pleno bogando entre las turbulentas aguas de las almas que viajaban en tercera clase. Los diez días que duraría el periplo desde el puerto de Clyde, en Glasgow, al de Sandy Hook, en Nueva York, le aportaron una amplia colección de tipos humanos y unos sólidos puntales para desarrollar una teoría personal sobre la emigración y sobre las clases sociales. Su pasaje en segunda sólo se diferenciaba del de tercera en que tenía una mesa (para escribir) y una vajilla de loza. Las penalidades eran las mismas. En una cubierta llena de escoceses, irlandeses, escandinavos, alemanes y algún que otro ruso, Stevenson fue uno más: “Formábamos una compañía de derrotados: los borrachos, los incompetentes, los débiles, los manirrotos, todos los que habían sido incapaces de sobreponerse a las circunstancias de su país, tenían que huir ahora lastimosamente a otro”.

“Prefiero escuchar la vida de un hombre que vive en medio del riesgo […] porque cada paso que [da] es crítico y revela la vida desnuda y siempre en el vértice del peligro”. Las historias de estos desposeídos, contadas al oído, van conformando una galería de voces de una humanidad azarosa que se jacta de gandulear y de cobrar sin hacer nada. El escocés no es complaciente con algunos de ellos. De hecho, llega a afirmar que las tres causas más generalizadas de la emigración son la bebida, la holgazanería y la incompetencia. No hay épica vana, pues la miseria no la tiene; cuando se encuentra con algún ser que merece la pena, lo notamos, pero no se demora más de la cuenta. No hay concesiones al lirismo; despoblado de oropeles, sólo le dedica algún que otro párrafo apoteósico al mar nocturno. Este librito guarda una humanidad que se trasmina a partir de esos retratos que el escritor construye con tres trazos, como si no hubiera tiempo de más, como si quisiera en un instante atrapar entre los dedos el polvo precioso de cientos de alas de mariposas.

Cesare Pavese afirmaba que Stevenson no se dejó contagiar ni por la obsesión científica del Naturalismo ni por el edulcorado aliento de “el arte por el arte”: “ni verista ni esteta […], fue derecho, por instinto, a lo que de vivo, genuino y eterno había en el fondo de las exigencias de ambas escuelas”. Y seguía diciendo: “Stevenson entra en la prosa narrativa inglesa, y alcanza exótica fascinación, la lección estilística de los naturalistas franceses, la lección de la palabra justa, insustituible, el sentido del color, del sonido, del matiz esencial, del detalle observado con exactitud, y al mismo tiempo la aversión a todo exceso romántico o sentimental, el ejercicio de una sobriedad y un dominio de sí mismo casi estoico”. A veces resulta grato llamar a las puertas del Purgatorio para salvar un párrafo de esta concisión y calado.
Los hermanos Marx viajan desde Italia a Nueva York en un barco cargado de inmigrantes. Harpo y Chico lo hacen como polizones, mientras Groucho consigue para el periplo el famoso camarote de los dos metros cuadrados. La visión idílica y musical de la tercera cubierta en Una noche en la ópera, con arpa y piano incluidos, tal vez sea lo que más se aproxime a la pintura de Stevenson, pues el Devonia era un barco cargado de música, de violines y acordeones, dando igual si era bueno o malo lo que allí se cantaba. Pasen y oigan el agua tempestuosa que se cuela por los imbornales, el estrépito de las gavias y la música gigante de la prosa de Stevenson. No les defraudará. Ah, y feliz Sant Jordi.

2 comentarios:

Anonimous dijo...

Tusitala, parece que también usted quisiera en un instante atrapar entre los dedos el polvo precioso de cientos alas de mariposa...acaso por eso empleó al elaborar la crítica, únicamente la palabra justa para cada hueco en blanco.

Y yo que no tenía menú para el almuerzo de S. Jordi. Tocado y agradecido.

Daniel Ruiz García dijo...

Soberbio aperitivo para un libro como éste. Pienso que la novela puede leerse también como un verdadero tratado sobre la forma de entender la literatura que tenía Stevenson. Y que es la más honesta, humilde y atinada que puedo concebir.

Excelente intro para Sant Jordi, desde luego. Felicidades.