28 abril 2010

La crítica literaria como subgénero policíaco

La estrategia del agua

Lorenzo Silva

Destino, 2010

ISBN: 978-84-233-42259

380 páginas

18,50 euros





Juan Carlos Sierra

Con La estrategia del agua Lorenzo Silva continúa su serie de novelas policíaco-beneméritas protagonizadas por la sargento Chamorro y el brigada Bevilacqua –Vila para los lectores habituales-. En esta ocasión, el asesinato de Óscar Santacruz, un divorciado que reivindica la custodia de su único hijo, dará pie a una nueva investigación de ambos números de la Guardia Civil acompañados esta vez por el ‘becario’ Juan Arnau y, a partir de la mitad de la trama aproximadamente, por la despampanante cabo Salgado.

Como sabe todo lector de novela negra o policíaca –o como quiera llamarse-, el inspector protagonista ha de poseer el don de la clarividencia, de la perspicacia, de la inteligencia, para ver donde otros no aprecian más que sombras y sacar a la superficie los hechos objetivos.

Humildemente y salvando las diferencias, el crítico literario cumple una función similar, puesto que ha de descubrir cuándo, cómo y quién perpetra un auténtico homicidio literario, cuya víctima sería el lector, en caso de que la obra se pueda juzgar como atentado contra el buen gusto –sea esto lo que sea-. Pero como todo no va a ser delinquir, también el crítico actúa como sabueso en el sentido contrario, si nos hallamos ante una obra maestra. No obstante lo dicho, lo más habitual es toparse con algún que otro cadáver repartido por las habitaciones de palacio.

Avancemos, pues, en la investigación de La estrategia del agua de Lorenzo Silva aplicando nuestra antigua lupa crítica y nuestros posmodernos conocimientos en ADN narrativo-policíaco.

Dentro de las virtudes de esta novela, las pruebas de la investigación apuntan, en primer lugar, al buen oficio de Lorenzo Silva para manejar el ‘tempo’ narrativo, dosificando la información sin que el ritmo de la novela se acelere o se ralentice innecesariamente. Además se le agradece al autor el respeto que muestra hacia sus lectores, evitando dejar a lo largo del relato pistas falsas o trucos-trampa argumentales. También acierta Lorenzo Silva en la caracterización de alguno de los personajes, especialmente en la del difunto Óscar Santacruz, retratado hábilmente a través de sus lecturas –textos sobre las SS hitlerianas, El arte de la guerra de Sunzi, Epicteto,…-. El resto de los personajes se presenta más por su decir y hacer que por las descripciones en las que se pudiera explayar el autor de la novela. En este sentido, Lorenzo Silva se limita a ejecutar pinceladas breves y certeras en la mayoría de los casos. Y es que ya no están los tiempos y los usos lectores para demorarse en extenuantes retahílas descriptivas decimonónicas.

En lo relativo a los personajes y a su manera de expresarse es donde se puede encontrar alguno de los cadáveres que el escritor de Getafe va dejando abandonados en la cueta de su novela. Si bien el tono irónico que predomina en el habla del brigada Vila funciona perfectamente para redondear la personalidad de dicho personaje, el contagio de ese mismo tic a algunos otros personajes de la novela chirría en el oído del lector –especialmente cuando se trata del hijo adolescente de Vila- y los desdibuja.

Por otro lado, la viveza y verosimilitud de las conversaciones relativas, por ejemplo, a las escuchas telefónicas necesarias para que Vila y su gente progresen en su investigación contrastan con el carácter monolítico, cerrado, perfecto de buena parte de los diálogos desarrollados en La estrategia del agua –sin puntos suspensivos siquiera que reflejen duda, vacilación,… qué sé yo-.

En cualquier caso, a pesar de lo dicho en estos últimos párrafos, La estrategia del agua no parece merecedora de meterla en la cárcel de las novelas prescindibles, pero el investigador-crítico ha de estar atento a todo, si quiere cumplir honestamente con su función. No vaya a ser que, tal como está el patio, alguien vaya diciendo por ahí que uno prevarica y el arriba firmante corra el riesgo de verse perseguido por Vila y Chamorro o, en el peor de los casos, por jueces que amparan intereses espurios. Pero esa es otra historia.