26 abril 2010

Contra la vanidad

Tarde o temprano
(Poemas 1958-2009)

José Emilio Pacheco

Tusquets, 2010

840 páginas

ISBN: 978-84-8383-236-3


28€





Joaquín Blanes

Somos la vanidad más burda e insensata, prueba de ello está en algunas cadenas de televisión que fomentan la estulticia como forma de vida y el entretenimiento insustancial, la lobotomía mediática, como confort y recompensa a nuestra vida agitada. El protagonista es ahora el más idiota, la sensatez es repudiada y la cultura se repele como si fuera una mosca cojonera. La razón es relegada a un segundo plano, a la caverna de horarios imposibles; salvo honrosas excepciones. El que quiere cultura debe adentrarse en los guetos de las cadenas menores. Quedan sobre la superficie los diletantes del cotorreo, el bullicio y la desmedida, la palabra soez, el chiste guarro y el modelo a seguir es una Barbie de cara postiza que escribe Alhambra como le da la gana y se reafirma en su gracia. “Cámaras y micrófonos testimonian qué triste y sórdida es la existencia humana”, dice el poeta humilde, José Emilio Pachecho, el poeta que se fue poniendo triste con los años, dejando de lado la ironía de sus primeros poemas, como en “Ya todos saben para quién trabajan”:

“Traduzco un artículo de Esquire
sobre una hoja de la Kimberly-Clark Corp.,
en una antigua máquina Remington.
Lo que me paguen irá directamente a las arcas
de Gerber, Kellogg's, Procter and Gamble, Nabisco, Heinz,
General Foods, Colgate-Palmolive, Gillette
y California Packing Corporation.”

La deuda creativa de los escritores queda al descubierto cuando deciden traducir a otros autores. Las traducciones se convierten en una declaración de principios, en una encendida poética y en un homenaje sincero a la herencia directa de sus propios escritos. Cortázar tradujo a Edgar Allan Poe y se nota en sus cuentos; del mismo modo que Ángel Crespo respiraba Pessoa por los cuatro costados y, en España, no se puede entender Pessoa sin Crespo ni la poesía de Crespo sin Pessoa. Que José Emilio Pacheco haya traducido a T.S. Elliot, Oscar Wilde y Samuel Beckett, entre otros, explica su propensión al pesimismo y la ironía jocosa en una misma balanza. Pacheco desmonta el antropocentrismo y deja constancia de la mísera particula que en realidad es el ser humano frente a un universo que, ya lo decía Woody Allen en Annie Hall, inevitablemente se expande, pero Brooklyn está aquí, protestaba su madre, y Brooklyn no se expande. Pacheco pertenece “a una era fugitiva, mundo que se deshace ante mis ojos.”
Tusquets Editores en su colección Nuevos textos sagrados compila los catorce poemarios publicados por el poeta desde Los elementos de la noche (1958-1962) hasta La edad de las tinieblas (2009), su último poemario en prosa. Una edición delicadamente cuidada en la que se puede contemplar la evolución del último Premio Cervantes. Poeta de lo cotidiano, sin llegar a ser tan terrenal como Neruda, Pacheco no es la alabanza del pan, de la madera, del sudor, de la cebolla o del congrio, es la oposición de la naturaleza frente al uso impúdico que hace el hombre de estas esencias. Su poesía se balancea entre el abismo de la desdicha y el aprecio a las cosas mínimas. “Elogio del jabón”, poema que abre La edad de las tinieblas, enfrenta la pureza natural del jabón oval con el destino trágico que le depara su utilidad: “Duele que su destino sea mezclarse con toda la sordidez del planeta.”
Menos melancólico y mucho menos egocéntrico que Sabines, menos carnal si se quiere en el muestrario de su ars amandi, Pacheco despliega su palabra con sobriedad y contención, midiendo cada verso, haciendo que la pulcritud y el ritmo brillen con explendor. A lo largo de los años, la poesía de José Emilio Pacheco se ha ido desnudando de elementos futiles, convirtiéndose en una herida sincera y tangible, obcecada en su idea de lo efímero, lo inevitable y el desencanto como parte esencial de la belleza si se sabe convivir con estos componentes de la existencia humana.

“Goza de tu victoria porque un día
Tú serás como yo el intruso,
El viejo asqueroso.
El señor Morón
Que va en pos de un deseo imposible”.

Pacheco se sirve de diferentes géneros como la epístola o la fábula (ingeniosa crítica de la vanidad de los poetas la fábula del sapo Ibis) e incluso de la crónica, recordando la matanza de Tlatelolco en uno de sus poemarios más conocidos y logrados: No me preguntes cómo pasa el tiempo. consiguiendo una diversidad de estilos en sus poemas que lo convierten en un autor versátil sin abandondar el tono característico de su verso.
La poesía de José Emilio Pacheco tiene la consistencia de un manjar, debe disfrutarse con mesura, para saborearla en toda su amplitud; una lectura acelerada, sin degustación y deleite, produciría el efecto contrario, un rápido empacho, una lectura superficial y ciega de lo que en realidad esconde cada verso. Debe leerse con detenimiento y cuidado, con el fin de paladear e ir descubriendo cada uno de los ingredientes que aderezan, uno sobre otro, cada poema, hasta descubrir el ingrediente principal, el secreto escondido de todo tesoro; en José Emilio Pacheco la honradez.

3 comentarios:

Juan Carlos Sierra dijo...

Qué grande es Pacheco y qué gran artículo, Joaquín.

Joaquín Blanes dijo...

Se agradece el halago. He sido un osado al reseñar poesía, no es mi terreno, pero Pacheco se merecía una entrada.

tatus dijo...

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