17 mayo 2010

Diamante hermoso y afilado


La carretera

Cormac McCarthy

DeBols!llo, 2009

ISBN: 978-84-8346-868-5

210 páginas

7,95 €

Traducción de Luis Murillo Fort


Daniel Ruiz García

La crítica cinematográfica ha tratado de forma desigual a la película La Carretera, protagonizada por el cada vez más revalorizado Viggo Mortensen. No nos toca a nosotros meternos en ese fango, pero el estreno del largometraje ha servido una vez más para desempolvar otra obra del escritor norteamericano Cormac McCarthy, quien se está acostumbrando en los últimos tiempos a adaptaciones cinematográficas de altos vuelos en taquilla (El hombre que susurraba a los caballos, No es país para viejos…). Sin haber visto La Carretera, estoy dispuesto desde ya a suscribir el manoseado y algo irritante tópico que siempre ha prevalecido en el maridaje entre cine y literatura, y por el cual el libro siempre es mejor que la película.

La Carretera, que por cierto fue premiada con el Pulitzer en 2007, es una obra inmensa. Inmensa no por su extensión, que es más bien breve, ni tampoco por la peripecia que la ocupa –los personajes de la novela pueden contarse con los dedos de las dos manos-, sino sobre todo por el trasfondo de la historia, por la dureza insondable de lo que cuenta.

McCarthy es, a qué dudarlo, uno de los monstruos de la literatura contemporánea. Solo un monstruo es capaz de construir una trama que se sostiene sobre tres personajes, uno de los cuales no habla, porque en realidad funciona como un símbolo. Corrijo: los tres personajes son símbolos, con un poder metafórico que acerca la novela a una dimensión lírica más propia de la poesía. Hay un padre, un hijo y una carretera. El padre y el hijo avanzan por la carretera hacia el sur, buscando el mar y sobreviviendo a duras penas en un mundo devastado por la penuria, la degeneración del ser humano (el canibalismo es prácticamente la única forma de supervivencia) y una naturaleza que uno imagina como un escenario post-atómico. Siempre hace frío, y además de agua llueve ceniza. Una ceniza que hace el ambiente irrespirable, enfermizo. Hay pocos hombres, y los que quedan buscan alimento y son más bien alimañas, seres humanos degenerados regidos por atavismos y donde la palabra, la abstracción, ha sido prácticamente suprimida en beneficio del instinto de supervivencia. Son como hombres del Paleolítico, sólo que envueltos de una estética de carritos de la compra, perros abandonados y basura. La estética del prototípico homeless norteamericano. Supervivientes en un mundo abocado al exterminio, en el que un padre lucha por mantener con vida a su hijo, siempre obsesionado con llegar al sur, hasta el mar, otro personaje-símbolo con el que se evoca el anhelo de salvación, la aspiración humana de la redención por encima de la miseria cotidiana.

Es un libro durísimo, que sin duda tocará especialmente la fibra sensible a los que, como quien esto suscribe, tienen hijos pequeños. Un libro cuya principal fortaleza es el estilo: un estilo lacónico, directo, con una fuerte presencia del verbo, que otorga un gran dinamismo a la novela y favorece un ritmo de lectura casi adictivo. Una vez que empezamos a leerlo, ya no podemos abandonarlo, porque necesitamos saber, porque tenemos que conocer qué pasará con el padre y sobre todo con el hijo en ese camino sin regreso hacia la playa por una carretera plagada de amenazas.

Confesaré algo: es de los pocos libros que he leído que me han llevado a llorar. Llorar con un libro no es tan fácil como hacerlo con una película, porque la palabra está mucho más dirigida al intelecto, y el proceso de lectura lleva implícita necesariamente una cierta distancia. No obstante, estamos hablando de una novela que está escrita con tinta, sí, pero también con ese otro material invisible con el que escriben sólo algunos privilegiados. Privilegiados como McCarthy, capaces de arañarte el alma, el corazón, las tripas, o como queramos llamarlo, a través de palabras tan hermosas y afiladas como puntas de diamante. Léanla, se lo recomiendo. Aunque sólo sea para corroborar una vez más el irritante tópico de que el libro siempre es mejor que la película.

[Publicado en la revista Billete Único]

3 comentarios:

El hombre inmortal dijo...

Dos o tres veces que he salido en busca de libros he reparado en éste, tan ligero, y que siempre ha suscitado mi atención. No sé que me ha hecho detenerme hasta ahora, pero creo que a la próxima será la vencida.
Saludos.

José Almeida dijo...

Es una novela espléndida, un puñetazo en el estómago que obliga a una digestión lenta una vez acabas la última página. Yo sí he visto la película y el tópico vuelve a ser una vez más cierto: no le llega a la suela de los zapatos a la novela, aunque sea una película digna y una adaptación respetuosa. Pero era imposible que Hollywood se atreviera a plasmar la extrema dureza de lo que muestra McCarthy sin recurrir a elipsis y música sentimental, y además hay que tener en cuenta que la fuerza de esta novela radica en ese estilo lacónico y directo que comentas, que desarma al lector dejándolo sin coraza, desnudo y desprotegido frente a la historia, algo muy difícil de llevar a la pantalla sin grandes dosis de creatividad.

Cinematográficamente y sin ser una adaptación por supuesto, está más relacionada con esta historia El tiempo del lobo, la película de Haneke, muy recomendable y, en mi opinión, complementaria a La carretera, como si fuera una precuela que nos contara las primeras semanas tras ese misterioso apocalipsis que destruye nuestra civilización. Y desplazando el foco de la historia de lo personal e íntimo a lo colectivo.

También muy recomendable de McCarthy Meridiano de sangre: el juez Holden es de esos personajes que perdura para siempre en la memoria

Fran G. Matute dijo...

Un comentario un poco tardío, pero es que me acabo de dar cuenta al releer esta excelente y sentida reseña: "El hombre que susurraba a los caballos" no está basada en ninguna obra de Cormac McCarthy. Me imagino que te refieres a "Todos los hermosos caballos"...