15 noviembre 2012

Dividiendo por cero

Conversaciones con David Foster Wallace

Stephen J. Burn

Pálido Fuego, 2012

ISBN: 978-84-940529-0-3

238 páginas

18 €

Traducción de José Luis Amores Baena



Fran G. Matute

Reconozco que mi primer “héroe literario” fue David Foster Wallace. Hasta la aparición de La niña del pelo raro (1989) ningún autor contemporáneo había sido capaz de llamarme la atención de ese modo. Vivía, prácticamente, de la literatura de otras épocas ya que nadie parecía hablar, desde el presente, de las cuestiones intelectuales que me interesaban por aquel entonces. Así que la irrupción de DFW (así es como los entendidos dicen que hay que referirse a él) en mi mundo fue algo así como la aparición de los Beatles para la generación de mis padres. Y por ello me convertí en ‘fan’ acérrimo de DFW. ¿En qué sentido? En el más literal de ellos: esperaba ansioso la publicación de cualquiera de sus referencias -ya fueran relatos, novelas o ensayos- que compraba el primer día que se ponían a la venta, hurgaba por internet cuantas noticias salieran acerca de la vida y la obra del neoyorquino y -a mi juicio, lo más importante- tenía clarísimo que DFW escribía para gente como yo, que era el único que entendía mi visión de las cosas y era, además, capaz de plasmarlo brillante y elocuentemente en el papel. En sus páginas me encontré con el escritor que siempre estuve, inconscientemente, buscando y la conexión fue inmediata. Menos mal que nunca me dio por lo del pañuelo en la cabeza, aunque uno siempre está a tiempo de hacer esas cosas.

Partiendo, por tanto, de mi condición de fanático incondicional y tras la impactante noticia de su suicidio a la temprana edad de 46 años, uno es consciente de que seguirá saliendo ‘per saecula saeculorum’ material escrito por o alrededor de DFW sobre el que habrá que discernir -una tarea hercúlea, por otra parte- la necesidad o no de su consumo (si alguno de los lectores es 'fan' de Jimi Hendrix ya sabrán a lo que me refiero con lo anterior). Así que nos topamos aquí con la primera referencia de una atrevida editorial que se descuelga con un compendio de entrevistas realizadas a DFW a lo largo de su corta carrera como escritor y editadas por Stephen J. Burn bajo el título Conversaciones con David Foster Wallace. Y lo primero que debemos decir es que el resultado de la lectura de estas entrevistas es absolutamente revelador. Es probable que para el ‘connosieur’ no se aporten grandes nuevos datos objetivos pero la gracia de esta colección de entrevistas es la visión cronológica que ofrece de la psicología del personaje y que, leídas las entrevistas 'post mortem', son extrañamente coherentes, desmitificadoras y, por qué no decirlo, entretenidas.

Bien es cierto que no todas las entrevistas son igual de potentes. De hecho, claramente podemos erigir la realizada en 1993 por Larry McCaffery para la Review of Contemporary Fiction como la más completa y nutritiva de todas. Influye mucho, en este caso, el nivel intelectual del interlocutor de DFW, pues es precisamente en el enfrentamiento dialéctico donde surge la magia. Parece como si el cerebro de DFW no estuviera preparado para la cháchara vacua. Cuando recibe preguntas genéricas del tipo “¿cómo te imaginas a tus lectores?”, DFW no es capaz de responder de forma sencilla o concisa. Necesita verdaderamente responder A ESA pregunta que se le ha formulado. Prepara al entrevistador, de hecho (invento el proceso de digestión mental de DFW): “¿De verdad quieres saber mi opinión REAL sobre tu pregunta?”, esto es, “No me lo estás preguntando por preguntar, ¿verdad? Entiendo que no quieres mi respuesta para cumplir con una obligación por tu parte que es llevar a una redacción de un periódico mi entrevista y poder rellenar así un hueco en la revista para la que escribes o lo que sea, sino que es que estás verdaderamente interesado en la respuesta que DFW es capaz de dar a tu pregunta porque te interesa lo que tengo que decir y no me estás pidiendo que haga un esfuerzo para nada.” Así parece funcionar el cerebro de DFW y no es por falta de ironía (sus lectores saben que de eso va sobrado) sino que es por un prurito filosófico de búsqueda de la verdad más absoluta posible.

Cuando DFW opina sobre una materia y tiene un mínimo de conciencia de que lo que está diciendo sea más subjetivo que otra cosa, tiende a incluir en su respuesta una coletilla al respecto. Digamos que es incapaz de hablar por hablar o dar respuestas no meditadas profundamente. Esto otorga una coherencia bestial a todo lo que DFW dice y escribe. De ahí que esa coherencia se vea reflejada en todas las entrevistas incluidas en estas Conversaciones... en las que a veces se repiten preguntas por parte de los entrevistadores pero la visión de DFW a lo largo de los años es esencialmente la misma.

Destacamos este rasgo del carácter de DFW porque nos parece que está íntimamente relacionado con su formación matemática (le chiflan personalidades como Riemann y su búsqueda del cálculo infinitesimal) y filosófica (el Tractatus de Wittgenstein es lectura de cabecera) que son los elementos que, a nuestro juicio, conforman los pilares de su literatura. Una escritura aparentemente meándrica que tiene un punto de llegada clarísimo. Su defensa de cada uno de los párrafos de la monumental La broma infinita (1996) es prueba de ello. De alguna forma es como si aquella novela fuera una ecuación enorme que tiene una resolución evidente en la cabeza de DFW. El problema es que los lectores no llegaremos nunca a tener esa clarividencia.

También resulta esclarecedora la batalla que DFW tiene contra la postmodernidad formalista de la vieja escuela, contra sus propios pecados como escritor (el abuso de las notas a pie de página) o contra la “experimentación” sin sentido. De nuevo volvemos a la necesidad intrínseca de que las piezas formen parte de un todo más elevado y esto se convierte en verdadera obsesión para el autor de El rey pálido (2011), una obra que, tras leer estas entrevistas, nunca debería haberse publicado pues estoy convencido de que DFW no lo hubiera aprobado de estar vivo.

Otro de los mantras de DFW es su relación con la cultura popular (me atrevería a decir que, sobre todo, con la televisión) que es concebida como una expresión más de la actividad del ser humano contemporáneo y que, por tanto, no incluirla en su obra sería como negarle "realismo" a lo cotidiano. Aunque probablemente sea este el debate menos enjundioso de todos los que la literatura de DFW puede ofrecer, por ser un tema sumamente superado hoy día, resulta interesantísimo ver cómo Foster Wallace justifica sus decisiones de incorporar estos elementos en su obra. Volvemos a esa confrontación entre el realismo "con R mayúscula" y "con r minúscula" que parecía mantener con su compañero y némesis Jonathan Franzen (de la que tuvimos ocasión de reflexionar en nuestra reseña de Libertad) y que quedó irresuelta con el fallecimiento de DFW.

Por último tenemos al DFW de carne y hueso que se deja ver en los retratos que los entrevistadores hacen de él tras conocerlo en persona. El genio de mirada limpia y amable. El talento imponente de una persona adicta a todo lo que se le pusiera por delante (de hecho no quería ver televisión por este motivo, porque ejercía un influjo de fascinación tan grande que tenía miedo de quedarse absorto de por vida mirando esa luz tan entretenida -fobia esta que trató en La broma infinita-). El matemático y filósofo frustrado que acabó convirtiéndose en el escritor definitivo de su generación y, por qué no decirlo, del final del siglo XX. Demasiadas responsabilidades para un joven con problemas de sociabilidad que lo único que quería era dividir las palabras por cero y crear una literatura tendente al infinito.

Lean estas Conversaciones con David Foster Wallace si son seguidores del personaje -insistimos, son verdaderamente reveladoras- pero sepan que esto no es más que un aperitivo así que prepárense para lo mejor: la publicación de La escoba del sistema (1987), la primera novela de DFW aún inédita en castellano. Entonces, mundo editorial, por favor, dejen a los 'fans' descansar en paz. No convirtamos a DFW en el Jimi Hendrix de la literatura.