28 noviembre 2012

'New Age'

Dioses sin hombres
 
Hari Kunzru
 
Alfaguara, 2012
 
ISBN: 978-84-2040-313-7
 
448 páginas
 
19,50 €
 
Traducción de María Fernández Soto
 
 
 
José Martínez Ros
 
La primera novela que leí del autor anglo-indio Hari Kunzru se titulaba Leila.exe. Di con ella por casualidad en la estantería de un compañero de piso y, excepto el título, no recuerdo nada más, así que como mínimo puedo decir que ni me dejó una gran impresión ni me pareció muy memorable. Su nueva obra, Dioses sin hombres, es, sin duda, mucho más ambiciosa, y por ello ha merecido varios premios y los parabienes de la crítica anglosajona; se trata de un nuevo ejemplo de una de las formas novelísticas que parece tener un mayor porvenir en nuestra época: la novela compuesta por diversos cuentos o micronovelas entrelazadas, la novela de pretensiones globales en la que personajes de distintos lugares e, incluso, épocas convergen en torno a un núcleo central, normalmente oculto. Podemos citar, por ejemplo, obras recientes y magníficas como Las horas de Michael Cunningham, El tiempo es un canalla de Jennifer Egan o El atlas de las nubes y Escritos fantasmas de David Mitchell, la portentosa 2666 de Roberto Bolaño y, remontándonos un poco más, novelas pioneras de la postmodernidad como V de Thomas Pynchon.

El centro narrativo y físico de Dioses sin hombres son tres rocas en el desierto de Mojave, en California que “brotaban disparadas hacia lo alto, como los tentáculos de alguna criatura antiquísima. Eran apéndices desgastados por la erosión que sondaban el cielo”. Hacia ellas se dirigen, en distintos tiempos y espacios, un jesuita español del siglo XVI, un místico buscador de oro, un etnólogo interesado en las leyendas de los indígenas de la zona, una pareja que pierde a sus hijo en el peor momento de su relación, un predicador convencido de que sólo los extraterrestres pueden salvar a la humanidad del desastre en la era atómica, una estrella del rock británica de tendencias autodestructivas y muchos otros personajes… Kunzru, siempre en tercera persona, demuestra una sorprendente capacidad para variar la música de su prosa acuerdo a la óptica y la lógica de sus personajes, que buscan en ese misterioso afloramiento rocoso una respuesta a sus miedos, su soledad, su locura.

Toda la novela -hay que advertirlo- está impregnada de un tono milenarista, entre épico y espiritual que, en ocasiones, resulta algo forzado, sobre todo cuando Kunzru entreteje la tupida red de casualidades y ecos que unen a todos los protagonistas en ese escenario desolado (por momentos, creemos que nos hallamos de un "remake" literario de esa temprana obra maestra de Spielberg titulada Encuentros en la Tercera Fase). Pero, a mi juicio, las ligeras incongruencias y las coincidencias exageradas que comprometen nuestra credulidad -un poco como en las primeras películas de Iñarritu, de Amores Perros a Babel-, no terminan por derrumbar ese inmenso castillo de naipes narrativo gracias al buen hacer del autor.

Dioses sin hombres es una novela recomendable, a ratos apasionante, pero lo que muchos lectores no perdonarán a Kunzru es, probablemente, el final. Toda la obra sostenida sobre un enigma se dirige, por muchas vueltas que vaya dando su trama, hacia su inevitable desvelamiento… y en este caso el autor ha jugado con nosotros con cartas marcadas. Digamos que si ustedes odiaron el último capítulo de Lost, sentirán deseos homicidas con lo que les ha preparado este (muy) talentoso fabulador.