30 noviembre 2012

Un cuenco de cerezas



El sol en la fruta

Ioana Gruia

Renacimiento, 2011

ISBN: 978-84-8472-663-0

56 páginas

9 €

Premio de Poesía Andalucía Joven 2011



Antonio Rivero Taravillo

Con este poemario obtuvo Ioana Gruia (Bucarest, 1978, pero asentada en Granada desde hace años) el Premio de Poesía Andalucía Joven correspondiente al pasado año. Más que una suma de poemas, El sol en la fruta es el bello producto de la interacción de estos, un libro orgánico, en el que las partes contribuyen a fortalecer el todo. Por eso, porque los poemas se enredan fértilmente en un conjunto de relaciones, complicidades, ligazones, podríamos afirmar que se trata de un cesto o cuenco de cerezas. Como el que aparece ya en el segundo poema del libro (que es casi el inicial, porque el primero podría calificarse más bien de una poética, pliego de intenciones o testimonio de las causas de la escritura de la autora).

Son las cerezas del cuenco de “Canción para un instante”, brillantes bajo el sol, símbolos de la felicidad. Tras escribir Gruia que “Por la ventana abierta el sol de junio / entraba a raudales en el cuarto”, añade como estrofa siguiente: “Tú me habías traído un cuenco de cerezas. / Cogí despacio una y la miré al trasluz, / me la llevé a la boca y la mordí. Sabía / a sol y a piel y a lluvia, a verano, a ti.” Pero el rabillo de la cereza que es este poema se enreda, traspasando las páginas, en el de “Refugios”, donde leemos: “Los dientes en la pulpa de la fruta. / Los destellos rojizos de un cuenco de cerezas.” Y, aunque en una fruta distinta, en “Los limones” hallamos en sus versos finales: “Cierra los ojos / y encima de su rostro ve las frutas / y el resplandor solar de sus cortezas.” Por último, varias páginas adelante encontramos el poema que da título al libro, “El sol en la fruta”, cuyas dos estrofas intermedias narran lo que luego veremos es la posesión, mediante el gusto, de “la luz hecha de tiempo, / la piel de la cereza.” Estos seis versos a los que me refiero dicen así: “Vio la mano de un niño / que se hundía en el cuenco / y apresaba cerezas. // Como entonces, hundió / en el cuenco la mano, / apresando la fruta.”

Bien, hemos sacado ya un manojo de deliciosas cerezas, de frutas bajo la luz del sol que las intensifica en su presencia, en su deseo. Pero hay otros elementos que se ensortijan en este poemario, como por ejemplo el pintor estadounidense Edward Hopper. El verso anterior a aquellos “Los dientes en la pulpa de la fruta. / Los destellos rojizos de un cuenco de cerezas”, de “Refugios”, reza: “Siempre un cuadro de Hopper.” Y en las páginas 36 y 37 hallamos “Morning Sun” y “Habitación de hotel”, que llevan como sendos subtítulos “Sobre un cuadro de Hopper” y “Otro cuadro de Hopper”. En ellos, Gruia utiliza esos ambientes misteriosos y solitarios del artista para crear otra forma de arte, en este caso verbal. Pero hay más cerezas que se enredan en las páginas de este breve y hermoso libro. Así, Borges, que sirve para la cita de un poema con ese tan familiar como irrebatible “La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado”, es también el inspirador formal y temático de “Conjuro contra la vejez”, un soneto al modo isabelino inglés, que no puede oler más a Adrogué o la calle Maipú de Buenos Aires y sin embargo es más que un aventajado ejercicio. Dos es también el número de citas de la escritora neozelandesa Katherine Mansfield que comparecen en el libro.

Están luego las ciudades, París y Bucarest. Los versos siguientes a aquellos ya citados “Los dientes en la pulpa de la fruta. / Los destellos rojizos de un cuenco de cerezas”, de “Refugios”, dicen: “Un puente, / y el brillo de la torre Eiffel, lejanos.” Y todo un poema se dedica a la capital gala o la ciudad del Sena según los clichés y aquí, porque estamos hablando de poesía, “París” a secas. Es un buen soneto amoroso que tiene la particularidad de que en la posición de los tercetos y en su misma distribución estrófica la autora ofrece tres pareados, una forma infrecuente. Vuelve a aparecer en “Monsieur Jacques”. En cuanto a su ciudad natal, a la que el comunismo convirtió en un horror, también arquitectónico, se nos muestra en otro par de poemas donde no se nombra (“El olor de las ruinas” y “La ciudad interior”) y uno donde sí se muestra explícita, “Bucarest” y que se cierra con este nada halagüeño “¿Es ésta una ciudad / o acaso un cementerio?”.

Y vamos terminando. Hay un poema titulado “La isla del tesoro”, donde se habla de la escritura poética (“Filibusteras natas, / las palabras jamás / piensan en el naufragio.”). Pues bien, en el ya mencionado “Monsieur Jacques” hallamos el libro de Stevenson, ahora él mismo, no como símbolo. Y se lo nombra en español, la lengua del poema, y en francés, no olvidemos que el poema se desarrolla allí, en París: “Me acerqué a ver el libro que leía: / L’îsle au trésor, edición ilustrada.”

Subrayar estas coincidencias no es, por supuesto, anotar las limitaciones de la poesía de Gruia, sino por el contrario destacar su coherencia, la arquitectura de los pasadizos que unen los poemas. En cuanto a la expresión, esta es muy cuidada, y abunda en acertadas comparaciones y metáforas. Un verso traigo aquí en el que entrechocan las figuras de la hipálage y la sinestesia: “El tintineo blanco de dos copas de vino.”

Al tratar el amor, la nostalgia, las emociones que despiertan personas y lugares, la poeta se sirve de un verso musical (generalmente, endecasílabo y heptasílabo) que para nada hace sospechar que el español no sea su lengua nativa.

Gruia, en variación del poema de Jaime Gil de Biedma, no volverá a ganar el Premio de Poesía Andalucía Joven. Da igual. Seguramente ganará otros. Y, no nos engañemos: lo de menos es ganar, o no, premios. Lo que de verdad importa es escribir buenos, hermosos poemas. Creo que podemos esperar muy buenos frutos de Ioana Gruia en el futuro.