21 noviembre 2012

Lo esencial

José Martínez Ros
 
Llega el otoño. Refresca por las noches, una primera hoja se desliza, verde y ocre, desde la capa de un árbol, toca reincorporarse a la rutina laboral. También puede ser un buen momento para reencontrarse con el más secreto de los géneros literarios: la poesía.
 
 
La bicicleta del panadero
 
Juan Carlos Mestre
 
Calambur, 2012
 
ISBN: 978-84-8359-238-0
 
480 páginas
 
25 €
 
 
 
 
 
Pocos confían en las multiplicaciones bíblicas / Nadie encuentra en el río pepitas de oro / Ningún periódico trae un ruiseñor en la primera página.”
 
Empezamos por el leonés Juan Carlos Mestre, uno de los autores más asombrosos de la literatura española actual. Un libro como La bicicleta del panadero (Editorial Calambur) parece capaz de traducir el mundo con ojos nuevos gracias a su fuerza imaginativa, a la alquimia incansable de sus versos (en la que se advierten ecos perfectamente asimilados de PoundWhitman o Gamoneda). Mestre está dispuesto a demostrarnos que no es surrealista el poema sino la realidad. La realidad transfigurada por el alcohol, el amor o el insomnio, inconcebible y terrible en su belleza.
 
"Es la hora de la noche y sus duras arrugas que la luz derretirá temprano. La hora de las cremalleras cerradas hasta el cuello y los finos dedos que desenroscan la cantimplora. Cuando ciertos ancianos, ciertas aguas carcomidas por el cáncer, ciertas inconcebibles narraciones distraídas por el contador mentiroso abandonan la escena de los boulevares La hora del reloj de pared y el teléfono móvil que suena en la sepultura. La hora de los mercados y las camas donde se entrelazan los convidados a no despertar tras los tabiques del Hudson.
 
Eras a la que por primera vez pregunté quién era / Un animalito azul que toca el violín entre las nubes teñidas de Chagall / La aldea que comienza en agosto la corcita tumbada sobre el orégano / Eras la lluvia con cabeza de alfiler el inicio del agua / La reina la luna envejecida por la noche del padre / Eras lo que veo cuando miro una campana con los ojos cerrados / Lo naciente tantas veces al día lo escuchado sin que se oiga."
 
Los poemas de Juan Carlos Mestre adoptan distintas formas: versos libres, versículos, letanías, oraciones y, en muchas ocasiones, el monólogo de un individuo que contempla el mundo desde una perspectiva a veces irónica, a veces teñida de entusiasmo o de dolor, que desafía con la lógica de las emociones las servidumbres del lenguaje, que trata de definirse, de reivindicar su autonomía estética, su derecho a buscar la felicidad y su rechazo al sufrimiento y los fantasmas de la historia. 
 
"[…] y más de ciento cincuenta mil campesinos, según datos del Ministerio de Agricultura de la India, utilizaron los pesticidas, adquiridos bajo préstamos de usura, para suicidarse, óyelo bien, para suicidarse. En Kerala, en Karnataka, en Andhra Pradesh, terminada la primavera, se recoge el algodón para los saris blancos de las vestidas de luto. 
 
No fue, desconfiaba de la pureza del dolor / Y la ilimitada tristeza de los funcionarios / No puso ningún libro por almohada / La minoría es él, también la muchedumbre / Alguna estrella debería llevar su nombre / Algún solitario girasol entre los zarzales / Algo que no hizo: callarse."
 
Después de leer La bicicleta del panadero (y su libro anterior, el también magnífico, La casa roja) tengo dos certidumbres: Mestre es un poeta mayor y somos afortunados por el simple hecho de ser sus contemporáneos; y lo seríamos mucho más, si mucha más gente lo leyera: el mundo empezaría a cambiar.
 
Cartas del verano de 1926
 
Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak y Rainer Maria Rilke
 
Minúscula, 2012
 
ISBN: 978-84-9558-788-6
 
439 páginas
 
25 €
 
Traducción del ruso de Selma Ancira, del alemán de Adan Kovacsics y de los poemas por Selma Ancira y Francisco Segovia
 
Edición e introducción de Konstantín Azadovski, Evgueni Pasternak y Elena Pasternak
 
Difícilmente se podría decir que las traducciones de la poesía rusa -de un país de enormes poetas que, durante el periodo estalinista condenó a buena parte de sus desgraciados contemporáneos literarios al exilio, la muerte, la locura y un número casi infinito de formas de degradación- sean muy populares, y la razón es muy clara: en contra de lo que sucede con la poesía en lengua inglesa, francesa o italiana, parece que no se ha encontrado el modo de traducir a los clásicos rusos al español (y sí, no obstante, a sus grandes novelistas) sin que se pierda su esencia, es decir, la misma chispa de su poesía. Así, mientras que todos hemos leído traducciones más o menos brillantes de BlakeBaudelaireShelley o Leopardi, en las que, a pesar de los pesares, admirábamos un reflejo de la fuerza, de la visión, del original, creo que nadie o casi nadie ha experimentado lo mismo con Ajmatova o Pushkin
 
Esa es una de las razones, y no la única, por la que me ha parecido tan extraordinario este libro, que con el no demasiado atractivo título de Cartas del verano de 1926 nos trae la joven editorial Minúscula. Superficialmente, su contenido sólo debería atraer a eslavistas y a recopiladores de anécdotas literarias: recoge la copiosa correspondencia que mantuvieron dos de los mayores líricos rusos, Marina Tsvietáieva y Borís Pasternak, entonces dos jóvenes y muy entusiastas poetas de una Unión Soviética en la primera etapa de su Revolución, con su admirado Rilke, el autor de las Elegías de Duino, el mayor poeta de lengua alemana del siglo XX, al que no le quedaba demasiado de vida. Digo “superficialmente”, porque este mágico epistolario se lee con una pasión arrolladora. No es que sólo resulte fácil de leer -gracias a la impagable labor de los traductores-, sino que es complicado no prendarse de él. 
 
Así conocemos al tímido y prudente Pasternak, al que aún faltan décadas para convertirse en Premio Nobel, en el autor de Doctor Zhivago. Al sabio y cansado Rilke, acosado por la enfermedad Y sobre todo, a la apasionada, egoísta, inteligente y arrebatadora Tsvietáeiva, que si hubiera sido una ficción, y no un ser de carne y hueso (con una desgraciada biografía) podría haberse convertido en uno de los grandes personajes femeninos de la historia de la literatura. Sencillamente, es imposible leerla y no enamorase un poco de ella. 
 
"Sumergirme profundamente en mí misma y después de días o años -en algún momento súbitamente- devolverlo como una fuente, profundidad convertida en altura, con el dolor mitigado, transfigurado Pero no relatar: he escrito a este, he besado a aquel. “Alégrate, pronto llegará el fin” –dice el alma a mis labios. Abrazar a un árbol o a una persona –para mí es lo mismo. Es lo mismo."