30 junio 2010

Como la vida misma

La madeja y el do

Jean Christophe García-Baquero Lavezzi

Deculturas, 2009.

ISBN: 978-84-936405-3-8

224 págs.

14 euros

Rafael Roblas Caride

Hay libros que llegan a las manos casi por azar. Un día, la curiosidad abandona los anaqueles de últimas novedades, se pierde por la vorágine de tomos inclasificables de la librería y, entonces, la vista repara en un volumen –¡ése!- que, sin saber cómo, parece haber reservado una cita ineludible con el lector. Así llegó hace algún tiempo a mi mesa esta opera prima de Jean Christophe García-Baquero Lavezzi, a la sazón licenciado de derecho residente en Bruselas y finalista del Premio Ateneo Joven de Sevilla de 2007 con esta La madeja y el do, de criptográfico título. Podrían existir múltiples explicaciones, aunque en el caso que nos ocupa no creo que la atracción se produjera por el insulso diseño de la cubierta ni por la reseña de su portadilla, demasiado general y tópica. Dejémoslo, pues, en que la caprichosa rueda del destino así lo dispuso. Sin más. Queda mucho más romántico. Y misterioso.

Como misterioso es que el argumento de La madeja y el do se mantenga en pie apoyándose sobre los cimientos de la nada. Porque, digámoslo ya, la obra de García-Baquero es la novela del no-argumento, es el espejo situado en un camino que devuelve la imagen de una existencia anodina, interpretada por los habitantes de una ciudad monótona, que se identifica con la Sevilla de inicios del siglo XXI. Así, no es gratuita la cita inicial de Baudelaire que la precede: C’est l’Ennui! (“¡Es el tedio!”). Efectivamente, a pesar de la esbozada historia de amor imposible, a pesar de la trama protagonizada por su correspondiente antagonista esquizofrénico, a pesar de la crítica al mundillo universitario y a los estereotipos de una Sevilla anclada en el tiempo, La madeja y el do es, ante todo, un bucle argumental en el vacío que sumerge al lector en la incertidumbre de una historia que, finalmente, queda inconclusa y que resalta, por omisión, lugares y personajes.

Sin embargo, será preciso que tratemos de esbozar este coitus interruptus argumental, siquiera para azuzar el interés de potenciales lectores. Víctor Espejo, profesor asociado de derecho en la Hispalense, se encuentra sumido en un estado de depresión tras la ruptura de su relación con Reyes, su novia de toda la vida. Aletargado física y anímicamente por el caluroso verano sevillano, Víctor trata de recomponer su presente durante las vacaciones estivales, abandonándose para ello en la redacción de su tesis doctoral. En el relato, focalizado en una tercera persona omnisciente, confluyen otras historias secundarias, aparentemente inconexas, que al final de la narración conformarán un todo: una modelo –tan misteriosa como bella- con un confuso pasado, oscuro y casi irreal; un joven estudiante de primero de derecho, mortificado por sus obsesivos delirios esquizoides; un catedrático universitario parapléjico, cuya fuerte personalidad y carisma le permiten alcanzar todo aquello que se propone; un extrañísimo pintor, surgido de la nada cuando el azar comienza a encadenar sus hilos… y como telón de fondo –a modo de desconcertante déjà vu- la épica de Ramón Bonifaz, Almirante de la flota de Fernando III el Santo que, según la leyenda, rompió la gruesa cadena que unía las orillas del Guadalquivir, facilitando decisivamente la entrada de las tropas cristianas en aquella rendida Ishbiliya de un lejano 1248...

Pero no nos engañemos y volvamos a repetirlo: en este entramado insulso y monótono, en este intrincado catálogo de personajes estereotipados que luchan por erigirse en grises protagonistas y antagonistas, en realidad, el vencedor resulta ser el hastío de una ciudad –podía ser Sevilla o Cáceres, da igual- que devora a sus hijos con la neblina de lo intrascendente. Quizás es este el motivo por el que García-Baquero no completa el esbozo de lo apuntado con un crimen, con una muerte violenta, con un romance pleno, con un happy –o un unhappy- end,… con una explicación explícita, en fin, que advierta a modo de moraleja quién es el bueno y quién es el malo de la historia, qué es lo que debe o no debe hacerse para ser buenos chicos y que los mayores nos miren con buenos ojos. Quizás porque todos somos culpables -incluidos los lectores- cuando nos ataca el tedio.

Ante esta ausencia de desenlaces, el lector termina la novela desorientado, confundido por los firmes contornos de una primeriza novela experimental en donde se le aparece el espíritu de Joyce proyectado sobre las cales de una tapia del barrio de Santa Cruz. Y esto no es casual. También García-Baquero ha conseguido profundizar en una psicología tan impenetrable como la sevillana. Tan abundantes son las descripciones de localizaciones concretas reales de la ciudad -Molviedro, Prado de San Sebastián, Plaza del Pan- como las pinceladas narrativas que relatan sus fiestas primaverales, demostrando que el escritor posee un amplio dominio de las claves hispalenses. Un ejemplo es el pasaje en el que Víctor recuerda la estación penitencial de la Hermandad de los Estudiantes saliendo desde el Rectorado y la formación previa de sus nazarenos en los patios de la Universidad. Otro logro más, que se apunta en el haber de esta inicial aventura: incorporar la Sevilla más ortodoxa y tradicional a la novelística moderna, alejándola así de tópicos panderetiles al uso.

Pero va llegando el momento de concluir y de emitir ese veredicto que con tanta ansiedad espera el escritor novel. ¿Es o no es una lectura recomendable La madeja y el do? Tras este somero análisis, la respuesta no puede ser otra que afirmativa. Y es que, a pesar de algunos despistes estilísticos puntuales y de determinados altibajos narrativos, esta opera prima abre un camino entre la maleza que presagia un futuro más que interesante. Definitivamente La madeja y el do desconcierta. Sus lógicos balbuceos de autor primerizo y sus logros finalmente alcanzados dejan la balanza equilibrada y el ánimo del crítico en estado de impaciencia, esperando una nueva obra que confirme la vitola de prometedora promesa que se ha ganado a pulso García-Baquero con su debut en este género. Quizás esta confirmación libre a su autor de esa indolencia que, como un castigo, persigue al hombre desde el comienzo de los tiempos. Y es que también los escritores mueren de tedio.

29 junio 2010

Después de Auschwitz

Fuck America

Edgar Hilsenrath

Errata Naturae, 2010

ISBN. 9788493714567

262 páginas.

19.90 euros.

Traducción de Iván de los Ríos


Alejandro Luque


Si un lector desistiera de acabar esta novela a la altura de, pongamos por caso, la página 200, le quedaría la sensación de haber leído tan sólo una fenomenal gamberrada, una loca provocación. Baste decir que su protagonista, Jakob Bronsky, hijo de familia judía que de milagro alcanza los Estados Unidos huyendo de los nazis, se propone escribir una novela titulada El pajillero que narre su cruda experiencia en el gueto. Mientras sueña con el contrato editorial que le dará fama y prosperidad, sobrevive mal que bien entre empleos miserables y golpes de picaresca, cociéndose a fuego lento en esa cocina infernal de Times Square donde moran las putas, los parias, todos los residuos de la gran ciudad.
El sueño americano muestra su verdadero rostro de pesadilla. El miedo cambia de asiento, pero no se deja conjurar. El superviviente arrastra consigo la culpa de la salvación, la sombra de “los Seis Millones” pesa demasiado en la conciencia. Pero las urgencias de Bronsky en 1952 son de otra índole: no se come un rosco y tiene dificultades para almorzar caliente. Así, la prosa cruda de Fuck America, su tono macarra y sus fantasías sodomitas, van conduciendo al lector hacia un giro final deslumbrante, donde el diván pondrá orden y sentido a tanto caos vital, como si Woody Allen y Wladislaw Szpilman se fundieran en un inesperado abrazo.
Adorno certificó la imposibilidad de escribir poesía después de Auschwitz; Hilsenrath –quien vierte en este texto no pocas experiencias personales– viene a demostrar que, por el contrario, escribir es precisamente lo único que se puede hacer, oponer al espanto al menos un montón de palabras obscenas, febriles, alucinadas y, lo que resulta más sorprendente, nada autocompasivas y hasta cargadas de humor.

28 junio 2010

Corre, corre

De qué hablo cuando hablo de correr

Haruki Murakami

Tusquets, 2010

ISBN. 978-84-8383-230-1.

232 pág.

17 euros.

Traducción de Francisco Barberán.


Alejandro Luque

En alguna parte dejé escrito que el éxito abrumador de Haruki Murakami, sobre todo a partir de la salida a la luz de su superventas Tokio Blues, reside en eso tan evanescente que Borges llamaba encanto. El talento se desarrolla, la técnica se adquiere, pero el encanto se tiene o no se tiene. Murakami lo posee, y tanto los lectores ociosos como los muy profesionales se lo agradecen. Sólo me atrevo a aventurar una de las posibles claves de ese encanto: junto a la sobria naturalidad de su prosa, hay en sus narraciones una mirada tremendamente humana sobre el individuo, sobre la soledad, sobre la propia identidad, en especial sobre la soledad rodeada de muchedumbres –todo ello, si me permiten el tópico, muy japonés–, que acaban trazando un fiel retrato-robot del sufrido ciudadano medio en estos albores del siglo XXI, ya viva en Tokio o en Leganés.

Buena parte de esa forma de ver el mundo se la debe Murakami al gusto por el atletismo, según nos revela en este curioso libro de título carveriano. No es inusual que los grandes escritores, en un momento dado y bajo el paraguas del éxito, se permitan escribir –y publicar con buena difusión– alguna entrega más o menos excéntrica sobre sus pasiones privadas. A Murakami se le conocen dos de éstas, el coleccionismo de vinilos y las maratones, y se ha decantado por la práctica deportiva para ensayar su personal metáfora de la vida.
Cuenta el escritor que la decisión de correr y la de escribir fueron tan conscientes como espontáneas, y que abrazó ambas vocaciones con la misma determinación instintiva, de la noche a la mañana. Y no parece un paralelismo casual, pues una maratón y una novela son para Murakami un desafío análogo de las propias capacidades, de sus límites como ser humano. La respuesta al título de este libro parece evidente: cuando habla de correr, el autor habla de escribir. Es decir, de vivir: esa carrera de larga distancia cuyo camino se hace exactamente como explicó don Antonio Machado.
Hay en estas páginas curiosidades para iniciados -¿qué música escucha Murakami mientras corre, qué marca de calzado usa?-, pero también reportajismo de muchos quilates, como la minuciosa descripción de su carrera de Atenas a Maratón; brinda generosos datos sobre sus métodos de entrenamiento, pero no se olvida de deslizar reflexiones inteligentes y hasta alguna singular teoría metafísica. Por ejemplo, cuando se enfrenta a la idea generalizada de que el escritor debe ser por definición un ser sedentario y aun autodestructivo, por completo alejado del ejercicio físico: “Cuando nos planteamos escribir una novela, es decir, cuando mediante textos elaboramos una historia, liberamos, queramos o no, una especie de toxina que se halla en el origen de la existencia humana y que, de ese modo, aflora al exterior (...). Y a eso, se mire por donde se mire, no se le puede llamar una actividad ‘saludable’...”. Dejo la cita aquí, con la advertencia de que su continuación no tiene desperdicio.
De qué hablo cuando hablo de correr se antoja, pues, una lectura amena e interesante. Sin embargo, y a pesar de no ser un volumen muy extenso, mi experiencia lectora padeció una fuerte caída de interés, una suerte de pájara, hacia el final del libro. Conforme iba asomándome a las últimas páginas, sentí que Murakami empezaba a repetirse, que la descripción de sus carreras sólo variaban de telón de fondo, mientras que sus esfuerzos y sus calambres ya los había contado antes. No es fácil –todo lo contrario, es un reto muy complicado– hacer literatura con el deporte –con algunas disciplinas más que con otras– y sostener el tono, la tensión, los elementos que mantienen al lector gozosamente atrapado.
Cuando empezaba a verse la meta, en cambio, mi interés se reavivó, y hasta lamenté que Murakami despache en sólo unas líneas algunas jugosas anécdotas, como aquella vez en que John Irving (uno de cuyos libros estaba traduciendo el japonés) lo citó para correr en Central Park, porque no tenía tiempo de concederle otro tipo de encuentro. Yo tampoco tengo tiempo para más. Se me ha hecho tardísimo, he escrito esta reseña a matacaballo y debo colgarla antes de salir pitando. No sin antes darle la razón al autor de Kafka en la orilla: a veces vivir, correr y escribir son la misma cosa.

25 junio 2010

La vida y el amor en una ciudad del futuro próximo

El oficinista

Guillermo Saccomanno

Seix Barral, 2010

ISBN: 9788432212826

202 páginas

18 euros





Manolo Haro


Desde la Antigüedad Clásica, el hombre ha sido visto como un pequeño cosmos, como la armónica construcción de una serie de elementos que confluían en un ser que era espejo y reflejo de la mecánica celeste, la cual estudiaban con denuedo los filósofos. A su vez, también se le presentaba como parte de ese todo. Por lo tanto, todo y parte, máquina y engranaje, océano y gota no eran sino una manera de ver la existencia humana relacionada con el Universo y viceversa. De todo ello sacaron partido los iniciados en la Teosofía de Madame Blavatsky y Rubén Darío (“Ama tu ritmo y ritma tus acciones/ bajo su ley, así como tus versos;/ eres un universo de universos/ y tu alma una fuente de canciones”). Richard Sennett, en su libro Piedra y carne, bajaba de nivel en la búsqueda de similitudes entre el hombre y unidades mayores. Tomaba así la ciudad como cifra menor para tender lazos que pudieran relacionar ser y realidad exterior, aunque lo hacía (no olvidemos que Sennett es sociólogo) demostrando que la exhibición o no exhibición del cuerpo estaba íntimamente ligada a la conformación socio-política de las urbes y, por consiguiente, de su cultura.

En los dos últimos días de trepidante e hipnótica lectura, El oficinista de Guillermo Saccomanno me ha hecho recalar en los antiguos puertos de esas viejas lecturas citadas arriba. El caso es que para mí el autor toca un punto fundamental en el mundo de hoy: nuestras creaciones urbanas son la proyección ideológica, trascendental, psíquica y física de las criaturas que habitan esos espacios y, como no, viceversa. Las conciencia del personaje principal, el oficinista (al que se le llama así durante toda la obra), es el puro reflejo de una geografía urbana compleja a la vez que fantasmagórica. Su peripecia vital encuentra acomodo perfecto en una ciudad sin coordenadas geográficas concretas y sin un tiempo preciso, sólo un futuro despojado de esperanza. Una ciudad sin perfiles reconocibles al igual que su protagonista. Un espacio donde el terrorismo, los bloques en donde se hacinan las personas y la miseria, los perros clonados que devoran a borrachos y a drogados, las zonas sin luz en las que se practica la prostitución junto al crimen según la cotización moral de cada individuo y los helicópteros que vuelan de noche seccionando en una carnicería espasmódica millones de murciélagos se entrelazan para ofrecernos un infierno cercano a un hombre que, como diría Borges, es todos los hombres.

En esta enmarañada realidad desenvolverá su vida un individuo rengo (tanto física como psíquicamente) cuya aventura irá presentando Saccomanno por el angustioso método de la acumulación de sinsabores. El oficinista trabaja hasta tarde mientras sueña con matar al jefe. Se enamora de la secretaria (otro personaje más que no responde a otro nombre), que a su vez oficia de amante del jefe en horas de trabajo. El oficinista desconfía de su vecino de mesa, además envidiarlo y odiarlo con frenesí. Cuando vuelve del trabajo, su mujer lo golpea y abusa sexualmente de él, mientras que sus hijos andan por habitaciones aledañas. Su vida sólo cobra algo de humanidad cuando acude con la secretaria a su apartamento y comparten caricias con diferente fin: él la ama; ella sólo folla. Apenas queda tiempo para soñar en el subte, pero sus propios sueños lo convierten en un asesino: matar al jefe, matar a su compañero, matar a la secretaria, gasear a su familia... Lo único que lo humaniza es la lectura en ese tiempo de viaje en metro de revistas científicas. Como en el Buenos Aires de Roberto Arlt en los años 30 (la Década infame), en el que la literatura de quiosco divertía y formaba al mismo tiempo en un período dramáticamente crítico, este tipo de publicaciones le resultan al oficinista el único lugar al que acudir en busca de una verdad inmutable, al menos hasta la salida del próximo número de lo que lee.

Lo demás es puro disfrute. A pesar de la primera impresión que se pudiera llevar alguno de mis improbables lectores (Rodríguez Rivero dixit), la novela de Saccomanno se bebe con gozo. Su recorrido no dejará impasible a los amigos de las analogías; muchos de ellos verán entre tanto desastre y descontrol tiempos tristemente no tan alejados de nuestros días como se pudiera creer, ya que en ciertos aspectos la novela hace pensar en que el trasvase de las dictaduras del pasado argentino tienen continuidad (desarrolladas en otros parámetros) en otras futuras. Aquellas sortudas criaturas que hayan caminado por Buenos Aires podrán poner nombre a algunos de los lugares que se citan en estas páginas (Puerto Madero, por ejemplo); los que tengan pendiente darse una vuelta por allá, tendrán la fortuna (o no) de superponer el plano de esta ciudad salida de la pluma del escritor sobre cualquier urbe del occidente neoliberal o postliberal (como quieran ustedes). La irrealidad de otra novela urbanita, La ciudad de Mario Levrero, junto al ambiente obsesivo-opresivo de la Luna caliente de Mempo Giardinelli figuran, tal vez, entre las más directas influencias del Cono Sur. Ni por asomo dejen que el hecho de haber conseguido el Premio Biblioteca Breve les disuada de hacerse con ella. A esas cosillas no hay que darles importancia.

24 junio 2010

Internet sucks

Alba Cromm

Vicente Luis Mora

Seix Barral, 2010


ISBN: 978-84-322-1289-5

264 páginas

17 euros



Carolina León

Vicente Luis Mora es un hombre bastante "conocido" entre los narradores de la "nueva" generación -y perdónenme tantas comillas pero creo que cuando uno medio entra en lo que llaman alegremente el "mundillo", pero no ha entrado en absoluto, tiene todavía la posibilidad de poner todo esto entre comillas gigantes-. Dicho esto:

Cuando uno de nosotros (y me refiero a ese gran clan de los "críticos" que se divierte siendo despiadado, a los que el autor de Alba Cromm, por cierto, pertenece) pide un libro a una editorial, normalmente no lo hace con ánimo masoquista. La vida ya nos depara suficientes sufrimientos. Tampoco es Alba Cromm un libro para sufrir como lector, aunque sí como crítico. Como ya no sé ser una cosa sin la otra, hablarán las dos a la vez: ni con mucho colmó mis aspiraciones y me toca pasar a relatar los porqués.

Podríamos hablar de la trascendencia de los temas: siguiendo a Noel Ceballos (en esta entrada) no pude dejar de pensar que nuestros narradores "jóvenes" (jodidas comillas otra vez) están deseosos de ser reconocidos por lectores no tan "jóvenes", acometiendo asuntos elevados, serios y socialmente duros (como es, en este caso, la pederastia, y el consumo de pornografía infantil en Internet). Está bien. Comprendemos.

Mientras, también podemos hablar de la forma. Una forma "novedosa" (¡mosquis!) El argumento de Alba Cromm está contado en forma de crónica periodística, una crónica muy particular que además se pregunta en su transcurso por los moldes del periodismo, y se nos presenta como un dossier "especial" de una revista. Moderada experimentación, creemos.

También, un poco más allá, la "anticipación" (caramba, ya vale). En Latinoamérica llaman "relato de anticipación" a toda la literatura que pretende escrutar en el futuro más o menos lejano. La historia de Alba Cromm está situada en un indeterminado año, posterior en todo caso a 2017, donde la tecnología y la comunicación interpersonal mediante Internet han alcanzado niveles de complejidad y sofisticación, donde las estratagemas de los delincuentes son más turbias y la moralidad inscrita en todos esos asuntos es simplemente descorazonadora. Sin embargo, no hay mucho de lo que se recoge en el libro que se pueda llamar, realmente, "anticipación". Casi todo se puede leer con el filtro del "aquí y ahora": la pederastia en Internet está a la orden del día, la posibilidad del anonimato total de un hacker, también; lo que no hay manera de comerse, porque el autor no se ha detenido en explicarnos (la forma manda) es que en ese futuro plausible existan revistas de quiosco (aunque las limita a tres) o que una revista para el hombre de verdad sea un éxito porque ha llegado el momento de limitar las conquistas hacia la igualdad de las mujeres en este temprano siglo XXI. Son algunas de las salsas que se nos dan hechas y se nos escamotean los ingredientes.

En esa línea, la utilización de "discursos" contemporáneos: textos que crean el propio discurrir de la novela en forma de chats, entradas de blogs... y poco más... Nos quiere hacer creer algo sobre una Internet 3.0, pero lo que aquí tenemos es materia harto conocida. Vale, lo he pensado. La historia que nos están contando sucede más o menos en nuestros días, y de hecho parte de su elaboración está recogida en dos blogs que amplían el material de la novela: nuestros "jóvenes" narradores deberían dejar de creer que blog es algo novedoso o que con ello expresan los códigos de la época, porque simplemente están tan absorbidos culturalmente que no quiere decir nada. ¿Estos recursos entraron para llamar la atención de un público más joven que busca lo experimental, o son decisiones sin pretensiones? Ok, narrar esto sin el recurso del blog sería anacrónico. Vale.

Y por último está el personaje Alba Cromm: nuestra heroína. Decidida, obcecada, valiente, es súper policía, ¡¡es súper hermosa!! Pero ¡atención! Tiene trabas. Es humana. Los traumas impregnan su carácter. Encarna un filón de la "guerra de sexos" al pretender vivir sin hombres (desengaños varios) y, profesionalmente, persigue a los pederastas. Lo que me mosquea de esta definición (que tiene los mimbres para enamorarnos, yo también quiero vivir sin hombres) es que el autor necesite hacernos ver tantas veces que es superior a la raza humana (en las declaraciones de los otros personajes, en un falso espejo). Una redondez falsa y una elaboración un tanto precaria: ni la adoras como súper mujer ni la respetas por sus debilidades.

Alba Cromm constituye un juego bien armado, con las tramoyas muy visibles. Por eso me vuelvo a preguntar dónde está el lector. Si pretende divertirnos, entretenernos, o hacernos pensar en el nivel argumental , puede decirse que el producto se deja leer y mantiene tensión e intriga, pero lo he pasado mucho peor/mejor con uno de Donna Leon o de Henning Mankel. Está lleno de intentos formales, ¿me quiere como lectora preocupada por la materia teórica, metaliteraria? Creo que no me quiere. No hay tal experimento, una revista es algo tan anticuado como un álbum de fotos en formato físico. Por eso no sé a qué atenerme, pero no le quito el mérito de hablar de una verdadera lacra criminal y hacerlo de manera elegante. Ahora bien, la multitud de cuestiones alrededor de la historia (las taras del personaje, el reportero y el reporterismo, los supuestos avances en comunicación interpersonal) creo que opacan y sepultan el primer tema de la novela. Los juegos formales, en fin, no sé a qué lector reclaman. Pero en mi conclusión, y en lo que toca al disfrute de la literatura, sabemos que Internet, y los blogs, suck.

23 junio 2010

Tratado sobre el humor

Mi gran novela sobre La Vaguada


Fernando San Basilio


Editorial Caballo de Troya, 2010.


ISBN: 9788496594456


134 páginas


12,90 euros


Daniel Ruiz García

Cuando uno adquiere cierta experiencia como lector, es fácil reconocer el brillo apenas lo tenga delante. Bastan dos páginas de arranque de un libro para saber más o menos si lo que tiene entre manos merece poco, mucho o muchísimo la pena. Leyendo el libro que nos ocupa, he tenido la insobornable sensación de que su autor, Fernando San Basilio, tiene unas dotes únicas para la escritura. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto con una novela.

Mi gran novela sobre La Vaguada es un libro que habla sobre muchas cosas. Pero sobre todo es una novela sobre el humor. Un tratado sobre la adopción del humor como estrategia y cimiento de la construcción literaria. Lo que sorprende desde la primera página es la naturalidad con que está escrita. Es un desparpajo que a mí particularmente me ha resultado insólito. Una forma de decir las cosas con una aparente ingenuidad que a la postre no hace sino añadir profundidad a lo que se cuenta. No hay ínfulas intelectuales, no hay ansia de trascendencia, no está esa babosa pretensión de intentar elevar relamidamente el tono literario plagando el texto de metaliteratura y de referencias, de homenajes zafios a clásicos y de guiños de supuesta perspicacia literaria, que no hacen sino afear el texto y ahogar el sabor de origen bajo una indigesta capa de especias.

Decía que esta novela puede leerse como un tratado sobre el humor. Porque San Basilio nos da toda una lección sobre de qué manera hay que abordar el humor para que verdaderamente resulte inteligente, para que nos conduzca a la carcajada o al menos a la sonrisa permanente. También es una tesis sobre el humor como perspectiva frente al mundo. El humor, y esa es la conclusión que uno extrae después de su lectura, es la verdadera tabla de salvación frente a la existencia, y especialmente frente a la existencia del hombre moderno azuzado por las miserias cotidianas como buscar trabajo, encontrar novia o hacer verdaderamente algo productivo con la propia vida.

¿Pero de qué va esta novela? Va de un tipo común que intenta sobrevivir en la jungla urbana madrileña, a costa de trabajos a cuál más miserable, la mayoría de ellos no pagados, y que sueña con escribir una gran novela, una novela cosmos sobre ese icono de la cultura comercial en que se ha convertido el Centro Comercial La Vaguada. La novela se conduce por esa obsesión única, escribir una gran obra aglutinante de una sensibilidad, de una forma de mirar el mundo, que sirva al protagonista para abandonar de una vez su vida de ciudadano gris y adocenado. Con esa obsesión comienza y con esa obsesión termina, sin que el protagonista llegue finalmente a escribir su obra. O más bien sí: porque en la pretensión de escribir esa gran novela está la propia novela, que es a la vez una burla de la propia pretensión. Fernando San Basilio se ríe del propio protagonista, pero en realidad se ríe de absolutamente todo. Y lo hace de la forma más inteligente y más difícil que se me ocurre: despojado de toda pretensión, de todo artificio estilístico que no sea el humor.

Ideal para el verano. Con una de éstas entre los dedos, hasta los chiringuitos de playa pueden resultar divertidos.

22 junio 2010

Una reflexión gótica



Corona de flores

Javier Calvo

Mondadori, 2010

ISBN: 978-84-397-224-58

308 páginas

20 €




Luis Manuel Ruiz

Que Javier Calvo, uno de los principales adalides de la posmodernidad en la literatura presente de este país, se descuelgue ahora con un relato rotundamente gótico, cuajado de apariciones, hemoglobina, sombras nocturnas y cadáveres escondidos, puede mover a muchos lectores al desconcierto o la sospecha. Pero quien conozca su obra un poco más de cerca, quien le haya mirado el envés o el forro, sabrá que dicho giro, mucho menos brusco de lo que aparenta a primera vista, no es casual. Ya los relatos finales de Los ríos perdidos de Londres insinuaban un viraje hacia una zona de la realidad menos oreada y rectilínea que la de sus libros iniciales, y la espléndida Mundo maravilloso (uno de los títulos clave de la última década para quien esto escribe) rozaba en algunos de sus capítulos oscuridades de mazmorra, biblioteca y laboratorio que sólo ahora, en esta Corona de flores, reciben la atención plena que merecen.

Fiel a su juego con las intertextualidades y los iconos de la cultura masiva, Calvo compone un artefacto en el que el deliberado efecto de dejà vu se escora, en ocasiones, hacia inquietantes conclusiones históricas o filosóficas. En su aspecto más obvio, Corona de flores es una novela gótica; quiero decir: un remedo de novela gótica, una novela gótica hinchada, atrofiada, hiperbólica, que explota y lleva al infinito todos los tópicos de ese género lleno de gusanos. Por tanto, sus páginas abundan en un tipo de cacharrería que hará las delicias de los adolescentes incomprendidos y las tribus urbanas de las medias rotas: cadáveres putrefactos, científicos locos, barrios por los que pululan sombras sin desembozar, catacumbas, calaveras, manicomios, tinieblas del cuerpo y del alma, vampiros y monstruos de Frankenstein. Calvo demuestra conocer a la perfección esta variante de literatura decimonónica que tiene entre sus principales referentes a Walpole, Anne Radcliffe y el Matthew G. Lewis de El Monje, y que en nuestro país siguen practicando, con acierto desigual, las plumas de Pilar Pedraza, José María Latorre y Santiago Eximeno. Pero huyendo instintivamente del polvo libresco, el autor de Corona de flores ha encauzado también a su criatura por otro tipo de afluentes adicionales. Uno desemboca en el cine de serie B, sobre todo el de los años treinta y cuarenta, pródigo en sabios desquiciados y experimentos que desafían el curso de la naturaleza; otro es la propia creación del mismísimo Calvo, con cuyo Mundo maravilloso esta novela guarda nebulosas simetrías; otro más, la literatura fantástica catalana, encarnada sobre todo en Juan Perucho y sus Historias naturales, con las que Corona de flores, ambientada también en la Barcelona de finales del siglo XIX, parece compartir decorado y figurantes.

En un plano más profundo, lo que a primera vista resulta un aparatoso divertimento gótico esconde, quizá, una reflexión llena de melancolía sobre el mundo actual y el sustrato moral (o amoral) que ocupa sus suelas. Una Barcelona que se cubre paulatinamente de polución y niebla, un reino de dioses y brujas que recula ante el avance del positivismo, artistas, autores de folletín y sabios fáusticos que certifican la defunción de la vieja moral de la caballerosidad y el asilo, apuntan en la dirección de un diagnóstico: hubo un momento en la historia en que este extraño universo nuestro surgió de las cenizas de otro universo distinto, no menos extraño y quizá tampoco apacible. Para retratar esa emersión, Calvo redacta una novela absorbente, negrísima y espléndida, como la autopsia de un bello cadáver.

20 junio 2010

Escribir y cantar desde la amistad


Romper una canción. Así se escribió el disco Vinagre y rosas de Joaquín Sabina

Benjamín Prado

Aguilar, 2009

ISBN: 978-84-03-10086-2

223 páginas

16 euros






Juan Carlos Sierra


No deja de ser algo muy particular escribir en primera persona del plural un libro sobre cómo se ha cocinado un disco, es decir, sobre el proceso de creación –digamos, literaria- de un artefacto artístico que combina música y letra. Ya que quien lo escribe, Benjamín Prado, es poeta, novelista, articulista, ensayista,… -y, últimamente, recitador y cantante ocasional con Coque Malla-, en Romper una canción pesa más, como no podía ser de otra forma, la indagación en el elemento lingüístico que en el melódico.

Lo más interesante del libro, en este sentido, se encuentra en el trabajo creativo a cuatro manos descrito en él acerca de algunas de las letras del último trabajo discográfico de Joaquín Sabina Vinagre y rosas.

Supongo que en solitario cada autor ataca la página en blanco con sus particulares estrategias, pero cuando se juntan dos creadores –y, sin embargo, amigos- hay que trazar un plan conjunto, consensuar unos mínimos, establecer unos límites y negociar los extremos de las sensibilidades y de los gustos. En el caso de Benjamín Prado y Joaquín Sabina esos pactos entre caballeros están claros desde la amistad, con sus complicidades y sus navajazos a cara descubierta –a los auténticos amigos hay que decirles las verdades-.

Si el autor de Romper una canción no ha echado mano de la ficción o de la mistificación, hay que señalar que los textos escritos bajo la responsabilidad de Benjamín Prado y Joaquín Sabina tienen exactamente lo que les hace falta. Quiero decir que las letras de Vinagre y rosas escritas a cuatro manos están trabajadas hasta la extenuación de las estrofas, hasta la satisfacción plena por el resultado, hasta el hallazgo de la palabra exacta, de la rima imprescindible, como si se tratara de un combate de boxeo en el que nadie levanta los brazos o besa la lona hasta que no ha explorado su último golpe.

De este combate se puede salir muy magullado e, incluso, definitivamente roto, si no se cuenta con la mejor de las compañías, la de la amistad. Y el tándem Benjamín Prado y Joaquín Sabina da buena muestra de la de mejor calidad a lo largo de la narración del cómo se hizo Vinagre y rosas. Pero también intervienen, aunque en el papel de personajes secundarios –pero no menos importantes en el coro de los amigos- otros que algo tienen que ver también con el vicio de escribir –Luis García Montero, Almudena Grandes, Felipe Benítez Reyes, Chus Visor, en calidad de amigo editor, Jimena, autora consorte,…- y lugares que han cimentado esa amistad –Rota, Madrid y, para este disco, Praga-. Sobre ellos se habla, siempre desde el cariño más entrañable; se cuentan anécdotas, cenas, apoyos, noches, copas, canciones,… que proporcionan al libro vida vivida intensamente, agilidad, humanidad y, para los cotillas, poca cosa.

Quien conozca un poco al grupo que se describe más arriba estará echando de menos un nombre esencial, el de Ángel González. Y quien haya escuchado el disco podrá compartir que la canción dedicada al poeta ovetense anuda la emoción en la garganta, sobre todo a quienes lo conocieron, aunque fuera tangencialmente, y a los que lo leyeron y lo siguen visitando en sus versos. Quizá se trate del tema de Vinagre y rosas que mejor aúna las virtudes de este libro y de la amistad que lo fundó.

Supongo que en el frenesí del trabajo creador y de la amistad se pueden exagerar algunas impresiones –en algún momento se dice que las letras de Vinagre y rosas son dignas de Dylan o de Leonard Cohen-. Sin embargo, lo que sí se puede afirmar de Romper una canción es que se trata de un libro curioso, diferente, particular e interesante, especialmente para aquellos que estén preocupados por los procesos creativos, quienes prefieran, por ejemplo, contemplar en La Academia de Florencia las estatuas inacabadas de los ‘Esclavos’ de Miguel Ángel a la perfección del ‘David’.

Y, para ser sinceros, no sé si esta reseña es sobre un libro o sobre un disco.

La Belle Époque rural


La hija de Robert Poste

Stella Gibbons

Impedimenta, 2010

ISBN: 9788493760137

357 páginas

Traducción de José C. Vales







Manolo Haro


El primer paso de la humanidad hacia la modernidad lo dieron los papás de Caín y Abel. La expulsión del Paraíso, debida al antojo por el fruto del árbol prohibido, provocó la salida de tan descansado lugar. Caín y Abel, prole de estos pioneros del desacato a la autoridad divina, tuvieron que iniciarse en el arte del arado y el cayado, respectivamente. El agricultor mató al ganadero, así seguíamos subiendo escalones hacia la conformación del mundo moderno. Después Dios invitó al fraticida a vagar por las tierras de Nod. Para escapar no sólo de la ira de Yaveh sino de los rigores del clima, Caín comienza a trazar en su cabeza las líneas maestras de la primera ciudad. Tiene pues el urbanismo un germen asociado al crimen, mientras que la arquitectura lo tiene a la soberbia (no olviden al gran Nemrod, constructor de la torre de Babel y perteneciente también a la estirpe cainita que se puso algo farruco con el Jefe). Quiero pensar que a Baudelaire le habría resultado encantadora esta asociación. Él, que pocas veces se asomó a los límites de París para, a través de la niebla, observar los últimos chirridos de la ciudad, se convirtió en el artista de la vida moderna dejando atrás precisamente esa Naturaleza pre-adánica, que tanto predicamento había tenido entre los románticos. Una mezcla de ambas posturas, tamizada por leves toques humorísticos y paródicos, es lo que guía la novela La hija de Robert Poste de Stella Gibbons (Londres, 5 de enero de 1902 -19 de diciembre de 1989) de principio a fin.

Gibbons le debe a esta obra el hecho de haberse introducido en ese dudoso pero fructífero subcanon de los long sellers. Para los carpetovetónicos el nombre de la escritora está ligado a este único título, a falta de poder acercarnos a los versos que le compró alguna vez a la musa Erato, a los cuentos que le dictó Calíope o a los artículos que le bosquejó Clío. De hecho, su libro más celebrado fue, es y, posiblemente, será, La hija de Robert Poste. Sus inicios como periodista en 1924 estuvieron salpimentados por una tenue producción literaria. Al comienzo de la década de los 30, el éxito del citado libro y su matrimonio con un solvente actor secundario, Allan Webb (la solvencia se la vio Orson Welles, con el que trabajó en unos cuantos filmes basados en obras de Shakespeare), colocarían los miliarios esenciales de su vida: se mudó a Highgate, barrio londinense que aún conserva el encanto de una pequeña ciudad de provincias y donde Keats habitó un tiempo (sin saber que el bacilo de Koch lo abandonaría bajo el mármol de un cementerio protestante de Roma); fue laureada con el Prix Femina-Vie Heureuse para gran cabreo de Virginia Woolf ("Me molesta saber que dieron cuarenta libras a Gibbons... ¿Quién es ella? ¿Qué libro es ese?"); y nació su hija Laura.

Pero vayamos a lo puramente literario. Con título el original de Cold Comfort Farm, la escritora entregó a la imprenta en 1932 un roman que aunaba las tres líneas que Raymond Williams señalara en su ya clásico ensayo El campo y la ciudad (Paidós, 2001) en torno a la novela rural. La primera de ellas era la llamada novela rural a secas, en la que hundían sus raíces parte de la obra de George Eliot y de Thomas Hardy. La segunda y, tal vez, la más feraz es la que recoge las novelas cuyas historias se desarrollan en mansiones solariegas. En este grupo se oye el roce sobre el papel de las plumas de Henry James y de D.H. Lawrence, que pintan las pasiones humanas bombeando ambición y deseo con frondosos bosques al otro lado de la ventana. Esa casona campestre más tarde se convertiría en el lugar fetiche para la resolución de misterios construidos por Dorothy Sayers o Agatha Christie. En último lugar Williams coloca los relatos de la vida rural, los cuales pasarían a formar parte del testimonio de un mundo que se agota y que deja paso a la novela urbana por excelencia. Son el canto del cisne para los melancólicos de un mundo que se va extinguiendo paulatinamente y que a partir de ahora sólo tendrá cabida en la narrativa en forma de escenario satélite en el que se traspondrán parte de las tramas iniciadas en un ambiente urbano.

La hija de Robert Poste comprime las tres corrientes, las parodia y las satiriza. Flora, jovencita trasnochadora y buena conocedora de los ambientes de fiestas Londinenses, queda huérfana. En el recuento de familiares vivos que podrían darle algo de cobertura emocional y pecuniaria se topa con un primo soltero de su padre que vive en Escocia, una tía en Worthing que se dedica a la cría de perros y unos primos lejanos en Sussex. El envío de cartas excluye, por diferentes motivos, a los dos primeros, por lo que Flora saltará desde la modernidad de la gran ciudad a un reducto del romanticismo, ése que sólo existe para los emisarios urbanitas que ven el campo como un lugar pintoresco. La primera toma de contacto con sus primos estará totalmente desposeída de calor humano. Los Starkadder (apellido de la familia que habita en Cold Comfort) son áridos en el trato; a ello hay que sumarle una serie de excentricidades a las que la protagonista le irá sacando partido a medida que vayan pasando las semanas. Flora se introduce poco a poco en la vida de cada uno de ellos como consejera sentimental y espiritual, aunque la sombra de su tía Ada Doom, que habita en la parte alta de la casa y que mantiene la invisibilidad desde que llega su sobrina, se proyecta espectralmente sobre las vidas de sus hijos. He aquí la trama general. A ello habrá que sumarle las bromas literarias en torno a la figura de D.H. Lawrence, emboscado tras la personalidad del libidinoso señor Myburg, que defenderá la autoría de Cumbres borrascosas en favor del hermano de las Brönte a partir del testimonio de tres cartas; los juegos verbales excelentemente resueltos por parte del traductor José C. Vales con el saber del que acostumbra a trasegar líquidos de un tubo de ensayo a otro sin que se derrame una gota (en el caso de que las gotas presenten algo de viscosidad, Vales les dará su lugar en las notas a pie de página); y, para finalizar, las referencias literarias directas o indirectas (Austen, las Brönte, el Wessex de Hardy, etc.) que ayudan al lector que se precie a seguir el reguero de migas que va soltando la escritora.


Esta novela, a la que su editor ha colocado una bellísima portada y una faja en donde menciona que en el año 1934 fue merecedora de ese Prix Femina-Vie Heureuse, es una interesante apuesta por recuperar el ambiente (más o menos edulcorado) del periodo de entre-guerras, donde el mundo se estaba desperezando todavía del mal sueño de la Gran Guerra sin darse tiempo suficiente para volver repuesto a la trinchera. Tampoco hubo un solo segundo para arreglar una inocencia que ya andaría desportillada durante el resto del siglo, como también lo estaría toda su novelística.

17 junio 2010

Manifiesto de la infelicidad

El mes más cruel

Pilar Adón

Impedimenta, 2010

ISBN: 978-84-937601-6-8

208 páginas

17,90 euros


Carolina León

¿Qué me decís del sentimiento gótico de la vida? Si nadie llegó a nombrar tal cosa, ya va siendo hora. Pertenezco a esa secta y es mejor que lo diga desde un principio. ¿Cuántos alzáis las manos? Declaro que adscribimos, quienes así sentimos, a un romanticismo sin límites temporales, menos trágico y más sutil, menos rimbombante y más venenoso. Diríamos que nos solazamos con lo extraño, lo incierto, lo enemistoso, lo cruel, moderadamente cruel, jamás estrafalario, siempre amenazante. Diríamos que tenemos querencia por el lado menos amable de la vida y que no nos fiamos ni pizca de quienes van por ahí declarándose felices.

Porque "la felicidad nos hace débiles", dicta, en un parlamento, uno de los personajes de este libro, en el relato fundacional de esta colección ("En materia de jardines"). No hay cosa cierta en el mundo, ni límites concretos, ni se le pueden poner verjas a la sensibilidad. Porque el enemigo está en lo cotidiano, es parte de la naturaleza, y sobre todo parte de la naturaleza humana. Porque aquellos que más nos quieren más nos harán sufrir.

Declarado esto, también puedo aterrizar un poco acerca del libro que nos ocupa. Puede considerarse una colección de relatos góticos, en el sentido de que se pega a la realidad por medio de la sensibilidad huérfana, ceremoniosamente huérfana de su hermana razón, e investiga: cruzadas limítrofes entre dos mujeres, creyendo cada una que está ayudando a la otra (el mencionado arriba), aventuras infantiles en pos de un cadáver, transformaciones de identidad mediante ("El infinito verde"), niños aquejados de un mal tan impuro como el celo excesivo de sus cuidadores ("El fumigador"), encuentros de personas que no desean encontrarse y que, en el intertanto, dañan ("El mes más cruel"), visitas inesperadas y desasosegadoras ("Para que nada cambie"), huidas de situaciones que nos llenan de pavor y, por ellas, escapadas arbitrarias de la realidad ("Noli me tangere"), realidades que se nos escapan y a las que no sabemos dar justa respuesta ("Culto doméstico")...

"Y la irrealidad siempre propiciaba un ancho y venturoso espacio por el que moverse con cierto optimismo para lograr un objetivo tan primordial y tan intangible, tan lleno de obstáculos y de dudas, tan silencioso y tan afable, como el suyo". Veamos por qué digo que es un libro gótico de relatos (ídem): aquellos escritores (ingleses, alemanes, franceses un poco menos) enviaban personajes y sus cuitas a parajes aislados, fantasmales o desérticos, a enfrentarse con sus miedos, y a escapar de la realidad. O, dicho de otro modo, a enfrentar otra realidad no tangible. A tocar esa otra cosa imposible de dilucidar por medio de la razón. Ahí llega Pilar Adón con una sensibilidad extraordinaria para el lenguaje, y para la creación de atmósferas, y envía a sus personajes -con sus cuitas- a otro mundo, irrealizable, ilocalizable, y ahí se las den todas. El terreno que pisa como narradora es uno bastante fangoso (y aquí el bosque, la montaña, el campo, la naturaleza, tienen una fuerza de átomo destrozado). Sabemos que lo que aqueja a Anne-Marie, por poner un ejemplo ("El viento del sol"), puede no ser más que la insatisfacción propia de la post-adolescencia y la renuncia a crecer. Sin embargo, Adón se niega a traficar con la realidad -escurridiza y torpe- y juega con personajes y lectores a crear otra irrealidad, literariamente más rica y más poderosa. Donde la amenaza está, siempre, en un libro que se abre, o en una hoja que cae, o en un viento que sopla, o en una palabra pronunciada.

Y ese resbaladizo terreno literario es, para esta autora, una piscina de infinitas posibilidades, donde ha sabido nadar con la presteza como aquel "El nadador" de John Cheever, juntando los elementos correctos en conjuntos armónicos, y así entregarnos cuentos contemporáneos y góticos a la vez: lo que esos personajes no saben hacer (por decir, encontrar la felicidad, o sentirse satisfechos con sus vidas) es terriblemente actual, aunque estemos leyéndolos en un mundo de coordenadas insondables.

"Las necesidades humanas son simples y agrupables / hablar y que nos escuchen / entregar el corazón y que nos lo acojan": entre los relatos, también hay poemas; otro lenguaje para penetrar en la realidad, un demiurgo bastardo hablando con un megáfono descacharrado, que sabe cosas que los personajes no alcanzan a manejar. No importan demasiado para el disfrute de los cuentos, pero llenan. En lo que respecta a esta lectora, el empeño de alcanzar con la prosa ese mundo de felicidad imposible, y pergeñar estos catorce cuentos notables -valientes, si se me permite, porque el horno de la actualidad no admite este tipo de bollos- es desde ya el hallazgo del año. Y, qué más quisiera yo, el renacer de cierto sentimiento gótico de la vida.

16 junio 2010

Más allá del infierno

La nave de los muertos

B. Traven

Acantilado, 2009

I.S.B.N.: 978-84-92649-22-8

352 Páginas

22 €

Traducción: Roberto Bravo de la Varga







Ilya U. Topper


Me volví a encontrar este libro ―B. Traven, Das Totenschiff― en la estantería del salón de un cónsul alemán en una ciudad de África (tal vez no fuera cónsul sino sólo un empleado de cierto rango del consulado, no recuerdo bien). Recuerdo el estupor. Era una paradoja insuperable, apta para uso literario (“X puso una cara como un embajador al que le acaban de regalar La nave de los muertos”).

Me explico. El protagonista de La nave de los muertos es un marinero norteamericano que durante una escala en Amberes pierde su barco y, con él (con ella, diría: los barcos siempre son femeninos para un marinero: hacerse a la mar es contraer matrimonio con la nave) pierde su tarjeta de marinero, ese único documento que lo identifica a ojos del Estado. Sin esta tarjeta, nadie le admitirá como ciudadano, nadie le dará trabajo, ningún consulado lo salvará; sin ella, el marinero no es nadie, no existe, ha muerto.

Y sólo tiene ya una opción en la vida: trabajar en un barco donde no importa que estés muerto. En la nave de los muertos. Esos buques que cruzan el océano con cualquier carga, a menudo armas de contrabando, y cuyo único fin es navegar hasta caer en pedazos con un golpe de mar: entonces sí será un viaje rentable porque entonces pagará el seguro.

Los marineros, por supuesto, no cuentan.

Probablemente no haya ningún libro que denuncie en términos más rotundos la explotación del obrero. Y lo hace con un lenguaje portuario, descuidado, vivaz, sarcástico, como quien no quiere la cosa. Un descuido que exige un enorme dominio del idioma.

La risa acompaña al lector un buen rato al enterarse de los absurdos manejos de las autoridades belgas y holandesas de los años 20 para quitarse de enmedio a un sinpapeles americano (son ciertas: en los años 40, Suiza y Austria aplicaban el mismo sistema de expulsiones ilegales a los alemanes refugiados; hoy, Marruecos y Argelias lo aplican a los subsaharianos...). Se lo toma con humor: “A veces da pena que aún no estemos hecho de cartón piedra, porque entonces se podría ver en el sello en qué país nos han fabricado”.

Cuando al protagonista le faltan escasas horas para ser fusilado en un fuerte francés en los Pirineos, uno aún estalla en carcajadas. Luego vienen las playas de Portugal y aparece Yorikke. La nave de los muertos. Y ahora a uno se le quitan las risas. Porque sobre el puente está escrito: Los que entréis aquí, dejad toda esperanza.

Ni Dios ni Amo ni Marx. Ninguna ideología se dibuja como salvación posible. Ninguna institución, ningún partido como salvador del obrero. Ni siquiera el obrero. “Una semana de reponer las rejas de las calderas en la Yorikke y no te quedan ídolos”. Hay quien llama La nave de los muertos un libro anarquista.

No se puede hablar de un libro sin dedicarle algunas palabras a su autor. Seré breve. De B. Traven nada se sabe, ni siquiera su nombre de pila. Hay teorías, sesudas investigaciones, conclusiones que rozan la certeza sobre su identidad real; lo malo es que hay al menos dos igual de verosímiles. Y ninguna explica por qué los siguientes libros de B. Traven ―el ciclo mexicano compuesto por El carro, La Rosa Blanca, El puente en la jungla y Los algodoneros― así como la muy publicitada novela El tesoro de Sierra Madre― no alcanzan ni de lejos el nivel literario de La nave de los muertos. Exceptuando en parte a Los algodoneros (1925) el único que fue publicado antes que La nave (1926).

Por no saber ni siquiera sabemos del todo en qué idioma escribió sus libros Traven, afincado en México, sólo que fueron publicados primero en alemán. En el caso de La nave, no cabe duda de que éste fue el idioma original. O al menos que quien redactó el texto alemán fue un genio de la literatura. Por su ligereza y su dureza, su humor y su infernal seriedad, por su terrible fuerza de arrastre, la humanidad de sus personajes, su trazo siempre preciso, su conclusión inapelable, La nave de los muertos es una de las diez o doce obras cumbre del siglo XX. El viaje a través del infierno ―no: el infierno no podrá ser peor que una caldera de la Yorikke― del narrador sin nombre (o con muchos nombres) y su amigo Stanislaw tiene algo del Dante y Virgilio. Aunque Dante nunca se atrevió a soñar un infierno como aquel que los marineros llevan consigo.

Mención especial para Roberto Bravo de la Varga: ha conseguido traspasar al castellano el lenguaje sarcástico, vivaz y portuario, salpicado de anglicismos marineros, de Traven, un reto que se me antoja sobrehumano. Así que ustedes no tienen excusa. Váyanse a la librería, empiecen a reírse con el humor del marinero vagabundo, mientras puedan. Y si tienen algún amigo embajador, regálenselo.

15 junio 2010

Wild Horses

Réquiem por un sueño

Hubert Selby Jr.

Traducción de Martín Lendínez

Sajalín Editores, 2009

ISBN: 978-84-937413-3-4

340 págs.

20 euros




Daniel Ruiz García

Cuando hablamos de realismo sucio todo el mundo se sitúa de inmediato en el concepto: vida canalla urbana, luminosos descoyuntados, gatos merodeando entre basuras, drugstores infames, borrachos de vino barato, putas con el rímel corrido, sordidez. También existe cierto consenso en relación con el estilo: laconismo, tendencia a la elipsis, diálogos muy vivos, plasticidad en las imágenes. Si no cabe nada que objetar en relación con lo primero, sí me gustaría poner en cuestión lo segundo. El realismo sucio que la crítica literaria ha encumbrado a la categoría de altar se parece mucho al minimalismo propio de Raymond Carver, aunque probablemente encuentra en Charles Bukowski su estilo más característico. Mientras que los cuentos de Carver, en la línea de otros autores como Richard Ford, hablan más bien de lo cotidiano, tomando el pulso a los suburbios de la América Profunda y a las miserias del norteamericano medio, Bukowski es decididamente hiperbólico, salvaje en sus exageraciones, sobre todo en las que tienen que ver con su actividad pélvica y con la capacidad de resistencia de su hígado. Es un autor explícitamente sucio, cuyo planteamiento estético siempre transita por las aguas ponzoñosas del suburbio. Sin embargo, si nos atenemos a su forma de contar, Bukowski pertenece más bien al canon plástico de Edward Hopper. Hay cierta voluntad clásica en su forma de componer los textos, por encima de algunos caprichos, especialmente durante su primera época de publicaciones en revistas underground, como su curiosa alergia a las mayúsculas. Pero en puridad es bastante clásico a la hora de componer los textos, con un estilo que se antoja cercano a muchos de los cuentos urbanos de Hemingway, sin duda uno de los autores norteamericanos del pasado siglo que cultivó con mayor pulcritud ese gusto por la sobriedad estilística.

Existe, no obstante, un realismo sucio de signo muy diferente. Un realismo coetáneo al de Bukowski, y que llega al mismo sitio, pero por otro camino. Es el que representa Hubert Selby Jr., sin duda uno de los principales baluartes del realismo sucio norteamericano, que comparte panteón con el viejo Chinaski por méritos propios, pero que sólo ahora empieza a ser conocido y reconocido en España. Si Bukowski es una suerte de Hopper literario, Hubert Selby Jr. vendría a ser como un Robert Crumb. Se parecen hasta en el físico, pero también en muchas otras cosas. El gusto por el retorcimiento, por la exageración voluptuosa, por el exceso que evidencian muchos de los dibujos de este singular maestro underground encuentra una justa correspondencia en el universo literario de Selby Jr. Sobre todo en el estilo. Porque Hubert Selby Jr. supone la antítesis estilística de Bukowski. Aquí no hay contención. Aquí hay un flujo permanente y casi asfixiante de conciencia. Una forma de narrar que absorbe, donde a veces un capítulo es un solo párrafo, donde todo está escrito en estilo indirecto, donde la voz narrativa se superpone, integra y confunde con la propia voz de los personajes, donde la voz narrativa se permite licencias que el canon estilístico clásico nunca permitiría. Hay concesiones a la lírica que a algún ortodoxo pueden resultarle impertinentes, pero que al cabo otorgan a la narración una dimensión extraordinaria, que permite que el texto se eleve por encima de los frescos del entresuelo y arranque notas de salvaje belleza a lo que se cuenta. En su apuesta por la libertad, Hubert Selby se permite incluso desmontar las normas sintácticas básicas, y escribir desde la base de una convención inventada, con reglas propias, como esa suya tan propia de utilizar los guiones para hacer hablar a los personajes a su antojo, abriéndolos y cerrándolos como le viene en gana.

Hubert Selby Jr. es un maestro de la desmesura, pero también un mago de la lírica. Un tipo que, desde muy temprano, castigado por una tuberculosis prematura, pensó que iba a morir. Angustiado por esta obsesión, y a sugerencia de un amigo, un buen día empezó a escribir. Como le ocurriera también a Anthony Burguess, prodigiosamente, fue capaz de alumbrar un buen número de novelas, y estuvo cerca de alcanzar la ochentena. Pero más prodigiosamente aún, vivió toda su existencia enganchado a las drogas, especialmente a la heroína, de donde sacó las fuerzas para seguir viviendo y también extrajo, de una forma extraña, el soporte principal para su obra. Decía Selby Jr. que su literatura bebía de la voz de la calle, de las conversaciones que escuchaba en los antros, de las peleas entre los niggers y los chicanos de los distritos del Bronx. Nadie puede dudar de eso. Porque si algo exuda la literatura de Selby Jr. es callejerismo de los bajos fondos. Un callejerismo lleno de música, sobre el que se remonta siempre la voz de Selby Jr. Una voz amiga de la digresión, del exceso, del arrebato lírico, que lleva la narración a momentos de inigualable altura poética.

Réquiem por un sueño es un puñetazo salvaje. Indómito pero a la vez lleno de rara belleza. Como esos caballos salvajes que Marianne Faithfull entreveía en medio de sus viajes de heroína, y que Mick Jagger, hábil como siempre, supo robarle y convertirlos en canción. Wild horses, couldn’t drag me away/ Wild horses, we’ll ride them someday. Hubert Selby Jr. los montó. Montó aquellos caballos, y están en este libro. Un libro de rara hermosura, que recomiendo efusivamente. Réquiem por un sueño.

14 junio 2010

El difícil tránsito a la naturalidad

Los archivos griegos

Blanca Andreu

Fundación José Manuel Lara, 2010

ISBN: 978-84-96824-57-7

116 páginas

11.90 euros


Rafael Suárez Plácido
Corrían los primeros años ochenta. Yo era un lector de narrativa que creía que la poesía española se había estancado en los cincuenta. Aún estaba en el instituto, pero antes en los institutos se leía literatura. A uno le llegaban libros de poesía actual, pero eran los menos. Y de pronto leí un título que me encantó: De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall. Por supuesto no sabía nada de la autora, pero entonces nadie sabía nada de ella. Se llamaba Blanca Andreu (La Coruña, 1959). La sorpresa y el interés fueron creciendo a medida que iba leyendo aquellos versos largos, que desbordaban los límites de la página y de la imaginación. Todo se mezclaba. Todo se unía en una música imperfecta que no había escuchado antes. Rimbaud, Rilke, Elitys, Alejandría, (el Mediterráneo siempre estuvo presente en la poesía de esta jovencísima autora gallega). Dejé de regalar libros de Cortázar y Lawrence Durrell y empecé a regalar este librito de poemas. A regalarlo y a perderlo en bares y en taxis. Es probable que yo solo acabara con media edición. Yo entonces era mucho más impresionable de lo que soy ahora. Pero estaba contento. Recuerdo que apareció Báculo de Babel, y que me extrañó muchísimo que ganara un premio de poesía mística. Aunque tampoco era demasiado previsible que antes le hubieran dado el premio Adonais. También me gustó el segundo libro, pero lo regalé y lo perdí menos. Con todo esto quiero decir que Blanca Andreu bien pudo ser la primera autora que leí con mucho placer de poesía española contemporánea. Copié sus versos, los plagié mil veces. Pasó el tiempo. Recuerdo que fue un enorme éxito. Las diosas blancas, la antología de Ramón Buenaventura en la que estaba incluida, fue la primera de estas antologías de poesía de mujeres que hoy día tanto proliferan. Ahora no sé demasiado bien por qué se hacen. Fui incorporando nuevos nombres, otras maneras de escribir muy diferentes, pero siempre volvía a sus libros, especialmente al primero. Aún me sorprende el oído visionario de esta autora con los poquísimos años que tenía. Publicó dos libros más: en Capitán Elphistone ya no encontré lo que antes me había entusiasmado, me pareció una autora diferente o quizás era yo el que había cambiado; La tierra transparente supuso una decepción. Estos días he leído, con mucha expectación, Los archivos griegos (Fundación José Manuel Lara, 2010).
El libro se divide en seis partes. Bien podría decir que son seis libros diferentes, sin conexiones entre sí. Esto no tiene que ser malo. Es frecuente y puede estar bien. Eso sí, en este caso hablamos de seis partes con calidades e intereses muy diferentes. La primera parte, la que da título al libro, es sin duda la más interesante. Los mejores poemas del libro están ahí. Se dice que la literatura nació en Grecia y, desde luego, los grandes poemas de Blanca Andreu deben mucho a este país y, especialmente, a uno de sus poetas esenciales: Odiseas Elitys, al que cita ya en su primer poemario y vuelve a citar aquí. La biografía de la poetisa tiene mucha relación con Grecia. Ha debido pasar allí temporadas y a Grecia y a sus gentes dedica sus mejores poemas. El que inicia el libro, “Oda a los perros de Atenas”, deslumbra desde sus primeros versos: “Montes en luz, Atenas, hija de la belleza primera / la descubría en mis recuerdos aunque no había estado allí.” Son versos que recuerdan los iniciales de su primer libro y que apelan a su primer surrealismo. El final pretende ser una poética personal: “Que sea alado mi poema / y no volátil.” Hablar de Grecia es hablar del mar griego: “… / y era el mar griego un gran libro de plata escrito en húmedos hexámetros/ (…) Sus olas eran luces y poemas / y páginas y sueños / y canciones.” En “La copa blanca”, otro de los mejores poemas, nos dice: “Me he preguntado muchas veces por qué llevo Grecia en el alma / (…) si es algo propio de poetas” Para concluir confesándonos que “Yo guardo mi Grecia soñada fundida con la que aprendí / contemplando sus olivares como mantos desde la altura.”
Muy interesante es el poema que dedica a su marido fallecido, Juan Benet. Se titula “A un ciprés de la Acrópolis”. Si alguien me hubiera dicho que este poema lo ha escrito la misma persona que los libros anteriores no lo habría creído. “… me recuerdas a un hombre / que amé y murió / y que era como tú alto y oscuro.” La palabra desnuda, el adjetivo preciso, en este caso, es muy logrado y da pie a una de sus más hermosas composiciones. Pero no siempre es así. A los poetas que comienzan usando la amplificatio surrealista, el desbordamiento de palabras e imágenes sorprendentes les resulta muy difícil adaptar su lenguaje a la sintaxis más comedida de la palabra exacta. Los aciertos de este poema se vuelven lo que menos me ha gustado del resto del libro.
Pasemos a la cuarta parte del libro, EL PAZO DE LAS GOLONDRINAS, que hace referencia a la casa de su infancia gallega, a sus juegos infantiles, a su padre y a otros personajes que le resultan emotivos. En el poema “Bucólica” encuentro momentos sorprendentes: “Parece un libro lleno de pastores / una égloga abierta por la página tres / allí donde se dice Elisa, vida mía / -quién me dijera Elisa, vida mía-“.
La quinta parte, MARINAS, son textos muy breves donde en una pincelada, a lo sumo en dos, nos ofrece bocetos del mar: “En la noche / recitas / mar / escucho.” O “La tierra de mi alma es el mar.”
El resto del poemario transita en el difícil camino que va del intento de abandonar el Surrealismo y pasar a una poesía más directa. Es difícil, porque su periplo surrealista fue brillante, muy brillante, y de momento le está costando encontrar una voz al mismo nivel de exigencia. Y yo pienso que la autoexigencia de alguien que ha hecho historia con sus dos primeros libros ha de ser mucha. De eso estoy seguro. Hay momentos donde esa voz raya a gran nivel, los ya citados y algunos más. Pero no siempre es así. De todas formas creo que el camino está haciéndose y Blanca Andreu se ha propuesto recorrerlo. Ella sabe muy bien lo que está haciendo y Los archivos griegos es un buen primer paso. Ya querrían muchos otros.

11 junio 2010

La isla de los libros

Los lugares de los escritores. Guía literaria de Sicilia

Ed. Doménica Perrone (Ed. española de Leonarda Trapassi)

Doble J, 2010

ISBN: 978-84-96875-98-2

240 páginas

20 euros


Alejandro Luque

Dos premios Nobel y al menos tres o cuatro nombres más que podrían haberlo sido, hacen de Sicilia uno de los focos literarios más potentes y singulares de Europa y el Mediterráneo. Su conflictivo devenir histórico y sus peculiaridades geográficas han moldeado una forma de ser y entender el mundo que tiene su más claro reflejo en los escritores autóctonos, casi todos ellos ejemplares únicos, especímenes originalísimos, acaso vinculados entre sí tan sólo por el apego –a veces amargo y crítico, pero siempre intenso– a su tierra.

La paradoja de que, en las últimas décadas, el nombre de Sicilia haya estado más vinculado a la célebre obra del neoyorkino Mario Puzo, El Padrino, que a este riquísimo acervo no parece sino otra de las seculares injusticias que sacuden a la mayor de las islas del Mare Nostrum. Y como tal, merece ser reparada. A ello viene a contribuir la reciente creación de una red de parques literarios en la zona, así como esta edición colectiva, donde ocho profesores abordan la obra de siete autores –así como un resumen de visiones de viajeros extranjeros– a modo de guía turístico-literaria.

No se trata, en rigor, de un análisis en profundidad, sino de una aproximación para todos los públicos. O, como suele decirse, de una invitación a la lectura, a la confrontación de lo leído con el paisaje físico y humano siciliano: desde la Racalmuto del maestro de la novela negra Leonardo Sciascia, al Agrigento del dramaturgo que puso patas arriba el teatro de principios de siglo XX, Luigi Pirandello; y de la Palermo decadente de Lampedusa, inmortal autor de El gatopardo, o la costa oriental del padre del verismo, Giovanni Verga, a las ruinas griegas del poeta Salvatore Quasimodo. El sumario incluye a dos nombres poco o nada traducidos en España, como el mesinés Stefano D’ Arrigo –autor de Horcynus Orca– y Nino Savarese, quien hizo un celebrado retrato de Enna y sus alrededores en I fatti di Petra.

Bien podrían haberse añadido a estos nombres las visiones imprescindibles de Elio Vittorini, de Vincenzo Consolo –autor de una bellísima Sicilia paseada– y sobre todo de Gesualdo Bufalino, quien captó como nadie el alma de la Sicilia barroca.

Muy interesante es el capítulo dedicado a las miradas foráneas, a cargo del profesor Natale Tedesco, probablemente el más serio estudioso de las representaciones literarias de la isla. Goethe, Maupassant y Brydone son sólo algunos de los maestros universales que plasmaron sus impresiones al tiempo que fijaban una nueva filosofía del viaje, que es casi tanto como decir una nueva forma de ver y pensar el mundo. Y aunque se trata de un recuento necesariamente apresurado, sí nos permitimos echar de menos a un nombre al que –pese a no ser muy difundido– debemos algunas de las más felices páginas dedicadas a Sicilia: el arquitecto alemán Friedrich Maximilian Hessemer, autor de unas impagables Briefe aus Sizilien.

En resumen, el espectro de la literatura isleña daría para varios cientos de páginas, que serían muchas más si, rompiendo la barrera del siglo XX, se incorporaran por ejemplo los registros de autores árabes. Pero eso formaría parte de un proyecto de otras dimensiones y otras ambiciones. Por el momento, Los lugares de los escritores cumple con creces el objetivo de abrir en el lector un doble apetito, el de la lectura y el del viaje. Apetitos que, lejos de saciarse fácilmente, tienen la costumbre de retroalimentarse.

[Publicado en Mediterráneo Sur]

10 junio 2010

Y tanto

Límites y Progresiones

José María Cumbreño

Baile del Sol

Tenerife, 2010

ISBN: 978-84-15019-00-8

138 páginas

10 euros

Daniel Ruiz García




Límites y Progresiones, de José María Cumbreño, es uno de esos libros que hay que leer lápiz en ristre, porque son muchas las veces que uno se ve impelido a subrayar. Es un libro enorme, emocionante, a veces incluso impúdico. No se me ocurre una expresión más eficaz de conversión del sentimiento íntimo, doméstico, en palabras.

Es difícil definir este libro de Cumbreño, como resulta difícil describir gran parte de su literatura. Miscelánea sería probablemente el término más apropiado, porque entre las páginas de Límites y Progresiones hay de todo: aforismos, poemas, apuntes de dietario, relatos breves. A veces recuerda un poco a Italo Calvino, pero otras veces tiene el descarnamiento de un Carver, con momentos de impulso rabioso, que conviven con otros de gran recogimiento.

Cumbreño hace de la técnica del collage un verdadero magisterio. Además de enseñarnos que era posible alcanzar la santidad a través del ejercicio del malditismo más desquiciado (asesinato de esposa incluido), William Burroughs nos mostró de qué manera no había que trabajar el collage, o el cut-up, como lo bautizara Brion Gysin. Porque el collage, el sampleado, para que resulte efectivo, debe contar con cierta hilación, con un poso semántico, dramático, e incluso de argumento común. En Límites y Progresiones, Cumbreño demuestra que es posible hacer collage, e incluso hacerlo de forma impecable, sin que en ningún momento perdamos la perspectiva y el contexto de lo que se nos cuenta. Cumbreño riza el rizo del “corta y pega”, incorporando incluso frases que escucha en el ambiente doméstico a su propio hijo pequeño (hijastro, por los afectos que demuestra a lo largo del libro, no es un término apropiado), y que son engarzadas en la obra de manera natural, permitiendo en todo momento el reconocimiento de la voz.

Esto no quita que en Límites y Progresiones se hable de muchas cosas, y que sea posible (otra bondad de la literatura de Cumbreño) la polisemia. Puede entenderse como una toma de posiciones frente a la paternidad asumida y también la impuesta. Puede concebirse como un tratado sobre el amor doméstico. También es, en cierto modo, un ensayo sobre la literatura y sobre el hecho literario. En su conjunto, a través de su recorrido diacrónico, es una crónica personalísima sobre la forja de una trayectoria literaria, acontecida a lo largo del breve lapso de tiempo que discurre entre dos veranos (2007-2008).

Es un libro bellísimo, que recomiendo a todos los que gustan de la literatura consagrada a las cosas que no hacen ruido. Literatura de las pequeñas cosas, podríamos denominarla, el compromiso con la observación del mundo a través del ojo de la cerradura.


Un diario.

Palabras debajo de una fecha.

Contar cosas a medida que suceden.

No se trata de hacer una relación de objetos perdidos, sino de hacerla antes de que se pierdan.


Nada del otro mundo. Y tanto.

09 junio 2010

La luz de la poesía

El minuto interior

Rubén Martín

Ediciones Rialp, 2010 - Premio Adonáis 2009

ISBN: 978-84-321-3771-6

66 páginas

9,50 euros




Juan Carlos Sierra

Empecemos por el principio. Érase una vez un poeta que no sabía que lo era hasta que no se tropezó con otro poeta llamado Ángel González. El poeta que no sabía que lo era y cuya orientación profesional lo había llevado por derroteros nada líricos –técnico especializado en autómatas programables; sea eso lo que sea- había leído mucha prosa e incluso se había atrevido con algún que otro relato. Sin embargo, un hecho fortuito, casual o azaroso –la asistencia del poeta que no sabía que lo era a un recital del poeta llamado Ángel González- cambió su vida literaria inclinándolo definitiva y exitosamente hacia los versos.

La consecuencia más reciente de toda esta historia se llama El minuto interior y ha merecido el último premio Adonáis. Por cierto, al poeta que no sabía que lo era lo llamaremos en adelante por su nombre: Rubén Martín.

Lo curioso de todo el camino recorrido por este joven poeta hasta llegar a su premiado libro El minuto interior es que no se aprecia demasiado la mano del otro poeta llamado Ángel González, al menos en sus rasgos más sobresalientes. Me explico. Si uno empieza escribiendo según los modelos aprendidos –y esta parece una verdad artística básica-, en el caso de Rubén Martín da la impresión de que han pesado más poetas de otra índole: de vez en cuando se escucha a Bécquer –especialmente en el final del poema titulado ‘El fuego’-, también hay aromas, paisajes y actitudes retóricas que recuerdan a Claudio Rodríguez –no olvidemos lo que le debe el Premio Adonáis al poeta zamorano y viceversa-, pero sobre todas estas influencias llama poderosamente la atención la sintonía evidente entre El minuto interior y los últimos libros de Carlos Marzal y Vicente Gallego en la orientación hacia una poética del optimismo, de la celebración,…; asimismo y para terminar el apartado sobre las fuentes en las que parece haber bebido Rubén Martín, por aquí y por allá salpican los versos de El minuto interior elementos clásicos: locus amoenus, sermo humilis, menosprecio de corte y alabanza de aldea,…

Especialmente con estos dos últimos ingredientes, es decir, con la poética del gozo y la celebración y con un discurso arraigado en la sencillez y en la Naturaleza, Rubén Martín articula sus mimbres poéticos en El minuto interior.

Además, se puede afirmar que el libro arranca, avanza y profundiza a lo largo de sus casi cuarenta poemas en la contemplación del mundo bajo el foco revelador de la poesía. Los versos de El minuto interior alumbran y, por consiguiente, devuelven su relieve a lo aparentemente insignificante, a lo minúsculamente importante, a lo que se halla fuera de los circuitos socialmente aceptados del éxito, del progreso, de la mercadotecnia,…

La poesía así se convierte no solo en linterna que ayuda a ver en la oscuridad, sino en luz creadora de lo que nos rodea: nombrar significa comprender, aprehender y crear. Quizá fuera ésta la conclusión a la que llegó Rubén Martín tras su cita inesperada con Ángel González y que ahora ha querido devolver generosamente en El minuto interior.

Sólo un pero se le puede achacar al último Premio Adonáis: una estructura irregular, una escritura que salta de temática sin previo aviso, aunque en el fondo de todo el poemario siga palpitando la misma inquietud, el mismo hilo narrativo sostenido a base de fogonazos luminescentes que revelan las aristas y las esencias de la realidad más olvidada, pero la más importante para el poeta y para quienes se introduzcan en los versos de El minuto interior.