04 abril 2013

Esa dama alta y esquiva



Libre de la tormenta

Javier Sánchez Menéndez

Ediciones de la Isla de Siltolá, 2013

ISBN: 978-84-15039-86-0

10 €

182 páginas




Jesús Cotta


Libre de la tormenta, título sacado de un poema de nuestro Garcilaso, es el tercer libro de un proyecto más ambicioso titulado Fábula acerca de la grandeza de la poesía. Pero no es una poética. El mismo autor parece rechazar el concepto de poética, al menos el de poética convencional, la explicación que cada poeta da de su concepto de poesía. Una cosa es lo que el poeta entiende y otra cosa, según él, es la poesía. La poesía es algo tan alto, que es difícil que un poeta llegue siquiera a tocarla con la punta de los dedos. Pero este libro es, a su modo, también una poética, aunque en un género distinto del habitual.

Para acercarse a la poesía, prefiere el autor, por un lado, leer a los grandes como Dante, Rilke o Juan Ramón o la filosofía de Platón y, por otro, buscarla en medio de las cosas, las palabras y de la vida. En eso reside la virtud y a la vez el defecto del libro.

Virtud porque no manosea la poesía, no pretende que sea lo que él pretende. Tan solo sabe que es la estrella de su vida. La sitúa por encima del amor y de Dios (que él escribe con minúscula), como la única vía para captar la verdadera esencia de las cosas, como una quintaesencia de la vida que hay que aprender a encontrar donde menos uno lo espera y cuando ella quiere. Y defecto porque, si el libro quiere encarecer esa grandeza, no nos dice mucho de ella. Nos habla más bien de la pequeñez de los poetas en comparación con ella. A veces tiene uno la sensación de que pone a la poesía en todo lo alto para poder poner a los poetas en todo lo bajo. Nos dice que va a hablar de lo grande para acabar diciendo que lo grande no se puede explicar, sino solo sugerir y buscar. En vez de encarecer la grandeza de la poesía, que sería más bonito, encarece la pequeñez de los poetas, que no es tan bonito.

Pero, como en el defecto está la virtud, si hubiera sido al revés, no tendría el libro uno de sus encantos: el  de dar una colleja a los poetas por creerse sacerdotes dignos de tan alta señora. A los poetas les pasa como a los curas: que la idea que reverencian y predican es tan sumamente noble, que ellos, con sus miserias, sus ínfulas y sus mediocridades, nunca estarán a la altura. Esa es la maldición del poeta. Qué le vamos a hacer.  Y el autor tiene tan alto concepto de lo que debe ser un poeta, que condena a los poetas a defraudarlo y se condena a sí mismo, porque también él es poeta. Pero sobrelleva su maldición con dignidad y, aunque no nos lo dice, invita a los demás poetas a lo mismo. Aunque casi todos los poetas que conozco son mejores poetas cuanto mejores poetas son, también los hay (y no me estoy salvando de la quema) mendigos del reconocimiento ajeno y resentidos si no lo logran, porque saben que, en realidad, no hay justicia poética. Los más inseguros acaban pensando que no son buenos poetas y los más soberbios que todos son malos críticos. También hay alusiones a eso en el libro, aunque quiero decir que en esa pequeñez del poeta hay algo de grandeza, porque sabe que el reconocimiento ajeno no le va a dar dinero, sino solo a considerarlo digno de la Señora, la poesía.

Lo que piensa Guillermo de Occam de Dios, lo piensa él de la poesía: quien intente hablar de ella está hablando en realidad de otra cosa y quien pretenda haberla alcanzado se engaña, porque, en el mejor de los casos y únicamente si uno es un gran poeta, solo es posible atrapar dos o tres haces de su luz inefable a lo largo de la vida en una decena de poemas como mucho.

Esta actitud no es una mera pose, sino que la adopta él como poeta y como editor. Como poeta, porque su poesía es esa búsqueda, el desconcierto de no encontrar lo que buscaba y encontrarse siempre en el punto de partida. Y como editor, porque se complace en rechazar manuscritos de esos seres pedigüeños que son, según él, los poetas, que escriben más que leen, que encuentran más que buscan. Él prefiere buscar al poeta, pero no le gusta que el poeta lo busque a él, porque lo que él quiere es subir hasta el poeta que valga la pena y no que lo haga bajar quien no vale la pena. Es la poesía la que decide si publicar a un poeta es bajar o subir. La miseria del poeta es la grandeza del editor y viceversa.

El libro, con muchos endecasílabos escondidos en su prosa llana, tiene mucho de diario y de cuaderno de bitácora, pero sin depender de la inmediatez ni de la búsqueda de comentarios que tanto aqueja a tantos blogueros. Se dirige constantemente a un misterioso tú, que no es el lector y que contribuye a crear una distancia entre autor y lector, aunque no una lejanía, porque habla sin lirismos y desnudándose.
Muchas veces el lector se pierde con tanta referencia a asuntos personales y  en clave que solo el que lo conozca bien podría entender. A mucha gente eso le gusta. A mí no me acaba de convencer.

Escribir poesía es un juego de alto riesgo”, así que dejémonos de versitos. Es lo que viene a decirnos. “Amo la poesía. ¡Odio a los poetas!”, que es como decir: “Amo a Dios, pero no a los curas”. “Quiero morirme solo, entre libros y versos” es su particular repudio del mundo, no solo literario, sino también del político y el social. “Todo es mentira” es un estribillo que le da al libro un aire de desencanto y amargura.

Son muy jugosas las reflexiones, que no se prodigan, en torno a lo que es estilo y calidad en poesía. Eso, viniendo de un editor que cuida al máximo la edición y que no busca el beneficio propio sino solo hacer un servicio a la poesía porque la ama, es valioso y de agradecer por parte de quienes nos afanamos, como él, en estar a la altura sabiendo que nunca lo conseguiremos. “El tono en la obra poética de un autor es una sucesión de matices purificados tras la eliminación de los desvíos”. Suscribo de pe a pa esa afirmación que yo jamás habría sabido poner eso en pie y que demuestra su buen hacer como lector y editor de poesía.

Un libro, en fin, cuyo mérito consiste en girar en torno a lo grande y cuyas limitaciones consisten en no transmitir la grandeza, aunque quizá sea mía la limitación si como crítico no he captado el hecho de que el autor no hace explícito el contenido de lo poético por deferencia al noble asunto al que ha dedicado su vida, su trabajo y su ingenio.