02 abril 2013

Lea los renglones en blanco




Despacio

Remedios Zafra

Caballo de Troya, 2012

ISBN: 978-84-15451-10-5

190 páginas

13,90 €





Carolina León 

Usted que quiere saber algo sobre el libro de Remedios Zafra, puede empezar la lectura directamente en el tercer párrafo, pero: 

¿Qué libros se eligen para reseñar, cuando el tiempo que cada uno de nosotros puede arañar para estas actividades es tan poca cosa, cuando escribir una reseña implica un ejercicio de diálogo que ocupa unas cuantas horas y no le da la gana a una redactar cualquier cosa? ¿Es lícito dejar de lado los libros que nos molestan y quedarse con aquellos en los que se puede vivir? ¿Es demagógico? ¿Es peligroso para la cultura crítica dar el silencio a los que no nos gustan y ponerles voz sólo a los que nos parecen necesarios? 

Esto me he planteado antes de empezar a escribir de Despacio, el último artefacto de una autora que se ha convertido en prácticamente una amiga desde que leí su anterior Un cuerpo propio conectado: (Ciber) espacio y (auto)gestión del yo (Fórcola, 2010). Alguien a quien he entrevistado ya en tres ocasiones, y tengo por tanto pistas privilegiadas que no debería tener, en principio, una crítica.

Zafra no es conocida como autora de ficción, por ello me atraía mucho este volumen que publica Caballo de Troya. Esto de los géneros en la obra de Zafra no constituye en ningún caso departamentos estancos, sus libros juegan a redefinir estructuras y escrituras y se levantan, a menudo, desde la militancia del "yo", no como voz autoral indiscutida, sino como la asunción de una perspectiva, un tamiz de conocimiento. 

Por ello, he visto en las sucesivas lecturas de Despacio algo que no se puede llamar novela ni colección de relatos, sino quizá un artefacto con vocación de situarse en algún punto intermedio entre la pared del museo (objeto artístico) y la caja de herramientas (material para derribo). Entre el texto de análisis crítico de nuestro entorno y la colección de estampas costumbristas con cierto aroma de pos-modernidad (entiéndase sin ironía). 

“(...) sólo me queda esperar, en esta peculiar situación que vivo como un interludio siento estar recuperando el tino lento necesario para volver a leer y escribir “despacio”” (27). Los tiempos -por más que el inmovilismo sea marca de la industria, y en verdad se presencie más reacción formal que nunca- exigen cuestionamientos que implican más que llenar una ficción de contenidos como “crisis” o “desempleo”. En ese sentido, Despacio propone ventanas de nuevo sentido, de interpelación activa al lector, como por ejemplo cuando invita a leer los renglones “intencionadamente en blanco”. 

¿Qué es lícito narrar? La narradora aquí parte de una posición débil, como corresponde a un personaje hecho de la materia de cualquiera, la épica en el nivel cero. Tenemos un narrador cuyo gesto de partida es pararse, admitir lo evidente, decidirse por fin a marcharse “Allí”, a dar otro curso a su vida. Pero entonces se queda varada en el andén de una estación que ha sido abandonada por los ferrocarriles (de una empresa pública en la que se confía ciegamente). Se para, y escribe. 

A veces, basta con tomar una pequeña decisión, para que muchas fichas comiencen a caer en dominó inesperado. Ese pequeño gesto implica otros arranques: la necesidad de lentitud, la activación de la escritura, el valor político de pensar “despacio”, dar voz a cosas insignificantes que habitualmente son obviadas/silenciadas dentro de los cánones literarios...

Entonces, esa narradora nos ofrece una panorámica de cosas pequeñas, de seres anómalos que viven en ese “Aquí”, en transposición de tipo simbólico de cualquiera de nuestras sociedades. Una panorámica que funciona a base de breves escenas -relatos-, protagonizados por distintos personajes o situaciones, en las que Zafra va mostrando alegorías de nuestras dinámicas. Es el caso, por poner un ejemplo, de "Los gatos que se comen lo que no decimos”, un ejército bien cuidado de animales domésticos empleados en hacer desaparecer los deseos no expresados (que se nos atragantan).

En la galería de personajes del "Aquí", por su lado, cada cual podrá encontrar sus pequeñas historias favoritas: Orange / Blue, Grey ("laqueestapeor", uno de los hallazgos), A.D. ("apuntode"), Himeko Shiro, La pusilánime... Cada uno de estos pone en marcha diferentes estrategias para enfrentarse a la sustracción de la felicidad, la realización, la libertad, la paz; ausencia de trabajos, necesidad de admiración o cariño, invisibilidad social, imposibilidad de expresarse, desustanciación... Males de nuestro tiempo, metáforas de mucho de lo que vivimos. 

Hay historias mejor resueltas que otras, Despacio no es un libro apabullante ni redondo. El fraseo o el desarrollo del relato se hace circular o reiterativo en algunas ocasiones, y no parece ajustarse con la intención de algunos textos; mientras que en otros, la narración se disfraza de ensayo y nos obliga a "desapegarnos" como lectores. Hay momentos brillantes en la prosa y micro-cuentos tan deliciosos como “Contenida” o “Un hombre desaparece”, que me parecen argumentos de peso para guardar este libro en la estantería. Pero a ésta que escribe los "valores literarios" le resultan cada día menos válidos.

La hegemonía de la producción cultural capitalista, alabadora y replicadora de las estructuras de poder, no se agrieta con un libro ni con una crítica. Pero no es mucho más que esto lo que podemos oponer. No están los tiempos, probablemente, para manifiestos grandilocuentes -nos los quitaron de las manos, quemaron sus urgencias-, y en la reivindicación de lo pequeño, lo lento y la pluralidad de perspectivas, Despacio es un libro que sirve y, a ratos, enamora.