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06 septiembre 2011

Rústicos en Anabolizantelandia

Cuerpo

Harry Crews

Acuarela & A. Machado, 2011

ISBN: 978-84-7774-208-1

344 páginas

19 €

Traducción de Javier Lucini

Prólogo de Jesús Llorente


Fran G. Matute

A finales de los 60 y principios de los 70 se produjo un suceso curioso en la parrilla televisiva norteamericana. Los 'moguls' del medio catódico coincidieron en cancelar de forma progresiva una serie de programas que venían a ofrecer una visión demasiado "rural" de los Estados Unidos. A pesar de las altas audiencias, hasta los anunciantes se resistían a que sus productos fueran publicitados durante la emisión de muchos de estos programas. Títulos tan conocidos como Lassie, Hee-Haw o El virginiano, y espectáculos como el de Johnny Cash o Glen Campbell, fueron defenestrados en aquella época, quizás por mostrar una América demasiado conservadora y tradicional, paleta y campestre, en definitiva.

Uno de los programas cancelados más queridos del momento fue, sin duda, The Beverly Hillbillies (en España, Los nuevos ricos), actualmente en perpetua reposición por los canales de pago estadounidenses y que fue recuperada para el cine a principios de los 90 bajo el inolvidable título Rústicos en Dinerolandia (Penelope Spheeries, 1993). ¿Quién no conoce las aventuras de Jed Camplett y su familia, que se convierten en millonarios de la noche a la mañana al encontrar petróleo en sus tierras y deciden mudarse a la soleada y moderna California en busca de lujos y buen vivir? ¿Quién no ha bailado al son de su tema principal, aquél vertiginoso 'bluegrass' interpretado por Flatt & Scruggs? ¿Quién no ha llamado alguna vez a sus padres "opá" u "omá"?

Pero lo que hace años nos parecía una divertida e inocente comedia de situación, protagonizada por una noble y humilde familia campestre que se encontraba como pez fuera del agua cuando pretendía involucrarse en los círculos más selectos de la gran urbe, Harry Crews lo convierte en el más insultante e hiriente de los retratos posibles sobre el paletismo sureño, que es, entre otras cosas, lo que representa su novela Cuerpo (1992). No percibimos ni un ápice de sutileza por parte de Crews a la hora de mostrarnos el choque cultural existente entre la familia Turnipseed (traducción literal: semilla de nabo) y el nuevo mundo con el que se van a encontrar en el, otrora hortera e insufrible, Hotel Blue Flamingo de Miami, uno de los lugares más "postmodernos" (por llamarlo de algún modo) de Florida donde se celebra una de las competiciones más "postmodernas" ('sic') del espectáculo deportivo: el título de Miss Cosmos.

Del mismo modo que en The Beverly Hillbillies la moraleja final consistía en constatar que el supuesto mundo urbanita, culto y desarrollado presentaba las mismas -o incluso más- deficiencias y disfunciones que el mundo rural, analfabeto y atrasado, en Cuerpo, Harry Crews enfrenta dos realidades desestructuradas dentro de un mismo universo: el que conforma el sur de los EE.UU., ese gótico sureño poblado de 'red necks', 'okies' y 'hillbillies', que en la obra de Crews ha sido retratado tantas veces con tan poca compasión.

La mala leche y el humor más negro corren por las hipertrofiadas venas de esta novela que tiene de fondo el culturismo profesional, tema poco tratado por la cultura popular en general siendo, sin embargo, un potente caldo de cultivo para el análisis antropológico del llamado 'white trash'. De hecho, es Cuerpo, junto con la novela de Charles Gaines Stay hungry (1972) -que fue traspasada al celuloide por Bob Rafelson- uno de los pocos acercamientos literarios que conocemos sobre el mundo del 'bodybuilding'.

Con uno de los arranques más casposos que servidor se haya echado a los ojos en los últimos tiempos, Crews anaboliza cada detalle de la competición hasta el paroxismo, ofreciendo un espectáculo grasiento y musculado de caracteres sumergidos en esteroides que personifican el sueño americano como pocos. Por sus páginas pululan, embutidos en sus diminutos taparrabos, atletas que responden al nombre artístico de Billy "Murciélago" (llamado así por sus impresionantes dorsales que extiende cual alas de roedor volador), Russell "Músculo" Morgan o Wallace "Muro" Wilson, abnegados escultores de cuerpos que recuerdan con añoranza los años dorados del Pumping Iron, cuando Arnold Schwarzenegger ganaba seis años consecutivos el título de Mr. Olympia, modificando todas las reglas existentes hasta la fecha en el fisioculturismo profesional.

En sus desgastados rostros y sus sobredimensionados cuerpos puede trazarse el sacrificio cotidiano de querer ser siempre el número uno, de ser el mejor, de ganar a toda costa. ¿A cambio de qué? ¿A cambio de "estar involucrados en una cosa normal, saludable, humana y correcta ante la justicia divina", como le comenta Wallace a Russell en uno de los pasajes de la novela? Obviamente no. Se trata, pura y simplemente, de alcanzar el manido Sueño Americano. Ese que permite que un 'freak' de proporciones similares a las del Modulor de Le Corbusier se convierta en objeto de admiración y veneración por el sistema. Son, por tanto, atletas adictos a la competición, un espectáculo decadente de bultos deformados a partir de la ingesta desorbitada de batidos vitamínicos, en una carrera de fondo en la que un peso estricto y el menor nivel de grasa corporal posible -como si de cerdos ibéricos cinco jotas se tratara- funcionan como únicos límites permitidos antes de sucumbir en la vigorexia más galopante. Y como adictos que son a la competición sufren las mismas adicciones que los drogadictos, sólo que su heroína es la eritropoyetina o los esteroides anabólicos...

¿Y qué puede hacer una familia de paletos rodeada de semejante espectáculo de variedades? Para descubrir con estupor todas las vicisitudes de esta historia (que van desde la práctica de una más que inoportuna RCP hasta un rasurado corporal integral, pasando por un paquidérmico romance en la suite del hotel) tendréis que leer Cuerpo, uno de los artefactos más cafres y desternillantes que han aparecido últimamente por estos lares editoriales, y adentraros así en la obra del inclasificable Harry Crews (uno de los pocos y verdaderos 'outlaws' del siglo pasado) que será próximamente recuperada por Acuarela & A. Machado y que desde aquí aplaudimos con antelación, esperando que este olvidado autor se convierta en su buque insignia, del mismo modo que Edward Bunker -con quien Crews comparte más de un elemento en común- lo está siendo para la editorial Sajalín. Y parafraseando a Super Ratón, ¡no olviden vitaminarse y supermineralizarse!

P.D.: 'Kudos' para nuestro premiado Javier Lucini, por enfrentarse al particular acento sureño de la familia Turnipseed y salir victorioso.

29 julio 2010

La rabia de vivir

Really The Blues

Mezz Mezzrow (y Bernard Wolfe)

Acuarela Libros, 2010

ISBN: 978-84-7774-205-0

415 páginas

22 €

Traducido por Javier Lucini

Prólogo de Barry Gifford

Fran G. Matute


Si mal no recuerdo, en 1992 se publicó por la entonces denominada editorial Anaya & Mario Muchnik una obra titulada La rabia de vivir que pasó rápidamente a formar parte de las cubetas de libros de saldo de los grandes almacenes patrios. Y en aquel cementerio de elefantes de papel descubrí el que, a mi juicio, es el mejor libro escrito jamás sobre el jazz.

Ahora llega Acuarela y se descuelga con una edición primorosa, con nueva traducción y prologada por Barry Gifford, que recupera (afortunadamente) el título original de aquella obra publicada originariamente en 1946, y cuyo principal acierto sigue recayendo en su co-autor y protagonista: Mezz Mezzrow, uno de los peores músicos que ha dado el género y, sin duda, uno de los más golfos.

La cuestión diferencial entre la historia de Mezzrow y la de cualquier otro es que él siempre estuvo allí y estuvo con todos. Con Louis Armstrong, con Sidney Bechet, con Bix Beiderbecke… y siguiendo la evolución del jazz desde sus primeros pasos en Nueva Orleans, pasando por Chicago y muriendo en Nueva York a mediados de los 40. Y es que para Mezzrow el jazz perdió todo su sentido con la irrupción del swing. Así de purista fue Mezzrow, hasta el punto de considerarse negro (así lo solicitaba expresamente que constara en su ficha carcelaria en sus múltiples visitas a la prisión) a pesar de haber nacido más blanco que la leche en polvo.

Pero al margen de las privilegiadas anécdotas musicales, Really the blues ofrece una segunda lectura. La de la sordidez de los bajos fondos, la de los años de la ley seca, la de los inicios del trapicheo de sustancias estupefacientes. Y es que Mezzrow era un auténtico 'jailbird', el mejor 'dealer' de la zona y su marihuana era famosa hasta el punto de que en Harlem se la conocía como “mezz” en su honor. Es en estos pasajes en los que esta autobiografía cobra vida y se convierte en un ejercicio de literatura 'beatnik', de realismo sucio, y además pionera en el género.

Así que no es de extrañar que personajes como Tom Waits, Allen Ginsberg o Henry Miller destaquen la espontaneidad y cercanía de esta biografía singular, contada gracias a Bernard Wolfe a través de conversaciones con el propio Mezzrow, uno de esos personajes secundarios que tuvo la fortuna de estar en el momento adecuado rodeado de los verdaderos protagonistas de la mayor manifestación artística surgida de los Estados Unidos de América y que por aquel entonces comenzaba a coger forma, convirtiendo así su vida en un cántico a la pureza, a la independencia, a la integración racial y, en definitiva, a la rabia de vivir verdaderamente el 'blues'.

14 abril 2010

Orwell vivo

George Orwell o el horror a la política

Seguido de “Rebelión y conservadurismo. Las lecciones de 1984.”, de Jean-Claude Michea

Simon Leys

Acuarela & A. Machado, 2010

ISBN: 9788477742043

130 páginas

13 €


Jabo H. Pizarroso

Hay libros que convocan a la arborescente prolectura de otros libros. No se trata de meterse en una laberinto de cajas chinas. Pero se parece. Digo con esto que existen libros así, libros que empiezan en un libro y acaban en y con muchos libros, y este libro acerca de Orwell es uno de ellos. Son libros que no se quedan en sí mismos. Son libros que abren una y más puertas. Son libros que no son en absoluto aguas estancadas donde por casualidad chapotea un lector para no volver a nadar allí otra vez. Son libros que han llegado para quedarse y fructificar y traer a nuestro presente autores como Orwell.

Este libro otorga la inmensa suerte, algo poco usual hoy en día, de trazar un camino de lectura, una hoja de ruta originaria y libre para todo aquel que le echa mano y se pasa una tarde arropado bajo sus páginas.

Con un excelente, lúcido y práctico prólogo, escritor por Amador Fernández-Savater, de una aplicación actual, que reflexiona sobre los autores que hoy por hoy la izquierda necesita y ya no sólo la izquierda, el hombre decente, que pal caso es lo mismo, para detener o al menos abrir los ojos frente al liberal-capital, que deviene totalitarismo y fascismo de a poquito.

Extraña pensar en la similitud de nuestra época y los años treinta del XX, para seguir leyendo con rabiosa actualidad: Terror y Miseria del Tercer Reich, por ejemplo, de Brecht, que renace también a sorbos de lecturas.

El genial y cada vez más profético autor de 1984 fue un hombre que vivió en un colegio llamado St. Cyprian, una institución para ricos, hijo de la clase pudiente. Una clase a la que él pertenecía como invitado sin derecho a cubierto ni mesa debido a las estrecheces económicas que atravesaron sus padres. Pasó su infancia allí y se educó allí. Tosco Fidel dice de aquello, "Orwell me dice que (...) los sufrimientos de un niño inadaptado en un internado son quizá el único equivalente que quepa encontrar en Inglaterra del aislamiento experimentado por un individuo disidente en una sociedad totalitaria".

Acabados los estudios se enroló como soldado en el ejército imperial inglés y estuvo en Birmania. Luego empezó a publicar y poco a poco su cercanía con los humildes, con los más pobres (“Ella sabía muy bien lo que pasaba y comprendía tan bien como yo lo horrible que era su vida, lo horrible que era estar allí arrodillada con aquel frío en las sucias losas de un patio trasero metiendo un palo por el desagüe de un fregadero”) le llevó a reforzar un compromiso curioso, fundado y fundamental en toda su obra con los de abajo, “los que sufren y padecen la historia”, en palabras de Albert Camus al recibir el Nobel.

Tras su paso por el ejército inglés, y la publicación de sus primeros títulos, Orwell se va a España. Año 1936. Preguntado por su editor, Orwell responde sin miramientos. “Hay que detener ese fascismo”. Su inmersión en la realidad española de 1936, en la Barcelona revolucionaria, es bautismal, casi tanto como el momento en el que años antes se disfraza de pobre, de mendigo para acercarse a las ruinas de los más desfavorecidos, y en una tasca de un barrio londinense, el borracho que Orwell piensa que le va a golpear o atracar, le abraza y le palmea para invitarle a tomar una taza de té. Orwell escribe “ Tomé una taza de té. Fue como un bautismo”.

España y la Guerra, la revolución española, fueron para Orwell su conversión al socialismo humano y su aversión del totalitarismo. Sufrió casi en carne propia las purgas estalinistas contra el POUM, el partido en el que militaba. Por una izquierda humana, una izquierda que no esté ciega, pelea y bregará desde entonces convirtiéndose en aliado sin querer de los grupos reaccionarios que sólo ven en él al instigador lógico y locuaz del sovietismo ruso.

La ceguera de buena parte de la intelectualidad de izquierdas y las acechanzas que sobre Orwell ha maquinado la derecha para apropiárselo totalmente, han llegado a esqueletizar el discurso y el argumentario y la crítica que despliega 1984. Cuando ese libro como la casi totalidad de Orwell lo único que hace es pelear por el hombre decente y pelear contra el poder, pelea contra la necedad que parte de muchos hombres de disponer de los otros mediante el poder, ya sea éste el de la burocrática mesa, el sillón de cuero de un despacho ministerial o el mercenario y esclavo asiento de un banco al que asisten los pobres mendigantes asustados, los hombres normales y cuerdos, los que nunca tendrán las manos manchadas de sangre.

El comunismo y el marxismo han sido tan doctrinariamente ortodoxos que han creado tantos jesuitas como jesuitas ha hecho la iglesia. Simples marionetas que perpetúan las condiciones de falta de libertad y de igualdad en cualquier época. Orwell, y así lo reivindica el autor de este libro, con total convicción y con excelente argumentación, está en esa línea de fuego. Y como dice Orwell en el anexo de citas que aparecen en la última parte del libro que “La verdadera diferencia (entre la derecha y la izquierda) no está entre conservadores y revolucionarios, sino entre partidarios de la autoridad y partidarios de la libertad”, o “ Un ser humano normal no aspira al Reino de los Cielos, solo querría que la vida terrestre continuara”.

De la mano de Simon Leys y de Jean-Claude Michéa, este acercamiento a Orwell que siempre sabe a poco nos acerca a un autor que no está muerto y que muchos han querido matar aniquilando la fuerza de sus contradicciones y sus planteamientos. Pero el hecho de no estar muerto no quiere decir que los que lo han vivificado hasta hoy lo hayan resucitado en su totalidad. Leamos sin ceguera 1984, sin gafas antisoviéticas 3D solamente, leamos 1984 como el trasunto de la sociedad de hoy y volvamos sobre todo a Homenaje a Cataluña. ¿Por qué?, por lo de siempre, por pura decencia. Y cuidadito con la verdad, y en esto se parece George tanto a Cioran que uno se ríe de los orígenes de estas cosas, y vuelto a citar a Orwell, "Y si poseéis la verdad, os parecerá muy natural forzar a los demás a pensar como vosotros".