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25 junio 2013

Malaparte Superstar

Alejandro Luque

Malaparte, vidas y leyendas

Maurizio Serra

Tusquets, 2012. Colección "Tiempo de Memoria"

ISBN: 978-84-8383-430-5

560 páginas

24 €

Traducción de Juan Manuel Salmerón



Quien haya intentado alguna vez escribir una aproximación biográfica de cualquier personaje, sabrá que el principal escollo no reside, por lo general, en la falta de datos, sino en la dificultad para verificar aquellos de los que disponemos. La vida de los hombres es un marasmo de pistas falsas y de subjetividades que no siempre resulta fácil distinguir. Y si se trata de un hombre como Curzio Malaparte, experto en jugar con todas las barajas, campeón de la ambigüedad y de la reescritura de sí mismo, el empeño puede ser titánico.

Lo es, sin duda, el que Maurizio Serra ha llevado a cabo en Vidas y leyendas, acertadísimo título por contener las siete felinas existencias de este escurridizo personaje, uno de los escritores más fascinantes de la Italia del siglo XX, y también sus versiones apócrifas, sus falsificaciones interesadas y toda la mitología que generó a su alrededor. Si bien se ganó la posteridad en dos libros (¿eran novelas, reportajes?) memorables, Kaputt y sobre todo La piel, Malaparte gastó buena parte de sus esfuerzos en la escritura de su obra maestra, su propio guión vital, éste que Serra desentraña con dos instrumentos básicos: uno, un conocimiento profundo no sólo de la obra malapartiana, sino de la época en que vivió. Y en segundo lugar, un permanente cuestionamiento de todo.

Era incapaz de engañar, porque para eso tendría que haber aceptado la realidad”, afirma el biógrafo, y con eso está dicho casi todo. Ni se llamaba exactamente Curzio, ni se apellidaba Malaparte; ni su famoso confinamiento en Lípari –una reprimenda de Mussolini– fue como lo contó, ni su divorcio con el fascismo fue tal… Sí estuvo en Rusia, y en Etiopía, y en China, “donde el socialismo se juega su última oportunidad”, aunque hay dudas de que lo recibiera Mao para contarle que admiraba sus Técnicas de golpe de Estado… Y sólo la enfermedad y la muerte le impidieron culminar su sueño de recorrer Estados Unidos, de Nueva York a San Francisco, en una gira triunfal en bicicleta. Pocos intelectuales como él merecen la manoseada denominación de testigos del siglo; pocos reflejan también la ambigüedad moral, ideológica y artística de su tiempo.

Narcisista, políglota, veterano duelista, pendenciero –a punto estuvo, al parecer, de liarse a puñetazos con su admirado Albert Camus en una discoteca–, poeta irregular pero prosista de un poderío abrumador, periodista dotado de un envidiable olfato y una ambición vigorizante, así es el retrato que Serra hace de nuestro personaje, sin eludir algunas cuestiones íntimas de su personalidad, como su desmedido amor por los perros y su extraña relación con las mujeres, a las que al parecer seducía de un modo fulminante, pero de cuyo contacto físico nunca llegó a disfrutar en plenitud. También aborda su paso de la literatura al cine, a lo Pasolini aunque sin tanta fortuna, y refleja a la perfección el desfile político que se produjo ante su lecho de agonía, en una clínica pagada por la Democracia Cristiana, y su tardía e irónica conversión al catolicismo, según ha explicado el biógrafo, “para no tener que ir a una clínica pagada por el Partido comunista”.

Si la vida, o las vidas, de Malaparte dan para una novela, es una novela de enredo, con un personaje central de una complejidad casi mareante, y desde luego nada edificante. Más o menos como el tiempo que le tocó vivir. ¡Ah! Para disfrutarla no hace falta haber leído Kaputt ni La piel, pero resulta muy difícil no verse tentado a leerlas o releerlas después de pasar la última página de esta biografía.


Muss / El Gran Imbécil

Curzio Malaparte

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-17-3

152 páginas

17 €

Traducción de Juan Ramón Azaola



Mientras leía estos textos de Curzio Malaparte, no podía evitar imaginarme una obra de teatro, un largo monólogo, lleno de giros y digresiones, en el que un bufón se dirige al cuerpo sin vida, ultrajado, colgado por los pies en la milanesa plaza Loreto, del dictador al que sirvió. Ese es, 'grosso modo', el contenido de Muss. Retrato de un dictador y El gran imbécil, aunque como todo lo que tenga que ver con el escritor de Prato, pueda prestarse a muchas interpretaciones.

Como bien explica Francesco Perfetti en el prólogo de esta edición, todo empieza con el proyecto de escribir la biografía de Mussolini, pues no hay escritor afín a una dictadura que no sienta como misión más o menos ineludible retratar para la posteridad a su gran guía. El voluble Malaparte, según explica su biógrafo Maurizio Serra, mantiene con el fascismo una suerte de “amor no correspondido”. Profesa el culto a la fuerza, y ve en la figura de Il Duce no sólo una oportunidad para el despertar de Italia, sino para sus propios intereses, que marcan su alejamiento del régimen conforme van viéndose frustrados. En esto llega el caso del confino, la detención y reclusión en la colonia penitenciaria de Lípari durante casi dos años. Éste será el gran argumento del autor para presentarse en adelante como mártir del antifascismo, y el gran giro que sufre Muss, un texto que en su primer borrador empieza como exaltación del sátrapa y acaba volviéndose feroz invectiva.

¿Cuál es el argumento del drama? Obviamente, la relación del intelectual con el poder, el modo en que aquél coquetea con éste, y también cómo el abrazo del poder puede hacer crujir los huesos del intelectual cuando alguno pierde el paso del baile. “Tú no sabes cuánto te he odiado, Muss. Cuántas veces te he escupido a la cara en mi celda de Regina Coeli, en la celda nº 461 del 4º Corredor, con aquel olor a chinches y a moho…”. Poco importa que sepamos que el escritor no sufrió un presidio tan angustioso, aunque para alguien tan libre como él cualquier cerco sería claustrofóbico. A quien oímos es al actor en plena representación, justo antes de dar el golpe maestro: se vuelve y dirige su discurso hacia el patio de butacas, es decir, hacia sus compatriotas.

La mala fe del pueblo italiano le lleva a fingir que cree en cosas, en personas, en ideas, en las que no cree, y a actuar en consecuencia. Tal era la mala fe de Mussolini (…) El italiano finge creerse sentimental: y no lo es. Romántico: y no lo es. Idealista: y no lo es”. Continúa una larga perorata en la que Malaparte va apretando nervios de la italianidad, dando a entender una idea cruel: un dictador es un producto de su pueblo, un reflejo de los peores atributos de la masa. Claro que el escritor, desde el escenario, pretende olvidar –y que olvidemos– que también él participó en la glorificación del Duce.

Llega entonces uno de los más fascinantes pasajes de este libro, el relato del encuentro de Malaparte con el asesino de Mussolini, en la plaza Colonna de Roma. “Era el asesino estúpido, banal, típico de la crónica negra de los años de posguerra en Italia (…) Le mató no como se mata a un hombre, sino como se roba algo de dinero de un cajón”. Naturalmente, Malaparte lo inventa todo, pero lo inventa muy bien, y encamina su imaginación hacia el terreno que le interesa: después de manifestar su odio hacia el tirano, ensaya un ejercicio de compasión similar al que haría en La piel.

Tras este intenso relato, llegamos a El Gran Imbécil, que entra de lleno en el terreno de la caricatura, pero una caricatura tan ácida y rabiosa que roza lo grotesco, si no fuera porque lo grotesco se parecía mucho al modelo original. No deja Malaparte, desde luego, de soltar patadas en las espinillas a los italianos, ese pueblo cobarde que necesitó de la ayuda extranjera para desalojar a Mussolini del poder, y cuando lo hizo, fue de aquella manera innoble y violenta…

Ésa es la obsesión que mueve estos escritos de Malaparte: el atroz fin de Mussolini, la frustración porque ninguno de sus fieles hubiera tenido la deferencia de darle una muerte honrosa. “Si yo hubiese sido uno de los suyos, no hubiera vacilado en dispararle”, escribe. Y de la imposibilidad de matar al Padre, al único consuelo posible: el escarnio jocoso, que de paso le colocaría del lado de los buenos en la nueva coyuntura. “A los tiranos no hay que matarles, hay que burlarse de ellos. No hay que cubrirles de sangre, sino de ridículo”.

¿Se puede decir algo más de este gran histrión? ¡Telón! ¡Aplausos!

[Publicado en M'SUR]

28 mayo 2012

El infierno según Virgilio

Ilya U. Topper

Una de estas pequeñas experiencias que tienen precio –normalmente euro y medio o por ahí– es andar por una calle de Madrid, quedarse magnetizado, como de costumbre, por una manta en la acera con volúmenes sobre los últimos avances de la medicina de 1950, manuales de picapleitos y evangelios misioneros, escudriñar esa novela barata en medio, la de la rubia con una pistola que brega inútilmente por esconderle el escote, y darse cuenta de que se trata de Kaputt. O de La Piel.

Los dos libros tienen en común, aparte del autor –Curzio Malaparte– que en ellos no aparece ninguna rubia con pistola. Pero en los cincuenta, aparentemente, la manera más eficaz de circumnavegar la censura de la Iglesia Católica era hacer ver que el libro en cuestión era un hatajo de pecados mortales y, por ende, inofensivo. Porque lo inofensivo, para la Iglesia, es el pecado; La Piel, sin embargo, que flagela en duros términos la corrupción moral de una sociedad en posguerra, acabó en el Index Librorum Prohibitorum.

En duros términos, he dicho. Me quedo corto. Porque no juzga: simplemente describe. Que es más duro que juzgar. Pero lo hace con una risa contagiosa y con una inmensa ternura, esa mezcla tan mediterránea de medir la temperatura del propio infierno y pedir un cargamento más de leña, por si acaso, sin perder el buen humor. Malaparte es el Virgilio de este infierno donde pululan ingenuos Dantes, los soldados estadounidenses que ocupan Nápoles, 'the good boys', chicos encantadores que han venido a salvar el mundo y lo están transformando en mercancía barata, cual rey Midas de Disneylandia, en carne de prostíbulo y lamebotas. La mayor atracción de la ciudad, lo nunca visto, a cinco dólares, no lo adivinan: una chica de trece años que ¡es virgen! ¡Compruébenlo!

Malaparte, juez y parte, es lazarillo y cómplice de los chavales norteamericanos, pero es también  un agudo observador, como corresponde a un ex reportero de guerra, reconvertido ahora en intérprete del Ejército estadounidense. Colaborar con la potencia ocupante de su patria sería sólo un pequeño y divertido intervalo para alguien que había marchado con Mussolini sobre Roma y era miembro del Partido Nacional Fascista antes de ser exiliado a Lipari, primero, y encarcelado luego cuatro veces por sus antiguos camaradas, para alguien que terminaría afiliado al Partido Comunista y quien, según las malas lenguas, murió en la fe católica a la vez que en la maoista. Cada uno de estos rasgos serviría para condenarse, pero es leyendo La Piel, esa inmensa pintura al fresco de un Nápoles inmortal, cuando uno entiende la sonrisa sarcástica y tierna con la que Malaparte tuvo que haber pronunciado tres o cuatro credos incompatibles a lo largo de su vida.

Una danza macabra de Brueghel contada en el lenguaje del mejor Mark Twain: eso es la famosa Escena de la Sirena, que es a la literatura lo que el detalle de los relojes de Dalí a la pintura. Imagínense al Estado Mayor norteamericano, ladies incluidas, en la sala de cenar, imagínense que, debido a la escasez de platos dignos, los sirvientes italianos, ansiosos de complacer a los nuevos dueños, les traen día tras día los peces del famosísimo acuario de Nápoles, imagínense que un día les sirven en bandeja de plata una sirena. Sí, sí, una sirena como en los cuentos de Andersen, con pelo dorado, cuerpo humano y casi cola de pez. Y ahora imagínense que mientras ustedes leen la escena, no pueden dejar de desternillarse de risa. Eso es realismo mágico, pero a lo esperpéntico, un espejo cóncavo frente a los grandes del género, Rulfo y Marsé (perdonen, pero García Márquez nunca pasó del realismo-realismo).

No pueden dejar de desternillarse... si le pueden seguir a Malaparte en su capricho de contar parte de los diálogos en el idioma en el que se producen, es decir inglés, en este caso. A veces repitiendo el sentido en italiano, a veces no. Una faceta del escritor aún mucho más pronunciada en Kaputt, el libro que recoge sus andanzas de reportero por los frentes de guerra de media Europa, de Ucrania hasta Suecia. Tomando por título lo que tal vez sea la palabra alemana más universal, aunque todos los alemanes la tienen por un préstamo de oscuro origen italiano, Malaparte traza una Europa rota, con más  Brueghel y menos Mark Twain (esa escena de los campesinos ucranianos ahorcados, ya me dirán), muchas más páginas y una mezcla de idiomas ya insondable. Sería un gran libro si no lo superara tanto, por su brevedad, La Piel. Eso sí, léanselo, aúnque sólo sea para encontrar la página donde cuenta los trucos del oficio del esperpentista. Esa escena en la que consigue convencer al general, que duda de que a Malaparte le pasaran todas esas cosas truculentas que no para de narrar, de que se acaban de comer juntos una mano humana. No tiene precio. O sí: euro y medio, dos, según la manta en la acera.

14 septiembre 2009

Manual para subversivos y policías

Técnicas de golpe de estado


Curzio Malaparte


Backlist (Planeta)

ISBN: 9788408085188

288 páginas

21 €

Traducción: Vítora Guevara




Manolo Haro

Nacido para la vida como Kurt Suckert y para la literatura como Curzio Malaparte (Prato, 1898 –Roma, 1957), el autor enjuiciaba Técnicas del golpe de Estado de manera tajante: “Odio este libro mío”. Desde que Adolf Hitler lo hiciera arder en la plaza pública de Leipzig con otros desafortunados títulos (por primera vez en Europa alguien dedicaba un ensayo a hablar mal del Führer), la existencia de Malaparte se vería contrariada por diversas situaciones concernientes a su publicación en 1931. Hitler llegó a exigirle su cabeza a Mussolini; esto lo llevaría a la cárcel y al destierro en Lipari durante 5 años (“por manifestaciones antifascistas en el extranjero”), conmutados luego por una libertad vigilada en Capri. En su afán por quitarlo de en medio (era detenido cada vez que un jefe nazi pasaba por Roma), Mussolini llegó a preguntar si era judío. Algunas de sus posteriores corresponsalías de guerra (Etiopía, por ejemplo) las desempeñó con un agente custodiando todos sus movimientos. En África se le proporcionó un rifle para atajar una emboscada de guerrilleros, motivo por el que se le condecoraría, paradójicamente, con una Cruz de Guerra que lo señaló con el baldón de pro-fascista en ciertos círculos intelectuales italianos, aunque idiológicamente su pensamiento se mantuvo hasta el final de sus días bien asentado en la izquierda (donó a la Republica Popular China su hermosísima Casa Malaparte a los pies del Mediterráneo que baña Capri).
Como el propio Malaparte afirma en el prefacio a su edición francesa de 1948, el libro acepta bien una doble condición: la de “manual del perfecto revolucionario” y la de “manual del arte de defender el Estado”. El interés que puede suscitar un título como éste, después de tanto tiempo y tanta bibliografía publicada al respecto, reside en que ofrece un certero análisis de las asentadas (Rusia), jóvenes (Italia) e incipientes (Alemania) dictaduras que se fueron forjando en Europa desde la Revolución de 1917. No hay que perder de vista que el autor de La piel dio a la imprenta este libro en 1931, de manera que pudo recoger las evidencias de los avances políticos del comunismo, el work in progress de Benito Mussolini y el perfeccionamiento golpista, después del fallido en Munich en 1923, de Adolf Hitler, aún sin concretar, y del que dirá que es tan sólo un caricatura del Duce. De hecho, el autor encarrila su discurso pasando por estaciones de distintos estilo arquitectónico, ya sean éstas construidas al modo soviético, italiano o alemán. Malaparte tenía en la cabeza a Primo de Ribera en España y al “Bonaparte socialista” de Pilsudski en Polonia, pero, a pesar de ello, tomó los tres casos citados como paradigmáticos de los métodos golpistas.
Los catilinarios de la Era Moderna, opina el autor, tienen un referente claro en Napoleón por el mero hecho de que se han empeñado en parecer liberales hasta el último momento, es decir, “hasta el momento de recurrir a la violencia”. El gran error de los Estados liberales (aún hoy) es creer que la subversión se puede frenar con el Parlamento y el Estado policial. Trosky, señalado por el escritor como el creador de la técnica del golpe de Estado –a pesar de Lenin y de Stalin­-, aseveraba que “la insurrección no es un arte. Es una máquina. Para ponerla en marcha hacen falta técnicos”. La lección la aprendió a la perfección el camarada Stalin, que en 1927, en vísperas del X aniversario de la Revolución, le chafó su celebración –con otro golpe de Estado– al camarada Trosky. Entre “el arte de tomar el poder” de éste y “el arte de defender el Estado” de aquél, mediaron unos cuantos años de vital importancia para la historia de Occidente.
Italia ha sido una tierra pródiga en manuales de táctica política desde que Castiglione y Maquiavelo dieron sus respectivos El Cortesano y El Príncipe en el Renacimiento. La contribución a esta tradición de análisis de modos y estrategias del arte de gobernar por parte de nuestro libro resulta clara. La razón de ser de este ensayo es, tal como afirma Curzio Malaparte, “la de mostrar que la conquista y defensa del Estado no es un problema político, sino un problema técnico; que el arte de defender el Estado está regido por los mismos principios que rigen el arte de conquistarlo”. Hoy se puede leer como un libro de historia, como una disección del pasado cercano y un terrorífico presagio de un presente ululante que viviría Europa en breve.
En estos días que el término se deja caer por los periódicos cuando se habla de Honduras, cuando hay que someter a recuento los votos en elecciones de países de democracias ficticias, inexistentes o aparentes, cuando el control del telégrafo, las oficinas de correos, las estaciones, etc. se ha trocado por el de los grandes grupos mediáticos, recobrar este título por parte de la sección Backlist de Planeta es todo un acierto que ofrece la posibilidad de leer un texto que aún conserva toda su validez y aplicación en el bendito mundo en el nos ha tocado vivir.
POST SCRIPTUM: Hugo Chávez está contribuyendo a formar un canon literario muy particular, más llevado por los títulos efectistas que blande a lo largo y ancho del mundo -para alegría de Eduardo Galeano (Las venas abiertas de America Latina, Siglo XXI) y de Vicente Verdú (El capitalismo funeral, Anagrama- que por un verdadero conocimiento de la literatura. El hecho de que Chávez se haya convertido de manera inconsciente en un agente literario que activa el mercado con tal versatilidad es probable que lleve a algún editor a pensarse si colocar su teléfono junto al de Beatriz de Moura o Carmen Balcells. Entre los 15 libros que compró en Madrid el pasado viernes (la mayoría de teoría política e integración latinoamericana) no sabemos si iba el de Malaparte. De todas formas, en algún momento de su estelar carrera como creador de lectores debería fotografiarse con un ejemplar de Técnicas del golpe de Estado. Él que le debe tanto al amigo Curzio.