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15 mayo 2012

Las batallitas del abuelo Simpson


El arte de desgranar alubias

Wieslaw Mysliwski

451 Editores, 2011

ISBN: 978-84-9289-115-3
600 páginas

21,50 €

Traducción de Francisco Javier Villaverde



José M. López
Cuando algún amigo intenta convencerme de que lea tal o cual novela o de que vea tal o cual película argumentando que cuenta una buena historia, siempre suelto la misma frase: se puede hablar de la separación de un matrimonio a través de un 'telefilm' de sobremesa de Antena Tres, o bien a través de una obra maestra como Kramer contra Kramer. Con esta pullita intento explicar que lo que hace que una obra me atraiga o me conmueva no es su argumento, sino el tejido de la misma, la forma original y única en que un autor transmite, gracias a su dominio del lenguaje (cinematográfico, gramatical, visual…), desde la anécdota más vana hasta el sentimiento más trascendente.

El arte de desgranar alubias es la última novela del  Wieslaw Mysliwski (Dwikozy, 1932), escritor polaco de enorme prestigio en su país. En ella partimos de una idea, en principio, original: un viejo guardia que vive solo junto a un lago recibe la visita de un desconocido con la excusa de pedirle unas alubias. Este encuentro sirve como excusa para, mientras ambos se disponen a desgranar las vainas de dicha legumbre, el guardia se disponga a contar la historia de su vida de manera arbitraria y desordenada: su infancia, la escuela, sus primeros trabajos y amores, las secuelas de la guerra. Debido a la fragilidad de la memoria del viejo, el resultado es un sentido retrato de su propia vida, a la vez que un deshilachado cuadro de la Polonia surgida tras la Segunda Guerra Mundial. Sinceramente, ni siquiera tras las más de quinientas páginas que tiene la novela llego a interesarme casi lo más mínimo por las penurias de este Lázaro nacido a las orillas del Warta, que va sufriendo infortunios y superando vicisitudes a través de las enseñanzas de diferentes “amos” que le cobijan bajo su ala. Tengo que reconocer que si en algún momento he llegado a emocionarme a lo largo del libro ha sido con la aparición de algunos de estos personajes endurecidos por las horas pasadas tras las trincheras, seres de carne y hueso descritos con sincera emoción contenida. Sin embargo, y lo digo como virtud, la guerra nunca cobra un protagonismo real en la novela, jamás aparece en primer plano ni descrita claramente. Es, más bien, un personaje de fondo, una oscura tela que cuelga sobre el escenario y enmarca cada anécdota, y que se atisba como una sombra desoladora tras la mirada da todos y cada uno de los personajes. El paisaje emocional e ideológico descrito en la novela es el clásico para épocas de posguerra, el 'pack' ya lo conocemos: pobreza y miseria moral, nihilismo, el sexo como refugio, la omnipresencia de una violencia a veces latente…

¿Pero cuál es realmente el problema del libro? Como obra picaresca, la historia está contada desde dentro, a través de un narrador intradiegético (el guarda) que relata lo ocurrido en primera persona. A demás de esto, el autor opta narrativamente por seguir un estilo eminentemente dialógico y conversacional, tomando como excusa el relato que el anciano cuenta a su invitado (narratario) mientras ambos realizan la tarea descrita en el título del libro. Las continuas alusiones a este interlocutor interno (“como usted sabrá”, “se lo voy a contar de nuevo”, “¿no le he dicho ya…?”) así como el supuesto estilo coloquializante (cambios entonativos abruptos, frases entrecortadas, digresiones incoherentes, tediosas perífrasis…) no hacen más que entorpecer el relato, y dan como resultado un discurso adulterado y falsamente conversacional. Seguramente el autor, al seleccionar dicho registro, intenta que la historia transmita una mayor carga de realismo, pero su escasa pericia a la hora de plasmar los rasgos de una supuesta charla hace que el lector se distancie del relato, y se pierda entre tantas reiteraciones e incongruencias fingidas.  No me llegan, no me “pegan el pellizco”, por tanto, las batallitas de este pobre viejo que llega a recordarme al abuelo Simpson atrapando a Bart o a Lisa para darle otra vez la chapa y soltarle anécdotas de su juventud. A pesar de ello sigo leyendo, y las hojas  pasan cada vez más lentamente, en una procesión interminable hasta la ansiada página final. Y me doy cuenta de que ese inocente vecino que hace ya más de cuatrocientas páginas llamó a la puerta del anciano soy yo, y me veo atrapado, sin saber cómo, desgranando alubias y aguantando una soporífera perorata acerca del bien y del mal. Y deseo de una vez por todas, aunque sin llegar a atreverme, buscar una excusa y dejar la jodida vaina de alubias sobre la mesa, salir de la casa de este triste anciano y no volver a verlo nunca. Pero soy de carácter débil, y, como no suelo dejar a la gente mayor con la palabra en la boca, sigo leyendo, resignado, hasta el final.

23 diciembre 2011

Una poética del Medio Oeste americano


En el condado de Grouse

Tom Drury

451 Editores, 2011

ISBN: 978-84-92891-08-5

385 páginas

19,50 €

Traducción de Javier Ortiz



Sara Mesa

Hace algunos meses leí en el número 331 de la revista Quimera una conversación entre Tom Drury y Antonio Orejudo que me llamó especialmente la atención. Los dos escritores hablaban con gran humildad de sus influencias literarias, las auténticas, no las que se suelen decir pomposamente en público. Mientras Orejudo mencionaba los libros de Los Cinco, Tom Drury hablaba de… su madre. Su madre, que no era escritora, que era simplemente una mujer que “tenía una visión estética, una forma muy hermosa de contar las cosas que veía en sus paseos alrededor del pueblo”. También mencionaba Drury los relatos de Sherwood Anderson, que son -cualquiera que los haya leído lo sabrá- maravillosos y extremadamente delicados. Bien, me dije, aquí hay un escritor que me interesa. No me equivoqué.

En el condado de Grouse (cuyo título original es The end of vandalism) fue la primera novela de Tom Drury (Iowa, 1956). Apareció publicada por series en el New Yorker en 1994, posteriormente como libro en 2006 y ahora llega a España de la mano de 451 Editores, que también ha publicado, del mismo autor, La región inmóvil. En el condado de Grouse describe la vida de varios personajes del Medio Oeste americano ubicados en un condado imaginario, con una narración en la que imperan la sencillez y la poeticidad. Hay mucho de Sherwood Anderson en este libro, empezando por la inclusión de un plano del condado al inicio del libro, del mismo modo que Anderson incluía un plano en su Winesburg, Ohio. Pero hay más que eso: al igual que en todas las novelas que crean espacios míticos, el lector sabe que va a entrar en un territorio concreto, con sus personajes, sus normas, sus particularidades geográficas y sociales, un territorio que se convierte en familiar a medida que se avanza en el libro, que siempre resulta coherente dentro de sus límites, y que -lo mejor de todo-, a pesar de su acotación tiene vocación de universalidad. Las vidas de los personajes en los que se detiene el narrador nos conciernen, nos importan, se nos hacen cercanas y familiares, aunque nuestra cultura esté muy alejada de la de ellos -o quizá no tanto-.

Se ha dicho de este libro -en la misma contracubierta se indica- que se trata de una novela coral. No sé si esta interpretación confunde porque, aunque es cierto que aparecen muchos personajes e historias, la acción principal corresponde a una pareja, la formada por el sheriff Dan y la fotógrafa Louise, y por aquellos que los rodean, en especial el ex marido de Louise, Tiny. La relación entre Dan y Louise -dos personajes tratados con especial cuidado- es el hilo que recorre toda la novela, una relación con sus altibajos, momentos felices y momentos dolorosos, una relación normal pero al mismo tiempo grande, humana. El resto de personajes cuentan con papeles menos relevantes en la obra, aunque tienen también una importante función: construyen el marco que da verosimilitud y solidez a la vida del condado y sus pueblos. La sensación de novela coral, desde mi punto de vista, viene más bien por la consistencia con que están construidos cada uno de estos personajes más que por el armazón estructural de la obra. Como estructura, esta novela se asemeja más a El villorio de Faulkner, donde hay personajes más relevantes que otros (los Snopes, Varner…), sin que esto haga palidecer la fuerza de los secundarios. Más que una novela coral, esta es una novela donde todo -hasta los personajes más esporádicos- está bien encajado y construido, por eso se produce la sensación de riqueza y variedad que nos hace pensar en lo coral.

La galería de “secundarios” en En el condado de Grouse es realmente sugestiva, y constituye un muestrario de la vida en el Medio Oeste americano: granjeros, predicadores, comerciantes, apostadores, timadores, notarios, criadores de caballos, pero también artistas, una estudiante taiwanesa de intercambio, una 'stripper', una reportera de televisión, una consejera matrimonial, jueces y políticos locales. De fondo, el paisaje de los pequeños pueblos, con sus granjas, sus tiendas, caravanas y campos de cultivo, un condado marcado por el frío y la nieve y, de fondo, el aislamiento y la insatisfacción, como queda magistralmente reflejado en el siguiente diálogo:

“-Tengo treinta y nueve años -contestó Tiny- y todavía no he visto el Cañón del Colorado; ni las cuatro caras de los presidentes de Dakota. El mundo me pasa por delante y ni me entero.
- Has estado en Las Vegas –repuso Jerry.
- Estoy hablando de las maravillas de la naturaleza -dijo Tiny-. Mira alrededor, Jerry. ¿Qué hay aquí?
- Tu coche, el mío y mi casa.
- Toda la tierra está cultivada. Todo lo que no está cercado lo siembran. ¿Qué ha sido del país salvaje que teníamos antes? Ahí es donde me gustaría ir.
- Estás hablando de un lugar que nunca ha existido.”

El gran acierto de la novela de Drury, lo que hace precisamente que sus personajes nos interesen y den la sensación de estar realmente vivos, es su actitud narrativa discreta y distanciada. Los personajes se definen a sí mismos por sus palabras, por su forma de actuar. Salvo en contadas ocasiones, el narrador no opina, no interpreta, los deja libres. De hecho, cuando interviene (esporádicamente) su voz chirría un poco. Es posible que estas intervenciones limitadas se deban a la publicación original por entregas de los capítulos, y a la necesidad de enmarcar las acciones para lectores despistados de aquel tiempo. En cualquier caso, se trata de una narrativa muy visual, en la que las imágenes -potentes y, en ocasiones, líricas- son las que dan fuerza al relato. Cuando el sheriff Dan se encuentra un bebé abandonado lo que se nos cuenta es simplemente es “Dan oyó un llanto, abrió la caja y encontró a un bebé envuelto en una camisa de franela azul, con una nota prendida: ‘Me llamo Quinn. Por favor, cuídame’. El bebé tenía los ojos y el pelo oscuro y lloraba sin parar. El sheriff cogió la caja de cervezas, la colocó en el asiento del pasajero del coche patrulla y ajustó el cinturón de seguridad alrededor de la caja lo mejor que pudo”. Nos basta con eso. Sabemos del dolor, de la alegría, de la duda de los personajes por el modo en que se expresan, por las cosas que hacen. La narrativa de Drury se despoja de sentimentalismo -no se nos explican continuamente los vaivenes emocionales de los personajes- pero no excluye el sentimiento. De hecho, hay momentos muy emotivos en la historia, lo cual es sorprendente teniendo en cuenta la aparente frialdad del relato.

Pero no se trata solo de economía de medios o de austeridad narrativa. Se trata de depuración, de condensar en la imagen los significados, darle peso y consistencia a una narración que parece basada en detalles insignificantes, pero que no lo son, porque precisamente son esos detalles los que constituyen la vida. En la conversación de Quimera que mencionaba al principio, Tom Drury aseguraba: “Creo que hay una forma de decir las cosas en el Medio Oeste, decirlas de forma natural”. Y más adelante: “Mi escritura, libro a libro, es una voz con la idea de decir las cosas directamente pero también de una forma original, simple pero no plana”.

Es muy difícil escribir como escribe Tom Drury, darle a la narración una textura propia, destellos de humor, epifanías poéticas y consistencia desde una actitud humilde y distanciada. Es muy difícil hacer eso y muy pocos lo hacen, porque la tentación de hacer brillar al narrador es más fuerte que la necesidad, a veces imperiosa, de callarlo. Hace poco cometí el error de darle una oportunidad más a Paul Auster y leí Brooklyn Follies. Bien, de lo único que me alegro es de que este libro rematadamente malo me haya servido para dar aún más contraste y valor a la prosa limpia y eficaz de Drury. Donde Auster es pretencioso, irritante y entrometido, Drury es elegante y preciso; donde Auster cursi, Drury sensible; donde Auster construye monigotes, Drury elabora personajes vivos, incluyendo a los femeninos (¡cosa nada frecuente!), y muy en especial a Louise. Sé que esta crítica comparativa no es muy ortodoxa, sobre todo porque estoy hablando de la obra última de Auster, que es la que lleva flojeando ya demasiado tiempo, y porque el mérito de un escritor no se basa en el demérito de otro. Pero el caso es que aquí a Auster lo conoce y lo lee todo el mundo, mientras que de Drury prácticamente no habíamos oído hablar hasta ahora. ¿El peaje de ser humilde? A eso me refiero.

05 octubre 2011

Piskor nos deja "molidos"


The Beats

Harvey Pekar y Ed Piskor

451 Editores, 2011

ISBN: 978-84-92891-10-8

200 páginas

19,50 €

Traducción de Santiago García



José Martínez Ros

Fueron los hijos de la Generación Perdida de Hemingway o Scott Fitzegald y los padres secretos de los 'hippies'. Los primeros en rebelarse contra el adocenado 'American way of life' de los años 50, los Estados Unidos sonrientes e hipócritas de Truman y Eisenhower, y quienes acuñaron el término "contracultura". Escribieron En el camino, La máquina blanda, Aullido y otros muchos libros que se convirtieron en clásicos. Sus novelas y poemas mostraban abiertamente sus experiencias acerca del sexo sin compromisos y los estados alterados de conciencia producto de sus experiencias con las drogas. Ejercieron una enorme influencia en los movimientos por la liberación de las mujeres, los afroamericanos y los homosexuales que estallaron en la década siguiente. Eran los Beats, la generación “molida”. Gracias a esta novela gráfica, obra de Harvey Pekar, el autor de American Splendor, y Ed Piskor, junto a otros guionistas y dibujantes, teníamos 'a priori', en las librerías, una excelente oportunidad para recordarlos. Y lo habría sido si el tema hubiera caído en otras manos.

Estructurada como una serie de biografías paralelas, se centra en los tres grandes chamanes del movimiento Beat: Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William S. Burroughs. El primero, un antiguo jugador de fútbol de la Universidad de Columbia, que tras abandonar sus estudios fue, sucesivamente, dependiente de una gasolinera, albañil, marinero y, por último, un novelista revolucionario que llevó el espíritu de la epopeya a las carreteras norteamericanas antes de morir alcoholizado; el segundo, budista, místico, homosexual y tal vez con vocación de santo, escribió algunos de los poemas más intensos, angustiosos, leídos e imitados del siglo XX, como "Aullido" o "Kaddish"; el tercero, el más culto, longevo y, sin duda, tenebroso de este célebre trío de inconformistas, descubrió que el lenguaje era un virus extraterrestre que había colonizado nuestras mentes y condicionaba la forma en la que vemos la realidad y, a lo largo de una larga vida dedicada a la delincuencia, las drogas, la autodegradación y la literatura, se dedicó a denunciarlo. Por supuesto, Pekar y compañía no olvidan a otros grandes artistas, como Robert Duncan, Diane di Prima o Charles Olson y a sus no menos novelescas existencias. The Beats hubiera podido ser un ejemplar testimonio gráfico y literario de un pequeño grupo de hombres y mujeres que cambiaron nuestra manera de pensar, de vivir, de soñar. Pero, lamentablemente, no es así. No. Nada de eso. The Beats se las arregla para que resulte aburrido.

Sin embargo está lastrada, y la responsabilidad corresponde sobre todo a Pekar, el principal guionista, por lo muy convencional y lineal de su estilo, que se repite biografía a biografía. Este cómic ha recibido gran cantidad elogios, que sólo puedo explicar, en parte, por la fama de Pekar, que en este caso se muestra inexplicable, y el tema que trata (supongo que es más fácil poner a parir a Batman) y porque buena parte de sus lectores no lo son, habitualmente, de cómic. Pekar escribe un guión impermeable a cualquier innovación en las técnicas del arte que supuestamente practica, como si nunca hubieran sido publicados Maus, Ronin, From Hell, El Incal, Paracuellos, 100 balas, Los invisibles, El eternauta, etc, etc.

Hubiera sido necesario que, además de una serie de datos, la biografía del autor de On the road reflejara el anhelo -tan norteamericano- de los grandes horizontes y la libertad individual por encima de todo o en la de Burroughs su atormentada concepción del mundo como un inmenso campo de concentración mental, y no es así. No soñemos. El placer literario que pueden obtener en The Beats es el mismo que leyendo un artículo de la Wikipedia.

21 diciembre 2010

Artimañas imaginativas contra la soledad

Escuela de sueños

Sara Stridsberg

451 editores

978-84-96822-94-8368

368 páginas

19,50 €

Traducción de Carmen Montes Cano

Carolina León

La virilidad es una deficiencia orgánica, una enfermedad: los machos son lisiados emocionales”. Un ensayo, el Manifiesto SCUM, de unas veintitantas páginas fue publicado en 1968 (y su larga cola llega, a pesar de muchos, hasta hoy). Su autora fue una muchacha pobre, fea, lesbiana, que había sufrido abusos sexuales en la niñez y encontró en la prostitución el modo de financiarse la vida una vez que salió de la órbita materna; se refugió, después de pasar por los departamentos de investigación de la Universidad de Maryland, en el Village neoyorkino con la esperanza de encontrar caldo de cultivo apropiado a su trabajo y sus ideas. Allí (más o menos en la época en que redactaba el Manifiesto), contactó con Andy Warhol y le pasó el manuscrito de una obra teatral que esparaba que él produjera. La obra era irrepresentable (se ha podido leer en declaraciones varias de los implicados en esta extraña trama), pero el asunto es que Warhol no le devolvía el texto por más que se lo pedía. Solanas, Valerie, probablemente harta pero también estimulada por sustancias de varios tipos, martilló un gatillo tres veces contra el artista. Él sobrevivió (mal), pero ella fue recluida en sanatorios mentales durante mucho tiempo; lo que le quedó de vida (murió en 1988) es un agujero bastante negro, ausente de datos, hasta el día en que murió en un hospital de beneficencia de San Francisco.

El Manifiesto SCUM, a pesar de su hiperbolismo, no es para tomárselo a broma, pero tampoco literalmente. Lo que (me parece) le sucedió a Sara Stridsberg (autora sueca con un libro anterior a éste, Happy Sally), es lo mismo que nos puede pasar si contemplamos los datos biográficos de otras mujeres (escasamente) conocidas: pequeños atisbos de “protagonismo” cultural, obra excéntrica y anómala, circunstancias ajenas a la propia producción que la acallan y la silencian. Pobreza, enfermedad, soledad, muerte. Sin hacer mayores indagaciones, ahora mismo no puedo dejar de recordar a la actriz francesa Marie Falconetti: ¿alguien puede negar que puso rostro a la mejor versión cinematográfica del mito de Juana de Arco y que su imagen forma parte de la historia universal del cine? Sepan que la “musa” de Dreyer acabó sus días sola y olvidada de todos, en algún lugar de Argentina.

Fascinación: la novela Escuela de Sueños nace de ese gran signo de interrogación que se nos plantea delante de algunas de estas biografías. ¿Cómo es posible? ¿Cómo se escapa uno, aunque sea momentáneamente, del anonimato, del destino gris, aislado en cualquier tugurio inhóspito de la gran Norteamérica, mimetizado con los millones de almas contentas de su alienación, que siguen el dictado de dólar, de la esclavitud social, del pensamiento único y las ilusiones estrechas? Lo cierto es que, también, los Estados Unidos son ricos en esas biografías: no debe de ser fácil fabricar almas complacientes en serie.

Y Solanas trató de buscarse a sí misma, aunque en el camino se extraviara. La sueca ha creado, para poder encontrarla, un entramado ficcional extraño, bonito, fértil en sensaciones y emociones, quizá el único posible para quedar equidistante del panfleto del vencedor o de la novela policial; obviando lo más posible el cénit de su “visibilidad social” (los disparos que no acabaron con Andy Warhol), Stridsberg se agarra a los pocos datos conocidos acerca de su niñez, adolescencia y juventud, para tejer una red de sutiles y pequeños elementos totalmente imaginarios (aficiones, lemas, colores, el mar, el surf), quizá en un intento de tratar de entender al personaje desde dentro. Montada en escenas breves, el lenguaje gira en torno a esos pivotes de realidad interior, como si una cámara fisgara en la intimidad de las habitaciones. Además, juega con las personas narrativas: de alguna forma, asumiendo que intentar novelar la biografía de quien existió, dejó tan escasa huella y ya no puede defenderse, no puede hacerse sino es desde el afuera. Stridsberg misma se introduce como personaje en diálogo con la protagonista. "¿Cuál es el material?", le pregunta en varias ocasiones. Lo teatral es la única forma de literatura que se le conoce a la Solanas.

Así, la autora intenta con esas artimañas desentrañar el por qué, o rascar en la superficie de lo conocido y oficial (Solanas “loca”, pasando varias décadas de institución en institución); dibuja una psicología, no ya rebelde, sino lúcida: una rebelde se enfrenta al poder por enfrentarse, la lucidez de Solanas fue entender que detrás de su desgracia no cabía asentir, seguir agachando la cabeza y matar el tiempo hasta que llegase la parca, sino darle la vuelta a los conceptos. Entender desde temprana edad (al menos así lo cuenta Stridsberg) la cualidad de la opresión.

Para el lector de Escuela de sueños quedan dos certezas: una, la de que la Solanas libresca lo es, con todas las consecuencias; que la autora sueca creó un trabajo conducido por la imaginación y el amor; dos, que dentro del libro se pueden experimentar, como en una fuerza succionadora hacia arriba, hacia lo universal, muchos de los desgastes, bestialidades e injusticias que han acaecido a otras muchas personas, tocadas por la lucidez, en el caso de Solanas, pero también, y más determinantemente, por las experiencias del desarraigo, el abandono, la exclusión, y la soledad. Hay muchas formas de entender una novela como ésta, lo suficientemente compleja para abarcar a distintos públicos. La lectura que me quedo esta noche es que luchar contra el poder, masculinocrático y heteropatriarcal, no sale gratis.

17 noviembre 2009

El acierto de la ingenuidad

Muhayababes (Chicas con velo)

Allegra Stratton

451 Editores, 2009

ISBN: 978-84-96822-60-3

278 páginas


17,50 euros


Traducción: Julia Osuna Aguilar

Ilya U. Topper

Mal empezamos. El título no se entiende: Muhayababes es un juego de palabras que funciona (a medias) en inglés, sabiendo que ‘muhayaba’ significa ‘chica cubierta con un hiyab (pañuelo/uniforme islamista). Pero dado que el lector español no identificará la palabra ‘babe’ (chica atractiva, pibón), el dardo no da en la palabra sino en el vacío. Si la editorial se hubiera atrevido a poner ‘Muhayabarbies’ ―asociación que sugiere la propia autora―, tal vez hubiera funcionado algo mejor.

Conforme uno avanza en la lectura, no se va reconciliando. El subtítulo ―Chicas con velo― promete una investigación sobre un fenómeno altamente actual y altamente preocupante: el de los movimientos islamistas modernos que arrasan entre los y sobre todo entre las jóvenes y están en vías de transformar por completo las culturas tradicionales del así llamado mundo musulmán. Es la investigación que se ha propuesto Allegra Stratton, periodista británica con formación de antropóloga. Pero no es la que nos ofrece.

Exceptuando un cameo a distancia de cien metros, la primera chica moderna tipo barbie con velo ―el primer ejemplar de esta extraña especie de muhayababes― aparece en la página 150. Hasta ese momento, Stratton se dedica a irse de copas con la farándula libanesa, colarse en ensayos de raperos, dilucidar los motivos de sus interlocutoras por llevar el pelo a lo afro y pulular por residencias de artistas ateos en Beirut y Ammán (sí, lo confieso, por supuesto yo habría hecho lo mismo, es infinitamente más divertido que ponerse a buscar chicas veladas, qué duda cabe).

La lectura podría ser aún divertida y, sobre todo, un refrescante contrapunto a tanta noticia de guerra de Oriente Próximo si no fuera porque el esfuerzo intelectual se nos va en intentar adivinar las referencias de la cultura juvenil británica en lugar de reflexionar sobre la libanesa o egipcia (“Tenía más rollo que Jennifer Beals en Flashdance pero menos que los extras de un video del MC precursor Grandmaster Flash”). La traductora transmite con mucho acierto el lenguaje juvenil-callejero-coleguita de la autora, a la que estamos tentados de adjudicar una carita de posadolescente semipija disfrazada de jipi. Dedica muchas líneas a describir la indumentaria de sus interlocutores, pero muy poco a contrastar datos y ofrecernos un contexto sólido. Durante su breve paso por los Emiratos nos enteramos de la disposición de los camastros en el estudio-albergue del productor de música, pero ni siquiera se nos revela si en Dubái las chicas llevan hiyab por la calle o van a pelo descubierto. Cuando de eso precisamente se trataba.

Pero... Pero pese a todo, Allegra Stratton se salva: su ingenuidad, incluso su ignorancia ―exhibida descaradamente― evita al menos la mayor plaga de la literatura sobre Oriente Próximo: la reproducción de los estereotipos cuidadosamente filtrados por los islamistas árabes y sus tan inconscientes secuaces agnósticos occidentales. Stratton ha ido a ver lo que hay. Y las copas y los canutos con la farándula al menos la han inmunizado contra la gran epidemia europea: la que hace creernos que el islam es lo que nos quieren vender sus más oscurantistas telepredicadores.

En este sentido, el libro de Stratton enseña infinitamente más que cien recortes de la prensa seria firmados por expertos europeos que se han estudiado el Corán hasta sus últimas notas a pie y ahora creen que saben algo del mundo musulmán (aplicando sus métodos de análisis, en España, país católico, no se podrían vender condones).

Es más: durante los capítulos dedicados a Egipto, acercándose a la figura del telepredicador joven y buenrollista Amr Khaled, Stratton revela con bastante acierto la estrategia de los teólogos fundamentalistas disfrazados de supermoderados y convertidos en ídolos de las masas (y en un excelente negocio de telecomunicaciones). Léanse, si pueden echarle mano al libro, las páginas 150-200. Son las que realmente importan (sólo dos precisiones: Egipto no es un país laico sino oficialmente islámico según su Constitución y se dice ‘los Ijuan’, no ‘la Ijuan’: significa Hermanos).

Si no tienen tiempo, leánse al menos el último párrafo de la página 199, que condensa la tesis de Allegra Stratton: Los telepredicadores amables y de cara guapa que se dedican a islamizar los países árabes, vendiendo una mezcla entre autoayuda, espíritu boy-scout y pegatinas leonardodicaprio, les están haciendo el trabajo sucio (el lavado de cerebro) a los movimientos islamistas como los Hermanos Musulmanes, que así pueden renunciar a reivindicaciones como la de implantar la charia (ley coránica) o la división de sexos en público. Ahora les basta con pedir más democracia, simplemente más democracia, y esperar a que caiga como fruta madura una sociedad que hace dos generaciones de islámica tenía el nombre pero que ahora se va, implacablemente, uniformando por obra y gracia de la televisión de satélite con capital saudí.

Allegra Stratton ha gastado un diccionario de la cultura pop juvenil londinense para explicarlo, pero tiene razón.