Fresa y heridaBerta García Faet
Instituto Leonés de Cultura, 2011. Colección "Provincia"
ISBN: 978-84-89410-21-2
63 páginas
6,24 €
Premio "Antonio González de Lama" por el Ayuntamiento de León, 2010
José M. López
A pesar de su juventud, Berta García Faet (1988) ha publicado varios y reconocidos libros de poesía. Y si nos proponemos echarle en cara algo a esta magnífica poeta, sería tan solo este aspecto: ser ofensivamente joven. Porque si sus textos cargados de frescura fueran escritos por un laureado veterano, afirmaríamos que nos ofrece una poesía novedosa y original, que sirve para abrir nuevo caminos. Pero de una chica de veintiún años siempre podremos caer en la tentación de decir que posee una escritura vacía, juguetona y propia de su edad. Pero yo no suelo leer las solapas de los libros ni pedir el DNI a los recién conocidos, así que no puedo más que mostrar mi asombro y admiración ante un libro que posee dos de los rasgos que considero esenciales en poesía: originalidad y autenticidad.
Uno de los esfuerzos que más aprecio de Fresa y herida es su perpetuo intento de desacralizar lo poético, de romper las expectativas del lector y exprimir el aspecto más lúdico de lo lírico. Por su manera de fusionar el humor y lo trascendental en sus páginas me parece estar leyendo a Oliverio Girondo o a Carlos Edmundo de Ory. Y es que esta autora esgrime todas las armas heredadas de las antiguas vanguardias, sobre todo del surrealismo y del dadaísmo, para dejar en el fondo de cada poema un poso de desesperación y nihilismo. Su afición por quebrar la solemnidad del poema le lleva a cierres abruptos y sorpresivos, que, además de romper el horizonte de expectativas del lector, esconden una postura tímida y poco dada al sentimentalismo fácil.
(...) Y sólo cuando mi deseo
se ha convertido en una inmensa bola
o en un pichón o conejo obeso y planetario,
lleno de estrías por seguir creciendo
hasta llegar al límite de su volumen posible,
sólo entonces,
cuando su tamaño ya no resulta plenamente asqueroso,
socialmente nocivo, sentimentalmente molesto,
lo mato
y me lo como.
(De “Deseo”)
La autora se niega a arrodillarse ante el altar de la denominada "poesía con mayúsculas", y "grafitea" las paredes de su templo con apelativos virulentos (idiota, nazi, cáncer, gusano), y con asépticos términos científicos (carótida, brontofóbica, astenia).
Sin embargo, esta actitud lúdico-rebelde no está reñida con la autenticidad, y la tensión a la que se ve sometida cada poema no le permite caer en el saco de lo vacuo o lo excesivamente formalista. La primera parte del libro (“Registros administrativos/ Fotografías de explosiones”) se enfrenta a la construcción de la identidad, y allí observamos cómo el “yo” expresa con sinceridad descarnada su enfado ante la imposibilidad de compaginar escritura y dicha, se reivindica como mujer pasional o se muestra incrédulo a la hora de encontrar la verdad a través de la ciencia:
(…) Sí: ya no se quiebra: tiraré
a la basura
mi manojo de cifras
y para aceptar tu invitación
sólo usaré pulsos de luz,
sólo usaré la alegría.
Sólo me queda ahora la alegría
y el atrevimiento de saltar a los abismos con tus ojos
vendados
con tus manos.
Volveremos a viajar por la cinta de Moebius
de la mano.
(De “Tímido reportaje testimonial sobre los debates de invierno”)
La segunda parte del libro (“Fundamentos aplicados/ Tratados de finales”) es más virulenta y enérgica, ya que se encuentran en el campo de batalla las circunstancias que preludian los finales, las que acaban con el amor: desde las manías de un “yo” patológicamente contradictorio, pasando por el rencor efusivo hacia el otro sexo, y terminando con el inevitable sentimiento de la despedida. Pero para esta poeta el final no es un fracaso, ya que el recuerdo impide que lo bello desaparezca:
(…) No hay por qué inquietarse: entra dentro
de mí, esa pelusa del puzzle:
lo que se acaba (lo triste)
no anula el suceso (lo bello) (…)
(De “Dos elegías funerales en adagio y viernes”)
La última parte (“Poética”) la forma un único poema, que reflexiona sobre el propio oficio de escribir. Aquí se proclama, coherente con el resto del libro, que en poesía todo cabe, y que en el folio, como en la fría mesa de disección, el poeta está obligado a mostrarlo todo, desde el corazón a las tripas, desde los esperanzadores preliminares amorosos hasta los repugnantes finales que dejan el salón repleto de vísceras y de destrozos:
(…) Este es el proceso. En síntesis:
saludos, y actos de amor,
actos crueles, y despedidas.
Luego
no hay propósito de enmienda:
sólo las piezas frías
que recoges del destrozo
y que en vano expones
en esta mesa.
(De “Naturaleza muerta en la mesa del comedor”)