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22 mayo 2013

Llega un jinete libre y salvaje

Fran G. Matute

A veces resulta algo frustrante constatar que las grandes lecturas del año son, esencialmente, rescates editoriales. Ocurrió no hace mucho con las exquisitas Stoner (1965) de John Williams y Dura la lluvia que cae (1966) de Don Carpenter, dos novelas que fascinaban por su sencillez y que compartían entre sí muchas equivalencias filosóficas y estilísticas propias, por otro lado, de lo mejor de la literatura norteamericana, sobre todo cuando se trata de reflexionar sobre los grandes temas de nuestra existencia a través de personajes secundarios que o bien son perdedores o sus vidas no muestran, aparentemente, nada fuera de lo común.

Enmarcada dentro de dichas coordenadas temáticas nos llega ahora, rescatada con buen tino por la editorial Gallo Nero, la obra de Larry McMurtry. En concreto, su primera novela, Hud, el salvaje (1961) y, su obra maestra, La última película (1966), ambas exitosamente traspasadas a la gran pantalla a cargo de Martin Ritt y Peter Bogdanovic, respectivamente.

Si bien estamos ante dos novelas que, a primera vista, no comparten excesivas similitudes (hablamos de un debut frente a una obra de consolidación, de una historia rural con escasos personajes frente a una urbana y coral… hasta podríamos afirmar que el tono con el que están escritas difiere sustancialmente), sí que nos ha parecido interesante realizar una recensión conjunta de ambas, pues algunos temas que interesan al autor confluyen en los dos textos.


Hud, el salvaje

Larry McMurtry

Gallo Nero, 2013

ISBN: 978-84-938569-7-7

235 páginas

18 €

Traducción de Regina López



A pesar de ser McMurtry uno de los escritores más populares y laureados de los Estados Unidos -basta recordar que recibió el Pulitzer en 1985 con el ‘best seller’ Paloma solitaria y en 2006 el Globo de Oro y el Oscar por la adaptación cinematográfica de Brokeback Mountain- su obra no había estado bien defendida en castellano. No es que no se hubiese traducido anteriormente pero sí que no se había hecho ni con el mimo con el que Gallo Nero lo está recuperando ni con su intencionalidad. Pues la parte de la bibliografía que ha llevado a McMurtry a ser una figura en su país mucho nos tememos que no es la más interesante desde el punto de vista literario, de ahí que la jugada de Gallo Nero parece ser la de recuperar, precisamente, sus títulos más enjundiosos literariamente hablando desde una perspectiva diferente, cercana a una sensibilidad ‘pop’.

Bajo dicha premisa resulta, por tanto, refrescante enfrentarse a un debut tan sólido como Hud, el salvaje que introduce un personaje incómodo como es el Hud que da título a la novela y al que es imposible no ponerle la cara de Paul Newman, por culpa de la magnífica adaptación cinematográfica que se hizo en 1963. Así, en el marco de una historia de vaqueros localizada en una apartada zona rural en el corazón de Texas a principios de los años 50, McMurtry ofrece, con escasos recursos, una sentida reflexión sobre el paso del tiempo y la obsolescencia de un mundo abocado a la desaparición.

Para ello propone una suerte de perpetuo enfrentamiento entre la tradición y la inminente modernización, entre el anciano trabajador que no quiere romper con el pasado y el joven ambicioso que pretende hacer rápida fortuna para dedicarse a vivir la vida. Y para ello somete la acción de la novela a una serie de tensiones narrativas (la epidemia del ganado, la violación, la muerte del anciano...) que se entrelazan con el lirismo de un paisaje que pronto perecerá, todo visto a través de los ojos de un chico.

Hud, el salvaje es un texto con fuerte arraigo en la tradición ‘western’ (como casi toda la obra de McMurtry) pero es cierto que introduce elementos extraños, que tienen que ver con esa modernidad que parece amenazar la inmutabilidad de la tradición, como cuando nos muestra a ese vaquero que, cuando no transporta ganado, trabaja en la factoría de Dr. Pepper que se ha instalado en la zona; o como cuando observamos a los jóvenes del pueblo devorando hamburguesas en un restaurante en cuya ‘jukebox’ cada vez es más difícil encontrar temas de Hank Williams pues el ‘rock and roll’ ya ha reclamado su trono.

Son estas contraposiciones -marca de la casa, por otro lado, como veremos al repasar La última película- las que dan vida al texto de McMurtry ya que permiten introducir interesantes reflexiones acerca de esos dos mundos que parece que terminarán colisionando irremediablemente. A modo de ejemplo rescatamos el siguiente párrafo que el autor pone en boca del joven narrador, que observa desde la distancia un baile celebrado en la feria del rodeo: “Me sentía ajeno a todo el mundo, ajeno a mí mismo también, allí tumbado sobre una lona en medio de un pastizal de vehículos. Solamente alcanzaba a oír la melodía, pero con eso bastaba: aquella canción se amoldaba a la perfección a esa noche, a la comarca y a mi estado de ánimo. Las pocas historias que los bailarines tenían que contarse ya quedaban dichas en las arrastradas letras de canciones como aquella; y su modo de vida, las pocas cosas que habían vivido y conocido, residían en esa melodía triste y estridente.  A la gente de ciudad tal vez le costara creer que existieran personas tan simples como para nutrirse de tales sentimientos; pero ellos no podrían entenderlo.” (página 197)

A nuestro juicio, el párrafo anterior representa a la perfección toda la imaginería que McMurtry utiliza en Hud, el salvaje para plasmar una historia simple y llana sobre el paso del tiempo incorporando, a su vez, una nueva sensibilidad acerca del ‘cowboy’ moderno y su necesidad de adaptación. Y para reforzar el mensaje se atreve a introducir un personaje odioso como Hud, verdaderamente atípico en el género y que de alguna forma viene a representar también una obsolescencia de los valores que conformaron la vida rural en el Oeste.


La última película

Larry McMurtry

Gallo Nero, 2012

ISBN: 978-84-938569-4-6

328 páginas

19,95 €

Traducción de Regina López



Para el joven narrador de Hud, el salvaje, el único horizonte existente más allá de las hectáreas en las que pasta el ganado de su abuelo es la ciudad de Thalia. Y en ella se desarrolla la acción de La última película. Pero resulta curioso comprobar cómo si para los habitantes de las zonas rurales de Texas la ciudad más cercana es el punto de fuga con el que soñar, para los vecinos de Thalia no hay tampoco mucho futuro al que mirar a la cara.

Es este un punto de conexión entra ambas novelas. Pues si bien Hud, el salvaje lidia con el fin de una era que aspira a migrar a las ciudades, en La última película se ofrece, precisamente, un retrato sobre la vacuidad de los habitantes de dichas ciudades. De un lado, jóvenes atrapados en un presente inapetente y sin voluntad de progresión. De otro, adultos acostumbrados ya a vivir en un anhelo perpetuo por culpa de una juventud perdida. Y en la intersección de ambas realidades es, de nuevo, donde McMurtry encuentra el lienzo perfecto para desgranar, con ese ojo clínico que parece tener para dotar de psicología a sus personajes, el día a día de una pandilla de chavales literalmente atrapados en las calles de Thalia.

Aún no tratándose de un tema estrictamente literario, como elemento externo que puede llegar a moldear el impacto de la lectura, resulta casi imposible leer Hud, el salvaje y La última película sin recurrir a sus equivalentes cinematográficos. Pero en el caso de la película de Bogdanovic fascina comprobar la fidelidad de la adaptación. Pocas veces nos hemos topado con un texto tan exquisitamente filmado, conservando todos los matices de los personajes y plasmando en imágenes, con toda su fuerza expresiva, las escenas tan memorables que McMurtry, con su prosa limpia y directa, escribió en esta novela.

Sin embargo, el paso del tiempo sí que permite realizar una lectura más actualizada del legado de La última película. Nos ha venido a la memoria, mientras revivíamos en el papel las añoranzas de Sonny, Jacy y Duanne, aquel serial majestuoso que produjo la NBC titulado Friday Night Lights (2006-2011), basado en el libro de H. G. Bissinger que, en esencia, desarrolla los mismos temas que McMurtry expone en su novela, poniendo de manifiesto que la vida urbana en la Texas profunda no ha cambiado gran cosa en los últimos 40 años. 

Cobra así vida esa sensación de inmutabilidad que desprenden los textos de McMurtry. Ese apego a una tierra que no ofrece estímulos, que seca los sueños de sus habitantes a cambio de ofrecer una vida sencilla carente de emociones fuertes. Sólo los más atrevidos, los más sensibles, serán capaces de romper con ese yugo mental. Como hizo en su día Larry McMurtry, ese jinete de las letras, libre y salvaje, cuya vuelta ahora celebramos.

11 mayo 2012

Los pensamientos te condenarán

Kallocaína

Karin Boye

Gallo Nero, 2012

ISBN: 978-84-938568-8-5

224 páginas

19 €

Traducción de Carmen Montes

Prólogo de Luna Miguel



Carolina León

Mientras que en el mundo de la edición, de la literatura y de la cultura en general se están sacudiendo muchos cimientos -como en todos los demás, por otro lado-, podemos vislumbrar algunas tendencias, que no sé hasta que punto pueden ser para algunos moda, y para otros genuina contestación, conversación activa con los acontecimientos en lo social. Hablo de la proliferación -o no- de volúmenes de ficción, narrativa, apegada a lo político. Desde muchos ámbitos.

Lo que sí puedo declarar es que, como lectora, me veo impelida hacia cierto tipo de libros y rechazo otros. Necesito que la literatura que ocupa mi tiempo ahora me hable del presente o bien me dé pistas para interpretar el presente. Así, el argumento propuesto en la solapa de Kallocaína (“Kallocaína es el nombre del suero de la verdad que el científico Leo Kall ha inventado para garantizar al Estado seguridad y estabilidad”) sí atrajo mi atención.

De las notas de portada y del prólogo (que poco aporta 'per se') se pueden extraer algunos datos, para situarnos: Kallocaína se enmarca en la órbita de las novelas distópicas tipo 1984 (Orwell), pero es anterior a esta. Su autora, Karin Boye, es largamente reconocida en su país como una de las poetas más importantes de la primera mitad del XX, así como fundadora de la revista Spectrum y autora de varias novelas. Kallocaína sería la más conocida fuera de su país.

Desde un lugar de reclusión, una cárcel en la que el narrador, científico, es obligado a trabajar para un gobierno "enemigo", nos cuenta su anterior vida, su trabajo como químico en el Estado del Mundo: “La diferencia entre mis condiciones de vida actuales y las que disfrutaba como hombre libre es insignificante”, conjetura nada más empezar (15). Entonces nos embarca en la historia de la creación, y posterior institución en método policial, de una droga capaz de llevar a los individuos a la indefensión mental y hacerles contar toda la VERDAD. Sus pensamientos, emociones, sentimientos reales, sin estar mediados por la obligación hacia el Estado.

Todos los poderes totalitarios, o casi, han soñado con poseer esa droga de la verdad. Es el ideal que hace innecesaria la tortura, la represión, la propia disidencia. Lo que hace Boye es un poco más sutil que una historia de sumisión, obediencia y tiranía. Porque el señor Leo Kall, inventor y narrador, está 'a priori' profundamente identificado con la idea que representa ese sistema: “Todos y cada uno de los conmílites tenían que aprender, además, que con las formas sociales ocurría exactamente lo mismo: el cuerpo que era la sociedad había evolucionado desde la horda desorganizada hasta convertirse en la forma más altamente estructurada y diferenciada de todas, nuestro actual Estado del Mundo”.

Entonces, en lugar de un libro de “aventuras” de individuos contra el poder total, tenemos una historia psicologista, tranquila, reconcentrada y sin apenas ritmo, cuya trama se desarrolla profundamente en la mente del narrador, que va tomando conciencia de las consecuencias de su invento y encontrando, a la par, pensamientos inesperados en su propia 'psique.' Aunque la historia parezca verterse en lo común -interrogatorios, leyes, detenciones, nuevos métodos para intimidar a los poco convencidos ciudadanos-, el verdadero proceso se produce en el interior de la vida de Kall, en sus relaciones y en su mundo íntimo.

En buena parte de sus páginas es un libro sobre el Poder, el individuo frente al Estado, la idea de sociedad y nociones como verdad y libertad. Y en otras, las más interesantes, es una novela de aliento metafísico que recuerda extrañas novelas como Dissipatio humani generis (Morselli). “Tenía la sensación de que el esfuerzo de existir era gigantesco y de que el sentido de todas las cosas era irremediablemente nimio” (148).

Los ecos de las dictaduras de las primeras décadas del siglo XX resuenan aquí. Dentro de ese desarrollo que he llamado “psicologista”, donde gran parte del volumen se dedica a debatir visiones del mundo y relaciones de las personas con los estamentos, también aparecen unos disidentes. Un “colectivo” que apela a un “nuevo espíritu”. En el mismo estilo sin sobresaltos del resto del libro, esa resistencia se muestra pintoresca, débil, poco peligrosa, informe: “No pregunte -respondió-. No tenemos nombre, no constituimos ninguna organización. Sencillamente, existimos” ¿A qué me suena a mí eso? Los “subversivos” de esta ficción hacen poco, salvo cosas raras como... hacerse los dormidos...

En esos pequeños detalles hay un universo de posibilidades, dentro de una novela que es “menor” pero ofrece, al tiempo, un buen montón de lecturas interesantes. Como el caso del caos personal que se despliega en la vida del narrador y el acto, casi final, junto a su mujer. Muchas preguntas deja colgando Kallocaína. Y, aunque rezuma miedo y asco por el Estado totalitario y la sociedad organizada en un todo, abre espacios de pensamiento en otras direcciones posibles, imaginativas, de comunidad. Eso sí, le achaco tener que "explicarnos", en lugar de "mostrarnos", las normas de funcionamiento del mundo distópico que crea.

Y, saliendo de la literatura, sobre la droga de la verdad se me queda dando vueltas una idea: de aplicársela hoy, aquí, a una selección indistinta de personas, ¿en cuántos casos nos encontraríamos con disensión verdadera, con un desacuerdo profundo con el sistema que nos subsume?

10 abril 2012

Cosas extrañas, como bodas


Muchos matrimonios

Sherwood Anderson

Gallo Nero, 2012

ISBN: 978-84-938568-9-2

223 páginas

19 €

Traducción de Laura Salas Rodríguez



Sara Mesa

Cuenta el mismo Sherwood Anderson en el prólogo de este libro que escribió Muchos matrimonios durante un invierno en Nueva Orleans, en una especie de retiro voluntario que emprendió hacia el Sur para buscar el campo, la tierra y la naturalidad de la vida sencilla, y también para huir, por un tiempo, de la prosperidad industrial de Chicago. Está claro que esta atmósfera y este deseo impregnaron la novela de cierto misticismo en la reivindicación de la naturaleza esencial del hombre, sus deseos de libertad y la necesidad de luchar contra los convencionalismos. “El relato se desarrolló con agilidad, quizá porque respondía a una inspiración muy arraigada en mí. No recuerdo haber escrito nunca con la misma espontaneidad y felicidad”, explica el escritor.

Estas circunstancias, a mi parecer, explican las virtudes y los defectos de Muchos matrimonios. Estamos ante un libro extraño, una rareza espontánea y valiente, que en plenos años 20 del pasado siglo se atrevió a cuestionar radicalmente no solo la institución del matrimonio, sino también los fundamentos mismos de la ideología norteamericana: trabajo, progreso, raciocinio, responsabilidad, religión. Y lo hizo sin tapujos, sin rodeos, explícitamente: “Era un concepto exclusivo de los estadounidenses, que siempre se repetía de modo indirecto en los periódicos, las revistas y los libros. Tras él había una insípida e insana filosofía de vida: "Todo funciona en conjunto para bien. Dios está en el cielo, todo va bien en el mundo. Todos los hombres son creados libres e iguales"”.

1923, no lo olvidemos: hace ya casi un siglo. Anderson, que ya había abordado en sus anteriores libros los problemas de la industrialización, se centra ahora en el artificio del matrimonio, aunque con la mirada puesta siempre más allá de la anécdota. John Webster, el protagonista de la novela, es un americano medio en la treintena, próspero vendedor de lavadoras, poseedor de una familia y una vivienda, visitante ocasional de prostitutas, moderadamente satisfecho con su vida. No siempre fue así. En otro tiempo quiso ser filósofo, o escritor. Reflexionaba constantemente sobre sus actos y sobre la libertad de sus actos. Pero la vida, los años, lo cambiaron. Y de pronto, en medio de su aplastante monotonía, se produce un cortocircuito, un chispazo decisivo: basta con una mirada de su secretaria, y el mundo entero se derrumba. Una ilusión nueva, sí, pero también, en cierto modo, una catástrofe.

¿Una historia vulgar? Solo en apariencia. Hay mucho más que eso. El propio Webster sabe -y así lo dice- que fue su secretaria la que ocasionó la revulsión, pero que podría haber sido cualquier otra mujer. Sabe -y lo deja intuir- que esa historia también está abocada al fracaso. Sabe -y se arriesga a exponerlo claramente- que el amor es múltiple, es inagotable y no puede centrarse en una única mujer, ni en un único hombre. Esto, imaginémoslo en su momento, debió de ser profundamente subversivo (al parecer el libro fue considerado inmoral, antisocial y fue vetado en muchas librerías). Pero aún hay más: debió de ser muy polémica también la puesta en escena religiosa que organiza el protagonista para conversar, por última vez, con su mujer y su hija –velas, un santuario con una Virgen, él completamente desnudo, frente a la imagen-; la visión del sexo como fusión natural de los cuerpos, que casi recuerda al panteísmo de Whitman (“Uno podía derrumbar todos los muros y verjas y entrar y salir de muchas personas, convertirse en muchas personas. Uno podía convertirse por sí mismo en una ciudad entera llena de gente, en una ciudad, en una nación”), el encanto fugaz de la belleza y el error de pretenderla apresar para uno, en exclusiva y para siempre (“Cuando existía, aparecía en la gente por destellos. Uno se presentaba ante otro y el destello aparecía. Cuánta confusión provocaba. Luego seguían cosas extrañas, como bodas”).

Uno de los mayores aciertos del libro es la creación del personaje de la hija, al que su padre ilustra en los principios de la libertad amorosa. Deslumbrado por su propia revelación, desea transmitírsela a ella para evitar que reproduzca en su vida la tragedia del matrimonio. Anderson aboga por la libertad sexual también para las mujeres (1923, recordemos de nuevo). Y lo hace incluso entrando en terreno pantanoso, bordeando casi el incesto, puesto que Webster es capaz de descubrir en su hija a una mujer, y ella de ver a su padre como un hombre. Ambos se miran y valoran los cuerpos: él, recordemos, desnudo, abraza a su hija; ella, consciente de esa desnudez, lo mira como quien mira a un amante.

A pesar de su osadía, John Webster no nos resulta un personaje simpático. Víctima él también de una sociedad reglamentada y claustrofóbica, centrada en la producción y el progreso económico, emprende una ruptura desesperada y egoísta, excesivamente arrebatada. En realidad, todos los personajes de esta historia parecen abocados a la tragedia; ven pasar por su lado el dolor de los otros sin inmutarse, y sin embargo sufren intensamente por sí mismos. El final de la novela, por ello, es inquietantemente sesgado, dejando a algunos personajes -en especial a la esposa de Webster- caricaturizados cruelmente.

Con todo, creo que Muchos matrimonios no ha de interpretarse de una manera literal. Veo en esta novela más un propósito estético o filosófico que una construcción literaria. La espontaneidad de su redacción (ese estado de gracia y felicidad en que fue escrita, según el mismo autor) se traduce también en un exceso de adoctrinamiento: es más una obra de ideas, o de tesis, que de personajes. Algunas analogías (cuerpo/casa, sobre todo) se explotan demasiado, a veces de manera confusa o contradictoria, como si el autor quisiera trazar un nuevo camino narrativo -más introspectivo o filosófico que el de sus cuentos- sin encontrar verdaderamente el modo de plasmarlo. La descripción de momentos de supuesta tensión, en otras ocasiones, puede bordear el ridículo para el lector contemporáneo. No se trata de que sea necesaria la contextualización social de una obra de principios del XX, sino del hecho de que la novela no ha resistido bien el tiempo, literariamente hablando.

La prosa de Muchos matrimonios está lejos de la brillantez de los relatos de Winesburg, Ohio, publicados tan solo cuatro años antes, en 1919. El maestro del cuento norteamericano, modelo reconocido para Hemingway, Faulkner o Richard Ford, entre muchos otros, con su maravillosa sencillez y esa candidez aparente que caracterizaba a sus personajes complejos y vivos, experimenta en esta novela con una forma narrativa más cercana al monólogo, a la reflexión sobre los recuerdos y la descripción demorada y perspectivista de escenas con valor simbólico. Los resultados son muy desiguales. En algunos casos, me temo, su escritura se ve perjudicada también por una traducción que da la impresión de ser excesivamente rígida y ampulosa.

22 diciembre 2011

Una casilla en blanco

Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel

Leonardo Sciascia

Gallo Nero, 2010

ISBN: 978-84-937932-4-1

112 páginas

8 €

Traducción de Julio Reija


Alejandro Luque

Si ustedes tienen previsto pasar por Madrid antes del próximo 27 de febrero, no dejen de visitar la exposición que el Museo Reina Sofía dedica estos días a Raymond Roussel. Muchos descubrirán allí a uno de los escritores más extravagantes de todos los tiempos, capaz de escribir una novela como Locus Solus, sostenida sobre juegos de palabras, afinidades fonéticas y asociaciones arbitrarias, o unas Impresiones de África perfectamente inventadas, para lo cual hubo de olvidar minuciosamente lo que había visto y vivido en sus viajes reales al continente negro.

Roussel fue uno de aquellos ricos herederos de entre siglos, ociosos a tiempo completo, que supieron dilapidar sus fortunas sin renunciar a su curiosidad y al ejercicio de su talento. Su personalidad y su prosa fascinaron, entre otros, a Michel Leiris, a Michel Foucault, a John Ashbery y a nuestro Enrique Vila-Matas, que no desaprovecha ocasión para reivindicarlo. A él se acercó también Leonardo Sciascia, no tanto por afinidades literarias como por un hecho muy significativo: la muerte del parisino en un hotel de Palermo, el 14 de julio de 1933, en oscuras circunstancias.

Sciascia llega a este misterio de un modo casual: un estudioso francés le pidió que le consiguiera el certificado de defunción de Roussel, pero al obtenerlo le llamó la atención que la casilla “causa de la muerte” hubiera quedado en blanco. Esto animó al escritor siciliano a iniciar una serie de pesquisas que, siguiendo la fórmula de novela-investigación, o relato-encuesta (el original 'racconto-inchiesta di ambiente giudiziario' de Manzoni), da lugar a un nuevo concentrado de literatura, historia, política y crimen. ¿Alguien da más en medio centenar de páginas?

Publicada en España por Bruguera en los primeros ochenta, conjuntamente con En tierra de infieles, estas Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel ven la luz de nuevo, ahora como título exento, en una coqueta y muy portátil edición de Gallo Nero, sólo empañada por algunas lamentables faltas de ortografía. Una verdadera lástima, porque tanto las notas como el posfacio de Julio Reija responden a un mimo y una diligencia de los que el corrector de pruebas ha carecido.

Al margen de estos accidentes, el relato reconstruye con precisión la agonía de Roussel en el palermitano Grand Hotel des Palmes, un establecimiento de estilo Liberty en pleno centro de la ciudad donde al parecer Wagner remató su Parsifal. En la habitación 224, ajeno al tráfago de la capital, encontramos al padre de Locus Solus física y mentalmente degradado, acosado por tentaciones suicidas. En ese escenario aparece la figura de una dama con la que Roussel podría tener algo más que una sana vecindad, un camarero al que no se le escapa un detalle, un chófer más bien torvo, un médico de hotel que conocía la inclinación del huésped por los barbitúricos... Y todos estos ingredientes de novela de Agatha Christie acabarán reunidos alrededor del ilustre cadáver de Roussel.

¿Qué atrajo a Sciascia de este caso sin resolver? ¿Sólo el hecho de que un escritor famoso muriera tan cerca, en el corazón de su querida Palermo? ¿La simple curiosidad de una incógnita por despejar? ¿O la antigua simpatía que el siciliano profesó siempre hacia Francia y su cultura? Tal vez influyera todo eso, pero sobre todo una sospecha que se le convierte en reclamo irresistible: que el deceso de Roussel pudiera ser un crimen impune. Y la impunidad para él, como bien supo ver Federico Campbell en La memoria de Sciascia (1989), está siempre estrechamente vinculada con el poder, y en la sumisión de la justicia al poder. En este caso, la justicia chapucera e interesada del fascismo en aquel tórrido verano de 1933; pero podría haber sucedido en tantos lugares y épocas que no es exagerado hablar de lacra universal.

En la mencionada exposición del Reina Sofía, el visitante encontrará, junto a cuadros de Dalí o Max Ernst, manuscritos y objetos diversos, cosas tan curiosas como un vídeo de unos indígenas cocinando a un perro o una galleta a medio corromper que el inventor Camille Flammarion le regaló a Roussel. Ni una palabra, prácticamente, de los intentos de Sciascia por esclarecer qué hubo detrás de la sobredosis que acabó con él. Temo que, para cuando quieran reparar este error, los culpables se encuentren ya demasiado lejos.