Mostrando entradas con la etiqueta Blackie Books. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Blackie Books. Mostrar todas las entradas

21 diciembre 2011

¡Por el humor de Dios!


¡Espérame en Siberia, vida mía!

Enrique Jardiel Poncela

Blackie Books, 2011. Colección "Vuelve Jardiel"

ISBN: 978-84-9387-451-3

486 páginas

22 €



José M. López

El humor es transgresión. En la novela, además de utilizarse como contenido, en ocasiones juzgado de trivial, son muchas las veces en las que la comicidad se ha erigido en motor fundamental a la hora de aniquilar las antiguas convenciones narrativas, de dejar el campo de batalla raso, cargado de cadáveres obsoletos, pero preparado así para ser ocupado por otras tendencias más jóvenes, atrevidas e innovadoras. Y si no pensemos en cómo sería la novela hoy día si a un socarrón sacerdote británico no se le hubiera pasado por la cabeza escribir La vida y opiniones del caballero Tristam Shandy. Ya en el ámbito español, no podemos negar que la renovación narrativa que se produjo a finales de los veinte debe mucho a la llamada novela experimental de corte formalista, aquella que cultivaron escritores de la talla de Benjamín Jarnés, Francisco Ayala o Agustín Espinosa. Pero en ocasiones se ha restado importancia al papel que en esta novela de vanguardia tuvo la denominada novela humorística, quizás debido a la “excesiva” tranquilidad con la que vivieron en la época franquista sus principales cultivadores. Autores como Jardiel Poncela o Edgar Neville conocían de primera mano la nueva sintaxis que el séptimo arte venía imponiendo, pues habían trabajado como guionistas en Hollywood. Con esos arneses se lanzaron al abismo de renovar la narrativa en español en aquellos días, faltando bruscamente al respeto a la antiguas formas de contar historias, saltándose todas y cada una de las convenciones que el género exigía hasta el momento.

Ahora Blackie Books nos ofrece en una hermosa edición -aunque no tan valiosa y seria como la de Cátedra que todos conocemos- de otro hito de la novela experimental en letras hispanas. En ¡Espérame en Siberia, vida mía! encontramos una parodia de las novelas de aventuras de corte folletinesco. Jardiel juega aquí con todos y cada uno de los aspectos que cambiaron la novela de los treinta de una manera desternillantemente seria. La historia es conocida, y no puede ser más tronchante: Mario Escarfies, un muchacho adinerado al que le diagnostican un cáncer terminal, decide suicidarse. Tras varios intentos fallidos de acabar con su vida, contrata a una sociedad de asesinos a sueldo para lleven a cabo esa tarea. Pero el joven ricachón se enamora, y ya no desea morir, por lo que se pasa el resto del libro huyendo, a través de Europa, de esta extraña panda de asesinos que él mismo contrató, con la finalidad de encontrarse con su amada en la misma Siberia. Durante este periplo, Jardiel nos deleita con un amplio abanico de recursos humorísticos e insolentes en relación a la seriedad de la adusta novela anterior. Ejemplos de esto serían el humor absurdo y surrealista, la parodia de otros textos y géneros, las ilustraciones, las notas a pie con sentido delirante o la especial relación que se crea con el propio lector, al que se dirige, y al que hasta se le da la palabra, por ejemplo, para quejarse de la demora descriptiva del narrador. Son especialmente apoteósicos ciertos pasajes que han sido reconocidos con el tiempo como cimas del "jardielismo". Podemos citar aquel en el que el presidente de la Unión General de Asesinos sin Trabajo realiza un sentido discurso acerca de la honorabilidad del gremio que representa; o aquel otro en que el protagonista “asesina” a uno de sus perseguidores obligándole, a punta de pistola, ha hacer el amor catorce veces seguidas con una ninfómana dama.

Sin embargo, y a pesar de lo dicho, -aquí viene mi objeción de cada reseña; "hasta a Jardiel le pones pegas", dirá usted indignado- debo decir que la novela no divierte en todo momento. En muchos fragmentos encontramos un humorismo fácil, plagado de localismos y de chistes basados en ingenuos juegos de palabras. De la misma forma, los pasajes paródicos o burlescos no envejecen bien cuando se basan en tópicos de la época, o en arquetipos pueriles dirigidos al hombre, la mujer, las profesiones o las clases sociales. Este tipo de pecados también salpican parte de la obra dramática del escritor madrileño. El humor es lo que tiene, y es fácil pasar de la universalidad que nos aporta el surrealismo cómico o absurdo a la broma simple de carácter local. Estas malas tentaciones se dan en menor grado en su compañero de trinchera Miguel Mihura, en mi opinión, debido al mayor talento de este. Son pecados leves, en cualquier forma, que se deben, en parte, a que estamos ante géneros -ambos, la novela y la comedia humorísticas- de gran éxito en la época, y a través de los cuales estos autores también tenían que ganarse el pan. Como se suele decir, que los árboles no nos impidan ver el bosque, porque realmente su frondosidad no sería la misma sin obras tan valiosas y disparatadas como esta.

02 septiembre 2011

Esto ya ha pasado


Ultraviolencia

Miguel Noguera

Blackie Books, 2011

ISBN: 978-84-938272-5-0

312 páginas

20 €



Carolina León

¿Se puede ser combativo y estúpido al mismo tiempo? La tradición es larga, podría partir de Buster Keaton, pasar por el Profesor chiflado, continuar hacia Chiquito de la Calzada... "¿Combativo, dice usted?" El humor como arma de subversión (de lo cotidiano, lo establecido o lo políticamente correcto) es, probablemente, algo tan poco reconocido como auténtico. El payaso, en mayor o menor medida, descoloca los moldes, desencaja las miradas y es, en ese sentido, revolucionario.

Me contaban que a los 'shows' de Miguel Noguera se iba a amarlo o a odiarlo. Me contaban que era el no-va-más en humor surreal. Que su libro Hervir un oso, hecho a medias con Jonathan Millán, era el álbum ilustrado cómico-absurdo que había que tener. Después de tanto zumbido, una no tiene más remedio que ponerse a la defensiva.

Sobre el libro del que vamos a hablar, me he estado debatiendo entre dos extremos. Uno me dice: “Este libro no es de este mundo”. El otro entona: “Esto ya ha pasado”. Son las dos tensiones que contiene Ultraviolencia, hecho de 'sketches', viñetas, cuentos, descripciones más o menos entre lo onírico (o absurdo) y lo realista. Eso que el autor llama “ideas”, compuestas de dibujos toscos y textos que los matizan o crean su lectura. No es cómic ni relato con ilustración. En la confluencia de los dos lenguajes están sus ideas que combinan basura y existencia.

Aunque, ¡un momento! ¿No son la misma cosa?

Mensaje distribuido en Twitter el 28/07/2011, pocos días después de los atentados de Oslo.


Es un chiste con un montón de mala "idea". Lo dejaba un contacto al que leo, quien después me escribió: “Mi humor no llega al nivel de mala leche que se gastan algunos periodistuchos”. Este breve intercambio me trajo alguna luz sobre el asunto del que venía a escribir aquí.

En el terreno del humor, cíclicamente, aparece esa discusión sobre sus límites. De qué sí y de qué no nos podemos reír. Cuando uno se cepilla en un fin de semana las 300 ideas de este libro (o las aborreces a la 4ª o te haces adicto), la mirada sobre lo real, lo que quiera que sea eso, se nos distorsiona... O, quizá, se afina. Si le das duro, puede que sientas que tu percepción se expande, hasta el punto de que el próximo café que te sirva tu camarero habitual te parezca una droga alucinógena con la que no podrás pasar por alto las 8 o 10 horas que echas en la oficina (si es que tienes una a la que acudir). El nivel de alienación al que nos sometemos a diario (léase percepciones, pensamientos, escala de valores...) es tan inmenso que un topo como Noguera los hace tambalearse con unos cuantos bocados en la superficie. Al azar, tres títulos: “Escena primaria”, “Pedir que te dejen terminar la putada”, “Isla Comunicadores”... Las cosas no salen como es de esperar, el (retro)progreso se afianza, la vida está llena de trampas... Las lecturas pueden ser diversas, pero queda (siempre) el humor. Uno que hace reir muy bajito, tapándose la boca con la mano, casi con vergüenza.

La subversión es de las pocas armas que nos quedan para no ahogarnos en la mierda real. Miguel Noguera puede que ni siquiera se lo plantee: inventa. Al inventar, expande nuestra propia capacidad de aceptación. En otros discursos contemporáneos, podemos ver subversión similar, véase Miguel Brieva (no hay que perderse su Dinero, recopilado en Mondadori) o las canciones de Fiera, cuando cantan “Y a veces / me viene la imagen / de mi jefe en albornoz, / depilándose”.

Son discursos minoritarios, 'underground'; no quita que los aplaudamos por ayudarnos a desarrollar un modo de ver. Si, recordando de lejos a Wittgenstein, el lenguaje hace la realidad, las narrativas de la subversión están casi por completo ausentes del 'establishment', incluso del cultural, que tan poco representa. Con este tipo de productos sólo nos queda adoptar uno de los dos bandos: ponernos del lado de “es refrescante” o del “es indignante”. Cada cual elige cuánto permite que le modifiquen la mirada.

Después de repasar por activa y por pasiva sus ideas, he de admitir que hay poca fantasía en ellas y sí mucha lectura del presente vaciada de poder, de estructuras jerárquicas, de imposiciones simbólicas y semánticas: en su universo, a Cristo se le puede clavar con la cruz en el sentido contrario; el marido solicita permiso a su suegro para acudir a una fiesta de seroconversión; existen habitaciones que tienen una moqueta muy tensa en lugar de suelo... Por eso, entre las dos lecturas apuntadas, me quedo con “esto ya ha pasado”. Pese a su extravagancia, estas ideas están a la orden del día. Es "hiperrealismo".

02 marzo 2011

Haciéndose el muerto con las botas puestas


Un general confederado de Big Sur

Richard Brautigan

Blackie Books, 2010. Biblioteca Brautigan

ISBN: 978-84-938272-2-9

168 páginas

19 €

Traducción de Damià Alou


Fran G. Matute

Ya avisamos por aquí que Blackie Books amenazaba con crear una "Biblioteca Brautigan". Y parece que van en serio. Tras la marcianada que supuso La pesca de la trucha en América (1967), la editorial de la perrita Blackie se nos descuelga ahora con la que fue la primera obra publicada (que no escrita) por el inclasificable Richard Brautigan, que atiende al título de Un general confederado de Big Sur (1964).

Si en La pesca de la trucha... nos enfrentábamos a un texto de fuerte arraigo neotrascendentalista (por decirlo de alguna forma), con Un general confederado... Brautigan pretende ofrecer su particular visión del pasado histórico de los Estados Unidos (por decirlo también de alguna forma). Tomando como excusa el encuentro fortuito entre Jesse -un personaje inventado por el autor para entrometerse en su propia historia- y Lee Mellon, renegado (y desdentado) descendiente de uno de los generales confederados que supuestamente participó en la batalla de la Espesura durante la Guerra Civil norteamericana, Brautigan construye con su particularísimo estilo ¿naïf, lisérgico? una narración sobre la amistad de dos chalados en plena California de los años 60 en busca de un pasado inexistente.

Y es que entralazando las psicotrópicas aventuras de Jesse y Lee (a modo de ejemplo, baste decir que ambos terminan viviendo de forma naturista en una cabaña -al más puro estilo Thoreau en Walden- situada al lado de un estanque infectado de ranas que no cesan de croar por la noche, problema que se verá resuelto gracias a dos caimanes que terminan convirtiéndose en sus mascotas), Brautigan es capaz de integrar destellos de conciencia cultural (referenciando a gente tan dispersa como Mark Twain, Walt Whitman, Horatio Alger o Humphrey Bogart) e histórica (mencionando a los indios paiutes de Big Sur, la leyenda de Paul Bunyan o la batalla de Agincourt).

Así que Un general confederado de Big Sur termina siendo una reflexión más profunda de lo que aparenta y seguramente su estilo "convencional" (sobre todo si la comparamos con La pesca de la trucha en América) ayuda a digerir los excesos (por qué no decirlo, infantiles) que viven sus protagonistas. Se recuerda una California llena de vida, poblada por personajes insólitos (la groupie Elaine, el agregado incendiario de Roy Earle...) que ciertamente retratan los clichés de la época (drogas, playas, chicas fáciles) pero que, a su vez, ayudan a enlazar aquélla filosofía con un pasado que honra el presente aunque su búsqueda se represente como una sucesión de gags y diálogos pueriles.

Como ya hemos apuntado antes, no todo en Un general confederado... es jijí y jajá. Servidor ha podido entrever en más de un pasaje cierto vínculo con la tradición americana. Mellon buscando cigarrillos a lo largo de la costa de Big Sur bien podría ser una metáfora de la Ruta del Tabaco. Jesse rememorando Gettysburg, es un directo homenaje al general Lee y al teniente general Grant. Y por último tenemos al propio Brautigan introduciendo al final del libro, como si fuera una nota al pie de página de la historia, la "verdad" sobre el bisabuelo de Lee Mellon cuya participación en la Guerra Civil estadounidense fue parecida a la de Céline en la Gran Guerra.

Resulta, pues, que aquélla sutil clarividencia que intuíamos en La pesca de la trucha... no era fruto de la casualidad. Brautigan es un escritor muy capaz, con un mensaje-reflexión (¿mantra?) que si bien, en ocasiones, es difícil de apreciar al encontrarse oculto en su caleidoscópica prosa, en ningún caso surge del azar. Dicen que si te acuerdas de lo que sucedió en los años 60 es que no estuviste allí. Pero Brautigan no necesitó nunca tirar de archivo ya que sus escritos forman parte integral de una cultura rica pero denostada por los 'hipsters' de hoy día, que únicamente reconocen la estética y no la "ética" de aquélla línea de pensamiento. Resulta, por tanto, reconfortante poder leer ahora este tipo de textos, a salvo del peso de la historia que ya los juzgó, y encontrar su valía escondida bajos las botas de los caídos en el fragor de la batalla. Aunque éstos estén haciéndose el muerto y cuando apartemos la mirada, los veremos correr desnudos colina abajo gritando a la luna "¡Sopa Campbell!".

07 febrero 2011

Novela que estalla como una granada de mano

Amor se escribe sin hache

Enrique Jardiel Poncela

Blackie Books, 2010. Colección “Vuelve Jardiel”

ISBN: 978-84-937-3628-6

360 páginas

21 €

Prólogo de David Trueba


José María Moraga

La pléyade de editoriales ‘indies’ que están reeditando a Enrique Jardiel Poncela (pensemos en Algar, Edhasa, Biblioteca Nueva, Rey Lear), uniéndose así a otras ‘majors’ como Castalia, Cátedra o Vicens-Vives, pone de manifiesto sin ninguna duda que la figura del gran polígrafo madrileño, primero entre los humoristas españoles, está gozando de un periodo de reparación tras un imperdonable olvido. Los estudios críticos en torno a su obra abundan en esta impresión. A esta “ola de Jardielismo que nos invade” se ha sumado recientemente Blackie Books: el año pasado publicaron las dos primeras novelas largas de Jardiel, para 2011 anuncian las otras dos.

La editorial barcelonesa ha tomado por bandera a este autor acusado de franquista (porque lo fue, al menos en el momento clave de 1936, aunque también prohibidísimo por la censura) y pretende “que se lea de una manera nueva, diferente”. Incluso nos han salido con el desvergonzado eslogan “Vuelve Jardiel”, acompañado de un simpático logotipo. Pero yo solo conozco una manera de leer a Jardiel Poncela, y es riéndose. La primera novela que Jardiel dio a la imprenta, casi de casualidad, por encargo, fue Amor se escribe sin hache, publicada por primera vez en 1929 y escrita el año anterior.

Esta obra constituyó en su momento un formidable éxito de público y hoy lo es también de crítica (baste recordar que figura en el catálogo-canon de Cátedra, “Letras Hispánicas”), pero lo que me interesa reseñar aquí es si esta novela puede funcionar hoy día, más allá de su significación en la historia cultural de España. Si sigue haciendo gracia, vamos. Y la respuesta es que sí, que la novela-gamberrada de hace 82 años resulta tremendamente estimulante a día de hoy. Su humor es bárbaro, salvaje, políticamente incorrecto (atención lectores: la misoginia campa a sus anchas por Amor se escribe sin hache, atribuible sin duda al ‘Zeitgeist’ pero ¿disculpable?) y con un virtuosismo insultante en el uso de todos los recursos conocidos de la comicidad literaria.

Jardiel no le hace ascos al juego de palabras, al retruécano, al parecido fonético, al absurdo, la ironía, la astracanada, la parodia, el epigrama y a todo lo que -en fin-conduzca a su texto al ridículo y nos haga brotar una sonrisa. Especialmente interesante me parece la voluntad del autor de dinamitar el lugar común, la frase gastada, valiéndose de ella a su antojo para retorcerla hasta extraer de ella un nuevo y cómico significado:

“-Yo me casaría contigo de buena gana, pero después de lo que me has confesado, nuestra boda me parece un negocio un poco sucio…
Sylvia se estremeció; luego se irguió exclamando:
-¿Y puede desdeñar un negocio sucio el hombre que tiene cuatro minas de carbón?”

En la bofetada a la convención lingüística, bien podría Jardiel recordarnos a Boris Vian, pero si el francés despachaba humor nihilista, el del madrileño sería más bien de corte vitalista, sin perder nunca la referencia de la realidad. La realidad-brújula hacia la que Jardiel pone proa en Amor se escribe sin hache es la de las novelas romántico-eróticas (“galantes”, era el término en boga) que vivían su último apogeo a comienzos del siglo pasado. De hecho, la pretensión declarada del autor es que esta su novela sirva de Quijote al género galante, exponiendo sus vicios y disparates y acabando con el género.

Por este motivo, la trama de Amor se escribe sin hache es una novela rosa torpedeada constantemente por intrusiones autoriales y referencias metafictivas, lo que impide que el lector suspenda voluntariamente la incredulidad (por usar la frase de Coleridge) y que nunca deje de ser consciente de que está leyendo un artificio. Como novela de amor, por tanto, el libro resulta un desastre, ya que el autor no se apea de un tono ora de distancia irónica (“¡Qué gran recurso para los novelistas es que los personajes se pongan a contemplar la luna!”) ora de excesivo autoelogio (“Con cuatro brochazos, señores, he descrito una reunión aristocrática”), ambos deliciosamente cómicos.

El autor se entromete en la narración mediante frecuentes notas al pie, comentarios desde la voz narrativa (entabla, incluso, varios diálogos con un lector) y apartes, más propios del teatro, y esto nos lleva a recordar que Jardiel Poncela alcanzó sus mayores cimas con sus comedias. Es un maestro manejando situaciones dramáticas, su oportunidad y brillantez para el diálogo son prodigiosas, pero hace hablar tanto a sus personajes que en ocasiones nos parece que estamos leyendo una obra de teatro y no una novela.

El paroxismo de la metaficción se alcanza ya en “Las 8.986 palabras a manera de prólogo” que, junto con otra serie de ruegos y advertencias previas al texto novelesco, el propio autor ofrece dando muestras de una estupenda intuición posmoderna, término que Jardiel no llegó a conocer con el significado que hoy se le da, y del que sin duda él se hubiera burlado. Para esta edición, Blackie Books incluye otro prólogo (de 1.485 palabras) escrito por David Trueba. Gusta que Trueba, creador en sintonía con los tiempos actuales -podemos decir que un cultureta moderno- haga de paladín de esta novela, aunque el cineasta y novelista sea el primero en advertir que Amor se escribe sin hache no necesita de padrinos, defensas o muletas. Estoy de acuerdo con él en que esta obra se tiene en pie ella solita.

01 octubre 2010

Por un trascendentalismo de agua dulce


La pesca de la trucha en América

Richard Brautigan

Blackie Books, 2010. Biblioteca Brautigan.

ISBN: 978-84-937362-5-5

Nº de páginas: 172

Precio: 19 €

Traducción de Pablo Álvarez Ellacuría



Fran G. Matute

A pesar de que en España ya se habían publicado (sobre todo en Anagrama) otras obras de Richard Brautigan, da la sensación de que con esta estupenda edición de su novella más famosa se haya descubierto por primera vez a este extraño autor. “¿Y quién es Brautigan?” se preguntan en la curiosa e informativa sobrecubierta que acompaña a La pesca de la trucha en América (1967). Pues fue uno de los personajes definitivos de la era hippie. Un poeta lisérgico y melancólico que vivió la vida en sintonía con la naturaleza, si bien no sabemos si lo hizo consciente o inconscientemente. En cualquier caso, ni el alcohol ni las drogas evitaron que Brautigan se convirtiera en un icono de una generación y que aguantase en este mundo hasta los años 80. Un tiro en la cabeza puso fin a su talento. Y los gusanos hicieron el resto durante días hasta que encontraron su cadáver.

Pero cuestiones personales al margen, ¿cómo podemos evaluar un artefacto tan reconocido como La pesca de la trucha en América hoy día? De sobra es sabido que hay obras que envejecen mal, pero me atrevería a afirmar que La pesca de la trucha en América no es una de ellas. Mi presentimiento es que siempre fue así. No es que se haya quedado obsoleta. Es que siempre fue un inconexo relato escrito por un pirado que por cuestiones aleatorias encontró su público en el San Francisco del año del amor y de las flores. Juzgar por otro lado si Brautigan es un autor meritorio literariamente sería harina de otro costal.

Pero, por otro lado, no reconocer la cercanía y la inocencia que rezuman sus palabras sería una falacia. El discurso que Brautigan transmite en La pesca de la trucha en América lo alinea con obras capitales del Trascendentalismo de Nueva Inglaterra, como Naturaleza (1836) de Ralph Waldo Emerson o Walden; la vida en los bosques (1854) de Henry David Thoreau. Pero tampoco es difícil imaginar a Ginsberg o a Ferlinghetti firmando esas palabras. Se trata por tanto del eslabón perdido entre el trascendentalismo y el hippismo, que en sus reflexiones (si se las puede llamar así) abunda en el naturismo del ser humano a través de psicodélicas digresiones, humorísticas la mayoría de ellas debido al absurdo del discurso propuesto, pero nostálgicas en otros muchos pasajes.

Así que, del mismo modo que juega Brautigan con el título de su obra dentro de su novela (hasta el punto de cosificar el título para dar nombre a múltiples objetos, personajes y lugares), La pesca de la trucha en América se nos antoja una metáfora válida de una época narrada por alguien autorizado para ello a través de su propia experiencia vital. Y esto es lo que más valor da, en nuestra opinión, a una obra tan aparentemente dispersa que definitivamente no está destinada para todos los públicos. Habrá quien vea en ella un mamarracho escrito por un ser incapaz y habrá quien la considere una obra capital de la contracultura. Pero en cualquier caso, se trata de un documento inevitable para conocer una nación y un fenómeno social que impactó en todos los ámbitos con mucha más fuerza y autenticidad que, por ejemplo, las huelgas generales en la edad moderna a la hora de reivindicar un mundo mejor.

En cualquier caso, os guste o no, Blackie Books tiene pensado construir una “Biblioteca Brautigan”. Así que los que se quieran subir al tren que estén atentos a la próxima parada y los que no comulguen con su filosofía absténganse de leer La pesca de la trucha en América, en la que pocos consejos para ir de pesca van a encontrar y sí muchos quebraderos de cabeza, y al final del todo un bote de mayonesa.