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02 abril 2013

Lea los renglones en blanco




Despacio

Remedios Zafra

Caballo de Troya, 2012

ISBN: 978-84-15451-10-5

190 páginas

13,90 €





Carolina León 

Usted que quiere saber algo sobre el libro de Remedios Zafra, puede empezar la lectura directamente en el tercer párrafo, pero: 

¿Qué libros se eligen para reseñar, cuando el tiempo que cada uno de nosotros puede arañar para estas actividades es tan poca cosa, cuando escribir una reseña implica un ejercicio de diálogo que ocupa unas cuantas horas y no le da la gana a una redactar cualquier cosa? ¿Es lícito dejar de lado los libros que nos molestan y quedarse con aquellos en los que se puede vivir? ¿Es demagógico? ¿Es peligroso para la cultura crítica dar el silencio a los que no nos gustan y ponerles voz sólo a los que nos parecen necesarios? 

Esto me he planteado antes de empezar a escribir de Despacio, el último artefacto de una autora que se ha convertido en prácticamente una amiga desde que leí su anterior Un cuerpo propio conectado: (Ciber) espacio y (auto)gestión del yo (Fórcola, 2010). Alguien a quien he entrevistado ya en tres ocasiones, y tengo por tanto pistas privilegiadas que no debería tener, en principio, una crítica.

Zafra no es conocida como autora de ficción, por ello me atraía mucho este volumen que publica Caballo de Troya. Esto de los géneros en la obra de Zafra no constituye en ningún caso departamentos estancos, sus libros juegan a redefinir estructuras y escrituras y se levantan, a menudo, desde la militancia del "yo", no como voz autoral indiscutida, sino como la asunción de una perspectiva, un tamiz de conocimiento. 

Por ello, he visto en las sucesivas lecturas de Despacio algo que no se puede llamar novela ni colección de relatos, sino quizá un artefacto con vocación de situarse en algún punto intermedio entre la pared del museo (objeto artístico) y la caja de herramientas (material para derribo). Entre el texto de análisis crítico de nuestro entorno y la colección de estampas costumbristas con cierto aroma de pos-modernidad (entiéndase sin ironía). 

“(...) sólo me queda esperar, en esta peculiar situación que vivo como un interludio siento estar recuperando el tino lento necesario para volver a leer y escribir “despacio”” (27). Los tiempos -por más que el inmovilismo sea marca de la industria, y en verdad se presencie más reacción formal que nunca- exigen cuestionamientos que implican más que llenar una ficción de contenidos como “crisis” o “desempleo”. En ese sentido, Despacio propone ventanas de nuevo sentido, de interpelación activa al lector, como por ejemplo cuando invita a leer los renglones “intencionadamente en blanco”. 

¿Qué es lícito narrar? La narradora aquí parte de una posición débil, como corresponde a un personaje hecho de la materia de cualquiera, la épica en el nivel cero. Tenemos un narrador cuyo gesto de partida es pararse, admitir lo evidente, decidirse por fin a marcharse “Allí”, a dar otro curso a su vida. Pero entonces se queda varada en el andén de una estación que ha sido abandonada por los ferrocarriles (de una empresa pública en la que se confía ciegamente). Se para, y escribe. 

A veces, basta con tomar una pequeña decisión, para que muchas fichas comiencen a caer en dominó inesperado. Ese pequeño gesto implica otros arranques: la necesidad de lentitud, la activación de la escritura, el valor político de pensar “despacio”, dar voz a cosas insignificantes que habitualmente son obviadas/silenciadas dentro de los cánones literarios...

Entonces, esa narradora nos ofrece una panorámica de cosas pequeñas, de seres anómalos que viven en ese “Aquí”, en transposición de tipo simbólico de cualquiera de nuestras sociedades. Una panorámica que funciona a base de breves escenas -relatos-, protagonizados por distintos personajes o situaciones, en las que Zafra va mostrando alegorías de nuestras dinámicas. Es el caso, por poner un ejemplo, de "Los gatos que se comen lo que no decimos”, un ejército bien cuidado de animales domésticos empleados en hacer desaparecer los deseos no expresados (que se nos atragantan).

En la galería de personajes del "Aquí", por su lado, cada cual podrá encontrar sus pequeñas historias favoritas: Orange / Blue, Grey ("laqueestapeor", uno de los hallazgos), A.D. ("apuntode"), Himeko Shiro, La pusilánime... Cada uno de estos pone en marcha diferentes estrategias para enfrentarse a la sustracción de la felicidad, la realización, la libertad, la paz; ausencia de trabajos, necesidad de admiración o cariño, invisibilidad social, imposibilidad de expresarse, desustanciación... Males de nuestro tiempo, metáforas de mucho de lo que vivimos. 

Hay historias mejor resueltas que otras, Despacio no es un libro apabullante ni redondo. El fraseo o el desarrollo del relato se hace circular o reiterativo en algunas ocasiones, y no parece ajustarse con la intención de algunos textos; mientras que en otros, la narración se disfraza de ensayo y nos obliga a "desapegarnos" como lectores. Hay momentos brillantes en la prosa y micro-cuentos tan deliciosos como “Contenida” o “Un hombre desaparece”, que me parecen argumentos de peso para guardar este libro en la estantería. Pero a ésta que escribe los "valores literarios" le resultan cada día menos válidos.

La hegemonía de la producción cultural capitalista, alabadora y replicadora de las estructuras de poder, no se agrieta con un libro ni con una crítica. Pero no es mucho más que esto lo que podemos oponer. No están los tiempos, probablemente, para manifiestos grandilocuentes -nos los quitaron de las manos, quemaron sus urgencias-, y en la reivindicación de lo pequeño, lo lento y la pluralidad de perspectivas, Despacio es un libro que sirve y, a ratos, enamora.

16 noviembre 2011

Feliz (que no idiota)



Los incógnitos

Carlos Ardohain

Caballo de Troya, 2011

ISBN: 978-8496-594-87-6

218 páginas

9,99 €




Daniel Ruiz García

La sombra de Borges es alargadísima, pero hay muchas maneras de resguardarse en ella. Cuando son demasiado evidentes, las deudas producen cierta dentera. Pero cuando se plantean hábilmente, sin perder la propia voz, es más, cuando el juego borgiano está enfocado con gracia, sin asfixiar a la voz narrativa, sin aplastarle la personalidad, este juego se recibe con alborozo, con enorme simpatía. Simpatía, sí, esa sería una buena palabra para describir Los incógnitos, el libro de Carlos Ardohain publicado por Caballo de Troya (bien por la editorial de Constantino Bértolo: ajena al ruido de la mercadotecnia, indiferente a las tendencias que marcan los vates de la cosa crítica, haciendo gala de su plante frente a todo eso que se lleva, sigue regalando a la imprenta títulos que de vez en cuando nos deslumbran con su silenciosa, solitaria luminosidad), que sorprendentemente tiene rango de ópera prima.

La historia, en sí misma, tiene mucho de chiste, de burla, de juego. Dos publicistas bonaerenses bastante quemados y con ínfulas literarias, a los que el narrador -y ellos mismos- denomina equis e igriega, deciden un buen día embarcarse en una aventura: crear una agencia de detectives. Se trata de una excusa para dar rienda suelta a su vocación literaria y su atracción por la novela criminal, pero el hecho es que esa excusa, en principio planteada como simpática fabulación, acabará convirtiéndose en algo real, hasta engullir a los propios personajes y enfangarlos con su arriesgada y vibrante dinámica de juego. La vida detectivesca acabará transformándolos y, al tiempo que los llenará de vivencias reales, los contaminará de ficción, hasta un punto de no retorno en el que ellos mismos acabarán convertidos en una historia, en una novela. Novela dentro de novela, realidad confundida con ficción, la importancia de la voz narrativa en la construcción de la trama, reflexión sobre los géneros, todos esos aspectos de teoría literaria confluyen en la historia, pero no aparecen de forma forzada: uno los va encontrando por las esquinas, balanceándose entre líneas, porque la forma de contar de Ardohain es eso, un balanceo.

Decía antes que sorprende que estemos ante una obra de un autor neófito en el terreno de la novela, porque lo que engancha, lo que te absorbe no es sólo la historia, que también, sino sobre todo la forma en que está contada y su capacidad de mantener la tensión hasta el final. Ardohain cuenta las cosas como de pasada, sin conceder demasiada importancia a casi nada, de hecho los propios personajes centrales se esconden detrás de siglas neutras; sin embargo, al mismo tiempo, la sencillez de la prosa resulta contundente, tiene mucha pegada. Hay ambición estilística en el empleo reiterado de subordinadas y de construcciones copulativas, sin que en ningún modo resulte excesivamente barroco o denso, antes bien todo lo contrario: la sensación es de una lectura fluida, extremadamente sencilla; dijéramos agradable.

Los incógnitos es uno de esos libros que uno empieza a leer con escepticismo, pero con los que, sin darte cuenta, acabas dejándote llevar. El narrador es inteligente y quiere que prestemos atención a la historia, al verbo, ahorrándose las virguerías estilísticas gratuitas y conduciéndonos cuesta abajo por el tobogán de la trama. Es por esta falta de exhibicionismo que hay pocas cosas en la historia que chirríen, como mucho un gusto recurrente por las escenas pornográficas gratuitas, que uno acaba entendiendo como un guiño burlesco dentro de una historia que se lee, sí, como dice Constantino Bértolo, su editor, como una novela feliz. Que no idiota.

08 septiembre 2011

¡Argentina, Argentina!



Una historia sencilla

Luis Velasco Blake

Caballo de Troya, 2011

ISBN: 978-84-96594-77-7

138 páginas

13,90 €




Coradino Vega

Una historia sencilla narra una historia que es de todo menos sencilla. Contar la complejidad política de la segunda mitad del siglo XX argentino no debe de ser tarea fácil. Hacerlo en 138 páginas, y de la forma en que lo ha hecho Luis Velasco Blake (La Plata, 1956), se convierte en una empresa tremendamente complicada. Y sin embargo, si esta novela no admite (al menos para mí) contestación, si su contundencia se despliega ante nosotros como un pequeño milagro, es porque el lector detecta cuán imbuido está el autor de lo que quiere contar, de qué profunda región emana su necesidad y cómo las palabras son el mero e indispensable vehículo para expresar lo que ha permanecido mucho tiempo dentro. “Por donde quiere que va, el hombre siempre lleva consigo su novela”, decía Benito Pérez Galdós. Y ésta es la novela de Luis Velasco Blake, exiliado argentino afincado en Madrid, víctima de la represión orquestada por la dictadura que encabezó Videla. De ahí su autenticidad. Su falta de énfasis y de grandilocuencia. Porque cuando la escritura se convierte en un acto de reafirmación existencial, en un modo de rescate ante la destrucción que a alguien le toca vivir, sobran la retórica y las piruetas. Primo Levi sería un buen ejemplo para demostrar las razones de ese despojamiento.

Pero que no se confunda el lector, el libro de Velasco Blake no es una novela-testimonio. Estamos frente a una honesta invención tanto en su contenido como en su forma, ante un ejercicio ficcional que deja en quien lo lee una impresión de verdad mucho más verdadera que la fiel descripción de los hechos reales. Una historia sencilla narra a retazos las vivencias de la familia García Miralles desde la subida al poder de Perón hasta el hundimiento de las Juntas Militares. Por momentos desgarradora, la mayoría de las veces veces tierna, es una novela política que, a la vez, nos habla sin complejos de los sentimientos de unos padres y sus hijos. Hay cierta intención pedagógica a la hora de presentar la historia de Argentina: “El peronismo hizo realidad las aspiraciones largamente anheladas por socialistas, anarquistas y comunistas, esto unido a un concepto corporativo del estado muy influenciado por las tesis de Mussolini, con prácticas que se parecían a las del partido único, con vicios innecesarios como obligara todos los funcionarios a llevar luto por la muerte de Eva, convertir en obligatorio la lectura de La razón de mi vida, la extensión de prácticas poco democráticas con la oposición, la cárcel, la tortura, el matonaje, la exacerbación de consignas como: ‘Alpargatas sí, Libros no’, la quema de iglesias por las llamadas ‘hordas’ ante la actitud conspiradora de la curia, la obligación de que todos los policías debían ser partidarios del régimen, todo eso en conjunto hizo nacer a esta criatura inexplicable, inentendible, inescrutable que es el peronismo, que tuvo en su seno desde la ultraizquierda marxista de las FAR y Montoneros hasta la ultraderecha de la también terrorista y asesina Alianza Anticomunista Argentina liderada por el siniestro López Rega, pasando por todo el arco ideológico en el medio, donde cada uno de sus miembros encuentran una frase, generalmente sacada de contexto, del general Perón, para avalar sus tesis naturalmente contrapuestas”. Una voluntad tamizada por una mirada desprovista de rencor, perpleja, nunca neutral, que escruta la paleta de grises, incluso podríamos decir que de una amabilidad atravesada por una desazón reconciliatoria y comprensiva. Pero como ningún contenido puede ser deslindado de su forma, puede que el mayor acierto de esta novela sea precisamente la difícil sencillez con la que se nos acerca a una verdad tan resbaladiza como poliédrica. Las mudas se suceden tan imperceptible como habilidosamente: de este modo, si el peso de la narración lo lleva Matías, el hijo menor, en primera persona o por medio de un estilo indirecto libre pegado a su punto de vista, hay momentos en los que, como en una novela de Virginia Woolf, la conciencia se desplaza a la interioridad de otros personajes (la madre Nelly, o la hermana Julia, por ejemplo), formando un mosaico de voces que dialogan entre sí para ofrecer una versión coral tan alejada de la unilateralidad del narrador-autor puesto de moda últimamente. Porque esta novela participa de cierta literatura hispanoamericana actual por medio de su lenguaje (fresco, ágil, humorístico, moderno, coloquial), así como por los riesgos que asume en la composición de la estructura del relato, pero se aleja por fortuna del solipsismo de la metaliteratura y el escritorcentrismo que eclipsan los discursos públicos. La apuesta por la vida que predomina sobre esta exposición del “desamparo y la desolación” tampoco me parece que lo hubiera permitido. Porque ésta es la novela de Velasco Blake, cierto, pero al mismo tiempo es una novela sobre un país entero, una hermosa y lacerante historia para cualquier sociedad que tenga asuntos pendientes con su memoria colectiva, el canto de un superviviente que para denunciar la crueldad de la ignominia no necesita mitificar el mesianismo que se convirtió en su primera víctima. No hay verdades tajantes en este libro. Sólo la pregunta de lo que pudo haber sido, la denuncia de una brutalidad y los versos de la canción de Fito Páez que parecen remarcar sus intenciones: “Tanta sangre que se llevó el río, yo vengo a ofrecer mi corazón”. Y es precisamente por esa intención, por su honestidad y por la autenticidad de su resultado, por lo que Una historia sencilla es una novela que viene a dignificar la literatura, tan tendente en ocasiones a la narcisista exhibición de su propio ensimismamiento.

28 enero 2011

La rebelión de los cronopios

Noticias

Santiago Alba Rico

Caballo de Troya, 2010

ISBN: 978-84-96594-52-4

240 páginas

15,90 €



Carolina León

Imaginemos una segunda parte de las Historias de cronopios y de famas: una en la que los famas hacen el mundo, mientras que son los cronopios los que lo cuentan. Aquellos seres medio antipáticos, fríos, realistas, aguafiestas, calculadores y proactivos, esos son los que gobiernan (hasta aquí, poca diferencia con la realidad). Aquellos otros un poco absurdos, un tanto calamitosos, abiertos a lo imposible, a la maravilla y a la mirada poética han okupado las redacciones de los diarios.

Regresemos al aquí y ahora: en esta cotidianidad zafia vivimos una crisis tras otra. Para Santiago Alba Rico, la crisis económica puede que no sea tan importante como la de la realidad -que por algo es filósofo- y esa otra, abrumadora, que está dinamitando la profesión periodística-. Y ¿qué nos propone para combatirla? No fantasía, no un mundo paralelo donde todo sale bien, no una realidad edulcorada y dineylandizada. No fábulas edificantes, sino estas Noticias: con apariencia de auténticas, dentro de un contexto, con fecha y nombre del medio. El primer sentimiento de descoloque en el lector puede venir, justamente, de ese entorno, pero a medida que pase las páginas podrá darse cuenta de la cualidad de la propuesta: hay una realidad que pasa todos los días, una normalidad completamente anormal que nos circunda a todos; sentimientos, pasmos, memorias, acontecimientos cotidianos, fantasmas, injusticias que no forman parte del mundo narrado en los medios de comunicación porque, simplemente, ninguna de esas cosas cotiza en bolsa.

Acusado de asesinato después de desconectar el aparato del que dependía la vida de toda su familia”, “6.700 millones de personas sobreviven al fin del mundo”, “Se durmieron profunda y apaciblemente”, “Pierde el control y no viola a la prisionera”: son algunos de los titulares de las Noticias que escriben estos esforzados mediadores entre la realidad y nosotros. Hay otros formatos, otros desarrollos, que se sitúan más del lado de lo fantástico, o de lo posible improbable, como ese “Recortes presupuestarios” que nos anuncia: “Los ciempiés tendrán sólo noventa patas”; o como esa plaga de zapatos, primera pandemia que aqueja privilegiadamente a los más pudientes. Por supuesto, lo mejor de estas noticias rara vez está en sus titulares.

Porque el cronopio cortazariano (con el que estamos haciendo el juego de paralelismos, pero a quien no le debe gran cosa este libro) es también capaz de mostrar lo más terrible de este mundo en una forma elegante, marketiniana: “Haga sueño su realidad. No nos engañemos: usted nunca podrá tener una casa decente, un salario digno...”, etc. Los redactores de estas noticias pueden, además de todo lo dicho, arrancar muchos velos.

En el libro de Alba Rico, algunos lectores se pueden sentir un tanto náufragos: no se acomoda a género, no sigue normas. Gasta un poco de cada disciplina: desde la poesía al periodismo, en casi todas sus concreciones, pero también mucho del panfleto. Todos estos ingredientes arrojados al crisol dan estos breves fragmentos, cada noticia, que sólo con mirada miope podremos entender como “inventada”. El vehículo literario le sirve al escritor para elaborar temas, ideas y consignas de su forma de enfrentarse al mundo: cuando lees Noticias en contraste con la lectura de un periódico cualquiera, auténtico, no se siente en verdad ni más absurdo ni más extraño.

Es cierto que hay momentos mejores que otros. Hay hallazgos preciosos, junto a textos que se sienten de relleno. “Denuncia al Ministerio de Comunicación (...) por fallos reiterados en su detector de momentos reales”: varias noticias nos hablan de este dispositivo -demanda aún no satisfecha por los fabricantes de pequeño electrodoméstico-, en donde no deja de sentirse un escalofriante paralelismo con, por ejemplo, los dispositivos móviles que incorporan “realidad aumentada”. Al dueño del aparatejo “le pareció sentir una especie de emoción que tenía que ver con la existencia del mundo”: mientras que Santiago Alba Rico no pretende salvar la literatura (ni el periodismo) con este libro, su lectura puede deparar muchos y grandes momentos de una sensación cercana a la de tener delante la posibilidad de cierta redención.

05 noviembre 2010

Disparos bajo tierra

Las tres balas de Boris Bardin

Milo J. Krmpotic

Caballo de Troya, 2010

ISBN: 978-84-96594-46-3

149 páginas

11,90 €




Carolina León


En algunas ocasiones, los libros nos hablan de tú, en otras disparan balas y hay que esquivarlas, en otros se decantan por dejarnos ver algo de su cocorota y escondernos la mayor parte de su volumen bajo una apariencia anodina, naturalista o revestida de género.

En la literatura que pone en nuestras manos el sello de Constantino Bértolo es bastante frecuente encontrar de este tercer tipo de libros que, podríamos decir, establecen una relación de disimulo y de reto al mismo tiempo. Libros-iceberg en los que la mayor parte del trabajo corresponde (es un decir) al lector, al que le toca reconstruir imaginaria y tenazmente los intersticios y espacios ocultos. Eso era: usted ya se ha dado cuenta de que esta absurda clasificación la acabo de inventar para encajar aquí algunas ideas que enmarquen Las tres balas de Boris Bardin. Usted, lector ideal, no es un comodón, usted, lectora consecuente, está habituada a que no todos los misterios se resuelvan ni todas las balas den en el blanco.

Yendo al meollo: Las tres balas de Boris Bardin, segunda novela de Milo J. Krmpotic (además de otros tres libros para público juvenil), podría entenderse también dentro de una cierta renovación del género policíaco-negro -hay policías, corruptelas, persecuciones, asaltos, tiros y muertos-, tanto como podría encajar entre la novela social o realista, al plantearnos un argumento nacido del contexto socioeconómico de Argentina. Krmpotic, barcelonés de padres de origen croata pero nacido en el Cono Sur, escribe un poco sirviéndose de esos moldes y, a su vez, los tritura. La peripecia en la que unos policías deciden robarse un furgón con la plata que custodiaban es, aunque central, contada tangencialmente, a través de los ojos de dos hombres: uno cuya motivación es dar caza a los listillos que han tratado de quedarse con un montón de dinero; el otro es el que da título a la novela, Boris Bardin, un ex policía incapacitado para trabajar por haber sido baleado y cuyo poco aliento va entero a lomos de la venganza.

No pierde la oportunidad de hablar de la situación argentina -a la que da generosas bofetadas a través de las divagaciones aguardentosas del investigador privado que va de cacería-, aunque dijéramos que en lo que de verdad se ceba el autor es en describir la ausencia de espacios de paz y completud para sus personajes, metáfora válida para muchos otros seres contemporáneos: mujeres que ya no saben quiénes son los hombres que duermen con ellas, hombres rotos obsesionados con una matanza que no les va a reportar nada, seres que tratan de arrebatar su oportunidad al destino, la ambición de un poco de sosiego para nuestras vidas, y por encima de todo el sinsentido común y arbitrario y cruel que todo lo acaba.

Y puede que unas cuantas cosas más, pero no es la intención de esta reseña acabar de hacer todo el trabajo que el lector o lectora ha de hacer por su cuenta; para poder entender qué le pasa a Boris Bardin y sus hermanos tendrá que vérselas con una escritura ubicua, forzada, llena de meandros, alejada de lugares comunes y estudiadamente deslenguada. Ni western contemporáneo -que tiene su lado épico- ni novela policíaca -en la que vuelan unas cuantas balas y dientes-: es otra cosa, indefinida pero cierta, una suerte de novela antiheroica y bastante pegada a lo cochambroso, que garantiza algunas buenas horas a todo aquel lector que guste de lo menos obvio y se pregunte a diario sobre el mundo y su absurdo, en el que estamos metidos hasta las narices.

02 noviembre 2010

Historias que escuecen

Estocolmo

Iosi Havilio

Caballo de Troya, 2010

ISBN: 9788496594647

288 páginas

18 €



Daniel Ruiz García

Por esta estúpida tendencia que uno tiene a que un libro le recuerde a otro libro, a mí el libro Estocolmo, de Iosi Havilio, me ha recordado a las novelas más intensas y turbias de Highsmith. Quizá puede ser por esa forma de narrar, a la vez densa y llena de nervio, con un afán de psicologismo permanente que no está en colisión con la narración de hechos, con la acción, de forma que todo el tiempo parece que estemos asistiendo a algo que sólo se barrunta. Es, no sé si me entienden, esa sensación tan propia de que “algo malo va a pasar”, y a lomos de esa sensación la novela va avanzando. Al final resulta que lo malo que uno pensaba no es lo malo que realmente ocurre, y así Iosi Havilio juega con nosotros ejerciendo de tremendo comediante, de un bromista con una vena decididamente macabra.

Esa tensión latente que recorre la trama es lo que favorece una lectura bastante rápida y amena, en la que concedemos transitar por meandros que no son decisivos para el argumento pero que nos gustan porque están muy bien trazados. También nos gusta que Havilio enfrente el hecho novelístico desde una modernidad nada impostada en relación con la historia que aborda: René, un chileno que reside desde hace casi cuarenta años en Estocolmo (abandona su tierra natal en el momento del golpe de estado contra Salvador Allende, y por tanto ejerce como exiliado político), trabaja para la Cruz Roja. Tiene un miedo enfermizo a volar, lo que le ha impedido abandonar Suecia en esos cuarenta años. Sin embargo, finalmente se decide a hacerlo. Le lleva a ello cierto deseo de regresar a su pasado, de reencontrarse con los escenarios de su infancia, con su madre, pero sobre todo su obsesión por huir. El objeto sobre el que se focaliza el deseo de huida es Boris, el amante de René, un balcánico politoxicómano que ha convertido su vida en un perpetuo carnaval de violencia y delincuencia, y con el que René mantiene unas relaciones propias del cuento más sórdido y oscuro de Sacher-Masoch.

El personaje de René está bastante bien dibujado: un homosexual entrado en años con un hábito compulsivo por la e-pornografía, pero con serios problemas para excitarse y consumar el orgasmo. Esta incapacidad puede entenderse como una materialización física de los agobios y miedos que lo atenazan, más perfectamente representados, por un lado, en el miedo a volar, y por otro, en su amante Boris. El amante balcánico está todavía aún mejor cincelado si cabe, probablemente porque la historia lo enfoca de forma más lejana y sugerente. Cualquiera que conozca al personaje logra representarse en su mente a más de un individuo de esa especie que le es cercano o conocido, porque es un tipo humano bastante común aunque, creo, poco transitado por la literatura, al menos no de forma tan efectiva como en Estocolmo: un despojo humano que sale adelante a través de un ejercicio permanente de supervivencia, en la que invierte sin escrúpulos todo su odio, toda su ira, toda su maldad. Un villano embrutecido que aquí, y eso es uno de los grandes logros de esta novela, llega a resultar en los últimos instantes incluso tierno.

Una novela, en fin, bastante perturbadora, que pone sobre el tapete a unos personajes que se desenvuelven con relaciones nada fáciles, en el contexto de los temas literarios universales: amor, violencia, sexo, memoria personal y colectiva… Un texto algo desagradable, probablemente, para los finos de estómago, pero muy apto para todos aquellos que gustan de la literatura entendida desde los difíciles y complicados márgenes de la narración consagrada a contar historias que escuecen.

23 junio 2010

Tratado sobre el humor

Mi gran novela sobre La Vaguada


Fernando San Basilio


Editorial Caballo de Troya, 2010.


ISBN: 9788496594456


134 páginas


12,90 euros


Daniel Ruiz García

Cuando uno adquiere cierta experiencia como lector, es fácil reconocer el brillo apenas lo tenga delante. Bastan dos páginas de arranque de un libro para saber más o menos si lo que tiene entre manos merece poco, mucho o muchísimo la pena. Leyendo el libro que nos ocupa, he tenido la insobornable sensación de que su autor, Fernando San Basilio, tiene unas dotes únicas para la escritura. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto con una novela.

Mi gran novela sobre La Vaguada es un libro que habla sobre muchas cosas. Pero sobre todo es una novela sobre el humor. Un tratado sobre la adopción del humor como estrategia y cimiento de la construcción literaria. Lo que sorprende desde la primera página es la naturalidad con que está escrita. Es un desparpajo que a mí particularmente me ha resultado insólito. Una forma de decir las cosas con una aparente ingenuidad que a la postre no hace sino añadir profundidad a lo que se cuenta. No hay ínfulas intelectuales, no hay ansia de trascendencia, no está esa babosa pretensión de intentar elevar relamidamente el tono literario plagando el texto de metaliteratura y de referencias, de homenajes zafios a clásicos y de guiños de supuesta perspicacia literaria, que no hacen sino afear el texto y ahogar el sabor de origen bajo una indigesta capa de especias.

Decía que esta novela puede leerse como un tratado sobre el humor. Porque San Basilio nos da toda una lección sobre de qué manera hay que abordar el humor para que verdaderamente resulte inteligente, para que nos conduzca a la carcajada o al menos a la sonrisa permanente. También es una tesis sobre el humor como perspectiva frente al mundo. El humor, y esa es la conclusión que uno extrae después de su lectura, es la verdadera tabla de salvación frente a la existencia, y especialmente frente a la existencia del hombre moderno azuzado por las miserias cotidianas como buscar trabajo, encontrar novia o hacer verdaderamente algo productivo con la propia vida.

¿Pero de qué va esta novela? Va de un tipo común que intenta sobrevivir en la jungla urbana madrileña, a costa de trabajos a cuál más miserable, la mayoría de ellos no pagados, y que sueña con escribir una gran novela, una novela cosmos sobre ese icono de la cultura comercial en que se ha convertido el Centro Comercial La Vaguada. La novela se conduce por esa obsesión única, escribir una gran obra aglutinante de una sensibilidad, de una forma de mirar el mundo, que sirva al protagonista para abandonar de una vez su vida de ciudadano gris y adocenado. Con esa obsesión comienza y con esa obsesión termina, sin que el protagonista llegue finalmente a escribir su obra. O más bien sí: porque en la pretensión de escribir esa gran novela está la propia novela, que es a la vez una burla de la propia pretensión. Fernando San Basilio se ríe del propio protagonista, pero en realidad se ríe de absolutamente todo. Y lo hace de la forma más inteligente y más difícil que se me ocurre: despojado de toda pretensión, de todo artificio estilístico que no sea el humor.

Ideal para el verano. Con una de éstas entre los dedos, hasta los chiringuitos de playa pueden resultar divertidos.

20 abril 2010

¿Qué es la posmodernidad?

Mejorando lo presente
Poesía española última: posmodernidad, humanismo y redes.

Martín Rodríguez Gaona

Caballo de Troya, 2010

ISBN: 978-84-96594-40-1

270 páginas

16,90 €



Rafael Suárez Plácido


En los últimos años asistimos a la llegada de antologías y estudios que nos hablan de la poesía última y diferente en España. Entre estos estudios citamos Singularidades, de Vicente Luis Mora (Bartleby, 2006) o el sonrojante Postpoesía (Anagrama, 2009), de Agustín Fernández Mallo. Ambos libros, más el primero que el segundo, están en el origen de este Mejorando lo presente, del peruano Martín Rodríguez Gaona, que subtitula: Poesía española última: posmodernidad, humanismo y redes, y que edita la barcelonesa Caballo de Troya.

Vicente Luis Mora escribe que la poesía mayoritaria es “normativa.” Se refiere a la Poesía de la Experiencia y muy especialmente a su líder espiritual: Luis García Montero, a quien convierte en el gran beneficiado de un estado de cosas que, según Mora, resulta empobrecedor. El problema es que gran parte de los defectos que denuncia en esa situación los hace suyos, cayendo en ellos de forma lamentable y, a veces, hasta risible, como cuando elabora un posible canon de la poesía actual y la mitad de los autores son cordobeses y amigos suyos. Él lo explica, refiriéndose en este caso a dos de ellos, diciendo que son amigos suyos precisamente porque escriben bien. Claro.

Cuando Mejorando lo presente cayó en mis manos, y conociendo de antemano la admiración de su autor por el cordobés, pensé que me encontraba ante otro intento de justificar lo injustificable. Pero no es así. Rodríguez Gaona es mucho menos virulento en sus ataques y argumenta con más consistencia lo que expone.

En la interesante introducción, expone algo sobre la situación actual en la poesía española, sintetizando buena parte del contenido teórico del libro. Comenta que lo que pudo ser un duelo enriquecedor y decisivo entre los poetas y críticos “de la Experiencia”, y los que él llama “esencialistas” se quedó en una argucia publicitaria que los situaba a ambos en el mercado: “produjo un falsa dicotomía, simplista y maniquea, (…) muy beneficiosa para los intereses comerciales de los medios periodísticos y las editoriales, por su afinidad con la sociedad del espectáculo:” Y que esta situación, inevitablemente, llevó “al ocaso del lector burgués y del proyecto ilustrado.” ¿Qué ha hecho que esto cambie, según él? “… la revolución tecnológica representada por los ordenadores e internet y por el mundo globalizado…” Y aunque pueda parecer que esta situación relegaría la expresión escrita a un segundo término, no es así, porque “el arte verbal mantiene su vigencia en la era postindustrial como un reflejo primordial de la experiencia humana.” Y aun dentro del arte verbal, “la poesía representa una crítica y ruptura con lo dominante, y esta es probablemente su importancia y la raíz de su vigencia.”

A continuación citando a Lyotard sitúa el término “posmodernismo” en la historia reciente y nos da algunas pistas de lo que vamos de encontrar en el creador posmoderno: su obra no ha de estar sujetas a normas establecidas, porque es la propia obra la que las establece. Lo cierto es que cuando leo algún libro que me interesa, encuentro esto. Estas normas que según el autor encontramos en la poesía no posmoderna, nos devuelven a García Montero que, con el amparo inicial de Juan Carlos Rodríguez, es quien decide cuáles son los postulados básicos de la Poesía de la Experiencia.

Cuando habla de propuestas narrativas posmodernas, las enfrenta a autores jóvenes que las editoriales lanzan para marcar su terreno con cierta sobriedad, y menciona a J. M. de Prada y a Espido Freire. Lo que me parece un disparate es decir que en poesía ocurre algo semejante con varios autores, entre los que sitúa a José Luis Piquero. ¿Habrá leído Rodríguez Gaona sus libros?

Los problemas que, según él, se encuentran los autores posmodernos nacen de las propias necesidades del mercado. Habla de la expansión demográfica y la búsqueda de un espacio propio. Esto se ve en las reseñas en los medios nacionales y en la deficiente y carísima distribución en librerías. Estos dos hechos hacen que las editoriales apuesten por nombres con un prestigio consolidado o por los premios literarios. La clave del análisis del libro viene a continuación:
“Así, las pequeñas editoriales o la autoedición, podrían hacer innecesario este circuito más formal. Sin embargo no es tan claro, porque estar dentro de ese circuito consolidado es lo único que hoy día te da estatus poético, que te permite estar en los recitales, actividades conmemorativas y eventos que, sufragados con dinero público, significan en la actualidad la verdadera retribución económica del autor.” No sólo es un tema económico, también es cuestión de prestigio.

A continuación ofrece una serie de reseñas sobre los autores que más le interesan. Lo encontramos muy desigual. Apostamos por Pablo García Casado, por Manuel Vilas, por Mercedes Cebrián, por Juan Antonio González Iglesias y probablemente por alguno más. Eso sí, echamos en falta bastantes nombres.

Finalmente dos reflexiones más, una reflejada en el libro y otra no: algunos de estos autores y, probablemente, con el tiempo irán siendo más, están siendo absorbidos por el sistema, por las editoriales más potentes del mercado. Es el caso de Vilas, González Iglesias o el paladín Fernández Mallo, que son ya valores seguros de mercado. No nos extrañaría que lo próximo de Mercedes Cebrián lo publique otra editorial del mismo grupo que la suya actual. Vicente Luis Mora ocupa plaza en un Instituto Cervantes. ¿Seguirán siendo posmodernos?

En Singularidades, Mora hablaba de la necesidad de estar, no de ser. Es cierto. El mayor atractivo de las redes que circulan por internet, los blogs y todo ese aparataje es que se te vea mientras más mejor. Publicidad. Hace unos días, alguien me decía que había enviado su libro de poemas a una editorial “emergente” de Sevilla. Le respondieron que era interesante, pero que tenían que conocerlo más y que para ello, tenía que crear un blog. Uno va entendiendo poco a poco las cosas. No es tan difícil. Mejorando lo presente es un libro valioso para ir comprendiendo algunas cosas. Nos gusten o no.

07 abril 2010

Esta novela tiene flow

Mansos

Roberto Enríquez

Caballo de Troya, 2010

ISBN: 978-84-96594-42-5

128 páginas

12,90 €


Daniel Ruiz García

La visibilidad social de los homosexuales y sus indudables conquistas en el terreno de la ocupación del espacio público han favorecido la generación de nuevas realidades urbanas, que poco a poco van incorporándose al panorama de la ficción como lugares propicios para el desarrollo de las tramas. Lugares con una fuerte carga semántica, con carácter, acordes con esa nueva realidad social en la que se desenvuelven los homosexuales, y que tiende a difuminar sus matices bajo la acaparadora denominación de “ambiente”. Entre los lugares de “ambiente”, uno de los más populares es el de las conocidas saunas, espacios de encuentro e intercambio sexual –aunque no sólo- que se han consolidado como un escenario habitual en las relaciones sociales de los homosexuales urbanos.

Es en una de estas saunas en la que se desarrolla la trama de Mansos. Una trama que podría definirse más bien como una peripecia, a partir de la que el autor, Roberto Enríquez (Bobpop en los ambientes mediáticos, ya que es colaborador de diversos medios en clave frívola), ha construido toda una visión del mundo, una toma de posición ante la realidad y sobre todo ante su propia condición de homosexual. Mateo, el protagonista, acaba arribando a una sauna después de una noche de desfase alcohólico. Tras pagar a un chulo y mantener relaciones sexuales con él, y cuando ya está decidido a marcharse para dar por finalizada la noche, descubre que su bolso, un exclusivo Hermes de piel anaranjada, ha desaparecido de su taquilla. Después de conseguir un móvil y marcar su número, escucha con estupor que su aparato está sonando en el interior de otra taquilla. Una taquilla cerrada, probablemente de otro cliente, y en el que también debe esconderse su bolso, con todas sus pertenencias, incluido el dinero y las tarjetas de crédito.

Es una novela que finalmente acaba sabiendo a poco, algo que se ve favorecido por su extensión –tiene sólo 114 páginas, y es por tanto una novela corta- y, sobre todo, por la fuerza expresiva de la voz narrativa, que es también la voz del protagonista. La novela tiene a mi juicio dos hallazgos fundamentales. Primero, el de la elección del espacio de la sauna como escenario sobre el que se construye de manera íntegra la trama. Un escenario que acaba resultando claustrofóbico, asfixiante, donde el tiempo parece detenerse. Hay una tensa sordidez en ese espacio, frente al que el lector heterosexual se posiciona poniéndose en guardia, porque es posible que se sienta ligeramente violento, sobre todo cuando la prosa de Roberto Enríquez se vuelve más explícita, aquellos pasajes en los que se describen los encuentros sexuales. Este espacio, muy bien recreado, es para mí el primer hallazgo de Mansos. El segundo está en el estilo. Un estilo de escritura con una fuerte personalidad, donde las frases cortas conviven con divagaciones cercanas al delirio, con un tono de verborrea incontenible, que evoca con bastante precisión el flujo de pensamiento del que sobrevive a una noche de intensa farra (quién no la ha tenido). Es un estilo con cadencia, que facilita la lectura fluida. Tiene buen flow, que dirían los amantes del hiphop.

Frente a estos logros, es oportuno también indicar alguna objeción. La principal, a mi juicio, tiene que ver con la trama: resulta demasiado escueta. Hubiera sido deseable una mayor complicación en lo que se cuenta, ya que al final la sensación que tenemos es que nos han contado una anécdota. Ya es importante, como dice la contraportada, que en una novela pase algo, pero nos queda la sensación de que podrían haber pasado muchas más cosas. El arranque, de hecho, y en cierto modo el tono, me ha recordado bastante a After Hours, esa pequeña gran joya cinematográfica de Martin Scorsese, en la que se narra la noche más disparatada de un joven por las calles de los barrios chungos de NY. La voz narrativa, las posibilidades del personaje, daban para mucho más. En todo caso, nos queda la duda de si el estilo desquiciado y libérrimo de esa voz narrativa sería capaz de mantener el aliento en una novela con más páginas. Es posible que el efecto brillante de la prosa perdiera lustre si se le diera más recorrido. Nunca vamos a saberlo, y tenemos que conformarnos con estas escasas 100 páginas que en todo caso perfilan a un autor bien dotado y bastante prometedor, que abre caminos en un espacio, el de la literatura de temática gay, escasamente transitado hasta la fecha

19 marzo 2010

Outsider sin quererlo

El hijo del futbolista

Coradino Vega

Caballo de Troya, 2010

ISBN: 978-84-96594-38-8

144 páginas

12,90 €

Daniel Ruiz García


Un lugar común en esto de la crítica literaria tiene que ver con valorar las óperas primas con cierto prisma condescendiente, como si las primeras obras siempre fueran un contenedor de talento aún poco domesticado con impericias en todo caso disculpables por mor de la edad o la falta de oficio. “Para ser la primera no está mal” viene a ser siempre el diagnóstico final, con el que el debutante acaba por sentirse satisfecho, incapaz a su vez de quitarse de encima el complejo de culpa por su inevitable condición de neófito.

Los tópicos están para romperlos. Y eso es precisamente lo que hace Coradino Vega con El hijo del futbolista. Una primera novela que sorprende desde la primera página por su voz y sobre todo por su inteligencia para armar un artefacto narrativo al que no hay por dónde descubrirle las costuras.

Coradino Vega pertenece a la generación de los nacidos en los años 70, y cuya adolescencia transcurrió en los inicios de unos 90 marcados consecutivamente por el boom nacional derivado de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla en el 92 y por la crisis política y económica que aconteció poco después. Una generación influida por el discurso audiovisual y por la irrupción de los nuevos medios como ninguna hasta la fecha. Las primeras hornadas de ciudadanos nacidos en democracia, que sobre el papel han tendido sobre todo a propuestas literarias bien con un sentido marcadamente lúdico y escapista o bien con una fuerte vocación experimental, profundizando en la incorporación de los nuevos lenguajes y las nuevas realidades de eco postmoderno a la literatura. Tanto en uno como otro caso, se ha virado hacia una disolución del concepto de la literatura como instrumento revelador de realidades, como una herramienta de interpretación del mundo, algo que definitivamente parece haber caído en desprestigio entre los autores más jóvenes, debido probablemente a cierto empacho o a la consideración de que cualquier literatura de aire comprometido es una literatura menor.

En este sentido, Coradino Vega surge como una verdadera rara avis en la joven narrativa española. Cuando la mayoría anda embarcada en debates trasnochados sobre la verdadera etimología de la novela y sobre los límites de la ficción, o cuando otros muchos se afanan en revisitar géneros como el de la novela negra o la novela gótica o la ciencia ficción recurriendo sin prejuicios al pastiche envuelto en forma de homenaje, Coradino ha escrito un libro comprometido. Un libro que cuenta una historia humana, cercana, familiar, sobre un trasfondo marcadamente social. Un libro real, sobre personas de carne y hueso, donde hay un posicionamiento moral, una toma de partido, una asunción de responsabilidad.

La historia transcurre en un pueblo localizado en el corazón de las minas de Río Tinto, en Huelva. Un pueblo que soporta el lastre de un pasado colonial, en el que "los ingleses", a través de la compañía responsable de la explotación minera, hicieron y deshicieron hasta esquilmar todos los recursos, marcando para siempre la vida de muchas familias y favoreciendo una compleja red de relaciones en las que aún prevalece el resentimiento y cierta “conspiración de silencio” social, en la que los herederos de la antigua oligarquía impuesta aún gozan de visibilidad. En medio de este escenario, un joven estudiante, hijo de un futbolista que renunció definitivamente a la gloria balompédica en beneficio de su dedicación a la familia, afronta la preparación de los exámenes que poco más tarde le llevarán a elegir una carrera universitaria. Un momento de cambio, de previsible ruptura, en el que el personaje se ve abocado a avanzar en medio de la presión familiar, la presión de su entorno y sus propias relaciones con profesores, amigos y pareja.

Lo más estimable de esta novela está en lo que cuenta, pero yo me quedo más bien con cómo lo cuenta. Desdiciendo esa tendencia habitual a “decirlo todo” que caracteriza a cualquiera que se lanza a escribir una novela por primera vez, Coradino Vega utiliza con magisterio un estilo contenido, sobrio, preciso. Un estilo que convierte en invisible los hilos, las junturas, y que se lee con la limpieza con que se contempla un amanecer diáfano. Nada resulta forzado en el estilo de Coradino, todo está donde debe estar, y ni por asomo nos llevamos la impresión de que ese trabajo de aparente sencillez es fruto de un agotador esfuerzo de pulido. Pero debe haberlo habido, de eso no hay duda, porque al igual que en una canción en que todos los acordes funcionan con armonía para que la melodía resulte agradable, en este libro la cadencia, el ritmo, el fraseo resulta sospechosamente sencillo. Demasiado para que resulte fruto de la exclusiva inspiración, y no de un trabajo de esfuerzo artesano. De oficio.

Apelando a una buena historia bien contada, una historia humana y real, creo que Coradino ha conseguido algo que no se proponía. Convertirse en cierta manera en un outsider dentro de su generación, mucho más tendente al aspaviento, al griterío, al reclamo visual. Habrá que estar atentos a la próxima. Los mimbres, desde luego, son excelentes.