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25 julio 2013

Lo que no debes hacer (o sí) para ser escritor


Una vida subterránea (Diario 1991-1994)

Laura Freixas

Errata Naturae, 2013

ISBN: 978-84-15217-46-6

320 páginas

19 €




Alejandro Luque

De unos diarios que ven la luz, por expreso deseo de su autora, veinte años después de ser escritos, se espera de entrada una justificación a tanta demora. La propia Laura Freixas, en las páginas iniciales, confiesa su “esperanza de que el tiempo suavizara los filos demasiado cortantes”. Parece un buen gancho para adentrarse en el libro: ¿Cuáles serán esos filos? ¿Habrá ajustes de cuentas, revelaciones sorprendentes, perfiles insospechados? El segmento temporal que abarca el volumen, de 1991 a 1994, es aquel que va desde el momento en que Freixas se dispone a abandonar París, hasta su traslado a Madrid, es decir, el momento en que se fragua definitivamente como escritora, después de haber trabajado varios años en el ámbito literario como traductora, agente y editora.

Quienes se acerquen a estos diarios buscando –digámoslo claramente– cotilleos, pierden el tiempo. Hay pullas y rencillas personales, críticas venenosas y bocetos inmisericordes, pero las identidades están tan escondidas que resulta imposible (a menos que uno conozca el paño de primerísima mano) reconocer a casi nadie. Tan es así, que uno se pregunta hasta qué punto contar los pecados, pero no los pecadores, no desnaturaliza completamente el relato. En ocasiones preferiríamos que optara por el silencio antes que por el enmascaramiento tras iniciales o nombres falsos, opción respetable pero empobrecedora. Se dirá que los diarios de Byron o los de Benjamin Constant están llenos de alusiones a personajes que desconocemos… Pero no todos los diarios son los citados, ni todos los diaristas Byron.

Otros sí son reconocibles, como Javier García Sánchez, Mempo Giardinelli o Cristina Peri Rossi, si bien en papeles muy secundarios, como referentes más o menos lejanos. Y esto porque el tema central de estos escritos es la persecución de un sueño, el de ser escritora, y la búsqueda de una estabilidad personal que pasará, andando el tiempo, por la experiencia de la maternidad. La Freixas que arranca el diario lucha con su condición sexual –“para mí femenino significa cobarde, egoísta, pasivo, insignificante y melancólico”– y con su vocación, aunque más que por desarrollarla naturalmente, necesita demostrar que es escritora.

Es a partir de aquí donde Una vida subterránea empieza a antojarse un perfecto manual sobre qué no deben hacer los aspirantes a literato. “Hace tiempo que le estaba dando vueltas a la necesidad de especializarme en algún tema”. ¡Horror! La especialización ha hecho, en los últimos treinta años, que quienes pretenden saber mucho de algo acaben por no saber nada, encerrados en el arnés de su asignatura concreta. “Más que crear, debería decir tener éxito; que equivale a ser alguien; que equivale a ser otro, a no ser yo”. ¡Espanto! La literatura puede ser una manera de conocernos a nosotros mismos o de ponernos una máscara, o de ambas cosas a la vez, pero difícilmente pasará todo esto por una noción convencional del éxito –es decir, el reconocimiento por parte de crítica y público, de los otros–, sino por otra clase de desafíos y de búsquedas que suceden de puertas para adentro, fuera del foco.

Cómo estoy deseando que acabe este purgatorio”, escribe Freixas tras un acto organizado por una gran editorial, donde se siente insignificante. “Recobrar una dignidad; publicar una novela, cambiar de trabajo, estar vistosamente embarazada…”. Anhelos legítimos que revelan, no obstante, una elección de modelos bastante cuestionable. “Me alegra estar al día, conocer la obra de mis contemporáneos; supongo que estoy preparándome para ser uno de ellos”. ¡Ay! Personalmente, creo que leer a los contemporáneos más allá de las dosis homeopáticas imprescindibles, conduce a actitudes propias de carreras de galgos, a indeseables clonicidades, a endogamias estériles. Una cosa es tener una idea aproximada del panorama actual (ya felizmente globalizado) y otra estudiar a los compañeros como una llave para ingresar en el club. Y así van pasando estas páginas, que se leen (o al menos yo las he leído) con desasosiego, con incomodidad, a veces con un escalofrío. Si la publicación de un diario íntimo es un 'strip-tease', el de Laura Freixas no quiere seducir, sino mostrar impúdicamente, como ella misma asume, “nuestras dudas, contradicciones, vergüenzas, miserias, vanidades…

En un momento dado, Freixas expresa su duda “de si soy capaz –durante cuánto tiempo, hasta qué punto- de seguir trabajando sin reconocimiento, sin feedback, sin saber si tanto esfuerzo me servirá para algo”. No cabe duda de que un escritor se nutre, entre otras cosas, de la confrontación de su trabajo con el lector. Pero tampoco la hay de que aquel que no sigue en el camino por falta de aplausos, no merece ser llamado escritor. Será otra cosa, un vendedor de sus libros, un productor de literatura, qué sé yo, pero no ese modelo de conquistador (no de puestos en las listas de ventas, sino de ideas, sueños y emociones) que reconocemos en los grandes.

Mi consejo sería, como señalé arriba, que los aprendices de escritor no tomaran estas pautas como ejemplo, o en todo caso como ejemplo a no seguir. Por otro lado, he de reconocer que la evidencia refuta mi argumentación: siguiendo su fórmula, Laura Freixas logró ser una escritora reconocida, publicó en editoriales señeras, fue bien recibida por la crítica, ganó premios, fue invitada en cursos de verano y en universidades americanas, hizo reseñas para El País y se ganó su propia columna en La Vanguardia. La autora tiene todo mi respeto. Sólo me queda una tímida pregunta: ¿Se trataba de eso?

[Publicado en M'SUR]

22 julio 2013

El abejar del agua


Miseria y compañía

Andrés Trapiello

Pre-Textos, 2013. Colección "Narrativa Contemporánea"

ISBN: 978-84-15576-53-2

404 páginas

25 €
  



Antonio Rivero Taravillo

Sucedió en la presentación en Sevilla de La novela de K., segunda entrega diarística de José Manuel Benítez Ariza: entre el público había un tipo ceniciento y resentido que se costea la edición de unos diarios que andan muy escasos de interés, lo mismo vital que literario, y ni corto ni perezoso salió a pontificar contra los autores de aquellos otros diarios en que la ficción se solapa con la realidad, quizá manifestando el pobre hombre su admiración y envidia por esos personajes más de legajos que de libros: los notarios. A este X (le tomo prestado el embozo a Andrés Trapiello, y que me aspen si vuelvo a leer una línea más del referido don nadie sevillano) le parecía muy mal que el autor del Salón de pasos perdidos en que se encuadra Miseria y compañía ideara, adornara, novelara al cabo, por más que esto sea algo que no se oculta jamás, pues con caracteres perfectamente legibles los volúmenes declaran al pasar por la aduana de la policía diarística, antes de abrazar a los lectores que los están esperando impacientes: “Una novela en marcha”. Y no así, sino en versales. Pero ni por esas. X dice que Trapiello pasa de contrabando creación, aquello de lo que él mismo carece.

Pero este caso patológico es excepción. La inmensísima mayoría de personas avisadas saben que en estos diarios van a hallar gran literatura. Cortés, para no contradecirlos, el presente tomo ofrece algunas de las mejores páginas de todo el ciclo, consiguiendo, y parecía imposible, el más difícil todavía. Trapiello cada vez sabe templar mejor el tono humorístico, que actúa como un bajo continuo incluso en los momentos de mayor gravedad o introspección, y que aplica a sí mismo antes que a nadie. Crea, además, neologismos, juega a veces con el lenguaje, evoca situaciones pasadas y narra y describe las del momento. Y hablando de bajo continuo y del trabajo gozoso del autor, ya sea en su piso de Conde de Xiquena en Madrid o en la casa de campo de Las Viñas: un regato y unas piedras le hacen escribir esta frase, también aplicable al libro y a todo el empeño sostenido que fluye desde hace veintitrés años: “Había algo subyugante en ese susurro, en su laboriosa urdimbre: el abejar del agua.”

Hallamos aquí los lagares extremeños, el pasear la mercadería literaria de alguien que no tiene vocación comercial por Múnich o los Países Bajos, un periplo italiano en familia, la vida propia de los chicos R. y G., la postración final del admirado y querido Ramón Gaya, la mofa de un conocido poeta editor abonado a estas páginas y en cuya nómina ya debe de ir devengando trienios y hasta sexenios, el Rastro, los sucesos del 11 de marzo de este 2004 de a poco más de una página por día, la escritura de la obra propia (aquí, la novela Al morir don Quijote)… El accidente que ocasiona la fractura del pie (que se nos cuenta junto con la necesaria rehabilitación) quizá sea el motivo de que el autor acelere y pase casi de puntillas (valga la expresión, porque usa muleta) sobre el final del verano y el otoño junto el tasado número de días del invierno que corresponde, poco más de una semana, a cada tomo de estos diarios, que siempre acaban con el año.

En este tomo Trapiello se ha dejado la ventana abierta y se ha colado por ella una mosca, variante cojonera, que se posa en algunas palabras para señalar la indistinción de género, o mejor dicho: la inclusión de ambos. Así, en vez de escribir “aventureros” o “aventureras”, el tipógrafo que hay en el escritor compone “aventurer*s”. Es su particular arroba este asterisco, y siendo como es innecesario, un capricho, tampoco merece la pena prestarle demasiada atención más allá de la travesura, en realidad no de hombre ni de mujer, sino de niño. No convence, pero no vamos a matar moscas a cañonazos. Además, su zumbido pasa casi desapercibido en el general susurro.

Los lectores habituales de Trapiello ya lo saben, aunque en Miseria y compañía todo lo ya conocido se acrecienta, si cabe: se trata de una obra sobresaliente, sin parangón (me atrevería a decir que en cualquier lengua, al menos en su fortuna editorial), y muy adictiva, pero no por añadidos químicos, sino por su calidad natural. Para quien se aproxime por primera vez al Salón de pasos perdidos, que ya tendrá sus desertores pero que a cada entrega suma incondicionales, aquí va una lista de algunos de los ingredientes, pues la fórmula solo la conoce su autor (al que antes se le leía tomar más esa bebida de arcana ecuación, la coca-cola y ahora prueba más la cerveza, el vino): levedad, hondura, observación, piedad, ironía, paisajes, pensamiento, aguafuertes, todo ello con una expresión afortunada en cada párrafo y un repertorio de palabras que se rescatan para la literatura y la vida, no la filología, la Academia.

20 marzo 2013

La escuela de la calle




Diario de un músico callejero

José Miguel Vilar-Bou

Espuela de Plata, 2013

ISBN: 978-84-15177-75-3

228 páginas

16 €



Alejandro Luque

La experiencia de este reseñista como músico ambulante se limita a dos lejanos días de agosto en una calle de Cracovia. Deambulaba al azar por dicha ciudad, cuando me detuve a oír a unos chavales polacos que maltrataban una partitura de Vicente Amigo. Al reconocerme como español me preguntaron si tocaba algún instrumento. Como no tenía nada mejor que hacer, accedí a ocupar el cajón flamenco. A pesar de ser un 'amateur', leí en sus rostros la felicidad que les hubiera dado fichar a Tino DiGeraldo o a Rubem Dantas. Dos días después, al despedirnos, quisieron darme mi parte de la ganancia: no sólo la rehusé, sino que invité a todos a una ronda de cervezas. Era yo quien estaba agradecido por aprender cosas que, desde entonces, me impiden ver la figura del artista callejero bajo la misma óptica que antes. Había conocido el valor de la moneda que cae, el de la sonrisa fugaz, el de la escurridiza atención del público, y también, cómo no, la bofetada de la indiferencia.

Aquel recuerdo me ha llevado a las páginas de este Diario de un músico callejero, donde un periodista narra su peripecia como 'artista di strada' en Milán y otras ciudades italianas. Vilar-Bou, empleado de Amnistía Internacional en la carísima capital de la moda, tiene problemas para llegar a fin de mes y piensa que tal vez tocar su guitarra en la calle le reporte algunos ingresos extra. Pero, desde sus primeras tentativas, parece evidente que lo que el joven persigue es una ganancia de otra índole, una búsqueda de sensaciones genuinas e intensas. Tocar en la calle, en efecto, tiene menos que ver con la mendicidad de lo que se piensa. Casi nos atreveríamos a decir que tampoco tiene tanto que ver con la música. Es otra cosa. Parece más bien un juego de encuentros y desencuentros, donde el objetivo es que la parte estática –el artista– y la parte dinámica –el transeúnte– alcancen un momento, que puede ser casi un relámpago, de comunión, simbólicamente materializado en una propina.

Vilar-Bou va explicando esas sensaciones, sazonando su relato con anécdotas simpáticas y dando de paso consejos a todos aquellos que quieran iniciarse en esta práctica, lo que convierte el diario en una suerte de guía práctica: ¿Es mejor usar como cepillo la funda de la guitarra, o pasar el sombrero? ¿Debemos poner billetes como cebo? ¿Qué lugares son los más propicios para instalarse? ¿Qué tipo de repertorio es el más efectivo? ¿Cómo reaccionar ante situaciones adversas, ya sea la visita de la policía o de espectadores indeseables? Y aunque el autor no lo señale expresamente, de la lectura de estas páginas se desprende otra conclusión clara: tocar en la calle no sirve para hacer turismo. No en el sentido general del término. En cualquier caso, se aprende mucho más de la condición humana que de las ciudades que se visitan.

Tampoco puede decirse que Diario de un músico callejero sea una obra redonda: a pesar del tono ligero dominante, se echa de menos un poco más de voluntad de estilo, y también de ambición periodística. El apéndice de esta edición, compuesto por entrevistas a cuatro músicos callejeros –dos estadounidenses y dos chilenos– se antoja el anticipo de una futura obra mayor. No obstante, al existir tan poca literatura sobre el tema en nuestro idioma las notas de Vilar-Bou tienen un valor añadido, y su mirada refleja bastante bien los avatares del oficio. Además, si la economía española sigue cayendo a este ritmo, va a haber muchos jóvenes, y no tan jóvenes, dispuestos a echarse la guitarra al hombro y lanzarse a los caminos: no estarán de más unos consejos para empezar.   

18 marzo 2013

Impudor y elegancia


Mi hermana y yo

J. R. Ackerley

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-19-7

287 páginas

23 €

Traducción y prólogo de Andrés Barba

Edición, notas y epílogo de Francis King


Sara Mesa

Sucede a veces que la vida es el mejor material narrativo. La vida personal, íntima, intransferible, a menudo insustancial, pero que bajo la lupa del talento cobra una dimensión inesperada. Así ocurre con la obra de J. R. Ackerley (1896-1967), editor, crítico literario y cronista de su tiempo y de su propia existencia. Como suele decirse, vida y obra se confunden, se mezclan, son una única realidad indisoluble en su escritura. Ackerley, siempre volcado en las memorias y en los diarios, lo explica con claridad en Mi padre y yo, esa gran biografía, autobiografía o relato impúdico de una relación paterno-filial: no hay tiempo para más. Demasiado centrado en sus enredos vitales (particularmente en la búsqueda de muchachos guapos), nunca tuvo la concentración necesaria para inventar ficciones, de modo que el ansia de escribir se plasmó siempre en la observación de sí mismo y de los que le rodeaban. Ackerley y su familia: una historia que de pronto despierta nuestro interés gracias a la aguda mirada de este singular escritor. Y su concepción de familia, hay que decirlo, incluye también a su perra. Títulos como Mi perra Tulip o Mi padre y yo, publicados por Anagrama, son rarezas deliciosas escritas desde la transgresión de los convencionalismos literarios, en tanto que también se narran hechos fuera de lo convencional.

Ahora Sexto Piso edita Mi hermana y yo, libro póstumo que en sentido estricto no fue concebido como tal por su autor, sino que obedece a una selección realizada por el albacea Francis King de los diarios de Ackerley de aquellos fragmentos -y son muchos-, fechados entre agosto de 1948 y julio de 1957, en los que se recogen los pormenores de la particular relación con su hermana Nancy. Posiblemente el momento en que mejor se revela la naturaleza de esta relación es cuando Ackerley compara a su hermana con la tenia, peligrosa, absorbente, imposible de sacarse del cuerpo: “¿Qué oportunidad puede tener uno de librarse de una criatura así? (...) Es una criatura tenaz, resiste a todos los intentos que puedan hacerse para librarse de ella; incluso cuando uno consigue librarse de todo el cuerpo del insecto, la cabeza permanece ahí y, poco a poco, toda la criatura vuelve a crecer a partir de ese punto, centímetro a centímetro.” Se trata de una relación amor-odio constante, basada en el desprecio, el sentimiento de culpa, la obsesión y el vampirismo. Nancy no sale bien parada (“No existe trabajo, o al menos que yo sepa, que una mujer tan maleducada, interesada, vanidosa, egoísta, hipocondríaca, perezosa, irresponsable, inútil, ignorante y falta de talento como ella sea capaz de mantener ni una sola semana”), sin embargo hay momentos de ternura y de auténtica preocupación por su salud física y su estado mental. Lo cierto es que nadie sale demasiado bien parado en los diarios de Ackerley (salvo la perra Queenie, hacia la que tenía una devoción rayana en el patetismo), ni siquiera el mismo Ackerley, que se nos presenta a sí mismo como un ser egoísta, veleidoso, engreído, frustrado y misógino -como diría un amigo mío, en tanto que misántropo-. Hay muchos detalles íntimos en el libro, que no solo afectan a él y a su hermana, sino a otros personajes que salen y entran en el escenario: la tía Bunny, por ejemplo, y también sus amigos E. M. Forster y Siegfried Sassoon, pero hay que recordar que Ackerley tuvo un curioso concepto de la intimidad. Si ya en Mi padre y yo desvelaba el secreto familiar de su padre y ofrecía con precisión y sin recato detalles de su propia homosexualidad, aquí -apareciendo también estos asuntos- el foco se coloca en la hermana, sus celos obsesivos, la convivencia imposible con la tía Bunny y los paseos matutinos con Queenie en los neblinosos parques de Londres, sin excluir todo tipo de pormenores privados y escatológicos. El talento de Ackerley reside en su capacidad de ofrecernos todo esto sin perder en ningún momento un ápice de elegancia ni renunciar a ese finísimo humor que atraviesa el libro de parte a parte -incluso al narrar el intento de suicidio de Nancy-, quizá porque no hay una intención de provocar o sorprender, sino más bien la necesidad de contar la propia vida con sencillez y sin alardes.

La lectura de Mi hermana y yo es una experiencia adictiva -tras ella corrí a por más libros de Ackerley-, sorprendente, a ratos divertida y también, diría, extravagante. No existen muchos libros así, en los que un escritor se despreocupe con tal naturalidad de las consecuencias de bucear en la privacidad propia y de su familia, sin deseo de ajustar cuentas o de justificarse. Ackerley, con su visión ácida y sarcástica de las relaciones sociales y familiares, se lanza a describir su vida hasta las últimas consecuencias, y este relato -monótono, cotidiano, a veces insignificante- posee también la grandeza de la sinceridad. Según explica Francis King en el revelador epílogo -en el que por cierto se ofrece una visión de Nancy sustancialmente diferente- Ackerley “estaba dominado por el irresistible impulso de hacer público todo lo que se refería tanto a su persona como a su familia. Aquella hambre suya de decir la verdad era tan intensa que ni siquiera la posibilidad de ser acusado de calumniador le detuvo”. Dice también Andrés Barba, que traduce y prologa, “sobra decir el pudor que he sentido a veces al traducir algunas de estas páginas (...). Por momentos era como estar tocando, literalmente, la superficie informe y cálida de unos sentimientos que estaban forjándose en ese instante preciso...”. Creo que estas dos citas reflejan con bastante fidelidad la peculiaridad y el valor literario de este libro. Los interesados en las relaciones familiares enfermizas lo disfrutarán sin duda, porque además demuestra, con absoluta perspicacia, que a veces la familia funciona como una reproducción a pequeña escala de toda la complejidad humana.

23 noviembre 2012

Queridos dietarios

Alejandro Luque

No me atrevería a decir que estemos en una edad dorada de la literatura autobiográfica, las memorias, los diarios y los dietarios. Pero no cabe duda de que el renovado interés que las editoriales españolas vienen demostrando por el género está permitiendo descubrir a autores cuyo fuerte es precisamente esa forma de escritura del yo, tan digna como la mejor de las ficciones. He aquí dos casos ejemplares:


Piel roja

Juan Gracia Armendáriz

Demipage, 2012

ISBN: 978-84-92719-89-1

274 páginas

18 €




Escribir un libro como éste cuesta un riñón. En concreto, el que hubieron de trasplantar a su autor para poder seguir viviendo después de un largo proceso de hemodiálisis. Piel roja es la culminación de lo que el propio Gracia Armendáriz ha dado en llamar la Trilogía de la enfermedad, iniciada con La línea Plimsoll (2008) y continuada con Diario de un hombre pálido (2010). Una crónica morosa, de bien dosificada intensidad, que parte de un problema de salud -una dolencia renal- para derivar hacia reflexiones y preguntas de diversa trascendencia.

El primer acierto de Piel roja es el de acomodar una voz narrativa propia al formato de diario; el segundo, lograr que la narración se sacuda el ensimismamiento que tanto suele afectar al género, porque, como ha sabido ver el pamplonés, en la literatura diarística se trata también de escribir un relato. Este Piel roja –título alusivo a la recuperación del color por parte del paciente, una vez consumado con éxito el trasplante– resulta más unitario de lo que a simple vista parece, porque sus líneas argumentales remiten a un mismo centro: las posibilidades de heroísmo, o al menos de grandeza, que surgen cuando la vida te pone a prueba. Frente al tópico del ciudadano gris del siglo XXI, sumido en una existencia anodina, la épica de lo cotidiano.

Son muchos los casos que hilvana el libro: la gesta de salvar la propia vida y la formidable generosidad del familiar donante, la odisea que entraña la adopción de una niña en China, el coraje del padre que se enfrenta, a pecho descubierto, al fanatismo encarnado en los bárbaros de ETA. Y todo ello, espolvoreado con la ralladura de almendra de las lecturas, las películas, la música, el amor y los amigos, la vida paralela, y a menudo falseada, de las redes sociales. La épica, también, de dejarse la vida en lo que uno escribe. O, como mínimo, un riñón. 


Ratas en el jardín

Valentí Puig

Libros del Asteroide, 2012

ISBN: 978-84-9266-363-7

176 páginas

17 €





Los dietarios ofrecen al lector un ángulo especial para conocer a los escritores. A veces iluminan zonas de su personalidad que las ficciones ocultan, otras les permite asomarse a su intimidad a través de un agujero impúdico, o ponen sobre el tapete ideas políticas, literarias o vitales más o menos reveladoras. Lo seguro es que la lectura de un buen dietario siempre es un placer.

Es el caso de Ratas en el jardín, del periodista y escritor mallorquín Valentí Puig, que acaba de ver la luz con el mimo habitual en Libros del Asteroide, pero que data de 1985. Veintisiete años después, el público puede asomarse a aquel tiempo de Guerra Fría, a aquella Transición que ya empezaba a producir decepciones y aquella germinal Unión Europea que todavía era capaz de despertar ilusiones. Puig, buen conocedor y seguidor del gran Josep Pla, escribe a tumba abierta, con excelente tono –la mano del poeta de Blanc de blancs y Molta més tardor no pasa desapercibida– y sin posar para la galería. 

Ésta es precisamente una de las cosas más llamativas del volumen: que un señor de derechas no sólo no guarde las apariencias en público, sino que se abstenga de retocar su autorretrato –a la manera de un Jesús Pardo- cuando rescata sus cuadernos al cabo de tanto tiempo. A diferencia de sus Cien días del milenio, un diario que respondía a un proyecto premeditado, acotado en el tiempo y por tanto más artificioso, aquí tenemos la vibrante sensación de acercarnos mucho a la verdad del hombre. Amigo de los alcoholes y de la compañía de pago, además de mostrarse simpatizante con Reagan, el autor recrea la atmósfera a ratos fascinante y a ratos opresiva de la isla, dialoga con sus fantasmas íntimos y con sus referentes literarios, mientras afuera, en el jardín de su casa, se oye el movimiento de las ratas entre las hojas. 

Una extraña y feliz apuesta del editor Luis Solano que sólo nos deja una petición: ¿Para cuándo los demás dietarios de Puig?

01 junio 2012

¿Por qué, Connie, por qué?, o El canasto de los calzoncillos

Alejandro Luque

Lo más cerca que he estado nunca del suicidio fue aquella noche en que, creyéndome poseído por un agudo mal de amores, me bebí a morro una botella de ron, escuché 15 o 16 veces seguidas un disco de Andi Deris y me leí casi sin respirar 300 páginas de Il mestiere di vivere. Si aquello no me mataba, debí de pensar, me haría más fuerte.

No había vuelto desde entonces al que tal vez sea uno de los diarios más tristes y atormentados de la literatura de todos los tiempos. Ahora regreso a aquellas páginas que llené de subrayados, anotaciones, flechas y exclamaciones en los márgenes, donde diez años atrás creí estar leyendo mi propia miseria personal, y dudo si invitar al lector a compartir ese feroz descenso a los infiernos.

Lo primero que debo advertir es la suprema impudicia que supone el abordaje de este libro. Publicado en 1952, El oficio de vivir fue hallado entre los papeles de Cesare Pavese tras la muerte del escritor, ocurrida dos años atrás. Natalia Ginzburg e Italo Calvino se ocuparon del cuidado de la edición, labor que incluía la censura de pasajes demasiado íntimos –ignoramos dónde estaba el baremo, que suponemos alto– y las alusiones a personas vivas que pudieran quedar comprometidas. ¿Había Pavese escrito y titulado sus diarios pensando en esta trascendencia póstuma? ¿Se trataba de un desahogo de consumo privado, o sabía, como todos, que siempre hay un Max Brod dispuesto a salvar un cuaderno del fuego?

Sea como fuere, lo que se pone en manos del público es la voz más personal, más desnuda y desinhibida que quepa imaginar. Y ello implica no sólo certificar la prosa magistral del piamontés –para eso ya tenemos La playa o El bello verano–, sino también asomarse a sus humanas debilidades, mirar bajo el felpudo, husmear en la cesta de los calzoncillos. Junto a sagaces observaciones sobre literatura y lengua italiana –hay que repetirlo: qué gran lector fue Pavese– lo que encontramos es a un hombre clínicamente incapaz de ser feliz, por la sencilla razón de que no puede tener relaciones sanas y armónicas con las mujeres.

Como bien indica el traductor Ángel Crespo en el prólogo de la mejor versión española (Seix Barral, 1992), uno de los ejes alrededor del cual giran estos diarios es “la supuesta impotencia de Pavese, no precisamente fisiológica, sino temida como incapacidad de hacer sentirse satisfecha a ninguna mujer”. O, dicho, de otra manera, un desajuste profundo, una incapacidad manifiesta para pactar y alcanzar la deseable complicidad con el mal llamado sexo débil, un permanente espíritu de confrontación que una y otra vez lo humilla, lo zarandea y lo arroja a los acantilados de la desesperación.

Si logramos –lo cual no es fácil– dejar de lado los juicios morales, coincidiremos en que, como obra literaria, Il mestiere es portentoso. Su pulso sostenido, su abundancia de felices hallazgos aforísticos y su poderosa sensación de verdad bastan para arrebatarnos. En pocos libros como éste encontraremos ideas tan afortunadas sobre las angustias del creador (“Hacer poesías es como hacer el amor: nunca se sabrá si el propio gozo es compartido”), los secretos de la inspiración o el siempre inquietante paso del tiempo (“Hay algo más triste que envejecer, y es continuar siendo un niño”). Pero también queda al descubierto el hombre desengañado (“El amor es la más barata de las religiones”), cuando no el misógino recalcitrante (“De cada cien, noventa y nueve son puercas…”).

El ensayista Pavese, por ejemplo el de La literatura norteamericana, es un dechado de intuición y lucidez. El poeta de Trabajar cansa o Vendrá la muerte y tendrá tus ojos es un amo de la difícil sencillez, que nombra el misterio y toca en lo más hondo de la condición humana. El diarista Pavese también sobrecoge y perturba, pero no desde la grandeza de las mencionadas faenas, sino desde la degradación y el patetismo. Su romance, si puede llamarse así a aquella obsesión torturada, con la actriz norteamericana Constante Dowling, le llevó a escribir el 27 de abril de 1950: “Nada. Tengo carbón en el cuerpo, brasas bajo las cenizas. ¿Por qué, Connie, por qué?”. Exactamente cuatro meses más tarde, se suicidaba con una sobredosis de somníferos –y no de un pistoletazo, como tanto había soñado– en el hotel Roma de Turín, después de despedirse por escrito de la literatura, es decir, de la vida: “Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”.

El año pasado, cuando hablamos en Estado Crítico de nuestros libros preferidos, afirmé que un libro imprescindible, fundamental, es aquel que te cambia la manera de ver el mundo, el que corrige tu pensamiento sin que sea posible, en adelante, dar marcha atrás. A veces, estos libros muestran un camino que hasta entonces parecía vedado a tus ojos. Otros te enseñan cuál es el camino que no hay que tomar. Il mestiere pertenece, para mí, a los segundos. Tal vez nadie esté a salvo de arder en la llama devastadora de los celos, de pensar que el sufrimiento es un marchamo de calidad para las relaciones humanas, o de confundir el amor con la posesión o la mendicidad. Pero los padecimientos de Pavese, contados además desde altura literaria muy cercana a la genialidad, deberían servirnos de algo. Eso pensé a la mañana siguiente, en medio de una resaca atroz, con un libro emborronado tirado por el suelo y una canción de Andi Deris girando en mi cabeza: “Life is what I'm bringing/ Pain is what I'm killing…”      

22 mayo 2012

El invierno de la escritura



Diario de invierno

Paul Auster

Anagrama, 2012. Colección "Panorama de narrativas"

ISBN: 978-84-339-7829-5

243 páginas

18'90 €

Traducción de Benito Gómez Ibáñez




Juan Carlos Sierra

Hasta hace unos años, Paul Auster para mí había sido una asignatura pendiente. Todo el mundo a mi alrededor hablaba del autor americano -no necesariamente bien- y yo aún no le había hincado el diente a ninguna de sus novelas. Así que me puse manos a la obra empezando por El libro de las ilusiones; luego vinieron Trilogía de Nueva York, El Palacio de la Luna, El cuaderno rojo y A salto de mata (Crónica de un fracaso precoz),… A partir de Un hombre en la oscuridad fui perdiendo el interés por la obra de Auster y he de reconocer que hasta el recién publicado Diario de invierno no había vuelto a él.

Y, ya que estamos con las confesiones, este último lo leí más que por interés literario por cierta afición que tengo a conocer las intimidades de los escritores que me interesan o me han interesado en algún momento. No obstante, en la autobiografía de un autor, porque un diario no es más que eso, espero leer además el paratexto de su obra: sus lecturas, sus filias y fobias literarias, el ambiente intelectual que lo rodea y en el que se mueve -incluidas ciertas miserias del mundillo literario-,… Sin embargo, muy poco de esto aparece en el Diario de invierno de Paul Auster. Finalmente, a este nuevo acercamiento a Auster he de añadir otra motivación: con el libro que más había disfrutado fue A salto de mata, el más cercano a Diario de invierno en cuanto al género escogido.

Pero, independientemente de mis expectativas y gustos personales, al diario de Paul Auster le falta el propio Paul Auster; es decir, le falta pulso, ritmo y tensión narrativas. Partiendo del hecho de que no hay una trama que mantener, unos personajes que perfilar, un factor desencadenante y un río de sucesos que explicar, algunas de las condiciones antes apuntadas podrían disculparse. Sin embargo, la cascada de hechos narrados a lo largo de las 243 páginas de este Diario de invierno se va solapando sin más, sin un hilo del que ir tirando, como sin ganas.

Esta sensación de pereza contagia la lectura, que se va desarrollando como a tirones, como si viajáramos en un coche gripado, confiados en que tras el último episodio anodino las cosas irán a mejor hasta que vuelve a encasquillarnos el humo blanco del tubo de escape. O a lo mejor es que la vida narrada -la de Auster- es así, como supongo que sucede en la de la mayoría de las personas, sean escritores o no; pero no necesariamente la manera de contarla ha de mimetizarse con el ritmo vital, porque la literatura no tiene que ser un trasunto fiel de la realidad, sino un ejercicio que la explique, la aclare o la revele utilizando las herramientas propias de la literatura y no las de la vida.

No obstante, hay momentos que merecen la pena en este Diario de invierno, como el extenso fragmento en que Paul Auster enumera los hogares por los que ha transcurrido su vida y la importancia que han tenido para ella. Quizá el libro habría ganado si, por ejemplo, este se hubiera desarrollado bajo esta estructura inmobiliaria nómada, ya que le habría proporcionado al libro un andamiaje narrativo preciso y al lector probablemente un pretexto para que sintiera la curiosidad de continuar leyendo.

No quisiera pensar que este Diario de invierno preludia el invierno artístico de Paul Auster, un autor que ha demostrado que atesora en su obra publicada hasta el momento novelas que seguramente están entre lo mejor del pasado siglo. Quizá solo ha sido un nubarrón.

02 abril 2012

Las trastiendas de la literatura



De rastros y encantes

José Carlos Cataño

Universidad de Sevilla, 2011

ISBN: 978-84-472-1383-2

297 + XXXII páginas

15 €




Rafael Suárez Plácido

Es curioso, o no, quizás fuera lo obvio y por eso ocurre así pero, tras la primera lectura de este libro, uno tiene la sensación de que ha estado asistiendo a la lenta restitución, a veces incompleta, de toda una biblioteca desaparecida, la biblioteca que tenían nuestros padres en casa de pequeños o, en este caso, la biblioteca de la que José Carlos Cataño habla en las primeras páginas del libro, que le acompañó hasta los doce años y que era el cuarto prohibido y que, como todos los cuartos prohibidos, era su lugar favorito de visita o escondrijo. Y digo que es curioso porque lo primero que ha hecho el autor es decir que no es así, que él prefiere pensar en sus libros como un elemento que le va a acompañar en su vida lo que tenga que acompañarle, que él prefiere seguir lo que ha llamado “la senda del tártaro”, y sí, los libros pueden ser un lastre en ese intento de vida nómada.

José Carlos Cataño es, huelga decirlo, uno de los poetas canarios más importantes de estos últimos años. Nacido en La Laguna, pasó los primeros años en esa casa con una enorme biblioteca que aunque tenía prohibido visitar, pasó a convertirse en su rincón favorito. Y eso pese a que tantos libros le producían alergia o asma. Es curioso, porque va a pasar el resto de su vida en torno a libros, en bibliotecas, librerías de viejo y rastros y mercadillos varios y no se le reproducirá esa alergia que tanto le cohibió en su infancia. El libro que más nos ha interesado hasta el momento de entre los suyos es "Los que cruzan el mar. 1974-2004", la primera parte de sus Diarios, publicado en Pre-textos. Es cierto que este libro tiene también mucho de Diario. Él lo llama, de hecho, Diario de libros y contiene una serie de entradas de su blog del mismo nombre más o menos reelaboradas. Eso ahora es difícil de valorar, ya que esas entradas antiguas del blog han sido suprimidas. En definitiva, olvidemos el blog y pensemos en un libro que trata sobre él y los libros que va encontrando en mercados de libros de viejo, especialmente en Barcelona, ciudad en la que reside, aunque también visita otras ciudades españolas y del resto del mundo. A veces podemos pensar en los diarios de Trapiello, en las entradas que dedica al Rastro. También está presente la diarística que antes se nos viene a la cabeza: con García Martín y los domingos en el Rosal, o ambos y Juan Manuel Bonet cuando visitan alguna ciudad del mundo, en las que siempre aparecerá un rincón con una librería o algo parecido. Yo no he podido dejar de recordar el fantástico relato “El cazador de libros”, del último libro de José María Conget. Con todos ellos tiene sus semejanzas y sus diferencias.

Hay que señalar, y esto es novedoso, que el libro trata exclusivamente de un hombre que sale muchas mañanas a varios sitios en los que se pueden encontrar libros usados. No nos cuenta su vida, aunque todos los personajes de la vida van apareciendo. En ese sentido no es un Diario, sin dejar de serlo. Como Andrés Trapiello prefiere las librerías de viejo a las de “nuevo”. Pocas veces comenta algo bueno de alguna de estas. Pero se separa de este en que básicamente va buscando el libro para leer, o para vender o para regalar, pero no es propiamente un cazador de ediciones muy valiosas. Hay que decir que el libro está editado por la Universidad de Sevilla, pero en una colección que se edita con motivo de la Feria del Libro Antiguo. En él se tratan muchos temas relacionados con la Literatura. Hay, por ejemplo, mucho resentimiento hacia parte de la crítica. Lo admite: no soporta ver que su nombre no ha sido incluido en alguna antología y si esta es de autores canarios, con mucho más motivo. A pocos críticos nombra, aunque se intuyen todos los nombres cuando se refiere a ellos; a bastantes autores sí, para hablar bien de ellos o mal, la mayor parte de las veces mal. Tiene gracia cuando habla de la revista Qué leer y la confunde con el Qué me dices. Su especialidad son las trastiendas de la Literatura. Así, con el tiempo sabe en qué puesto se venden los libros que los autores o editores envían a los medios, o donde descarga tal o cual crítico o poeta, la cantidad de libros dedicados que recibe. No cabe duda que sería un magnífico guía para alguien que visita Barcelona o alguna de sus islas Canarias y está interesado en este mercado de los libros viejos. De la literatura canaria también se muestra buen conocedor y es posible encontrar a lo largo del libro los nombres, y referencias a las obras, de Domingo Pérez Mink, María Rosa Alonso, Víctor Ramírez o Manuel Verdugo, aunque no se conforma en la insularidad. Es de esas personas que aparecen un día aquí, otro allá. Y esto se comprueba al abrir el libro por cualquier página.

El libro es muy sentido, pero tiene momentos muy divertidos: las erratas, esenciales en la tasación del libro viejo, y ese pequeño otro gran género que son las dedicatorias entre autores conocidos o estos y sus lectores, o simplemente entre alguien que compra el libro y a quien se lo regala. Pensemos que estos mercados están especializados en librerías que venden los familiares de alguien que ha fallecido, normalmente sin expurgarlas demasiado, con prisas. Ya digo: seguro que es toda una experiencia pasar unos años visitando a menudo estos puestos donde se airea toda la verdad del fallecido o todas las mentiras que han ido jalonando su vida. Si no podemos y la mayoría es obvio que no podemos hacerlo, tenemos aquí para su lectura De rastros y encantes, y nos podemos imaginar qué haríamos, incluso, a veces, podemos oler los libros de los que escribe siempre contando algo interesante, José Carlos Cataño.

17 enero 2012

Saltar, caer, levantarse



Dios nunca reza

Patxi Irurzun

Alberdania, 2011

ISBN: 978-84-986-8319-6

152 páginas

17 €





Daniel Ruiz García

Escribir no es ningún deporte de riesgo. No nos hace ningún bien, o al menos no nos hace más bien que mal. Aunque mucha gente así lo crea, los que escribimos no somos personas más inteligentes que los que no lo hacen. Estamos en la media de la torpeza y la idiotez, con el plus, casi siempre, de una proporción de vanidad más que considerable. Escribir es una acción, un verbo, un estar, pero ese estar no suele ser nada agradable. Sobre todo cuando lo que escribes apenas se compra y se lee, comparado con, pongamos, cualquier bestseller que se distribuye en las tiendas de los aeropuertos o en los Carrefour. Porque -y este es otro malentendido bastante extendido entre los ágrafos- los escritores suelen ser gente más bien pobre, o en todo caso, si tienen liquidez, no la han obtenido precisamente de la literatura. Muchos de los que publican libros apenas llegan a fin de mes. Hay muchas formas mejores de hacerse rico. Y probablemente, con bastante menos esfuerzo. Porque escribir es algo muy desagradecido: visto desde una perspectiva material, resulta absolutamente miserable la correspondencia entre el esfuerzo que supone escribir una novela y los rendimientos económicos que ello reporta. Aun así, muy pocos de los que empiezan a fumar de este tabaco son capaces de dejarlo, de manera que acaban sometidos de por vida a esta suerte de sacerdocio de pobres, consagrados a una vida de arrastre detrás de palabras y letras que acabarán llevándolos a la muerte como un inevitable cáncer de pulmón.

Dios nunca reza es un libro de memorias pero también es una novela biográfica sobre las miserias, servidumbres, renuncias y pequeñas alegrías de un escritor tocado por ese infortunado vicio. Un escritor joven que no obstante lleva años predicando en los desiertos de la literatura y recibiendo a cambio escasos beneficios y parcas satisfacciones. Es un diario íntimo que conmueve desde el primero hasta el último capítulo, porque exuda sinceridad. Una sinceridad, casi siempre, muy dolorosa. Porque Irurzun es consciente de que, por más desagradecido que resulte ese vicio, por más que le haga toser y le supure bilis, no podrá renunciar a él hasta la muerte.

No se piense, por el tono de mis palabras, que estamos ante una obra de tintes románticos, grandilocuente, apasionada. La miseria está ahí, pero Irurzun la aborda con naturalidad. Con la misma naturalidad con que uno asume, por ejemplo, una enfermedad de diabetes que deberá acompañarlo de por vida. El registro del dietario le permite a Irurzun realizar una contabilidad exhaustiva de sus desvelos cotidianos como escritor, pero también como padre y “prepadre”, como esposo, como amigo… En realidad, la obra puede leerse como una novela intimista sobre una mudanza, la mudanza de un escritor hacia otra casa junto a su mujer y su hijo, pero también la mudanza interior de un escritor que no quiere renunciar a serlo por encima de las miserias laborales y los trabajos castrantes y embrutecedores.

Me he sentido muy cercano a los desvelos de Irurzun en esta novela. Su estilo es llano, limpio, sencillo, con momentos de gran explosión lírica, y de forma muy especial en el último tramo. Es, así lo pienso, un libro muy hermoso, que arañará especialmente a todos aquellos que, como quien esto suscribe, sobrelleva como puede este insano vicio de la escritura, encallado a fuerza de golpes, acostumbrado a un programa creativo precariamente construido a base de verbos: saltar, caer, levantarse.

13 enero 2012

La difícil duda


Al vuelo de la página. Diario 1990-2000

Juan Malpartida

Fórcola, 2011

ISBN: 978-84-15174-15-8

462 páginas

27,50 €



Rafael Suárez Plácido

En muchas ocasiones he tratado de escribir una suerte de diario, pero es cierto que es una labor muy complicada: causaría demasiado dolor a mi alrededor. Me refiero, claro, a un diario real, donde no mintiera demasiado, donde escribiera lo que me ha gustado o no, lo que me hace daño, lo que me parece bueno o correcto o no tanto, y tratara de explicarlo como buenamente sé. Por eso cuando comencé a leer este libro de Juan Malpartida vi el cielo abierto: parecía exactamente lo que yo quería hacer y no podía. Se trataba de conjugar la idea del diario personal con el ensayo, o así lo creí entonces, cuando leí: “Ensayar no es pensar menos sino dudar más. El verdadero ensayista es socrático: sabe que no sabe y por eso anda buscando entre las palabras.

El diario de Malpartida se desarrolla durante algo más de diez años completos: los diez últimos del siglo pasado y, de alguna manera, tratan de ser colofón a la historia de la literatura y el pensamiento españoles de una parte importante de ese siglo, no sólo en España, sino en el ámbito de la lengua española. Sería complicado afirmarlo tajantemente, pero es posible que las miras estén incluso puestas algo más allá: ¿toda la cultura occidental?, ¿incluso una cierta recepción de la cultura oriental? Hay dos factores que apuntan en esta dirección: por una parte, la labor del diarista como traductor y crítico de textos de otras lenguas y, por otra parte, la otra figura central de gran parte de estos diarios que es el poeta y ensayista, y quién sabe cuántas cosas más, Octavio Paz.

Así tenemos casi quinientas páginas en las que el autor nos adelanta que nos va a ofrecer dudas y vueltas de tuerca sobre algunos de los temas que han ido llenando el pasado siglo XX, y su concreción en los campos de la Literatura y el Pensamiento, en las que no dejará de lado cualquier comentario que considere necesario sobre otras disciplinas más o menos culturales o existenciales. No es difícil sospechar que esta perspectiva, y más durante las primeras entradas del libro, me hicieron aparcar todo lo demás que estuviera leyendo durante unos días. Me atraía, muy especialmente, que no buscaba, o eso me parecía entonces, ser demasiado complaciente con nadie. Detesto los textos complacientes y los servilismos, aunque luego compruebe que esa connivencia sea real. Si lo es, la puedo soportar pero, aun así, casi siempre es aburrida la fascinación y buena parte de las complicidades e, insisto, sabemos que casi todas las veces es mentira.

El primer choque con la realidad del libro fue una entrada en la que comentaba la irrupción en México, siempre muy presente en estas páginas, del EZLN. Más concretamente se trata de un manifiesto que firmaron algunos escritores, en el que respondían -o así parecía verlo el autor-, a un artículo previo de Octavio Paz. Claro que se puede estar en contra del EZLN, ahí está toda la derecha de hecho, pero los argumentos que daba el diarista me empezaron a parecer tremendos y el comentario final absurdo y manipulador, trayendo a colación, además, uno de los temas tabú de aquellos años y todavía ahora. Como El País había publicado un reportaje que titulaba "Viva Zapata", se preguntaba: “qué será lo próximo que escriban: ¿que viva ETA?” Algunos de los firmantes del manifiesto defenestrados eran: Vázquez Montalbán, Haro Tecglen, Francisco Umbral y Manuel Vicent, y ya lanzó con infinito desprecio el término “comunista” contra ellos. Me llamaron la atención dos cosas: que de ellos sólo Vicent está aún vivo y que en algunos temas parecía que este Malpartida sabía mucho y dudaba muy poco. Tengo que aclarar que, hasta que empecé la lectura del libro, no sabía prácticamente nada del tal Malpartida, sólo que era articulista de ABC Cultural. Ni he leído su poesía ni sus otros textos. Aclaro esto, porque todo lo que iba leyendo me interesaba por igual. Algunos textos me fascinaban. De los primeros años, recuerdo además de su declaración de intenciones ya citada, algunos pasajes de su cotidianidad o la dificultad, aquí sí encontraba esa duda tan necesaria para no caer en el ridículo, de escribir el libro que él deseaba escribir. Ahí sí me podía sentir identificado. También en algunos encuentros o conversaciones con Paz y su mujer. En principio he de decir que me interesa la imagen de Paz que me ofrece este libro: la sensación de faro que alumbra su existencia literaria. Pero es que no todo es tan fascinante: aclaro que no me interesan nada los nacionalismos y menos aun tal y como los conocemos en España, pero de ahí a la opinión que sobre ellos muestra el autor hay un mundo. Es la sensación de estar siempre reclamando democracia al vecino y querer derribarlo por sus ideas. Vamos a ver: cuando un periodista de algunos medios en los que todos estamos pensando nos dice que el PNV hace constantemente apología del terrorismo o que usa los atentados de ETA en su beneficio, tenemos que pensar que estamos ante alguien a quien no hay que prestar demasiada atención o que trata de escandalizar o de sacar un beneficio convenciendo -ni siquiera convenciendo: halagando, escribiendo lo que su público quiere leer-, pero si quien lo da a entender es un escritor que presume de pensar y tratar de buscar la verdad o de satisfacer dudas, empezamos a ver que sus palabras, al menos estas, tienen poco valor. No deseo defender a nadie, y menos a algunos con los que no comulgo, pero estamos hablando de un sector de la sociedad que está plenamente integrado en las normas del sistema democrático como el que más, que incluso ha sufrido entre sus filas el azote del terror. ¿Somos o no somos demócratas? ¿O se trata de que hay que ser demócrata y, además, pensar como yo, o no tener determinadas ideas que yo detesto?

Por el libro desfilan decenas de nombres decisivos no sólo en los diez años a los que se refiere. Para el lector ávido de opiniones “heterodoxas”, no demasiado frecuentes en la cultura, es una factoría de sueños, aunque, eso sí, se duda poco. El pobre Montaigne se estará preguntando en su tumba por qué no le dejan en paz.

¿Qué es lo peor que se puede ser, según Juan Malpartida? Hay cuatro pecados que no perdona: dos ideológicos y dos, por así decirlo, literarios. Los dos pecados ideológicos ya están citados: ser comunista y ser nacionalista. No voy a extenderme más en ellos. Soy un hombre de izquierdas, de izquierdas de verdad, y me aburre soberanamente que me vengan con Stalin, ni con el telón de acero, ni siquiera con Cuba. Me parece tan lamentable como cuando a un cristiano le echan en cara la Inquisición, o el apoyo del clero a Franco o a Mussolini, ni siquiera los abusos de algunos sacerdotes a menores. Si lo desean, hablamos sobre el tema, pero en serio, por favor.

Los pecados literarios son también graves: haber firmado un documento en el que se rechazaba el cese de Félix Grande como director de la revista Cuadernos Hispanoamericanos y cuestionar a Octavio Paz como la figura más importante de la Poesía en español del pasado siglo XX. ¿Quiénes son los poetas y críticos más a tener en cuenta en este momento? Valente podría haberlo sido, pero al final deja claras sus desavenencias: demasiado egoísta, demasiado gruñón y además cuestiona a Octavio Paz, eso sí, tras no sentirse demasiado valorado por él. ¿Quién queda? Gamoneda, Sánchez Robayna, Jordi Doce y él mismo. Es curioso: sus amigos.

¿Puede un libro así resultar muy interesante? La respuesta es sí. Juan Malpartida sabe Literatura, vive Literatura. Más de la mitad de las páginas de este libro son para subrayar. No sólo las literarias: las páginas que dedica a su familia, a sus padres, a sus hijos a los que vemos crecer a su lado. La amistad y la admiración que siente por Octavio Paz, los viajes, la dificultad para escribir lo que deseamos. ¡Ah, esa dificultad! Sabemos que ha recibido recientemente el premio Fray Luis de León. Quizás sea una buena oportunidad para conocer su Poesía.