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24 julio 2013

De la necesidad de perdón


Absolución

Luis Landero

Tusquets, 2012. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-434-3

320 páginas

19 €





Jesús Cotta


Me pasé todos Los juegos de la edad tardía con ganas de abofetear al protagonista por lo mal que se montaba la vida y por lo mal que sus estupideces y su poca sabiduría vital se lo hacían pasar a quienes lo querían y para que pusiera de una maldita vez los pies en el suelo y la cabeza sobre los hombros.

Lo mismo me ha pasado con Absolución, porque el prota de esta novela tiene mucho del prota de la otra, es decir, del propio Landero. Este prota tiene menos pájaros en la cabeza que aquel, pero también menos iniciativa, menos vitalidad, menos espíritu propio, o quizá habría que decir que su espíritu propio consiste en sentirse extraño en su papel y en la vida. El prota le dice “Te quiero” a una muchacha porque se lo gritan a su alrededor todas las cosas y porque es lo que había que decir en ese momento del galanteo, pero tiempo después corta con ella porque la ve comerse un huevo duro. Lo accidental va haciendo su vida. Soporta en su espaldas listas de propósitos incumplidos, sueños de grandeza (¡el afánnnnn!) que lo llevan a despreciar la poesía y la belleza de lo pequeño y cotidiano. Intenta probar a ver si encaja en el papel de hijo, amigo, novio, profesional en varios gremios, pero todo lo acaba cansando, porque él no es el protagonista de su propia vida, sino un espectador pasivo. Está en un sitio, pero con la cabeza en otro. Y un sitio solo le cuadra si es nuevo y nada lo ata a él. No es que la vida le aburra. Es que lleva el aburrimiento en las venas.

Pero no es ni mucho menos un personaje aburrido, porque lo interesante no es lo que le pasa por fuera, sino lo que le pasa por dentro, la manera que tiene de asumir lo exterior y encajarlo en su universo particular e interior. Eso es lo bueno. El protagonista es un joven que no se adapta al ritmo vital de los demás, un prófugo de la vida con alergia a la permanencia, a las ataduras, al compromiso. Las palabras que rigen su vida son contingencia, destino, ironía, tedio. Es un Ulises al revés: naufraga evitando el regreso (por cierto, el único error que he detectado en el libro es que llama Antínoo a Alcínoo, el rey feacio que acogió a Ulises). La palabra de Ulises es nostalgia (cuya etimología es precisamente "dolor del regreso"). La de nuestro protagonista es hastío. Cuando parece que por fin ha encontrado un sitio fijo y un corazón que lo comprende, de nuevo vuelve a huir, abrumado por la enormidad de unos sucesos que él no ha buscado pero que ha protagonizado casi sin querer.

El libro está escrito en una tercera persona que no es un narrador omnisciente, porque solo cuenta lo que el protagonista siente, hace o piensa, no lo que piensa o sienten los demás. Gran parte de la novela fluye entre dos planos temporales: un presente que relata el inminente encuentro con la amada y el encontronazo con lo peor del ser humano; y un pasado que sale a relucir una y otra vez a propósito de ese presente. Y la tercera parte del libro es un peregrinaje, un libro de huida y de peregrinaje, de búsqueda de la paz, de absolución, de sentido, de redimirse de la culpa contraída, como un Orestes huyendo de las Furias. El protagonista se ve abrumado por el pecado cometido. La culpa lo corroe, como al personaje encarnado por Robert De Niro en la película de La misión. El mundo actual está presidido por la idea de que la culpa es mala y ha desterrado el concepto de pecado. Pero al protagonista esa idea, lejos de liberarlo, lo esclaviza. Necesita absolución y penitencia. Pero no cree en Dios, así que tiene que recurrir a un tribunal humano. Se da cuenta de que la inercia huidiza de su carácter ha provocado un daño a quienes menos quería él provocarlo y de que tiene cambiar el rumbo de su vida, pero esto no se puede hacer con un simple acto de voluntad, sino que necesita de un ritual, de un confidente, de una ceremonia para que sea un hito en la vida, para que el perdón sea efectivo y se traduzca en actos.

Lo mejor de la novela es la radiografía de las almas, la descripción, con trazo sutil y brillante y hondo, de los pensamientos, de los sentimientos, de los recuerdos y, sobre todo, de ciertos personajes que jalonan la obra y que son una verdadera delicia: el amor del señor Levin, Moisés, el vitalista señor Gálvez y su concepto místico-filosófico de "aparición", el peculiar misántropo Olmedo, el padre del prota y su “cohorte de afectados” y el Comediante, un perro que debería figurar en la antología de perros literarios, junto con Orfeo, el perro de Niebla de Unamuno y los extraordinarios y cervantinos Cipión y Berganza.

En la novela no ocurre casi nada extraordinario: lo extraordinario es la pluma del Landero, rica en matices e ideas imprevistas y detalles sorprendentes y reveladores, todo lo cual devuelve a la realidad el relieve, la belleza y la dimensión que nuestro apresuramiento le quita. Mientras que otros escritores intentan compensar con hechos extraordinarios lo ordinario de su prosa, Landero se puede permitir el lujo de contarnos cualquier cosa, porque lo hace de maravilla, sin ser prolijo ni erudito, sino solo vivaz y oportuno.

Recomiendo, en fin, la novela, porque, construida con los sucesos más contingentes, acaba siendo una unidad de lo más necesaria.

17 julio 2013

Buen amor, mal de amores



El buen amor

Olga Bernad

Nuevos Rumbos, 2013

ISBN: 978-84-938505-5-5

132 páginas

20 €




Jesús Cotta


El buen amor es la segunda novela de Olga Bernad. Ya que he leído casi toda su poesía y sus dos novelas, puedo decir que, siendo buena poeta como es, me gusta ella más como novelista que como poeta, porque en novela ella es más torrencial y libre, más imaginativa, más imprevista e intempestiva.

En esta novela, como en Andábata, su primera novela, lo que más sorprende es la vitalidad del narrador, en este caso, un hombre en el otoño de su vida, con poca formación, con pocos horizontes intelectuales, pero con una capacidad de análisis de los caracteres ajenos y de su propio corazón que sorprenden por lo intuitivos y agudos que son... Lo mejor de la novela es sin duda la voz del narrador, el cual expresa del modo más iletrado y popular posible los pensamientos más profundos que una persona cultivada solo podría transmitir en un lenguaje culto. Sin embargo, la autora es capaz de adaptarse al registro popular de su personaje dotándolo de la profundidad psicológica y de análisis que solo ella tiene. En la vieja disputa entre la superioridad del lenguaje sobre el pensamiento o al revés, esta novela parece demostrar que es el pensamiento el que gana, el que se las ingenia para obligar al lenguaje a decir lo que tiene que decir por muy pocas que sean las palabras con que cuenta.

El protagonista recuerda a Sancho Panza, por su sentido común, su llaneza, su bondad natural y sus impulsos primitivos y por la contundencia de su expresión... Sus valores son sencillos, pero su aplicación práctica es compleja en el día a día, algo que el protagonista analiza con frecuencia. El respeto que aprendió de niño en la iglesia, de manos de su padre, la impresión que le causa la contemplación de la belleza, el sentido de la propia dignidad, el deber para con la esposa, la indignación ante la injusticia... todo eso se mezcla con sus impulsos y su obsesión amorosa y da como resultado una bomba que es él a punto de reventar de un amor que no puede decir a nadie. En su obsesión creciente y con tal de defender al objeto de sus amores, que no sospecha nada, llega a pegarle a su mujer y a una vecina y eso no hace sino alejarlo de él.

Esta novela es la historia de un amor que comienza por los Ojos (el lector ya entenderá la mayúscula) y acaba casi matando el corazón del protagonista, el cual ni se atreve a confesárselo a la amada, en quien, no sé por qué, veo un trasunto de la autora. Ese amor es difícil e imposible porque ambos están comprometidos y los separa la edad, la cultura, el mundo, el horizonte, aunque son vecinos. La amada no sospecha siquiera el seísmo personal que provoca con solo su sonrisa, con un saludo, con el perfume que lleva. ¿Qué puede hacer un hombre cuando, cercano ya a la vejez, descubre que lo que lo unía a su esposa era solo cariño pero no amor y cuando, de pronto, a destiempo y brutalmente, es arrastrado por ese torrente universal, ese chute de Dios en vena que es la obsesión amorosa ante la auténtica belleza que lo conmueve de cabo a rabo? Él se deja arrastrar y llevar y casi matar porque, ya que no puede consumar ese amor, lo menos que puede hacer es consumirse en él, porque por las cosas grandes y verdaderas lo mínimo que puede hacer uno es eso, morirse. ¿Y qué más grande y verdadero que el amor? Aunque ese amor lo mate, es buen amor, no mal amor. Es más, precisamente porque puede matarlo de pena es buen amor.

Lástima que el protagonista no sintiera lo mismo por su esposa, que es una buena mujer, aunque algo sosa. Estaría bien saber qué piensa ella de él, porque al fin y al cabo es ella quien lo salva de la muerte, quien lo vuelve a la normalidad, a la “normalidá”, como dice él, a lo que siempre había sido su sitio, pero que nunca lo será porque ha conocido otra cosa que le impide encontrar el sitio hasta que muera.

Sin embargo, hay algo grande en esa resignación suya a vivir sin la belleza auténtica, la “de verdá”: comprender que, al fin y al cabo, por mucho que eche de menos entre sus brazos la estrella que tiene clavada en el corazón, su sitio es su sitio, aunque esté bien fastidiado, eso sí, sin perder nunca “los cojones”, que para eso los tiene un hombre, para no dejarse domesticar por médicos, horarios, viajes a Canarias, esposas diligentes y protectoras... Nada de guardar los cojones en la cajita de la moral acomodada, en el bote de las pastillas, en el bolso de la esposa. Esa parte indómita y viril que es la que conquista corazones, planetas y continentes permite al protagonista, a pesar de su hundimiento, conservar su dignidad de macho enamorado y frustrado.

01 julio 2013

Dos pecadillos de juventud

Comenzamos a airear públicamente nuestros pecados literarios con motivo del IV Aniversario de Estado CríticoNuestro estadista Jesús Cotta se decanta, como viene siendo habitual en él en estas series de reseñas especiales, no por uno sino por dos pecadillos de juventud, nada menos. Dos pesos pesados, además: Las edades de Lulú de Almudena Grandes y El alquimista de Paulo Coelho. ¿Qué llevó a Jesús a leerse estos títulos en su día? ¿Siguen siendo meritorios? ¿Los recomendaría? Jesús Cotta confiesa...


Jesús Cotta

EC refresca vuestro verano con la confesión de los pecados literarios de los estadistas, 'id est', de aquellas obras que, porque eran malas o por lo que sea, no deberían haberles gustado.

A cualquier lector y, más aún a un crítico, le cuesta horrores reconocer que la obra que le gustó es mala. Cuando a uno le gusta algo que es, según los buenos gustos, malo, hay dos posturas: la soberbia y la humilde. La soberbia consiste en negar que uno leyó esa obra alguna vez o bien en negar que sea mala, antes que dar nuestro brazo a torcer. Y la humilde consiste en reconocer que, aun siendo mala, nos gustó lo suyo. Yo opto por la segunda, porque ¡soy tan sumamente humilde!

Hala, aquí van mis pecados.

Yo confieso ante vosotros, lectores, que tenía yo aún pelo en la cabeza cuando cometí dos pecadillos  consistentes en leerme de cabo a rabo dos novelas que ahora no me leería ni muerto. La primera es Las edades de Lulú, de Almudena Grandes, y la otra El alquimista, de Paulo Coelho. Un pecado verde y otro blanco. Empezaré por el blanco.

Un buen día me regalaron El alquimista. Cuando la persona que te regala un libro es un gran amigo y le tienes un enorme aprecio, el libro tiende a gustarte más que si te lo mandan en el cole. Así que el libro me gustó. Me pareció sencillo, una novela de misión con un mensaje optimista, como a mí me gustan, con un héroe buscador con el que me identifiqué y que pierde algo en el camino, pero que encuentra algo más importante.

Acabé la novela con ganas de vivir y la regalé incluso a alguien que me parecía que podía necesitarla. Luego cayó en mis manos otro libro de Coelho y me di cuenta de que era más de lo mismo, pero sin sorpresa y sin gracia. Y perdí de vista al autor. De él solo sé lo que me han dicho: que sigue con la fórmula mágica de El alquimista.

No me avergüenzo de que me hubiera gustado en su momento, pero, desde luego, es el típico libro que ahora me haría bostezar por su buenrollismo, su buenismo, su autoayudismo, su espiritualidad descafeinada, etc.

El pecado verde me avergüenza más. Lo leí cuando era universitario. Me lo recomendó una estudiante de filosofía muy esnob, muy especial, muy al tanto de todo, muy 'in' y con los labios pintados de un carmín más rojo que la sangre. Con tal recomendadora, no supe decir que no.

Lo malo de estos libros es que, aunque literariamente sean mediocres, te atrapan por lo que tienen de extraliterario, en este caso, de rijoso. Y al final acaba uno leyendo un libro no porque merezca la pena, sino porque tiene hambre. El libro no le gustó a mi sentido literario, sino en todo caso a mi libido. Pero tampoco fue para tirar cohetes, porque del libro no recuerdo absolutamente nada (mala señal). Me acuerdo más bien de la película que hicieron después y que era, salvo alguna escenilla, tan mala como verde, en fin, una españolada con ínfulas. Lo mejor del libro es que ganó el premio de la Sonrisa Vertical. Lo demás le sobra.

Recuerdo que unos años después me regalaron Coños de Juan Manuel de Prada y hoy no puedo evitar compararlos. Los dos autores se hicieron famosos con un libro subido de tono, pero, mientras que en el de de Prada la literatura era la señora, en el de Grandes la literatura era la sierva. O al menos así es en mis recuerdos.

Años más tarde, una amiga mía filólologa me prestó el libro que ella quisiera haber escrito: Malena es un nombre de tango, también de Almudena Grandes. Me pareció un tocho previsible y facilón. Fui incapaz de llegar a la mitad. Mi problema era cómo decirle a mi amiga que me parecía infumable la novela que ella quisiera haber escrito. Después de darle muchas vueltas, le dije algo así como que la novela era estupenda, pero que yo estaba entrando en una etapa en que solo me apetecía leer ensayo y poesía.

Del resto de obras de Coelho y Grandes no sé nada más. Seguro que tienen cosas mejores que las que cayeron entonces en mis manos.

18 junio 2013

100 de 365



Cien de diez

Enrique Barrero Rodríguez

Ángaro, 2013

ISBN: 978-84-616-4193-2

142 páginas

10,40 €





Jesús Cotta

El poeta sevillano Enrique Barrero, autor de poemarios como El tiempo en las orillas (colección Adonais), Poética elemental (Renacimiento), Los héroes derrotados (Fundación Valparaíso) y muchos otros, y ganador de varios galardones literarios de prestigio, se propuso como meta personal escribir una décima espinela al día durante una vuelta de la Tierra al Sol. Las estuvo regalando al mundo día a día en su cuaderno de bitácora De cimas y subsuelos, como quien regala flores porque sí, porque le salen de las manos, y lo menos que se puede hacer por una flor es ofrecérsela a la gente que sepa apreciarla.

Ahora ha escogido las cien décimas mejores de las 365 y se han publicado en la Colección de Poesía Ángaro. Como el diez es un número redondo y mágico, el libro se divide en diez partes, cada una con diez décimas.

Hay hazañas épicas, como la resistencia de Numancia; deportivas, como la carrera de Fidípides para anunciar a los atenienses la victoria sobre los persas; amorosas, como recorrer a nado cada noche el estrecho de los Dardanelos para ir a ver a la novia, como hizo Leandro por su amada Hero (por cierto, más de dos milenios después, Lord Byron realizó ese trayecto a nado para demostrar a los desconfiados racionalistas franceses que esa hazaña era posible); y esta que aquí reseño es una hazaña literaria, que consiste en encontrar cada día un asunto que nos inspire y traducirlo al metro y a las exigencias de la décima sin que sobre ni falte nada, sin que el tema se resienta, sin que la rima sea una tirana que nos encorsete ni caiga en el ripio. Para esa hazaña hacen falta, además de tesón e inspiración, mucha técnica y mucho talento y, sobre todo, no basta con tener facilidad para versificar, sino sobre todo poseer una mirada poética para abordar el mundo y los asuntos del corazón en su dimensión de belleza y traducir todo eso en palabras lo más dignas posible.

El soneto nos vino de nuestra hermana Italia, pero la décima es más nuestra, en el octosílabo que es nuestro verso natural. El soneto es más solemne, pero la décima más sonora y redonda. En el soneto la reflexión tiene más espacio para desplegarse en cada una de sus cuatro estrofas, hasta que al final rompe; en la décima la reflexión es un pájaro que en seguida echa a volar y, por tanto, tiene que ser un pájaro muy bonito para que no se nos quede en poca cosa, en epigrama, en queja.

Los cien pájaros escogidos que echa a volar Enrique Barrero son todos de colores y cantan muy bien y no son ni epigramas ni simples estampas. Salen de las páginas en un vuelo elegante y sencillo y revolotean alrededor durante un rato y tienen siempre algo narrativo cargado de reflexión y bellas imágenes y un buen remate.

La contemplación respetuosa de los elementos naturales ( “Los secretos de la luna/ los conoce solo el mar”), la versión andaluza de “Nuestras vidas son los ríos” de Manrique (“La vida, Guadalquivir,/ se parece a tu corriente”), la décima escrita tan solo con nombres de calles de Sevilla, que en la décima parecen calles de una República de poetas, los escarabajos que el recuerdo infantil del poeta ascendió “hasta el grado de alacrán”, el rescate que el poeta hace del jaramago, de la vieja bicicleta y todo lo que ella significa, “y la espada rojiza del verano”, y un agradable y alado etcétera, son ejemplos de todas estas décimas dedicadas al mar, a Andalucía, a Sevilla, al paso del tiempo... A mí me han gustado mucho las dedicadas a sus hijos y las diez décimas de "Menudencias", porque rescatan de su aparente insignificancia las cosas olvidadas, pequeñas o inadvertidas y exterioriza la alta belleza interior que les corresponde. Pero las mejores son las diez finales, las de la décima parte del poemario, "Palabras en la hondura", donde está el Enrique Barrero más profundo y revelador.

Ignoro la distribución que Ángaro hará de este  libro, pero no me resisto a echar a volar a estos cien pájaros por la Interred.

Y sea bienvenido. La poesía española no se limita solo a los endecasílabos blancos y a los versos libres, sino que tiene una gran riqueza estrófica de la cual este libro es digno heredero y continuador, como lo hicieron Jorge Guillén y Gerardo Diego.

04 abril 2013

Esa dama alta y esquiva



Libre de la tormenta

Javier Sánchez Menéndez

Ediciones de la Isla de Siltolá, 2013

ISBN: 978-84-15039-86-0

10 €

182 páginas




Jesús Cotta


Libre de la tormenta, título sacado de un poema de nuestro Garcilaso, es el tercer libro de un proyecto más ambicioso titulado Fábula acerca de la grandeza de la poesía. Pero no es una poética. El mismo autor parece rechazar el concepto de poética, al menos el de poética convencional, la explicación que cada poeta da de su concepto de poesía. Una cosa es lo que el poeta entiende y otra cosa, según él, es la poesía. La poesía es algo tan alto, que es difícil que un poeta llegue siquiera a tocarla con la punta de los dedos. Pero este libro es, a su modo, también una poética, aunque en un género distinto del habitual.

Para acercarse a la poesía, prefiere el autor, por un lado, leer a los grandes como Dante, Rilke o Juan Ramón o la filosofía de Platón y, por otro, buscarla en medio de las cosas, las palabras y de la vida. En eso reside la virtud y a la vez el defecto del libro.

Virtud porque no manosea la poesía, no pretende que sea lo que él pretende. Tan solo sabe que es la estrella de su vida. La sitúa por encima del amor y de Dios (que él escribe con minúscula), como la única vía para captar la verdadera esencia de las cosas, como una quintaesencia de la vida que hay que aprender a encontrar donde menos uno lo espera y cuando ella quiere. Y defecto porque, si el libro quiere encarecer esa grandeza, no nos dice mucho de ella. Nos habla más bien de la pequeñez de los poetas en comparación con ella. A veces tiene uno la sensación de que pone a la poesía en todo lo alto para poder poner a los poetas en todo lo bajo. Nos dice que va a hablar de lo grande para acabar diciendo que lo grande no se puede explicar, sino solo sugerir y buscar. En vez de encarecer la grandeza de la poesía, que sería más bonito, encarece la pequeñez de los poetas, que no es tan bonito.

Pero, como en el defecto está la virtud, si hubiera sido al revés, no tendría el libro uno de sus encantos: el  de dar una colleja a los poetas por creerse sacerdotes dignos de tan alta señora. A los poetas les pasa como a los curas: que la idea que reverencian y predican es tan sumamente noble, que ellos, con sus miserias, sus ínfulas y sus mediocridades, nunca estarán a la altura. Esa es la maldición del poeta. Qué le vamos a hacer.  Y el autor tiene tan alto concepto de lo que debe ser un poeta, que condena a los poetas a defraudarlo y se condena a sí mismo, porque también él es poeta. Pero sobrelleva su maldición con dignidad y, aunque no nos lo dice, invita a los demás poetas a lo mismo. Aunque casi todos los poetas que conozco son mejores poetas cuanto mejores poetas son, también los hay (y no me estoy salvando de la quema) mendigos del reconocimiento ajeno y resentidos si no lo logran, porque saben que, en realidad, no hay justicia poética. Los más inseguros acaban pensando que no son buenos poetas y los más soberbios que todos son malos críticos. También hay alusiones a eso en el libro, aunque quiero decir que en esa pequeñez del poeta hay algo de grandeza, porque sabe que el reconocimiento ajeno no le va a dar dinero, sino solo a considerarlo digno de la Señora, la poesía.

Lo que piensa Guillermo de Occam de Dios, lo piensa él de la poesía: quien intente hablar de ella está hablando en realidad de otra cosa y quien pretenda haberla alcanzado se engaña, porque, en el mejor de los casos y únicamente si uno es un gran poeta, solo es posible atrapar dos o tres haces de su luz inefable a lo largo de la vida en una decena de poemas como mucho.

Esta actitud no es una mera pose, sino que la adopta él como poeta y como editor. Como poeta, porque su poesía es esa búsqueda, el desconcierto de no encontrar lo que buscaba y encontrarse siempre en el punto de partida. Y como editor, porque se complace en rechazar manuscritos de esos seres pedigüeños que son, según él, los poetas, que escriben más que leen, que encuentran más que buscan. Él prefiere buscar al poeta, pero no le gusta que el poeta lo busque a él, porque lo que él quiere es subir hasta el poeta que valga la pena y no que lo haga bajar quien no vale la pena. Es la poesía la que decide si publicar a un poeta es bajar o subir. La miseria del poeta es la grandeza del editor y viceversa.

El libro, con muchos endecasílabos escondidos en su prosa llana, tiene mucho de diario y de cuaderno de bitácora, pero sin depender de la inmediatez ni de la búsqueda de comentarios que tanto aqueja a tantos blogueros. Se dirige constantemente a un misterioso tú, que no es el lector y que contribuye a crear una distancia entre autor y lector, aunque no una lejanía, porque habla sin lirismos y desnudándose.
Muchas veces el lector se pierde con tanta referencia a asuntos personales y  en clave que solo el que lo conozca bien podría entender. A mucha gente eso le gusta. A mí no me acaba de convencer.

Escribir poesía es un juego de alto riesgo”, así que dejémonos de versitos. Es lo que viene a decirnos. “Amo la poesía. ¡Odio a los poetas!”, que es como decir: “Amo a Dios, pero no a los curas”. “Quiero morirme solo, entre libros y versos” es su particular repudio del mundo, no solo literario, sino también del político y el social. “Todo es mentira” es un estribillo que le da al libro un aire de desencanto y amargura.

Son muy jugosas las reflexiones, que no se prodigan, en torno a lo que es estilo y calidad en poesía. Eso, viniendo de un editor que cuida al máximo la edición y que no busca el beneficio propio sino solo hacer un servicio a la poesía porque la ama, es valioso y de agradecer por parte de quienes nos afanamos, como él, en estar a la altura sabiendo que nunca lo conseguiremos. “El tono en la obra poética de un autor es una sucesión de matices purificados tras la eliminación de los desvíos”. Suscribo de pe a pa esa afirmación que yo jamás habría sabido poner eso en pie y que demuestra su buen hacer como lector y editor de poesía.

Un libro, en fin, cuyo mérito consiste en girar en torno a lo grande y cuyas limitaciones consisten en no transmitir la grandeza, aunque quizá sea mía la limitación si como crítico no he captado el hecho de que el autor no hace explícito el contenido de lo poético por deferencia al noble asunto al que ha dedicado su vida, su trabajo y su ingenio.

25 marzo 2013

En las pupilas de la Virgen




Las miradas del Amor

Ramón Simón

Guadalturia, 2013

ISBN: 978-84-940821-5-3

100 páginas

20 €




Jesús Cotta


Es la primera vez que reseño un libro de este tipo, porque no entiendo de Semana Santa. Pero, para un libro como este, no hay que entender de cofradías ni de procesiones, sino tan solo estar abierto a la belleza, que brilla aquí y allá, donde a ella le da la gana.

Eso sí, me gusta que existan las procesiones de Semana Santa, no solo porque es un tesoro de sabiduría, religiosidad y arte acumulado durante siglos y transmitido de padres a hijos, sino porque he descubierto, desde que vivo en Sevilla y soy profesor, que, gracias a ella, se acaban interesando por el arte sacro, las bandas de música, la historia y la religión muchos jóvenes de esos que ves por la calle y te apartas de acera y que, si no fuera por la Semana Santa, habrían sido engullidos por la vulgaridad creciente y asfixiante de este país.

Reconozco que a mí me aburre y me da cierta alergia el preciosismo autocomplaciente de muchos capillitas capaces de ponerse a hablar durante horas de un palio o de si tal pregonero gesticuló bien o mal durante el pregón. Pero es que nada de eso hay en el libro de Ramón Simón.

Ramón Simón, además de poeta de la palabra, lo es también de la imagen. Se atreve tanto con las cosas como con las personas, que son más difíciles que las cosas. Un fotógrafo es poeta si rescata las cosas de la fragilidad, de la vulgaridad, de la normalidad, de la oscuridad y nos las presenta como posesoras de una belleza que es más real y visible incluso que ellas. En su pupila las cosas recuperan su belleza escondida, la sacan a la luz, y quedan así transfiguradas, que no es lo mismo que transformadas.

El libro de Las miradas del Amor es una transfiguración de instantes e imágenes de la Semana Santa de Sevilla contemplada con amor y por amor, sin autocomplacencia, sin capillismo, sin ranciedades, sin tópicos, sino con delicadeza, radicalidad, asombro y refinamiento, atenta al detalle que se escapa, a la humanidad íntima de los protagonistas anónimos, al perfil oculto de unos cristos y vírgenes únicos en el mundo.

El libro lo abre el prólogo estupendo del poeta Enrique Barrero; luego, junto con cada fotografía, un poema o un texto de poetas y escritores, algunos conocidos y otros poco conocidos, pero todos a la altura de lo mucho que pretenden decir. Y, como colofón, la partitura de una marcha procesional compuesta 'ex professo' por Óscar Paredes Grau, titulada como el libro y que tuve el honor de oír cuando el libro se presentó. El libro es, pues, también una antología poética en torno a un mismo asunto y del que hablan en versos de oro poetas como Fernando Ortiz, Aquilino Duque, Antonio Murciano, Jacobo Cortines, Juan Lamillar, Víctor Jiménez, María Sanz, Enrique Baltanás, Jesús Tortajada, Jesús Beades, el propio Ramón Simón y un largo etcétera, así como breves textos en prosa de otros autores como García Barbeito, Rivero Taravillo y muchos otros, entre los que se encuentran componentes de la tertulia de los Mercuriales.

El libro, tanto la letra como la imagen y la música, rezuma devoción, arte, ternura, delicadeza. La Semana Santa no parece el objetivo, sino el punto de partida para alcanzar todo eso. La belleza, la Belleza, se puede alcanzar desde muchos sitios. Uno es la Semana Santa de Sevilla. Amor y Belleza son otros nombres de Dios que Ramón Simón ha sabido encontrar en ella.

Pido disculpas sinceras, lector, porque yo he colaborado con unos tres renglones en ese libro. Hay que restarlos a lo que pudiera tener yo de buen reseñista, pero no me resisto a vocear aquí esta obra de imagen, palabra y música no solo porque lo merece, sino porque el autor ha tenido la generosidad de ceder los beneficios de derechos de autor al proyecto Esperanza y Vida, de la Fundación Virgen de la O, que ayuda psicológica, económica y laboralmente a mujeres embarazadas y marginadas para que puedan tener a su bebé y criarlo felizmente a pesar de la enorme presión social y familiar que considera que el nacimiento es un problema y no una alegría.

Por todo ello, gracias, Ramón.

21 marzo 2013

Porque no todo se arregla con tiritas


La lentitud como método

Carl Honoré

RBA, 2013

ISBN: 978-84-9006-532-7

336 páginas

18 €

Traducción de Julia Alquézar



Jesús Cotta

Hay dos maneras de resolver los problemas, porque hay básicamente dos tipos de problemas. La solución rápida para los problemas fáciles y la solución lenta para los problemas difíciles.

Me hago un corte en el dedo con un papel (una "papirodactilotomía": perdonad el palabro, pero es que tenía ganas de colocarlo en algún sitio) y me pongo una tirita y ya está. Ese es el primer caso.

Trabajo en una empresa que hace agua por todos sitios y cuyos empleados se acusan unos a otros, agobiados por un jefe cardíaco que va gritando por los pasillos. Ahí hay que aplicar la solución lenta. Ahí no sirven tiritas ni parches ni fórmulas mágicas, sino que hay que sentarse durante muchísimo tiempo, muchísimos días y dedicándole al  asunto muchas neuronas, implicar a mucha gente de mucho tipo, unir puntos que creíamos inconexos, atender a los pequeños detalles que marcan la diferencia entre el fiasco y el éxito, ver las cosas a largo plazo, echar mano del caudal de nuestra intuición, tener la humildad de pedir perdón y rectificar, mirar el asunto desde muchos puntos de vista, pedir consejo a diestro y siniestro, buscar la raíz del problema, averiguar cuál es realmente el objetivo que queremos alcanzar y determinar por tanto qué actos de hoy pueden encaminarnos a conseguir ese objetivo mañana.

Esa es la solución lenta, que no sigue una pauta ni un método concreto, sino que consiste en todo eso: tomarse en serio y con tiempo y con bemoles el asunto. Igual que sería absurdo ponerse a reflexionar largo y tendido acerca de la tirita que me voy a poner tras la papirodactilotomía, también es absurdo poner tiritas y parches a problemas gordos y complejos por si suena la flauta.

Y, sin embargo, eso es lo que en muchísimos casos hacemos y no solo en el ámbito privado (desavenencias amorosas, educación de los hijos, la lucha personal contra las adicciones...), sino también en el ámbito público, laboral y político: leyes encaminadas a contentar al electorado más que a resolver a fondo un problema de fondo, instituir comisiones para dar la sensación de que se está haciendo algo, impartir desde los ministerios recetas facilonas, consignas ideológicas o reglamentos apresurados para asuntos tan complejos como la educación de los adolescentes, la regulación del tráfico, la contaminación, la violencia callejera, etc.

¿Y por qué nos empeñamos en dar soluciones rápidas a problemas complejos? Carl Honoré lo explica muy bien en este estupendo libro. No solo hay razones biológicas que nos llevan a buscar satisfacción inmediata, sino que también hay razones culturales.

Una de ellas es que vivimos en una época apresurada. Este apresuramiento se debe, entre otras cosas, a la presión de la sociedad industrial, de los relojes y los horarios y la productividad y todas esas cosas estresantes que marcan nuestra vida. Yo mismo, para escribir esta reseña, he luchado contra el reloj, he leído por la calle ¡y sin pisar ni un solo coprolito canino!, he escrito a salto de mata en huecos de tiempo. 

Otra razón del apresuramiento es esa nueva moral extendida por la publicidad y por cierta posmodernidad e inoculada en nuestra manera de vivir: vivir deprisa y de modo disperso, quererlo todo ahora, no soportar la frustración, el dejarse llevar, el ser espontáneo, el “no te controles”, el “mejor pedir perdón que pedir permiso”, el “haz lo que te pida el cuerpo”... Leer oblicuamente la pantalla del ordenata, la afición por el haiku y el microcuento, por las pastillas milagrosas, el horror al silencio... son otros ejemplos de nuestra vida apresurada. Incluso cierta agencia nórdica de poner cuernos entre casados, de cuyo nombre no logro acordarme, nos instaba con sus lemas publicitarios a no desperdiciar la ocasión, porque la vida son dos días, hala, date prisa, pon el cuerno ya y todo eso. Qué estrés.

Así las cosas, no es raro que nos pasemos en nuestra vida privada bregando con un problema personal sin lograr salir de él y poniendo solo parches que solo agravan el problema, y que en la vida pública tengamos que soportar problemas que nos afectan a todos y que nadie sabe cómo resolver. Sin embargo, Carl Honoré piensa que nunca hemos estado en mejores condiciones para aplicar la solución lenta, porque vivimos en un mundo donde la información fluye fácil, inmediata, casi gratuita, mucha, variada y todo eso es ideal para la solución lenta, que necesita de mucha información, de muchos puntos de vista, de muchos ejemplos prácticos. Así que se pone manos a la obra y, tras el éxito mundial de Elogio de la lentitud, nos ofrece este magnífico libro para escribir el cual ha recorrido medio mundo, ha hablado con media humanidad y ha sometido su tesis a mil abogados del diablo hasta convencerse de que es válida, verdadera y buena.

Este libro vale la pena leerlo por varias razones:

a) Porque no es ni de autoayuda (gracias a Dios) ni lo contrario, sino un libro de pensamiento o, más bien, el libro de un pensador que ha hecho lo que hacen los buenos pensadores: reflexionar sobre un asunto todo lo que puede y lo mejor que puede no para ahorrarnos el trabajo de pensar, sino para que nosotros pensemos a partir de ahí y lleguemos más lejos que él.

b) Porque no es un libro triunfalista. Los ejemplos que nos pone para cantarnos la excelencia de la solución lenta no están idealizados ni maquillados, sino bien descritos y sin ocultar las sombras. Él sabe que la realidad es dialéctica: para que existan imponentes leones, estos tienen que comer gráciles gacelas y, por tanto, lo que se gana por un lado se pierde por otro, pero, aun así, hay que apostar. Qué le vamos a hacer. 

c) Porque tampoco es buenista. El buenismo es una plaga moderna y tontorrona que consiste en afirmar que somos todos muy buenos, que con un poquito de buena voluntad va a haber buen rollo, que tampoco es para tanto, etc. Al contrario, el libro deja claro que muchas veces los problemas no tienen solución, que la mejor solución es a veces resolverlo solo parcialmente o convivir con el problema lo mejor que se puede y que, aun cuando el problema se resuelva con la solución lenta a largo plazo, ese camino no está exento de peligros y de errores, porque el mundo es complejo y porque cada uno de nosotros, igual que por dentro es un buen tipo, es también un cabroncete que se puede dedicar a poner zancadillas o a destruir los castillos de arena del otro porque es muy díver. El mayor problema en realidad eres tú, o sea, yo, y este es un problema sin solución.. Abajo las utopías y viva el realismo.

d) Porque es todo un canto a lo mejor de la democracia, que es el sistema que mejor se adapta a lo imprevisible, compleja y rica que es la vida. Lo mejor de la democracia consiste en entregar el poder real a la gente, en dar importancia a su opinión y sus problemas, en darle la oportunidad y el poder para resolverlos por su cuenta, porque los hombres somos valiosos y merecemos, pues, no solo respeto y libertad, sino también poder. Demuestra con mil argumentos meridianos cómo los problemas se resuelven mejor si el poder trata a las personas como personas y no como a votantes o expedientes que solo pueden ser ayudadas si cumplen unos requisitos sacados de los prejuicios de unos funcionarios más o menos informados y bien intencionados.

e) Porque, en vez de ser el libro de un iluminado que nos da una fórmula mágica, es el libro de un moderado que encuentra algo útil y valioso en campos, ideas, tácticas de lo más variopintas. Así, por ejemplo, a la vez que explica lo eficiente que es contar con la opinión de la gente como ocurrió en el 'crowdsourcingislandés que reformó la democracia y asombró al mundo, recalca la necesidad que hay muchas veces de una coordinación dirigida desde arriba o gracias a un líder carismático que arrastre a la gente por el camino de la solución lenta a pesar de que los beneficios no sean inmediatos.

f) Porque los ejemplos que cita de soluciones lentas exitosas no se limitan al mundo anglosajón y europeo, como vemos en tantos libros, sino a todo el mundo: Singapur, Costa Rica, Bolivia, Corea, España, etc. Existe otro mundo donde las cosas se hacen bien a pesar de todo.

g) Porque nos ilustra el discurrir acertado de la solución lenta a largo plazo mediante ejemplos de los más  complejos y variados: los mediadores escolares, el reflotamiento de una empresa de alta tecnología, el protocolo de los aviadores de guerra, las normas de una cárcel de nuevo diseño, las relaciones de pareja, los pequeños propietarios del cultivo del café, los videojuegos en Corea, la donación de órganos, y un interesante etcétera.

h) Porque el autor es un tipo simpático que no se limita a analizar los problemas que tienen otros, sino que pone ejemplos sacados de su propia vida y no para dejarse precisamente en buen lugar. Uno se siente inclinado a atender al mensaje de quien es tan falible como uno.

i) Porque, sin ser un libro filosófico y teórico, subyace en él una filosofía amable, un optimismo antropológico que no olvida nuestras sombras, pero que canta el poder de nuestras luces para alumbrar nuestro camino, y porque recupera virtudes clásicas que hoy no son las reinas de la fiesta, pero que siempre han sido las estrellas de la noche oscura del alma: humildad, paciencia, fortaleza, justicia, un poco de austeridad, pero todas regadas con la alegría de estar vivo y de ser hombre.

j) Porque, a la hora de plantear posibles soluciones, no incurre en el error de tantos consistente en tratar al hombre como una razón con patas y no como lo que es en realidad: un batiburrillo de pensamientos, conscientes e inconscientes, de impulsos, emociones, sentimientos, en fin, una mezcla muy bonita de cabeza, pecho y de lo que hay más abajo.

k) Y porque no es un libro ideológico, sino lógico, apto para todos los públicos, independientemente de la mano con que vote.

Al leer este libro, yo pensaba que el autor me iba a invitar a vivir con el ritmo de las pirámides de Egipto, ¡a mí que soy un manojo de nervios! y he descubierto que me invita sencillamente a no apresurarme, pero sin renunciar al manojo, porque cada uno cuenta con un potencial y con ese ha de salir adelante.

Todos sabemos que hay problemas que requieren soluciones lentas, pero luego no nos aplicamos el cuento a nuestra vida, porque tenemos prisa y porque no nos gusta sentarnos a pensar largo y tendido sobre un problema que nos amarga la vida. La mejor manera, sin embargo, de no amargársela más o tanto es sentarse a pensar sobre él.

Yo, por ejemplo, me he dado cuenta de que solo aplico la solución lenta a mi faceta como escritor: hablo con la gente, leo muchos libros sobre el proyecto que quiero realizar, tomo muchas notas desordenadas y evolutivas sobre las ideas que se me ocurren para el proyecto, escribo y tacho. Pero solo la aplico a eso y no a otras cosas que son más importantes que la literatura.

Así que, para empezar, he empezado a aplicar la solución lenta a ciertos problemas privados que quienes me quieren conocen bien y a ciertos problemas laborales que mis colegas y yo sufrimos. Uno de los que se puede contar es mi adicción al tabaco. Me he dado cuenta de que mi verdadero objetivo no es dejar el tabaco, sino llevar a mis nietos a hombros sin que se me salga el corazón por la boca. Para ese objetivo, el tabaco es un inconveniente. A ese objetivo de mañana tengo que encaminar mis actos de hoy. Así que voy a empezar hoy mismo. No me pondré una fecha para dejar de fumar, porque ya he comprobado que eso es una solución rápida: mientras llega la fecha, me harto de fumar y, cuando llega la fecha, soy más adicto y fracaso y vuelvo a fumar más todavía hasta la siguiente fecha. Voy a cambiar el planteamiento. Tengo todo el tiempo del mundo.

Ya te contaré, Carl. Pero, por el momento, 'gratias tibi ago ex corde'.

15 marzo 2013

Nuestros colegas, los griegos


La desgracia de ser griego

Nikos Dimou

Anagrama, 2012. Colección "Argumentos"

ISBN: 978-84-339-6345-1

104 páginas

11,90 €

Traducción de Vicente Fernández González



Jesús Cotta

Hay pueblos como el español, el griego o el portugués que viven su manera nacional de ser, sea esta lo que sea, de modo problemático. Las tres naciones tienen varias cosas en común: un pasado glorioso, dictaduras y arriba unos vecinos más prósperos y que no le dan tantas vueltas a su manera de ser o que al menos no la consideran un problema. Grecia comparte, además, con España una guerra civil el siglo pasado.

Grecia es, en Europa, un país peculiar, porque no pertenece a ningún grupo grande: ni a los germánicos ni a los escandinavos ni a los eslavos ni a los latinos y, aunque lo griego es, junto con Roma, el cristianismo y el legado de los pueblos bárbaros, uno de los fundadores de nuestra Europa, los griegos no se sienten plenamente europeos, pero tampoco pueden considerarse de otro sitio, porque su sitio, Constantinopla, está en otras manos y ahora lo llaman Estambul ("¿Hasta cuándo seguirás cayendo, Constantinopla?") , aunque no he visto en Grecia ni un solo mapa donde a la antigua capital del Imperio Romano de Oriente se la llame Estambul. Igual que Polonia, que, como decía Juan Pablo II, era latina entre los eslavos y eslava entre los latinos, Grecia es europea entre los orientales y oriental entre los europeos.

Pues bien, en la estupenda traducción de Vicente Fernández González, nos expone Nicos Dimou en forma de estampas, aforismos y breves reflexiones encadenadas por la lógica por qué es una desgracia ser griego y cómo esa desgracia es una de las razones de su fuerza y una de las maneras de salir adelante.

Según él, el griego solo se crece en la amenaza o en la desgracia. Su inercia es estar descontento con el mundo y, solo cuando este lo trata mal, se encuentra, pues, en su salsa.

El autor repasa todo lo griego: pasado, idiosincrasia, familia, religión, sexo, política, su relación con el extranjero y con el medio, etc. Retrata el complejo de inferioridad que muchos griegos sienten ante la grandeza de un pasado que los abruma y que no se atreven a cuestionar ni relativizar y ante el hecho de que ellos, por la ocupación otomana, no participaron de las grandes corrientes culturales europeas.

Una de las soluciones que el autor aporta es que los griegos acepten ser quienes son realmente y no quienes dicen otros que son o quienes quisieran ser. Y, desde luego, tienen razones para estar orgullosos: le dijeron que no al todopoderoso Hitler (cosa que Europa no ha agradecido lo bastante), son herederos directos de la mayor literatura y de un mundo cultural del que todos somos deudores, han sobrevivido como pueblo y como cultura a pesar del olvido de Occidente y de la invasión turca, y tienen una floreciente literatura y música que ya quisieran para sí países europeos más prósperos económicamente.

A lo largo del libro he tenido a veces la sensación de que el autor radiografiaba a los españoles. Con los griegos compartimos esa dificultad para alabar el mérito ajeno, sobre todo si es el de un compatriota en el extranjero, el poner en entredicho la virilidad del otro, el “piensa mal y acertarás”, el poco respeto que les merecen las instituciones y los que están contra ellas, ese deseo de europeizar el propio país, de minusvalorar sus raíces cristianas, de querer ser otra cosa. La lucha que es España, según Luis Rosales, entre hidalgos y pícaros, es en Grecia, según Nicos Dimou, entre la gallardía y la miseria.

En fin, un libro escrito al final de la dictadura y con dardos brillantes y punzantes y desde el amor a su país al que quiere proteger de lo falso, del victimismo, de la incapacidad, porque el autor, como todos los griegos que he conocido (y he conocido muchos) ama mucho a su país cuanto más lo critica. En eso también se parecen a los españoles, solo que aquí el amor natural a esta sana identidad cultural que es la patria se disimula tontamente porque no está bien visto.

Bienvenido sea este libro en estos días en que Grecia solo sale en las noticias como la enferma de Europa. Grecia es mucho más que eso: una gran nación que ha sobrevivido a todo y que saldrá adelante por el empuje y la creatividad de su gente más que por la acción de los políticos europeos y griegos. Aquello que la afea también la hace hermosa, porque en el defecto está muchas veces la raíz de la virtud.

18 enero 2013

De víctima a símbolo




Sinsajo

Suzanne Collins

Molino, 2012

ISBN: 978-84-2720-214-6

424 páginas

16 €

Traducción de Pilar Ramírez Tello




Jesús Cotta

Esta reseña sobre la tercera parte de la trilogía será breve porque es la que menos me ha gustado.

La primera parte es la buena. La segunda tiene de bueno que repite el esquema de la primera, pero con varios elementos novedosos. Y la tercera, no siendo mala, no está a la altura de las dos anteriores.

En esta tercera parte parece que la autora se ve obligada a ir atando los cabos que en las otras dos se ha permitido dejar sueltos. Habría sido mejor dejarlos sueltos, pero, claro, si uno escribe una tercera parte, es para rematar la faena.

Esta tercera parte es más bélica y confusa. Los escenarios cambian con facilidad y uno no tiene muy claro por qué. La protagonista era más interesante cuando, a pesar de ser víctima, lograba mantener la dignidad y desafiar con espontaneidad al sistema injusto que la humillaba públicamente. Pero en esta tercera parte ella deja de ser víctima y se convierte, a su pesar, en símbolo de la resistencia y para eso resulta demasiado adolescente y convence poco. Lo peor es que también quiere ser ejecutora.

Tampoco me acaba de convencer la facilidad con que los rebeldes atacan el sistema y lo poco que se habla del sistema injusto que esclavizaba a los doce distritos. En la primera parte era una buena técnica literaria hablar mucho de la prota y poco de los malos que la humillan. De estos uno lo supone casi todo viendo todas las calamidades que le hacen pasar. Pero si uno escribe una tercera parte que consiste en cómo la resistencia se rebela contra el sistema, se echa en falta explicar en qué consistía internamente el sistema, cómo se había llegado a él.

Aun así, la novela es digna. No hay maniqueísmo. También los rebeldes tienen su alma en su almario.

Mi consejo es, pues, leerse la primera parte y, si uno se ha quedado con ganas de más, que es lo habitual, pasar a la segunda, pero entonces se arriesga a querer leer la tercera, a la que remite inexorablemente la segunda.

Aun así, me ha gustado la trilogía, a pesar de serlo.

Un saludo a todos.

22 noviembre 2012

La dignidad del luchador



En llamas

Suzanne Collins

Molino, 2012

ISBN: 978-84-2720-213-9

416 páginas
15,20 €

Traducción de Pilar Ramírez Tello



Jesús Cotta

Pues sí, me estoy leyendo la segunda parte de la trilogía. Me atrapó la primera y sigo atrapado en la segunda. Pero aún me quedan las diez últimas páginas.

No sé si el final me defraudará, porque, como pasa con la vida, un buen final salva una novela mediocre y un mal final malogra una buena novela. Pero me arriesgo a recomendarla aunque no sepa el final, porque la protagonista de la historia, con su carácter a veces agrio y su corazón de oro y de superviviente, me tiene enamorado.

La novela vuelve a insistir en el mismo argumento que la anterior (la supervivencia de unos héroes en unos juegos tétricos y televisados), pero ahora el ingrediente del amor y de la indignación contra la injusticia convierte a la prota y a sus amigos ya no en meros héroes sufrientes, sino en héroes luchadores e inteligentes que van a dar un buen golpe.

Me gusta porque el libro tiene lo que para mí son los ingredientes de una buena novela y los comparto contigo, lector:

1. Sacar el máximo partido a un argumento sencillo. Como dice mi amigo Jabo H. Pizarroso, una buena novela es un tiburón avanzando rápido por el océano y puede tener como mucho una o dos rémoras colgando de su vientre. Esta novela es un tiburón sin rémoras.

2. Un argumento consistente en una misión que cumplir. ¡Y menuda misión: mantener la dignidad cuando la muerte que recibes o que ocasionas a otro se convierte en un espectáculo morboso para gente indigna!

3. Un personaje principal, intenso y humano, con alguna flaqueza y alguna grandeza. El personaje principal es en este caso una chica que ya se ha convertido en mujer, porque el dolor ha acelerado el fin de su adolescencia y el principio de una edad adulta generosa y sabia.

4. Mucha peripecia, con intriga, sorpresa y algún remanso de paz. De eso tiene mucho la novela. Es una técnica despreciada por algunos escritores muy aburridos.

5. Un mundo muy grande del que solo se muestre una parte muy pequeña. Eso es para mí lo mejor de las novelas distópicas: que el autor sepa del mundo que ha creado mucho más de lo que nos cuenta.

6. Gracia y emoción, pero no sarcasmo ni lacrimogenia. Hacer llorar con maniqueísmos o reír con burradas es un mal recurso que aquí está ausente.

7. Ni una pizca de tesis, de propaganda o maniqueísmo. La prota nos habla de sí misma, y no nos aburre con las conclusiones morales que cada uno saca sin que ella nos ayude.

8. Un final feliz, pero sin pasarse, porque el verdadero héroe es el que triunfa, pero el que pierde algo valioso en el camino. Ulises volvió por fin a su esposa, pero después de perder diez años de vida y muchos compañeros en el camino.

9. Y nada de todo lo anterior si la novela es buena. No sé qué pasa, pero el caso es que las buenas novelas se pueden permitir el lujo de hacer lo que les dé la gana. Esta novela no llega a ese extremo de excelencia, porque lo que la hace buena no es su excelencia literaria, sino todos los ocho ingredientes anteriores.

El décimo ingrediente es para mí la voz de un autor invisible, que no tome partido, que no hable, que no exista. Pero ese ingrediente no vale para esta novela, porque la que nos lo cuenta todo es la prota, siempre en tiempo presente.

Hablar en presente tiene una impagable ventaja: todo lo que ocurre le va sorprendiendo a ella a la vez que al lector, lo que aumenta nuestra complicidad con ella.

Te recomiendo esta novela y si tienes hijos con más de trece años, regálasela para los Reyes Magos.

Un saludo a todos.

02 noviembre 2012

La nobleza del combatiente


Los juegos del hambre

Suzanne Collins

Molino, 2012

ISBN: 978-84-2720-212-2

400 páginas

18 €

Traducción de Pilar Ramírez Tello



Jesús Cotta

Me habló de esta novela un compañero de trabajo. El tema me gustó tanto, que me la compré.

En las buenas novelas el boca a boca funciona se les haga o no mucha promoción publicitaria.

Esta novela es una distopía. Yo soy un forofo de las distopías, ese género literario que plantea un futuro sombrío, pero posible si seguimos en el presente por el mal camino.

En una sociedad futura doce distritos malviven en torno al Capitolio, donde se vive a cuerpo de rey, cada año cada distrito debe enviar al Capitolio un tributo adolescente para participar en los Juegos del Hambre. Es el castigo por la antigua rebelión de los distritos contra la tiranía del Capitolio.

Se trata de una lucha a muerte en plena naturaleza y televisada. El que sobreviva es el vencedor. Es, en toda regla, un Gran Hermano a sangre y de diseño, la ley del más fuerte convertida en espectáculo, el circo romano en directo, pero presenciado desde casa.

Uno de los atractivos de la novela es que la autora no dedica párrafos a explicar cómo es la nueva sociedad. Tan solo se centra en la joven protagonista. Sin embargo, durante toda la novela, el otro gran protagonista de quien casi nunca se habla es esa sociedad horrible que goza observando los sufrimientos y matanzas de los tributos. Me parece una técnica literaria estupenda esa de decirlo todo de una sociedad o de un personaje sin decir absolutamente nada.

Dicen que las buenas ideas provienen de mezclar ideas que a nadie se le ocurren. La mezcla es lo bueno. En este caso, la combinación es la ciencia ficción con el mito del Laberinto de Minos, al cual los atenienses tenían que llevar siete muchachos y siete muchachas virginales como tributo al Minotauro, echados a suerte cada año entre los atenienses más jóvenes.

La autora le saca el máximo partido al episodio del sorteo de nombres del Distrito 12, al mundo interior de la protagonista, a su supervivencia en el bosque, a la búsqueda de agua y de comida, a la compleja red de sensaciones, emociones y voluntades que se establecen entre los tributos que tienen que aliarse a ratos para luego darse la puñalada trapera, a la necesidad de ayuda y amor y a la tremenda desconfianza que genera el saber que el objetivo último de uno es matar al otro, al sentimiento de dignidad agraviada por el hecho de que todo lo que hace el sufriente lo degluten con ojos morbosos millones de personas con el culo cómodamente hincado en su sofá, al horror de ser un espectáculo quien debería ser solo protagonista de su vida con el único espectador de su conciencia.

Aquí hay también un Teseo y un Minotauro, solo que Teseo es una chica y el Minotauro es el monstruo invisible en cuyas pupilas los protagonistas luchan y se desangran como a él le gusta, porque se alimenta de sangre. Lo que el Minotauro no sabe es que la protagonista tiene la última palabra. Su dignidad resplandece precisamente cuando sus espectadores creían habérsela arrebatado toda.

Es una novela juvenil y adulta, con persecución, amor, horror. Es intensa, interesante. Atrapa de principio a fin y da en la tecla de algo que olvidamos a menudo en Occidente: no es lo mismo avance técnico que progreso moral.

Los amigos de la aventura, el peligro, la amistad, la distopía y, a la vez, la evasión (¡qué buena mezcla!) harán bien leyendo esta novela.

08 octubre 2012

El dragón dentro de casa


 
El síndrome de albatros 

Gonzalo Suárez 

Seix Barral, 2011. Colección "Biblioteca Breve"

ISBN: 978-84-322-0934-5 

239 páginas 

18 €
 
 
 
Jesús Cotta

Este es un libro extraño, sorprendente, imprevisible, de expresión creativa y audaz, dinámico, interior, onírico. Pero, como en la virtud está el defecto, es también a ratos difícil de seguir (que no es lo mismo que aburrido), hiperbólico (que no es lo mismo que inverosímil) y con saltos argumentales a veces poco consistentes, aunque uno se los perdona porque en el libro lo poético e intuitivo predomina sobre lo real y lo analítico. 

Es una buena obra literaria, aunque a mí no me ha acabado de atrapar, por lo cual es muy posible que los posibles defectos que le achaque se deban más a mi incapacidad como lector.

La novela comienza con un fragmento de una obra de teatro obscena escrita al parecer por el difunto marido de una viuda, la cual contrata al protagonista para que averigüe si existe o no el personaje femenino central de la obra. Como un Edipo que es a la vez detective y culpable, el protagonista se va descubriendo a sí mismo a medida que descubre los oscuros hechos que envuelven a ese personaje teatral. 

En principio, todo ocurre fuera a través de la acción, pero, a medida que uno lee, tiene la sensación de que todo pasa dentro a través del pensamiento. Todas las mujeres, Elvira, Ludivina, Linda, Felina, etc. parecen la misma en distintas fases de la vida o en diferentes películas. 

El libro bebe de esa tendencia literaria, frecuente en la literatura española, que consiste, no sé expresarlo de otro modo, en ser un poco cruel con los personajes o, al menos, en presentarnos no lo mejor de ellos, sino sus debilidades, sus vicios y sus defectos y en conseguir que, a pesar de eso, nos resulten simpáticos. Desde Quevedo, pasando por Galdós y Clarín, hasta Cela, Torrente Ballester, Luis Landero, etc., los protagonistas no son héroes que el autor trate con respeto y simpatía, sino pícaros o seres sufrientes, sin demasiada grandeza moral. 

La novela a veces resalta el detalle feo o sórdido. Reconozco que es una actitud literaria que no me resulta simpática, porque en la vida, además de lo sórdido, está lo hermoso y esto no es menos realista ni menos serio que aquello. ¿Para qué aumentar, pues, con la literatura lo sórdido, si ya tenemos bastante? Aunque le reconozco el ingenio, me parece horrible que el protagonista se llame Zóster porque tiene un herpes. La insistencia del libro en ciertos detalles biológicos y obscenos, por muy bien traídos literariamente que estén, llega a cansar. No me acaba de convencer eso de sonreír “de soslayo por el más amarillo de sus colmillos”. Pero también es cierto que, gracias a eso, resaltan en la novela más por contraste los gestos nobles, las personas inocentes, los sentimientos elevados, el musgo poético que a veces almohadilla su prosa. En este libro están esas cuatro cosas y palpitan en el corazón del protagonista, herido por la pérdida de un hijo y del amor. 

El autor es un maestro del lenguaje, de la técnica literaria y del mensaje con enjundia y la sorpresa. Un traje es “de día nublado” y “Cuando de repente llega” la vejez, “todas las superficiales razones por las que nos apetecía vivir se convierten en profundas reflexiones por las no nos apetece morir”. En cuanto al motivo que aduce el Ausente, un personaje que fue boxeador y actor porno, para justificar el asesinato, es escalofriante y contundente. Y el cuento del dragón es magnífico, plástico, cinematográfico, sorprendente, una idea estupenda para un corto terrible de Pixar, y ¡acaba  bien! 

Se trata, pues, de una obra para amantes de la buena literatura, con una trama a veces difícil de seguir o de creer, pero con palabras grabadas a fuego que pueden deleitar o envenenar y que, desde luego, no dejan indiferente al lector.