El violinista de MauthausenAndrés Pérez Domínguez
Algaida, 2009
ISBN: 978-84-9877-278-4
480 páginas.
20 euros.
XLI Premio de Novela Ateneo de Sevilla.
Carolina León
El arranque es éste: una pareja de enamorados, en el París de 1940, es separada cuando la Gestapo detiene al hombre, español huido de la Guerra Civil y enamorado de Anna, medio francesa y medio alemana. Él se interna por imposición en un viaje sin futuro, hacia el campo de concentración de Mauthausen, y ella decide aceptar la oferta de un oficial del servicio secreto norteamericano para colaborar con ellos como espía, con la promesa de que la ayudarán a encontrar a su prometido y sacarlo del cautiverio.
Si no hubiésemos visto y leído cientos de películas e historias sobre los desastres causados por las guerras, en general, y la barbarie nazi en particular, quizá de ahí se podía esperar un relato de carga sentimental y zambullida dolorosa en las reacciones del ser humano ante situaciones de presión, pérdida de la dignidad, derrumbe del mundo... Pero no es el caso.
El caso es que ya hemos visto demasiadas historias del mismo árbol geneálogico y, aunque sea en cierto modo novedoso incluir la peripecia de un español exiliado, capturado como enemigo del franquismo y, por extensión, del III Reich, no se está aportando nada. Porque, a estas alturas, podemos admitir que alguien venga a leernos la cartilla sobre la Inglaterra victoriana e incluso sobre el Imperio Romano. Pero leyéndola con ojos nuevos.
A todo esto, Rubén Castro, el republicano, no es más que uno de los cuatro monigotes con que se dibuja la trama, así que al final el punto de vista tampoco es demasiado arriesgado. Cuatro nombres. Cuatro historias. Un amor y desencuentros (cuando ya no hay más desencuentros que narrar desde que existe Casablanca). Un narrador que salta de una voz a otra y es más listo que ninguno de sus personajes. Pero sobre todo es más listo que el lector.
¿Cuál lector? Cuando uno lee del orden de tres o cuatro novelas al mes, ya no se deja engatusar. Pero pienso sinceramente que Pérez Domínguez no habría podido convencerme ni cuando era una adolescente sentimentaloide y enamoradiza y apasionada de la vida. ¿A qué tipo de lector persigue esta novela?
Nos da por pensar que la novela habrá contado con el juicio (de quienes la premiaron) de que es comercial centrarse en la bondad del alma humana o en los sentimientos, o haber dado por supuesto que todo lo "nazi" vende, o que se habla de "campo de exterminio" y corremos a soltar veinte euros.
Me gustaría poder decir que disfruté en algún párrafo. Es un libro lento, detenido en infinidad de detalles minúsculos, superfluos, de contexto cotidiano que, si no fuera lo que es, podríamos apuntar con el dedo a la novela como un arriesgado ejercicio post-postmodernista. Vénganse conmigo al capítulo noveno, cerca de la página 150. El español capturado por los alemanes está siendo llevado no sabe dónde en un tren, junto con cientos de otros presos, en apestosas condiciones.
Ustedes han leído esa frase y ya saben de lo que estoy hablando. El autor va a necesitar trece páginas para darnos a entender que allí dentro del vagón se están perdiendo las más elementales garantías para la compostura de las personas. Una "mezcla de sudor, de ventosidades y de orines y de excrementos, porque algunos de sus compañeros no han podido evitar vaciarse el vientre o la vejiga encima" inaugura el repertorio. Pero es luego el propio protagonista el que "se ha meado encima" (página 154) y se lo "ha hecho encima" (misma página) y además "su amigo se ha dado cuenta de que se ha meado encima" (misma página) y así podemos continuar hasta que concluya el episodio.
Admitimos que se pueden echar mano de muchísimas excrecencias del vocabulario para explicar situaciones tan horribles como aquéllas. Lo que no admitimos es que el lector sea tomado por retrasado. Porque la reiteración de la misma idea, ni siquiera abundada, sino expresada con las mismas palabras, una y otra vez, es una técnica habitual para hacer engordar página, tras página, tras página, tras página, tras página. Y acabo de añadir dos renglones más a esta crítica.
Que Anna "se siente como un puta", que Franz Müller "está obsesionado con una fotografía" o que Castro "ya está muerto". Si ésas son las ideas-tronco del argumento, el autor ha de defenderlas con el lenguaje, no con la machaconería de un eslogan publicitario. Pero el pelo, a nosotros que lo leemos, nos lo están tomando de más formas. Una voz narradora omnisciente hasta resultar petarda: que sabe en todo momento todo lo que están pensando los personajes y las motivaciones ocultas detrás de cada pequeño gesto, y no deja de recordarnos que "él" o "ella" todavía "no sabe" lo que le va a pasar, que se encontrará en esta o aquella situación, que tendrá que decidir entre no sé cuáles cosas...
El resultado es que el lector sabe tanto, tanto, tanto de los personajes como el narrador, pero sin embargo sabe tantas veces las mismas cuatro o cinco ideas, que no pudimos conmovernos ni un poquito. Pena por Castro, por Anna y los demás, que casi se podían haber hecho amigos míos. Así, llegué al final de estas 490 páginas -que, sin reiteraciones y con más carga semántica, podrían haber sido 120- sin saber dónde demonios está el lector ideal de esta novela.
Carolina León
El arranque es éste: una pareja de enamorados, en el París de 1940, es separada cuando la Gestapo detiene al hombre, español huido de la Guerra Civil y enamorado de Anna, medio francesa y medio alemana. Él se interna por imposición en un viaje sin futuro, hacia el campo de concentración de Mauthausen, y ella decide aceptar la oferta de un oficial del servicio secreto norteamericano para colaborar con ellos como espía, con la promesa de que la ayudarán a encontrar a su prometido y sacarlo del cautiverio.
Si no hubiésemos visto y leído cientos de películas e historias sobre los desastres causados por las guerras, en general, y la barbarie nazi en particular, quizá de ahí se podía esperar un relato de carga sentimental y zambullida dolorosa en las reacciones del ser humano ante situaciones de presión, pérdida de la dignidad, derrumbe del mundo... Pero no es el caso.
El caso es que ya hemos visto demasiadas historias del mismo árbol geneálogico y, aunque sea en cierto modo novedoso incluir la peripecia de un español exiliado, capturado como enemigo del franquismo y, por extensión, del III Reich, no se está aportando nada. Porque, a estas alturas, podemos admitir que alguien venga a leernos la cartilla sobre la Inglaterra victoriana e incluso sobre el Imperio Romano. Pero leyéndola con ojos nuevos.
A todo esto, Rubén Castro, el republicano, no es más que uno de los cuatro monigotes con que se dibuja la trama, así que al final el punto de vista tampoco es demasiado arriesgado. Cuatro nombres. Cuatro historias. Un amor y desencuentros (cuando ya no hay más desencuentros que narrar desde que existe Casablanca). Un narrador que salta de una voz a otra y es más listo que ninguno de sus personajes. Pero sobre todo es más listo que el lector.
¿Cuál lector? Cuando uno lee del orden de tres o cuatro novelas al mes, ya no se deja engatusar. Pero pienso sinceramente que Pérez Domínguez no habría podido convencerme ni cuando era una adolescente sentimentaloide y enamoradiza y apasionada de la vida. ¿A qué tipo de lector persigue esta novela?
Nos da por pensar que la novela habrá contado con el juicio (de quienes la premiaron) de que es comercial centrarse en la bondad del alma humana o en los sentimientos, o haber dado por supuesto que todo lo "nazi" vende, o que se habla de "campo de exterminio" y corremos a soltar veinte euros.
Me gustaría poder decir que disfruté en algún párrafo. Es un libro lento, detenido en infinidad de detalles minúsculos, superfluos, de contexto cotidiano que, si no fuera lo que es, podríamos apuntar con el dedo a la novela como un arriesgado ejercicio post-postmodernista. Vénganse conmigo al capítulo noveno, cerca de la página 150. El español capturado por los alemanes está siendo llevado no sabe dónde en un tren, junto con cientos de otros presos, en apestosas condiciones.
Ustedes han leído esa frase y ya saben de lo que estoy hablando. El autor va a necesitar trece páginas para darnos a entender que allí dentro del vagón se están perdiendo las más elementales garantías para la compostura de las personas. Una "mezcla de sudor, de ventosidades y de orines y de excrementos, porque algunos de sus compañeros no han podido evitar vaciarse el vientre o la vejiga encima" inaugura el repertorio. Pero es luego el propio protagonista el que "se ha meado encima" (página 154) y se lo "ha hecho encima" (misma página) y además "su amigo se ha dado cuenta de que se ha meado encima" (misma página) y así podemos continuar hasta que concluya el episodio.
Admitimos que se pueden echar mano de muchísimas excrecencias del vocabulario para explicar situaciones tan horribles como aquéllas. Lo que no admitimos es que el lector sea tomado por retrasado. Porque la reiteración de la misma idea, ni siquiera abundada, sino expresada con las mismas palabras, una y otra vez, es una técnica habitual para hacer engordar página, tras página, tras página, tras página, tras página. Y acabo de añadir dos renglones más a esta crítica.
Que Anna "se siente como un puta", que Franz Müller "está obsesionado con una fotografía" o que Castro "ya está muerto". Si ésas son las ideas-tronco del argumento, el autor ha de defenderlas con el lenguaje, no con la machaconería de un eslogan publicitario. Pero el pelo, a nosotros que lo leemos, nos lo están tomando de más formas. Una voz narradora omnisciente hasta resultar petarda: que sabe en todo momento todo lo que están pensando los personajes y las motivaciones ocultas detrás de cada pequeño gesto, y no deja de recordarnos que "él" o "ella" todavía "no sabe" lo que le va a pasar, que se encontrará en esta o aquella situación, que tendrá que decidir entre no sé cuáles cosas...
El resultado es que el lector sabe tanto, tanto, tanto de los personajes como el narrador, pero sin embargo sabe tantas veces las mismas cuatro o cinco ideas, que no pudimos conmovernos ni un poquito. Pena por Castro, por Anna y los demás, que casi se podían haber hecho amigos míos. Así, llegué al final de estas 490 páginas -que, sin reiteraciones y con más carga semántica, podrían haber sido 120- sin saber dónde demonios está el lector ideal de esta novela.