Mostrando entradas con la etiqueta Ediciones del Viento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ediciones del Viento. Mostrar todas las entradas

12 septiembre 2012

El rollo sefardí

Tratado del alma gemela

Esther Bendahan

Ediciones del Viento, 2012

ISBN: 978-84-1537-438-1

250 páginas

18 €

XXIII Premio de Narrativa Torrente Ballester

Ilya U. Topper

Hay libros que a uno le gustaría que le gustaran. Una novela que hable de judíos sefardíes de origen marroquí, que tienen que regresar al país de sus mayores para buscar un histórico rollo de tora, el libro sagrado judío ¿cómo no va a atraerme, máxime cuando su autora es una judía sefardí nacida en Tetuán?
Ante la perspectiva de reencontrarnos con una parte tan cercana, tan íntimamente ligada a nuestra propia Historia, no importa que tengamos que empezar la novela con el planteamiento algo decimonónico de un testamento, llave de enormes riquezas, destinadas a través de un albacea a dos hermanos que no saben que lo son.
La tarea impuesta a los dos para poder acceder a la herencia es un viaje a un lugar no definido de “África del Norte” —Marruecos, intuimos— para rescatar y llevar a Jerusalén un 'sefer tora', un rollo de la tora, el libro santo judío, que había sido propiedad de la familia antes de que emigrara. Dado que sabremos pronto que la familia musulmana, que ahora custodia el preciado pergamino, no se deshará de buena gana de él —para cualquier marroquí, una pieza así tiene un gran valor emocional como patrimonio histórico— intuimos cierta tensión quizás de novela de aventuras.
Pero esta aventura no acaba de arrancar. Hay que recorrerse dos tercios del libro para que por fin salga el tren hacia Algeciras. Mientras tanto asistimos a un largo roneo de uno de los dos hermanos, Daniel, locutor de radio nocturno y seductor algo demasiado sobrado como para caer simpático, alrededor de Mercedes, una mujer judía algo demasiado dubitativa ante sus propias emociones como para prendarse de ella. Manager de música, casada con un hombre que no es judío, no practicante, ofrece un contrapunto actual al tercer personaje, el único que se sale de los clichés, Ambram, un joven rabino en búsqueda algo forzada de una chica, necesariamente judía practicante, con la que casarse.
Sin embargo, lo que podria ser una interesante radiografía de ese mundo desconocido que es la comunidad sefardí española —entre 15.000 y 40.000 almas, afirman, pero probablemente sin jóvenes solteras practicantes— se queda en un repaso de la incomunicación en el matrimonio, las pequeñas desgracias sexo-emocionales de chicas ricas y casadas, algunas citas cultas y un largo manual de cómo no ligar.
La cosa no mejora cuando por fin llegamos a Tetuán (que es Tetuán lo digo yo, porque el único dato que aporta la novela es que la ciudad se sitúa cerca de la costa mediterránea). El encuentro de Ambram con otros judíos marroquíes ocupa exactamente dos folios, ahí lo tienen todo, un poco de conversación general, en eso se agota lo que Esther Bendahan nos cuenta de la milenaria comunidad judía marroquí. Eso y una escena de ensueño en el que Ambram ve bañarse desnuda en el mar a la chica que podría ser su alma gemela. Ya está, se acabó.
Podría darnos igual si funcionara la aventura, el asalto a la preciada tora, pero este asalto —como era de esperar— y la huida al extranjero (mal resuelta: no se puede salir de Marruecos con un coche sin papeles, ni falta que hacía) no es más que un pretexto para engancharnos a unas personas que no lo merecen. Y no lo merecen porque, enviados a una misión de riesgo en cumplimiento de un testamento, ya sea por codicia, ya por fe, no se plantean en ningún momento las implicaciones morales de lo que se disponen a hacer: ¿es ético secuestrar una centenaria tora de Marruecos para llevarla a Israel?
Aquí, Bendahan, judía tetuaní, podría haber planteado una lucha de titanes entre dos planteamientos del mundo judío: el que pretende que todo judío es esencialmente oriundo de Palestina y llegar a vivir allí debe ser su destino final, y el que afirma que los judíos, como los miembros de cualquier otra religión, forman parte esencial e indispensable del pueblo que los rodea, de la tierra que habitan desde hace milenios. La primera visión, una promesa espiritual-religiosa utilizada por el sionismo agnóstico, ha sido convertida en ley estatal por Israel (es ciudadano israelí todo judío del mundo). La segunda es la convicción de la gran mayoría de los judíos marroquíes.
Para un seguidor de la primera visión, llevar la tora a Jerusalén sería el cumplimiento lógico de un proceso histórico. Para un adepto de la segunda, sería un expolio intolerable del patrimonio judío marroquí. Simon Lévy, director del Museo Judeo-Marroquí de Casablanca, habría puesto el grito en el cielo. Pero Ambram, Daniel y Mercedes no se plantean siquiera el dilema.
Ante la falta de sustancia, ya poco nos puede importar el estilo, pero quede dicho que un uso no convencional de la coma no basta para elevar el valor literario de una obra, ni tampoco lo hace el errático uso de los tiempos verbales (pasado y presente), aunque sea permisible en francés.
El resto de errores muy probablemente sea delito (grave) achacable a la editorial y a la utilización —colijo— de un programa corrector particulamente malvado y desprovisto de toda supervisión humana: a una sefardí como Bendahan no debemos suponerle que escriba (a veces) "minyam" en lugar de "minyan", (siempre) "bart mitzvah" en lugar de "bar mitzvah" (¿delata la afición de los programas de correctores a las series de dibujos animados amarillos?) ni que le ponga de nombre Mojama a un abogado marroquí.
Y ya que estamos, no me importaría saber por qué Ambram asegura que lleva el nombre original de Abraham, cuando en la Biblia (sí, también en la hebrea), éste consta como Abram.
Queda por resolver un último misterio: ¿a quién se le ocurrió decorar con una preciosa fotografia sepia de una mujer desnuda (realizada por un fotógrafo neoyorquino-alemán) la portada de una novela en la que la protagonista no llega ni a desabrocharse el sujetador?

17 junio 2011

Alegría de vivir

Pampanitos verdes

Óscar Esquivias

Ediciones del Viento, 2010. Colección "Viento abierto".

ISBN: 978-84-96964-64-8

158 páginas

16,00 €

Premio "Tormenta en un Vaso" al mejor libro publicado en castellano en 2010



Coradino Vega

Me cuentan que de toda la vida, en ciertos ambientes culturales, han vestido mucho las negaciones, mirar al mundo con una inconfundible mueca de cinismo, desdeñar o exagerar hasta el paroxismo lo diferente o lo nuevo, lucir inquebrantables credenciales de radicalidad, reconocer el mérito de lo cercano sólo si a continuación se le pone un “pero” sustanciado de mala leche bien recubierta de la audacia —cuanto más borde, mejor— de quien se cree el más listo de la clase. Por si fuera poco, hoy día, en España, donde el noventa por ciento de escritores ejerce la crítica literaria por trabajo o afición, no sólo se repiten esas ancestrales pautas sino que resulta difícil alabar un libro o a un autor generosamente, es decir, sin esperar nada a cambio o de forma ajena al tan mal camuflado cálculo de apoyaturas e intereses. De igual manera, son denigradas por lo general las obras que apuestan por la vida, que contagian alegría y buen humor, no sé por qué, como si esos componentes, así, en abstracto, y con los violines que parece que se les pone de fondo, constituyeran una irrefutable prueba de su consabida falta de calidad, bien por no atentar contra las convenciones (¿), trascender lo superado (¿) o por no cimbrear los pilares del capitalismo desde sus propiedades textuales (¿). Tan incrustada tenemos la oscura sospecha de la intelectualidad importada de Buenos Aires (revitalizada últimamente, qué peñazo) o de París (me refiero a la de los sesenta y setenta, que lamentablemente sigue molando), hasta el punto que muchos caen arrobados —ignorando la desazón que albergan ciertas formas de optimismo y que no todo puede tratar de todo a la vez— ante el espejismo que denunciara Nietzsche con no poca retranca: “Enturbian el agua para que parezca profunda”. En fin: 'c’est l’Espagne'…, cateta por notársele tanto querer ser cosmopolita, sublime sin interrupción, cueste lo que cueste.

Evidentemente, hay admirables excepciones a esa tónica que se dice marginal pero que, en su perseguida voltereta, se ha convertido al fin —sobre todo en los espacios virtuales en los que tiene asegurada la complaciente algarada del público adicto a la infoxicación, pues cuando le dan la oportunidad de pasarse al papel, y se amplía el abanico receptor, se vuelve más moderadilla— en totalitaria a fuer de decidir quién está o no en la onda, y una de las más brillantes la personifica Óscar Esquivias (Burgos, 1972). Autor prolífero tanto en la novela como en el cuento, cada entrevista, cada declaración que le leo a este escritor me provocan ganas de salir a la calle dando saltos y subirme a los coches agradeciendo a gritos, y respirando muy hondo, a bocanadas amplias, como un barbo, el simple hecho de estar vivo. Culto, amable, irónico, generoso en el asombro y colaborativo conocedor de la literatura de sus contemporáneos, Esquivias fue escribiendo tranquilamente este conjunto de relatos que, hace unos días, obtuvo el Premio "Tormenta en un Vaso" al mejor libro en castellano publicado en 2010. En ellos hay jóvenes que entran por primera vez en la universidad, adolescentes que celebran el final de los exámenes o que trabajan repartiendo flores, un atleta gay que compite subiendo las escaleras de un rascacielos de Chicago, un vendedor de piscinas que asiste a la glamurosa fiesta de disfraces de una clienta, dos hermanos que intercambian el oficio de centurión en los aledaños del Coliseo romano: diez narradores en primera persona que puede que sean el mismo, puede que no.

Son muchas las virtudes narrativas de Óscar Esquivias: el talento para bordear el tópico o transformarlo en insólito, la valentía en la elección de los topónimos españoles, la naturalidad de su prosa y la agilidad de sus diálogos, la frescura de su verosimilitud, su adjetivación inaudita, el humor por momentos desternillante, la ternura con la que mira a sus personajes, la elegante postración del yo-autor, la curativa forma de narrar lo que hace daño: la luminosa forma, en definitiva, de contar una serie de historias que nos tocan por su cercanía, por su disparatada cotidianidad o por el ingenio de hacer de lo ordinario acontecimientos solapados y, por ende, susceptibles de ser universalizados. Porque qué bien suenan las palabras en los relatos de Óscar Esquivias, las palabras manoseadas, tergiversadas en sus sentidos, adulteradas por el poder o por la paranoia de la semántica; la dignidad de las palabras; el “léxico familiar”, que diría Natalia Ginzburg. Qué agallas para decir: “No fue ni compasión, ni pena: fue miedo, como si esa mujer pudiera contagiarme algo terrible: una enfermedad, su tristeza, su desvalimiento, su infelicidad”. O qué alegría encontrar a un personaje que sostenga: “De repente el mundo me parecía un lugar maravilloso donde sólo había espacio para la felicidad” y que, para colmo, lo vivencies, te lo creas. Porque de la melancolía que destila Pampanitos verdes emana una esclarecedora alegría de vivir, una calidez humana y una regeneración literaria ante la que a un servidor sólo le queda aplaudir con gratitud y entusiasmo. Es cierto que la buena literatura debe buscar el desciframiento más que consolar, pero eso no quita que se recuerde de vez en cuando lo que el otro día le escuché decir a la sinóloga Taciana Fisac parafraseando a su padre, el arquitecto Miguel Fisac: que la función del arte también consiste en hacer feliz a la gente. Así que dejemos de lado aunque sólo sea por esta vez lo abstracto y disfrutemos de las maravillosas concreciones que ha escrito Óscar Esquivias. Háganme ustedes ese favor.

24 febrero 2011

Callos a la zamorana


Viscerales

VV. AA. Edición de José Ángel Barrueco y Mario Crespo

Ediciones del Viento, 2011. Colección "Viento Abierto"

ISBN: 978-84-96964-76-1

216 páginas

18 €


Fran G. Matute

Resulta tremendamente atractiva la idea que subyace detrás de esta colección de relatos recopilados por los zamoranos José Ángel Barrueco y Mario Crespo, que atiende al nombre genérico de Viscerales. Se trata de una selección de textos, más que de autores (aunque una cosa vaya inexorablemente unida a la otra), que promete sudar "rabia, sinceridad, corazón, hígado, riñones, calor y desnudez". Estamos por tanto ante un cocido maragato, un plato de callos, un mondongo con panceta, un 'haggis', un 'gumbo'... cualquier cosa que se consuma humeante y contenga elementos gelatinosos, pringosos, grasientos e indigestos para el cuerpo y la mente. Vamos, que si no da gases no mola.

Eso es lo que anuncia el menú, pero parece que los grandes chefs pidieron una baja ese día. O si queréis, dejémoslo en que los pesos pesados que conforman la nómina de autores de esta colección de relatos no han utilizado sus mejores ingredientes a la hora de preparar sus comandas: ni Enrique Vila-Matas, ni Carlos Salem (el que por lo menos nos descubre, gracias a su texto, el origen de su celebérrimo "huevo izquierdo del talento" con el que da nombre a su blog), ni Manuel Vilas (este llega a rozar la chorrada), ni siquiera Montero Glez, el más afín de todos a la filosofía de esta publicación, cubren las expectativas culinarias.

Así que es mejor ir a este restaurante zamorano otro día, cuando sepamos que en la cocina están Francesco Spinoglio, Javier Esteban (digno su texto de David Foster Wallace), Julio Valdeón Blanco, Lucía Fraga, Patxi Irurzun (genial su lisérgico viaje por la Vera cacereña, al más puro estilo 'beatnick' en "Reliquias y jorobas"), Dani Ruiz García (sé que parezco el padre de Hamilton, pero ¿acaso no es su "Pliego de descargo" el mejor relato del libro?)... Son ellos, (y algunos pocos más) los que dan prestancia al local. Son ellos los que dan lustre al proyecto culinario, los que vertebran toda la edición con su visceralismo (auténtico, no impostado como el de otros participantes), doliente, sudoroso, pegajoso, quebradizo.

¿Y cuál es el equilibrio nutricional de este libro? ¿Es indigesto o liviano? Digamos que las chicas (la citada Lucía Fraga, Ana Pérez Cañamares, Roxana Popelka, Adriana Bañares, Alejandra Zina) se llevan la mejor parte. Sus muslos son tiernos, sus salsas picantes (aunque recurran en demasiadas ocasiones al semen como condimento de sus platos), sus morrillos comestibles. Algunos hombres no cocinan mal del todo (meritorio Alberto Haj-Saleh con su "En todas las parejas hay peleas" y ese fantástico reproche "¡Estoy en pelotas sobre ti y ni siquiera se te calientan los pies!"; interesante David Murders tomando como modelo visceral al descomunal Pig Champion de los Poison Idea; el "Barrizal" monteresco del Kutxi Romero o el rabioso "Burofax" enviado por Alfonso Xen Rabanal), pero otros abusan de las especias (José Manuel Vara, Jorge Espina) o directamente mezclan mal los ingredientes (David Refoyo, Javier Das, Iñaki Echarte Vidarte).

A esta alturas os podréis hacer una idea de que la selección de los 40 platos del menú que propone Viscerales haya quedado algo desequilibrada. Demasiados carbohidratos (la conexión con el blog Hankover es alargada), que te llenan el estómago pero alimentan poco. Téngase en cuenta además que muchos textos toman formas teatrales o de poemario, lo que dificulta que los jugos salivares hagan su trabajo correctamente. Si tomamos como modelo clásico del visceralismo las "Tripas" (2005) de Chuck Palahniuk, debemos admitir que tras engullir estos callos a la zamorana no hemos necesitado Aero-red.