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24 julio 2013

De la necesidad de perdón


Absolución

Luis Landero

Tusquets, 2012. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-434-3

320 páginas

19 €





Jesús Cotta


Me pasé todos Los juegos de la edad tardía con ganas de abofetear al protagonista por lo mal que se montaba la vida y por lo mal que sus estupideces y su poca sabiduría vital se lo hacían pasar a quienes lo querían y para que pusiera de una maldita vez los pies en el suelo y la cabeza sobre los hombros.

Lo mismo me ha pasado con Absolución, porque el prota de esta novela tiene mucho del prota de la otra, es decir, del propio Landero. Este prota tiene menos pájaros en la cabeza que aquel, pero también menos iniciativa, menos vitalidad, menos espíritu propio, o quizá habría que decir que su espíritu propio consiste en sentirse extraño en su papel y en la vida. El prota le dice “Te quiero” a una muchacha porque se lo gritan a su alrededor todas las cosas y porque es lo que había que decir en ese momento del galanteo, pero tiempo después corta con ella porque la ve comerse un huevo duro. Lo accidental va haciendo su vida. Soporta en su espaldas listas de propósitos incumplidos, sueños de grandeza (¡el afánnnnn!) que lo llevan a despreciar la poesía y la belleza de lo pequeño y cotidiano. Intenta probar a ver si encaja en el papel de hijo, amigo, novio, profesional en varios gremios, pero todo lo acaba cansando, porque él no es el protagonista de su propia vida, sino un espectador pasivo. Está en un sitio, pero con la cabeza en otro. Y un sitio solo le cuadra si es nuevo y nada lo ata a él. No es que la vida le aburra. Es que lleva el aburrimiento en las venas.

Pero no es ni mucho menos un personaje aburrido, porque lo interesante no es lo que le pasa por fuera, sino lo que le pasa por dentro, la manera que tiene de asumir lo exterior y encajarlo en su universo particular e interior. Eso es lo bueno. El protagonista es un joven que no se adapta al ritmo vital de los demás, un prófugo de la vida con alergia a la permanencia, a las ataduras, al compromiso. Las palabras que rigen su vida son contingencia, destino, ironía, tedio. Es un Ulises al revés: naufraga evitando el regreso (por cierto, el único error que he detectado en el libro es que llama Antínoo a Alcínoo, el rey feacio que acogió a Ulises). La palabra de Ulises es nostalgia (cuya etimología es precisamente "dolor del regreso"). La de nuestro protagonista es hastío. Cuando parece que por fin ha encontrado un sitio fijo y un corazón que lo comprende, de nuevo vuelve a huir, abrumado por la enormidad de unos sucesos que él no ha buscado pero que ha protagonizado casi sin querer.

El libro está escrito en una tercera persona que no es un narrador omnisciente, porque solo cuenta lo que el protagonista siente, hace o piensa, no lo que piensa o sienten los demás. Gran parte de la novela fluye entre dos planos temporales: un presente que relata el inminente encuentro con la amada y el encontronazo con lo peor del ser humano; y un pasado que sale a relucir una y otra vez a propósito de ese presente. Y la tercera parte del libro es un peregrinaje, un libro de huida y de peregrinaje, de búsqueda de la paz, de absolución, de sentido, de redimirse de la culpa contraída, como un Orestes huyendo de las Furias. El protagonista se ve abrumado por el pecado cometido. La culpa lo corroe, como al personaje encarnado por Robert De Niro en la película de La misión. El mundo actual está presidido por la idea de que la culpa es mala y ha desterrado el concepto de pecado. Pero al protagonista esa idea, lejos de liberarlo, lo esclaviza. Necesita absolución y penitencia. Pero no cree en Dios, así que tiene que recurrir a un tribunal humano. Se da cuenta de que la inercia huidiza de su carácter ha provocado un daño a quienes menos quería él provocarlo y de que tiene cambiar el rumbo de su vida, pero esto no se puede hacer con un simple acto de voluntad, sino que necesita de un ritual, de un confidente, de una ceremonia para que sea un hito en la vida, para que el perdón sea efectivo y se traduzca en actos.

Lo mejor de la novela es la radiografía de las almas, la descripción, con trazo sutil y brillante y hondo, de los pensamientos, de los sentimientos, de los recuerdos y, sobre todo, de ciertos personajes que jalonan la obra y que son una verdadera delicia: el amor del señor Levin, Moisés, el vitalista señor Gálvez y su concepto místico-filosófico de "aparición", el peculiar misántropo Olmedo, el padre del prota y su “cohorte de afectados” y el Comediante, un perro que debería figurar en la antología de perros literarios, junto con Orfeo, el perro de Niebla de Unamuno y los extraordinarios y cervantinos Cipión y Berganza.

En la novela no ocurre casi nada extraordinario: lo extraordinario es la pluma del Landero, rica en matices e ideas imprevistas y detalles sorprendentes y reveladores, todo lo cual devuelve a la realidad el relieve, la belleza y la dimensión que nuestro apresuramiento le quita. Mientras que otros escritores intentan compensar con hechos extraordinarios lo ordinario de su prosa, Landero se puede permitir el lujo de contarnos cualquier cosa, porque lo hace de maravilla, sin ser prolijo ni erudito, sino solo vivaz y oportuno.

Recomiendo, en fin, la novela, porque, construida con los sucesos más contingentes, acaba siendo una unidad de lo más necesaria.

25 junio 2013

Malaparte Superstar

Alejandro Luque

Malaparte, vidas y leyendas

Maurizio Serra

Tusquets, 2012. Colección "Tiempo de Memoria"

ISBN: 978-84-8383-430-5

560 páginas

24 €

Traducción de Juan Manuel Salmerón



Quien haya intentado alguna vez escribir una aproximación biográfica de cualquier personaje, sabrá que el principal escollo no reside, por lo general, en la falta de datos, sino en la dificultad para verificar aquellos de los que disponemos. La vida de los hombres es un marasmo de pistas falsas y de subjetividades que no siempre resulta fácil distinguir. Y si se trata de un hombre como Curzio Malaparte, experto en jugar con todas las barajas, campeón de la ambigüedad y de la reescritura de sí mismo, el empeño puede ser titánico.

Lo es, sin duda, el que Maurizio Serra ha llevado a cabo en Vidas y leyendas, acertadísimo título por contener las siete felinas existencias de este escurridizo personaje, uno de los escritores más fascinantes de la Italia del siglo XX, y también sus versiones apócrifas, sus falsificaciones interesadas y toda la mitología que generó a su alrededor. Si bien se ganó la posteridad en dos libros (¿eran novelas, reportajes?) memorables, Kaputt y sobre todo La piel, Malaparte gastó buena parte de sus esfuerzos en la escritura de su obra maestra, su propio guión vital, éste que Serra desentraña con dos instrumentos básicos: uno, un conocimiento profundo no sólo de la obra malapartiana, sino de la época en que vivió. Y en segundo lugar, un permanente cuestionamiento de todo.

Era incapaz de engañar, porque para eso tendría que haber aceptado la realidad”, afirma el biógrafo, y con eso está dicho casi todo. Ni se llamaba exactamente Curzio, ni se apellidaba Malaparte; ni su famoso confinamiento en Lípari –una reprimenda de Mussolini– fue como lo contó, ni su divorcio con el fascismo fue tal… Sí estuvo en Rusia, y en Etiopía, y en China, “donde el socialismo se juega su última oportunidad”, aunque hay dudas de que lo recibiera Mao para contarle que admiraba sus Técnicas de golpe de Estado… Y sólo la enfermedad y la muerte le impidieron culminar su sueño de recorrer Estados Unidos, de Nueva York a San Francisco, en una gira triunfal en bicicleta. Pocos intelectuales como él merecen la manoseada denominación de testigos del siglo; pocos reflejan también la ambigüedad moral, ideológica y artística de su tiempo.

Narcisista, políglota, veterano duelista, pendenciero –a punto estuvo, al parecer, de liarse a puñetazos con su admirado Albert Camus en una discoteca–, poeta irregular pero prosista de un poderío abrumador, periodista dotado de un envidiable olfato y una ambición vigorizante, así es el retrato que Serra hace de nuestro personaje, sin eludir algunas cuestiones íntimas de su personalidad, como su desmedido amor por los perros y su extraña relación con las mujeres, a las que al parecer seducía de un modo fulminante, pero de cuyo contacto físico nunca llegó a disfrutar en plenitud. También aborda su paso de la literatura al cine, a lo Pasolini aunque sin tanta fortuna, y refleja a la perfección el desfile político que se produjo ante su lecho de agonía, en una clínica pagada por la Democracia Cristiana, y su tardía e irónica conversión al catolicismo, según ha explicado el biógrafo, “para no tener que ir a una clínica pagada por el Partido comunista”.

Si la vida, o las vidas, de Malaparte dan para una novela, es una novela de enredo, con un personaje central de una complejidad casi mareante, y desde luego nada edificante. Más o menos como el tiempo que le tocó vivir. ¡Ah! Para disfrutarla no hace falta haber leído Kaputt ni La piel, pero resulta muy difícil no verse tentado a leerlas o releerlas después de pasar la última página de esta biografía.


Muss / El Gran Imbécil

Curzio Malaparte

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-17-3

152 páginas

17 €

Traducción de Juan Ramón Azaola



Mientras leía estos textos de Curzio Malaparte, no podía evitar imaginarme una obra de teatro, un largo monólogo, lleno de giros y digresiones, en el que un bufón se dirige al cuerpo sin vida, ultrajado, colgado por los pies en la milanesa plaza Loreto, del dictador al que sirvió. Ese es, 'grosso modo', el contenido de Muss. Retrato de un dictador y El gran imbécil, aunque como todo lo que tenga que ver con el escritor de Prato, pueda prestarse a muchas interpretaciones.

Como bien explica Francesco Perfetti en el prólogo de esta edición, todo empieza con el proyecto de escribir la biografía de Mussolini, pues no hay escritor afín a una dictadura que no sienta como misión más o menos ineludible retratar para la posteridad a su gran guía. El voluble Malaparte, según explica su biógrafo Maurizio Serra, mantiene con el fascismo una suerte de “amor no correspondido”. Profesa el culto a la fuerza, y ve en la figura de Il Duce no sólo una oportunidad para el despertar de Italia, sino para sus propios intereses, que marcan su alejamiento del régimen conforme van viéndose frustrados. En esto llega el caso del confino, la detención y reclusión en la colonia penitenciaria de Lípari durante casi dos años. Éste será el gran argumento del autor para presentarse en adelante como mártir del antifascismo, y el gran giro que sufre Muss, un texto que en su primer borrador empieza como exaltación del sátrapa y acaba volviéndose feroz invectiva.

¿Cuál es el argumento del drama? Obviamente, la relación del intelectual con el poder, el modo en que aquél coquetea con éste, y también cómo el abrazo del poder puede hacer crujir los huesos del intelectual cuando alguno pierde el paso del baile. “Tú no sabes cuánto te he odiado, Muss. Cuántas veces te he escupido a la cara en mi celda de Regina Coeli, en la celda nº 461 del 4º Corredor, con aquel olor a chinches y a moho…”. Poco importa que sepamos que el escritor no sufrió un presidio tan angustioso, aunque para alguien tan libre como él cualquier cerco sería claustrofóbico. A quien oímos es al actor en plena representación, justo antes de dar el golpe maestro: se vuelve y dirige su discurso hacia el patio de butacas, es decir, hacia sus compatriotas.

La mala fe del pueblo italiano le lleva a fingir que cree en cosas, en personas, en ideas, en las que no cree, y a actuar en consecuencia. Tal era la mala fe de Mussolini (…) El italiano finge creerse sentimental: y no lo es. Romántico: y no lo es. Idealista: y no lo es”. Continúa una larga perorata en la que Malaparte va apretando nervios de la italianidad, dando a entender una idea cruel: un dictador es un producto de su pueblo, un reflejo de los peores atributos de la masa. Claro que el escritor, desde el escenario, pretende olvidar –y que olvidemos– que también él participó en la glorificación del Duce.

Llega entonces uno de los más fascinantes pasajes de este libro, el relato del encuentro de Malaparte con el asesino de Mussolini, en la plaza Colonna de Roma. “Era el asesino estúpido, banal, típico de la crónica negra de los años de posguerra en Italia (…) Le mató no como se mata a un hombre, sino como se roba algo de dinero de un cajón”. Naturalmente, Malaparte lo inventa todo, pero lo inventa muy bien, y encamina su imaginación hacia el terreno que le interesa: después de manifestar su odio hacia el tirano, ensaya un ejercicio de compasión similar al que haría en La piel.

Tras este intenso relato, llegamos a El Gran Imbécil, que entra de lleno en el terreno de la caricatura, pero una caricatura tan ácida y rabiosa que roza lo grotesco, si no fuera porque lo grotesco se parecía mucho al modelo original. No deja Malaparte, desde luego, de soltar patadas en las espinillas a los italianos, ese pueblo cobarde que necesitó de la ayuda extranjera para desalojar a Mussolini del poder, y cuando lo hizo, fue de aquella manera innoble y violenta…

Ésa es la obsesión que mueve estos escritos de Malaparte: el atroz fin de Mussolini, la frustración porque ninguno de sus fieles hubiera tenido la deferencia de darle una muerte honrosa. “Si yo hubiese sido uno de los suyos, no hubiera vacilado en dispararle”, escribe. Y de la imposibilidad de matar al Padre, al único consuelo posible: el escarnio jocoso, que de paso le colocaría del lado de los buenos en la nueva coyuntura. “A los tiranos no hay que matarles, hay que burlarse de ellos. No hay que cubrirles de sangre, sino de ridículo”.

¿Se puede decir algo más de este gran histrión? ¡Telón! ¡Aplausos!

[Publicado en M'SUR]

15 mayo 2013

El lector pasivo


Lo que no está escrito

Rafael Reig

Tusquets Editores, 2012. Colección “Andanzas”

ISBN: 978-84-8383-428-2

287 páginas

18 €




José M. López

Hoy vengo aquí a reivindicar la figura del lector pasivo. Gente que entiende de esto me había dicho que toda literatura de calidad requiere un lector activo, activísimo; y ya con las últimas olas posmodernas, algunos de cuyos prohibidos frutos, he de reconocerlo, he disfrutado, el receptor debía convertirse en un lector siempre dispuesto al esfuerzo, “vigoréxico” casi; un lector, en definitiva, explotado, obligado a realizar una serie de trabajos forzosos para desentrañar una trama compleja y apenas atisbada, para reconocer a unos personajes presentados a casi inexistentes pinceladas, para descubrir, finalmente, la grandeza simbólica de un libro donde nada es lo que parece. En esta literatura de calidad, el libro obliga al lector a trabajar por él, a hacer la tarea que él no se ha dignado, por obvia, a realizar, de modo que la novela en cuestión es más feliz cuanto más incómodo se siente el destinatario.

Yo estoy dentro de ese grupo de lectores masocas, pero qué pereza da a veces. En ocasiones, se agradece, tras una larga temporada realizando, a pico y pala, lecturas forzadas, convertirse en lector pasivo. No me refiero al lector dormido, que es otra cosa. El lector pasivo es aquel que, apoltronado en su sofá, disfruta de una trama que se muestra con claridad, pero también recibe, de manera placentera y descansada, una gran cantidad de jugosos conocimientos o agudas reflexiones que un autor inteligente decide aportarle. De una forma casi mágica, y  una vez acabada la distendida lectura, este lector pasivo  almacena en su mente toda una serie de insólitos puntos de vista  que le permite interpretar la realidad que le rodea de una manera totalmente novedosa. Y todo esto sin esfuerzo, en pijama, y dejando que el autor vaya colocando en su mente, sin que apenas lo note, todas estas ideas de una forma natural y descansada. Pues Rafael Reig es uno de eso autores a los que acudo si busco un libro que me aporte nuevos enfoques, personajes reales, y tramas bien diseñadas, con un estilo cuidado pero humilde, como si el autor no pretendiera  amargarme la vida.

 Debo decir que yo admiraba a Rafael Reig incluso antes de haber leído alguno de sus libros. Y esto se debe a que durante un año estuve visitando casi a diario su blog, que recomiendo desde aquí. En estas entradas aparece el día a día de un hombre inteligente y enormemente culto, pero sencillo, bebedor y campechano. Uno de esos tipos simpáticos que salen siempre sonriendo en las fotos, y abrazando fuertemente a la chica que posa con él. Así son, en mi opinión, sus libros: ingeniosos, eruditos y muy trabajados, pero amables y considerados con el lector.

El formato de novela negra es una de esas pastillitas que utiliza el señor Reig para aligerarnos la digestión del libro. El autor es un verdadero maestro a la hora de construir tramas, y sobre todo, a la hora de diseñar su estructura. En Todo está perdonado, su última novela, se entrelazan dos historias: una es un “thriller” psicológico, protagonizado por Carlos, un padre divorciado que recoge a su hijo Jorge para pasar un fin de semana en la sierra. Por un descuido aparente, Carlos deja a su ex mujer, Carmen, una novela negra que acaba de escribir. Carmen no puede comunicarse con ellos en todo el fin de semana, debido a que no hay cobertura, por lo que empieza a leer la novela, y a interpretar la realidad a través de esa ficción que su ex le ha dejado, no sabemos si intencionadamente o no. Obsesionada, termina creyendo que el libro está lleno de mensajes ocultos y malintencionados que su ex marido intenta comunicarle, y que aportan ciertas pistas a cerca de las, según ella, oscuras intenciones del padre. ¿Están verdaderamente en el libro esas maléficas intenciones del autor, o es la imaginación de Carmen, la que lee entre líneas lo que no está escrito, y de ahí su angustia? Así, como se afirma en la novela, “(…) este es el problema de la lectura, proyecta sobre el texto la sombra de tus deseos o de tus temores, tu propia sombra que oscurece la página hasta que sólo lees lo que esperabas leer, y todo trata de ti (…)”

El libro de Carlos se convierte, por tanto, en una amenaza, en una  novela viva, creadora del  mundo que rodea a Carmen, y que ansía ser leída, lo exige, para después jugar con la mujer, manipularla y desvirtuar así la forma en la que esta interpreta los hechos. De esta forma, Lo que no está escrito se convierte en una novela sobre la lectura, actividad no siempre saludable, pero, al igual que la escritura, también creativa, debido a la voluntad e inventiva del lector.

El libro gira en torno a estos tres personajes: a Carlos lo conocemos a la perfección. Es el padre severo, a la antigua usanza,  que ama a su hijo, pero del que a la vez se avergüenza, debido a que no soporta su debilidad. Carmen es la ex mujer bondadosa pero resentida, que se convierte en el espejo del lector, al que la novela, la de Carlos, o la de Reig, va a tomar como víctima.

Lo que no está escrito es una brillante novela de suspense que no te deja respirar hasta la última página. Y al terminarla, notas que el  autor ha jugado contigo, que has sido zarandeado, sacudido de un lado a otro como un pelele. Y has disfrutado como un niño; eso sí, tranquilamente, sin mucho esfuerzo. 

01 abril 2013

Jóvenes, guapas y tópicas





Las poseídas

Betina González

Tusquets, 2013. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-457-2

184 páginas

16 €

VIII Premio Tusquets Editores de Novela






José Martínez Ros


Situación del autor de la reseña ante esta novela: desconoce la obra previa de la autora, por lo que no tiene expectativas favorables o desfavorables hacia ella; no obstante, siente un profundo respeto hacia la trayectoria de la editorial que lo publica y hasta admira a alguno de los miembros del jurado que la ha premiado y que, por lo tanto (presuntamente), lo han escogido entre los originales presentados a dicho certamen.

Después de la lectura, lo más positivo es: que Betina González, de la que duda que vuelva a leer otro libro, no escribe mal. Incluso, podría decirse que escribe bastante bien. Es capaz de transfigurarse de forma convincente en la narradora quinceañera. Sus virtudes lucen en varios pasajes donde un autor o autora más mediocre se habría estrellado sin remedio.

Por ejemplo:

a) Al contar de modo gélido y crudo, desprovisto de cualquier sentimentalismo, el primer escarceo sexual de una adolescente con un desconocido.
b) En un largo fragmento en el que explica las relaciones de poder entre los distintos subgrupos que se crean en el interior de colegio religioso de Buenos Aires que sirve de escenario de la novela. 
c) En un ciertamente intenso monólogo en el que una de las protagonistas relata diferentes hechos de su pasado. 

Betina González no es una mala escritora. De hecho, al nivel más básico, Las poseídas es una novela lo suficientemente amena (y breve) para que el autor de esta reseña la haya leído en un par de tardes. Y, sin embargo, mientras lo hacía no ha dejado de recordar esta cita del más importante narrador de nuestra lengua de las últimas décadas, que es, como todo el mundo sabe o debería saber, Roberto Bolaño: “Si la historia que narras es inane o está muerta o es archisabida, una estructura adecuada puede salvarla (aunque no por mucho tiempo, eso también hay que reconocerlo), en tanto que una historia muy buena, si está contenida en una estructura, digamos, periclitada, no la salva ni Dios.

El problema de Las poseídas es que a) no es una historia muy buena -más bien diría que es un relato alargado, con dos o tres episodios de relleno- y b) está contenida en una forma que estaba dejando de ser original en la época de Esquilo y Sófocles.
           
Veamos: ¿de qué va Las poseídas?

-Personaje narrador encerrado, mental y físicamente, en un espacio opresivo, rígido, asfixiante, etc. El colegio de las monjitas.
Reacción del autor de esta reseña: me suena.

-Llega de ninguna parte, o de un lugar exótico -en este caso la decadente Europa- la coprotagonista, que es una chica que tiene todas las virtudes activas de la que carece la narradora: es rebelde, apasionada, bella, inteligentísima, apasionada, etc.
Reacción del autor de esta reseña: os damos la bienvenida, viejos y queridos tópicos.

-Evidentemente, la narradora y la chica bella, atormentada y rebelde se harán amiguísimas porque sí, sin más justificación que la necesidad de la autora de insuflar algo de oxígeno a su agonizante novelilla, tanto que sus compañeras de clase llegarán a suponer que son lesbianas.
Reacción del autor de esta reseña: hubiera sido más interesante si se hubieran estado tirando -metafóricamente- de los pelos durante unas cuantas decenas de páginas. O que fueran de verdad lesbianas, qué demonios.

-La amistad entre la narradora y la chica bella, atormentada y rebelde cambiará profundamente a la primera, y su relación chocará contra las autoridades que rigen el espacio opresivo, rígido, etc. en el que se hayan recluidas. Lo que, por lo demás, es bastante lógico si se dedican al vandalismo, como las protagonistas de esta novela.
Reacción del autor de esta reseña :¡no me lo esperaba! ¡Increíble! ¡Lo nunca visto!

-Final trágico (para la chica apasionada, rebelde, bella, atormentada, etc.) y para la protagonista empieza “su verdadera vida”.
Reacción del autor de esta reseña: se desploma sobre su sofá y está a punto de aplastar a su pobre gata. Adopta posición fetal. Zzzzzzzzzzzzzz. Sonoros ronquidos.

Además de eso, hay un par de episodios de relleno un tanto aburridos, entre los que destaca una pequeña saga gótico-pampeña que intenta explicar por qué la chica apasionada, rebelde y atormentada es tan apasionada, rebelde y atormentada y cuyo final (también muy trágico y sanguinolento) ha hecho recordar al autor de esta reseña uno de sus relatos favoritos de todos los tiempos, "Elly" de William Faulkner, que curiosamente también está protagonizado por una adolescente con, digamos, inquietudes no convencionales.

Como el autor de esta reseña quiere acabarla de una manera constructiva, recomienda a la Sra. González la lectura de "Elly" de William Faulkner para que compruebe con sus propios ojos que es posible contar una historia de una adolescente problemática de una forma original e interesante e, incluso, genial, hoygan.

28 febrero 2013

Ligereza y profundidad


Después del terremoto

Haruki Murakami

Tusquets, 2013. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-449-7

192 páginas

17 €

Traducción de Lourdes Porta



José Martínez Ros

Los protagonista de Después del terremoto, este -extraordinario, ya lo podemos indicar- libro de relatos de Haruki Murakami no son lo que podríamos llamar “gente especial”. Más bien, todo lo contrario. Puede ser un joven oficinista que sigue viviendo con su madre, una señora muy religiosa y ligeramente desequilibrada. Puede ser una chica que, de repente, decide abandonar su entorno familiar, sus estudios, el lugar en el que nació e instalarse en una pequeña localidad costera. Puede ser un ejecutivo cuya mujer primero se obsesiona con los reportajes televisivos acerca del terremoto de Kobe de 1995 (al que se alude, de una forma u otra en cada uno de los seis relatos que componen el libro) y, finalmente, sin ninguna explicación, lo abandona. Puede ser un escritor sin éxito que rememora un fallido primer amor de sus años de universidad…

Son personas con las que cualquiera de nosotros podemos sentirnos identificados, que padecen una cierta, pero nada anormal, melancolía o tristeza o alguna de las múltiples formas de la soledad contemporánea, pero que, sobre todo, experimentan una sensación de vacío, de estar incompletos, aislados, inarticulados que todos conocemos, ¿verdad? Y que de repente se topan lo extraordinario, con una visión, un hecho, una epifanía privada que de repente ilumina la penumbra monótona de su existencia, que les permite, por primera vez, a menudo de manera dolorosa, comprender su propia vida. Una técnica que hace que este libro de cuentos nos recuerde, y mucho, a los famosos Nueve cuentos de Salinger, y percibamos una vez más la gran influencia que ha tenido el autor norteamericano sobre el japonés.

Por supuesto, “lo extraordinario” tiene distintos rostros para cada uno de ellos. Un anciano pintor que tiene la inexplicable costumbre de encender hogueras por la noche, en una playa solitaria. Un desconocido al que le falta el lóbulo de la oreja y que tal vez sea el padre que nunca llegó a conocer el protagonista o el propio Dios. Incluso, una rana gigante de dos metros de altura que se presenta en tu casa, te sirve un té y te anuncia que debes ayudarla a salvar Tokio de una catástrofe inminente y sobrenatural (este relato, "La rana que salvó Tokio", el único puramente fantástico del libro, nos trae a la memoria, inevitablemente, a alguna de las películas de otro genio nipón, Hayao Miyazaki, el director de La princesa Mononoke, El castillo ambulante y El viaje de Chihiro). Murakami desarrolla cada una de sus historias con una prosa depurada y limpia que se adecua al contenido, a una narrativa compleja y multidimensional que sabe adoptar la máscara de la sencillez.

En su combinación de ligereza y profundidad, en la absoluta perfección de cada uno de los relatos que lo forman, este pequeño libro, de apariencia modesta, es una de las obras mayores de Haruki Murakami y una nueva prueba de que se ha convertido en uno de los más grandes artífices de la literatura contemporánea.

30 octubre 2012

'Back to basic'


Baila, baila, baila
Haruki Murakami
Tusquets, 2012. Colección "Andanzas"
ISBN: 978-84-8383-425-1
464 páginas
22 €
Traducción de Gabriel Álvarez Martínez

 


José Martínez Ros
¿Cuándo?
La carrera literaria de Haruki Murakami comenzó con dos novelas breves que el autor escribió mientras aún regentaba un club de jazz en Tokio. Pero no alcanzaría una mínima difusión hasta la publicación de la tercera, mucho más extensa, La caza del carnero salvaje, que lo convirtió de inmediato en un autor de culto, traducido a varios idiomas -al inglés, por ejemplo, donde mereció una crítica entusiasta del distinguido novelista John Updike, nada menos, y al español, donde fue publicada por Anagrama y nadie le prestó la mínima atención- y que, lo más importante, contenía ya la semilla del particular Universo Murakami: un protagonista treintañero perdido en su propia vida que se ve obligado a reconstruir su identidad casi desde cero, un misterio que da a la historia un aire de noir postmoderno, el pasado imperial japonés como una recurrente y acechante pesadilla, personajes que parecen existir en varias realidades alternativas y una perceptible influencia de autores norteamericanos como Raymond Chandler, Philip K. Dick o Thomas Pynchon.
 A continuación, llegó su novela más experimental y lírica, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas que consolidó su fama como un autor minoritario, creador de thrillers existenciales que mezclaban el género detectivesco con ingredientes de ciencia-ficción o puramente fantástico. No obstante, como reconoce con desarmante sinceridad el propio Murakami en su entrevista en la legendaria revista literaria Paris Review, a continuación decidió escribir una obra más sencilla y totalmente realista que le permitiera llegar a un público mayor. El resultado, no hace falta decirlo, fue Norwerian Wood (Tokio blues, como fue absurdamente editada en español), que se convirtió en un éxito mundial absoluto y que, en la práctica, le obligó a dejar Japón durante unos años ante el acoso de multitudes de fans y medios de comunicación. Tusquets nos ofrece ahora el primer resultado de su “exilio” -durante el que impartió clases en una universidad de Estados Unidos-: Baila, baila, baila, su sexta novela, una secuela autónoma de La caza del carnero salvaje, originalmente publicada en Japón en 1983, un auténtico 'back to basics', un retorno a su imaginario original.

¿De qué va?
Hacia el final del texto, el protagonista, un solitario periodista freelance, reflexiona: “He pasado por varias situaciones peculiares. Varias personas han muerto. Otras han desaparecido. Todo ha sido muy confuso, lo que quiere decir que esa confusión se haya desvanecido. Imagino que seguirá ahí durante mucho tiempo. Pero he cerrado un círculo”. Es un buen resumen de una obra que incluye un lujoso hotel de Sapporo que contiene -metafísicamente- otro hotel, sobre cuyos cimientos se ha levantado; una adolescente huraña dotada de una sensibilidad casi sobrenatural, Yuki, que es, sin duda, uno de los más grandiosos personajes femeninos murakamianos: un hombre, carnero, una prostituta de lujo con las orejas perfectas y un poeta norteamericano, veterano de Vietnam, con un solo brazo; y unas cuantas portentosas epifanías dignas de Virginia Woolf: “El mar era un pensamiento gigantesco sobre cuya superficie llovía silenciosamente. Desde la orilla, personas sin rostro contemplaban el horizonte. Parecía que el tiempo infinito se había convertido en una colosal madeja que flotaba en el cielo…”.

¿Merece la pena?
Sí, muchísimo. No es una obra maestra del nivel de Kafka en la orilla o la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, dos de las ficciones literarias más ambiciosas que ha producido nuestra época, pero, sin duda, es muy superior a su reciente 1Q84, quizá su peor libro hasta la fecha, donde mezclaba capítulos de prodigiosa intensidad con lo que parecía involuntarias autoparodias y repeticiones. Y, lo más importante, es una novela muy superior a casi cualquier otra cosa que pueden encontrar en su librería entre las “novedades”. Si aún no se han adentrado en el peculiar Universo Murakami, La caza del carnero salvaje y esta magnífica Baila, baila, baila son la mejor puerta de entrada.

22 marzo 2012

El dilema


Conversación

Gonzalo Hidalgo Bayal

Tusquets, 2011. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-348-3

238 páginas

17 €



Rafael Suárez Plácido

Alguien me tiene dicho que la primera reforma importante que habría que hacer en España es la de enseñar, o aprender —según como se mire—, a conversar, y no le falta razón. Es normal. El concepto de tertulia que se nos vende a través de los canales de televisión y emisoras de radio, verdaderos maestros, sobre todo la televisión, de hoy en día, no tiene nada que ver con la idea ya clásica de una conversación en la que funcionan varias partes y necesariamente es una la que interviene hablando y otra u otras, las que lo hacen escuchando. La mayoría cree y asume que está preparada para hablar, para opinar. ¡Qué diferente sería si pudieran oírse! Pero son muy pocos los que saben escuchar. No tenemos que ir a canales de televisión ni a bares para comprobar esto. Baste con visitar cualquier parlamento o sala de juntas. Baste con asistir a cualquier juicio, en los que constantemente hay que mandar callar a las partes, sean estos quienes sean. Luego se quejan los profesores: ¡si supieran que en sus aulas es donde más se respetan las maneras!

Profesor, y de Secundaria, es también, además de novelista, Gonzalo Hidalgo Bayal y a su último libro le ha dado este título que me suena tan atrevido: Conversación. Atrevido y utópico. Y es atrevido no sólo por esta reflexión anterior, sino porque sus cuentos se presentan casi como fragmentos de otro tiempo. No sabría decir de cuándo, pero sí, de otros tiempos. Son cinco relatos en los que un hombre de edad avanzada recuerda algo que ha ocurrido, o está ocurriendo, hace ya bastante tiempo y lo cuenta a alguien que le está escuchando y no interviene más que oyente y, diría más, lector. Apenas hay diálogos, pero la presencia de los interlocutores es constante. De ello dan fe las fórmulas de cortesía y las construcciones fáticas, que, a su vez, funcionan como pequeños respiros para el lector ante la avalancha de información con que le van seduciendo estas historias.

A algunos les parecerá un caso de autor tardío, pero no, no es eso. Hidalgo Bayal lleva a sus espaldas varios libros de poesía, relatos y novelas. Pero hasta la publicación de Campos de amapolas blancas y La paradoja del interventor, para mí hasta el momento sus dos mejores libros, no llamó la atención de Tusquets que, inmediatamente, procedió a reeditar ambos títulos con el lógico éxito de crítica que supone una obra tan singular y tan milimétricamente forjada y, a partir de ahí ha publicado la novela El espíritu áspero y el pasado 2011, este libro de relatos: Conversación.

Son cinco relatos, ya lo he dicho, en los que un hombre confiesa o justifica o ambas cosas algo que ha sido esencial en su vida. “Prometí que nunca contaría lo que voy a contar…” Así comienza el primero de ellos, “Kalé heméra”. En realidad, los cinco relatos rompen el silencio que, por una u otra razón, se ha impuesto el narrador durante años. La Literatura es un asunto muy importante: si lo que tienes que decir no es fundamental, no lo digas. O eso parece pensar el autor extremeño.

El citado “Kalé heméra” es uno de los mejores relatos. En él el narrador relata su primera casi experiencia como profesor y a lo que esta le llevó. Nos dice algo así como que lo que tiene que ser, será. Se preguntarán ustedes si queda justificada esa ruptura del secreto al que se refiere al inicio del relato. Eso tendrán que juzgarlo ustedes tras leerlo. Yo sólo les puedo adelantar que este relato, como los otros cuatro es un goce del lenguaje. Si ya han leído a Hidalgo Bayal, ustedes también lo sabrán.

El relato que más me ha interesado es “Aquiles y la tortuga”. Un personaje importante del mundo de las letras repasa la vida de un condiscípulo de su época de estudiante de Bachillerato. En este relato, quizás el más personal que el autor haya escrito da rienda suelta a lo que es una de sus mayores pasiones: el gusto por el mundo clásico. Al inicio de este texto dije que eran unos fragmentos de conversaciones y este relato gira sobre los fragmentos de los presocráticos y cómo su lectura puede cambiar la vida de un joven en quien su entorno tenía fijadas otras metas. Pero ya lo hemos dicho: lo que tiene que ser, será. Y cuando menciono el gusto por el mundo clásico, también podría mencionar la Filosofía, o la Ética. El eterno problema del bien o el mal. Todos los relatos nos crean la duda de si lo que hacen los personajes está bien o mal hecho. Los narradores no se dejan nada en el tintero. Y lo que se dejan, nos lo dejan ver con artificios más sutiles. ¿Está bien lo que hace el profesor de “Kalé hemerá”, o lo que hace su alumna, o su marido? ¿Y es posible justificar lo que hace el Corzo? ¿Sabemos realmente qué es lo que ha hecho? ¿El “Monólogo del enemigo”, esa reformulación de El Duelo, de Conrad, parece una apología del mal por ambas partes, o ambos son inocentes? ¿Y quién diablos es el narrador de “Reparación” y qué pretende? En todas y cada una de sus páginas reside el dilema ético y los narradores, cuando lo cuentan todo, son conscientes de ello y de que no siempre van a salir bien parados.

El otro ingrediente es el lenguaje, que es el que lo justifica todo. Si alguien no cuenta la historia de unos personajes, estos no existen; ¿si alguien no cuenta nuestra historia, existimos? ¿Estamos vivos o muertos? ¿También el lenguaje nos justifica a nosotros?

14 marzo 2012

De Litteraria Expeditione et Sophortia


Mason y Dixon

Thomas Pynchon

Tusquets, 2012. Colección "Fábula"

ISBN: 978-84-8383-385-8

960 páginas

12,95 €

Traducción de Jordi Fibla



Fran G. Matute

A simple vista, poca enjundia parece ofrecer el trazado de una demarcación geográfica. Pero todo tiene su historia. Y en el caso de la llamada Línea Mason-Dixon hasta podríamos decir que mucha. Todo fue fruto de una disputa territorial entre cuatro de las antiguas colonias británicas americanas: Delaware, Virginia (en aquel entonces, West Virginia), Pennsylvania y Maryland. Una frontera imaginaria que separara el Sur del Norte allá por 1767. Esclavos sí o no, era la verdadera cuestión de fondo. Un encargo que fue acordado otorgar por la Royal Society a un astrónomo y a un topógrafo, ambos de origen inglés: Charles Mason y Jeremiah Dixon.

A la hazaña de Mason y Dixon le han cantado Johnny Cash, Waylon Jennings y hasta The Long Ryders, por lo que no se trata de un evento totalmente ajeno a la memoria colectiva norteamericana. Pero si dicho momento de la historia, tan puntual como tangencial, es retratado por Thomas Pynchon, la cosa cambia. Enormemente. Se suele apuntar que Mason y Dixon (1997) es la obra a la que más años de trabajo ha dedicado su autor. Lo cierto es que cuando se publicaron sus cerca de 800 páginas (en la versión original), Pynchon contaba ya con 60 años. Y Mason y Dixon se convertiría -hasta la publicación de Contraluz (2009)- en su segunda novela más voluminosa.

Quizás resulte pertinente enfocar, antes que nada, el planteamiento que utiliza Pynchon para contar la epopeya de Mason y Dixon. No nos parece desafortunado afirmar que Mason y Dixon es una novela histórica. Con tintes postmodernos, por supuesto, pero histórica por encima de todo. Aunque bien es cierto que Pynchon no pone el acento en las vicisitudes territoriales que dieron lugar a la expedición sino que le preocupa, en esencia, la relación de amistad entre sus dos protagonistas. El "historicismo" de Pynchon recae, básicamente, en un elemento: la novela está escrita al estilo de las grandes obras del Siglo XVIII. Es un esfuerzo por recrear una literatura ya histórica en sí misma. Hacer creer al lector que se encuentra verdaderamente ante un texto contemporáneo a los hechos que se narran en él. Para ello se apoya en un subterfugio: la historia de Mason y Dixon es contada por un personaje de la novela, el Reverendo Wicks Cherrycoke, que asegura haber conocido en primera persona a los verdaderos protagonistas y se encarga de relatar, a todo aquel que le quiera escuchar, la odisea que vivieron estos dos particulares científicos.

"Los hechos son juguetes con los que se distraen los abogados, son peonzas y aros, siempre girando...", pone Pynchon en boca de Cherrycoke. Y esta frase ejemplifica a la perfección el segundo juego metaliterario que ofrece Mason y Dixon. Porque Pynchon juega con el lector del mismo modo -o, mejor dicho, a la vez- que el Reverendo lo hace con su cálida audiencia. Pues la narración tornará folletinesca cuando las mujeres estén deambulando por la casa o incidirá en los aspectos más fantasiosos y aventureros si, por ejemplo, los jóvenes gemelos se sientan al calor de la chimenea. Y gracias a este sutil y constante juego de espejos, Mason y Dixon se convierte en un carrusel de estilos narrativos y anacronismos.

Si bien el enfoque "historicista" que toma Pynchon en Mason y Dixon puede llegar a resultar novedoso hasta para el más pynchonita, no lo son, en cambio, el resto de elementos que salpimentan la novela. No se sorprendan si en el marco de esta narración dieciochesca surgen perros sabios que hablan o patos robóticos junto a personajes históricos en situaciones comprometidas. O incluso si creen leer alguna alusión, por muy velada que esta sea, a la invención del 'ketchup' o a una abdución extraterrestre. Tampoco echarán en falta las típicas disquisiciones cientificistas, tan del gusto del autor, pues hay páginas y páginas de discusiones sobre las herramientas y técnicas utilizadas por Mason y Dixon en sus mediciones topográficas así como profusas explicaciones sobre el cálculo de vectores, latitudes y meridianos, para determinar los cuatro segmentos en los que se compuso el área a demarcar: la línea Este-Oeste, la línea Norte, la Tangente y ese contradiós geométrico derivado de aplicar un radio de doce millas alrededor de New Castle (Delaware), conocido como "el Arco". Y durante el trabajo, una constante sucesión de debates entra la ciencia y la creencia, la astronomía y la geomancia, la astrología y las fuerzas magnéticas.

Como siempre, la clarividencia de Pynchon y su verborreica prosa inunda toda la novela, convirtiendo un, 'a priori', frío y aburrido encargo en una aventura de lo más excitante. Pues a lo largo de su recorrido -casi en paralelo al río Potomac-, Mason y Dixon, y toda su expedición, van topándose con la fauna más variopinta. Una sucesión de personajes que recuerdan al extraño viaje que proponía Donald Barthelme en El padre muerto (1975), y que es utilizado por Pynchon para ofrecernos toda una lección de historia sobre los nativos de América.

Y todavía no hemos hablado de lo más fascinante que tiene Mason y Dixon que no es otra cosa que el retrato que nos regala Pynchon de los dos protagonistas. La forja de una amistad caballerosa, de respeto profesional y personal, de admiración y aprendizaje, de camaradería al fin y al cabo. Pues en el fondo, lo que Pynchon nos ofrece, bajo tantas capas de metaliteratura, es la radiografía de dos seres de carne y hueso que son manipulados hasta la extenuación por un escritor en estado de gracia. ¿Cómo es posible hilar tan fino en la construcción de una personalidad en medio de tanto caos creativo? Ahí reside el genio de este autor capaz de humanizar el desorden y de domar la incongruencia. Por ello Mason y Dixon es la obra más equilibrada de Thomas Pynchon hasta la fecha. La que mejor aúna el ansia experimentalista de su autor con esa ingente capacidad narrativa y descriptiva que tiene. No se me asusten por el tamaño pues Mason y Dixon es, dentro de las obras maestras de Pynchon, probablemente la más lineal y accesible. Por eso creemos firmemente que si quieren empezar a leer a Pynchon, este es el lugar adecuado: en algún punto entre la latitud 39°43′15''N y la 23''N.

31 enero 2012

El paisaje literario de los bloques



Paseos con mi madre

Javier Pérez Andújar

Tusquets, 2011. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-398-8

184 páginas

15 €




Daniel Ruiz García

En Paseos con mi madre, Javier Pérez Andújar retoma la senda iniciada en su deslumbrante novela de debú, Los príncipes valientes, con una recuperación de la memoria personal sobre la cual teje su propio ideario ético y estético. En cierto modo, cabe leer esta tercera novela de Andújar como una continuación de la primera, ya que, como ésta, recurre a la misma peculiar voz narrativa y al tono autobiográfico e intimista, reforzando muchas de las tesis ya expuestas en Los príncipes valientes y ampliando el arco de consideraciones hacia otras realidades, especialmente hacia su condición de sujeto perteneciente, sentimental y culturalmente, al extrarradio (“la internacional de los bloques”, como él lo denomina). Paseos con mi madre es un gran homenaje a las periferias urbanas, pero también es una rendición de cuentas con la memoria y con sus orígenes familiares obreros y humildes. La voz que encontrábamos en Los príncipes valientes afronta en Paseos con mi madre su fase de madurez, con el paso por el periplo estudiantil, por la incorporación laboral, hasta llegar a la época actual. Un recorrido que, en todo caso, no se aborda de forma diacrónica, sino a través de capítulos que operan como una suerte de flujos de conciencia donde, más que leer, pareciera que flotáramos hacia una deriva suave y muy musical cuajada de estímulos.

La familiaridad de Pérez Andújar con la cultura popular le permite manejar abundantes referentes pop con absoluto desparpajo. Esos referentes que en otras literaturas pueden resultar algo forzados o incluso chirriantes, en el caso de Pérez Andújar resultan enormemente naturales, casi inherentes al estilo. Esta solvencia en el manejo de los referentes de la cultura popular le otorga a su escritura una frescura que sin embargo no está reñida con la elegancia. Porque si algo sobra en la literatura de Pérez Andújar es precisamente la elegancia en su forma de contar, con un esteticismo que nunca resulta amanerado sino más bien vibrante y plástico, gracias a su competencia en la construcción de imágenes de fuerte potencia poética. El mismo Pérez Andújar define su forma de pensamiento como metafórica, analógica (“La analogía es la tecnología con que funcionan los sueños, la maquinaria profunda del inconsciente”, página 48), algo que queda muy patente en el texto, con metáforas de enorme altura (“Barcelona es el cromo de una tableta de chocolate”) y una tendencia al símil que desemboca en asociaciones asombrosas (“el lenguaje es la clase obrera de la realidad, es la mano de obra que la construye. A cada realidad que se dice o que se escribe, la realidad le debe una cuota de plusvalía”). Y si bien es cierto que no se trata de un hallazgo, ya que esto ya estaba presente en su primera novela, sigue sorprendiéndonos, por su audacia y su efectividad, el uso que Pérez Andújar hace de las formas verbales futuras para narrar hechos del pasado. Porque, como ocurría en Los príncipes valientes, Paseos por mi madre habla del pasado y de la memoria recurriendo al empleo de la forma futura. En esta audacia reside buena parte de la apariencia algo hipnótica del texto, y su flujo musical que nos conduce, como en volandas, hacia el final de cada capítulo.

La literatura de Pérez Andújar asume un posicionamiento ideológico claro, el de hijo y nieto de obreros que se siente excluido de una Barcelona donde todavía se impone el pedigrí y los grandes apellidos (“de Barcelona sólo se es por familia y por dinero, en riguroso orden”), pero su izquierdismo tiene más bien una orientación estética y casi diría atávica, poblada de símbolos sentimentales, como por ejemplo la cazadora de cuero negro que el narrador lleva luciendo desde hace 25 años y que recibió como herencia de su padre. “Se pertenece antes a una chaqueta que a una patria o a una clase”, llega a afirmar al respecto, reconociendo con ello el valor sentimental y memorial que esconden los objetos en los que se representa la huella familiar, que es una huella de lucha obrera y de resistencia frente a la invasión de los iconos de un nuevo tiempo. Iconos como el Pryca, y su condición de locomotora económica para Sant Adriá del Besós pero en realidad más bien apisonadora de sueños e instrumento para el embrutecimiento laboral colectivo.

Con Paseos con mi madre confirmo lo que ya sabía desde que leí el primer capítulo de Los príncipes valientes, y lo que más tarde demostró con Todo lo que se llevó el diablo. Que estamos ante una de las voces más peculiares, personales y estimulantes de nuestras letras recientes. Y que seguro que nos va a proporcionar, si continúa paseando así de bien, muchas alegrías lectoras.

10 enero 2012

Jugar con la mierda



Ventajas de viajar en tren

Antonio Orejudo

Tusquets, 2011. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-84-8383-363-6

160 páginas

14 €




Fran G. Matute

El libro de Antonio me ha gustado mucho. Trata de una mujer que encuentra a su marido con un palito meneando su propia mierda y, claro, lo termina metiendo en un manicomio. Y de vuelta en el tren se encuentra con un señor muy pesado que le cuenta su vida y le dice que es médico del manicomio y que lo que escriben los locos está muy bien, etcétera. La idea es muy original y me ha gustado. Sobre todo porque incluye en el libro los supuestos relatos escritos por los locos. Algunos son un poco asquerositos y eso.

El lenguaje que utiliza es muy rico y variado abundando los nombres comunes o sustantivos, los adjetivos calificativos y los verbos como mirar, decir, pensar, etcétera, por ejemplo.

También me ha gustado la foto que pone, aunque parece mayor de lo que dice. Y se ha cambiado el nombre, porque este libro ya salió hace un montón de años (fíjense que habla de Míchel y todo) y el autor tenía más apellidos entonces. No sólo pierde cabello sino apellidos. Yo lo conocí en la presentación del libro en Sevilla (que la condujo estupendamente nuestro compañero José María Moraga) y me pareció un chaval muy simpático y dicharachero, que estaba de acuerdo conmigo en todo y luego me invitaron a cenar y me puse morado, la verdad.

Luego nos fuimos a un bar de copas con otras personas del mundo de las letras (allí estuvieron las chicas de Edere, los poetas Braulio Ortiz Poole y Pepe Serrallé y los estadistas Alejandro Luque y Manolo Haro, entre otros). Sólo decir que nos lo pasamos requetebién, aunque me sentaron mal las croquetas.

Análisis del contenido: decir que como hoy la falta de tiempo es un problema de todos y todo el mundo va con prisa a todos los sitios, como el trabajo, la universidad, a comer, etcétera, me pienso que el libro es cortito por eso. De hecho el autor dijo algo al respecto en la presentación, porque también es profesor y se le quedan los alumnos dormidos en sus clases cuando son muy largas. Por eso este libro, dice él, le gusta a los jóvenes.

Los personajes son muy reales, teniendo mucha entidad psicológica, que parecen totalmente extraídos de la más cruda sociedad. La protagonista no sabría decir si es individualista o no, pero no me parece que tenga buen corazón porque metió a su marido en un manicomio (esto ya lo hemos dicho antes). El marido no sale mucho en la novela, por lo que yo creo que no era importante para ella.

Mi opinión personal en resumen es que el libro está bastante bien y trata problemas actuales (como, por ejemplo, el tráfico de órganos o la violencia de género) con un lenguaje rico y variado como he mencionado.

P.D.: Hoy es mi cumpleaños. A ver si el autor me regala algo por esta lúcida crítica hecha con hondura, rigor y sensibilidad.

28 noviembre 2011

Realidad A, realidad B


1Q84. Libro 3

Haruki Murakami

Tusquets, 2011. Colección "Andanzas"

ISBN: 978-8483-83-355-1

416 páginas

22 €

Traducción de Gabriel Álvarez Martínez



José Martínez Ros

1Q84, completada con este Libro 3, es, probablemente, como se ha remarcado, la novela más ambiciosa de Haruki Murakami y, desde luego, la más sombría. Este enigmático mundo paralelo (con sus dos lunas flotando en el cielo nocturno), está plagado de violencia (violencia de género, asesinatos, crímenes diversos, incluso una durísima escena de tortura) y fanatismo religioso. Sin duda, uno de los ejes del libro es la lucha del individuo común -representados por Tengo y Aomame- por reafirmar su identidad y no permitir que sea consumida por una fuerza mayor, por no dejarse arrastrar al vacío y la anulación.

La sensación que nos deja este volumen es ambigua: por un lado, las mejores cualidades de Murakami están presentes, sobre todo su capacidad hipnótica de atrapar al lector y llevarlo firmemente hacia donde él autor desee. Durante buena parte de la narración, los protagonistas están inmovilizados, cercados, y apenas hay acción; lo que, sin embargo, no impide que devoremos el libro. Los diversos elementos fantásticos que se enredan con la vida cotidiana de los personajes -coincidencias casi mágicas, fantasmagóricas escenas de sexo, la presencia de un “otro lado” difícil de describir, pero siempre inquietante, seres como Fukaeri que habitan simultáneamente varios niveles de la realidad- están dosificados con su habilidad acostumbrada, tejiendo un sutil entramado de símbolos que intentan descifrar por los protagonistas y, por supuesto, también los lectores. Es magistral también el modo en que van entrelazando tres soledades paralelas y casi incomunicadas poco a poco hasta conducirnos a un final característicamente murakamiano: lleno de huecos, de preguntas sin respuesta y, al mismo tiempo, extrañamente satisfactorio. Si han leído, el primer volumen y les ha gustado, no les decepcionará en absoluto. Como sucede muchas veces al finalizar uno de sus libros, uno tiene la sensación de que ha leído un perturbador cuento de hadas acerca de este mundo, en el que todos nosotros vivimos.

Pero, por interesante y a ratos magnífica, que me ha resultado la lectura de 1Q84, no he podido evitar (y es una impresión personal que puede que no compartan) una ligera –pero persistente- frustración. ¿Por qué? Tal vez porque los personajes, a excepción del insidioso y atormentado Ushikawa, que parece salido de una novela rusa, no resultan demasiado memorables o porque, en el azaroso curso de la narración, y casi por primera vez desde que leo a Murakami, he sentido impaciencia o irritación: hay escenas enteras que me parecen plúmbeas o repetitivas y la historia de amor de los protagonistas peca de obvia y tópica.

A pesar de que se anunciaba como su magnum opus, no alcanza, a mi juicio, la complejidad y el misterio (y la saludable y postmoderna locura) de la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo o La caza del carnero salvaje, que ya contenían en su interior varios mundos paralelos (y varias novelas paralelas), ni me parece tan redonda y perfecta como Kafka en la orilla ni tan conmovedora y saligeriana como Norwegian Wood; y esas son las obras por las que Haruki Murakami merece ser considerado uno de los grandes autores de esta época. Si ya las han leído (y disfrutado, puesto que Murakami es uno de esos artistas que tiene prácticamente el mismo número de admiradores que de detractores), el oscuro universo de 1Q84 les parecerá muy familiar y, sin duda, querrán explorarlo, pero no hallarán muchas novedades. En cualquier caso, cualquier maestro tiene derecho a equivocarse en alguna ocasión, y Murakami-sensei ha acertado demasiadas veces para que nuestro desencanto sea duradero.