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01 marzo 2013

Ella llevaba un lazo amarillo

Un tronar de tambores y otras historias de la caballería americana

James Warner Bellah

Valdemar, 2012. Colección "Frontera"

ISBN: 978-84-7702-734-8

256 páginas

19,20 €

Traducción de Lorenzo Díaz



Fran G. Matute

Puedo hablar durante horas sobre John Ford. O durante días, quizás. No sé. Todo es cuestión de ponerse. Pero tranquilos. No se me asusten, que no es de Ford de quien vamos a hablar sino de James Warner Bellah. Lo que ocurre es que para hablar de Bellah es necesario referirse al director de cine. Es más, diría que, así de primeras, si alguien tiene el más mínimo interés por la literatura de Bellah es porque también es un apasionado de las películas de Ford. Estamos ante un escritor cuyo nombre se encuentra inexorablemente unido al gran maestro del cine ya que colaboró con él y proveyó de numerosas historias que luego formarían parte de la famosa “Trilogía de la caballería” que Ford facturaría entre 1948 y 1950. Y son precisamente esos textos los que se rescatan en este Un tronar de tambores y otras historias de la caballería americana, tercera entrega dentro de esa joya de colección que se ha inventado Valdemar dedicada al ‘western’, llama “Frontera”.

Personalmente, nunca he sido un gran admirador de la célebre trilogía fordiana (a saber, Fort Apache, La legión invencible y Río Grande) si tenemos que considerarla en su conjunto. Pero sí que me produce fascinación uno de esos títulos en concreto: La legión invencible (1949) que, a mi juicio, es una de las mejores películas de su director. Y esta es la cinta que más profusamente bebe de la literatura de Bellah, pues de los cinco relatos ambientados en Fuerte Starke que se incluyen en Un tronar de tambores…, tres de ellos forman parte del material literario que Ford utilizó para engordar el guión de La legión invencible, escrito por el gran Frank S. Nugent.

Por un lado tenemos “Comando”, que cuenta con gran detalle la maniobra táctica que utiliza el inquebrantable capitán Brittles para atacar a los indios sin tener que incumplir las leyes; por otro “La gran cacería”, en la que describe, con igual maestría, una estampida de bisontes (y que ni el mismísimo Joseph McBride reconoce en su ingente biografía de Ford); y, finalmente, “Partida de guerra”, en la que se narra el última día en activo de Brittles y que es el origen de una de las más grandes escenas de la historia del cine: la entrega del reloj, por parte de la compañía, al aguerrido y ajado capitán Brittles en el día de su jubilación. Es interesantísimo comprobar cómo la mano de Ford embellece esta escena tan impactante. Pues mientras para Bellah se trata de un detalle nimio, la entrega del reloj es para Ford el momento perfecto para quebrar a su personaje (interpretado con una sensibilidad apabullante por John Wayne), que pierde la rectitud marcial emocionado por el gesto de su regimiento… bueno, vale, paro, que dijimos que no íbamos a hablar de John Ford… pero vean la escena si no la conocen.

Son estos pequeños detalles los que, ‘a priori’, pueden llamar la atención sobre los textos de Bellah. Pero sería un error reducirlos a este juego de comparativas pues lo más sorprendente es que Bellah escribe excepcionalmente bien por lo que, desde un punto de vista estrictamente literario, son relatos que realmente merecen la pena ser recuperados con independencia de su vinculación con el cine de Ford. Por ejemplo, refiriéndose a un encuentro con los indios, Bellah escribe “el olor de un indio es resinoso, salado y rancio. Es por el humo de madera de sus tipis y por la fetidez de su aliento debido a que comen entrañas de animales. Es por su tabaco sin procesar y por el sudor de sus cuerpos sin lavar. Es por la grasa animal de su pelo y por el cuero viejo y las pieles curtidas con liga para pájaros y heredadas sin lavar de cuerpos ancestrales…”. Son imágenes potentes que si hubieran caído en manos de otro director de cine hubieran perdido gran parte de su fuerza expresiva.

Y si bien los relatos aquí incluidos no dejan de ser ‘flashes’ momentáneos de la vida dentro de la caballería, resulta más reconfortante, de cara a percibir mejor la hondura narrativa de Bellah, la lectura de la novela corta que da título a este volumen: “Un tronar de tambores” (1961). La inclusión de dicha novela corta -que no deja de ser una novelización del guión de cine que escribió el propio Bellah para la película Fort Comanche (Joseph M. Newman, 1961)- puede resultar algo chocante pues no parece terminar de encajar con los cinco relatos en los que se inspiró Ford para la “Trilogía de la caballería”. Se trata, como se explica en el enjundioso y brillante prólogo que hace Alfredo Lara López (puede sonar a exageración, pero sólo por leerlo ya merece la pena adquirir este libro), de una decisión puramente temática. En “Un tronar de tambores” se continúa explorando la vida de la caballería, con más detalle si cabe que en los cinco relatos de referencia, y aunque la acción de esta novela ya no transcurra alrededor del Fuerte Starke (como así ocurre en los citados relatos) y se trate de un material que no tiene relación alguna con el cine de Ford, su lectura es igualmente recomendable y, aunque extraña su incorporación a este volumen, no hace desmerecer el conjunto de la obra.

Ya reflexionamos brevemente, por aquí, al hilo de la publicación de Bad Lands de Oakley Hall, acerca de la bondad literaria de este tipo de literatura ‘western’, cuya calidad ha quedado, en muchas ocasiones, sepultada por las adaptaciones cinematográficas. Es evidente que no estaríamos aquí hablando sobre Bellah de no ser porque Ford adaptó sus historietas. Pero el rescate de las mismas no es un mero ejercicio nostálgico destinado para cinéfilos. Hay verdadera literatura en estos textos. Como la hay en Dorothy M. Johnson y Vardis Fisher (ambos ya recuperados por Valdemar) o en el ya citado Oakley Hall, o en Larry McMurtry (que está ya siendo rescatado por Gallo Nero y del que pronto hablaremos por aquí), o en Alan Le May, o en Ernest Haycox, o en Borden Chase, o en John W. Cunningham, o en Walter Van Tilburg Clark… simplemente estamos siguiendo el rastro, forastero…

21 diciembre 2012

Breve reseña para un mundo aterrador

Nueva Cultura del Apocalipsis

Adam Parfrey

Valdemar, 2012. Colección "Intempestivas"

ISBN: 978-84-7702-726-3

688 páginas

31,50 €

Traducción de Santiago García



José Martínez Ros

En 1988, el editor neoyorquino Adam Parfrey publicó una muy sorprendente antología de textos, Cultura del Apocalipsis, en la que mostraba lo que podríamos llamar los istmos más extremos de la contracultura contemporánea de Occidente (o más bien de sus subculturas más tenebrosas). Doce años después, y aprovechando el clima “milenarista” del momento, Parfrey publicó una segunda parte, que ahora traduce Valdemar, y que probablemente supera, en cuanto a nivel de bizarrismo a la primera y a cualquier otro libro que un lector mentalmente sano haya tenido jamás entre sus manos. Pondremos algunos ejemplos:

- ¿Sabían que diversos grupos fundamentalistas cristianos desean clonar a Jesús a partir de las diversas reliquias, como la Sábana Santa, que supuestamente conservan material biológico de Nuestro Salvador y de esa manera acelerar el fin de los tiempos? Según sus promotores, su plan ya estaba predicho en diversos capítulos de La Biblia. “En él tenemos la redención a través de su sangre” (Éfesos 1, 7). Los interesados pueden hacer donaciones al proyecto en la web www.clonejesus.com.

- “Programa cultural islámico de asesoría matrimonial gratuita. Entiende a tu esposa”. Un documento que se inicia con la memorable frase: “Hermanos , no pongáis nunca vuestro pene en la boca de vuestra mujer…”.

- Un gélido y muy bien narrado (por momentos, parece que estamos leyendo al propio Yukio Mishima) artículo del novelista y filósofo inglés Colin Wilson, famoso precisamente por su tendencia a la hipertextualidad compulsiva, la metaficción y su interés por temas como los OVNIS, el satanismo, la reencarnación , las diversas teorías de la conspiración y las formas no convencionales de religiosidad, sobre el caso del caníbal japonés Issei Sagawa, que asesinó y devoró parcialmente a una compañera de estudios holandesa en 1981 en París.

- Judíos por Hitler. Homosexuales nacionalsocialistas. Creo que no es necesario añadir más.

- ¡Las esclavas sexuales del Nuevo Orden Mundial! Pornografía literaria para paranoicos. Lean las (ardientes) confesiones de mujeres que, en trance hipnótico, descubren que fueron condicionadas mentalmente para servir de juguete sexual a líderes mundiales como Ronald Reagan, Bob Hope (sí, Bob Hope, el humorista), Gerald Ford, Dick Chenney, Kris Kristofferson (el cantante 'country' y actor), la familia Bush al completo, Hillary Clinton, Elvis, el Príncipe Carlos de Inglaterra, Frank Sinatra, Kareem Abdul-Jabbar, Neil Diamond y un larguísimo etc. He de decir que no me esperaba lo de Neil Diamond.

- Decenas de cartas recibidas por Anton LaVey, el fundador de la Iglesia de Satán, de personas interesadas en pertenecer a su congregación. ¡Sirva al Maligno y mejore su vida!

- Un literalmente estremecedor estudio donde compara las declaraciones de varios pedófilos y violadores convictos y confesos y fragmentos “literarios” extraídos de diversas publicaciones eróticas legales dirigidas al público masculino. Muchas, demasiadas, líneas convergentes.

- Panfletos de grupos supremacistas blancos que denuncian que Estados Unidos está siendo invadido por musulmanas que ocultan ántrax en sus vaginas.

Y hay mucho más.

Muchísimo más. No creo que exista la menor posibilidad de que el lector -cualquier lector- no se sienta ofendido, molesto, irritado, escandalizado o, simplemente, aterrado y acongojado por alguno de los capítulos que conforman este libro. ¿Por qué, entonces, deberían leerlo? Sobre todo, porque en él no hay ni una línea de ficción. Lo que encontramos son los productos marginales de nuestras sociedades democráticas, del capitalismo avanzado, textos hijos “de una época tan confusa, tan mutada, tan perfecta: perfectamente triste, perfectamente degradada, perfectamente corrupta”, como escribe Parfrey, que también señala en el breve e iluminador prefacio: “no prestar atención al material incluido aquí no erradica su existencia”.

09 junio 2011

¡Por el jodido amor de Dios!


Una peli porno

Terry Southern

Valdemar, 2011. Colección “Intempestivas”

ISBN: 978-84-7702-698-3

360 páginas

20 €

Traducción de Marta Lila Murillo



José María Moraga

¿Una reseña mala en Estado Crítico? También es posible, queridos lectores. Es de todo punto necesaria, si la novela a juicio es mala. Así que dadme las gracias por ahorraros leer un libro que no merece la pena. Más de cuarenta años después, llega a España Una peli porno (1970), novela del contracultural escritor norteamericano Terry Southern. A Southern podéis conocerlo por ser co-guionista de obrones como Teléfono Rojo... (1964), Barbarella (1968) o Easy Rider (1969) y de mierdas como The Magic Christian (1969). También sus libros alcanzaron bastante fama, por ejemplo Candy (1958), el propio The Magic Christian (1959), A la rica marihuana y otros sabores (1967) o este Una peli porno, Blue Movie en el original.

Digo esto para poner al autor en su contexto, lo que creo que merece la pena: si no, no se entiende el libro. En su día Terry Southern (reputado como inventor del “Nuevo Periodismo” para muchos) fue un escritor muy bien considerado. Peter Sellers lo recomendó hasta el ditirambo, y de él dijeron Gore Vidal que era “el escritor más profundamente ingenioso de su generación” y Norman Mailer que tenía “una prosa asesina”. Con este pedigrí diríase que nos encontramos ante un Kurt Vonnegut o un Philip Roth. Pues no, amigos, nos encontramos ante un Fernando Esteso de la literatura.

Una peli porno me parece un ejercicio de desfachatez, un artefacto cultural caduco que solo se comprende como hijo de una década –los 60, a los que sirve de coda- en la que imperaban la contracultura, la provocación gratuita (había motivos para rebelarse) y un cierto sentido estético del “todo vale”. La revolución sexual se pergeñó durante los 60, qué duda cabe que se materializó durante la década siguiente, pero hoy día podríamos llegar a la conclusión de que (gracias a Dios) ya no resulta necesaria.

El único valor que le reconozco a esta débil novela es el de la provocación y el escándalo, pero lo que en 1970 resultaba un escándalo hoy nos hace sonreír. También puede uno acercarse a Una peli porno con la curiosidad de un historiador o un anticuario, para ver lo que resultaba “underground” hace cuarenta años, pero sinceramente dudo que de su lectura hoy puedan derivarse ni mucho goce estético ni una seria reflexión intelectual. No cuela. Aunque la novela esté dedicada “al gran STANLEY K. [Stanley Kubrick], o venga precedida por un epígrafe de T.S. Eliot.

La supuestamente provocadora y desternillante historia es esta: un multilaureado director, Boris o Rey B., y un avispado productor, Sid Krassman, se dan a la tarea de rodar la película X más guarra y con mayor presupuesto de la historia del cine, pero con mérito artístico. (Nótese el juego de palabras del nombre del productor, ya que en inglés “crass man” quiere decir “hombre grosero”). Para lograr llevar a buen puerto la peli, de título Los rostros del amor, se recluta a Angela Sterling, una sex symbol ansiosa por hacer cine serio. El rodaje se lleva a Liechtenstein, ya que el pequeño país europeo financia la producción de la cinta a cambio de los derechos exclusivos de exhibición durante una década (inversión que confían recuperar con el esperado boom turístico de cinéfilos).

La novela trata pues de subvertir las mentalidades pequeñoburguesas y biempensantes de la sociedad sesentera, por lo que no falta una sátira a la religión y la moral hipócrita (solo diré que el Vaticano acaba saliendo a relucir). El problema es que Una peli porno no termina de despegar, y no resulta ni tan ácida como sátira ni tan divertida como libro de risa como indudablemente era su objetivo.

Seguramente leeréis en estos días muchas reseñas que celebren la aparición de esta novela en España, saludándola como una bienvenida aportación a la bibliografía contracultural y sesentera. Estoy seguro de que habrá mucha gente que disfrutará leyéndola, pero pese al relativo interés documental que pueda tener, el que esto escribe no puede recomendarla con la conciencia tranquila. Si queréis leer frases como “¡Méteme el trabuco!” o “¿Alguien quiere catar mi barbacoa?”, adelante. Luego no digáis que no os habíamos avisado.

21 febrero 2011

Gringo adulto


Ambrose Bierce y la Reina de Picas

Oakley Hall

Valdemar, 2010. Colección "Intempestivas"

ISBN: 978-84-7702-684-6

336 páginas

20 €

Traducción de Marta Lila Murillo


Fran G. Matute

Gracias a la publicación de Warlock (1958) en 2009, muchos oímos hablar por primera vez de Oakley Hall. Y gracias a la lectura de esa imponente novela de casi setecientas páginas (auspiciada por -sí, otra vez, Dani- Thomas Pynchon), nos enamoramos instantáneamente del autor y su prosa. Quizás un poco tarde, ya que Hall había fallecido el año anterior. Pero el esfuerzo editorial de Galaxia de Gutenberg por rescatar del olvido a una figura tan interesante, no cayó en saco roto, ya que muchos de sus lectores, impactados tras la lectura de aquélla alambicada historia sobre la construcción de una ciudad sin estatuto en pleno salvaje Oeste, se quedaron con ganas de más. Recuerdo que, compelido por la necesidad, indagué en la bibliografía de Oakley Hall en busca de más referencias y descubrí, con apasionado asombro, que el autor dedicó sus últimos años editoriales a la novela de misterio con una serie de aventuras protagonizadas, ni más ni menos, que por el legendario y fantasmagórico Ambrose Bierce.

Hete aquí que cuando Valdemar anunció la publicación de la primera de dichas aventuras, servidor no pudo parar de dar saltos de alegría hasta que cayó en sus manos un ejemplar. Ambrose Bierce y la Reina de Picas (1998) se hizo llamar la criatura y ha resultado ser un claro homenaje a las novelas de Sherlock Holmes pero ambientada en el San Francisco de finales del siglo XIX, donde 'Bitter' Bierce se gana la vida como periodista y cuya única obsesión es criticar el Ferrocarril (históricamente reconocida es su aversión al lucrativo negocio que rodeó en aquéllos años a este medio de transporte). Su rutina se verá distorsionada por culpa de una serie de asesinatos de prostitutas, todos aparentemente relacionados con un elitista club minero (la Jota de Picas) y sus envidiosos miembros y "miembras". Acompañando a Bierce tenemos a su Dr. Watson particular, el también periodista Tom Redmond, verdadero protagonista de la novela y narrador omnisciente, que ayudará a Bierce a desenredar la madeja de traiciones y dobles identidades que pueblan esta entretenida historia.

Desde el punto de vista estrictamente literario, si algo hay que destacar de esta primera incursión en las aventuras de Ambrose Bierce es la magnífica recreación que Oakley Hall hace de su San Francisco natal. Al igual que ocurría con Warlock, Hall se transforma en un maestro de la ambientación y su enciclopédico conocimiento de la época le convierte en el mejor narrador posible para imaginar cómo transcurría el día a día en aquélla ciudad tan boyante, que entraba con pasos de gigante en la modernidad. No obstante, debemos admitir que el desarrollo de los misterios que engarzan esta novela no goza de los mismos momentos de brillantez que los pasajes descriptivos de la misma. No es que Hall se muestre torpe a la hora de verter en el texto la información relevante para la resolución del arabesco, pero sí que hemos echado en falta cierto ritmo, cierta acción y, por qué no decirlo, mala leche, a la hora de desenmascarar la trama.

Asimismo, Hall desaprovecha la aventura para indagar más en la personalidad de su personaje estrella, dejando al lector un poco huérfano en este sentido, que ansioso por conocer más (aunque fuera en sentido imaginado) sobre una figura tan sombría como Ambrose Bierce, se ha de conformar con un par de brochazos gruesos sobre su poblado bigote y su misántropa actitud. En este sentido, baste recordar la exitosa novela de Carlos Fuentes, Gringo viejo (1985), que fantaseaba con el paradero del desaparecido escritor allá por 1914. Hubiera podido aprovechar el bueno de Oakley Hall en convertir esta primera aventura de Ambrose Bierce en su particular "gringo adulto", pero habrá que esperar a que se publiquen las restantes cuatro novelas de la serie para comprobarlo. Eso sí, Hall aprovecha todos los eventos biográficos conocidos de Bierce (incluida su relación con William Randolph Hearst) para adornar la trama de esta novela, sirviendo el escritor-personaje más como contextualizador de la época que como verdadero motivador de la acción, hasta el punto de que cada capítulo de esta narración viene encabezado por una de las caústicas definiciones ideadas por Bierce en El diccionario del Diablo (1906), en un sentido homenaje a su protagonista.

En cualquier caso, toca disfrutar ahora de este divertimento, que cabalga a medio camino entre el 'thriller' y la novela histórica, y que ayuda a poner de nuevo en el mapa la figura de Ambrose Bierce, autor de reconocida influencia literaria en contemporáneos como Edgar Allan Poe o Nathaniel Hawthorne y responsable de obras clásicas como su mórbida colección de Cuentos de soldados y civiles (que incluye la afamada historia "Lo que pasó sobre el puente de Owl Creek") (1891). Parafraseando al propio Bierce en la novela, recomendamos su lectura, no porque sea "importante", sino porque es "simplemente interesante". Que no es poca cosa en los tiempos que corren...

05 noviembre 2009

Schopenhauer sin aditivos

Parerga y Paralipómena

Arthur Schopenhauer

Valdemar, 2009

ISBN: 9788477026310

40 €

Traducción : Trad. J. R. Hernández Arias, L. F. Moreno Claros y A. Izquierdo


Luis Manuel Ruiz


A inicios del siglo XIX, Fichte enunció que el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de hombre que se es. Apenas treinta o cuarenta años más tarde, la vida sorprendente y lastimosa de Arthur Schopenhauer, que odiaba a Fichte, vendría a dar la razón a su aforismo. Un hipocondríaco que podía pasar dos meses seguidos sin abandonar su habitación, que consideraba que las mujeres no deberían salir jamás del jardín de infancia, que confesaba amor a su caniche Butz (conocido en medio Frankfurt por el apodo de “el pequeño Schopenhauer”) por encima del grueso de la humanidad, que detestaba el más mínimo ruido ambiental hasta el punto de rechinar los dientes ante los pasos de un vecino en el rellano, que se consideraba a sí mismo un genio explosivo y anónimo no podía sino generar una filosofía a su imagen y semejanza: uno de los mayores monumentos a la amargura, la lucidez y el nervio que ha alumbrado la civilización occidental. Conforme a su carácter, el universo de Schopenhauer es un lugar sin sentido donde reina una fuerza ciega llamada voluntad; el amor del hombre por la mujer, por muchos poemas que segregue, es sólo una excusa para el coito; el arte constituye la única válvula de escape en un mundo despreciable por su fealdad, su absurdo y sus molestias; el verdadero sabio, si no termina por ahorcarse, elegirá el mal menor del “suicidio metafísico de la voluntad” o la inacción absoluta, como una piedra o un funcionario. El mayor mérito de Schopenhauer radica en haber trenzado con dichos mimbres (desesperación, angustia, derrotismo y miedo) una obra que, paradójicamente, supone un canto a la curiosidad de conocer y un desafío a la inteligencia para que recorra las esquinas más oscuras y reveladoras de sí misma.


Todo ese entramado de clarividencia y asco figura de manera pormenorizada en la que se considera la obra capital del autor, El mundo como voluntad y representación, publicada cuando él contaba la edad de treinta y un tiernos añitos. En cuanto le puso el punto final, se declaró convencido de haber escrito la obra maestra de la Historia del Pensamiento (así, en mayúsculas). Pensó en encargar a su joyero una sortija en la que apareciera la Esfinge arrojándose de la cima de un peñasco, después de que alguien (él) hubiera logrado por fin resolver todos los enigmas habidos y por haber que plantea el destino, y en su cuaderno de apuntes se sinceró con la posteridad en los siguientes términos: «Sujeta a las limitaciones del conocimiento humano, mi filosofía es la solución real del enigma del mundo. En ese sentido puede ser llamada una revelación. Está inspirada por el espíritu de la verdad: en el cuarto libro hay incluso algunos párrafos que pueden ser considerados como dictados por el Espíritu Santo». Por tanto, se comprenderá la combinación de desolación y furia con que Schopenhauer recibió el índice de ventas de una obra destinada a competir con el mismísimo Evangelio: 230 ejemplares de una primera edición de 800 (1819) y 750 de una segunda edición ampliada (1844) que el editor Brockhaus, con el que el filósofo acabó por enemistarse, se vio obligado a saldar para que le cuadrasen las cuentas. Pero el silencio creado a su alrededor no arredró a Schopenhauer: por desgracia para él, en los años siguientes emprendería diversas tentativas de convertirse en traductor o profesor de universidad que se estrellarían unánimemente contra la indiferencia de sus contemporáneos. Lo cual, según era de prever, no hizo más que dar la razón a su teoría: el universo es un lugar imbécil y nauseabundo donde las almas de valor, si son realmente tales, pasan por completo desapercibidas.


Vista su hoja de servicios, no es de extrañar que el editor Brockhaus, cuya paciencia debió de ser sin duda meritoria, recibiera con recelo una nueva proposición de Schopenhauer: publicar un título inédito, revolucionario, nada de tratados de difícil digestión, una obra dirigida al gran público de la que sin duda se extraerían pingües dividendos. Tras la negativa de Brockhaus, la obra en cuestión conocería su primera luz en las imprentas berlinesas de A. W. Hayn. Se trataba de Parerga y Paralipómena, aparecida en 1851 y rápidamente elevada (para sorpresa de propios y ajenos) a la categoría de best-seller. De la noche a la mañana, aquel viejito antipático y quejoso se vio cercado por la fama; recibía cartas de admiradores, jóvenes deseosos de imitarle llamaban a su puerta, graves intelectuales peregrinaban hasta Frankfurt para presenciar cómo conversaba con su perro. Pero el vino de la gloria, que en otros estómagos habría terminado en borrachera, no intoxicó el suyo: «Después de que uno ha conocido durante su larga vida la indiferencia y la insignificancia, te llegan al fin con tambores y trompetas y creen que ya está», escribió.

Parega y Paralipómena, cuyo título, traducido, quiere decir algo así como “fragmentos y añadidos”, ha sido, de las obras de su autor, la que ha gozado de mayor fortuna y, a la vez, la que más ha sufrido la tiranía de los editores. Su estructura, una miscelánea de ensayitos sobre temas sin relación y baterías de aforismos alrededor de cuestiones diversas, se prestaba que ni pintada para el troceo, el revuelto y la dispersión, que es lo que las editoriales han hecho con ella, al menos en España, durante los últimos cien años. La inmensa mayoría de los libros más conocidos de Schopenhauer para el público nacional se titulan del tenor de El arte de saber vivir, El amor, las mujeres y la muerte, El arte de tener razón y similares, y proceden todos, sin falta, del fondo común de los Parerga. La iniciativa de la editorial Valdemar a la hora de ofrecer esta versión íntegra resulta, pues, valiosa en varios aspectos: en primer lugar, se suma a las escasas ediciones completas en castellano (la prehistórica traducción de Edmundo González Blanco y Antonio Zozaya de 1908 reciclada por Ágora, la pulcra y académica de Pilar López de Santamaría para Trotta, concluida muy recientemente con un segundo volumen); y luego, lo hace en un formato cómodo y manejable (tomo único, traslación a un idioma fresco, espontáneo y de fácil acceso) que sin duda ayudará a aproximar la figura del filósofo a quienes todavía no la conozcan de cerca.

En este sentido, Parerga constituye, sin discusión, la puerta idónea para penetrar en el orbe de Schopenhauer por vez primera. Si bien sus pensamientos más maduros y mejor trabados forman parte de El mundo…, el libro que nos ocupa (no en vano fue superventas en su día) se esfuerza más por interesar al lector medio, por provocarlo o distraerlo mediante el abordaje de cuestiones varias que todavía no han perdido, a pesar de los ciento cincuenta años transcurridos, su vigencia. “Sobre la filosofía universitaria” servirá de acicate a todos quienes piensen que el trabajo intelectual honesto y los despachos de las facultades son términos incompatibles, por motivos que saltan a la vista; los “Aforismos sobre el arte de saber vivir”, la parte más explotada del centón, contiene un recetario del que servirse contra los inconvenientes y contra las esperanzas, que forzosamente conducen a nuevos inconvenientes; el “Ensayo sobre las visiones de fantasmas”, tal vez mi favorito, desarrolla una personalísima teoría, me atrevería a decir que única en su género, sobre el espiritismo, la hipnosis, la adivinación y otras artes ocultas muy en boga en la época y a las que Schopenhauer concedía un ferviente crédito (en 1831, cuando se declaró en Berlín la epidemia de cólera a la que sucumbiría, entre otros muchos, el propio Hegel, huyó de la ciudad alertado por un sueño premonitorio). La segunda parte de los Parerga es aún más miscelánea y errabunda que la primera; con la excusa de abordar asuntos como el suicidio (altamente recomendable), la fama (no tanto), el matrimonio (nada en absoluto) o la vida en el más allá (tonterías), el filósofo amargado y entrañable va ofreciéndonos su autorretrato a pequeñas pinceladas: el de un individuo tan insoportable como imprescindible que consideraba que el pensamiento, como el talento para el dibujo o la melodía, es una vocación que no llama a todas las personas y de la que debería desalojarse a los intrusos. «Una ciencia —escribió— puede aprenderla cualquiera; tal vez a uno le costará más esfuerzo, y a otro, menos. Pero del arte cada uno recibe sólo lo que estaba latente en él… Porque el arte no se ocupa, como la ciencia, de los poderes meramente razonantes, sino de la naturaleza íntima del hombre, donde cada uno debe contar sólo por lo que realmente es. Bien, pues tal es el caso de mi filosofía, pues lo que se propone es ser filosofía como arte».



[Publicado en La tormenta en un vaso]