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28 mayo 2013

Escribir no es necesario

Lago de Como

Srdjan Valjarević

Sloper, 2013

ISBN: 978-84-940204-7-6

184 páginas

14 €

Traducción de Visnja Jovanovic y José Miguel Vilar-Bou



Alejandro Luque

La literatura balcánica vuelve a estar presente con fuerza en los escaparates de las librerías. En los últimos meses hemos visto salir a la luz novedades de clásicos vivos, como Predrag Matvejević, de otros que ya no están, como Aleksandar Tišma o Danilo Kiš, de jóvenes valores como Ivica Đikić, de revelaciones que todavía no habían asomado a nuestro idioma, como Velibor Čolić o Ismet Prcic… Si el tiempo y las fuerzas nos alcanzan, iremos reseñándolas todas, y puede que lleguemos incluso a escribir correctamente los nombres de sus autores sin necesidad de comprobarlos tres veces. Pero para empezar nos ocuparemos de la ópera prima del desconocido –esperen un momento… ajá– Srdjan Valjarević.

Comentar un libro de una editorial de la que lo ignoro todo, Sloper, y de un autor del que no dispongo de ninguna referencia, es una sensación de libertad poco frecuente. Empiezo, como está mandado, por el título: Lago de Como. Los títulos que tienen nombres de lugares, y de lugares de resonancias más o menos sugestivas, me hacen de entrada levantar una ceja. Tiendo a pensar, malévolo que es uno, que o bien quieren aprovecharse del prestigio de los lugares –siempre recuerdo el morro que echó Aristarain titulando una película suya Roma, donde Roma era una señora– o son tan perezosos que titulan con lo más a mano, es decir, el nombre del protagonista o el del escenario.

Lago de Como. Con fotografía de portada del Lago de Como, ese magnífico rincón de la Lombardía, tan lleno de ecos manzoninianos. Pasemos deprisa, pues, al contenido. Valjarević escribe con frases cortas y secas, casi telegráficas, con ese estilo que tanto irrita a José María Conget cuando habla de una generación de escritores que desconoce el subjuntivo. Yo creo que el autor belgradense sabe usar el subjuntivo, pero lo cierto es que hace notables esfuerzos por disimularlo.

En seguida sabemos del personaje casi todo lo que tenemos que saber: que es un joven escritor serbio, amigo de los alcoholes, que ha recibido una beca Rockefeller como quien no quiere la cosa, como por accidente, pero no parece nada dispuesto a aprovecharla para escribir ninguna obra maestra. Lo vemos llegar a la residencia en la que se alojará, relacionarse con otros personajes más o menos pintorescos, y tenemos la sensación de que hemos asistido a esa escena muchas veces, en otros libros, en infinidad de películas. Y sin embargo, seguimos leyendo, porque Valjarević ha sabido despertar nuestra curiosidad con muy pocos mimbres, y porque esperamos que la historia cobre algún giro inesperado.

Sin embargo, en Lago de Como prácticamente no sucede nada. El narrador visita el pueblo (el señorial Bellagio) para comprar tabaco o calcetines, tiene algún romance, manifiesta su gusto por el fútbol, bebe cuando puede, y muy poco más. A lo largo de treinta capítulos, correspondientes a otros tantos días, seguimos a este escritor por su registro notarial de la nada cotidiana, tratando en vano de asomarnos a algún abismo, alguna herida, algún vértigo, algo que matice la calma chica por la que discurre el relato. No dudo que los editores que han llevado a esta obra a seis o siete idiomas, o los jurados que han hecho recaer sobre ella importantes premios, hayan columbrado destellos de ese tipo. Yo no.

Ni siquiera el socorrido recurso de la guerra –el autor tenía unos 25 años en el conflicto de los Balcanes– parece darle juego. “Sentado en mi cuarto, bebía cerveza y escuchaba las perturbadoras noticias de Serbia, ese pequeño país de donde soy y donde vivo, ese pequeño país donde vivir se ha puesto tan jodido. Eso venían a decir las voces en el transistor, eso pensaba yo. Cambié de emisora”. No, Valjarević no quiere sacudirnos por las solapas.

No obstante, mentiría si no dijera que no he encontrado mérito alguno en las páginas de Lago de Como: hay en ellas un enorme afán por no posar de escritor en ningún momento, por demostrar que escribir no es necesario –aunque lo demuestre escribiendo–, mientras que vivir, observar, escuchar a los demás, reflexionar, sí lo es. En un momento dado, el protagonista enumera a sus escritores favoritos: “Robert Walser, Thomas Bernhard, Walter Benjamin, Robert Musil, Milos Crjanski”. Acaso se olvida de Carver, en cuyo nombre se cometen (¡ay!) tantos crímenes.

[Publicado en M'SUR]

31 enero 2013

¿Pudo haber un Franco más gracioso?



El general y la musa

Román Piña Valls

Sloper, 2013

ISBN: 978-84-940204-5-2

216 páginas

15 €




José María Moraga

Si Gil de Biedma nació “en la edad de la pérgola y el tenis” (¡perdonado, Jaime!), la mayoría de los reseñadores de Estado Crítico somos hijos de la democracia. Para nosotros, el Generalísimo Francisco Franco Bahamonde es una figura histórica heredada, a medio camino entre el horror y el ridículo. Parafraseando a J. M. Serrat, “si no fuera tan temible nos daría risa”. Que Franco es risible a pesar de los pesares no es algo nuevo, abundan las parodias, las vueltas de tuerca al personaje: el poder siempre diana de las burlas, que levante la mano quien no se sepa algún chiste de Franco. Pero Franco es gracioso además a unos niveles que solo los gourmets del humor sutil pueden percibir. Sus esfuerzos por pasar a la historia, su marcialidad viril, su retórica caduca, provocan risa por lo inútiles y absurdos que parecen hoy. Provocan la risa propia del humor surrealista.

Sin recurrir a la parodia o la sátira, basta acercarse a las fuentes primarias: las propias imágenes de Franco hablando en inglés, tutelando a Carmencita mientras esta desea lo mejor “a los niños de Alemania”, o su discurso reprobando el ataque a la embajada española en Lisboa  (aquello de la "conspiración masónico-izquierdista de la clase política, en contubernio con la subversión terrorista-comunista en lo social") son piezas dignas de figurar en las antologías del humor patrio, junto a los disparates de Miura o Tip y Top.

A un nivel más serio, la Guerra Civil, como gran trauma o catarsis fundacional es el mito nacional por excelencia. Intuyo que por esta razón la figura del Caudillo ha sido secuestrada en tantas ocasiones- por partidarios y detractores- y utilizada desvergonzadamente como mascarón de proa para satisfacer los anhelos de cada uno. Todo el mundo ha escrito o rodado sobre Franco y/o la Guerra (hasta Eduardo Mendoza ganó el Planeta con una novela sobre el tema, se queja Román Piña), y no han faltado quienes han resucitado al Generalísimo en sus obras, desde Vizcaíno-Casas (…Y al tercer año resucitó, 1978) hasta Álvaro Vázquez de la Torre ("Hallaré la muerte, si me llega", 2012). La última barrabasada que conocemos en este subgénero de la Franco-ficción es El general y la musa (2013), del mallorquín Román Piña Valls, quien ya deslumbrara en 2009 con Stradivarius Rex. La pregunta con que el provocador videotráiler (visionado imprescindible) promocional de esta novela nos interpela es “¿Pudo haber un Franco más gracioso?”, y mi respuesta es “¿Más gracioso todavía!”.

Aunque resumir un libro no sea el objetivo de una reseña, en esta ocasión se hace imprescindible dar noticia del argumento de El general y la musa. Cuando en 1933 Azaña -Presidente de la República- envió a Franco a Baleares como jefe de la Comandancia Militar para tenerlo lejos de Madrid y de tentaciones golpistas (hasta aquí la verdad histórica), el General(ísimo) redactó un diario íntimo donde refleja sus actividades en Mallorca durante seis meses. Lejos del Franquito marcial de los cojones por bandera y los platos de lentejas por montera, en este diario descubrimos a un Franco inédito hasta ahora: melómano, consumado percusionista de jazz, bebedor en demasía, juerguista, curioso, soñador incluso. Franco frecuenta a la intelectualidad de la isla, y así aprende el mallorquín de la mano de Francesc de Borja Moll o practica el nudismo junto a Robert Graves. Para alarma de Carmen Polo, Franco comienza a desplegar una conducta inexplicable por lo disipada: toca jazz en un club nocturno, se enamora de Patricia Conde y la enarbola como musa aun sin saber quién es (sí, esa Patricia Conde), o se enfrasca en una detectivesca pesquisa sobre la autenticidad de las huellas dejadas por Frédéric Chopin y Georges Sand tras su estancia en Mallorca en 1838-39.

Por si esto fuera poco, Román Piña completa al Franco mallorquín -auténtico G.I. Joe- con extrañas visiones: Franco inventa el carril bici, Franco compone “Imagine” o “I Am the Walrus”, Franco pergeña los guiones de Casablanca, Solo ante el peligro o Ciudadano Kane…, todo ello sin dejar de lado su realidad contemporánea, pues el futuro Caudillo no tiene empacho en acudir a un lupanar con líderes radicales de la izquierda (Largo Caballero) o la derecha (José Antonio). Tamaña desvergüenza supone la conversión del General Francisco Franco en un monigote, en un muñeco de ventriloquía que puede llenarse del contenido que uno desee, y la verdad es que Román Piña desea para Franco unas cosas acojonantemente divertidas. Algo así como el Tom Sawyer, detective (1896) de Mark Twain, que pretendía explotar el éxito de un personaje famoso, pues aquí “Franco, jazzman”, “Franco, nudista”, “Franco, adalid del catalanismo” y “Franco, detective” también, por qué no. Franco, el ‘bright young thing’ de los años 30, pero no por los motivos que todos recordamos (héroe de África, general más joven de Europa, etc) sino por otros que molan infinitamente más.

Parece que el novelista haya querido decirnos “si todo el mundo puede apropiarse de Franco y adulterarlo, por qué no yo”; o, parafraseando los libros que ahora escribe Miqui Otero: “Elige tu propio Franco”. Yo, queridos lectores, prefiero que Franco sea fan de Louis Armstrong a que dé un golpe de estado de corte fascista, en otras palabras: prefiero el brazo de Lionel Hampton al incorrupto de Santa Teresa. Tengo que decir que no me había reído tanto con una ucronía y una sátira desde Fabulosas narraciones por historias (1996) de Antonio Orejudo (quien, por cierto, situaba en los años 30 una novela titulada Los Beatles). De todas las excentricidades y locuras que Román Piña pone a hacer y decir al Generalísimo, creo que el gran acierto y el tuétano de la novela es su obsesiva investigación acerca del legado mallorquín de Chopin. Admito que, al ser hijo del Estado de las Autonomías, no conozco bien la historia de Las Islas Baleares, pero me ha parecido detectar en El general y la musa una gran carga irónica contra algunas de las vacas sagradas de la actual autonomía balear. Todo el asunto de la verdad histórica, lo que ocurrió y lo que no y cómo nos lo han contado, es uno de los temas principales de la novela, y es tema sobre el que a día de hoy podemos sacar provechosa reflexión, como durante todo el affaire de la autenticidad de los pianos de Chopin o como cuando F.B. Moll le dice a Franco que “Cataluña no es España” porque “¿No ve que tenemos otra lengua y otra cocina?” (p.108).

Si el encuentro de Robert Graves con otros militares-intelectuales como Sigfried Sassoon, Wilfred Owen o Lawrence de Arabia está perfectamente documentado en varios libros, no lo estaba el encuentro con Franco, y ¿cómo podíamos pasar sin conocerlo? Son tantas las anécdotas y los diálogos disparatados que encierra El general y la musa que no revelaré más para no aguar el placer de su lectura. Si he de ponerle un “pero” sería el cierre del libro, insatisfactorio para mí pero acorde con el posmoderno prólogo con que la obra comienza y en todo caso coherente con el universo "romanpiñeano". Háganse un favor y corran todos -franquistas, antifranquistas, los de la 3ª España-, corran todos a leerlo. ¿Pudo haber un libro sobre Franco más gracioso? Sinceramente, lo dudo.

28 marzo 2012

Anatocismo humano


La deuda

Felipe Hernández

Sloper, 2011. Colección "La noche polar"

ISBN: 978-84-938278-4-7

302 páginas

20 €




Fran G. Matute

La recuperación por parte de Sloper de La deuda (1998) de Felipe Hernández es fruto del empeño de su editor: Román Piña. Apasionado de esta obra y de su autor (al que ha publicado recientemente el poemario musicado Un corazón de noche bajo el pseudónimo de Philip Meridian), Piña siempre ha expresado su admiración por esta novela en particular. Así que estamos ante una apuesta personal, un intento por recuperar del olvido una obra favorita y darla a conocer a un nuevo público, un sentido homenaje por parte de alguien que también es escritor y quiere, de alguna forma, pagar una deuda -nunca mejor dicho- con un autor al que admira. Pero con independencia del vínculo personal que pueda existir detrás de esta reedición, nos parece tremendamente pertinente la recuperación de esta obra no sólo por su calidad sino por su sintonía con los tiempos que corren.

Felipe Hernández no era, desde luego, un completo desconocido dentro del mundo de las letras pues en su día cosechó reconocimientos importantes por parte de la crítica y el mundo editorial (su novela Naturaleza fue finalista del Premio Herralde en 1989). Pero sí que ha estado, por circunstancias personales, apartado del mundo literario en los últimos años. Así que nadie (o casi nadie) se acordaba ya de una novela tan estremecedora como La deuda, un auténtico oasis dentro del panorama literario de este país, un ejemplo de literatura psicológica que ahonda a partes iguales en la oquedad de lo cotidiano como en el terror de lo intangible.

No creo, sinceramente, que se haya publicado en castellano una obra similar a esta. Una historia angustiosa en la que apenas hay acción. Una novela profunda que transcurre en espacios reducidos e impersonales, en la que los objetos tienen casi la misma entidad que las personas. Una economía de personajes y sentimientos inusitada. Y una prosa puntillista y minuciosa que vertebra un relato diferente sobre las relaciones humanas y nuestra interacción con la sociedad y el mundo exterior.

Todo parte de una visita que Andrés Vigil hace a un prestamista. El azar quiere que Andrés sea testigo de un incidente que provocará una sucesión en la posición acreedora de su deuda a favor de Alejandro Godoy, un personaje inquietante con una capacidad sorprendente para influir en las personas. Sin saber muy bien cómo, la deuda de Vigil se convertirá en un infierno de intereses y deberes accesorios que multiplicarán la agonía de su titular obligándose a presentar su propia persona como único y último garante del pago final de la misma. Una situación que, sin duda, recuerda al 'film' de Jaime de Armiñán y Fernando Fernán-Gómez titulado Stico (1985), sólo que en la obra de Hernández no existe ni un ápice del elemento de comedia negra que sobrevolaba la película.

Pero al margen del esqueleto de La deuda, lo verdaderamente fascinante del texto es ir profundizando en el desarrollo de las mentalidades de Andrés y Alejandro, en su confluencia y sus divergencias, y como la pusilanimidad de Andrés se va tornando en firmeza y confianza a medida que va perdiendo autonomía vital y conciencia como individuo libre. Del mismo modo, el férreo programa mental que impone Godoy, construido sobre la propia incoherencia del ser humano y su debilidad frente a lo material, se verá transformado tras su encuentro con Vigil. Del choque de ambas personalidades, que a pesar de sus complejidades -sobre todo la de Godoy- no dejan de objetivizar dos comportamientos básicos (el autoritario y el sumiso), surgen reflexiones absolutamente brillantes acerca de los sistemas socio-económicos que regulan nuestras relaciones como ciudadanos.

No deja de resultar curioso -y, por otro lado, tremendamente certero desde un punto de vista conceptual- que los dos únicos personajes secundarios ajenos al círculo de influencia de Godoy sean un inspector de Hacienda y un juez, que representan la autoridad externa y ajena al sistema de pensamiento autocrático y etéreo que aplica Godoy a su séquito. En uno de los encuentros con el inspector del fisco, Godoy afirma lo siguiente: "Si usted pudiera entender siquiera que el pensamiento y el dinero son una misma sustancia quizás adelantáramos un poco. (...) Me habla usted de números y yo no entiendo de números. El dinero no es un número, sino un fluido. Es el movimiento mismo de la inteligencia, y sólo lo tocan manos necias. Y no piense que le estoy hablando de especulación o del mercado de futuros ni de nada semejante. Le estoy hablando de la naturaleza misma de la inteligencia." Sirva este fragmento para ilustrar la particular y enigmática filosofía de Godoy y lo sorprendentemente actual que resulta su reflexión.

Pero no piensen que este texto es una pieza de dramaturgia abstracta disfrazada de novela pues ofrece algunos de los pasajes más desasosegantes que haya leído un servidor en mucho tiempo. No sólo estamos pensando en el "escarnio" ideado para el inspector sino también en las íntimas escenas que comparte Andrés con Lucía, esa extraña mujer, hermosa y ciega, que acompaña sentimentalmente a Godoy en su destierro voluntario del mundo sensorial, que ofrecen una tensión apagada y que complican, aún más si cabe, la catalogación de una obra narrativa como esta.

Así, con todo, no nos cuesta mucho afirmar, movidos por la hipérbole, que La deuda es, posiblemente, la mejor lectura en castellano que se ha publicado recientemente en este país. Aunque dicha afirmación no es, en sí mismo, una buena noticia. Ya que resulta verdaderamente triste constatar, en primer lugar, que esta obra fue escrita hace más de diez años y, en segundo lugar, que una historia poblada de usureros que promueven el anatocismo humano resulte más vigente hoy día que nunca.

21 noviembre 2011

¿Qué hay dentro de una chica?


La reina del burdel

Macky Chuca

Sloper, 2011. Colección "La noche polar"

ISBN: 978-84-938278-3-0

119 páginas

14 €

VIII Premio Café Mon



Fran G. Matute

Con la canción "What's inside a girl" (1986) de The Cramps comienza "Las chicas son huecas", el que a mi juicio es el relato más poderoso de cuantos ha incluido Macky Chuca en La reina del burdel, un libro 'punky' como pocos no sólo en actitud sino en espíritu. Y es que en la literatura de Chuca hemos encontrado una extraña musicalidad enraizada en la tradición del 'do it yourself'. Macky ofrece al final de este libro una guía de audición de los temas que inspiraron la escritura de cada uno de los relatos de esta colección, pero el lector bien puede elegir otros más afines a sus gustos (al final les revelaré mi elección). Eso sí, la selección que hagan ustedes, lectores, deberá ser igual de contundente que la que ofrece Macky Chuca (de Jane's Addiction pasando por Neil Young, de Tom Waits a Caetano Veloso, de The Rolling Stones a Bauhaus), pues estos relatos, ya se lo adelanto, les van a dejar sin aliento.

Podríamos afirmar que la literatura de Macky Chuca es altamente feminista, pero yo no me quedaría muy a gusto diciéndoles esto. Desconfío, con prejuicios y todo, de la literatura feminista que ofrecen muchos de los iconos literarios de hoy día, que termina siendo, en el mejor de los casos, un triste ejercicio de falocentrismo esquizoide. Algo de lo anterior hay en estos relatos de Chuca pero, curiosamente, no hemos sentido extrañeza, sino todo lo contrario. Hemos comprendido. Hemos sufrido la visión femenina (que no feminista) porque Chuca se ha preocupado de introducirse en cada uno de los actores posibles para analizar la cuestión de fondo que no es otra que comprender qué hay dentro de una chica. Pero dentro de verdad. Y para ello, Chuca no sólo no deja fuera al lector masculino sino que lo invita a entender. Y vaya si hemos entendido.

Así, entre los 16 relatos que forman La reina del burdel, hemos asistido a la respuesta que da a nuestra pregunta una chiquita tarada, una bollera, un hombre con un secreto de alcoba, una prostituta segura de sí misma... Historias que transcurren en distintas edades, clases sociales, económicas e intelectuales, todo regado por la fuerza telúrica del sexo y una prosa ciertamente poética que viste la angustia existencial con la que escribe Macky Chuca como si estuviera escupiendo ideas hermosas y tristes al mismo tiempo. Y es que en las palabras de Chuca notamos un anhelo importante que puede venir de la familia, de las relaciones de pareja, de la falta de cariño, en última instancia. Del desapego social hablaba el 'punk' y de eso habla Macky Chuca en La reina del burdel, un texto del que podemos extraer, al azar, miles de frases lapidarias, máximas del entendimiento, axiomas de las relaciones humanas, sentencias como las que encontramos en las letras de las canciones, pues estos relatos tienen mucho de canción 'pop', en su sentido más amplio.

No hemos podido evitar, a medida que nos sumergíamos en los mundos de esta argentina afincada en Palma de Mallorca, sentir pena por ella. Seguro que ha sido de manera inconsciente a la par que condescendiente, pero mientras leíamos estos relatos tan poéticos, tan tristes, tan agresivos, no hemos parado de tararear una melodía desgarradora por hermosa, escrita en la época más opuesta al 'punk'. Una tonada 'doo-wop' que popularizó Brian Wilson, una de las grandes mentes atormentadas de nuestro tiempo. Un niño grande al que nunca quisieron demasiado y que se preguntaba en su inocente juventud "¿De qué están hechas las chicas jóvenes?", llegando a la conclusión de que, en su mayoría, no son más que sueños de jovenzuelos. Sueños que, gracias a Macky Chuca, se han hecho tristemente realidad. Lean La reina del burdel y encontrarán la llave mágica para entrar en los eternos confines literarios de Macky Chuca.

10 mayo 2011

Rostros, amores, maldiciones



El libro de los vivos

Juan de Madre y Tislit er-Rbia

Sloper, 2011. Colección "La noche polar"

ISBN: 978-84-938278-1-6

245 páginas

20 €




Fran G. Matute

Me van a permitir que titule la presente recensión del mismo modo que aquella demoledora colección de relatos que publicó el gran autor marroquí Mohammed Chukri (1935-2003). Rostros, amores, maldiciones nos presentaba a una serie de personajes viviendo en el límite (prostitutas, delincuentes, jugadores…) cuyas vidas se nos antojaban más fruto de la veleidad del autor que de ese realismo sucio que tanto gustó de desgranar. Pero Chukri insistía en que todo lo narrado, a pesar de su dureza, tenía su sustrato en la cruda realidad, en su infancia, en sus vecinos, en sus familiares. Eran rostros conocidos por el autor de El pan desnudo (1973), amores vívidos y dolientes, maldiciones que perduran todavía.

Todo lo contrario ocurre con El libro de los vivos, cuya sinopsis merece ser contada pues ayuda a contextualizar estos comentarios. La obra de Juan de Madre parte de un apunte realizado por Michel Foucalt en La historia de la locura en la época clásica (1964): la existencia de un hospital para locos en la ciudad marroquí de Fez, cuya autenticidad histórica se revela gracias al encuentro fortuito de siete manuscritos datados allá por el siglo XIII. Siete manuscritos que ofrecen siete historias que terminan entrelazadas, cada una protagonizada por uno de los supuestos habitantes de aquella casa de locos que se vanagloriaba de utilizar el teatro como terapia.

Y aquí, El libro de los vivos se bifurca. Por un lado nos cuenta la historia del encuentro de los citados manuscritos, su conservación, traducción y exégesis, gracias a la participación del profesor Albert Tort y de Tislit er-Rbia, artífices intelectuales, junto a Juan de Madre, del rescate de estos textos históricos. Por otro lado, se nos ofrecen los manuscritos ya traducidos, en los que encontramos, a modo de fábula, las fantasiosas vidas de unos "rostros" que viven, en su aparente enajenación, el "amor" y la "maldición" de su propia locura.

Juan de Madre nos descubre así un mundo rico en matices y nos remite a unas narraciones medievales hermosas, casi infantiles, en las que el amor imposible traspasa fronteras imaginarias, en las que la ciencia ficción se hermana con la tradición oral. No todos los manuscritos poseen la misma fuerza embriagadora, pero queremos destacar la originalidad de “La niña que lloraba al revés”, el pinochesco “Isaac, el padre” y el lovecraftiano “Ojos como luciérnagas nerviosas”.

Y todo lo anterior cobra más vida aún cuando comprendemos que se trata de un juego literario en el que la ficción campa a sus anchas. Juan de Madre propone un texto metamórfico en el que Carmina Ordoñez, The Kinks, Dante Alighieri y las Nancys Rubias tienen cabida. Se nos antoja, pues, El libro de los vivos como un compañero de viajes de aquel mítico Necronomicón de Abdul Al-Hazred, o incluso del libro The First People de Sam Weiss. Estamos ante un hermoso entretenimiento postmoderno que aúna pasado, presente y, por qué no decirlo, futuro. Es literatura mutante, pero en el buen sentido de la palabra. Porque a Juan de Madre, como a Carmina, no hay que creerlo ni cuando dice la verdad.

04 mayo 2010

Esto sí es cervantino



Stradivarius Rex

Román Piña

Sloper, 2009

ISBN-13: 978-84-936717-2-3

268 páginas

15 €




Daniel Ruiz García

Después de que hace algunos años varios escritores pregonaran con ruido el Fin de la Novela como género, en estos momentos asistimos a un encendido debate crítico en torno a dos modelos de novela: el modelo galdosiano, caracterizado por el realismo, y que encuentra su expresión más definida en la producción prosística europea más emblemática del siglo XIX, y el modelo cervantino, que tiene su origen en El Quijote y en su compleja estructura de tramas, puntos de vista y voces narrativas. La solución a esta supuesta crisis de la novela ha implicado una operación de drástica sangría sobre el brazo de la propuesta galdosiana-realista, que ha salido claramente perdiendo a favor del modelo cervantino, que se configura como la solución a todos los males. La mayoría de la producción novelística que se está imponiendo en las grandes y no tan grandes editoriales patrias va en la senda cervantina. Los tiempos, desde luego, acompañan, y ante una situación de crisis de valores, heterogeneidad de discursos, cuestionamiento de las ideologías y triunfo de todo eso que en conjunto ha venido a llamarse postmodernidad, la fórmula que se impone es la de la novela de estructura compleja, del juego, donde la clásica trama de presentación-nudo-desenlace se diluye, y donde la voz narrativa apuesta por el recorrido sinuoso, por la oscuridad premeditada, sin contenerse a la hora de emitir juicios, y favoreciendo el desarrollo de propuestas a medio camino entre la novela y el ensayo, o la novela y la poesía, o la novela e incluso el programa de televisión.

Creo –y esto ya es una opinión personal- que en buena medida el deslumbramiento por la fórmula cervantina tiene algo de sarampión, de infección producida por un exceso de sensibilidad y perspicacia, por un carácter demasiado impresionable, el de nuestros escritores, hacia una situación, la del cambio y la ruptura, que en verdad resulta casi aburrida por su recurrencia. Opino que seguirá habiendo propuestas cervantinas en un futuro, pero que la proporción de novelas que cuentan historias interesantes sin necesidad de epatar o de artificios retóricos o estructurales se revertirá nuevamente, y volveremos a lo que siempre fue este género: el arte de contar historias con pegada. Entretanto, toca lidiar con esta profusión de obras que buscan la rareza o la complejidad de forma a veces sonrojantemente obvia, entre las que hay de todo, como en botica. A la hora de enfrentarnos a estas obras, conviene recordar algo que en cierta medida se ha convertido en un lugar común, y que nos ayuda a separar el grano de la paja. Para llegar a El Quijote, Cervantes tuvo que sumar muchas horas de oficio. Picasso alumbró el Guernica después de adquirir un dominio pleno sobre el dibujo, la perspectiva y la forma. Para llegar a esa textura casi deshecha, como tallada desmañadamente sobre el barro, de las últimas piedades de Miguel Ángel, el italiano universal tuvo que aprender a transformar un gran bloque de mármol en un gigante sin más recurso que un martillo y un cincel. A este respecto, es interesante lo que revelaba recientemente el crítico y escritor Manuel Rico en su blog, a raíz precisamente del debate sobre el modelo de novela del siglo XXI.

Desde su condición de escritor, decía que:

Estoy en condiciones de afirmar que lo que me parece más fácil es la opción por la fragmentariedad, escribir sin un orden premeditado, respondiendo a impulsos inconscientes, trasladar al texto citas internas, textos de otros guiado por un azar tan caprichoso como irracional, encadenar ideas e imágenes... Y lo más difícil, construir una historia con un lenguaje revelador, exigente, trabajar una trama que muestre e intente resolver las contradicciones que viven los personajes (que han de ser vivos, de carne y hueso y alma), crear un mundo, una atmósfera, una suma o una interrelación de vidas, una sucesión de acontecimientos tejidos por una lógica que los emparente y les dé sentido. Para mí es esto último lo más difícil, lo que requiere de un esfuerzo sostenido (de lenguaje y de imaginación) hasta lograr una obra en la que nada suene a gratuito, a capricho no justificado, a mero artificio. No por casualidad, algunos amigos narradores llegaron a confesarme hace un par de años las serias dificultades con que se encontraban a la hora de estructurar una trama, su admiración hacia aquellos que lograban, con cierta facilidad, construir historias (al margen de la estética con que las trazaran) y sus limitaciones para escribir otra cosa que no fuera un libro de relatos o una sucesión de reflexiones, estampas/fragmentos o anécdotas”.
  
Lo que Manuel Rico viene a decir, hablando en plata, es que detrás de ese afán por el “corto y pego”, detrás de esa obsesión por rizar el rizo y buscar la frescura, se esconde en muchos casos una incapacidad por contar bien las cosas. Por narrar, en definitiva, y hacerlo con nervio, con tensión, con interés.

Toda esta introducción, algo extensa, viene a cuento del libro que traemos hoy a esta reseña. Se trata de Stradivarius Rex, de Román Piña. Una novela que encarna lo mejor del modelo cervantino. De hecho, es la novela más netamente cervantina que recuerdo.

Román Piña construye un artefacto rabiosamente postmoderno. Por su propio argumento, encarna, de hecho, a la perfección, lo que cualquiera podría entender como literatura mutante. La historia va de un tipo que cada mañana se levanta siendo una persona diferente. Es víctima de un extraño conjuro o experimento o maldición por la que tiene que soportar vivir millones de vidas, padeciendo cada existencia única durante 24 horas. Un argumento de poso kafkiano que Román Piña resuelve con pericia gracias al tono. Porque Stradivarius Rex es sobre todo una novela humorística. Es por eso que digo que resulta netamente cervantina. Porque si hay algo que hay que elogiar a El Quijote es su sentido del humor. Es lo que en última instancia nos lleva a identificarnos con los personajes, a descender a su altura, a compadecernos de su drama. Como en El Quijote, en Stradivarius Rex hay modernidad, pero también un trazo firme de personajes. No hay, como explicaba Rico, una sucesión de reflexiones o anécdotas, no hay una juntura mal cosida de relatos. Hay muchas historias distintas dentro de una gran historia, donde gobierna sobre todo el drama triste y a la vez hilarante de un personaje miserable condenado a una existencia mutante y portátil.

Román consigue algo muy difícil. Como Cervantes, consigue que nos creamos una historia absolutamente disparatada. Igual que entramos al trapo de creernos que hay un loco que confunde a los molinos de viento con gigantes, nos convencemos de que Marcos Badosa puede levantarse cada mañana en la piel de un tipo diferente. Que entremos en ese juego sólo obedece a una justificación: la pericia del autor. El talento narrativo. Román Piña se sabe postmoderno, se sabe mutante, pero sobre todo se sabe resultado de una herencia cultural que viene de siglos. A este respecto, la novela que está dentro de la novela, “Salvar al Soldado Aquiles”, que escribe el propio personaje protagonista, es, amén de un derroche de humorismo fino, una evidencia contundente de que el escritor asume su genética literaria. Hay que ser muy hábil para incrustar en medio de una novela toda una reinterpretación en clave jocosa de la mitología homérica, colando a personajes como John Lennon o Woody Allen, sin que ello resulte forzado o extraño. En este tiempo en el que a muchos les duele la boca reivindicándose como discípulos de la tradición cervantina, más de uno debería hacer como hace Román Piña. Ir más lejos, a la raíz homérica, el vientre del que emanó toda la ficción europea.

Léanla, se la recomiendo. Van a reírse. Van a leer una buena novela.