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10 julio 2012

Vocación de buey

Alejandro Luque
Aunque mi trabajo en prensa me obliga a tratar a menudo con autores superventas, a razón de dos o tres por semana, tengo por norma no leer ninguno de sus libros hasta pasados no menos de 20 años. Si, transcurrido ese plazo, aquellos títulos que tanto ruido hicieron siguen significando algo en el panorama literario, si todavía forman parte de algún debate mínimamente interesante, entonces tal vez merezcan una oportunidad. Según este sistema, en el mejor de los casos leeré aquel éxito de Ruiz Zafón a partir de 2022, a Dan Brown a partir de 2023, la saga de Larsson a partir de 2028, y a María Dueñas a partir de 2029 y la Libertad de Jonathan Franzen en 2031. Asumo que puedo perderme por el camino joyas imprescindibles, pero me ahorro el trance de leer, por ejemplo, a J. J. Benítez, a Vázquez-Figueroa o a Vizcaíno Casas, gente que arrasó en su día en las listas de ventas, pero de quien ya nadie habla.
No obstante, como las reglas están para saltárselas, y más las que uno mismo se impone, alguna vez he cedido a la tentación de asomarme antes de tiempo a esos mundos que tanto cautivan a mi alrededor, esas portadas que amarillean sobre todas las toallas del verano o brillan unánimes bajo las luces del metro. No ha habido una sola de esas veces que no me haya arrepentido cruelmente. Pero ninguna como el día en que abrí El niño con el pijama de rayas, aquel libro del irlandés John Boyne que acaparó los escaparates y los 'top ten' de 2006.
Hablamos de una obra que ha vendido más de cuatro millones de ejemplares en todo el mundo, y ha sido traducida a 30 idiomas. Para los afortunados que no hayan leído el libro, resumo el argumento: Bruno, de nueve años, hijo de un militar nazi de alta graduación, se muda con su familia de Berlín a Auschwitz. Allí, paseando para explorar su nuevo lugar de residencia, conoce al otro lado de las alambradas a Shmuel, niño judío polaco, con el que entabla amistad y al que ayuda llevándole comida, porque está muy delgado. Una de las grandes extrañezas de Bruno, que sirve para titular esta obra infame, es ese pijama de rayas que llevan todos los que viven “al otro lado”.
Resulta inútil detenerse a considerar la pobreza de la prosa de Boyne o la endeblez del planteamiento. Ni siquiera recuerdo si se molestaba en explicar cómo se entendían un niño alemán y un polaco, y me niego a volver a abrir esas páginas para comprobarlo. Escribo de memoria y con la esperanza de que esta crítica me sirva como purga y exorcismo. Habrá quien defienda la puerilidad de la historia con un argumento elemental: “¡Son niños!” Lo que ningún manual de literatura dice es que los niños tengan que hablar como si fueran bobos de remate. La historia de la literatura, desde Dickens a Delibes, desde Saroyan a Sánchez Ferlosio, está llena de niños que hablan como niños sin hacernos morir de vergüenza ajena a cada párrafo.
Pero es precisamente este dato el que me permite hablar de la obra de Boyne no como un libro malo, inocentemente malo, sino como algo incluso peligroso. El año pasado, cuando comentábamos los mejores títulos de nuestras bibliotecas, dije que para mí un libro imprescindible es aquel que cambia tu manera de mirar el mundo, que te impide para siempre perseverar en un error de óptica. Libros que amplían el campo de visión y la capacidad para profundizar en las cosas. Los libros nefastos, por contraposición, son aquellos que te invitan a seguir cómodamente instalado en la estulticia, es más, los que tratan de hacerte sentir mejor aún en ella. Abolen las preguntas y estrechan la mirada. Los hay, a montones.
¿Cuál es, en fin, el gran pecado de Boyne? En mi opinión, la infantilización del público, una tendencia que lleva décadas imponiéndose en nuestras sociedades, y cuyos efectos estamos ya en condiciones de evaluar. Es evidente que el autor busca una inmediata identificación entre el lector y Bruno, el protagonista. Y lo que va calando página a página, como una gota malaya, es la perversa idea de que usted, 'hypocrite lecteur', también puede volver a tener nueve años mentales, o menos, y pesar sobre el mundo como aquel chico en su campo de concentración, creyendo que los uniformes de presos son pijamas a rayas, la sangre ketchup y las cámaras de gas duchas de hidromasaje. Ninguno de los lectores de este libro que he conocido se rebelaron contra la inopia de Bruno; todos, por el contrario, estaban embelesados con su candidez, seguramente porque veían en ella una proyección de su propia actitud vital. Frente a los conflictos de conciencia, nada mejor que refugiarse en esa zona de inocencia, es decir, de impunidad, que es propia a la niñez.
No es casual que Boyne escogiera para su ficción el contexto de los nazis y los campos de exterminio. Aunque la II Guerra Mundial ha inspirado mucha y muy buena literatura, se ha convertido en un lugar común simbolizar el mal en las tropelías de Hitler y sus huestes. Y no olvidemos que el lector infantilizado necesita distinguir claramente entre malos y buenos, bajo el riesgo de que cualquier sombreado, cualquier claroscuro, le conduzca a un cortocircuito neuronal. ¿Hay malos más malos que los nazis, y víctimas más inocentes que los judíos deportados? Podría haber otros, pero como paradigma estos extremos se han revelado insuperables.
Ya teníamos que habernos dado por avisados con La lista de Schindler (1993), una picardía que no deja de ser la picardía de un señor genialoide llamado Spielberg. Luego llegó La vida es bella (1997) de Salvatore Coluccio, que ahondó en la idea de que se puede abrir los ojos de par en par y no ver la realidad, con la inestimable ayuda de un Roberto Benigni en estado de gracia. El camino estaba despejado para Boyne y sus muchachos.
¿No hay, pues, nada bueno que agradecer a El niño con el pijama de rayas? Desde luego: el hecho de que, con tantos miles de ejemplares vendidos en España, la editorial Salamandra haya podido publicar varias docenas de títulos más minoritarios, deficitarios, pero infinitamente mejores que el de John Boyne, de Ethan Canin a David Grossman, por citar sólo algunos. Ése es el más digno destino de un 'best-seller', su última oportunidad de redención: servir de buey para tirar de un carro lleno de obras que, de otro modo, difícilmente saldrían adelante en el mercado.