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04 abril 2013

Esa dama alta y esquiva



Libre de la tormenta

Javier Sánchez Menéndez

Ediciones de la Isla de Siltolá, 2013

ISBN: 978-84-15039-86-0

10 €

182 páginas




Jesús Cotta


Libre de la tormenta, título sacado de un poema de nuestro Garcilaso, es el tercer libro de un proyecto más ambicioso titulado Fábula acerca de la grandeza de la poesía. Pero no es una poética. El mismo autor parece rechazar el concepto de poética, al menos el de poética convencional, la explicación que cada poeta da de su concepto de poesía. Una cosa es lo que el poeta entiende y otra cosa, según él, es la poesía. La poesía es algo tan alto, que es difícil que un poeta llegue siquiera a tocarla con la punta de los dedos. Pero este libro es, a su modo, también una poética, aunque en un género distinto del habitual.

Para acercarse a la poesía, prefiere el autor, por un lado, leer a los grandes como Dante, Rilke o Juan Ramón o la filosofía de Platón y, por otro, buscarla en medio de las cosas, las palabras y de la vida. En eso reside la virtud y a la vez el defecto del libro.

Virtud porque no manosea la poesía, no pretende que sea lo que él pretende. Tan solo sabe que es la estrella de su vida. La sitúa por encima del amor y de Dios (que él escribe con minúscula), como la única vía para captar la verdadera esencia de las cosas, como una quintaesencia de la vida que hay que aprender a encontrar donde menos uno lo espera y cuando ella quiere. Y defecto porque, si el libro quiere encarecer esa grandeza, no nos dice mucho de ella. Nos habla más bien de la pequeñez de los poetas en comparación con ella. A veces tiene uno la sensación de que pone a la poesía en todo lo alto para poder poner a los poetas en todo lo bajo. Nos dice que va a hablar de lo grande para acabar diciendo que lo grande no se puede explicar, sino solo sugerir y buscar. En vez de encarecer la grandeza de la poesía, que sería más bonito, encarece la pequeñez de los poetas, que no es tan bonito.

Pero, como en el defecto está la virtud, si hubiera sido al revés, no tendría el libro uno de sus encantos: el  de dar una colleja a los poetas por creerse sacerdotes dignos de tan alta señora. A los poetas les pasa como a los curas: que la idea que reverencian y predican es tan sumamente noble, que ellos, con sus miserias, sus ínfulas y sus mediocridades, nunca estarán a la altura. Esa es la maldición del poeta. Qué le vamos a hacer.  Y el autor tiene tan alto concepto de lo que debe ser un poeta, que condena a los poetas a defraudarlo y se condena a sí mismo, porque también él es poeta. Pero sobrelleva su maldición con dignidad y, aunque no nos lo dice, invita a los demás poetas a lo mismo. Aunque casi todos los poetas que conozco son mejores poetas cuanto mejores poetas son, también los hay (y no me estoy salvando de la quema) mendigos del reconocimiento ajeno y resentidos si no lo logran, porque saben que, en realidad, no hay justicia poética. Los más inseguros acaban pensando que no son buenos poetas y los más soberbios que todos son malos críticos. También hay alusiones a eso en el libro, aunque quiero decir que en esa pequeñez del poeta hay algo de grandeza, porque sabe que el reconocimiento ajeno no le va a dar dinero, sino solo a considerarlo digno de la Señora, la poesía.

Lo que piensa Guillermo de Occam de Dios, lo piensa él de la poesía: quien intente hablar de ella está hablando en realidad de otra cosa y quien pretenda haberla alcanzado se engaña, porque, en el mejor de los casos y únicamente si uno es un gran poeta, solo es posible atrapar dos o tres haces de su luz inefable a lo largo de la vida en una decena de poemas como mucho.

Esta actitud no es una mera pose, sino que la adopta él como poeta y como editor. Como poeta, porque su poesía es esa búsqueda, el desconcierto de no encontrar lo que buscaba y encontrarse siempre en el punto de partida. Y como editor, porque se complace en rechazar manuscritos de esos seres pedigüeños que son, según él, los poetas, que escriben más que leen, que encuentran más que buscan. Él prefiere buscar al poeta, pero no le gusta que el poeta lo busque a él, porque lo que él quiere es subir hasta el poeta que valga la pena y no que lo haga bajar quien no vale la pena. Es la poesía la que decide si publicar a un poeta es bajar o subir. La miseria del poeta es la grandeza del editor y viceversa.

El libro, con muchos endecasílabos escondidos en su prosa llana, tiene mucho de diario y de cuaderno de bitácora, pero sin depender de la inmediatez ni de la búsqueda de comentarios que tanto aqueja a tantos blogueros. Se dirige constantemente a un misterioso tú, que no es el lector y que contribuye a crear una distancia entre autor y lector, aunque no una lejanía, porque habla sin lirismos y desnudándose.
Muchas veces el lector se pierde con tanta referencia a asuntos personales y  en clave que solo el que lo conozca bien podría entender. A mucha gente eso le gusta. A mí no me acaba de convencer.

Escribir poesía es un juego de alto riesgo”, así que dejémonos de versitos. Es lo que viene a decirnos. “Amo la poesía. ¡Odio a los poetas!”, que es como decir: “Amo a Dios, pero no a los curas”. “Quiero morirme solo, entre libros y versos” es su particular repudio del mundo, no solo literario, sino también del político y el social. “Todo es mentira” es un estribillo que le da al libro un aire de desencanto y amargura.

Son muy jugosas las reflexiones, que no se prodigan, en torno a lo que es estilo y calidad en poesía. Eso, viniendo de un editor que cuida al máximo la edición y que no busca el beneficio propio sino solo hacer un servicio a la poesía porque la ama, es valioso y de agradecer por parte de quienes nos afanamos, como él, en estar a la altura sabiendo que nunca lo conseguiremos. “El tono en la obra poética de un autor es una sucesión de matices purificados tras la eliminación de los desvíos”. Suscribo de pe a pa esa afirmación que yo jamás habría sabido poner eso en pie y que demuestra su buen hacer como lector y editor de poesía.

Un libro, en fin, cuyo mérito consiste en girar en torno a lo grande y cuyas limitaciones consisten en no transmitir la grandeza, aunque quizá sea mía la limitación si como crítico no he captado el hecho de que el autor no hace explícito el contenido de lo poético por deferencia al noble asunto al que ha dedicado su vida, su trabajo y su ingenio.

05 octubre 2012

La poética del perdedor


Inma la estrecha no quiere mi amor

Diego Vaya

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Levante"

ISBN: 978-84-15039-85-3

117 páginas

10 €




José M. López 

Quiero hablar hoy de una novela epistolar protagonizada por un joven que se encuentra en una situación deshonrosa, y que para justificar dicho estado escribe una serie de misivas en las que relata la multitud de agravios, sinsabores y sucesos bochornosos -a la vez que cómicos- que ha tenido que sufrir hasta llegar a casarse con la mujer que deseaba. El resultado: un matrimonio que, por fin, le ha proporcionado una cómoda posición social, a la vez que una aireada cornamenta. No, amigos, no estamos hablando de la enésima edición de El Lazarillo de Tormes, sino de la primera incursión en el mundo de la ficción narrativa del joven poeta Diego Vaya.

En claro homenaje a la insuperable obra renacentista, el autor  nos ofrece en esta novela corta un divertido retrato de un muchacho apocado que, a través de correos electrónicos, nos va deshuesando cada uno de los altercados, ruindades y humillaciones que ha tenido que sufrir hasta lograr casarse con la joven Inma, chica de una extraña frigidez, ya que dicha virtud tan solo parece mostrarse cuando ella se relaciona con el propio protagonista. Las aventuras de este perdedor descomunal, que podría protagonizar la última de Woody Allen, sirven al novelista para dibujar una ácida y divertida caricatura de la sociedad en que vivimos en sus diversas caras: la búsqueda desesperada de la sexualidad, el extremismo católico, la corrupción, el capitalismo deshumanizado… Al final, y tras el velo humorístico, el lector se queda con un pesimista y desesperanzado cuadro de nuestro día a día.

¿Qué pega podemos ponerle al libro? Pues que el autor no se haya esforzado, a mi parecer, en profundizar algo más en lo que los griegos denominaban la psique de los personajes. Desde el apocado protagonista, pasando por el padre militar o la madre "ultracatólica", y terminando por el psicólogo sudamericano, estamos ante meros estereotipos poco convincentes y que evitan que la trama adquiera credibilidad y sea, por tanto, más divertida aún. Sí, es cierto que estamos ante una novela humorística de tono pretendidamente ligero y entretenido, pero creo que no hubiera estado de más dedicar algunas páginas a dibujar en profundidad a estos personajes con los que se va topando el joven protagonista, de manera que, como ya he dicho, la implicación emocional del lector hacia ellos se hiciera más intensa, y la crítica social implícita, más universal.

Por otro lado, pienso que es de agradecer la naturalidad y falta de alardes de la novela, cuya mayor virtud reside precisamente en su sencillez y en su carencia de pretensiones "pseudo-filosóficas". Creo que Diego Vaya intenta presentarnos una obra para nada pretenciosa, un ligero divertimento con altas dosis de ironía, sarcasmo, y cargada de un humor chocarrero, mordaz y muy negro, negrísimo. Novela, en definitiva, ideal para desconectar un poco, pasar una tarde divertida y reírse un rato, hasta de uno mismo. Como con la última de Woody Allen.

28 septiembre 2012

Arte de compartir


Palabras con alas
Luis Alberto de Cuenca
Isla de Siltolá, 2012. Colección "Inklings de Siltolá"
ISBN: 978-84- 15422-60-0
176 páginas
13 €




Alejandro Luque
De una recopilación de artículos publicados en Mercurio solo cabe esperar, al menos en las propias páginas de Mercurio, una reseña elogiosa. Las líneas que siguen, bajo sospecha de corporativismo, están dictadas no obstante por una sincera y hasta entusiasta aprobación. Ahora que acaba de ver la luz en Visor la poesía completa de Luis Alberto de CuencaLos mundos y los días, 1970-2005–, podemos empezar constatando que las piezas incluidas en Palabras con alas constituyen, de un modo inconsciente, un compendio de sus constantes como escritor, desde el espíritu aventurero a la pasión por las viñetas o la cultura grecolatina.
En la estela de Borges, a quien guiña en numerosas ocasiones, De Cuenca es un decidido defensor de incorporar al canon clásico géneros tradicionalmente preteridos, como la ciencia-ficción o la novela policiaca, lo que no le impide abordar lecturas más o menos sagradas, de Montaigne a Pound y de Catulo a Tanizaki. Sin embargo, lo más gratificante de estas páginas tal vez no resida en el heterogéneo espectro de sus temas y protagonistas, sino en el hallazgo de un tono desafectado y cómplice, muy alejado del lenguaje ensayístico al uso.
El autor de La caja de plata entendió muy bien que Mercurio, revista de libros para todos los públicos, no pedía voces desde el púlpito o la cátedra, sino más bien un perfil de lector generoso. Un modelo de crítico que ejerce su oficio no como un alarde de erudición –aunque la posea, siempre tendrá la elegante deferencia de dosificarla–, sino como un modo de compartir: lo que sabe, lo que ha vivido, lo que con más celo atesora en casa.
Esto da licencia a De Cuenca para salpimentar sus observaciones con anécdotas personales. Habrá quien piense que para analizar a un autor no es necesario decir quién te regaló un libro suyo, o en qué librería de viejo encontraste tal o cual edición, o si encabezaste un poema propio con una cita de éste o de aquél. El madrileño sí lo hace, y con la suficiente naturalidad como para enriquecer el texto sin distraer la atención sobre su objeto central. Esto, inadvertidamente, achica la distancia entre el crítico y el lector, hasta reducirla a las dimensiones de una virtual mesa de café. Incluso para los lectores que, como es mi caso, podemos sentirnos ideológicamente muy alejados del autor madrileño.
Pero la generosidad de Luis Alberto de Cuenca se revela en Palabras con alas en otro aspecto digno de señalar. Junto a Coleridge y a Kipling, el crítico no se olvida de ocuparse de jóvenes talentos, nombres todavía por descubrir como León Arsenal, Víctor Conde, Diego Medrano o Daniel Sánchez Pardos, como una manera de señalar que la literatura es algo más que un polvoriento panteón de antepasados ilustres, sino también algo vivo y en movimiento. Así, frente a la crítica profesoral, tan dada a las lecturas obligatorias, De Cuenca defiende la literatura como un lugar de encuentro lleno de gratos azares. 
[Publicado en Mercurio]

11 junio 2012

Cuando la vida tampoco importa


Nada importa nada

Javier Salvago

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Arrecifes"

ISBN: 978-84-15039-80-8

68 páginas

12 €



Rafael Roblas Caride

Heredero directo del Gil de Biedma más inspirado, por parte del estilo, y del Manuel Machado más zumbón, por parte del ritmo, Javier Salvago (Paradas, 1950) reincide con este Nada importa nada en su pecado de narcisismo maldito, presentando un poemario que se estructura en cinco apartados de irregular extensión más un epílogo final, caracterizados -también es marca de la casa- por una evidente tonalidad elegiaca y por un cínico escepticismo que se acrecienta con la edad.

Formalmente, el volumen posee una estructura circular, abriéndose en su primer capítulo con una sorprendente sextina, estrofa que, en disposición especular, se repetirá en el apéndice lírico del poemario y que conforma a su vez el último apartado de este, con el título de “Final”. Mas si este “Final” constituye una profunda reflexión recapituladora sobre la vejez y la muerte, la sextina inicial puede calificarse como una autoconfesión metapoética del oficio literario. En ella, Salvago ahonda en su sentimiento vital y niega cualquier anclaje actual con el arte poética, sumergido en el hastío y en el desencanto: “Harto de la existencia, harto de todo, / de los sueños, del mundo y su sentido, / del tiempo, de ella y hasta de ti mismo”.

Esta postura nihilista es común para todo el libro y da a la voz de Salvago un personalísimo tono que fluctúa entre la amargura y la aceptación forzosa de un destino inexorable, que se convierte en certero presente una vez que el poeta es incapaz de detener el paso del tiempo y la cercanía de la muerte se vislumbra en el horizonte. De ahí nace también la mirada al pasado, el canto a lo perdido, la melancolía -que no queja- elegíaca.

El segundo apartado del libro es mucho más extenso y rememora, desde el presente actual, la juventud y los amores perdidos. Sin embargo, lejos del poeta elegíaco al uso, Salvago se enroca en el cinismo y en el humor que lo acompañan como compañeros de viaje desde sus inicios. Pronto el lector cae en la cuenta de que de “Aquellos maravillosos años” poco o nada hay salvable: “La juventud pasó. / Bien está lo que acaba. / No volvería a ser joven / ni aunque me lo pagaran”. El cansancio y el desencanto del presente son las lentes que enfocan ahora hacia el recuerdo y que fulminan la ilusión del muchacho que fuimos. Especialmente brillante me parece el repaso que el poeta realiza en “Imágenes” a su propia historia amorosa. Al término del recorrido sentimental, nuevamente aparece el destino funesto y pesimista del hombre detenido y vapuleado más por el ajetreo de la existencia que por el paso del tiempo: “Imágenes ya muertas del que fui, / según las circunstancias y los años, / que aún perduran, borrosas y amarillas, / como viejos retratos”.

En el tercer capítulo del poemario -dedicado no casualmente a Antonio y a Manuel Machado-, Salvago aprovecha para ahondar en su reflexión vital y apuesta por el acortamiento de la estrofa y por la densidad del verso. Nace así una poesía profunda y sentenciosa, que toma por modelo los “Proverbios y cantares” machadianos y que permite comprobar cómo el de Paradas se crece en las distancias cortas de la copla, de la soleá y del cantar popular. Como soberbio ejemplo, véase la siguiente súplica por soleares:

"Echa vino, tabernero,
que hoy me siento como un trapo
y quiero andar por los suelos.

Echa vino, tabernero,
hasta que ya no me acuerde
de quién soy ni por qué bebo."

O esta otra, que posee el eco calderoniano y el deje fatal de la vida vivida como sueño:

"-¿Qué es la vida... - Una ilusión
que nos mantiene dormidos
y atados a obligaciones
penosas y sin sentido."

Poco a poco, el libro se remansa presagiando el final. Así, el siguiente apartado regresa al pasado, centrándose esta vez en el territorio de la niñez. Y si al Buen don Antonio los recuerdos sevillanos se le aparecen durmiendo en un patio de limoneros floridos, para Salvago la infancia palaciega se concentra en la sordidez de la taberna, en las lágrimas del párvulo, en el perdido recuerdo de una joven madre que es el símbolo de aquel “[...] tiempo feliz, / amargo y dulce, primero, / sobre el que se extiende toda mi vida [...]”. Elegía amarga y dolorida marcada por la dureza de una vida adulta apurada al extremo.

El quinto apartado es una menguada serie formada por cuatro composiciones -dos sonetos, un poema de cuatro cuartetos  y una canción en cuartetas, todos ellos de rima asonante- que insiste en la problemática existencial, recurriendo al símbolo del retrato de Dorian Gray en la primera de ellas, y que culmina con la famosísima cita de Lennon: “La vida es lo que te pasa mientras tú te dedicas a hacer otros planes”, que Salvago reinterpreta así:

"La vida es ese tren
que silba y se te escapa,
mientras tú fantaseas
aburrido en tu cama."

Hartazgo y aburrimiento. Vida quemada como una colilla que desemboca en el poema final -ya indiqué anteriormente que también en sextillas- dedicado expresamente a Aubrey de Grey, gerontólogo inglés que declara que la vejez no es sino una enfermedad más del ser humano y profetiza una existencia superior a los mil años en el hombre del futuro. Sin embargo, esta suerte de inmortalidad, lejos de suponer una esperanza para Salvago, es interpretada como una prolongación del tedio, como un insoportable castigo tantálico al carecer el hombre de los límites de la vejez y de la muerte, fronteras indispensables de la existencia humana y dadores de su último sentido. Cara y cruz que se complementan. Paradoja poética y existencial. Y el libro acaba.

Desde hace algún tiempo, Javier Salvago viene amagando con la retirada, alegando la esterilidad creativa de su etapa actual. Nos engaña. Con este Nada importa nada, Salvago reafirma la opinión de quienes aplaudimos esa pose literaria tan 'sui generis' y ese particular guiño al malditismo francés. Gracias a Dios -y a las Musas- el de Paradas prosigue su recorrido vital, ofreciendo a sus seguidores un libro muy en la línea de su particular estilo, prosaico y asonante. Poeta sincero y claro. Directo. Culto y popular al mismo tiempo, que, al margen de modas y de posturas falsamente experienciales, no defrauda en sus planteamientos líricos y logra de nuevo despertar “el pájaro dormido” de la curiosidad del lector. Más que recomendable, sin duda, este nihilista ajuste de cuentas consigo mismo. 'Chapeau, monsier' Salvago.

15 marzo 2012

Hay que pararse



Quietud

Sergio Fernández Salvador

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Vela de gavia"

ISBN: 978-84-15039-75-4

96 páginas

12 €



Rafael Suárez Plácido

Nos sorprende la cita de Aristóteles que justifica, en parte, el título del libro: “Hay que pararse.” Siempre hemos achacado a los primeros libros de algunos poetas esas prisas. Por otra parte, la cita está incompleta: ¿para qué hay que pararse? ¿Para contemplar el mundo que nos rodea? ¿Para contemplar nuestros primeros años vividos con algo más de perspectiva? ¿Para reflexionar y entender mejor lo que estamos tratando de decir? No, la cita no está incompleta. Las tres respuestas son válidas y se corresponden con cada una de las partes en las que se divide el libro, cada una de ellas es la continuación de la cita de Aristóteles.

Pero antes tenemos un acierto, unos primeros versos, los primeros que publica el autor a sus treinta y seis años, que nos ponen en guardia: “Con ese olor a pólvora / y ese falso silencio que sucede / a la detonación,…” La detonación se ha producido nada más abrir las páginas del libro y ya olemos la pólvora. Es el único poema que está fuera de esas tres partes mencionadas: un acierto, porque nos va a empujar a seguir leyendo. E insistimos en esto, porque este poema bien podría haber estado en la tercera parte del libro: “Elegías”.

La primera parte se titula “Clamores” y sí, son muestras de entusiasmo ante la naturaleza que rodea al poeta. Algunas postales o imágenes que asombran al autor de estos versos. Quietud es el primer libro de Sergio Fernández Salvador y esto no deja de notarse. Es bueno que se note. Un primer poemario siempre nos dice mucho del poeta que aún no ha encontrado las máscaras con las que desea mostrarse. De momento, sus máscaras son las que son, lo que siempre le ha asombrado: la nieve en un pueblo de Burgos, la imagen de Castilla que tiene mucho de Unamuno, de quien también nos ofrece algunas citas a lo largo del libro –directas o más ocultas-, o una imagen del cielo nocturno que contempla desde su ventana y que le ha enseñado “…que no existen / dos silencios iguales.” Esos silencios suponen otro de sus temas. El silencio es el lugar del creador, porque sólo desde él se puede aspirar a logar ese estado: la quietud. Las correspondencias entre la naturaleza y la escritura se hacen más evidentes en “Larus Michahellis”: aquí no son albatros, sino gaviotas las que le ofrecen esa correspondencia que recoge en el verso final: “La sombra de su vuelo en esta página.”

Hay poemas, en esta primera parte, en los que advertimos que estamos ante un primer libro: una lucha en la que el autor se sumerge en ese mundo y lo hace usando imágenes hermosas pero, eso sí, algo gastadas: mareas que van y vienen, un nombre de mujer “que me quema los labios”. Uno se identifica, cuando ve un muy buen primer libro, más con los deslices que con los aciertos. Y lo cierto es que son muchos los aciertos. Y se sustentan en dos aspectos esenciales: la poesía es música, el ritmo se sostiene en prácticamente todos los poemas, las palabras han sido cuidadosamente escogidas, y hay un afán por comprender las claves de la poesía, que son las mismas de la vida.

La segunda parte es “La educación sentimental”, quizá la menos conseguida del libro, pero es el tributo que todo poeta que hable de sí mismo tiene que pagar. En el poema “Relatividad” vuelve a mostrarse esa correspondencia entre poesía y paisaje o vida o viaje. En el tren es posible hallar esa quietud necesaria para vivir y que, ya lo sabemos, también necesitamos para escribir. Sólo en esa quietud puede contemplar que sea “el papel –inmóviles / mano y pluma- quien caprichoso dicta / con arbitrario curso…”. Es la idea del trance, del poeta como médium entre la naturaleza y el poema. Esta educación sentimental concluye con el nacimiento del hijo, con todo lo que ello conlleva: “Hoy mejor te comprendo, padre, incondicional / abrigo de la sangre…”

La tercera parte se titula “Elegías” y comienza con dos poemas que profundizan en su asombro, marcado por cierta tristeza, por la dificultad de escribir lo que se desea. Sus reflexiones están más logradas que sus imágenes. Así lo vemos en “Per se”, donde da con las claves de lo que en su opinión es la poesía: “¿Y si fuera el poema simplemente / dar noticia cabal del mundo, levantar / acta fiel de esta tarde…?” Quizás el poema que más nos ha calado es “Mirlo en el jardín”, una vuelta de tuerca al tema de la escritura que aquí vuelve a emparentarse con la naturaleza, pero también, como novedad, con el sueño. Hemos pensado, creo que era inevitable, en el ruiseñor de Coleridge. Un primer libro ofrece poemas de épocas diversas. Volvemos sobre nuestros pasos y entendemos que hay cierta conexión entre “Larus Michahellis” y este último que debe ser posterior en el tiempo. No sólo eso: también será un adelanto de lo que nos espera en futuras entregas del poeta leonés, un poeta que avanza desde la quietud, desde este primer libro primorosamente cuidado por La Isla de Siltolá hacia el mundo.

25 enero 2012

En torno a la Belleza

Tan bella, tan cerca

José Manuel Mora Fandos

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Levante"

ISBN: 978-84-15039-88-4

160 páginas

12 €

Prólogo de Enrique García-Máiquez



Rafael Suárez Plácido

Durante un tiempo apenas entraba en ella, sólo me apostaba a mirar las novedades frente al cristal. No siempre he podido tener los libros que deseo. Tampoco es posible ahora. Siempre hay un motivo que supone un problema: a veces simplemente el azar.

Saber. Intuir. A veces, el azar. Hay libros que llegan a mi vida por azar, como este.

Es un libro pequeño. Hay un expositor de libros de pensamiento de pequeño formato, como El elogio de la sombra o El ángel caído, o Crónica de un tiempo perdido, todos ellos con sus pequeñas dimensiones nos dicen más que muchos que ocupan cientos de páginas.

Siempre he disfrutado la belleza del libro como objeto. No es algo que haya aumentado después de aquella experiencia. Ya estaba de antes. Las tintas, las tipografías, las diferentes calidades del papel siempre han llamado mi atención. Tendría que haber sido editor. Y este librito, del que sólo veía el lomo, me habría llamado la atención del mismo modo si lo hubiera visto hace cinco años o hace diez. Sabía a qué editorial pertenecía ese símbolo: una palmera en una playa, con otras dos palmeras detrás, y unas líneas que bien podrían ser los maderos de una barca a sus pies. Es el símbolo de La isla de Siltolá.

Hay algo de mágico en el hecho de tomar un libro que casi nadie antes ha tocado en tus manos y palparlo, abrirlo, acariciarlo. Algo fetichista hay que ser para sentir que esos pasos nos van derrotando y van venciendo nuestras reticencias a hacernos con él, aunque unos minutos antes apenas supiéramos nada de él. Mirar cada uno de sus símbolos, sentir sus rugosidades y texturas, disfrutarlo. Yo casi siempre necesito leer solo, como casi todo. Soy un ser solitario y algo hay de vocacional en ello. Nunca me he sentido demasiado a gusto en las bibliotecas y la lectura, casi a hurtadillas, en una librería siempre la he sentido como un acto clandestino y excitante. Y aún no he escrito nada de Literatura, sólo de objetos hermosos. El grosor del papel casi verjurado, las tipografías, los distintos tipos de letra y los números. Hace unos meses conocí personalmente a Abel Feu, el tipógrafo de Siltolá. Ya conocía su poesía y, antes que ello, conocí su trabajo como impresor y editor en Renacimiento, cuando Renacimiento era lo que está siendo ahora Siltolá, o en Los papeles del sitio, su proyecto más personal.

La portadilla del libro es de color ocre, color piel clara, casi translúcida, con símbolos impresos en rojo y negro. La portada interior es acartonada, blanca, con las tintas de la portadilla, aunque eso aún no lo había visto. Sí, en cambio, eché un vistazo al interior a la vez que, muy discretamente, me acerqué el libro a la cara. Me gusta sentir el olor de los libros recién impresos y este lo era. Lo supe por su olor.

Abrir el libro, quizás para disimular ese gesto que ya hice de llevármelo a la cara y olerlo y empezar a leer. Es sólo tinta negra, dirán algunos. La portada parecía presagiar el rojo para algunos títulos o cifras. T. S. Eliot, en su gran poema Cuatro cuartetos, alude a la tendencia universal a escuchar “hacia otra parte” cuando no interesa lo que se oye: “El género humano / no soporta demasiada realidad”. Últimamente leo a Eliot por todas partes. No es mala costumbre. Alguien me ha preguntado recientemente si me siento más de los Cuatro cuartetos o de La tierra devastada. Él se sentía más de este último poema; yo también: mi poema favorito de Eliot es La tierra devastada. Mora Fandos constantemente cita Cuatro cuartetos. Octavio Paz y Juan Malpartida conversaban constantemente sobre el papel de Eliot en la Historia de la poesía moderna y parece ser que se decantaban por La tierra devastada; Luis Cernuda, quizás el gran introductor de Eliot en España, siempre citaba Cuatro cuartetos; Gil de Biedma, La tierra devastada y así podríamos continuar. No hay poeta que no se decante por uno de los dos colosales poemas. Mi amigo, uno de los mejores poetas españoles que tengan en torno a cuarenta y pocos años, se decidía, ya lo he dicho, por La tierra devastada.

Son muchos azares, muchos recuerdos. Decido quedarme el libro. Viene con un prólogo de Enrique García-Máiquez. Es el segundo libro con un prólogo del poeta gaditano que reseño. Es curioso, porque aunque lo valoro, no es alguien con quien yo coincida en demasiadas cosas. Por otra parte es el único autor con el que he repetido reseña. El libro anterior que reseñé fue Todo es para siempre, del poeta Pedro Sevilla, con quien sí soy más afín ideológicamente.

¿Qué es la literatura de izquierdas?

Es más fácil que coincida literariamente con autores conservadores, que con otros que se dicen de izquierdas.

Creo que aún no lo he dicho: el libro se llama Tan bella, tan cerca y tiene seis ensayos, muy heterogéneos y poco ortodoxos, sobre asuntos relacionados con la estética. Lo que se ha dado en llamar Prosa Poética o Miscelánea. ¡Esta manía de encasillar los textos! Parten de cualquier excusa, a veces un viaje o algo que se ha leído o una lámina que reproduce una pintura, para comenzar una serie de reflexiones y asociaciones que no sabemos a dónde nos van a llevar. Nos dejamos llevar con gusto.

Es un libro de viajes que hacemos desde el sillón de nuestra casa.

El primer ensayo, "Una bella inquietud cotidiana", es un canto a la belleza que reside en lo cotidiano: la belleza que queremos creer que está, que es aunque no la conozcamos. Nos lleva a Roma y de ahí retrocedemos en el tiempo, es inevitable, a la época del imperio, para volver a retroceder a la ficción de la Ilíada. Mora Fandos prefiere esperar en los soportales de las casas a los héroes, mientras estos luchan por el ideal de belleza personificado en Helena, y disfrutar viendo cómo los esclavos aran la tierra o los enfermos beben su caldo de pollo. No olvidemos que las asociaciones son tramposas y subjetivas y nos transportan a donde quiera el autor.

Si en el primer ensayo partimos de una estancia en Roma, una simple ocurrencia va a provocar que en el segundo ensayo, en mi opinión el central, reflexionemos sobre la importancia del silencio y de la escucha activa. En el texto hay dos niveles tipográficos, uno el de la reflexión de Mora Fandos y otro, el de algunas citas en que se apoya para trasladarse de una idea a otra. Estas citas pertenecen a textos que, en muchas ocasiones, hemos leído y han pasado desapercibidos quizá porque no hemos estado demasiado atentos a la lectura.

Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. (…) Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterios mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante, a su manera, para el mundo.”

Mora Fandos nos sienta a una mesa con Eliot y con la baronesa Blixen, y con Orwell y con los mismísimos Homero y Aristóteles, y con Michael Ende, y nos pone a escucharlos, con fondo melódico de Miles Davis. Nos crea la sensación de que participamos en los debates, cuando lo que realmente hacemos es dejarnos llevar.

Hace unos meses leí 1Q84, de Haruki Murakami. El libro está publicado en dos partes: primero salieron la una y la dos, en un solo volumen, y, unos meses después, salió la tercera. Yo decididamente hubiera obviado la tercera, aunque sea una novela con apariencia de 'thriller' policíaco. Pero en esta tercera, Murakami recurre a un detective que va tratando de solucionar el caso por medio de lo que he llamado “asociaciones tramposas”, esto es: reflexiones que le conducen de manera muy aleatoria a donde quiere llegar.

Lo que no me parece lícito en un 'thriller' policíaco, sí puede serlo en un libro de ensayos. Los ensayos son subjetivos y se supone que no pretenden llegar a ningún punto, a ninguna verdad, sino que simplemente llegan y ya está. Sería curioso saber si Mora Fandos sabía a donde le iba a llevar cada una de estas pequeñas y arriesgadas aventuras que son estos ensayos, o si por el contrario se aventuraba sin saber qué Ítaca le esperaba al final de la travesía.

Los dos últimos ensayos sí estaban, en cambio, predestinados de antemano. La persona madura que es capaz de atender a los demás con más cuidado, en el cuadro de Homer, y el sentido final de la obra de arte, del texto narrativo que llega siempre a buen puerto. Ahí no hay ni podría haber margen de error.

Tan bella, tan cerca es un libro de recuerdos, que nos va a proponer un viaje a través de la belleza que está en lo que tenemos cerca, en nuestra casa, en nuestro entorno, en nuestras vidas. Sólo tenemos que hacer un pequeño esfuerzo por escuchar y leer atentamente y nos daremos cuenta de esa bondad que antes no veíamos, o sí. Cada uno sabrá cuál es su caso.

05 diciembre 2011

La poesía es un arma manchada de tiza



Al pie de la letra

Víctor Jiménez

Ediciones de La Isla de Siltolá, 2011

ISBN: 978-84-15039-79-2

69 páginas

10 €




José M. López

Junto al Augmentine 500, las gafas graduadas y la limpieza dental, la mutualidad que se desvive por la salud y bienestar de los funcionarios de la enseñanza pública en España debería prescribir, sin lugar a dudas, este magnífico poemario de Víctor Jiménez. Y es que este poeta sevillano nos receta en su nuevo libro una obra con pasmosas capacidades terapéuticas, que si bien no ayudará a hacer desaparecer la desazón y pesimismo de este sector de la sociedad hoy tan denostado, bien permitirá que cada profesor exorcice, mediante la lectura de este anuario poético, todos sus miedos, frustraciones y desengaños nacidos del día a día en el instituto. Nadie mejor que él para cubrir bajo un manto lírico esta realidad, ya que el autor, además de poeta, es también un profesional de la enseñanza, y, por lo visto, también necesita escupir al aire sus miserias laborales cotidianas, auque después aquello le vuelva a caer en plena cara.

Cada poema de Al pie de la letra está vestido de una autenticidad tan descarnada que parece hablar directamente a través del corazón y la rabia de cada uno de estos obreros de la pedagogía, describiendo, a través de una especie de “narrador externo”, una serie de cuadros que podemos encontrar en cualquier I.E.S actual. Por ello, es frecuente que el “yo” lírico se dirija directamente a ellos, a los profesores, mirándolos a los ojos a través de un “tú” que es le verdadero protagonista, el centro de cada escena descrita. De este modo, el lector tiene la sensación de que estos textos han sido escritos por todos y cada uno de los enseñantes de la cosa pública, que parecen ceder al autor sus recuerdos, sus vivencias en cada aula, en cada pasillo, en cada sala de profesores y en cada alma desencantada; memorias que se elevan en cada estrofa mediante la poetización de una realidad cotidiana, a veces soez y vulgar.

El libro está redactado en orden cronológico, a la manera de una lírica agenda escolar que se abre con el poema “Parking público”, donde se detalla cómo los padres aparcan ansiosos a sus hijos a primera hora de la mañana:

"Como si no supieran

que asegurado tienen lo que buscan:

aparcamiento vigilado y gratis para sus criaturas (…)”

De ahí se nos conduce a la hora del desayuno (“Breaktime”), pasando por la esperada salida de los viernes (“Cantos de sirena”), las vacaciones de navidad (“Bandera blanca”), Semana Santa (“Viernes de Dolores”), hasta llegar al fin de curso (“Otra vez fin de curso”).

Creo que estamos ante un libro profundamente pesimita y escrito desde el dolor más sincero. Para expresar y combatir este sentimiento al poeta no le queda otra que blindar el arma de la ironía. De este modo, nos termina ofreciendo una desternillante sátira acerca del sistema educativo actual. La sonrisa sarcástica es la única salida que le queda a esta voz desesperanzada para no sucumbir al contemplar una verdad que le asquea o, al menos, le decepciona, la podrida realidad de un sistema que no funciona. En “Propósito de enmienda”, por ejemplo, observamos cómo el profesor, tras sancionar a tres alumnos que molestan continuamente en clase, termina por declarar:

"Soy un mal profesor -lo reconozco-

que no se adapta, como debe,

a los tiempos que corren (…)”

Tanto es así, que para el autor la enseñanza es, sin lugar a dudas, una guerra (“Hospital de campaña”, “Parte de bajas”, “Bandera blanca”) donde el alumno es el enemigo, y el profesor un soldado temerario que se enfrenta incomprensiblemente a la muerte:

"Y hay quién piensa, no entiende, y se pregunta,

Con una leve e irónica

Sonrisa, cómo puedo

Estar aquí en primera línea

Con esa posecita que me entra al levantarme (…)”

Pero junto a la tristeza y al desánimo, también encontramos en Al pie de la letra versos vestidos de ternura y lirismo, como la dolorosa elegía que encontramos en el sincero “Amigo”, o el retrato de aquella profesora mayor y de modales antiguos, arquetipo de mujer invisible, en el poema “Señora”.

Sin embargo, y a pesar de lo que parece desprenderse de las líneas anteriores, no estamos ante unos textos sectarios o localistas que tan solo pueden ser disfrutados por los colegas de profesión. La excelencia del libro radica, en mi opinión, en la capacidad del poeta de elevar a categoría lírica una realidad cotidiana, haciéndola válida, bella y universal, de modo que supere las restricciones estéticas de la denominada poesía de la experiencia. La fina intuición poética, la metáfora risible, la sugerencia o el símbolo de base surrealista son instrumentos de los que se vale el autor para diseñar contenidos que trascienden anécdotas particulares. Además, Víctor Jiménez se preocupa por dotar al andamiaje poético de una musicalidad sutil y constante, donde el gusto por los ritmos endecasilábicos -heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos- pone la banda sonora a cada escena. Aunque en el libro predominan los poemas no estróficos, la inclinación del poeta por las formas clásicas permite que disfrutemos de sonetos sin rima o en versos blancos (“Cantos de sirena”), u otros diseñados a la manera tradicional (“Balance”).

En definitiva, rectifico lo dicho en el primer párrafo de esta reseña, ya que este magnífico libro no solo debería constar en el recetario de los profesionales de la enseñanza, sino que tendría que ser prescrito e inyectado en vena a toda la población, de modo que todos y cada uno de nosotros podamos divertirnos y disfrutar de la buena poesía, además de, que tampoco está de de más, conocer algo mejor la realidad de estos sufridores de la educación actual.

15 noviembre 2011

Un escritor brillante, una prosa poderosa y una objeción


Cúpulas y capiteles. [Entradas del blog La columna toscana]

José María Jurado

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Álogos"

ISBN: 978-84-15039-59-4

103 páginas

12 €



Juan Carlos Sierra

Si no en años, sí en número -el 18-, se puede afirmar que la Colección "Álogos" de la Isla de Siltolá se ha hecho mayor de edad con el libro de José María Jurado Cúpulas y capiteles. Pero no solo por cuestiones cuantitativas, sino esencialmente por la calidad que manifiesta esta entrega.

Confeccionar una sólida colección de libros a partir de ese material heterogéneo e irregular desde el prisma de lo literario que es el blog resulta una misión extremadamente complicada. Unas veces se acierta y otras no tanto. Sin embargo, con la selección de entradas de José María Jurado el tiro ha dado exactamente en la diana de la exigencia literaria.

Independientemente de otras consideraciones, se puede afirmar que Cúpulas y capiteles nos sitúa ante un escritor brillante. No es tanto el sustrato cultural –del cine a la música pasando por la historia y los viajes- del que hace gala José María Jurado ni el aprovechamiento exhaustivo de sus lecturas; no se trata solamente de sus juegos literarios ni de sus quiebros oportunamente divertidos; no es por su manejo, aunque sea a pequeña escala, de diversos géneros literarios en esta miscelánea digital; ni siquiera por la ternura a años luz de sus peligros cursilones de algunas de las entradas de estas Cúpulas y capiteles. No es solo por todo esto, aunque también.

Lo que demuestra en principio Cúpulas y capiteles es que estamos ante un escritor versátil que ensaya en el laboratorio de su blog La columna toscana diferentes fórmulas creativas y que, por consiguiente, se pone a prueba constantemente. Nos dejamos seducir por un autor de registros variados que va aprendiendo en cada experimento el oficio de juntar palabras que sacudan al lector -en lo emocional y en lo estético-.

Pero además de esto, fundamentalmente leemos y experimentamos en la selección que ha entregado José María Jurado a la Isla de Siltolá el placer de una prosa poderosa, compacta, orgánica, rica, sugerente, viva,… Si en un buen poema cualquier palabra es exactamente la necesaria e imprescindible, si los vocablos han de ajustarse y ceñirse como añillo al dedo del verso, podemos decir que en Cúpulas y capiteles estas condiciones líricas se cumplen en un tanto por ciento muy elevado pero para la prosa; otro asunto, sin embargo, sería el análisis de los poemas incluidos como entradas en el blog, que, salvo el titulado "Calendario perpetuo" -que recuerda al Ángel González preocupado por el paso del tiempo, los días de la semana y su hastío-, se hallan más próximos a la humorada -brillante en todos los casos, eso sí-.

Cúpulas y capiteles está organizado en cuatro partes más un prólogo del propio José María Jurado, que funciona como una suerte de ‘captatio benevolentiae’ y ‘sermo humilis’ juntos. Citando al propio autor en su blog, diremos que la primera parte "Divagaciones" son artículos y humoradas, la segunda "Dramatis personae" monólogos dramáticos e históricos, la tercera "Las Mil y Una Noches" cuentos y la cuarta "Música de Capilla" textos de Cuaresma y Semana Santa.

Y aquí precisamente, en esta cuarta parte, se encuentra la única objeción al libro. Este habría quedado redondo sin esta última sección que huele demasiado a incienso y, lo más grave, rompe el tono del conjunto, porque de la universalidad se pasa sin transición al localismo y de la literatura en mayúsculas al cartel turístico aderezado con la retórica sentimental del pregonero de Semana Santa. Lástima.

21 octubre 2011

Alta cetrería


Tablero de sueños

José María Jurado

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Inklings de Siltolá"

ISBN: 978-84-15039-52-5

112 páginas

12 €




Jesús Cotta

La editorial Siltolá, activa, elegante y osada, sigue abriendo caminos. Y ahora inaugura una nueva colección, "Inklings de Siltolá", en recuerdo de la tertulia formada en Oxford por escritores admirables como C.S. Lewis, J. R. R. Tolkien, Dyson, Bennett, etc. Y la colección se hace eco del amor de ese cenáculo por la literatura y por eso, después de la presentación pública de cada libro de la colección, se presenta en un círculo cerrado de invitados.

De todos los libros que ha publicado recientemente Siltolá el que más me ha gustado es precisamente el que inaugura esta colección, Tablero de sueños.

Se trata de un libro que es una poética y a la vez una antología de la obra del joven poeta José María Jurado.

Si no son un deliquio incomprensible de palabras bonitas, a mí las poéticas me gustan mucho, porque uno aprende mucho de la altísima labor de la poesía, sobre todo si el autor de la poética no se guarda ningún secreto, ninguna debilidad, y nos confiesa sus trucos, sus lecturas, sus caminos, sus noches negras del alma, sus exigencias, sus retos, sus proyectos, sus vacilaciones, su relación con la musa y el trabajo, los vericuetos que a través de la sensibilidad adoptan su fantasía y su razón para dar una salida verbal digna a todo el caudal de belleza que lleva removiendo por dentro durante días, semanas, meses y años sin estar casi nunca satisfecho, porque, como él dice, ella lo pide todo y no da nada.

Destaco de su poética hallazgos como estos: “La Poesía, si es verdadera, surge incluso a pesar de los postulados de quien la intenta escribir” (y por eso el ateo materialista y atomista Leucipo, en su De rerum natura, irrumpe con un himno a la diosa Venus después de decirnos que los dioses no existen); “Podemos refutar el gongorismo, pero no a Góngora (y por eso el gongorismo o el lorquismo es un defecto en otros poetas, pero no en Góngora ni en Lorca); el destino del poema es el de “propagador de la belleza”; “El buen poema en prosa no baja la cerviz ante la PMM (Policía Montada de la Métrica)”... Y otras muchas sutilezas con las que se aprende mucho del oficio y con algunas de las cuales discrepo: “con paciencia, con mucha paciencia, el poema, el mejor poema que estamos en disposición de hacer sobre un motivo programado, no inspirado, sale”. Yo, sin embargo, opino que sin el factor de la inspiración involuntaria que nos arrastra a escribir, sea esta lo que que sea, no merece la pena ponerse a escribir el mejor poema no inspirado que podamos escribir, porque no será por ese poema por el que el poeta será recordado.

En esta época posmoderna donde se suele considerar poesía cualquier cosa que se escriba en verso, el autor de esta poética nos eleva a las cumbres de los poetas más grandes para que desde ellas distingamos lo que es cumbre y lo que es sencillamente llano. Y desde esa cumbre él arroja al aire también sus versos, que viajan por todo el mundo y por todas las épocas, pero sin caer en el vicio de la posmodernidad, sino en su virtud. Sus poemas cumplen los preceptos de su poética: no rehúyen los moldes clásicos ni lo barroco ni la alta imaginería con la que nos sorprende, sino que son poemas de esplendor visual pero sin fuegos artificiales, y cargados muchas veces de una emoción vibrante.

Sus poemas en verso y sus poemas en prosa, donde se enmascara una discreta pero sonora tendencia al endecasílabo, me han impresionado por su belleza plástica, su originalidad y su rotundidad verbal arrolladora y la intensidad de su elegancia: “Cabalgo con mi señor don Quijote por la perspectiva Nevski”, “Quijada de Caín, bárbara España”, “En el viejo reloj, bajo la nieve,/ la Muerte da la hora en Babilonia/ y palpitan las órbitas de Kepler.

Son poemas, pues, que propagan la belleza. Le deseo a su propagador que se abandone a ella aún más, que ella irrumpa en las vetas de la roca y las rompa y salga por donde quiera ella, más libre y más viva aún.

Y a esta colección, en la que publicarán, entre otros, José Luis García Martín, Antonio Colinas y Luis Alberto de Cuenca, le deseo larga vida.

30 septiembre 2011

Para todos ustedes



Para entregar en mano

José Luis García Martín

La Isla de Siltolá, 2011

ISBN: 978-84-15039-45-7

278 páginas

16 €




Rafael Suárez Plácido

Vamos a comenzar en Lisboa, de la mano de uno de sus grandes conocedores, de la mano de uno de sus grandes admiradores. Y de ahí nos iremos moviendo por el mundo: toda Italia, desde el norte hasta el sur, Sofía, Nueva York, Buenos Aires o Túnez y muchos más sitios. En Andalucía estaremos en Jerez, en Cádiz y en Sevilla. Pasaremos la mayor parte del tiempo acompañando a un hombre rodeado de libros y fantasmas, casi siempre del pasado, pero no siempre. Y nos los irá presentando a todos, desde una mesa en una cafetería de Oviedo, siempre la misma cafetería, fingiendo que siente incluso lo que de verdad siente.

Me gustan las novelas que parecen de verdad y las verdades que parecen de novela.” Para entregar en mano (La Isla de Siltolá, 2011) es un libro repleto de verdades, al menos de las verdades de José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, 1950). Y es un libro que se puede leer como si fuera una novela, como si se tratara de la novela de la vida. Una vida llena de belleza: viajes, poesía, pensamiento. (Yo he conocido y empezado a querer a más poetas en cualquiera de los doce volúmenes que van ya de sus Diarios, que en cualquier manual de poesía). Es una vida llena también de vidas ajenas que el autor admira o valora. Cada una de estas vidas podría ser un cuento y casi siempre nos gustaría formar parte de él, vivirlo en primera persona. De un momento a otro pasamos de desear estar con Françoise Sagan, en Estados Unidos, escuchando a Billie Holiday en un local de Connecticut o conversando con Tennesse Williams y Carson McCullers apartados del mundo, a conocer a la Juana García Noreña de carne y hueso, los primeros años de su estancia en Madrid; de un momento a otro pasamos de visitar a Hölderlin en sus últimos años de vida y acompañarlo en sus largos paseos, a acompañar también al propio García Martín en su viaje a Túnez.

Todo eso lo hacemos y más, porque cada página de este libro esconde un tesoro. Los tesoros no saben de tópicos. A veces, el autor los utiliza para describirse a sí mismo con ironía, pero cuando habla del mundo nunca lo hace. Sus opiniones siempre parecen arriesgadas. No lo parecen: lo son. Su visión del mundillo literario, tan poco digno, tan alejado de lo que de verdad importa; sus opiniones políticas, la mayoría las comparto y otras menos, pero siempre, alejadas del pensamiento correcto y regularizado, dan que pensar, y su pasión por los libros y los viajes están además aderezadas en este envoltorio tan hermoso que es la edición que le ha cuidado la joven editorial sevillana La Isla de Siltolá, un proyecto que, paso a paso, nos muestra que tiene muchas cosas que decir en el panorama, a veces desolador, de la Literatura independiente en nuestro país.

No piensen en un libro difícil de leer, al contrario. Vayan a su librería más cercana, abran este libro por cualquiera de sus páginas y comiencen a viajar. Es un consejo de amigo. Para entregar en mano, más que nunca, está dirigido a todos ustedes.

20 septiembre 2011

En el cementerio con Eros

En la cama con la muerte. [25 poemas fúnebres]

Luis Alberto de Cuenca

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Anejos de Siltolá"

ISBN: 978-84-15039-77-8

80 páginas

18 €

Fotografías de Miguel Fernández-Pacheco y Marcela Lieblich



Jesús Cotta

Este libro es una antología temática de poemas de Luis Alberto de Cuenca que no parece una antología, sino un libro con una unidad temática y escrito para ese título tan estupendo que le ha regalado su amigo Miguel Fernández-Pacheco. Este, además, le ha prologado el libro con el fragmento de una carta suya al poeta. Y este prólogo feliz, espontáneo e íntimo confiere a todo el libro un aire que, como la amistad, la muerte y las cosas importantes, está alejado de lo canónico y lo académico.

Quizá por eso en este libro los poemas parecen otros y nuevos y refulgen como oro al sol. En un libro dedicado, sin psicoanalismos, a Eros y Thánatos, que se citan en nuestra alcoba, cobran más y nuevo sentido versos como “la droga de la vida me mataba” o este otro que es Platón entero puesto en verso: “Todo vive en la Tierra porque antes ha vivido/ en el Cielo”. O “Sus ojos/ ya no arrojan al mar residuos radiactivos” y otros muchos, sobre todo en los finales, que se clavan como flechas en el pecho.

Los poemas pretenden a la Pálida de muchas maneras, por arriba, por abajo, por delante, por detrás, en presente, en pasado, en sueños, en vivo y en directo, en carne viva, en carne muerta, en boca de ánimas en pena o de resucitados misteriosos o de visitantes nocturnos y oníricos, pero todos tienen un elemento común: la ausencia de desesperación, de negrura, de tiniebla, de angustia... Al contrario, estos poemas ambiguos y aristocráticos en torno a la Parca rezuman familiaridad, chispa, ingenio, humor, complicidad, erotismo, pasión, en definitiva, vida por los cuatro costados y por todos los poros y a raudales, como esos banquetes en que los antiguos romanos hablaban de la muerte antes del placer para disfrutar a manos llenas de la vida. Y en cada uno de ellos palpita una historia de amor erótico, 'in medias res', sugerente de cosas no dichas y de la que el autor transmite la impresión de saber mucho más de lo que nos cuenta, ingeniosa y frescamente engarzada a veces en alguna tradición literaria.

Las fotografías son estupendas y junto con los poemas habrían hecho las delicias de aquel grupo llamado "Los crepúsculos", compuesto por escritores como Agustín de Foxá o Ramón Gómez de la Serna, que se reunían en sábados otoñales en los cementerios o jardines románticos de Madrid. Eso sí, aquel grupo tenía un toque escapista y nostálgico del pasado que estos poemas de Luis Alberto de Cuenca no tienen, porque, aunque hablan de la muerte, son frescos y nuevos como el rocío de madrugada. Las fotografías están muy bien traídas para los poemas o quizá pueda decir que los poemas están muy bien traídos para las fotografías. La relación entre imagen y palabra en el libro es discreta y elegante, reveladora de algún aspecto del poema y nunca banal. Otras veces la fotografía es la plasmación visual que el poema evoca en la imaginación o al menos a mí así me lo ha parecido. Son fotografías, como los poemas, de la sensualidad de la muerte, tomadas casi todas en cementerios y mausoleos por Miguel Fernández-Pacheco y Marcela Lieblich, a quienes de aquí felicito por idear este libro que, lo digo sin retranca, es un regalo delicado para amantes de lo crepuscular, del lubricán, de lo gótico, de la Parusía, de lo póstumo, de las postrimerías, del Apocalipsis, del Séptimo Sello, del amor ante, con, contra, desde, hasta, para, por y tras la muerte... en fin, para los que ante la muerte no esconden la cabeza como el avestruz y el hedonista de carnes temblonas, sino que la miran cara a cara, con lo que hay que tener, 'id est', con sutileza e intensidad por dentro y con valentía y humor por fuera, ah, y sin faltarle al respeto. Dicho en plata: como los buenos poetas, como Luis Alberto de Cuenca.

13 abril 2011

Nardo de sal e inteligencia


Reloj de arena. Antología poética (1950-2009)

Aquilino Duque

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Arrecifes"

ISBN: 978-84-15039-42-6

140 páginas

12 €




Jesús Cotta

Puede quedar feo que yo reseñe un libro de una editorial que me ha publicado a mí, pero, como en casi todo, a veces conviene hacer excepciones, sobre todo si, como ocurre en este caso, el libro en cuestión me gusta. Lo honrado entonces es reseñarlo, por muy mal que pueda uno quedar. Me arriesgo a ello, porque este libro vale la pena: Aquilino Duque es un buen poeta; Abel Feu, un buen antólogo; la Isla de Siltolá, una buena editorial; y la edición de su nueva colección "Arrecifes" es además bellísima. La conjunción de estrellas ha sido propicia y el resultado es un libro delicioso que reúne para el amante de la buena poesía lo más representantivo de una obra que comenzó en 1950 y aún no ha terminado: más de medio siglo.

Esta antología es, pues, como un río que pasa del rápido al remanso, de la cascada al meandro y en cuyas márgenes se suceden los juncos, los sauces y los trigales. Y que aún no ha desembocado. Pero la barca con que lo vamos navegando es la misma y no cambia por mucho que cambien las aguas y las orillas y los pájaros del río. La barca es griega y su madera es española y el viento que mueve sus velas viene de Italia. De los primeros poemas a los últimos, la voz del poeta resuena fuerte, firme y segura, una misma voz que canta canciones muy distintas.

Entre ellas destaco, para empezar, los romances. Lorca los revolucionó y los convirtió en algo nuevo y distinto y personal, hasta el punto de que muchos de los romances actuales suenan a él. Algunos, para evitar a Lorca, escriben romances rarísimos. Lo difícil es, pues, escribir un romance que beba de toda la tradición romancera de España, incluido Lorca, y que ofrezca algo bueno y personal. Y eso es lo que consigue el autor en romances estupendos como A mí mismo, asomado a las “almenas”.

Como lector habitual que soy de poesía, echo en falta entre los autores españoles actuales que alguna vez cultiven un metro que no sea el endecasílabo blanco. Con la riqueza métrica de nuestra milenaria tradición poética, quedarse en el endecasílabo me parece un empobrecimiento. Muchos poetas han renunciado a la rima y a las estrofas clásicas porque su poesía, en esos moldes, les suena a antigua o les parece una pose. Pero el autor de este libro se atreve con ellas y las hace suyas, naturales, propias, airosas. Y, no contento con eso, las adorna de rimas audaces e imprevisibles. La riqueza métrica y estrófica es uno de los grandes alicientes de este libro. Además de los consabidos endecasílabos blancos, nos encontramos con heptasílabos, alejandrinos y octosílabos; y con sonetos, segudillas con bordón, coplas, cuartetos, serventesios, etc. Y de esta manera el poeta no sólo nos llega al corazón y a la cabeza, sino también al oído y la música.

Pero lo mejor del libro para mi gusto es la elegante dignidad, la maestría poética y la contundencia expresiva, sin barroquismos pero sin simplezas, en fin, la voz alegre y florida, pero, a la vez, profunda y filosófica con que el poeta, a lo largo de tantos años y de tantos poemas tan distintos, desde el libro de La calle de la luna a Entreluces, canta a la juventud, a España, a Roma, a lo que no pudo ser, a lo que sí pudo ser, al amor, a Dios, al silencio... Bajo el poeta se esconde un filósofo y bajo el filósofo un amante de la belleza y bajo el amante de la belleza un niño maravillado ante el mundo. Nunca la amargura del enfermo. Nunca el pesimismo del suicida. Nunca el resentimiento del fracasado. Y bajo palabras sencillas y hermosas, se esconden la hondura y la sugerencia. El despilfarro y el vigor de la juventud está en estos versos:

"Soy un bosque que arde,
soy un río que crece
y me sobra poder para darte la vida."

Y la soledad en estos:

"A mí me están consumiendo
como veintidós carbones
veintidós años que tengo."


Aunque el antólogo ha dejado fuera algún poema señero que a mí me tiene enamorado, celebro el criterio con que ha hecho la selección y no me resisto a aconsejar al lector que se regale el placer de leer y releer la invectiva de "El ignorante", el "arco tendido" de "Coventry Street", la definición poético-filosófica de lo que es besar a una mujer en "El amor", el tratamiento originalísimo de lo divino en "De la existencia de Dios", el conocimiento y la magnanimidad en "El último viaje de Antonio Machado", la gracia de lo pequeño e inocente en "Una niña aprende a nadar", el salero dolce y original de las "Sevillanas romanas" y el glorioso y necesario poema de "Mejor callar", donde he leído las mejores razones para saber que está todo dicho y seguir, sin embargo, escribiendo. Siempre he pensado que los poetas aumentan el número de cosas bellas en el universo. Vale la pena dedicar a ello la vida. Bienvenido sea, pues, esta antología de la belleza.

08 abril 2011

La vida de papel


Las respuestas retóricas [Entradas del blog Mercado de espejismos]

Felipe Benítez Reyes

La Isla de Siltolá, 2011. Colección "Álogos"

ISBN: 978-84-15039-13-6

175 páginas

14 €

Prólogo de Carlos Marzal


Juan Carlos Sierra


Por lo que voy comprobando al observar el nivel de la balanza que pesa la literatura en formato digital y la –digamos- tradicional, me temo que se le está poniendo difícil la cosa a los apocalípticos que preparaban los funerales del papel. Es más, me da la sensación de que, al contrario de lo que ocurre con otras manifestaciones de la cultura de masas, el formato libro le sigue ganando por goleada a la red o, dicho de otro modo, lo que al final no pasa por la imprenta no existe.

Hablando de blogs o bitácoras, entiendo que hay mucha y muy buena literatura en este universo inabarcable, como también hay páginas muy prescindibles, igual que sucede con la edición de libros en formato tradicional. Independientemente de la calidad de la infinidad de blogs que existen, creo que se puede afirmar que muchos de ellos constituyen en sí un nuevo género literario que, paradójicamente, no ha alcanzado un prestigio cultural lo suficientemente elevado como para subsistir por sí mismos, a pesar del número de lectores que en potencia atesoran.

Si me he permitido esta digresión es para buscarle una explicación a un fenómeno novedoso: la transformación del blog en libro, el paso del formato digital a la galaxia Gutenberg; y, más concretamente, para referirme a la aparición de una colección como "Álogos", de La Isla de Siltolá, entre otras iniciativas anteriores de la misma naturaleza.

Dentro del irregular catálogo publicado hasta el momento por esta colección, su responsable Javier Sánchez Menéndez ha acertado de pleno transformando en libro algunas de las entradas del blog Mercado de espejismos del gaditano de Rota Felipe Benítez Reyes.

El volumen aparece bajo el título de Las respuestas retóricas, un encabezamiento también muy acertado de acuerdo con los asuntos que circulan por este volumen: respuestas que no necesitan preguntas, como sus hermanas en el espejo "viceverso", respuestas que no responden a preguntas concretas, sino a las grandes cuestiones que siempre han inquietado e importunado al ser humano, pero vestidas con ropajes aparentemente intrascendentes; respuestas a la gran pregunta que planteaba Benítez Reyes en su poema "Estampa matinal", del libro Escaparate de venenos (1996-1999): “¿Y qué es/ la realidad?”.

La vida y sus contradicciones circulan por las venas de tinta de este libro –y antes por los píxeles de la pantalla del ordenador- en toda su crueldad, en toda su estupidez, en toda su fantasmagoría, en toda su carga azarosa, en todo su absurdo. Y es precisamente en este punto donde Benítez Reyes da su do de pecho literario, donde exhibe la prosa poderosa, saltimbanqui, abracadabresca, irónica, tiernamente cínica,… a la que tiene acostumbrados a sus lectores, especialmente desde que se topó con el inefable Walter Arias de su novela de 1998 El novio del mundo.

Pocos blogs acaban mereciendo realmente la pena, como ocurre con sus hermanos mayores, los libros de papel. Las respuestas retóricas, sin embargo, es un buen libro que invita a seguir una buena bitácora. Pásense de vez en cuando, si les apetece, por el Mercado de espejismos de Benítez Reyes en la red si quieren asistir al espectáculo de la literatura de calidad en dosis digeribles para curarse de la enfermedad de ir viviendo.

11 enero 2011

Son como niños

Poesía para niños de 4 a 120 años. Antología de autores contemporáneos

VV.AA. Edición de Jesús Cotta, José María Jurado y Javier Sánchez Menéndez

Ediciones La Isla de Siltolá, 2010. Colección Agua

ISBN: 978-84-15039-38-9

244 páginas

22 euros



Juan Carlos Sierra

Siempre que se me cruza una antología por el camino de mis lecturas me acuerdo de la frase que dejara escrita Francisco Ribes en su libro de 1963 Poesía última: “Toda antología constituye un error”. Y será el tiempo quien determine esos fallos, ya que es él quien pondrá a cada antologado y a cada antólogo en el sitio que le corresponde dentro de la historia de la literatura.

No obstante, parece que la cita se refiere más bien a las antologías generacionales o ‘epocales’, es decir, a aquellas que pretenden establecer en tiempo real –sin la perspectiva que proporcionan los años- el camino por el que discurren la poesía de última hora y sus voces pretendidamente más punteras.

Sin embargo, existe otro tipo de antologías que podríamos calificar como ‘temáticas’ y en las que los errores no los establece el tiempo: poetas suicidas, mujeres poetas de cierto periodo, mejores sonetos de la historia de la literatura, poetas marítimos, poesía solidaria, poesía macabra hispanoamericana, poemas dedicados al 11-M,…

De entre éstas, últimamente proliferan las dedicadas no tanto a los niños, sino más bien a todo aquel lector –o no lector- en cuyo horizonte no cabe o no existe la poesía. Se trata de antologías que tratan de seducir, de convencer, de atraer a quien no pasó de los poetas que obligatoriamente tocaban en las clases de literatura del bachillerato. Los argumentos que esgrimen los autores de este tipo especial de antologías son tan variados y variopintos como ellos mismos.

Los editores de esta Poesía para niños de 4 a 120 años. Antología de autores contemporáneos –Jesús Cotta, José María Jurado y Javier Sánchez Méndez- dejan clara y líricamente las suyas en el prólogo que componen a seis manos. De entre sus razones para componer esta Poesía para niños de 4 a 120 años, destaca su objetivo primero “volver a la infancia”, pero una infancia repleta de las palabras, el ritmo y la música de la poesía porque “si ponemos la semilla del poema en el corazón del niño, le habremos regalado al hombre un salvoconducto para abordar las afrentas de la vida”. Y, sobre todo, no vale caer en lo cursilón, en el “cuchicuchi” o el “tralarí tralará”, peligro en el que tropiezan muchos de los textos dedicados a los niños y sobre el que ya advirtió Luis García Montero en su libro de 1999 Lecciones de poesía para niños inquietos.

En poesía pasa a veces que la teoría no se lleva bien con la práctica o que esta última a veces contradice a la primera. En este sentido, el libro que reseñamos no cae en incoherencias y efectivamente trata al lector niño –de 4 a 120 años- con la dignidad que se merece, sin ‘cuchicuchis’ ni ‘tralarí tralarás’, y acierta a seleccionar algunos poemas excelentes como, por ejemplo, los de Miguel d’Ors o Jesús Cotta, que poseen la virtud esencial de entrar de lleno en el resbaladizo terreno de la ternura sin trucos ni tonterías para niños repipis.

Pero como decíamos al principio, “toda antología constituye un error” y esta no va a ser menos. Se echan en falta algunos autores contemporáneos -¿existe algún lobby oculto entre los seleccionados?- y algunos de los antologados –y no precisamente los menos conocidos- bajan un poco el nivel general que mantiene el libro.

No obstante, se trata de pecados veniales que no desmerecen al conjunto, porque, en palabras de los prologuistas, “esta poesía buena y sencilla, sin afectaciones infantilotas, pero sin desesperaciones adultas, salva al niño de la fealdad y al niño que el adulto se empeña en matar”. Doy fe.

04 enero 2010

El desierto desde la torre

Elogio del desierto

Julio Martínez Mesanza y José del Río Mons

Ediciones de la Isla de Siltolá, 2009

ISBN: 978-84-93762-0-4

16 euros





Jesús Cotta

Con fotografía de José del Río Mons y versos de Julio Martínez Mesanza, éste es un libro dedicado exclusivamente a la belleza, pero sin mariposas y sin concesiones al agua fresca. Aquí está desnudo el Jardín de Alá sin oasis ni orientalismos, contemplado desde una atalaya cuyo vigía se consume en la luz o en una noche sin rumor de árboles, en la pasión del amor, en el arrebato de la llamada del infinito y una sed de algo que no logro explicar, pero que atrae como un tambor al combatiente; y nos aleja de las intrigas palaciegas, de las envidias profesionales, de la corte, para encararnos al misterio, a la soledumbre, a la muerte, o a su superación, y al hombre a través de una ascética que a veces desemboca en lo místico. Y uno luego quiere más, pero el libro ahí se detiene porque la segunda parte, la que ellos no han escrito ni fotografiado, se queda vibrando dentro del corazón y la tiene que escribir uno mismo. La combinación de los versos del poeta con las instantáneas del fotógrafo produce un efecto liberador. Leo los versos y luego me pierdo en la imagen y lo más bello de mí quiere irse a una región más alta que no sé dónde está y que yo no sabía que me llamaba hasta que oí estos versos en el desierto. Hay algo lunar e intacto en esas imágenes de inmensos espacios. Quizá sea ese el mayor encanto de la buena fotografía, esa que jamás nos sería revelada si no la captaran unas pupilas geniales, pero que, plasmada en el papel, es ya universal, de nadie, robada al sueño de Dios. Y esos desiertos los recorren y colman los endecasílabos, labrados en pórfido, de Mesanza y dejan en pos un rastro de oro con sus imágenes recias y contundentes que se despliegan dentro de uno mismo, pero no fuera. Una mirada que sólo puede ser de José del Río y una voz que sólo puede ser de Mesanza dan a luz este centauro de palabra e imagen universales y atemporales, un inmenso desierto transverberado por la presencia de la voz humana. Un hombre convertido en un sediento desierto y un desierto sin hombres convertido en categoría humana, y todo en una edición cuidada y primorosa. Por todo ello recomiendo este libro. Teniendo en cuenta que Estado Crítico nació de esa fusión de imagen y palabra, ¿cómo no reseñar este libro?