Mostrando entradas con la etiqueta Biografía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Biografía. Mostrar todas las entradas

25 junio 2013

Malaparte Superstar

Alejandro Luque

Malaparte, vidas y leyendas

Maurizio Serra

Tusquets, 2012. Colección "Tiempo de Memoria"

ISBN: 978-84-8383-430-5

560 páginas

24 €

Traducción de Juan Manuel Salmerón



Quien haya intentado alguna vez escribir una aproximación biográfica de cualquier personaje, sabrá que el principal escollo no reside, por lo general, en la falta de datos, sino en la dificultad para verificar aquellos de los que disponemos. La vida de los hombres es un marasmo de pistas falsas y de subjetividades que no siempre resulta fácil distinguir. Y si se trata de un hombre como Curzio Malaparte, experto en jugar con todas las barajas, campeón de la ambigüedad y de la reescritura de sí mismo, el empeño puede ser titánico.

Lo es, sin duda, el que Maurizio Serra ha llevado a cabo en Vidas y leyendas, acertadísimo título por contener las siete felinas existencias de este escurridizo personaje, uno de los escritores más fascinantes de la Italia del siglo XX, y también sus versiones apócrifas, sus falsificaciones interesadas y toda la mitología que generó a su alrededor. Si bien se ganó la posteridad en dos libros (¿eran novelas, reportajes?) memorables, Kaputt y sobre todo La piel, Malaparte gastó buena parte de sus esfuerzos en la escritura de su obra maestra, su propio guión vital, éste que Serra desentraña con dos instrumentos básicos: uno, un conocimiento profundo no sólo de la obra malapartiana, sino de la época en que vivió. Y en segundo lugar, un permanente cuestionamiento de todo.

Era incapaz de engañar, porque para eso tendría que haber aceptado la realidad”, afirma el biógrafo, y con eso está dicho casi todo. Ni se llamaba exactamente Curzio, ni se apellidaba Malaparte; ni su famoso confinamiento en Lípari –una reprimenda de Mussolini– fue como lo contó, ni su divorcio con el fascismo fue tal… Sí estuvo en Rusia, y en Etiopía, y en China, “donde el socialismo se juega su última oportunidad”, aunque hay dudas de que lo recibiera Mao para contarle que admiraba sus Técnicas de golpe de Estado… Y sólo la enfermedad y la muerte le impidieron culminar su sueño de recorrer Estados Unidos, de Nueva York a San Francisco, en una gira triunfal en bicicleta. Pocos intelectuales como él merecen la manoseada denominación de testigos del siglo; pocos reflejan también la ambigüedad moral, ideológica y artística de su tiempo.

Narcisista, políglota, veterano duelista, pendenciero –a punto estuvo, al parecer, de liarse a puñetazos con su admirado Albert Camus en una discoteca–, poeta irregular pero prosista de un poderío abrumador, periodista dotado de un envidiable olfato y una ambición vigorizante, así es el retrato que Serra hace de nuestro personaje, sin eludir algunas cuestiones íntimas de su personalidad, como su desmedido amor por los perros y su extraña relación con las mujeres, a las que al parecer seducía de un modo fulminante, pero de cuyo contacto físico nunca llegó a disfrutar en plenitud. También aborda su paso de la literatura al cine, a lo Pasolini aunque sin tanta fortuna, y refleja a la perfección el desfile político que se produjo ante su lecho de agonía, en una clínica pagada por la Democracia Cristiana, y su tardía e irónica conversión al catolicismo, según ha explicado el biógrafo, “para no tener que ir a una clínica pagada por el Partido comunista”.

Si la vida, o las vidas, de Malaparte dan para una novela, es una novela de enredo, con un personaje central de una complejidad casi mareante, y desde luego nada edificante. Más o menos como el tiempo que le tocó vivir. ¡Ah! Para disfrutarla no hace falta haber leído Kaputt ni La piel, pero resulta muy difícil no verse tentado a leerlas o releerlas después de pasar la última página de esta biografía.


Muss / El Gran Imbécil

Curzio Malaparte

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-17-3

152 páginas

17 €

Traducción de Juan Ramón Azaola



Mientras leía estos textos de Curzio Malaparte, no podía evitar imaginarme una obra de teatro, un largo monólogo, lleno de giros y digresiones, en el que un bufón se dirige al cuerpo sin vida, ultrajado, colgado por los pies en la milanesa plaza Loreto, del dictador al que sirvió. Ese es, 'grosso modo', el contenido de Muss. Retrato de un dictador y El gran imbécil, aunque como todo lo que tenga que ver con el escritor de Prato, pueda prestarse a muchas interpretaciones.

Como bien explica Francesco Perfetti en el prólogo de esta edición, todo empieza con el proyecto de escribir la biografía de Mussolini, pues no hay escritor afín a una dictadura que no sienta como misión más o menos ineludible retratar para la posteridad a su gran guía. El voluble Malaparte, según explica su biógrafo Maurizio Serra, mantiene con el fascismo una suerte de “amor no correspondido”. Profesa el culto a la fuerza, y ve en la figura de Il Duce no sólo una oportunidad para el despertar de Italia, sino para sus propios intereses, que marcan su alejamiento del régimen conforme van viéndose frustrados. En esto llega el caso del confino, la detención y reclusión en la colonia penitenciaria de Lípari durante casi dos años. Éste será el gran argumento del autor para presentarse en adelante como mártir del antifascismo, y el gran giro que sufre Muss, un texto que en su primer borrador empieza como exaltación del sátrapa y acaba volviéndose feroz invectiva.

¿Cuál es el argumento del drama? Obviamente, la relación del intelectual con el poder, el modo en que aquél coquetea con éste, y también cómo el abrazo del poder puede hacer crujir los huesos del intelectual cuando alguno pierde el paso del baile. “Tú no sabes cuánto te he odiado, Muss. Cuántas veces te he escupido a la cara en mi celda de Regina Coeli, en la celda nº 461 del 4º Corredor, con aquel olor a chinches y a moho…”. Poco importa que sepamos que el escritor no sufrió un presidio tan angustioso, aunque para alguien tan libre como él cualquier cerco sería claustrofóbico. A quien oímos es al actor en plena representación, justo antes de dar el golpe maestro: se vuelve y dirige su discurso hacia el patio de butacas, es decir, hacia sus compatriotas.

La mala fe del pueblo italiano le lleva a fingir que cree en cosas, en personas, en ideas, en las que no cree, y a actuar en consecuencia. Tal era la mala fe de Mussolini (…) El italiano finge creerse sentimental: y no lo es. Romántico: y no lo es. Idealista: y no lo es”. Continúa una larga perorata en la que Malaparte va apretando nervios de la italianidad, dando a entender una idea cruel: un dictador es un producto de su pueblo, un reflejo de los peores atributos de la masa. Claro que el escritor, desde el escenario, pretende olvidar –y que olvidemos– que también él participó en la glorificación del Duce.

Llega entonces uno de los más fascinantes pasajes de este libro, el relato del encuentro de Malaparte con el asesino de Mussolini, en la plaza Colonna de Roma. “Era el asesino estúpido, banal, típico de la crónica negra de los años de posguerra en Italia (…) Le mató no como se mata a un hombre, sino como se roba algo de dinero de un cajón”. Naturalmente, Malaparte lo inventa todo, pero lo inventa muy bien, y encamina su imaginación hacia el terreno que le interesa: después de manifestar su odio hacia el tirano, ensaya un ejercicio de compasión similar al que haría en La piel.

Tras este intenso relato, llegamos a El Gran Imbécil, que entra de lleno en el terreno de la caricatura, pero una caricatura tan ácida y rabiosa que roza lo grotesco, si no fuera porque lo grotesco se parecía mucho al modelo original. No deja Malaparte, desde luego, de soltar patadas en las espinillas a los italianos, ese pueblo cobarde que necesitó de la ayuda extranjera para desalojar a Mussolini del poder, y cuando lo hizo, fue de aquella manera innoble y violenta…

Ésa es la obsesión que mueve estos escritos de Malaparte: el atroz fin de Mussolini, la frustración porque ninguno de sus fieles hubiera tenido la deferencia de darle una muerte honrosa. “Si yo hubiese sido uno de los suyos, no hubiera vacilado en dispararle”, escribe. Y de la imposibilidad de matar al Padre, al único consuelo posible: el escarnio jocoso, que de paso le colocaría del lado de los buenos en la nueva coyuntura. “A los tiranos no hay que matarles, hay que burlarse de ellos. No hay que cubrirles de sangre, sino de ridículo”.

¿Se puede decir algo más de este gran histrión? ¡Telón! ¡Aplausos!

[Publicado en M'SUR]

21 septiembre 2011

Pide otra ronda, Keith


Vida. Memorias

Keith Richards

Global Rhythm, 2010

ISBN: 978-84-9942-080-6

518 paginas

25 €

Traducción de Helena Álvarez



Daniel Ruiz García

Siempre me sorprendió el dibujo que Marianne Faithful hacía de Keith Richards en sus suculentas memorias. Era el retrato de un buen chico, de enorme corazón, bastante reservado y calladete. Todo un caballero. Es un boceto, pienso, que difiere bastante de la imagen pública más extendida de este personaje, quien representa como nadie la esencia no sólo de los Rolling Stones como icono cultural y social, sino también de la actitud roquera propiamente dicha. Su influencia tanto estética como musical ha sido notoria en la historia de la música popular durante el último cuarto del siglo XX. Antes de ser encumbrada a la categoría de icono de la punkmodernidad, Patti Smith jugaba a disfrazarse de chico malo, más concretamente del guitarrista de los Stones, al que anhelaba parecerse mientras se exhibía a las puertas del CBGB, intentando captar la atención y que alguien la colara en aquel antro. Por lo general, todos aquellos punks querían parecerse a Keith. Y todos acabaron mal: se quedaron en el camino, demasiado jóvenes e inocentes para aprender la lección a tiempo de no acabar en la morgue. El autorretrato que Keith Richards pinta en sus memorias es el de un superviviente. Un perro viejo que ha logrado sobreponerse a mil maremotos, tanto físicos como emocionales. Y que está de vuelta para contarlo.

Confieso que abordé el libro con cierto miedo: las autobiografías de artistas suelen ser, por lo general, bastante decepcionantes. Pero lo cierto es que me lo he pasado en grande. Las memorias de Keith adolecen de lo que suelen adolecer este tipo de libros: vanidad desorbitada, egocentrismo, alcahuetería, adulaciones desmesuradas y veneno. Aun así, el periodista James Fox, que es quien ha convertido en literatura todo el testimonio del guitarrista, ha sabido dar al libro el tono adecuado. Y es por ello que la lectura resulta muy agradable. En ocasiones uno puede hacerse la idea de que, en lugar de leer, está escuchando a un viejo acodado en la barra de un bar que diserta sobre su vida sin dejar de trasegar cervezas. Las quinientas páginas de estas memorias son un enorme contenedor de vivencias y anécdotas en el que uno chapotea con avidez, incluso con alegría, divertido por el flujo de la cháchara y la capacidad de mantener siempre los ojos bien abiertos, atentos a la próxima barbaridad.

Son unas memorias a la altura del personaje. Hay autoindulgencia, hay mucho farol, pero también, en algunos casos, el libro exuda sinceridad. Como puede imaginarse, su compañero Jagger es el epicentro de la mayoría de los dardos, pero siempre son dardos esculpidos con gracia, con ironía, con mala leche. A Jagger le da bastante estopa, pero siempre de forma afilada y al tiempo escorada, como quien quiere decir sin decir. Las puyas al cantante de los Stones son previsibles y por tanto no tan sorprendentes, pero no así su opinión sobre otros contemporáneos. Richards es sobre todo un hombre de acción. Más allá de las disquisiciones sobre música y guitarra, hay poca enjundia intelectual en el relato. Todo son hechos, anécdotas, vivencias, a partir de las cuales Richards establece, a la manera de pequeñas parábolas, su reflexión y su moraleja sobre los personajes de los que habla. Los de Lennon, Spector, Capote o Margaret Trudeau (esposa del primer ministro de Canadá) son algunos de los retratos más curiosos del libro, pero hay otros muchos que resultaría demasiado farragoso enumerar y que añaden bastante pimienta al conjunto.

Encontramos a un Keith Richards que está haciendo el camino de regreso, y que es consciente de toda la pólvora que ha quemado, y del ruido que ha hecho. Un ruido que le ha venido bien aunque a veces ha distorsionado su imagen y su propia leyenda. Por eso él entra al trapo y matiza. Gracias a eso conocemos, por ejemplo, que lo del cambio de sangre, su gran contribución al universo de las leyendas urbanas universales, nunca fue más que eso, una enorme leyenda urbana, sin fundamento lógico ni por supuesto real, que él nunca tuvo interés en desmentir. O, por ejemplo, que la ridícula caída del supuesto cocotero que lo tuvo fuera de juego durante la última gira de Forty Licks nunca fue así: fue un accidente en toda regla que estuvo a punto de costarle la muerte (tuvieron que abrirle el cráneo y extirparle un coágulo cerebral).

Es un libro rico en anécdotas, pero en el que, por encima de la apabullante palabrería, se intuyen ausencias, fugas. La relación de Richards con las drogas y su condición de yonqui ocupa un lugar importante en la biografía. Habla del enganche, y también del mono, o más bien de su amenaza, que le perseguía obsesivamente. Esta obsesión con la heroína lastra un poco la crónica de unos años decisivos en la historia de los Rollings Stones, en los que Richards vive por y para la heroína, descuidando los progresos del grupo. Se echa en falta, por ejemplo, una descripción más pormenorizada del proceso de grabación de Exile on Main Street, una de las grabaciones más legendarias de la historia del rock. Durante ese tiempo, Richards vive obsesionado por el caballo, lo que le lleva a vivir de espaldas a la realidad, perdiéndose lo mejor de la fiesta. Invariablemente, vivió todos aquellos años tumbado en los aseos, con la aguja en el brazo como una mascota. Sin la heroína, el cantante de los Stones nunca hubiera sido el mismo, pero uno no puede dejar de imaginar las buenas historias que Richards hubiera retenido de aquellos años de no haber estado siempre tan puesto.

Después de leer el libro, y de dejarlo reposar un poco, lo cierto es que uno acaba creándose una imagen general de Keith Richards que no está muy lejos del dibujo de la antigua novia de Jagger. Por encima de los anillos de calaveras, más allá de los excesos y de la imagen de chico malo que tanto marcó a toda la generación punk, Richards resulta más bien un caballero, con la vigorosa nobleza de un purasangre, al que en todo caso el tiempo no ha hecho sino recubrirlo de cinismo y sinvergonzonería. Un crápula honorable, acodado en una barra americana, que no deja de contar batallitas a quien quiera escucharle y pide nuevas rondas. Eso son las memorias de Richards, un libro que es toda una celebración de rock, malditismo y saludable vida insana.

09 septiembre 2011

La sombra del siglo XX

Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin. Y un cuarto: Prusia

Emil Ludwig

Acantilado, 2011. Colección "El Acantilado"

ISBN: 978-84-15277-13-2

161 páginas

16 €

Traducción de Francisco Ayala



José María Moraga

He aquí una reseña muy cortita de un librito muy corto. Tres dictadores… es una deliciosa obra de Emil Ludwig, afamado biógrafo alemán de origen judío (hoy sería polaco: nació en Breslau, hoy Wrocław, cosas de los cambios de fronteras durante el siglo XX) cuyos libros ardían estupendamente en las hogueras nazis de la Opernplatz. Lo anterior no es (solamente) una pedante acotación parentética, es que en el corazón de este baile de nombres, fronteras y nacionalidades se encuentra el mayor acontecimiento histórico del pasado siglo, la Segunda Guerra Mundial. Y esta guerra es el personaje que falta si queréis pero que preside como un fantasma el libro que nos ocupa.

En este caso, el fantasma que recorre Europa no es el del comunismo, sino el de las dictaduras autoritarias de uno u otro signo que se hicieron fuertes en el primer tercio del siglo XX y que desencadenaron la Guerra Mundial. La fecha de edición de Tres dictadores... tampoco es irrelevante: nada menos que noviembre de 1939, la guerra acababa de comenzar pero según como se mire aún no había comenzado “de verdad”. Este es el contexto en el que el recién nacionalizado suizo Ludwig publica su colección de minibiografías de tres de los dictadores del momento, Hitler, Mussolini y Stalin.

Se agradece esta reedición de Acantilado, primera en España desde su aparición original en 1939. Y resulta muy grato también que la traducción ofrecida sea la que en su día hizo Francisco Ayala, con lo que la buena prosa está asegurada. Si no hemos de leer a Emil Ludwig en el original alemán, leamos al menos al granadino Ayala.

Lo más interesante del libro son el carácter contemporáneo de las semblanzas de Ludwig y su conocimiento de primera mano de dos de los dictadores. El autor había tenido la oportunidad años antes de entrevistar a Benito Mussolini y a Josef Stalin (a los que no voy a decir que admira, pero sí que respeta más que al cabo austríaco), lo cual aporta una importante carga documental a esta obrita, aunque el propio Ludwig advierte de su subjetividad: “Historia contemporánea objetiva no es ni posible ni deseable.” La biografía de Hitler no goza de esta ventaja pero no se resiente, en ella Emil Ludwig despliega la misma lucidez, capacidad de análisis e incluso clarividencia que han hecho clásicas a sus biografías.

Incluso clarividencia: emociona pensar cómo Tres dictadores… se editó recién comenzado el mayor conflicto bélico conocido (y el que más profundas consecuencias ha tenido para mayor número de gente) y cómo su autor tuvo que enfrentarse a dudas de política ficción sobre futuribles: ¿Romperán Hitler y Stalin su pacto de no agresión? ¿Entrará Italia en la guerra? ¿Del lado de los Aliados? En algunas cosas Ludwig acierta de pleno: “[P]uede conjeturarse que al final de la guerra Stalin permanecerá todavía en el poder, Mussolini sólo en el caso de continuar neutral, y Hitler, en ningún caso.”

El “cuarto dictador” al que hace referencia el título es el Reino de Prusia, punta de lanza de la unificación alemana y, desde su proclamación en 1871, cabeza del ‘Reich’ alemán. Esta es la tesis de Emil Ludwig: que todos los males de Alemania, su militarismo, su autoritarismo, su expansionismo rampante, su desprecio por lo sublime que en el alma del ser humano hay, todo tiene su germen en la preponderancia prusiana, porque esos exactamente también son los “males” que aquejan a Prusia desde los tiempos de Federico el Grande, los ‘junkers’ y más allá. Esta teoría, bien que argumentada con apabullantes ejemplos, no deja de ser la pata más floja de este librito, y a mi juicio la menos interesante (aunque solo sea por haber quedado obsoleta).

En algunas cosas Ludwig acierta de pleno pero en otras no, pues afirma que estos tres dictadores “serán olvidados tan rápidamente como Napoleón III, quien durante veinte años fue más poderoso que ellos y del que no ha quedado nada” pero lo cierto es que aquí estamos todavía nosotros, 75 años después, a vueltas con los horrores del siglo que nos vio nacer.

01 septiembre 2011

Vida y obra


Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963)

Antonio Rivero Taravillo

Tusquets, 2011. Colección "Tiempo de memoria"

ISBN: 978-84-8383-321-6

408 páginas

23 €



Juan Carlos Sierra

Existen muchos libros en un libro; tantos como lectores se acerquen a él. En Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963), la segunda entrega del trabajo biográfico de Antonio Rivero Taravillo sobre el poeta sevillano, también se cumple esta máxima, pero aplicada a su protagonista. Hay muchos "cernudas" en este libro sobre Cernuda.

Dependiendo de la perspectiva de cada lector, de sus expectativas, de su formación, de su ideología,… el libro de Rivero Taravillo adquiere una dimensión determinada o, mejor dicho, la fotografía de Luis Cernuda se revela en mate o brillo, en color o en blanco y negro, más o menos ‘pixelada’, más a la izquierda o más a la derecha,… Sin embargo, no parece justo realizar una lectura de naturaleza metonímica -la parte por el todo-, porque estaríamos simplificando lo que nunca fue sencillo: ni el personaje ni la tarea de escribir sobre él.

De hecho, lo más interesante del libro de Rivero Taravillo es precisamente su capacidad para plasmar la complejidad de su protagonista, los yoes variados y a veces contradictorios de una personalidad conflictiva -con el mundo y consigo mismo-. Habría sido muy sencillo -y muy injusto- adueñarse de oídas de la leyenda que gira desde antiguo alrededor de Luis Cernuda e ir echando leña a ese fuego a través de datos interesados y parciales. Pero como se trata de escribir desde la honestidad y el buen oficio -como siempre fue el caso de Cernuda-, el autor de su biografía no ha escatimado esfuerzos, viajes, entrevistas, correspondencia epistolar, archivos,… para proporcionar de forma exhaustiva todos los perfiles documentados de una vida especialmente convulsa y compleja, la de Luis Cernuda en sus años de exilio.

Por otra parte, hay que añadir una virtud más a este segundo tomo de la biografía del poeta sevillano. Como ya le sucedía al primero, el nuevo volumen cernudiano de Rivero Taravillo repite su condición de excepcional guía de lectura. Aunque los textos de Cernuda, como los de cualquier autor, rebasen las fronteras de lo meramente biográfico o, dicho de otro modo, aunque su obra se pueda leer y disfrutar sin atender al horizonte vital del escritor, esta biografía aporta el recorrido y la matriz existencial de donde surgen sus poemas de exilio y se convierte así en un complemento perfecto y necesario de Historial de un libro, el texto de 1958 en el que Cernuda narra “(…) la historia del acontecer personal que se halla tras los versos de La Realidad y el Deseo (...)”.

Relacionado con esto se puede introducir el único pero al conjunto de una obra impecable. La amenidad en la lectura de Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963) se encasquilla aquí y allá en los pasajes en que Antonio Rivero Taravillo disecciona temporalmente las fechas exactas en que Luis Cernuda compone sus poemas. Se trata de un asunto de estilo difícil de resolver. Entre optar por no romper la narratividad del conjunto para sacrificar la minuciosidad del dato biobibliográfico o interrumpir la fluidez del discurso para introducirlo, Antonio Rivero Taravillo ha optado por el segundo camino quizá con el objetivo de que no se creen lagunas en esta guía de lectura de la obra de Cernuda.

No obstante, este detalle no supone una mancha para el conjunto de la obra; ni siquiera entra en un conflicto insalvable con su materia prima, la vida y obra de Luis Cernuda, y su magistral puesta en escena por parte de Antonio Rivero Taravillo.

10 marzo 2011

Las contradicciones de la modernidad


La cabeza cortada de Yukio Mishima

Fernando Molero Campos

Berenice, 2010

ISBN: 978-84-96756-77-9

266 páginas

17,95 €




Rafael Suárez Plácido

Me agrada sobremanera encontrarme con autores que sienten la necesidad de decir lo mismo que uno dice, y más si lo hacen con mayor fortuna. No hace ni un mes, cuando redactaba la reseña de una novela japonesa reciente, escribía: “La idea de que no es imprescindible culminar con éxito algo para que tenga sentido sí es muy japonesa.” Ahora leo, con sumo agrado, algo parecido, eso sí, mejor expresado: “Aquellos bravos hombres que tuvieron el valor de decirnos a todos, hace casi un siglo, que no importaba el resultado de la acción, sino que era la pureza de la acción misma la que contaba, compartieron el mismo destino.” Uno de los motivos que nos lleva a seguir leyendo, el vicio solitario del lector, es encontrar que otros necesitan escribir lo mismo que nosotros pensamos. Y algo así me ha pasado estos días, mientras leía La cabeza cortada de Yukio Mishima (Berenice, 2010), primera novela de Fernando Molero Campos (Fernán Núñez, 1965).

La cultura japonesa está avanzando en nuestro país, después de décadas de casi absoluto ostracismo, provocado en parte por la escasez de traducciones y traductores del original. Recuerdo que leí algún artículo del año 1900, de Clarín, en la antología Siglo pasado (Llibros del Pexe, 1999), y poco más: algunos modernistas que imitaban lo que llamaban japonerías. Con el tiempo, hablaría también de algunas películas de Akira Kurosawa y de colecciones de 'haikus' editadas por Hiperión, pero todo lo que nos llegaba de Japón se veía con una mezcla de exotismo y distanciamiento que hacía muy difícil que hiciera mella entre nosotros. Japón, que ya absorbía todo lo occidental desde hacía más de un siglo, continuaba siendo un misterio. En esto apareció la figura de Yukio Mishima: sus obras y su vida. No podría decir qué fue antes, pero todo Occidente conoció a este autor, el primero de la literatura japonesa que traspasaba fronteras. Y con el tiempo fue llegando a lectores de otras generaciones. Todo autor que está empezando, y aunque Fernando Molero Campos lleva años escribiendo está es su primera novela, escoge materiales que le son cercanos. Y este libro demuestra que es así. No tendría sentido adentrarse en la aventura vital y fascinante de Mishima sin haber recorrido antes ese camino de iniciación en Japón, no sólo en el Japón moderno, sino en toda esta flamante cultura milenaria que a algunos tanto nos fascina.

No hay nadie que, aun sin conocer la obra de Mishima, ni su contexto, ni su biografía, no conozca las circunstancias que rodearon a su suicidio. Es una de las peripecias vitales que rodean a la Historia de la Literatura más conocidas de la segunda mitad del siglo pasado. Y quizás, a eso no alcanzo, fue el último caso relevante de 'seppuku', el tradicional modo de suicidio del samurai japonés. En el glosario que sirve de apéndice al libro leemos que el 'seppuku' “es el suicidio ritual del harakiri al completo. Consiste en ser decapitado por alguien después de que uno, con sus propias manos, se ha abierto el vientre.” Hay quien piensa que todavía quedan unos segundos de vida, en los que pasan por los ojos del fallecido los momentos esenciales de su vida. Esos segundos son la base de estas doscientas sesenta y seis páginas, en las que encontramos esos momentos que han llevado a Mishima a ser lo que fue y a morir como murió. Estaríamos, pues, ante una autobiografía del personaje, en la que pretende justificar su vida y su muerte.

Dicen que detrás de todo suceso trágico hay una infancia infeliz, y esta lo es, marcada por la convivencia con la abuela paterna que, prácticamente, arrebata el hijo a su madre con el consentimiento explícito del padre; y marcada también por su ingreso en un colegio de nobles, que le harán sentirse desubicado, fuera de sitio, desde los primeros años. Es curioso que pese a estos dos hechos tan importantes en su vida: la conciencia de clase y el machismo que relega a la madre al papel de una mera criada, y que han sido tan reales en Japón al menos hasta la mitad del siglo pasado, la causa principal de su muerte fuera el deseo de retornar a ese Japón secular, y hacerlo con el intento de reimplantar la figura del emperador como un Dios. Hay que tener en cuenta que no fue hasta la derrota en la segunda guerra mundial cuando el emperador, forzado por MacArthur admitió públicamente, en un discurso radiado para toda la nación, que era mortal.

Me llama la atención que el personaje de la novela desvele, como si se tratara de un secreto o de una desgracia extraña, que su abuela tuvo un matrimonio concertado. Era lo habitual en esos tiempos. También que se sorprendiera cuando le preguntó a su madre por qué no se había separado del padre y esta le enseñó una daga que recibió de su familia como parte del ajuar, con el significado de que no podía volver viva. Hablamos de principios del siglo pasado. Y todo eso formaba parte del régimen que Mishima, de alguna manera, quería ayudar a reinstaurar. Pero entiendo, también, que lo fascinante de su figura era la modernidad: una modernidad contradictoria que Molero nos ha querido mostrar sin ambages.

En los años posteriores a la gran guerra la figura emergente en las letras japonesas era Yasunari Kawabata. Para Mishima, desde luego, lo era y a él recurrió para mostrar sus primeros textos al mundo. Desde el primer momento fue admitido como un discípulo aventajado por el maestro que le ayudó decisivamente en la publicación de sus primeros títulos. Sus carreras fluyeron paralelas durante años. En España tenemos Yasunari Kawabata – Yukio Mishima. Correspondencia (1945–1970), editado por Emecé en 2004, testimonio de los años de amistad y camaradería entre ambos. En 1968 Kawabata recibió el Nobel de Literatura y, a pesar de la admiración del discípulo por el maestro, eso supuso un duro golpe para su ego personal, o así nos lo muestra Molero en estas páginas, que son de las mejores de su novela. El discurso que hubiera preparado el personaje supone una brillante exposición de los hechos que hacen del pensamiento y el sentir japonés, algo tan diferente y, a veces, inexplicable para los oídos occidentales. De alguna manera las vidas de ambos corrieron paralelas hasta en sus respectivas muertes: Kawabata se suicidó dos años después, en 1972.

Las páginas finales del libro son auténtica poesía en prosa. Los últimos momentos que pasan por la mente del autor son los instantes de la belleza: su hermana y su madre, los únicos seres a los que amó; los lugares que marcaron la belleza del país al que tanto quiso y que tanto le defraudó en los últimos años de su vida. Es muy difícil hablar de la ideología de Mishima con parámetros occidentales. Fernando Molero lo hace y sale airoso de la prueba no calificándolo, sino contando su versión de los hechos. En Occidente es tachado de extremista de derechas: no se me ocurren figuras similares. También de loco peligroso: especialmente para él y, en todo caso, para sus seguidores. Fundó el 'Tate no Kai' (Sociedad del Escudo), una especie de milicia privada cuya única función asumida era la defensa de la persona del emperador. ¿Qué buscaban sus jóvenes seguidores? En las primeras páginas de La inmortalidad, Milan Kundera nos cuenta que una jovencísima Bettina Brentano se acercó a la figura de Goethe para asegurarse un sitio en el futuro: esa inmortalidad a la que se refiere el título. Probablemente Mashita, el encargado de decapitar a Mishima, deseaba encontrar ese mismo sitio en el futuro de la historia del país. Sea como fuere el 'seppuku' no respondió a ninguna improvisación. Mishima dejó pistas a lo largo de su vida del final añorado. Fotos, piezas dramáticas, películas y, muy especialmente, su relato “Patriotismo”, donde cuenta algo similar. En algunas biografías del escritor japonés encontramos que fue un acto que respondió al fracaso de un intento de golpe de estado. Fernando Molero lo ignora. No sé si con razón o si es una licencia de amor hacia su personaje. Lo que sí sé es que La cabeza cortada de Yukio Mishima es una maravillosa oportunidad de acercarnos a la figura del personaje, una oportunidad única para comprender algo más de Japón, en el momento que supuso el comienzo de una nueva era.

08 marzo 2011

Ajuste de cuentas


Aguirre, el magnífico

Manuel Vicent

Alfaguara, 2011

ISBN: 978-84-204-0629-9

256 páginas

18,50 €





Rafael Suárez Plácido

El narrador y periodista Manuel Vicent (Valencia, 1936) tuvo la revelación de que sería el biógrafo de Jesús Aguirre durante la gala de entrega del Premio Cervantes a Gonzalo Torrente Ballester, en 1985, cuando el propio Aguirre, ya duque de Alba, se lo hizo saber, aunque realmente a quien se lo dijo fue a Juan Carlos I: “Majestad, le presento a mi futuro biógrafo.” La respuesta del rey “con una carcajada muy espontánea” fue: “Coño, Jesús, pues como lo cuente todo, vas aviado.” Han pasado veintiséis años de aquel momento y casi diez de la muerte del duque consorte y el resultado es Aguirre, el magnífico (Alfaguara, 2011), donde sí, lo cuenta todo. El libro es el resultado de muchos más años aun de algo parecido a la amistad.

No es propiamente una biografía, aunque por momentos el tono, la estructuras y las formas se aproximan a la hagiografía: una infancia difícil en la que el niño encandilaba con su encanto e inteligencia a todos los que le rodeaban; pasión temprana por los libros y la música, sensibilidades heredadas de su madre; sorpresa general cuando muestra su vocación de sacerdocio; flirteos constantes con el erotismo homo y heterosexual, a veces platónico, a veces no tanto; período como estudiante de Filosofía en Munich donde conoció personajes de importancia capital (Heidegger, Ratzinger); últimos años del franquismo en los que fue igualmente valorado, y quizás admirado, por cristianos y marxistas; salida del sacerdocio y acceso a uno de los puestos más elevados, si no el que más, de la nobleza europea, y finalmente un período cercano al ostracismo en jaulas doradas que ya no cesaría hasta su muerte, prácticamente solo, en Sevilla, en 1981. Pero Vicent aprovecha todos estos materiales para hacer su particular crónica sentimental de España, en parte a la manera de Vázquez Montalbán. Una crónica que en muchos momentos supone un ajuste de cuentas con su país, con su tiempo.

Hay momentos en los que sí nos emociona la figura de ese personaje que tanto influyó en la España que vivimos: su infancia, marcada por la lucha por redimirse dignamente de esa figura tan dura y determinante en su tiempo: la bastardía; su madre decidida y entregada a su hijo; la reivindicación de su amistades particulares, que él prefería llamar “afinidades electivas”, a la manera de su admirado Goethe, que siempre le iba a acompañar, y su reivindicación ante los peores crímenes del franquismo: el asesinato de algunos seres queridos a los que conocía directa o indirectamente. Pero lo más interesante de este libro es que el autor nos presenta a su biografiado con todas sus luces y sombras. No termina de seducirnos el personaje, sobrepasado por su peripecia vital y las situaciones con las que se encontró, como tampoco lo hace, excepto en ocasiones puntuales (su valentía a la hora de amar, su decisión en ser una mujer libre y querer cambiar el signo de los tiempos que todavía mantiene), la duquesa de Alba.

El libro, subtitulado Retablo ibérico en obvio homenaje a Valle Inclán, es más que esto y sí hay otros personajes que nos cautivan: los que más una madre digna y luchadora, sin tantas armas para serlo como la duquesa y, por ello, más valiente; el maravilloso escritor García Hortelano, siempre rebelde con causa y siempre fiel a sí mismo; la galerista e introductora de tantos grandes artistas de su tiempo Juana Mordó y la, para mí desconocida, no sé si personaje real o de ficción, Vicky Laos. Me hizo sonreír la referencia a los pintores de brocha gorda que en París se hicieron artistas, en la que reconocí a mi admirado Ripollés, al que Vicent ya había bautizado, creo que fue él, como el “abate Ripo”.

Aunque por el libro pasean otros personajes del momento relacionados con Aguirre: los escritores Juan Benet, Pedro Laín, Torrente Ballester o los políticos Adolfo Suárez y Felipe González, echo en falta al compañero de columna, los lunes en El País, Vázquez Montalbán, también siempre fiel a sí mismo, y no entiendo la inclusión algo forzada del capítulo en el que habla de cierto intelectual de moda al que dedica muchas líneas, demasiadas. Además, es que ya lo incluyó en un relato de su libro No pongas tus sucias manos sobre Mozart, en el cuento “El intelectual de moda”, que prácticamente transcribe de nuevo. Entonces lo entendí como una caricatura bastante desafortunada de García Calvo, a quien nombra de nuevo y no sale demasiado bien parado. ¿O quizá quien no salga ileso sea el propio Manuel Vicent? Habrá distintas opiniones al respecto, supongo.

Yo particularmente no creo que Vicent pase a la historia por este libro, aunque ya ha sido unánimemente acogido como obra maestra por la crítica más oficial de este país. Prefiero y mucho su novela Tranvía a la Malvarrosa y sus artículos periodísticos, género que ha ido perfeccionando con el paso del tiempo, pero lo cierto es que siempre es útil conocer distintos puntos de vista sobre la España que nos ha tocado vivir.

14 septiembre 2010

Todavía ruge

El viejo león. Tolstoi, un retrato literario

Mauricio Wiesenthal

Edhasa, 2010

ISBN: 8435018806

256 pág.

7,95 euros






Alejandro Luque

Quienes se hayan regalado el intenso y prolongado placer de leer el Libro de réquiems de Mauricio Wiesenthal recordarán entre sus páginas más felices las dedicadas a Tólstoi bajo el título Poema de amor en Rusia. Con motivo del centenario de la muerte del maestro ruso, la editorial Edhasa pidió a Wiesenthal que reuniera sus escritos tolstoianos en un volumen. Y éste, muy poco amigo de los refritos, decidió componer un nuevo libro, aunque lógicamente incluye los textos ya conocidos. El resultado es este hermoso, en fondo y forma, El viejo León. Tolstoi, un retrato literario.

El título no engaña: un retrato no es una biografía, sino la representación, necesariamente subjetiva, de un individuo. Pero además se trata de un retrato literario, es decir, un ejercicio en el que la recreación es tan legítima como la información contrastada. Ello explica que Wiesenthal introduzca, por ejemplo, pasajes de su monumental novela Luz de vísperas para ilustrar episodios de la vida de Tolstoi, o que describa las relaciones de la familia como si él mismo hubiera ocupado una silla en su despacho, mientras el viejo León escribía.

Un libro como el que nos ocupa está precedido, desde luego, de muchas horas de atenta lectura, pero sobre todo es el testimonio de alguien que ha vivido a Tolstoi. Vale la pena incidir en este hecho, porque los lectores de hoy, a los que a duras penas se nos concede tiempo para leer aprisa, rara vez sentimos el lujo de vivir la literatura. Y si pudiéramos hacerlo, habría que ver qué escritores merecen la pena ser vividos, pero ése es otro cantar...

Con su estilo suave y florido, que por momentos se desliza hacia la prosa poética, “con pasión y con soltura” como él mismo reconoce, Wiesenthal salta de sus peregrinaciones a la finca de Iasnaia Poliana a desgranar el pensamiento de Tolstoi, de su sintonía con la naturaleza a su militancia a favor de la no violencia activa, de su solidaridad con los desfavorecidos a las relaciones con su esposa y sus hijas, no siempre armoniosas, o con los otros escritores de su tiempo, como Turgueniev o Dostoievski, al tiempo que trata de desentrañar el alma rusa entre las miles de páginas que constituyen el portentoso legado tolstoiano.
No obstante, lo que hace el escritor barcelonés es lo más distante del consabido ejercicio de quitar el polvo que quepa imaginar. Para Wiesenthal no parece haber escritor más vivo y vigente que Tolstoi, y lo invoca como un potente foco para que se abra paso entre las tinieblas del tiempo presente. No sólo como gigantesco narrador, sino como “autoridad moral”. O mejor dicho, cómo símbolo de la destrucción de nuestros referentes morales, a los que hemos arrumbado en el armario de los trastos viejos para entregarnos a los magos del entretenimiento, a los vendedores de humo y pompas de jabón que inundan el mercado: “No nos respetamos a nosotros mismos –diría Tolstoi– y por eso no sabemos amar... (...) Hemos creado un mundo capaz de globalizar una enorme riqueza material, pero somos incapaces de globalizar la infinita riqueza moral y espiritual que tenemos en nuestra ciencia y en nuestra cultura”.

No quisiera terminar esta reseña sin incidir en un detalle: el modo en que Wiesenthal consigue siempre hacerse presente a lo largo y ancho de su narración, sin incurrir en el exceso de modestia que hace desaparecer al yo ni en la grosería de disputarle espacio al verdadero protagonista. Ese difícil equilibrio es el resultado de un estilo muy rico y trabajado, que hacen de este autor -dicho sea sin un ápice de exageración- una de las escasísimas voces únicas de la actual literatura en español.

29 julio 2010

La rabia de vivir

Really The Blues

Mezz Mezzrow (y Bernard Wolfe)

Acuarela Libros, 2010

ISBN: 978-84-7774-205-0

415 páginas

22 €

Traducido por Javier Lucini

Prólogo de Barry Gifford

Fran G. Matute


Si mal no recuerdo, en 1992 se publicó por la entonces denominada editorial Anaya & Mario Muchnik una obra titulada La rabia de vivir que pasó rápidamente a formar parte de las cubetas de libros de saldo de los grandes almacenes patrios. Y en aquel cementerio de elefantes de papel descubrí el que, a mi juicio, es el mejor libro escrito jamás sobre el jazz.

Ahora llega Acuarela y se descuelga con una edición primorosa, con nueva traducción y prologada por Barry Gifford, que recupera (afortunadamente) el título original de aquella obra publicada originariamente en 1946, y cuyo principal acierto sigue recayendo en su co-autor y protagonista: Mezz Mezzrow, uno de los peores músicos que ha dado el género y, sin duda, uno de los más golfos.

La cuestión diferencial entre la historia de Mezzrow y la de cualquier otro es que él siempre estuvo allí y estuvo con todos. Con Louis Armstrong, con Sidney Bechet, con Bix Beiderbecke… y siguiendo la evolución del jazz desde sus primeros pasos en Nueva Orleans, pasando por Chicago y muriendo en Nueva York a mediados de los 40. Y es que para Mezzrow el jazz perdió todo su sentido con la irrupción del swing. Así de purista fue Mezzrow, hasta el punto de considerarse negro (así lo solicitaba expresamente que constara en su ficha carcelaria en sus múltiples visitas a la prisión) a pesar de haber nacido más blanco que la leche en polvo.

Pero al margen de las privilegiadas anécdotas musicales, Really the blues ofrece una segunda lectura. La de la sordidez de los bajos fondos, la de los años de la ley seca, la de los inicios del trapicheo de sustancias estupefacientes. Y es que Mezzrow era un auténtico 'jailbird', el mejor 'dealer' de la zona y su marihuana era famosa hasta el punto de que en Harlem se la conocía como “mezz” en su honor. Es en estos pasajes en los que esta autobiografía cobra vida y se convierte en un ejercicio de literatura 'beatnik', de realismo sucio, y además pionera en el género.

Así que no es de extrañar que personajes como Tom Waits, Allen Ginsberg o Henry Miller destaquen la espontaneidad y cercanía de esta biografía singular, contada gracias a Bernard Wolfe a través de conversaciones con el propio Mezzrow, uno de esos personajes secundarios que tuvo la fortuna de estar en el momento adecuado rodeado de los verdaderos protagonistas de la mayor manifestación artística surgida de los Estados Unidos de América y que por aquel entonces comenzaba a coger forma, convirtiendo así su vida en un cántico a la pureza, a la independencia, a la integración racial y, en definitiva, a la rabia de vivir verdaderamente el 'blues'.

23 julio 2010

La maleta que provoca suicidios

Miedo, olvido y fantasía (Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca)

Agustín Penón

Editor Literario: Marta Osorio

La Vela, 2009

ISBN: 978-84-9836-500-9

800 páginas

37 euros

Jesús Cotta

Aunque el libro salió el año pasado, no me resisto a reseñarlo porque creo que la bonhomía de su autor y la enormidad de lo que cuenta lo merecen.

Este es un libro de investigación desconcertante y maravilloso donde el investigador resulta, a su pesar, tan interesante como el investigado. El investigador es Agustín Penón, hijo de exiliados españoles tras la guerra civil, y el investigado es nuestro Federico García Lorca.

Agustín Penón vuelve a España en 1955 con nacionalidad estadounidense para hacer turismo y, al recalar en Granada, decide investigar la muerte de su poeta favorito. Y lo que iba a ser tan sólo un viaje de placer se acabó convirtiendo en una investigación exhaustiva que devoró su hacienda y le robó muchas energías personales, pues si al principio la gente lo rehuía, al final se convirtió en toda una institución.

El libro no sólo es interesante por Lorca, por Penón y porque nos muestra una Granada que hablaba aún en voz baja de Lorca, “no sea que”, sino porque los entrevistados aún no se las habían visto con el aluvión de investigadores que llegaría después y, por tanto, una vez vencido el recelo, no se inventan trolas para impresionar, sino que más bien dicen la verdad venciendo un miedo, porque Federico no era aún un mito, sino un tabú y en la Granada de entonces no era un timbre de gloria haber sido su amigo o haberlo conocido, sino que sobre él pesaba una losa de silencio y de tópicos muy distintos de los que hay ahora y Penón tenía que vencer ciertas dificultades a la hora de hablar del asunto. Pero tuvo la suerte de que España en ese momento estaba deseando tener buenas relaciones con Estados Unidos y dado que Penón tenía nacionalidad estadounidense, no le molestaron en su investigación.

Él pilla desprevenidos a los entrevistados y como sabe ganarse su confianza e interesarse por los aspectos humanos del poeta y no por las circunstancias políticas que lo causaron, la gente habla sencilla y llanamente.

Toda su documentación la guardó en una maleta, sin llegar a publicarla, porque tenía miedo de herir con las revelaciones a muchas personas que estaban aún vivas, y se la pasó, poco antes de suicidarse, a su amigo Layton, el cual, poco antes de su suicidio, se la pasó a Ian Gibson, que, por cierto, no cita a Penón siempre que lo utiliza ni cita los datos que pueden estropear el mito de Lorca rojo que Gibson anda por ahí vendiendo.

Sobre la maleta de Penón y su capacidad para provocar suicidios se han hecho incluso programas paranormales en la tele, con lo cual comprobamos que Lorca ha superado con creces el ámbito literario y político y ha entrado en el paranormal.

Marta Osorio reunió todos esos documentos y en el 2009 fue publicado el libro de Agustín Penón, Miedo, olvido y fantasía. La honradez de Penón en la investigación es superior a su ideología y a la imagen que durante el exilio se había forjado de Federico y no deja de consignar todo lo que le dicen por increíble que le parezca.
Lo mejor de Penón es sin duda su buen corazón, su independencia, su falta de prejuicios a la hora de dirigirse a la gente. Hay varias entrevistados cruciales que aportan datos interesantísimos: Ramón Ruiz Alonso, el que detuvo a Lorca y que casi conquista la simpatía de Penón; Luis Rosales, que cuenta cosas insólitas pero reveladoras del poeta; Jover Tripaldi, el soldado que estuvo con él las últimas horas de su vida; un hombre soltero y mayor del pueblo, que se puso rojo y emocionado cuando le hablaron de Lorca, porque cuando eran jóvenes se iban solos y juntos al río...

Gracias, Penón, allá donde estés. Los devotos de Federico nunca te lo agradeceremos bastante.

01 julio 2010

Gamberrismo ilustrado

England’s Dreaming

Jon Savage

Traducción de Marc Viaplana

Reservoir Books, 2009

ISBN: 978-84-397-2176-5

736 páginas

29,90 euros


Daniel Ruiz García

Durante muchos años, los amantes de la literatura musical en castellano hemos padecido los rigores de un incomprensible vacío bibliográfico en torno a la música que se enmarca dentro de ese generoso e impreciso espectro que damos en llamar pop/rock. Salvando la labor de editoriales como Edicomunicación o Cátedra (sí, la que edita las biografías con sus lomos de color chillón), y de una nómina de autores todoterreno que en muchos casos suplían la falta de densidad con oficio y un punto de entrega heróica (Jordi Serra I Fabra, Mariano Muniesa…), tradicionalmente la estantería que se ocupaba de la música en las librerías patrias ha sido siempre la que se mostraba más menuda e insípida.

De hace unos años acá, no obstante, la tendencia ha empezado a cambiar, merced a editoriales que abordan el género de la crítica, el ensayo y la biografía musical desde una perspectiva más seria y rigurosa, lo que implica -¡por fin!- la traducción al castellano y consiguientemente la importación de los grandes títulos relacionados con este subgénero. Ahí están editoriales como Global Rythm Press, Milenio o Ma Non Troppo (Robinbook), que están permitiendo por fin la penetración en el mercado nacional de títulos con los que muchos hemos soñado durante décadas.

Este retraso es lo que explica que hayamos tenido que esperar unos diez años para poder hincarle el diente al libro que hoy reseñamos. Se trata, como reza la contraportada, del libro “definitivo” sobre los Sex Pistols y el movimiento punk. Una obra a medio camino entre la biografía, el ensayo sociológico y la teoría musical que puede resultar algo dura para los no iniciados, pero que es de lo más interesante para todos aquellos que manejan los códigos básicos del movimiento punk y que aspiran a desenvolverse en el movimiento y sus implicaciones por encima de sus eslóganes e iconos.

El ensayo viene a corroborar, con gran profusión de detalles, cuestiones que ya sospechábamos. Como por ejemplo, que el origen del movimiento no estaba, como quisieron hacernos creer, en Gran Bretaña, sino en EE.UU, merced a grupos como los New York Dolls o los Ramones. O como que Malcom McLaren, el artífice del fenómeno Sex Pistols (fallecido, por cierto, hace un par de meses), no era más que un mercachifle obsesionado con la notoriedad y el dinero. O como, por ejemplo, que Sid Vicious era un tipo con escaso talento pero que daba el perfil. Probablemente el que sale mejor parado de todo el fresco es John Lydon, a quien hay que atribuir la mayor parte del genio del fugaz combo, si es que algo de eso hubo.

Me atrevería a decir que England’s Dreamin completa la pata que le restaba a la silla que componía Greil Marcus en su audaz Rastros de Carmín (Anagrama), un ensayo modélico sobre cómo abordar la interpretación histórica desde un planteamiento creativo y altamente estimulante. Si Rastros de Carmín era un ensayo en toda regla sobre la “historia oculta” que comunica los movimientos estéticos anarquizantes de comienzos de siglo XX con el punk de los años 70, England’s Dreaming es un ensayo en profundidad sobre estos años 70, con una perspectiva marcadamente sociológica pero sin descuidar en ningún momento los aspectos musicales.

En su pretensión de rigor, el volumen quizá resulte ligeramente árido en algunos momentos (tiene más de 700 páginas), pero en cambio es una obra completísima, hasta el punto que incorpora apéndices de gran valor que nos ayudan a tener un conocimiento sobre el movimiento bastante vasto.

En todo caso, al finalizar el libro, uno tiene una sensación extraña. Se siente muy almorzado de punk, pero vuelve a escuchar el Never Mind The Bollocks y el aroma de espontaneidad y brillo ya no parece el mismo. Es uno de esos libros que lo vuelven a uno un poco más resabiado, y que dejan la sensación de haber perdido algo en el camino. Vale, el punk fue todo eso, pero tampoco hay que echarle tanta cuenta al papel. Sabemos que detrás del punk había una actitud, que estaba el poso de la crisis y de la falta de oportunidades para la juventud británica, que también estaba Guy Debord y su Internacional Situacionista. Pero como los cadáveres exquisitos del surrealismo, que también acabaron sepultados por un exceso de teoría, el fuelle inicial, el resorte primigenio, no consistía en realidad más que en hacer el gamberro.

01 junio 2010

Gamberrismo ilustrado

England’s Dreaming

Jon Savage

Traducción de Marc Viaplana

Reservoir Books

ISBN: 978-84-397-2176-5

736 páginas

29,90 €

Daniel Ruiz García

Durante muchos años, los amantes de la literatura musical en castellano hemos padecido los rigores de un incomprensible vacío bibliográfico en torno a la música que se enmarca dentro de ese generoso e impreciso espectro que damos en llamar pop/rock. Salvando la labor de editoriales como Edicomunicación o Cátedra (sí, la que edita las biografías musicales con esos característicos lomos de colores chillones), y de una nómina de autores todoterreno que en muchos casos suplían la falta de densidad con oficio y un punto de entrega heróica (Jordi Serra I Fabra, Mariano Muniesa…), tradicionalmente la estantería que se ocupaba de la música en las librerías patrias ha sido siempre la que se mostraba más menuda e insípida.

De hace unos años acá, no obstante, la tendencia ha empezado a cambiar, merced a editoriales que abordan el género de la crítica, el ensayo y la biografía musical desde una perspectiva más seria y rigurosa, lo que implica -¡por fin!- la traducción al castellano y consiguientemente la importación de los grandes títulos relacionados con este subgénero. Ahí están editoriales como Global Rythm Press, Milenio o Ma Non Troppo (Robinbook), que están permitiendo por fin la penetración en el mercado nacional de títulos con los que muchos hemos soñado durante décadas.

Este retraso es lo que explica que hayamos tenido que esperar unos diez años para poder hincarle el diente al libro que hoy reseñamos. Se trata, como reza la contraportada, del libro “definitivo” sobre los Sex Pistols y el movimiento punk. Una obra a medio camino entre la biografía, el ensayo sociológico y la teoría musical que puede resultar algo dura para los no iniciados, pero que es de lo más interesante para todos aquellos que manejan los códigos básicos del movimiento punk y que aspiran a desenvolverse en el movimiento y sus implicaciones por encima de sus eslóganes e iconos.

El ensayo viene a corroborar, con gran profusión de detalles, cuestiones que ya sospechábamos. Como por ejemplo, que el origen del movimiento no estaba, como quisieron hacernos creer, en Gran Bretaña, sino en EE.UU, merced a grupos como los New York Dolls o los Ramones. O como que Malcom McLaren, el artífice del fenómeno Sex Pistols (fallecido, por cierto, hace un par de meses), no era más que un mercachifle obsesionado con la notoriedad y el dinero. O como, por ejemplo, que Sid Vicious era un tipo con escaso talento pero que daba el tipo. Probablemente el que sale mejor parado de todo el fresco es John Lydon, a quien hay que atribuir la mayor parte del genio del fugaz combo, si es que algo de eso hubo.

Me atrevería a decir que England’s Dreamin completa la pata que le restaba a la silla que componía Greil Marcus en su audaz Rastros de Carmín (Anagrama), un ensayo modélico sobre cómo abordar la interpretación histórica desde un planteamiento creativo y altamente estimulante. Si Rastros de Carmín era un ensayo en toda regla sobre la “historia oculta” que comunica los movimientos estéticos anarquizantes de comienzos de siglo XX con el punk de los años 70, England’s Dreaming es un ensayo en profundidad sobre estos años 70, con una perspectiva marcadamente sociológica pero sin descuidar en ningún momento los aspectos musicales.

En su pretensión de rigor, el volumen quizá resulte ligeramente árido en algunos momentos (tiene más de 700 páginas), pero en cambio es una obra completísima, hasta el punto que incorpora apéndices de gran valor que nos ayudan a tener un conocimiento sobre el movimiento bastante completo.

En todo caso, al finalizar el libro, uno tiene una sensación extraña. Se siente muy almorzado de punk, pero vuelve a escuchar el Never Mind The Bollock y el aroma de espontaneidad y brillo ya no parece el mismo. Es uno de esos libros que lo vuelven a uno un poco más resabiado, y que dejan la sensación de haber perdido algo en el camino. Vale, el punk fue todo eso, pero tampoco hay que echarle tanta cuenta al papel. Sabe que detrás del punk había una actitud, que estaba el poso de la crisis y de la falta de oportunidades para la juventud británica, que también estaba Guy Debord y la influencia de su Internacional Situacionista. Pero como los cadáveres exquisitos del surrealismo, que también acabaron sepultados bajo capas y capas de teoría, el fuelle inicial, el resorte primigenio, no consistía en realidad más que en hacer mucho el gamberro.

24 marzo 2010

Ateo por la gracia de Dios

Los años rojos de Luis Buñuel

Román Gubern y Paul Hammond

Cátedra, 2009

ISBN: 978-84-376-2611-6

424 páginas

24 €




Jesús Cotta

Hubo un trío de genios en la Residencia de Estudiantes: Lorca, Dalí y Buñuel. Sólo a uno de ellos lo mataron en la guerra, precisamente el que nunca se había metido en política. Buñuel tuvo sus años rojos en el Partido Comunista, aunque luego los ocultara, remilgo que Alberti nunca entendió. Dalí también tuvo su pasado iconoclasta y blasfemo, pero cuando vio que Franco iba para largo, comenzó a renegar de él para congraciarse con el régimen y en sus memorias llega a calificar como obra de esencia católica un cuadro blasfemo que él había expuesto por los años treinta en París titulado La profanation de L´hostie (habría que realizar un estudio psicoanalítico para explicar qué frustración sexual genera la fea enfermedad de la blasfemofilia). No deja de ser curioso que Franco considerara suyo al autor de un cuadro contra la eucaristía y, sin embargo, no castigara a esos correligionarios que asesinaron en Granada al autor de la impresionante Oda al Santísimo Sacramento.

Aunque el cine puede llegar a más gente que la pintura y la poesía, de los tres Grandes de la Residencia de Estudiantes el cineasta Buñuel es menos universal que Dalí con su genial extravagancia surrealista y Lorca con su brillante poesía firmada con su sangre. Y quizá sea porque sus películas están demasiado cargadas de sí mismo, lo que constituye su atractivo y, a la vez, su lastre. Un fotograma de Buñuel sólo puede ser de Buñuel.Quien tenga ganas, estómago y agallas puede repasar en youtube Un chien andalou. La dirigió Buñuel con guión de Dalí y fue considerada por los surrealistas franceses, admiradores de Sade como Buñuel, la primera película verdaderamente surrealista. Sus actores principales, Pierre Batcheff y Simone Mareuil, se suicidaron años después. No me extraña.

Luego llegaron órdenes de la Unión Soviética para sus fieles intelectuales europeos de abandonar inmoralidades como Un chien andalou (Un perro andaluz) o L’âge d’or (La edad de oro), que enturbiaban por lo visto las sanas costumbres entre hombres y mujeres, y cultivar más bien el realismo social. Dalí, de hecho, acusó a Buñuel de expurgar L’âge d’or para contentar a los funcionarios estalinistas, siempre tan moralistas. Fue entonces cuando Buñuel, fiel a las consignas soviéticas, rodó el documental de Las Hurdes, Tierra sin pan, que fue tachado de antipatriota y perseguido por la censura. La película tiene más valor artístico y propagandístico que documental y, como confesó Buñuel, él fue allí a rodar lo peor. Si no, ¿a qué iba? “Visité la región diez días antes y llevé una libreta de apuntes. Anotaba: cabras, niña enferma de paludismo, mosquitos anófeles, no hay canciones, no hay pan. Y luego fui filmando de acuerdo a esos apuntes”. En el documental están amañados desde la cabra que supuestamente se despeña y que en realidad es matada a tiros, hasta el harapiento niño que en la pizarra de la escuela escribe: Respetad los bienes ajenos.Luego, con Filmófono, dirigió en la sombra varias películas comerciales, como La hija de Juan Simón. Buñuel quería ganar dinero sin perder su fama de director comprometido y el director oficial fue su amigo José Luis Sáenz de Heredia, primo de José Antonio y correligionario suyo en Falange.

Este libro da por cierta la trola que Buñuel le contó en Cannes al director falangista según la cual fue él quien lo había salvado de la siniestra checa madrileña donde lo iban a matar, cuando en realidad, según cuenta Pepín Bello en La desesperación del té, Buñuel estaba entonces a más de dos mil quilómetros de Madrid y lo salvó un electricista anarquista de Filmófono.

Iniciada la guerra y horrorizado por el caos que los anarquistas habían impuesto en Madrid y asustado de correr la misma suerte que sus amigos Juan Piqueras y Lorca, asesinados por los nacionales, fue enviado a París como funcionario de la embajada con la misión de hacer propaganda de la causa republicana, lo que lo libró del peligro de tener que rodar escenas de guerra en la propia España.

Para saber y comprender todo esto que he contado y mucho más, éste es un libro muy recomendable. Se trata de un completísimo trabajo de investigación con datos bien traídos para comprender no sólo el primer cine de Buñuel, que explica al posterior y más conocido, sino también para hacerse una idea cabal de aquella época de extremismos artísticos, ideológicos y personales a través de un personaje como Buñuel metido de lleno entre los intelectuales españoles y franceses. Lo mejor y lo peor del libro es la abrumadora cantidad de datos y la parquedad de los autores en juicios de valor. Es el lector quien saca sus propias conclusiones.

Uno se familiariza así con un Buñuel que en su época de Hollywood proponía a su amigo Chaplin organizar orgías y se negaba a revisar el guión de Lily Damita, amante de Alfonso XIII; un Buñuel buen amigo de sus amigos, noble y maño, militante del Partido Comunista, amante de la buena vida, ateo por la gracia de Dios, como él se definía, pero también machista, homófobo y anticlerical hasta la náusea, que invitaba a destruir el santuario del Pilar; y, sobre todo, un genial e intuitivo director de películas de apariencia realista, estructura trágica y aperturas al subconsciente.

09 febrero 2010

Agustín de Foxá. Una aproximación a su vida y su obra

Luis Sagrera

Editorial Dos Soles, 2009

ISBN: 978-84-96606-57-9

248 páginas

22'50 euros





Jesús Cotta

Siempre me había gustado el Soneto a un centauro adolescente y gracias a este libro me acabo de enterar de que lo había escrito Agustín de Foxá. Pero confieso que mi interés por él se suscitó a raíz de la prohibición que en Sevilla hizo la Delegada de ¡Participación Ciudadana! de un acto literario en su homenaje a cargo de Aquilino Duque y Antonio Rivero Taravillo. Me pareció tan surrealista que la encargada de agilizar y promover los actos ciudadanos se dedicara precisamente a prohibirlos, me indignó tanto que dejase en la calle al público interesado y a dos escritores que admiro, que me puse a leer su Madrid, de corte a checa, una joya literaria (a propósito, recomiendo vivamente a los editores realizar en Sevilla homenajes literarios a autores que no le gusten al ayuntamiento: venta segura.)

Al aprobar la carrera diplomática, Luis Sagrera se vio obligado a realizar una memoria y decidió que el tema sería Agustín de Foxá y, con los debidos retoques, ahora se publica. El libro repasa la vida, la obra y el trabajo del poeta y articulista y novelista que fue Foxá y, dado que Luis Sagrera ha trabajado en la Carrera Diplomática, presta especial interés a esta faceta del escritor, inseparable de su obra y de sus temas de inspiración.

Echo en falta un poco más de desarrollo de su relación con Federico García Lorca, a quien conoció en casa del diplomático chileno Carlos Morla Lynch, y de sus primeros años falangistas durante la República, que es a mi juicio la época más interesante del siglo pasado; y me habría gustado que, tratándose de un escritor tan brillante, el libro estuviera escrito con un estilo más personal y literario: a ciertos escritores no se les puede hacer una biografía a modo de apuntes. No se puede hablar de san Juan de la Cruz en el mismo estilo que de Antonio Pérez. Pero el autor ha optado por no hacerse notar y de hecho habla de sí en tercera persona y prefiere, con buen criterio, ser claro, ameno, correcto y pulcro, para que el protagonista sea exclusivamente Foxá. Y desde luego logra el objetivo de abrirnos el apetito.

Con Foxá uno corre el riesgo de creer que fue un señor muy brillante y muy culto con una personalidad desbordante y un estro agudo y fecundo que igual que iba de acá para allá, escribía de esto y lo otro. Pero Luis Sagrera, con su prosa ágil y transparente, nos muestra el misterio profundo de aquel hombre que buscaba el sosiego que su trabajo le impedía tener y la profundidad de la obra que su romanticismo y sus efectismos le frustraron muchas veces.

Foxá fue un hombre inquieto y brillante, amante de la luz y el color, de una capacidad asombrosa para la imagen deslumbrante y la metáfora, que en su juventud participó en aquellas veladas madrileñas consistentes en leer poemas en lugares románticos como cementerios y palacios abandonados. Y compuso por encargo de José Antonio algunos de los versos del Cara al sol. Tras la rebelión militar, aquel conde falangista se salvó de la muerte a manos de unos milicianos entreteniéndolos con la lectura de unos versos y la República lo envió como diplomático a Bucarest, donde Foxá actuaba en realidad como agente de Franco, hasta que el Gobierno cayó en la cuenta de que estaba pagando a un agente del enemigo. A su regreso a España se sorprendió de ver cantados por la muchedumbre sus versos de Cara al Sol, que él había compuesto en la bañera.

Entonces comienza una larga y brillante carrera de diplomático en Helsinki, Roma, Montevideo, La Habana, su favorita, y otros lugares. Es famosa la anécdota que cuenta cómo en Finlandia, Malaparte lo hizo venir bajo temperaturas de cuarenta y cinco grados bajo cero porque había dieciocho soldados rusos que declaraban ser españoles, hijos de aquellos huérfanos de la guerra civil que fueron enviados a Rusia. Foxá les trajo tabaco, comida y medicinas y quiso salvarlos del fusilamiento proponiéndoles firmar una declaración de adhesión al régimen de Franco, cosa que sólo hizo uno de ellos. Los demás, mientras se enterraba el cadáver de uno de ellos muerto de pulmonía, saludaban con el puño cerrado. Foxá siempre los consideró españoles y valientes y consiguió que no fueran fusilados. Era, desde luego, un hombre donde lo humano primaba sobre lo tontamente ideológico.

Participó, en 1949, a iniciativa del Instituto de Cultura Hispánica, en la Misión Poética: cuatro poetas, Foxá, Panero, Rosales y Zubiaurre, harían una gira por Hispanoamérica, para leer sus poemas y acabar con la imagen de una España sin poetas desde la muerte de Lorca. Aunque en La Habana y en Caracas hubo abucheos y lanzamiento de huevos contra ellos y los llamaron asesinos y delatores de Lorca, la Misión fue en sí un éxito.

Luis Sagrera nos ofrece, en fin, una semblanza lúcida de un hombre que “apedreó con rosas un mundo que le disgustaba, pero al que no quería hacer daño”, que decía que la buena poesía es la que hace llorar a las mecanógrafas, un poeta más intuitivo y emocional que conceptual e ideológico, de estilo centelleante, un clásico, según González Ruano, que luchó a brazo partido con el romanticismo de siete cabezas. Fue además espléndido con su dinero, españolista y europeísta, sin prejuicios, simpático y un buen embajador, con esa doble naturaleza de centauro que lo llevaba a disfrutar de la vida con un aire helénico y pagano y a amar y temer al Dios del misterio y del amor y que disfrutó de la vida y la pintó con versos brillantes hasta que la enfermedad lo trajo de Filipinas a España para morir en brazos de su madre, como un centauro ya viejo que nunca había dejado de ser el niño que mira asombrado las maravillas de la Tierra.