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08 febrero 2011

Bécquer visto por un amigo


Bécquer

Julio Nombela

Mono Azul Editora, 2010. Colección “Vuelapluma”

ISBN: 978-84-937-9820-8

176 páginas

16 €



Rafael Roblas Caride


Si a Garcilaso de la Vega le debemos la consolidación del endecasílabo en la métrica castellana y a Quevedo la fijación de la sátira, Bécquer representa la modernización de la poesía española de tal modo que se puede afirmar que, tras su obra, hay un antes y un después en las formas y maneras de afrontar la creación poética. Y es que la preferencia becqueriana por la asonancia, el adelgazamiento conceptual del poema y la búsqueda de la sencillez y de la naturalidad allanan un camino cuyo itinerario quizás no hubieran podido seguir sin el autor de la Rimas un Antonio Machado, un Juan Ramón Jiménez, un Luis Cernuda, un Luis Rosales o un Luis García Montero, por citar sólo algunos nombres al azar alejados entre sí en el tiempo.

Así pues, dada la importancia del sevillano en el devenir de la historia literaria de nuestro país, no debe extrañarnos el número desmesurado de autores que han derramado ríos y más ríos de tinta en torno a la vida y a la obra del poeta, conformando éstos finalmente un auténtico laberinto de ensayos, biografías y estudios que corrieron desigual fortuna. Mas, de entre todas estas aportaciones, destacan por su interés documental aquellos textos debidos a sus coetáneos. Precisamente éstos, a pesar de adolecer de una evidente subjetividad, constituyen por su cercanía un excelente testimonio de primera mano que ha servido para que sucesivos becquerianistas hayan podido iluminar las abundantes sombras que aún hoy difuminan muchos aspectos personales y artísticos del joven Gustavo Adolfo que desembarca en el Madrid del XIX con la ilusión puesta en la conquista de la gloria.

Uno de ellos es el testimonio que hoy cobra actualidad por la peculiar reedición debida a Mono Azul: las memorias de Julio Nombela, amigo personal de Bécquer, con quien compartió más de media vida, desde su adolescencia sevillana hasta los umbrales de su muerte acaecida en el infausto diciembre de 1870. Y ente ambas fechas, toda una serie de vicisitudes del más variado signo –penas y alegrías- sobre la pantalla plana de aquel Madrid romántico.

Pero, ¿por qué hemos aplicado el adjetivo de peculiar a este volumen que hoy se trae a colación? Hasta ahora, las Impresiones y recuerdos de Nombela –que así se titula realmente el original- no habían dejado de ser una curiosidad de lectores selectos y amantes del XIX español o el instrumento de trabajo de becquerianistas especializados. Quizás por ello, el “tomaco” que reunía dichas memorias no distaba mucho de ser un mamotreto –ilegible por su formato y por su número de páginas- bastante difícil de encontrar, a no ser que se rastrearan a conciencia los anaqueles de las librerías de viejo más especializadas. Por otra parte, la obra de Nombela, en realidad una crónica común de una vida mediocre, no destaca más que por un motivo fundamental: por los citados recuerdos y referencias becquerianas. Y aquí tenemos al perspicaz Jabo H. Pizarrozo escudriñando la oportunidad y separando el mineral de la ganga para ofrecer un particular Bécquer que rescata precisamente la parte del libro de Nombela que realmente se salva. Al menos a nuestro modesto parecer.

En un prólogo brillante, aunque con ciertos excesos –aún se me repite el puchero metafórico-, el editor aclara sus pretensiones y su vocación de desenterrador clandestino: “Bécquer es un libro rescatado de otro libro. Es un volumen que durante muchos años ha dormido sepultado en la tumba o si prefieren, en el túmulo de otro libro”. No hay una descripción más gráfica y a la vez más hermosa para definir la naturaleza de esta edición de Mono Azul.

Tras el prólogo, a lo largo de la narración de Nombela, Bécquer se nos presenta como un amigo cercano con el que compartimos el despertar artístico en esa Sevilla de los Montpensier; los primeros tanteos líricos, ya en la capital del Reino; las ensoñaciones amorosas y las fantasías plasmadas en posteriores versos; los vestigios y señales de la enfermedad fatal que lo encamina prematuramente a la fosa; el triste epílogo firmado en aquel frío y mortal diciembre madrileño; la mítica reunión en la casa de Casado del Alisal, donde los amigos prepararán la edición de las Rimas como homenaje.

Sin embargo, tal como han apuntado numerosos becquerianistas, muchas afirmaciones de Nombela hay que cogerlas con alfileres, puesto que los amigos de Bécquer tuvieron la mala costumbre de apoyarse en la fama póstuma de su ilustre colega para intentar encaramarse ellos mismos al pedestal de la gloria. Y aquí el caso de Narciso Campillo es paradigmático, empeñado en encerrar los deliciosos “suspirillos germánicos” del sevillano en constreñidos y monótonos cánones decimonónicos y en no valorar convenientemente la importancia de esos “entretenimientos” que para él eran las Rimas. Afortunadamente, Nombela no llega al extremo de Campillo, pero el lector experto puede apreciar en su lectura al sesgo un complejo de inferioridad mal asumido que intenta empequeñecer –por comparación- la importancia de su amigo Gustavo. Esa es la causa de que pasajes como el que transcribimos a continuación se repitan cíclicamente:

La vida que hacía Bécquer, que seguramente es lo que más deseará saber el lector, era monótona y triste; pero como la tristeza era su elemento, ni se afligía ni se quejaba. En vez de vivir en el mundo, vivía en su cerebro y en su corazón. Las miserias y pequeñeces de que está llena la existencia no alternaba su ritmo habitual, que era la calma, la serenidad, la resignación. Jamás sintió el aburrimiento. La soledad, que le agradaba en extremo, estaba para él llena de seres, de ideas, de sentimientos que formaban un mundo en el que hallaba sus más puras y hermosas satisfacciones”.

Este Bécquer triste, apocado, solitario, conformista y gris se contrapone a la descripción que el propio Nombela hace de sí mismo: analítico, perspicaz, extrovertido, poseedor de influyentes amigos, viajero. Es indudable que, de este modo, la imagen de Bécquer se resiente con todo su malditismo y su tristeza a cuestas, sólo distraído por la visita fugaz de esas musas que -como quien no quiere la cosa y a su capricho - dotan al poeta de la genialidad necesaria para componer obras maestras. Y nada más lejos de la realidad, ya que Bécquer, como se han encargado de demostrar expertos de la talla de Guillén, Pageard o Montesinos, es un autor que conoce muy bien los mecanismos de su oficio y, quizás –o sin quizás- es el primero que elabora una poética explícita para llegar al misterio del poema para dejarlo, precisamente, libre de ellos. De ahí su grandeza, de ahí su tremenda modernidad. Ésto no pudieron –o no quisieron- verlo sus coetáneos, por más que lo disimularan en sus testimonios, con la salvedad de Augusto Ferrán que, curiosamente, fue el encargado de destruir esas cartas que, “de sobrevivirme, serían mi deshonra”, por mandato del moribundo Gustavo.

En cuanto al carácter triste y melancólico, flaco favor le han hecho a la fama de Bécquer pasajes como los de Nombela, eso sí, muy en consonancia con el tópico de un romanticismo al uso, traducido al milímetro en el conocidísimo óleo de Valeriano que -en negativo- sirve de portada al libro reseñado y que tantas disimilitudes contiene respecto al cliché fotográfico que conservamos del poeta. Quizás, si esta última fotografía hubiera ilustrado los billetes de cien pesetas de hace algunos años y el cuaderno antimonárquico Los Borbones en pelotas lo conociera el gran público, la visión tradicional del Bécquer pasteloso que se estudia en bachillerato se engrandecería. Sin embargo, el pobre de Gustavo también resultaría más difícil de vender como personaje literario de sí mismo, tal y como ahora ocurre.

Pero olvidémoslo. No es este el medio más adecuado para estudiar pormenorizadamente las agresiones históricas sufridas por el genio romántico, sino para recomendar la lectura de esta perlita y felicitar la iniciativa de Mono Azul por recopilar y presentar al público general estos textos de difícil acceso hasta ahora. Además, los pasajes extractados de Impresiones y recuerdos se ordenan cronológicamente por capítulos, utilizando para tal fin versos sueltos de las Rimas. Otro aliciente más para un libro que se lee del tirón. Seguro que los amantes del “huésped de las nieblas” agradecerán esta labor altruista de síntesis de las memorias originales de Nombela. Y los estudiosos becquerianos, más aún.

12 abril 2010

Bienvenido a Cuba

Diario delirio habanero

Luis Manuel García Méndez

Mono Azul Editora, 2010

ISBN: 978-84-936469-9-8

308 páginas

19 €


Juan Carlos Sierra

Para los que de momento no hemos visitado Cuba, salvo en manos de la hagiografía revolucionaria o en las garras del más recalcitrante exilio de Miami, en nuestro imaginario el país de Castro&Cía. puede fluctuar entre la mejor de nuestras utopías o la peor de nuestras pesadillas futuras. Una vez que se ha leído Diario ‘delirio’ habanero de Luis Manuel García Méndez, uno se inclina más por lo ‘pesadíllico’ –y perdón por el palabro- que por lo utópico. Para los defensores del régimen castrista esta conclusión será responsabilidad directa del vecino imperialista del norte de la isla, como cualquier otro de sus males, o de la contaminación contrarrevolucionaria de la oposición ‘miameña’, pero Luis Manuel García dista mucho de ser sospechoso de comulgar con ninguna de estas teorías cubanoamericanas.

Si el lector de este diario atípico concluye que la salvación de Cuba pasa por la desaparición de Castro&Cía., se debe fundamentalmente a la equidistancia de su autor, a su moderación, a su objetividad –en la medida de lo posible-, a la mirada crítica de Luis Manuel García con respecto a las jaurías que a dentelladas se reparten o se quieren repartir en un futuro sin los Castro el botín –¿escaso?- de la isla caribeña.

Para hablar de todo el embrollo cubano hay quien se embarca en sesudas investigaciones e incluso en arriesgados viajes a Cuba, para vomitar después en un extenso ensayo tanto experiencias como conclusiones y conjeturas más o menos eruditas. Sin embargo, Luis Manuel García ha optado por el formato del diario, por el perfil más íntimo del género narrativo.

No obstante, no se trata de un diario al uso, como apuntábamos antes, ya que entre los capítulos que narran los días de vacaciones veraniegas del autor, su esposa e hijo en la isla, entre los episodios de la vida cotidiana del exiliado que vuelve a ver a familiares y amigos y a revisitar los paisajes físicos y morales de la infancia y la juventud –en estado ruinoso ambos, por cierto-, la primera persona narrativa de Luis Manuel García echa mano de la tercera persona de los datos, las cifras, las citas, las hemerotecas, internet,… para ilustrar y contextualizar lo más objetivamente posible sus impresiones, para que éstas no pequen de exceso de subjetividad rencorosa y gratuita hacia un régimen que lo vio nacer y que, al cabo de los años, lo obligó a exiliarse.

Por otro lado, la posible y lógica acritud que pudiera suponerse a un libro como este la mitiga Luis Manuel García Méndez con humor, con ironía y con hábiles y divertidos malabarismos verbales –sirva como ejemplo el mismo título del libro-, porque el autor cubano sabe que el humor es una cosa muy seria.

Así, este diario-ensayo, desarrollado en unos centenares de páginas de prosa ágil, amena y absorbente, trata de alejarse de lo más peligroso de los géneros que ha elegido su autor para darle cuerpo a su particular percepción de la realidad cubana actual y, de paso, parece aspirar a que el lector más escéptico con las interpretaciones que hacen tirios y troyanos de esa misma realidad se acerque sin demasiados prejuicios a La Habana y, por extensión, al resto de la isla de Cuba.

Por todo lo dicho anteriormente y por otras muchas razones que se me escapan, si tiene previsto viajar a Cuba u opinar desde la distancia sobre lo que pasa allí, no olvide echar en su maleta o en su equipaje de opinólogo este Diario ‘delirio’ habanero. Le proporcionará información precisa de primera mano y no le pesará.

28 enero 2010

Apaches remontando el Danubio

Apacherías del Salvaje Oeste

Javier Lucini

Mono Azul Editora, 2009

ISBN: 978-84-936469-6-7

496 páginas

20 €







Manolo Haro


El pasado año la Academia sueca volvía a trastocar cábalas y augurios en torno al Nobel de Literatura otorgando esta distinción a una autora, Herta Müller, en cuya obra los académicos valoraron su “capacidad para describir el paisaje de los desposeídos”. Leí En las tierras bajas, donde se ofrecen estampas de episodios ambientados en la Rumanía de Ceaucescu ligados espacialmente a los alrededores de Timisoara. La justicia poética que se le supone a este tipo de decisiones por parte de la Academia tiene más que ver con un ajuste de cuentas con la historia (no precisamente literaria) que con lo eminentemente artístico. Todo esto viene a cuento porque, tras la lectura de Apacherías del salvaje oeste de Javier Lucini, no he podido evitar pensar en unos desposeídos (los Apaches y demás tribus) que apenas cuentan con voces directas y vibrantes que hagan justicia a tantos desmanes. Este extraño, hermoso y atrevido volumen publicado por Mono Azul Editora viene a saldar cuentas con el pasado de una cultura ágrafa, con escasísimas huellas que se alejen del edulcoramiento, de la falsa épica y de las lecturas sesgadas, brindando además una excepcional forma de acercarse a la historia de los Apaches.
El origen de la obra está en la traducción que el propio autor realizó de las Memorias de Gerónimo. Salvar del olvido un momento histórico que, como el mismo jefe apache sospechaba, era el canto del cisne de su cultura. Salvarlo para que la voces no se apagaran y los jóvenes no terminaran (como así lo hicieron) sucumbiendo en la lucha. No había otro propósito por parte del apache cuando las dictó. Lucini se agarra a este cabo y a su vasto conocimiento de la historia apache para construir una obra poligenérica con una prosa ágil que serpentea entre la condición de diario, libro de entrevistas, apuntes de viaje, novela flotante, poema épico de los vencidos o vademécum de nómada. Pero sólo cabe un estado del alma para cruzar esta noche apache: la ironía. Que nadie recale en estas aguas con el prejuicio de que se topará con una crónica plúmbea de un exterminio. Muy al contrario: las anécdotas, las notas del periplo americano del propio escritor, las referecias cinematográficas, literarias, pictóricas e históricas iluminarán una lectura que les aseguro gozosa.
A la manera de Magris en su obra El Danubio, vamos recuperando datos que ayudan a construir un relato polifónico en el que hablan exterminados, usurpadores y exterminadores. Ante todo, hay que tener en cuenta que la búsqueda de vestigios apaches no puede resultar tan fácil como mirar en la historia cultural de ese bastión de la memoria centroeuropea que es el Imperio Austro-húngaro. Tal vez por ese motivo, la narración de Apacherías ha de fragmentarse y mirar dentro de las tipis, de las reservas, de los fuertes, de las películas, de los libros, y así dar una imagen poliédrica y a su vez veraz de todo lo que sufrió este pueblo.
El anecdotario de los exterminadores recoge testimonios de sus vilezas: frases como la escrita por el General Sherman en una carta: “Mientras más indios matemos este año, menos tendremos que matar el año que viene”; o el afán reservista del General Miles, que internó a los niños apaches en una escuela de Pennsylvania, despojándolos de su lengua, de sus tradiciones y de sus familias, para que no se convirtieran en “los Gerónimos de mañana”, además de meter a sus progenitores en un vagón hacia un campo de concentración en Florida; o el exterminio de cuatro millones de búfalos en 1874 ordenado por Philip H. Sheridan, para así eliminar la fuente de sustento de “los enemigos malos”.
El uso que se le ha dado a los habitantes del “Meridiano de sangre”, como Cormac Mccarthy dio en llamar al territorio ocupado por estos indios, campa por las despejadas veredas del respeto y de la reivindicación, así como por los sinuosos andurriales de la falsificación y la banalidad. En el primer grupo podríamos colocar al pintor Frederic S. Remington, a los escritores José Martí (defensor de “esa raza esbelta y áurea”), E. Rice Burroughs (primer reivindicador de Gerónimo) y Elmore Leornard (sus historias de apaches eran desechadas por las editoriales por ser demasiado respetuosas con los indios); también al actor Marlon Brando (envió a una joven india en su nombre para recoger un Oscar, aduciendo que no podía aceptarlo por “el tratamiento actual de los indios americanos por la industria del cine […], así como por los recientes acontecimientos de Wounded Knee”, un oscuro hito dentro de la represión de este pueblo). Bastante alejados de éstos desfilaría Buffalo Bill, que con su Wild West Show logró introducir los estertores de un mundo en peligro de extinción en la cultura del espectáculo. Sin ir más lejos, el primer capítulo de sus memorias iba introducido por el epígrafe “Cómo maté a mi primer indio”. Entre otras tropelías realizadas en el cine, Javier Lucini rescata dos anécdotas. La primera haría sonreír al veleidoso Maupassant: en la adaptación de Bola de Sebo, es decir, La Diligencia de Ford, los propios navajos se opusieron a que los apaches hicieran de ellos mismos. La otra cuenta como en la película Shalako, grabada en Almería, tuvieron que echar mano de unos gitanos flacos y mal encarados, ya que los indios de la reserva habían engordado tanto que no habrían logrado dar la talla.
Otro dato amargo de la crónica irónico-sentimental del exterminio lo pone la efectividad con la que gobiernos democráticos han ido aplicando su “política de terminación”, en un afán continuista tras la estela de los generales citados más arriba. De ahí las reservas, la pérdida de identidad, las prohibiciones, la instalación de casinos y tabernas para suavizar la caída hacia la desculturación y la alienación, la presencia del síndrome de alcoholismo fetal, etc.
Creo que los editores de Mono Azul tendrían que cuidar a Javier Lucini. Su trabajo presenta una originalidad y una profundidad desacostumbrada. Le debo unas horas de gran disfrute. Él mismo cuenta que los indios sólo le otorgaban el nombre a un niño tras la primera sonrisa; era en ese momento cuando comenzaba a haber alguien. Vaya por delante mi agradecimiento al autor por todas las sonrisas que me ha regalado.

POST SCRIPTUM: Quiero imaginar a Lucini en el Encuentro Nacional de Poesía Cowboy de Elko (Nevada) de febrero. El correo de aquel mundo llega con cuentagotas hasta el septentrión y, a veces, es bueno esperar a la puerta de la tienda al mensajero. Salud.

15 diciembre 2009

El lector futuro de Maiakovski

Una bofetada al gusto del público

Vladimir Maiakovski

Mono Azul Editora, 2009.
ISBN: 978-84-934967-7-7

106 páginas.
14 euros.

Traducción de Ismael Filgueira Bunes y prólogo de Jabo H. Pizarroso.

Juan Carlos Sierra

Recuperar a los grandes de la literatura de todos los tiempos es siempre necesario y supone un trabajo digno de los mayores elogios, pero hacerlo de sus textos más extraños y, por lo tanto, menos comerciales es un riesgo que algunos editores asumen con valentía, porque se juegan no sólo su dinero, sino también su prestigio. Es por ello que hay que felicitar doblemente a Mono Azul por sacar Una bofetada al gusto del público ahora y hace unos meses Cómo hacer versos del poeta ruso Vladimir Maiakovski.
Una bofetada al gusto del público contiene dos conferencias: ‘Los obreros y los campesinos no os entienden’ y ’20 años de trabajo’, ésta última pronunciada solo unos días antes de que su autor pusiera fin a su vida de un balazo en el corazón el 14 de abril de 1930.
De entre la variedad de temáticas que cruzan ambos artículos, destaca sobre todo el juego malabar que lleva a cabo Maiakovski para justificar su poesía –y por consiguiente su vida- ante la Revolución. Frente a las afirmaciones de muchos compañeros de viaje literario y de los órganos culturales de la Rusia soviética de que Maiakovski podría estar desviándose de la vía revolucionaria ortodoxa, éste saca su arsenal argumentativo en la dos conferencias recogidas en este volumen para demostrar que su vida y su poesía, especialmente ésta última, no se han apartado ni un ápice de los postulados de la Revolución. Es más, el lector atento comprobará que se trata más bien de lo contrario.
La tesis de Maiakovski se puede resumir de la siguiente manera: si en mis días de futurista me rebelé contra el orden estético, social, político,… burgués, una vez subvertido este sistema gracias a la acción revolucionaria, el encaje de mi literatura –y de mi vida- será perfecto; sin embargo, me encuentro que los mismos errores que me hicieron rechazar la belleza burguesa se están reproduciendo en el sistema antagónico a éste. Conclusión: a pesar de mis esfuerzos auténticamente revolucionarios, aún no está la sociedad soviética suficientemente madura para la poesía que le ha de ser propia, puesto que arrastra los tics y prejuicios estéticos del orden contra el que se ha levantado. Toda una paradoja que, unida a otras de orden vital, lo atrajo hacia la muerte voluntaria en una calle de Moscú.
Independientemente de lecturas más o menos políticas y sociales, la tragedia estética de Maiakovski consiste en que su continua lucha por hablarle a un lector futuro desde sus años vanguardistas se ve frustrada justo cuando para él deberían coincidir presente y futuro.
Si esta tesis, a mi juicio central en Una bofetada al gusto del público, le parece algo trasnochada al lector de este casi recién estrenado siglo XXI que celebra este año el veinte aniversario de la caída del Muro de Berlín, piense este mismo lector que quizá muchos de los escritores que en su tiempo no encontraron un público receptivo son los mismos que veneramos en los manuales de historia de la literatura contemporáneos, como le sucede a Maiakovski.
Por otra parte, a pesar de las fechas y las circunstancias históricas en que se redactaron los artículos de Una bofetada al gusto del público, la actualidad de muchas de las opiniones vertidas por Maiakovski en el libro no dejan lugar a la susceptibilidad ideológica. Aún hoy nos planteamos la importancia de los clásicos, la utilidad de la poesía, el papel social del escritor, la estrategia más adecuada para que el no lector se acerque a la literatura –¿por obligación o por seducción?-,… Y todos estos son algunos de los asuntos que plantea Maiakovski en sus charlas de las primeras décadas del siglo pasado. Y aún no hemos desvelado las soluciones a estas preguntas.
Así, pues, un libro necesario, si no para encontrar las respuestas a algunos de los planteamientos más conflictivos de la literatura, sí para seguir buscándolas, pero a la luz de uno de los poetas más lúcidos de todos los tiempos.

23 junio 2009

Un jilguero contra las tinieblas

Cómo hacer versos


Vladimir Maiakovski



Mono Azul Editora, 2009
Colección Vuelapluma
ISBN: 84-936469-0-3


124 pág.
15 euros

Traducción de Ismael Filgueira Bunes.
Jesús Cotta

Con Vladimir Maiakovski (Georgia 1893-Moscú1930) se viene abajo el prejuicio según el cual el poeta comprometido es más comprometido que poeta. Maiakovski fue las dos cosas y hasta la muerte y para eso hay que tener genio y agallas.
Cómo hacer versos es no sólo una confesión recia y sincera de su alma, sino también un estupendo manual para escribir poesía, y surte efectos sanadores en cuantos consideran la poesía pose de melancólicos, altar de exquisitos o reglas de dicción. Poeta no es quien escoge tema, metro y rima para acabar diciendo “dulce embriaguez” en vez de “borrachera”. Poeta es un incansable buscador de la belleza y para ella hace y deshace normas.
En Cómo hacer versos, Maiakovski juega limpio. No se guarda los secretos del oficio. Nos los confía todos. Nos revela que un poema sólo está justificado cuando un problema requiera con urgencia una solución poética y ésa sea la única forma humana de resolverlo. La fragilidad, la fugacidad, las tinieblas, la limitación humana y la muerte, ¿quién sino la poesía las resuelve? Contra la cárcel y contra el hambre de un hijo, sólo Las nanas de la cebolla. Si ése no es su cometido, se queda en hablar bonito. El poeta escribe porque no le queda más remedio.
Para ello cuenta con lo que Maiakovski llama reservas poéticas: el poeta no es aquel que se sienta a veces a escribir a ver si cae algo, sino el que consagra tiempo y energía a sentir y pensar poesía y entonces ésta lo va inundando hasta que, en el momento menos pensado, le rebosa un verso como un géiser.
Uno de esos problemas que sólo la poesía resuelve fue el suicidio de su amigo el poeta Esenin. Maiakovski llora en un gran poema su muerte, pero le reprocha haberla preferido a la lucha de la vida. Por entonces quizá no sabía que él acabaría tomando ese mismo camino pocos años después y se descerrajaría un tiro, cuando los burócratas de Stalin pretendieron dirigirle a él también la poesía y la revolución, convertirlo en coreador de consignas oficiales. Entonces, cuando la poesía no le sirvió para resolver ese único y gran problema, no encontró más salida que la muerte. Ésa es la prueba definitiva del poeta: o vuela libre hasta morir o vive en una jaula. O jilguero salvaje o loro domesticado.
Maiakovski superó esa prueba que lo ha convertido en un mártir de la poesía. Murió porque el poeta sólo puede crear en libertad: si vive en una jaula ideológica, no canta, sino que se acaba destrozando contra los barrotes. Su canto sólo espanta a las tinieblas si es libre y suyo, porque para crear hay que volar. Y ahí está su grandeza.
A la obra de un poeta, su muerte le quita o le da valor. Y a Maiakovski le ha dado un valor objetivo, porque su obra es buena y está firmada con su sangre. Él mismo se convirtió en un poema. Y justo es decirle, como él a Esenin:

Infinito,
vuela,
hasta las estrellas.

Sobran los detalles. Como él escribió justo antes de morir, “Nada de chismes. Al difunto no le gustaban”.