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19 julio 2013

Ese punto

Mi vida querida 

Alice Munro

Lumen, 2013

ISBN: 978-84-264-2139-5

336 páginas

22,90 €

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino




Coradino Vega

¿Qué es escribir bien? Para unos consiste en exigir un lenguaje fortalecido por la audacia verbal, la exuberancia subordinada o un puntillismo más o menos caprichoso que, en ocasiones, puede sonar demasiado a artificio. Para otros, en cambio, lo importante es la concisión, acuñar la palabra precisa y buscar una naturalidad que, sin reproducir exactamente el habla, rehúya un tono de excesiva literatura. Hay muchas formas de escribir bien, y no seré yo, que cada vez tengo menos certezas sobre más cosas, quien excluya ninguna posibilidad (cada vez que comento un libro temo que alguien me confunda con un crítico literario). Pero si alguien me preguntara qué es para mí escribir bien, creo que respondería que escribir como Alice Munro.

Como ocurre a menudo con Flannery O’Connor o Eudora Welty, da la sensación de que Alice Munro ha llegado a un punto en el que, tras aprender todo lo que podría llegarse a aprender sobre técnica narrativa, la decisión consciente de ignorar cualquier norma se funde con el deseo realizado de escribir con total libertad, como si fuese lo primero que se escribe, sin ningún tipo de corsé o de miedo, con la única pretensión de contar de la manera más rudimentaria posible. Sin altanería, parece que está por encima de cuanto no es importante: todo aquello que desdeña esa especie de academicismo contemporáneo con función policial que reduce tanto la experiencia literaria. Puede que los diez cuentos y las cuatro piezas autobiográficas que integran Mi vida querida no provoquen un impacto tan notorio como el que producían, por ejemplo, muchos de los relatos de su anterior entrega, Demasiada felicidad. Y es que, en su último libro, Alice Munro ahonda aún más en el despojamiento, en lo esencial, en una engañosa transparencia: las historias son más breves, los párrafos se comprimen casi tanto como los títulos de sus piezas y el silencio dice mucho más de lo que se enuncia explícitamente. Ya no hay apenas vidas completas, como sucede en la mayoría de esos cuentos suyos que abarcan condesada la materia de una novela, sino instantes, momentos insignificantes sólo en apariencia, comienzos de una cosa que luego se transforma en otra o que en realidad nos está hablando de una tercera.

Una mujer que ha publicado un libro de poemas vuelve algo bebida a casa de una fiesta en compañía de un hombre que no es su marido y al que irá a buscar años después, en un viaje en tren durante el que dejará un momento a su hija sola. Una joven maestra llega a un frío sanatorio de niños tuberculosos que está junto a un lago y allí se enamorará del médico que lo dirige. Una chica tímida y apocada se fuga de su pueblo con un novio huyendo de una familia terca, regresa al cabo de mucho tiempo y se encuentra con el policía que la acompañaba del trabajo a casa por exigencia paterna. Un niño rememora vagamente la separación de sus padres y cómo su hermana, para llamar la atención, se tiró sin saber nadar a una laguna. Una joven se queda a vivir con unos familiares cuando sus padres se van a Ghana y cuenta cómo su tío, que es un hombre inflexiblemente conservador y religioso, anula a su tía sistemáticamente. Una antigua criada chantajea al arquitecto que la hija tullida pero no acomplejada de un magnate local tiene por amante. Un meticuloso oficinista que se libra del ejército por su labio leporino y siempre vivió con su madre se hace amigo de la extravagante hija de un banquero y ambos quedan para ver la televisión cuando ésta aparece novedosamente. Un soldado vuelve de la guerra y, cuando queda muy poco para llegar a su pueblo, se arroja del tren y se queda a trabajar en una granja en la que vive una mujer sola. Una anciana con problemas de memoria va en coche al pueblo donde pasa consulta un doctor especializado en su tema y, cuando llega allí, no recuerda el nombre del médico. Un matrimonio de avanzada edad planifica su muerte conjunta pero aparece una antigua amante del marido y ambos acaban comportándose como dos jóvenes.

Todas esas historias transcurren en un espacio de tiempo en el que tiene una presencia continua y lejana la II Guerra Mundial, y que se extiende —con esa facilidad que tiene Alice Munro para contrastar el pasado con el presente— por los años de la Gran Depresión, el puritanismo que vino luego, y la revolución tecnológica y moral de los sesenta y setenta que, a la vez que el esplendor económico, parece traer consigo una fuerza liberadora no siempre exenta de consecuencias. Casi todas transcurren en pueblos pequeños o ciudades de provincia, y la autora les cede la palabra directamente a sus personajes, dignificados en su cotidianidad sin horizontes, como si le diera pudor estar en un primer plano aun sin dejar de estarlo invisible, constante, sutilmente. No hay muchas descripciones, ni una especial propensión al lirismo, si acaso un cambio de tiempo verbal para acelerar un desenlace. Y sin embargo, con pocos elementos y una sencillez muy difícil de conseguir, las ficciones de Munro exudan una riqueza vital expansiva, un crisol de experiencias de las que hay mucho que contar porque tratan de esas fronteras que todos tenemos que decidir si atravesamos o no en algún momento de la vida.

Si el estilo no es más que la extensión del temperamento de un artista, la limpieza de la prosa de Munro denota una sabiduría serena que, aun cuando nos habla de lo terrible sin nombrarlo, confiere al acto de contar un rango de felicidad originaria, un grado de entusiasmo y amor por la escritura que recuerda a ese ‘grain of stupidity’ sin el que, para Flannery O’Connor, era imposible hacer nada creativo en condiciones.

En la última sección del libro, Alice Munro recopila cuatro fragmentos, cuatro fogonazos recordados que ella misma confiesa autobiográficos: “lo primero y lo último —y lo más íntimo— de cuanto tengo que tengo que decir sobre mi propia vida”. En ellos, como si fuera una continuación posible a la reconstrucción genealógica explorada en La vista desde Castle Rock, la escritora ya octogenaria revisita a su padre, y en especial a su madre, desde el punto de vista intolerante de la niña que fue, la adolescente confusa marcada por el resentimiento o incluso la joven esposa absorbida por los hijos pequeños y su “siempre frustrante afán por escribir”. Son piezas que, por medio de una crudeza desnuda, revelan dos o tres verdades tan lacerantes como curativas. No hay consuelo ni remedio ni ninguna clase de indulgencia exculpatoria, pero sí perdón, una especie de pacto con la vida.

Leyendo Mi vida querida, volviendo la página atrás para recordar algún nombre o desentrañar un silencio, la ocultación consciente de un dato o un hecho, uno se siente más cerca de comprender lo que de ordinario e insólito, casual e inefable, maravilloso y cruel tiene la existencia. Una vez más, es lo que nos brinda Alice Munro: su hondura, su generosidad, su grandeza.

[Publicado en Micro-revista]

27 junio 2013

Objetivos cumplidos y preguntas abiertas


Cada cual y lo extraño

Felipe Benítez Reyes

Destino, 2013

ISBN: 978-84-233-4655-4

170 páginas

18 €




Juan Carlos Sierra

Cada cual y lo extraño, el nuevo libro de relatos de Felipe Benítez Reyes -en adelante FBR-, llama en primer lugar la atención por el reto que propone en cuanto a su estructura: escribir un relato para cada uno de los meses del año. No se trata de una tarea fácil, ya que si bien existen meses con un marcado significado en el inconsciente colectivo y en los usos y costumbres mayoritarios, hay otros más insulsos a los que hay que arrancarles una historia casi a regañadientes.

En este sentido, la mayor parte de los relatos incluidos en este almanaque literario cumple con su objetivo y los que parecen estar al margen como, por ejemplo, el dedicado a septiembre -"El brigada ilustrado", una historia sobre el servicio militar- se sostienen por sí mismos sin necesidad de excusas temporales. No obstante, quizá sea "Segundas rebajas" -febrero- el más forzado aparentemente, el que de forma más tangencial relaciona el mes elegido, lo narrado en él y la excusa del hábito comercial de las rebajas -por cierto, últimamente tan ubicuo-; sin embargo, FBR resuelve esta supuesta inconexión con una historia que va más allá de la mera anécdota temporal para, en clave casi alegórica, hacer que todo cuadre, que el título extienda sus redes semánticas sobre todos los meses y todos los años de toda una vida, la de la tía Ana, protagonista del relato.

Por otra parte, si un cuento, entre otras condiciones, ha de sobrecoger al lector y zarandearlo con un final contundente, sorprendente, pero verosímil con la historia narrada, el conjunto de los recogidos en Cada cual y lo extraño también cumple con esta premisa. Especialmente elocuentes al respecto son los titulados "El mago y los ojos" -enero-, "Un examen de química" -marzo- y el ya mencionado correspondiente al mes de septiembre "El brigada ilustrado". Como es natural, no vamos a desvelar nada de ellos; solo pretendemos advertir al potencial y futuro lector de su potencial y su futuro placer en caso de que decida acercarse a ellos.

Con estos dos datos técnicos, quizá algo fríos -arquitectura externa e interna-, aun tratados con absoluta corrección por FBR, no basta para construir un libro solvente, porque sabemos que, por poner un ejemplo análogo, un constructor de versos perfectos no es un poeta. Es algo más lo que hace de un libro correcto un buen libro. En el caso de Cada cual y lo extraño ese extra imprescindible se puede rastrear en el peculiar y muy personal estilo de FBR, especialmente en el cuidado para elegir el adjetivo más expresivo e inesperado -o expresivo por inesperado- y una sintaxis de naturaleza paradójica y juguetona -o paradójica por juguetona, y viceversa-.

Y con todo ello la vida narrada en los relatos de Cada cual y lo extraño, por sencilla que parezca, se convierte en fantasmagoría, en un ejercicio de funambulista, en un truco de "birlibirloque" y el mundo, por consiguiente, es algo difícil de explicar, sorprendente y ridículo al mismo tiempo, con su punto esperpéntico en lo que se ha convenido en llamar "la normalidad" y, por tanto, supuestamente tiene apariencia de "normalidad" -sea eso lo que sea-.

Recuerdo vivamente un poema de FBR llamado "Estampa matinal", de su libro del año 2000 Escaparate de venenos, que finaliza con la misma pregunta que le queda sostenida en la mente al lector de este Cada cual y lo extraño: “¿Y qué es la realidad? / ¿Y qué es / la realidad?”. Aquí quedan planteadas las preguntas; que cada cual, si puede, encuentre sus respuestas.

19 junio 2013

Capturando esa rara especie de indiferencia

Mi primo, mi gastroenterólogo

Mark Leyner

Pálido Fuego, 2013

ISBN: 978-84-940529-3-4

181 páginas

15,90 €

Traducción de José Luis Amores



Fran G. Matute

Cuando se publicó Nocilla Dream (2006) de Agustín Fernández Mallo se puso de moda, en la prensa especializada, el concepto “zapping literario”. La verdad es que yo no sabía qué era eso. No lo había escuchado nunca. Y, en su día, me pareció una etiqueta apropiada para definir la obra nocillera por antonomasia, con esa estructura tan fragmentaria, esas minihistorias que se acumulaban en su interior... Pero el caso es que, en aquel entonces, lo que estábamos asumiendo como “zapping” no era más que la acción de pulsar el botón del mando a distancia, el mero cambiar de canal sin ton ni son. Hoy ya sabemos que el “zapping” no es sólo eso. Hacer “zapping” implica un posicionamiento filosófico ante la vida (¡ahí queda eso!). Se trata de un vocablo que ejemplifica, mejor que nada, la necesidad imperiosa de saltar de un programa a otro pero no por una mera cuestión aleatoria sino como respuesta, única posible además, a la saturación y efimeridad de los contenidos que pueblan el mundo tan vertiginoso en el que vivimos. No se “zappea” por aburrimiento. Se “zappea” por una obligación natural que impele al ser humano a adaptarse, a sobrevivir, si no quiere quedarse desconectado del entorno. Pero no es hasta que hemos leído Mi primo, mi gastroenterólogo (1990) de Mark Leyner que hemos visualizado lo anterior.

Antes de intentar exponer los resortes que hacen que esta obra de Leyner sea un texto tan definitorio de su tiempo, considero necesario contextualizar el origen por el interés de la misma. Con independencia de que Mark Leyner ya fuera un escritor con cierto éxito reconocido en los Estados Unidos, mucho nos tememos que si David Foster Wallace (en adelante, DFW) no hubiera mencionado Mi primo, mi gastroenterólogo en su celebérrimo ensayo “E Unibus Pluram” (originalmente publicado en la Review of Contemporary Fiction en 1993 e incluido posteriormente en la coleccion Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer) no estaríamos aquí, ahora mismo, hablando de esto. Resulta pertinente, por tanto, poner en situación la relación de aparente amor-odio que se puso de manifiesto entre ambos autores.

En el citado ensayo de DFW se referenciaba la obra de Mark Leyner como ejemplo arquetípico del impacto que la cultura televisiva estaba ejerciendo en la ficción literaria facturada por los escritores norteamericanos de su generación. Pero la relación de DFW con la televisión es bien interesante. Por un lado, el autor de La broma infinita (1996) confesaba que ni siquiera tenía televisión propia “porque me sentaría delante de ella boquiabierto y consumiría cantidades enormes de lo que, en términos artísticos, es una porquería absoluta. Aunque se trate de una porquería bastante placentera” (páginas 104-105 de Conversaciones con David Foster Wallace). Y por otro, en la enjundiosísima entrevista que le realizó Larry McCaffery también para la Review of Contemporary Fiction, DFW afirmaba que la televisión era, en gran medida, culpable de la baja calidad que existía en el lector estadounidense. En concreto, sostenía que “[e]l problema no es que el lector de hoy sea tonto, no lo creo. Simplemente se trata de que la televisión y la cultura comercial le han enseñado a ser una especie de vago e infantil en lo que respecta a sus expectativas. Esto hace que intentar llamar la atención de los lectores de hoy implique una dificultad imaginativa e intelectual sin precedentes.” (página 48 de Conversaciones con David Foster Wallace). 

Dos ideas troncales parecen surgir de lo anterior: 1) que DFW era más que consciente del influjo fascinante que la televisión tenía en su generación, lo que lo convertía inmediatamente en material de primera para que su cerebro lo rumiase y 2) que, indirectamente, asumía su incapacidad intelectual para realizar un análisis fidedigno de dicha cuestión pues le resultaba materialmente imposible involucrarse en ella con total libertad, pues la televisión era para él un nuevo foco de adicción. De alguna forma, DFW reconocía su fracaso para sumergirse en la materia. Así que no deja de resultar curioso que cuando DFW cita Mi primo, mi gastroenterólogo en su “E Unibus Pluram” lo hace con cierta indefinición crítica. Si bien de primeras parece admirar la capacidad de la prosa de Leyner para captar el correr de los tiempos, a continuación califica dicha obra de “asombrosa y olvidable, maravillosa y extrañamente banal”. En el excelente dossier de prensa que la editorial ha preparado para acompañar a esta edición (y al que desde aquí me remito), se da a entender que DFW se vio amenazado por la insultante clarividencia que rezumaba Mi primo, mi gastroenterólogo pues, en cierto modo, este era el texto que a él le hubiera gustado parir. Por lo que la pregunta del millón es: ¿qué encontró DFW en esta frenética colección de relatos prácticamente ininteligibles?

La realidad es que la lectura de la prosa de Leyner genera una extrañeza sin igual y, sin embargo, está conformada por el mismo material cotidiano que nos rodea cada día. Leyner te satura a eslóganes, te tortura con mensajes publicitarios, como lo hace la televisión o navegar por internet. Leyner te embota con su bombardeo de imágenes y sonidos. Y en conjunto, vistos estos ‘flashes’ de forma lineal, percibimos un ‘collage’ de conceptos absolutamente indigeribles. Nos podemos poner aquí a desgranar las cientos de situaciones inverosímiles que Leyner va ideando a medida que escribe y que, teóricamente, conforman la “trama” de los relatos que se incluyen en Mi primo, mi gastroenterólogo. Pero, a mi humilde entender, no es con eso con lo que hay que perder el tiempo. El verdadero disfrute de este libro recae en ir detectando las trufas lingüísticas que se encuentran enterradas entre tanta maraña de “chorradas” y, sobre todo, en una cuestión puramente extraliteraria, que se deriva de la sensación de estupefacción que transmite la lectura de estos relatos: ya les adelanto que no van a leer nunca mejor representación posible de cómo funcionan nuestros atrofiados cerebros de consumidores enfermizos.

Es indudable que se puede establecer una cierta conexión entre la prosa de Leyner y la de, por ejemplo, Hunter S. Thompson. De hecho, el comienzo de Mi primo, mi gastroenterólogo recuerda ligeramente al de Miedo y asco en Las Vegas (1971). Y es que ambas están redactadas, de alguna manera, por un adicto. Pero a medida que uno se sumerge en la efervescencia literaria de Leyner comprende rápidamente que la ácida y psicodélica escritura del bueno de Hunter se asemeja más a la de una abuelita que padece Parkinson, en comparación. Por ejemplo, en el relato “Oda al otoño”, uno de los textos más crípticos de la colección, una suerte de poema generacional que bien podría soportar ser el equivalente del “Aullido” (1956) de Allen Ginsberg en la era televisiva, por su soberbia capacidad de exponer el dolor y la angustia de nuestra actual existencia como ‘homo economicus’, leemos (sic): “quizás en ese momento, en un bar de ambiente en plymouth, massachussets, la mujer de 50 pies se te sienta en la cara y defeca 17.000 letras de scrabble, fertilizando los campos no explotados  de tu imaginación… y ha nacido un nuevo estilo americano” (página 89). Y se trata de una imagen válida para describir no solo la prosa de Leyner sino la línea de pensamiento crítico que transmite esta obra.

De todas formas, estarán conmigo que este tipo de abstracciones o imágenes absurdas pueden no ser del gusto de todo el mundo. Se exige al lector una cierta complicidad para admitir las reglas de un libro que, si bien no llega nunca a resultar pesado o pretencioso, no es fácil de leer o, mejor dicho, de asimilar. Mi primo, mi gastroenterólogo parece, en ocasiones, una cadena de montaje de chuminadas que se van ensamblando de forma aleatoria. Pero esa incómoda sensación desaparece súbitamente cuando se lee “Fugado de una centrifugadora” y vuelve a aparecer, acto seguido, con “Noche de colonoscopio”, que es como la versión insulsa del anterior. Creo, por tanto, que es fácil desdeñar una obra como Mi primo, mi gastroenterólogo. Y por eso me he tomado la molestia de intentar comprender su lógica interna, esa que indudablemente tiene. Y la respuesta al sentido último de esta colección de textos la he encontrado en el relato “En medio de una nube negra de porras de policía”, en el que aparece una escultura titulada “Padre espolvoreando antipiojos sobre el largo pelo grasiento de su hijo con la indiferencia de un Sinatra que espolvorea queso parmesano rallado sobre una pila de linguini”, con la cual el narrador “[i]ntentaba capturar esa rara especie de indiferencia, ya sabes.” (página 155). Se hace uso aquí de un verbo fundamental para entender a Leyner: “espolvorear”. Pues sus relatos no dejan de ser eso. Un continuo espolvoreo de ideas, la mayoría extraídas de la publicidad y de la televisión, con el objetivo de “capturar esa rara especie de indiferencia”, esa que el ser humano más hueco parece mostrar ante la avalancha de datos que tiene que tragar, digerir y defecar en estos días de saturación informativa. Así que si se les atraganta la lectura de Mi primo, mi gastroenterólogo es que todavía tienen opciones de sobrevivir a este mundo.

13 junio 2013

Caponatazo



Todo irá bien

Matías Candeira

Salto de Página, 2013. Colección "Púrpura"

ISBN: 978-84-15065-44-9

156 páginas

14,50 €




Fran G. Matute

Un libro en cuya portada aparecen unas gallinas gigantes que atemorizan un poblado no debería ser aburrido. Pero Todo irá bien lo es. Es aburrido porque transmite inapetencia. Es un texto, en su conjunto, críptico y ligeramente onanista. Como cuando uno presencia un concierto denso y eterno en el que el único que está disfrutando es el propio intérprete. Pero no es que Matías Candeira haya dejado fuera a sus lectores con esta nueva colección de relatos. No se trata de eso. Es, simplemente, que Candeira me ha dejado fuera a mí.

Siempre me he confesado un ferviente defensor de la poética de Candeira, de su imaginario literario. Aún reconociendo algunas flaquezas, me fascinaron sus dos anteriores referencias y me explotó la cabeza leyendo “Purgatorio”, incluido en la antología Mi madre es un pez, uno de los mejores relatos que he leído en mucho tiempo. Pero Candeira ya no está para pasarle la mano por el hombro y Todo irá bien estaba llamado a convertirse en su consolidación como narrador. De ahí el riesgo que asume el autor. Un riesgo que, en todo caso, debe aplaudirse. Un riesgo estilístico en forma de cambio de registro que conlleva, a su vez, el riesgo de alienar a sus lectores previos.

¿Qué hemos echado en falta en Todo irá bien? La frescura de la mirada de Candeira y su parafernalia ‘pop’. Pues tiene uno la sensación de que en Todo irá bien el autor ha querido ponerse serio y se ha despojado de esa especie de ‘teenarama’ que marcaba sus anteriores colecciones de relatos. Y en las horas bajas de ese proceso lo que hemos encontrado es una irrisoria copia de Palahniuk (“En la antesala”) o, en su defecto, la versión descafeinada de un Vonnegut Jr. sin sentido del humor (“No se lo enseñes a nadie”).

El otro gran problema que presentan estos relatos es, a nuestro juicio, la inasibilidad de la “extrañeza” que recorre la mayoría de los cuentos incluidos en Todo irá bien. Esa extrañeza, que solíamos encontrar en las anteriores colecciones de relatos de Candeira a través de las formas más clásicas del género fantástico, se traslada ahora a la mente del lector que es el que debe enfrentarse, en su soledad, a una sensación incómoda de angustia vital invisible y fantasmal. Esto, que para algunos supondrá el gran acierto de Candeira, se convierte, para este que os escribe, en una fuente inagotable de resoplidos y atusamientos de flequillo. Y transforma a Candeira en un provocador vacuo. No sé a vosotros pero a mí me sigue generando más inquietud una araña en el techo que un no-sé-qué-está-pasando-en-nuestras-vidas-y-el-mundo-es-un-lugar-extraño-pero-aquí-estamos-queriéndonos-a-pesar-de-nuestras-obsesiones-que-son-de-lo-más-cotidianas.

Evidentemente, Todo irá bien no es un fracaso estrepitoso. Candeira hace trampa. Por un lado, incluyendo en esta colección su célebre “Purgatorio”. Y por otro, gracias a “Los que vuelven”, el excelente relato que cierra el libro y que nos ha reencontrado con nuestro Candeira de toda la vida, hasta el punto de que su inclusión desentona enormemente en el conjunto. Con independencia de lo anterior, queremos dejar claro que Todo irá bien no es un paso atrás en la carrera de Candeira, ni mucho menos. Es, claramente, un paso adelante. Pero insistimos: un libro con gallinas gigantes en la portada debería, al menos, no sé, incluir algunas de esas gallinas en su interior, ¿no? Yo me hubiese conformado con que saliese durante un segundo la Gallina Caponata. Pero no. Así que en vez de ver a la Caponata en acción nos vamos a tener que conformar con un capón. El que le vamos a dar desde aquí al autor por haber escrito estas cosas tan raras (y tan aburridas).

29 mayo 2013

Colección de desengaños

La vida alrededor (Cuentos de cine)

VV. AA.

Zut, 2013

ISBN: 978-84-616-3074-5

220 páginas

15 €

Edición de Miguel Ángel Oeste

Prólogo de Antonio Garrido


Fran G. Matute

Toda colección de relatos compuesta por varias voces debe enfrentarse inexorablemente al mismo dilema: el de su coherencia interna. En el caso de La vida alrededor diríamos que ese es casi su único objetivo, pues la solvencia de los autores que componen esta edición está mas que asegurada. Todos los relatos aquí incluidos son válidos desde el punto de vista literario (bueno, menos uno), están bien escritos, son sugerentes, pero vistos en su conjunto no siempre parten de las mismas premisas. Y tenía uno la sensación, tras la lectura de la presentación que hace Miguel Ángel Oeste (editor de esta edición), de que las coordenadas eran claras: estos cuentos de cine debían retratar, desde la ficción, los recuerdos autobiográficos que los autores eligieran siempre que pusieran de manifiesto el impacto que tuvo el cine en sus vidas.

Así que, si damos por buena la anterior afirmación, nos topamos con que en La vida alrededor los “grandes nombres” han hecho lo que les ha dado la gana. Por ejemplo, ahí tenemos a Juan Bonilla con su “Tú sigue por donde vas que no vas a ninguna parte”, que es pura ficción (sólo que no es cinematográfica, salvo que lo que esté pretendiendo Bonilla sea homenajear películas del tipo De tal astilla… tal palo) pero que contiene cero elementos de realidad (esto, más que una aseveración, es algo que espero de corazón que sea así, porque si no la próxima vez que vea a Bonilla por la calle me va a dar mucho miedo cruzármelo).

La otra modalidad es la de pasarse la ficción por el forro, como hace Marcos Giralt Torrente que nos cuenta la historia de su estrafalaria tía Carmen a la que le gustaban las películas (¿y?) en una especie de apéndice familiar de su laureado Tiempo de vida y cuya única relación con el cine podría decirse que pasa por reconocer que la tía Carmen era verdaderamente un personaje y que tuvo una vida de película.

Luego está Ignacio Martínez de Pisón que en sus “Mayores con reparos” sí que aborda desde un punto de vista autobiográfico una sentida historia relacionada con el cine, con el hecho de crecer en la Zaragoza de Buñuel con el que se establecerá una curiosa relación de admiración en la distancia y la ensoñación. No obstante lo anterior, y ya que estamos en modo tiquismiquis, también hemos echado en falta en el relato de Martínez de Pisón, al igual que en el de Marquitos, esa conexión con la ficción, esa que da al cine toda su razón de ser y fundamental para conformar ese género al que llamamos “relato”.

Sí que se presenta más atinado, al menos se permite la osadía de tocar todas las cuerdas que se requerían en primera instancia para formar parte de esta colección de cuentos de cine, José Antonio Garriga Vela con “El juego del ahorcado”, en un profundo homenaje a esa figura seminal que todos hemos tenido, de una forma u otra, y que es la que te enseña a amar el cine para siempre.

Y sobre el inofensivo texto de Ángeles Caso, la verdad es que me cuesta mucho poder comentar algo.

Muchas menos pegas podemos poner a las nuevas generaciones. Será que el ego o el valor del tiempo no se les ha subido todavía a la cabeza, pero los relatos de José Ángel Barrueco, Sara Mesa y Carlos Pardo son, en nuestra humilde opinión, los más atinados, al menos desde el punto de vista de la coherencia intrínseca de esta obra, pues todos ellos aúnan con gran equilibrio las experiencias cinematográficas con los elementos autobiográficos y de ficción que requiere el texto.

En el caso de Barrueco, reconocido cinéfilo empedernido, su relato “El reino de las arañas” se presenta como una historia evocadora que remite, por un lado, a esa pasión desmedida por el cine que padecemos algunos, en virtud de la cual la verborrea del ‘connosieur’ viene a poner de manifiesto una visión del mundo que confunde realidad y ficción, haciendo que el cine (la ficción), sus frases, sus escenas, formen parte de tu vida con la misma fuerza e impacto que el día a día (la realidad). Y en estos sentimientos encontrados, Barrueco recupera un romance inadvertido de juventud que cuajará -o no- gracias a la pasión por las películas.

De “La niña que vio Los Gremlins con 35 años”, duro pero enternecedor relato sobre una chica aparentemente sin infancia, escrito por nuestra estadista Sara Mesa, no vamos a decir nada para evitar suspicacias corporativistas y/o de otra índole. Si acaso aportar una advertencia: eviten alimentar a la escritora pasada la medianoche…

No deja de resultar curioso que el relato que cierra La vida alrededor, escrito por Carlos Pardo y titulado “Dandis”, haya terminado resultando el más memorable.  Se trata, a nuestro parecer, del texto que mejor integra cine y vida de la colección, en una narración brillantemente escrita con destellos de humor soterrado y cierta visión irónica (como ese hallazgo verbal que es enfrentar la “capa y espada” con la “gabardina y maletín”) propia del hecho de que un joven mileurista pretenda ser un ‘dandy’ en los tiempos que corren. Carlos Pardo es, por tanto, el encargado de poner el gran letrero de “FIN” a esta entretenida pero desigual película de nueve rollos.

Pero vosotros, lectores, que sois de esos cinéfilos que se quedan en la sala hasta que terminan los títulos de crédito, para vosotros os dejo el comentario del relato de Ángel Castro, el más original de todos, y en el que hemos encontrado las mejores reflexiones sobre el cine y la vida, sobre la ficción y la realidad. Disfrazada de última conferencia escrita por un ficticio director de cine español que alcanzará la fama mundial una vez fallecido en accidente -en uno de esos giros del destino tan cinematográficos-, Castro propone una especie de juego metaliterario (un ‘fake’ en términos cinéfilos) a través del cual se explica que el cine es “un sueño prestado, un sueño al revés, porque entras despierto y vives lo que no tienes sin tener que dormir. De la vida entras al sueño y no despiertas de él a la vida” e introduce ese concepto que nos ha encantado, el cine como “colección de desengaños” que es justamente lo que ofrece La vida alrededor: desengaños cinéfilos escritos por autores desengañados que producen, a su vez, (algunos) desengaños en el lector.

17 mayo 2013

La Naturaleza del mundo


El mejor francés de Barcelona

Bieito Iglesias

Pulp Books, 2012

ISBN: 978-84-9385-770-7

222 páginas

19 €

Traducción de Equipo Pulp



Manolo Haro

El centralismo cultural hispánico pocas veces se ha acercado a los contornos de las otras literaturas de la Península sin anteojeras; de forma muy simplista, ha ido acogiendo lo que el propio mercado de procedencia le ofertaba como éxito ya comprobado en sus tierras de origen. Quizás Cataluña, con la potencia editorial que ha mostrado en las últimas décadas, puso en las mesas de novedades obras publicadas en las dos lenguas cooficiales a la par. Pero qué pasa con un negocio editorial como el gallego, con una población lectora en su lengua vernácula bajo mínimos (15.000 ánimas apenas), que además sufre el paulatino adelgazamiento de sus porcentajes de hablantes. Evidentemente, el envite editorial se realizará apostando, ante este panorama, a caballo ganador; es decir, se ofrecerá aquel producto que se ajuste a los cánones del gótico internacional del momento y que pueda tener un pequeño espacio de vida entre sus iguales en lengua española. El canon gallego visto a través de la lupa de un 'connaisseur espagnol' podría citar a los indiscutibles, que, casi siempre, han llegado a nosotros a través de traducciones de los mismos autores o por producciones paralelas de estos mismos en una y otra lengua. Rosalía, Blanco Amor, Cunqueiro, Méndez Ferrín o Manuel Rivas podrían aparecer en la portada de cualquier suplemento cultural que hoy, 17 de mayo, le dedique su frontispicio al Día das Letras Galegas.

La otra pregunta que cabría formularse es qué ocurre con aquellos autores que han permanecido fuera de los lametazos del mercado, que han construido calladamente una obra brillante, que han permanecido fieles a una lengua que a fuerza de años se ha ido convirtiendo en una cosa decolorida por obra y gracia de la planicie lingüística de los medios de comunicación en la 'Gallaecia'. La fortuna del escritor corre pareja a veces a demasiadas cuestiones extraliterarias. Si les dijera que Bieito Iglesias es el mejor escritor gallego (en gallego) vivo, alguien podría tacharme de exagerado. Entonces recurriría al palmarés y a la biblioteca que exhibe el nombre del autor en sus lomos (Aventura en Nassau, Vento de seda, Miss Ourense, Conta os latidos, Bajo las más bellas estrellas –Premio Ciudad de Salamanca en 1998–, O mellor francés de Barcelona –Premio de la crítica en 1999–, A historia escríbese de noite, A vida apoteósica, Amor e música lixeira, Pan e coitelo o Contos da terra da tarde), pero incluso se podría poner bajo sospecha laureles que acostumbran a escabechar a poetas con más agenda que sustancia. Para que el lector curioso juzgue por sí mismo, llega, al fin, una traducción de El mejor francés de Barcelona,  colección de cuentos que Bieito Iglesias había publicado ya en gallego y que Pulp Books vuelca ahora al castellano.

Un hombre despierta una mañana y se encuentra en el cuerpo del marido de una florista; otro recibe por equivocación la continua correspondencia desde Florencia de una mujer despechada acompañada de dos críos; uno más, hastiado de la espuma de los días, cuando toma un tren para iniciar la fuga de su esposa, se topa con un individuo que dice haber matado a la suya; un escritor periférico acude a un encuentro de narradores con la labia desatada para conjurar las necias creencias de que los gallegos son callados y medrosos; un profesor convence a su mujer de que la “biodiversidad afectiva” es lo único que puede salvarnos del hastío matrimonial; una banda de asaltadores de ahorros de aldeanos en Galicia descubren que el infierno, como decía Sartre, son los otros; un enamorado autor maduro le explica a la joven que lo ama por qué no quiere ser padre de sus hijos; un ex-poeta culturalista, desencantado de la vida literaria, subsiste robando los 'best sellers' que revende.

Todos los personajes que acuden a nuestro encuentro tienen en común la necesidad de ser otro, de negar lo que fueron o de tornar a un estado anterior más dichoso. Creo que todas estas historias vienen a nuestro encuentro tras un proceso de decantación, que nos deja entre los dedos el poso de nuestras propias existencias narradas con una lucidez, una ironía y un lirismo absolutos. Incluso el mismo autor, en ese continuo juego de voces que atraviesan el libro en clave de cajas chinas, cartas, esquelas y fragmentos, se permite el lujo de ser otro; concretamente, sir Arthur Conan Doyle, pues entre este tráfago sentimental contemporáneo, Bieito Iglesias cuela un pastiche magistral –no por casualidad es el cotraductor de todo Holmes al gallego– de las historias del detective y de su compañero Watson.

La multitud de voces que se cruzan en El mejor francés de Barcelona están guiadas por un estilo que es capaz de condesar el tiempo y la belleza en un fraseo luminoso. Lo popular y lo culto se mezclan por medio de un ingenio lúbrico a veces, lírico otras. Acuden señeras luminarias a alumbrar estos caminos en forma de homenajes: Nabokov, Bellow, John Donne, Coetzee, Fellini o Hitchcock aparecen desde detrás de algún que otro párrafo, sutilmente emboscados en la prosa de Iglesias.

Para los que hemos podido leer al autor a lo largo de estos años en su lengua original, y que disfrutamos trayendo hasta las manos de nuestros amigos frutos criados en el Paraíso, la publicación de El mejor francés de Barcelona es un hecho feliz, un extraño caso de justicia poética. Si aún quieren creer en la literatura, pídanle a Dios –Jorge Herralde en su última manifestación– que se dé una vuelta por Galicia. Que lo disfruten.

06 mayo 2013

Otro Sur, la misma sangre


Cuentos completos

William Goyen

Seix Barral, 2012

ISBN: 978-84-322-0966-6

572 páginas

25 €

Traducción de Esther Cross y Carlos Ribalta



Sara Mesa

Las etiquetas literarias, las clasificaciones, las denominaciones geográficas o generacionales, son útiles en tanto que sitúan al lector en un marco de interrelaciones -no hay nada mejor para el conocimiento que la comparación-, pero también, como suele decirse, pueden ser empobrecedoras y simplificadoras. Hablamos de literatura sureña, a veces incluyendo un adjetivo más, "literatura gótica sureña", y pretendemos meter en el saco a autores tan dispares como William Faulkner, Truman Capote, Flannery O’Connor, Carson McCullers, Katherine Anne Porter, Tennessee Williams o Eudora Welty. ¿Qué tienen en común? ¿Qué los une? En su maravillosa Antología del cuento norteamericano, Richard Ford habla del Sur como de un territorio fecundo para la creación literaria: “estaba la sensación generalizada de la insuficiencia de la vida..., un lugar y un tiempo en que los ciudadanos estaban aislados de sus vecinos, pues en realidad todo nuestro terruño estaba separado de la vida cultural a gran escala de la nación americana debido a los prejuicios raciales... Así pues, no es de extrañar que se dieran unas condiciones muy fértiles para la gran literatura... Era como si la literatura articulara las palabras que el habla convencional prohibía...”. El Sur es indudablemente una región con una personalidad propia y distinta, fruto de circunstancias históricas que marcan su carácter: una guerra civil, una ocupación militar, la tradición rural y agrícola, una identidad reacia al progreso industrial que deriva, indefectiblemente, hacia un hondo sentimiento de nostalgia y una religiosidad profunda. Pero considerar que estos escritores -y escritoras, hay que incidir especialmente aquí: qué mujeres-, como un todo homogéneo es simplificar demasiado las cosas. Solo en un contexto que remarque la variedad de esta etiqueta de “lo sureño” es posible situar la obra de William Goyen, que por lugar y fecha de nacimiento (Texas, 1915) entra de lleno en el grupo, pero cuya obra, de unas características muy distintas, bebe también de otras tradiciones (él mismo citaba como influencias a Pound, Milton, Eliot o Dante).

A Goyen, quizá como gancho para el lector, se le asigna la etiqueta de escritor de culto, el más desconocido y misterioso de los sureños. Autor de varias novelas publicadas con desigual fortuna en España, en los últimos años hemos asistido a un rescate de su narrativa breve. En 2011 Páginas de Espuma editó su libro de cuentos La misma sangre, clave en su trayectoria, y en 2012 Seix Barral sacó estos cuentos completos. Casi 600 páginas y 40 cuentos de distinta extensión escritos a lo largo de unos 50 años hacen inevitable que sea un volumen irregular, pero también de una riqueza y una variedad indiscutibles. La lectura demorada de estos cuentos nos conduce también por la progresión espiritual del autor y su vida marcada por una honda religiosidad, el cuestionamiento de los valores del “sueño americano”, el alcoholismo, las crisis personales y un particular universo onírico y enfermizo. En mi opinión, el autor evolucionó para mejor en una trayectoria ascendente, desde unos relatos primerizos, excesivamente cargados de moralejas y alegorías, a una plasmación de ese mismo mundo simbólico a través de una narración más sutil y eficaz.

El libro se organiza en cuatro bloques. Los primeros cuentos, breves y poéticos, están marcados por ese tono de parábola moral aún excesivo y que, a mi modo de ver, lastra la narración. En ellos hay una apuesta por el regreso a las raíces (el campo, la Biblia) y un claro rechazo a la modernidad de la ciudad, representada por personajes desarraigados. En el segundo lote de cuentos, los pertenecientes a Los fantasmas y la carne, los relatos comienzan a alargarse, gana fuerza el elemento narrativo (por ejemplo en el magnífico “El gallo blanco”), pero perdura el tono fabulístico y simbólico, que alcanza el tedio en el largo y reiterativo “Forma de luz”.

Muchos mejores son los que componen el grueso central del libro, La misma sangre, en los que continúa la alternancia entre cuentos con más peso narrativo y otros de un marcado tono lírico. La diferencia en este caso es que Goyen consigue ya plenamente la fusión entre ambos rasgos y logra cimas como “Savata, mi hermana rubia”, “El geranio”, “Puente de música, río de arena” o “Sobre el pueblo”. Como en casi todos los autores sureños cobra gran importancia la religión o, mejor expresado, la espiritualidad, así como el terrible papel del destino en las relaciones humanas de las pequeñas poblaciones rurales, el poder de los lazos de sangre en la familia y el conflicto entre el individuo y la comunidad. La particularidad de Goyen radica en su tendencia al misticismo -al modo de Whitman-, en la utilización de una simbología de la naturaleza de rasgos casi mágicos y en su implicación como narrador en el relato. Goyen se mete en sus personajes -y hay que reconocer que a veces esta inmersión molesta un poco-, buceando en sus vaivenes emocionales. En uno de sus cuentos, dice explícitamente: “Pero así como hay narradores que dicen que nunca se meten en la historia que cuentan, también dicen que hay enfermeros que nunca sufrieron el dolor de sus pacientes ni se curaron a través de la curación del paciente. ¡Si encuentran uno, quiero verlo!”.

La gran sorpresa del volumen se encuentra en el conjunto de los siete últimos cuentos. Aquí parece que el viejo Goyen decide arrojarse a la piscina con más valentía: el Sur es retratado como un anti paraíso marcado por la crueldad y la bestialidad, una sexualidad enfermiza e irrefrenable que no excluye el incesto, la amenaza del Ku Klux Klan y esas demoledoras historias familiares centradas en el odio, el abandono y la venganza. La escritura, despojada ya totalmente de los excesos líricos anteriores, tiene una fuerza envidiable, y llaman la atención más que nunca las figuras de los narradores, que utilizan los procedimientos clásicos de la narración oral: narradores testigos marcados por la obsesión, la locura o simplemente la curiosidad, que cuentan sus historias a instancias de otros, de manera sinuosa, con contradicciones y repeticiones, etc.

William Goyen es un escritor interesante que, sin dejar de pertenecer a esa literatura sureña tan rica e inquietante, se aparta a su vez de ella mediante el cultivo de esa “poética capacidad visionaria” de la que hablara Stephen Spender. No entiendo la insistencia en la comparación con Carson McCullers o Flannery O’Connor, exagerada en mi opinión, porque estas dos autoras tienen una capacidad narrativa mucho mayor y una calidad estética apabullante de la que Goyen no siempre hace gala. Pienso sinceramente que el mayor valor de la obra de Goyen -esa tendencia a una sentimentalidad exacerbada, la religiosidad, la atmósfera continua de secretos y revelaciones- es también su mayor lastre. Al mismo tiempo, es su sello personal, su identidad irrenunciable. El Sur de Goyen es otro Sur posible, narrado desde otro ángulo, pero sin duda marcado por el mismo espíritu o, parafraseando uno de sus títulos, recorrido por la misma sangre, esa sangre de un Sur de proporciones casi míticas.

16 abril 2013

Como aquel Jardín


Las frutas de la luna

Ángel Olgoso

Menoscuarto, 2013

ISBN: 978-84-96675-98-8

214 páginas

17,50 €




Luis Manuel Ruiz

A diferencia de otras literaturas, la de España no se escora con facilidad hacia el género fantástico. Así ha sido al menos hasta bien entrado el siglo que dejamos atrás, cuando, removidos por los vientos de cambio que llegaban de Sudamérica, algunos exploradores del estilo de José María Merino o Luis Mateo Díez decidieron asomarse a las zonas menos oreadas y peor surtidas de luz de esta convención manida que llamamos realidad. La motivación última de este desinterés por la fantasía parece tener raíces profundas y no es cosa de perderse ahora en estudios de genealogía: probablemente el componente geográfico, con un paisaje alisado en forma de meseta, así como el psicológico, encarnado en el sempiterno y célebre sentido común castellano (ande yo caliente y ríase la gente), cuenten con sus partes de culpa, pero no es algo que nos interese ahora. Lo importante es que de unos treinta o cuarenta años a esta parte, muchos escritores españoles han decidido renunciar a Sancho Panza para pasarse a Quijote; esto es: han dejado de observar las cosas al ras de la aldea, la bota de vino, la boina, el polvo y el molino, para optar por la megalópolis, el cáliz de oro, el yelmo, la jungla y los gigantes, muchos gigantes.

Lo de arriba, como todo, es una generalización. Honrosas excepciones ha habido a la norma que durante los agrios años de la dictadura y aun antes conservaron viva la llama votiva de lo fantástico en narraciones minoritarias y sin demasiado impacto en la cultura oficial, fuera esta de los pros o de los contras. Curiosamente, el fenómeno se dio en las periferias, fuera del ombligo de Madrid: Álvaro Cunqueiro, allá en sus selvas célticas, y, sobre todo, Joan Perucho, del lado de la Cataluña bizantina, dispensaron en ediciones que apenas llegaban a unos millares de lectores una exhuberante mercancía de magos, autómatas, prodigios, monstruosidades y escapadas traicioneras al envés de la realidad, que, sea lo que sea, se muestra delgada y tenue como papel de biblia. En estos antecedentes autóctonos, aliñados con otros que provienen de allende el mar y las montañas, hay que buscar los ancestros de Ángel Olgoso, quizá el representante más puro y nuclear de la tradición fantástica con que nuestra literatura cuenta hoy en día.

Las frutas de la luna, el último producto de Olgoso, es un paso más, un nuevo avance, en la dirección de ese concepto exigentísimo de género fantástico que el autor lleva explorando desde sus primeros libros y que ya encontró reflejo en títulos paradigmáticos como Astrolabio, Los demonios del lugar, o, más recientemente, La máquina de languidecer. Alejado de las facilidades de la ciencia ficción, el terror de supermercado o la espada y la brujería, mundos que de todos modos rozan de manera misteriosa y oblicua, los libros de Olgoso se reconocen por un denodado intento de explotar el idioma hasta sus últimas posibilidades, saqueando el diccionario y la gramática en busca de nuevos hallazgos cada vez más llamativos y extraños. Y ello, precisamente, en pos de algo aún más llamativo y extraño: una visión del universo opuesta radicalmente a lo acomodaticio, llena de aberturas y escondrijos, dispuesta a asustarnos, a sorprendernos, a dejarnos en suspenso con su sentido único de la maravilla. En manos del granadino, la anécdota más banal deviene con facilidad un cuento alegórico, una fábula de hadas, o, mejor, de príncipes metamorfoseados en monstruos: porque lo prodigioso, o lo siniestro (si se distinguen), anida en cualquier parte y es irremediable tropezar con ello con sólo calzarse las pantuflas. La segunda gran fuente de maravillas es, para Olgoso, después de la salita de estar o a la vez que ella, el gabinete de la biblioteca: no pocas de sus ficciones se encuentran inspiradas en lecturas previas y transcurren en los mundos apenas entrevistos de la tradición libresca. El resultado es un estilo que produce una sensación casi asfixiante de riqueza y de acumulación: el vecino de al lado, el esclavo de época romana, el astronauta y el 'dandy' victoriano conviven en medio de una floración de palabras únicas que acosan al lector desde todos los ángulos, como si estuviera desbrozando el Jardín primigenio, donde el verbo y la cosa eran matices indisociables de lo mismo y guardaban la debida simetría.  

En los veinte cuentos de Las frutas de la luna, Olgoso celebra sus temas predilectos: la locura, el vértigo, los monstruos, un mundo atávico y rural que evoca a la vez recelo y ternura, la identidad última de todos los seres, de todas las almas y de todos los miedos, un humor ácido que mueve a la sonrisa sólo a medias, los viajes, la noche, la vida y la muerte, la propia literatura y sus insomnios. Lo dicho: la variedad de los temas, su amplitud y su fuste, hacen que recorrer el libro se parezca a hojear displicentemente una enciclopedia, esas cosas en cuyo interior uno podía permanecer horas y horas antes de los ordenadores, pasmándose de la misteriosa vecindad de objetos que no tiene nada que ver entre sí. O que sólo parecen no tenerlo.